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Tradición y Ciencia[1]

Que en un establecimiento científico se invoque la tradición para ejecutar un acto cualquiera, sería por sí mismo sorprendente; pero la sorpresa se trocaría en pena si el establecimiento era una Universidad nada menos, y la tradición que en dicho establecimiento se invocara, una de las más absurdas consejas que ideara en tiempo alguno la mente humana.

Tal y tan ingrata ha sido la impresión que nos ha causado, la nota en que el señor Rector[2] de nuestra Universidad invitó a los miembros del cuerpo académico y estudiantes, de las diversas facultades para que concurrieran en corporación a la fiesta de la Purísima Concepción, fiesta tradicional; según la nota cuya referencia hacemos.

¡Invocar la tradición en un templo de la Ciencia!

¿Acaso ignora el señor Rector, que la tradición no sirve para nada en el desenvolvimiento de los principios científicos? ¿Acaso con la conservación de las tradiciones vamos a contribuir al desarrollo de la Ciencia cuyos anhelos son: la reforma por medio del raciocinio, el raciocinio ayudado por la experiencia, la experiencia sirviendo como de un escabel que conduce al progreso, es decir, al Porvenir, al más allá, a ese divino Excélsior que es la divisa de los espíritus que trabajan de los espíritus que piensan? ¿Acaso, con la tradición vamos a despejar las sombras que aún flotan sobre la conciencia humana? ¿Acaso tiene la tradición la inmutabilidad de las leyes científicas, acaso es susceptible de aguantar el más ligero análisis, hecho éste, se comprende a la luz de la ciencia o de la razón?

¡Y qué tradición la que invoca el señor Rector! La celebración de un cuento absurdo que hubo de convertirse en dogma para impedir que lo rechazaran las conciencias por inconsistente y por hueco, de un cuento ridículo que hubo de galvanizarse, convirtiéndolo en misterio porque su futilidad saltaba a la vista; de un cuento que cualquier estudiante de Medicina rechazaría con la sonrisa del desprecio. ¡Vaya una tradición la que se ha invocado para recordar a los académicos y estudiantes, que tienen el deber de acudir a solemnizar con su presencia una fiesta reñida, como símbolo con toda ciencia, y tanto más repulsiva por la clase de hombres que intervienen para su realización: ¡los jesuitas!

Pero no es esto solo. Fuera en cierto modo atenuante la invitación que se ha hecho, como recuerdo, aunque más no sea. Pero es el caso que el Consejo Universitario ha votado la suma, respetable, si se quiere, de trescientos pesos, para cubrir los gastos que la tal fiesta ocasiona, y que son, como puede calcularse, dada la cantidad que se ha votado y los gastos posibles, que son, decíamos retribuidos con prodigalidad.

¡En cuantas cosas más útiles, hubiera podido emplearse esa cantidad que con tan mal resultado se malogra en la celebración de fiestas tradicionales!

Porque, pese a los respectos que se merecen el señor Rector y el Consejo Universitario, debemos hacerles presente que tradiciones de semejante índole, deben abandonarse por más que sean venerables como recuerdos.

Si la tradición debiera ser conservada como norma de conducta, el General Paz[3], estudiante que fue de esa Universidad, no hubiera debido insurreccionarse contra los reyes españoles, porque la fidelidad respecto a éstos era entre nosotros tradicional.

Un abogado, creerá, seguramente, que las leyes no son frutos de la tradición, sino de la experiencia, un ingeniero estará convencido de que los principios matemáticos no son producto de la tradición; un médico, afirmará que la fisiología y la anatomía no son legado de la tradición. Entonces, ¿para qué invocarla, cuando la Ciencia la rechaza por innecesaria?

Sentimos haber tocado tan ligeramente este tópico, pero ya que no de otro modo, lo haremos siquiera así, porque soplan, aunque muy por lo bajo todavía malos vientos; vientos que nos traen el convencimiento dolorosísimo de una reacción que se está operando, para hacer de la Universidad un patrimonio del jesuita.

