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7

Contestación a Pierre Loti[1]

Mi querido amigo:

Sin pedirle consentimiento, he publicado en el número anterior de este periódico la carta, que, a manera de reclamo me dirigió, lamentando en ella, lo que según Vd. es una inconsecuencia, y lo que, según yo, es un producto en ninguna manera ilógico de mis ideas sobre la libertad del pensamiento.

Lejos de mí en absoluto, los fanatismos y las pasiones de sectario. Si he abrazado y sostengo las ideas liberales de nuestro siglo es porque las creo la síntesis de todas las grandes conquistas que las diversas creencias han aportado al acervo común del humano Progreso. Y así como hubiera sido cristiano, de haber nacido en los siglos primeros de esa religión que considero la síntesis de todo lo bueno que andaba disperso y flotante en la conciencia de la humanidad antigua, soy ahora liberal, porque, lo repito, para mí el liberalismo es la síntesis de todos los trabajos que, por maneras diversas y medios antagónicos a veces han realizado en pro de una causa común los genios de todos los tiempos ya sean ellos Cristo o Lutero[2], Anastasio[3] o Savonarola[4], Gutenberg[5] o Miguel Ángel[6], Ernesto Renán[7] o Francisco de Asís[8].

¿En qué ha encontrado Vd., en qué ha visto, mi amigo, esa exaltación ultramontana que ha despertado en su espíritu dudas amargas? ¿Acaso porque yo he seguido la máxima tan conocida como justa de dar a cada uno lo que le pertenece?

¿Le hubiera parecido mejor, entonces, que yo hubiera caído en el apasionamiento de nuestros adversarios que niegan a los corifeos de la causa liberal hasta conciencia y talento, enalteciéndolos más en el exagerado empeño de deprimirlos, y cayendo en esas exageraciones de sectario, que son el rasgo más saltante de las decadencias?

No mi amigo. Yo no quiero ser injusto a fuer de liberal convencido y valiente ya que Vd. lo quiere así. Que siempre fue la injusticia gaje obligado de escépticos y de cobardes.

Nada de exclusivismos en estas cuestiones, porque nos perjudican. Démosles en buena hora todo lo bueno que ellos han tenido; glorifiquemos la verdadera grandeza doquier se encuentre; admiremos el Genio, sean las que hayan sido sus proyecciones; aprendamos la virtud sin preocuparnos de su procedencia; batamos palmas a los grandes, que, de seguro no dejan de ser tales por haber llevado sobre las carnes la blusa del laico o la estameña del cenobita; publiquemos con voz entera las enseñanzas de los redentores así hayan sido sus máximas contrarias, en la forma, a las nuestras; llevemos el pobre resplandor de nuestra admiración a los nimbos resplandecientes que ciñen sus sienes en la inmortalidad; engrandezcamos el prestigio de los grandes nombres sin fijarnos en las letras que los componen; bendigamos, en fin, todas las virtudes, todos los heroísmos, todos los sacrificios, todos los dolores, todas los apostolados, todas las enseñanzas, todas las inspiraciones, que empujando a lo lejos las sombras, han trazado en el tiempo y en el espacio la línea recta del progreso: el camino más corto entre la conciencia y el infinito.

Procedamos con método si no queremos extraviarnos. Remontémonos a la causa por el efecto, al antecedente por el consecuente. Preguntemos a la historia lo que han sido sus privilegios, estudiando en ella la eficacia de sus obras. Porque, así como la planta se clasifica por la estructura de sus flores; y así como el meridiano se toma por la altura del Sol y de las estrellas, la grandeza de los hombres se valora por sus obras que son como florescencias de sus espíritus, y por su ideal, que es como el Sol cuya posición señala la marcha que han seguido en sus peregrinaciones por este mundo.

Profundísima reacción comenzaba a operarse en el siglo decimotercio época en que nuestro santo vino al mundo allá por los años de 1182.

