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6. El prisma de la unidad nacional

Imbuido de las doctrinas utópicas del siglo XIX, Lugones comentaba los acontecimientos de septiembre de 1893 de forma sorprendente. Los artículos políticos publicados en Pensamiento Libre ilustran en efecto la dificultad que tenía de evaluar las fuerzas en presencia, percibir la emergencia de un bipartidismo político e incluir en sus análisis una crisis de legitimidad. En defensa de Lugones, conviene recordar que la UCR no estaba todavía bien implantada en Córdoba y que sus miembros eran clericales en su mayoría. Por otra parte, habida cuenta de su formación intelectual, el poeta no podía sino discrepar de una concepción materialista de la historia, es decir de una historia social que concedía un papel esencial a los actores colectivos.

Contando con la comprensión lectora, Lugones se apoyaba en las tesis de Louis Blanc para sacar las lecciones de las insurrecciones radicales. En vez de objetivar los hechos, postulaba que la Razón gobernaba la acción política y, a semejanza del historiador francés que veía en la Revolución francesa “el punto de partida de una historia que abre el camino hacia el progreso[1]”, relativizaba la violencia; acorde con las teorías de Blanc, interpretaba las tensiones como un conflicto de “pensamientos” o una oposición de “principios”.

La Historia de Francia le facilitaba algunos ejemplos. En el artículo “Francia[2]”, Lugones explica cómo la “Nación Sibila” consolidó su unidad con el tiempo, seguro de que un “credo liberal y democrático” había regulado el curso de su existencia política. Pero su análisis reduce el largo proceso de unificación de Francia a una política de conquistas sin distinguir jamás los diferentes tipos de expansionismo que originaron la homogeneidad lingüística y cultural del Hexágono[3]. Ignora además la importancia de la centralización administrativa incentivada por Napoleón sin la cual la unidad francesa nunca hubiera sido posible[4]. Como de costumbre, la exactitud de los hechos importaba poco a Lugones. Sólo contaba el valor edificante del ejemplo para probar a toda costa que un deseo de unidad nacional orientó siglos de historia francesa.

Para ello menciona el poeta diferentes figuras entre las cuales Vercingétorix que, según reporta, habría infundido un “proyecto federalista” antes de tiempo. La heroicidad del jefe galo residiría menos en su capacidad de contener el avance romano que en su aptitud en obtener una relativa unidad política. Tras las invasiones prusianas (1814-1815) y la Guerra franco-prusiana (1870-1871), este personaje carismático se había convertido en el emblema de la lucha francesa contra los invasores; se volvió la orgullosa encarnación de un pueblo valiente que defendía su libertad[5]. Retomado luego por Carlomagno –otro símbolo importante en el imaginario francés relacionado esta vez con la Iglesia católica– y por sucesivos monarcas, el ideal de la unidad nacional habría animado igualmente la acción política de parlamentarios cultos en los años 1870:

La República, hecha poder por el fallo del pueblo tiene por fin el seguro apoyo de la opinión inteligente; y aquella federación europea predicha por Víctor Hugo en las tempestuosas sesiones del 71, marcha camino de la realidad a fundir todos los odios, todas las envidias de raza en el culto del derecho humano y de la humana conciencia.
Somos, aunque fervientes admiradores de sus progresos, fustigadores severos también de los vicios que la trabajan[6].

Con la alusión a Víctor Hugo (1802-1885), Lugones intenta no sólo hacer del sueño de unidad nacional –un sueño “digno del espíritu divino”– una constante de la Historia de Francia, sino también apropiarse del discurso pronunciado por el vate francés durante las sesiones parlamentarias de marzos de 1871. Para comprender en qué medida era ejemplar, recordamos que Francia conocía entonces un despertar trágico. La guerra franco-prusiana, la derrota del país en Sedán (el 2 de septiembre de 1870) y la captura de Napoleón III acabaron con el Segundo Imperio. Ante esa situación tan inesperada como repentina, el país vivía muy mal la invasión de las tropas prusianas, mientras que no había conocido derrotas militares desde la guerra de los Cien Años[7]. Su unidad nacional estaba en peligro. Fue entonces cuando Víctor Hugo volvió a Francia al cabo de un largo exilio en las islas anglonormandas (1852-1870). De regreso, vivió el sitio de París, la proclamación del Imperio alemán en la galería de los Espejos del Palacio de Versalles (el 18 de enero de 1871) y la capitulación francesa (el 28 de enero de 1871). Presentó entonces su candidatura en las elecciones legislativas del 8 de febrero de 1871 cuyo reto era determinar la correcta actitud para llevar a bien las negociaciones de paces y escoger el régimen político que Francia adoptaría (república vs. restauración de una monarquía).