Damos la voz de alarma a todos los que, como nosotros, se interesan en que ese utilísimo establecimiento sea, como lo indica su objeto, pura y exclusivamente para la Ciencia.

El fracaso de la fiesta tradicional, a la que sólo han asistido unos treinta estudiantes a lo más, es una protesta muda, pero elocuente, de que la nueva generación, está cansada ya de semejantes aparatos, que sirven sólo para desprestigiar el nombre de un establecimiento, que falta de muchas cosas casi indispensables para su funcionamiento, invierte sus caudales en prácticas de esterilidad manifiesta.

Y diremos para concluir: si se continúa por semejante camino, la Universidad, va a ser lo que no debe ser: un patrimonio del jesuita.

Catolicismo y democracia[4] 
(Continuación)

Decíamos en el número anterior, que las ideas de lo bueno, lo verdadero y lo bello, eran, como simples producciones del espíritu susceptibles de cambios y desarrollos variadísimos, no sólo entre los individuos de una misma raza, sino entre los habitantes de un mismo pueblo.

La idea de lo bueno, por ejemplo, que, como idea madre de la moral en nuestros pueblos civilizados parece debiera ser eternamente una en esencia, varía hasta lo infinito, y es posible seguir las diversas fases de su perfeccionamiento a través de los tiempos.

Primero, la vemos considerada como tal en la razón de la fuerza, suprema ratio de que nos habla Homero, y que según él era la mejor razón de los dioses helenos. Entonces la tierra, los frutos, la mujer pertenecían al que tenía más brazo para adquirirlos y más corazón para conservarlos. En la Biblia tenemos buenos ejemplos de lo que era eso. Después, los hombres truecan sus rudimentarias federaciones en reuniones políticas más complicadas y más vastas; entonces sienten ya la necesidad de ajustar sus actos a reglas de antemano prescritas, para no extraviarse en el dédalo de muchos criterios autónomos. Natural es suponer que los hombres elegidos para realizar esta tarea debieran ser los más virtuosos y los más sabios, porque los pueblos tienen ciega fe en la virtud y en el saber. Y no obstante, haberse llamado aquellos hombres Manú[5], Licurgo[6], Dracón[7], sus legislaciones están todas impregnadas de la primitiva ferocidad humana.

Nada hay para nosotros más repugnante que el homicidio. Conocedores de lo que cada hombre vale como un resorte de la máquina social, el respeto a la vida ajena es para nosotros un axioma. Pues bien, en la antigüedad el homicidio era la pena cuasi obligada de todos los delitos; y la bárbara ley del talión aplicada y sostenida sin asombro de nadie.

La ley impuso como obligación a los hebreos arrojar todas sus hijos varones al río, y los egipcios, hacedores de esa ley encontrábanla de carácter meramente preventivo; la ley druida ordenaba que cada un año había de comparecer ante Dios un anciano galo cuya muerte debía ser necesariamente violenta, y nunca faltaron cumplidores voluntarios de esa ley; la ley mandaba a las madres espartanas matar los hijos defectuosos que los nacieran, y todas lo ejecutaban sin protesta; la ley ordenaba los cruentísimos sacrificios mejicanos y la ley se cumplía, convencidos sus fautores de que ella, era revelación divina; la ley mandaba en Asiria celebrar sacrificios salvajes á Moloch, y jamás faltaron madres dispuestas a arrojar sus tiernos vástagos en los brazos candentes del ídolo; la ley religiosa organizaba en las islas de la Papuasia y de la Nueva Zelandia, inmensas cacería de hombres con el objeto de procurar a los vencedores repugnantes banquetes de carne humana; y esto último, se ha continuado hasta nuestros días; la ley daba derecho de vida y muerte a la mujer romana, sobre el feto que llevaba en sus entrañas; la ley confería igual derecho sobre el siervo al patricio romano y al señor feudal; la ley, una infame ley que los ingleses no pueden desterrar del todo, manda a la mujer india que se inmole viva sobre la hoguera en que se consumen los restos de su marido; y es una ley tan respetada que, si la víctima flaquea, es conducida al sacrificio por sus mismos padres y hermanos, probablemente una ley ordena a los Neugs, vasta sociedad secreta de la India cuyo único objeto es el asesinato, probablemente, decimos una ley les prescribe que es condición precisa para ganar mayor gloria en el cielo matar cuanto más hombres mejor; en tiempo de las cruzadas, la Iglesia procedía de idéntica manera; redimiendo pecados y concediendo indulgencias al que más infieles sacrificara; después, en tiempos más modernos, se invocó la razón de estado como ley suprema; hasta que las Constituciones de los pueblos actuales, han quitado al homicidio carácter oficial, sin desterrarlo por eso de los individuos que aisladamente lo ejercitan, y sin ejercer más que un predominio puramente de nombre sobre costumbre como el duelo por ejemplo, últimos retoños que por fortuna van perdiéndose ya.