El raciocinio empieza a infiltrarse en el seno de la Iglesia como la sal que ha de conservar su prestigio a través de muchas corrupciones y de muchos sacudimientos y la democracia empieza también a germinar en las entrañas mismas del feudalismo. San Buenaventura[9] y Santo Tomás[10] piensan y escudriñan y resuelven hasta donde es posible los misterios teológicos. Y las cruzadas se suspenden y refluyen a su punto de origen, no por falta de potencia guerrera, sino porque hay ya en el seno de las masas juntas y conducidas por una idea, algo muy recóndita aún pero que las llama sin embargo con irresistible imperio: la idea de la igualdad.

En aquel siglo, la Iglesia como el Moisés de la leyenda, recoge todas sus fuerzas para ascender a la cumbre de su poderío; verdadero Monte Nebo desde donde verá, allá por los vagos horizontes diseñarse, la nueva patria de la humanidad.

En Santo Tomás tiene su más alto filósofo; en San Luis[11] su más consumado político; en el Dante[12] su más excelso poeta; en el Giotto[13] su más espléndido pintor; en Nicolás de Pisa[14] su escultor más insigne; en Alfonso X[15] su más acabado legislador; en Inocencio III[16] su más magnífico pontífice −Y este mismo Papa es quien en sermón pronunciado por la fiesta de Navidad en la basílica de San Pedro, cita a Virgilio[17], al poeta pagano como un profeta, como un revelador de la venida de Cristo. De tal modo la idea del Renacimiento estaba ya infiltrada hasta en los mismos enemigos de la pagana antigüedad.

El Arte con sus clarividencias es el primero que anuncia la Revolución que está por venir.

Rotas las trabas con que por tanto tiempo sujetaran el espíritu los maestros mosaistas de Bizancio, en Pisa tendrán lugar los primeros tanteos del arte naciente; un crepúsculo; en Florencia, en Siena, en Orvieto, en Perusa, las innovaciones realistas de Donatello[18], de Ghiberti[19], de Brunelleschi[20], de Pinturicchio[21], de Signorelli[22], de Peruguino[23]: una aurora; en Roma que ni aún entonces dejó de ser la Ciudad-Reina, las colosales creaciones (subrayamos la palabra) de Rafael[24] y de Miguel Ángel: el pleno día del Renacimiento.

Y es que, en cada una de aquellas ciudades, había algo que llamaba la idea. En Pisa, el histórico cementerio, donde los cadáveres se enterraban en tierra traída expresamente de Jerusalén, tan voraz que en veinte y cuatro horas solamente consumía un cuerpo; era la tierra de los sepulcros. Por eso en ella sólo hubo un crepúsculo del arte; las sombras de la idea que se moría con los fulgores de la idea naciente. Los pensamientos que despiertan todo sepulcro. El convencimiento de la muerte, engendrando el presentimiento de la resurrección. Por eso, lo repetimos, allí hubo sólo un crepúsculo. En Florencia, en Siena, en Perusa, el subyugamiento del genio etrusco por las nuevas ideas de la civilización. Era la tierra madre de las revoluciones fecundas. Por eso estaba allí la aurora. En Roma, las grandezas nunca vistas amontonadas por los Césares y continuadas por los pontífices. Era la tierra donde se alimentaban y crecían todos los productos del espíritu. Por eso tuvo ella el medio día.