Los monárquicos y los liberales se habían reunido en torno a una paz sin condición, mientras que los republicanos estaban divididos. Los resultados de la consulta electoral muestran que las listas de la Unión Republicana, encabezada por un Léon Gambetta cada vez más desprestigiado por su intransigencia y su autoritarismo, fueron ampliamente distanciadas por la coalición conservadora: al pronunciarse contra la guerra y contra Gambetta, Francia dio a los monárquicos una mayoría aplastante (400 escaños sobre los 675 a proveer). Solamente una cuarentena de radicales obtuvo escaños en la Asamblea Nacional, refugiada en Burdeos. Víctor Hugo era uno de ellos. Electo diputado del Sena estaba en la Asamblea junto a los representantes de la extrema izquierda entre los cuales figuraban Louis Blanc, Gambetta, Edgar Quinet y Garibaldi[8].

Durante las sesiones parlamentarias de 1871, el escritor francés condenó con firmeza a los partidarios de la paz con Bismarck. Tomó la palabra el 1º de marzo para denunciar la deshonra infligida al país en nombre de toda la izquierda. Conocido bajo el título “Para la guerra en el presente y para la paz en el porvenir”, su discurso fue, en muchos aspectos, sorprendente para la mayoría monárquica:

M. Víctor Hugo. —[…] Y se oirá gritar Francia: ¡Es mi turno! Alemania, ¡aquí estoy! ¿Soy tu enemiga? ¡No! Soy tu hermana. (¡Muy bien! ¡Muy bien!) Te lo retomé todo, y te lo devuelvo todo siempre y cuando hagamos un solo pueblo, una sola familia, una sola república. (Movimientos diversos.) Voy a derribar mis fortalezas, vas a derribar las tuyas. Mi venganza, ¡es la fraternidad! (A la izquierda: ¡Bravo! ¡bravo!) ¡Ya no hay más fronteras! El Rin para todos. ¡Seamos la misma República, seamos los Estados Unidos de Europa, seamos la federación continental, seamos la libertad europea, seamos la paz universal! Y ahora démonos la mano, puesto que nos servimos el uno al otro: tú me libraste de mi emperador, y yo te libro del tuyo. (¡Bravo! ¡bravo! Aplausos.)[9]

En su requisitorio contra una “paz infame”, Víctor Hugo preconizaba la guerra, convencido de que Francia podía reconquistar su independencia y su integridad territorial con las armas. Su tesis sostenía la idea esencial de que Francia, único islote republicano en medio de las viejas monarquías europeas, tenía como doble misión difundir los valores políticos y espirituales de la Revolución francesa y crear una solidaridad filosófica entre los pueblos[10]. Mediante un análisis dialéctico del conflicto franco-prusiano y sus desafíos territoriales, el diputado Hugo asimiló la guerra a una lucha entre los pueblos y los reyes, entre la República y el Imperio. Gracias a ese argumento, abogó por un último combate: urgía que Europa acabara de una vez con un orden antiguo y la feudalidad. El vate tenía por objetivos oponerse a la restauración monárquica y, luego, fomentar la emancipación del pueblo alemán del yugo imperial para, en última instancia, instaurar una República universal[11].

Mientras culminaba en Francia el odio hacia Alemania, Víctor Hugo reivindicaba la idea paradójica de que la guerra –y el odio que engendra– podía constituir un medio fraternal de librar al opresor del yugo imperial. Según sus propios términos, esta “revancha prodigiosa” podía garantizar la paz, mientras que la emancipación nacional de los pueblos europeos tenía que llevar a la creación de una federación. Víctor Hugo soñaba con construir los Estados Unidos de Europa y forjar una Europa fraternal, la Europa de los pueblos[12].