Ahora teniendo las naciones, como pauta, un derecho, en el fondo común, parece que va regularizándose la idea de lo bueno, y marchando gradualmente a la consolidación de su unidad, como último resultado de esa larga serie de escalones recorridos por el espíritu desde sus primeras manifestaciones como fuerza, hasta la época actual.

La idea de lo verdadero es tal vez la abstracción cuya unidad es más difícil de descubrirse en la conciencia del individuo. En primer lugar, tenemos las relaciones contestes en este punto, de todos los exploradores que nos presentan al salvaje, siempre, como rematado embustero; ya explicamos en un artículo anterior la causa natural de esta predisposición a la mentira que se nota también en el niño. Podría objetársenos que la idea de lo verdadero es aquella que tiene mayor número de adeptos. Pero responderemos a los que tal digan con un dato solo. Es indudable que la idea de lo verdadero es la idea madre de toda la religión. Ahora bien como las religiones Mosaica, Mahometana, Budista, Mazdeista[8] etc. y el Fetiquismo, religiones a todas luces imperfectas y hasta perniciosas, cuentan con más de un billón de los habitantes del Globo, con más de las dos terceras partes de la humanidad, que siguen sus prescripciones y sus ritos, ¿deducir debemos que la idea de lo verdadero está contenida en esos cultos reñidos con todo lo que significa progreso y civilización? Ya se ve que el cristianismo queda, muy por lo bajo en cuanto al número de sus adeptos: y que, según la objeción apuntada más arriba, sería la más falsa de las religiones. Por otra parte, hasta en una misma familia, vemos lo relativo de esa idea de lo verdadero. Tal miembro de ella, católico ferviente, creerá como verdaderos todos los dogmas de la Iglesia; tal otro, liberal, repudiará como falsas las creencias católicas; el de más allá partidario de la monarquía absoluta, sostendrá que este es el verdadero gobierno; y un cuarto le replicará que el verdadero poder reside en la soberanía popular. Bastan, pues estas ligeras objeciones, para demostrar lo esencialmente relativo de esa idea de lo verdadero. Siendo una manifestación íntima del yo consciente y no teniendo más medios de comparación que los que puede proporcionarle el criterio individual, claro está que ha por fuerza de construir una órbita propia de acción donde pueda desenvolverse como actividad reflexiva.

Lo Bueno, aunque abstracción también, tiene como lazo de unión la común tendencia hacia las afecciones simpáticas que van uniformando en una armonía común los diversos ritmos de los espíritus. Pero lo verdadero, desarrollándose por el propio juego de las actividades individuales, es decir, existiendo como conciencia, puede y debe variar tantas veces cuantas un ser pensante se lo forje como idea; de ahí que no exista en el carácter absoluto que pretende dársele. Puede decirse que la idea de lo verdadero es para el espíritu, aquella que reúne a su saber y entender, mayor garantía de estabilidad. El hombre busca como el navegante una estrella fija, para tomar el rumbo que ha de llevarlo a la consumación de sus eternos anhelos de ideal; y donde cree encontrar este punto fijo, y ahí está para él la idea de lo verdadero. Alrededor de este punto traza su órbita de acción y encuadra el destino de su vida. Pero como cada uno tiene distinto saber y entender, de ahí que ni como raíz común pueda admitirse en absoluto la idea de esa abstracción.

Examinemos ahora la idea de lo Bello.

Continuará.

Universitarias[9](1)[10]

Julián Amenábar Peralta
Su examen de tesis

Por haber llegado tarde a nuestra mesa de redacción publicamos en este número el artículo que más abajo se inserta, y que pertenece a un distinguido colaborador. Solicitamos perdón por esta falta en que no tenemos culpa.

El miércoles de la semana pasada (29 de noviembre ppd°.) tuvo lugar el examen de tesis del distinguido alumno de la Facultad de Medicina con cuyo nombre encabezamos estas líneas.

Los viejos claustros de nuestra Universidad se hallaban visitados por una numerosa y selecta concurrencia compuesta de profesores y alumnos de aquellas, de parientes y amigos del que al terminar sus afanes reuníalos a su alrededor para rendir ante ellos la última prueba que los reglamentos universitarios exigen al que merece, en su concepto, el diploma doctoral. El desempeño del nuevo doctor estuvo a la altura de sus honrosos antecedentes: tal vez por ello, veíamos a la concurrencia participar de las emociones que dominaban el espíritu de los SS. profesores y del examinado que con la conciencia tranquila sostenía las teorías científicas que había estampado en las hojas de su tesis como síntesis de sus afanes y desvelo estudiantiles.

¡Qué hermoso conjunto formaban la Comisión Examinadora, serena e inflexible, el estudiante que sentado al pie de la tribuna revelaba hallarse tranquilo y confiado, y la concurrencia que, con atención, muchas veces, seguía el curso de la discusión interesante siempre y candente en algunas de ellas! –Querríamos detenernos algo más de lo que nos permite la extensión de esta ligera crónica para emitir nuestro juicio respecto de la importancia de estos actos que tanto impresionan al que rinde su última prueba como a los estudiantes que asisten a presenciarlos y que son diremos así, los verdaderos portavoces de la fama del que abandona su compañía grata y alentadora siempre. –Ello será objeto de alguno de nuestros estudios posteriores sobre tan interesante materia; por hoy, y ya que hemos recordado de la juventud universitaria no terminaremos esta crónica sin agregar dos palabras sobre ella.

Vímosla en número bastante regular, rebosante de alegría, rodear al compañero y al amigo en la hora inolvidable á que asistíamos: –no se hallaba representada oficialmente, como habríamos deseado verla, por intermedio de la Comisión Directiva de la Unión Universitaria, su madre estudiantil. Verdad es, que nuestra juventud universitaria si ha formado el centro que acabamos de nombrar revela que no se da cuenta de su misión vasta y fecunda. –¿No es aquella, ante todo, una institución eminentemente fraternal, que tiende a desarrollar los vínculos que ligan a los estudiantes universitarios haciendo que les sean comunes los triunfos y las desgracias que agitarlos puedan en el curso de sus estudios, penosos mil veces, sobre todo, para aquellos que dejados de sus familias o privados de toda protección no tienen con quien compartirlos?…

Creemos firmemente que la unión no la conseguiremos, sino acostumbrándonos a mirar al compañero de estudio como un hermano con quien debemos repartir nuestros triunfos y a quien debemos pedirle su eficaz ayuda cuando la derrota nos descorazone y haga llegar hasta nosotros el frío aterrador del desengaño. –Estas consideraciones y la fe ciega que poseemos de que todo lo que no sea más que aparato no tendrá mayor influencia sobre el porvenir de la U. U. nos hacía lamentar, hace un momento, la ausencia de la Comisión Directiva en esta solemnidad eminentemente universitaria, eminentemente fraternal.