En Pensamiento Libre, la referencia a la famosa arenga parlamentaria sirve para justificar la guerra como un medio de intervención política. Como en “Para la guerra en el presente y para la paz en el porvenir”, Lugones ve en las Fuerzas Armadas un medio para ejercer presión y negociar una salida de crisis. Después de cotejar distintos tipos de agresión exterior en “Francia”, Lugones explica que el conflicto bélico es lo más seguro para superar las divisiones internas y asegurar la supervivencia del cuerpo social. El argumento, que respaldaba obviamente la intervención federal, consiste en demostrar que era preciso proteger la cohesión nacional y las instituciones republicanas argentinas.

Tributario de representaciones sociales elitistas y animado por una firme conciencia de grupo, Lugones no tenía más remedio que apropiarse la figura retórica del enemigo. Esta entidad hostil, –que, como constructo discursivo, representa al otro como una amenaza– adquirió a finales del siglo XIX características singulares que remontaban a los tiempos de la Campaña del Desierto. Sin embargo, observa Alejandro Andreassi Cieri, la figura del opositor político que surge entonces no se basaba en el discurso racista vigente, sino en la idea de que existía una estrecha concordancia entre la identidad social y la identidad nacional[13]. Con este concepto del adversario, se convertía el mantenimiento del orden público en una guerra y autorizaba una radicalización de los discursos políticos. Así se comprende por qué Lugones parecía confundir la guerra (entendida como un conflicto en el sentido más amplio) y una intervención militar legal. Con toda probabilidad, debemos ese equivoco al miedo a ver las insurrecciones radicales propagarse por todo el territorio. De caer la Argentina en el caos, hubiera caducado el largo proceso que había llevado a la federalización de Buenos Aires (1880) y, así, a la unidad nacional.


  1. Démier, 2006, p. 7.
  2. “Francia”, Pensamiento Libre, 2/11/1893.
  3. Son dos tipos de expansionismo. El primero consistía en integrar las regiones dentro de los limites naturales bien definidos, mientras que el segundo, de por sí más imperialista, caracterizaba las campañas militares de Napoleón, cuyo objetivo era difundir los principios revolucionarios –libertad, fraternidad e igualdad– entre las naciones europeas.
  4. Instaurada durante el Antiguo Régimen –durante el reino de los Borbones en particular–, fue impulsada por Napoleón después de la creación de los departamentos (decreto del 22 de diciembre de 1790).
  5. Cuando alaban en sus obras respectivas la tenacidad, el genio militar y el valor de los galos, tanto Sieyès como Amédée Thierry, Henri Martin o François Guizot contribuyeron a la identificación de los franceses con sus antepasados célticos poniendo coto a una tradición monárquica según la cual la nobleza francesa descendía de los francos. Desde este punto de vista, un artículo publicado en La Revue des deux mondes resulta bastante revelador. Prueba que se había franqueado otra etapa, puesto que un miembro de la familia reinante elevaba Vercingétorix al rango de héroe nacional. Duc d’Aumale, 1859.
  6. “Francia”, Pensamiento Libre, 2/11/1893. Hay que observar que la alusión a la “profecía de la druidesa de Sayne” no remite a la obra de Julio César, sino al episodio de Velléda sacado de la epopeya en prosa de François-René de Chateaubriand, Les Martyrs, ou le triomphe de la religion chrétienne (1809).
  7. Gouault, 1954, p. 55.
  8. Ibid., p. 75. El 8 de marzo de 1871, Víctor Hugo renunció durante una sesión alegando que la invalidación del mandato de Garibaldi –diputado electo de Argelia– era una cuestión de principio.
  9. Hugo, 1880-1926, pp. 103-104. La traducción es nuestra.
  10. Savy, 1996, pp. 173-187.
  11. A este propósito, véase Guy, 1994; Chenet-Faugeras, 1995; Pérez Bustamante, San Miguel Pérez, 1998; Marcus, 2002.
  12. Víctor Hugo retomaba la utopía de unir a las naciones europeas que defendían Saint Simon y Augusto Comte a principios del siglo XIX. Los dos pensadores eran favorables a una solidaridad industrial, a la elección de un parlamento europeo y a la circulación de una moneda común. En 1828, salía Histoire générale de la civilisation en Europe, una obra de Guizot en la que el historiador afirmaba que los países de la región compartían una misma cultura. En 1834, Mazzini fundaba la Jeune Europe, que federaba diversos movimientos nacionales europeos. Esa sociedad secreta sirvió de ejemplo para la Sociedad de la Joven Argentina.
  13. Andreassi Cieri, 1996, p. 32.


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