Terminado el acto público, cuya crónica hacemos fiándonos del recuerdo, por el cual fuera felicitado el Dr. Amenábar y su digno padre, la concurrencia guiada por el primero pasó hasta su casa donde nos fue ofrecido un bien servido lunch. –La clásica cerveza con que los estudiantes alemanes amenizan sus fiestas semanales corrió abundante dando vida a más de un paladar reseco por la charla y por la jarana propias del momento. –Los vinos generosos fueron también gratamente saboreados y tras breves momentos de natural expansión y regocijo la concurrencia solicitó de varios amigos del héroe de la fiesta, se hicieron intérpretes de los nobles sentimientos que la agitaban. –Respondiendo a esta invitación hizo uso de la palabra, el Doctor Pérez del Viso, quien, en una breve, pero conceptuosa improvisación evocó sus recuerdos de Colegio los que dijo, hacían esperar los triunfos que alcanzaba su antiguo compañero y amigo. –Tras él tomaron la palabra el estudiante de Medicina señor Caravaca Pazos y el señor Otero, quien como viejo amigo de la familia se complacía en saludar y felicitar al anciano padre que recibía en esos momentos su más merecida recompensa y su más justa elogio.

Parodiando al Dr. Pérez del Viso réstanos hacer votos sinceros por que los triunfos alcanzados por el distinguido alumno en la Facultad de Medicina se transformen y multipliquen para el nuevo doctor en triunfos contra la parca inexorable, en el lecho del dolor.

Veritas.

Guerrillas[11]

Pues señor. Érase que se era un periódico llamado… pero no, lectores, hemos empezado mal.

Para hablar de esa “Sociedad” en que los curas hacen “política cristiana” no es preciso comenzar con estribillos de cuento. Es necesario entrar con mucho tacto en tan escabrosa cuestión, porque los Reverendísimos están enojados. Y no hay que hacerle. Se han puestos furiosos. Ya ven Vds. si tendrán ira santa, por supuesto, cuando han hecho del Sr. Gigena Núñez, nada menos que un cumplido selenita.

Ese Administrador debe vivir en la Luna, se ha dicho para su manteo el rabioso cura del artículo intitulado “Las Exequias en los Cementerios”, y debe vivir en la Luna, porque no ha advertido que la muerte de un cristiano es una fiesta.

Parece mentira, y sin embargo se ha dicho. Figúrense Vds. hacer de un duelo una fiesta. ¡Qué entrañas negras tiene este cura!

Pierden Vds. un pariente (Dios no lo permita) y en lugar de dolerse como es natural, de semejante desgracia y derramar lágrimas como lo hacen creemos que, hasta los curas, se visten Vds. de gala, abren las ventanas, hacen música, ríen, charlan, y, en fin, francachela completa. Claro. Están de fiesta porque se ha muerto un deudo querido. Y como la muerte de un cristiano es una fiesta…

Véase hasta donde llegan las originalidades clericales.

Por lo demás, el tal curita niega que haya habido en el cementerio, fieles de mano ligera, que se han atrapado… para recuerdo, una corona, un cuadro, por ejemplo.

Y nosotros decimos que, entre las afirmaciones de un cura anónimo, y entre una relación oficial, firmada y publicada, nos quedamos con esta última, así, venga ella de un selenita completo.

A más, no es difícil que este cura no haya visto tales cosas ocupado en la recitación de los responsos sobre todo si eran cantados. ¿Y saben mis lectores por qué sobre todo si eran cantados?

Porque los cantados valen más que los rezados. Naturalmente. ¡Cómo han de gastarse así nomás las benditas laringes de sus excelencias! Y, por otra parte, cómo el canto es más fuerte que la voz natural, dicen los curas (pero no lo dicen a los guerrilleros como yo), que llega más pronto a los oídos del bueno de Tata-Dios, que, a la cuenta debe ser un tanto sordo y otro tanto filarmónico.

Pero volviendo al artículo en cuestión dice por ahí el reverendo, que él cree descubrir en la nota del Sr. Gigena Núñez, la mano negra de la Masonería. ¡Qué horror! Vean Vds. si será donoso este cura. ¿Conque la mano de la Masonería es negra, eh? Y, ¿acaso las manos de los curas ostentan siempre una blancura inmaculada? Por nuestra parte diremos que siempre les hemos encontrado (a las de los curas) un notable parecido con garras de gavilán; verdad es que también se hallan en la misma especie (siempre manos de curas), algunas con uñas de diablo viejo.

Luego, mienta la desvergüenza con que el señor Gigena Núñez ha procedido, según él, pura y sencillamente porque ha dicho la verdad. La desvergüenza está señor de coronilla pelada, en defender las faltas de infelices ignorantes, para explotarlos mejor, en lugar de combatirlas como es el deber de todos. Hasta de Vds. que son los últimos en cumplirlos.

Y en cuanto a que el Sr. Intendente, arroje la nota del Sr. Gigena Núñez al canasto de los papeles viejos o a la calle, no es por eso la verdad dejará de ser verdad, ni lo malo dejará de llamarse por su legítimo nombre.

Mire, ciudadano cura. Mejor sería que Vd. meditara bien sobre las “verdades amargas” del artículo que bajo ese epígrafe publicamos en nuestro número anterior, y que después de bien meditado, enviara Vd. la mitad nada más que la mitad del dinero que ha cobrado por la recitación de responsos en la pasada fiesta de ánimas, a la “Casa de Expósitos” donde hay tanto huérfano desgraciado que lo necesita.

Es del único modo que nos probará su imparcialidad como defensor de las fiestas de ánimas.

Y aquí doblemos la hoja.

Porque nos duele grandemente una observación que vamos a apuntar. Cuando la dignísima sociedad “Damas de la Providencia” agotó todos los medios que le sugería un celo nobilísimo a favor de los desvalidos, pensó, como un último recurso, en dar bailes de caridad, cuyo producido se aplicaría a las necesidades de “La Cuna”. El cotarro frailesco se alborotó, chilló, escribió, peroró, que aquello era un escándalo, una indignidad. Y en lugar de prevenir el escándalo, ofreciendo algún medio de ayuda, dejan morir miserablemente esa institución, infinitamente más útil que todas sus patrañas y sus prédicas.

¡Y vaya Vd. á creer después en las jeremiadas de semejante gente!

¡Qué lerdo anduvo Jehová en no aplicarles esta plaga a los egipcios rebeldes!

Hubieran reemplazado con gran ventaja a las langostas.

Cosquilla.

El poema de las aguas[12] 
(A mi querido amigo Daniel Fernández)

I

En las piletas de los jardines,
cuenta a las flores en dulces chácharas,
murmurios vagos de los arroyos,
reminiscencias de las cascadas.

Sobre la taza de mármol cae
cual riego suave de mansa lluvia,
y al caer parece que se desgranan,
curvos racimos de albas burbujas.

Y cuando vienen las sombras negras,
siguen cantando sus dulces chácharas,
como cansadas, como dormidas,
las dulces notas del agua clara.

II

Resuelta en vapores se sube a la altura
y allí mil visiones fantásticas finge;
y luego en las rocas del monde se cuelga
o en torno a la cumbre se enrosca y la ciñe:
gorguera tejida de encajes aéreos,
que empapa la aurora con ígneos matices.
Al golpe del rayo su seno se rompe
y tiene sus gotas metálico timbre
y van descolgándose en hebras de plata,
y van entonando murmullos muy tristes
en tanto que un rayo de sol moribundo,
está por la altura pintando un arco-iris.

III

Congelada en cristales de punta cónica,
cuando el viento del polo los mares hiela
se derrumba en aludes por los abismos,
y los campos helados de montes puebla,
que al rayo de la luna, semejan bloques
de mármoles yacentes que vida esperan;
imitan ruinas viejas de templos árabes,
quebrados minaretes, torres esbeltas,
y blancos mudéjares alicatados,
y rotos arabescos de algún alfeizar.
Allí el agua hecha piedra por el invierno,
no canta ni murmura, sino que truena.

IV

Allá por entre los pastos
que besa y dobla en su huida,
hecha arroyo, salta y corre,
por sobre las piedras lisas.
Y van cantando, cantando,
Las notas del agua limpia,
lo que sueñan las violetas
cuando se quedan dormidas.

V

Copiando los cielos en tersos cristales,
está como muerta la inmensa laguna,
y fingen contornos de cisnes dormidos,
allá por la orilla las copas de espuma.
Aquí el agua quieta, ni canta ni gime;
apenas suspiros y quejas preludia,
pagando en voz baja con rítmico arrullo,
los besos glaciales de un rayo de luna.

VI

Llega al atajo; burbujeando choca;
las piedras de la hondura asalta y muerde,
y cual crencha de espuma se destrenza,
en un crespo raudal, color de nieve.
Tiemblan los aires al potente golpe,
y en murmullo solemne,
el agua muge en lo hondo del abismo,
con la voz de la cólera impotente

VII

Las olas van y vienen; se buscan y se chocan:
escúchase a lo lejos rumor de grandes aguas,
y empiezan a enturbiarse las férvidas espumas.
El viejo mar presiente la tempestad cercana!
La tarde va cayendo. El día se hace noche,
así como se vuelve recuerdo la esperanza;
en la caldeada atmósfera que está como dormida,
contienen el aliento las brisas y se callan.
Y allí entre aquel misterio de sombras y de oleajes
el viejo mar parece que canta una plegaria.

VIII

Allá en la cueva sombría
donde se juntan los gnomos,
sus gotas lentas que caen
cual llanto continuo y sordo.
Labran las estalactitas,
y con rumor misterioso,
cuentan los pasos del tiempo,
de la caverna en el fondo.

IX

Cuando tiembla en la negra pestaña
cual si fuera a caerse a los labios,
como una onda del mar que en el pecho,
pasiones y anhelos mantienen esclavo;
es una onda de un mar de aguas mudas,
que se vuelca y desborda en los párpados;
es un alma que asoma a los ojos,
es un alma que asoma hecha llanto.

X

Ah! También el bostezo del hastío,
de los ojos la arranca,
mas no como el suspiro, limpia y pura,
sino turbia y callada,
que el bostezo es respiración del vientre,
y el suspiro es respiración del alma.


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 9,  16/12/1893, p. 1.
  2. El rector era Telasco Castellano Achával (1846-1897).
  3. José María Paz y Haedo (1791-1854). Militar y gobernador de Córdoba entre 1829 y 1831.
  4. Pensamiento Libre, año I, núm. 9,  16/12/1893, pp. 1-2.
  5. Legislador religioso. Sería el autor del texto hindú Manavadharmaśastra o “leyes de Manú”.
  6. Legislador legendario de Esparta.
  7. Legislador de Atenas del siglo VII a. J. C.
  8. El mazdeísmo es una religión de Asia central que tributa culto a Ahura Mazda.
  9. Pensamiento Libre, año I, núm. 9,  16/12/1893, pp. 2-3.
  10. En la edición original, esta nota queda sin comentario en pie de página.
  11. Pensamiento Libre, año I, núm. 9,  16/12/1893, pp. 3-4.
  12. Pensamiento Libre, año I, núm. 9,  16/12/1893, p. 4.


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