Pues bien. La tumba de San Francisco es como una fuente de aguas vivas donde va a inspirarse no interrumpida romería de artistas. Vignola[25] construye el soberbio templo de Santa María de los Ángeles en el sitio mismo donde se elevará el humilde tugurio de nuestro inspiradísimo solitario. Giunta[26], el último de los bizantinos, deja allí deforme pero ideal retrato de San Francisco; Giotto, aquel pobre pastorcillo, adivinado Genio por Cimabué[27] mientras dibujaba figuras en la arena, deja en colosales frescos narrada la historia de la orden franciscana y de su fundador; Cimabué una de aquellas vírgenes medio bizantinas medio griegas, que llevan en los labios el Dies ira de los terrores desesperados y en la frente la purísima luz del idealismo naciente; Buffalmacco[28], el naturalista de la era nueva, una aparición de Cristo a la Magdalena; Taddeo Gaddi[29], que parece haber heredado su frescura del Giotto que fue su padrino de bautismo, pinta el crucero de la basílica; Stefano, llena el ábside con su pincel majestuoso; Cavallini[30], describe con trágicos rasgos la última hora del Calvario; Capanna[31] pinta como una imagen tal vez de sus dolores como un presentimiento del martirio á que lo llevara su devoción por el santo, un sepulcro de Cristo; Giottino[32] empieza en este templo un poema pictórico que irá a concluir en el Monasterio de Santa Clara[33] una de las discípulas de San Francisco; y por último aquel pintor de inspiración tan elevadísima que Petrarca[34] no concebía como había podido retratar de manera tan divina a Laura muerta sin haberse ido de viaje a los cielos para contemplarla de cerca, aquel pintor, decíamos, Simone Memmi[35] deja también allí, un cuadro del género bizantino a que lo arrastraba su devoción, tanto como debían alejarlo las tendencias de su genio armoniosísimo y naturalista en grado sumo.

¿De dónde resultaba que aquellos artistas, solicitados, regalados, puestos casi al nivel de los reyes, iban a buscar en pequeña Ciudad un sitio para realizar sus creaciones? Es que el Genio adivina lo grande porque en esas adivinaciones estriba siempre su poder.

Miguel Ángel anunció con su estatua de la Noche, que la libertad se había ido. Y como el poeta Strozzi[36], hubiera grabado en el Zócalo de la escultura estos versos:

“La Notte, che tu vendi in si dolci atti
Dormire, fu da un Angelo scolpita
In questo sasso; é perche dorme ha vita;
Destala se no ’l credi, é parleratti.”

El gran escultor contestole con estos otros, que son el verdadero comentario de su alegoría de mármol:

“Grato m’è il sonno, é piú l’esser di sasso
Mentre che’l danno é la vergogna dura.
Non veder, non sentir m’é gran ventura:
Peró non mi destar, den! parla basso!”

Esas son las adivinaciones del Genio. Mas, como he dicho anteriormente la revolución del Arte precedió a la revolución política.

Acostumbrábase en lo antiguo, poner junto a un Cristo inmenso un hombre pequeño como un término de comparación entre la naturaleza divina y la naturaleza humana. Los pintores de la nueva escuela desterraron tan bárbara costumbre, y con esfuerzo gigantesco infundieron en las formas perfectísimas de la estatuaria helénica, el sublime espiritualismo de los cristianos dogmas.

Aquella confluencia del naturalismo con el espiritualismo, produjo uno de esos tipos fortísimos que engendran los cruzamientos y azuzó el espíritu como repentino espolazo[37].

Entonces Colón[38] agrandó el Planeta, Galileo[39] el espacio, Gutenberg el tiempo, Lutero la Conciencia. Y aquella Revolución gigantesca fue la predicha por Juan de Hus[40] y Giordano Bruno[41] desde sus hogueras, por Campanella[42] desde su calabozo y por San Francisco de Asís desde la pobre choza donde maceraba sus carnes con ayunas y penitencias asperísimas, y elevaba su alma a las sublimes contemplaciones del nuevo ideal.

¿Cómo? Vamos a verlo.

Renunciando a las fiestas y placeres de los que había sido proclamado rey por la gallardía de su persona por su generosidad y por su talento; huyendo, como de tentación peligrosísima, al deseo de las humanas grandezas que lo habían empujado hasta el extremo de alistarse en la Cruzada, y marchar desde Damietta, solo a través del desierto, para ir a predicar al Jefe de las tribus egipcias la religión del Crucificado. Aborreciendo la ambición que hubo de llevarlo enrolado en las huestes de Gauthier de Brienne[43] a disputar a Federico II[44] la posesión de Sicilia con la esperanza tal vez de realizar los deseos contenidos en esta frase que Celano[45] le hace decir: “Scio me magnun principem futurum[46].

Y todo esto, ¿en favor de quién? En favor de los desvalidos, de los escépticos, a quienes llamaba con su elocuencia a la vez que con su ejemplo.

Repugnante ha sido siempre el nepotismo papal. Riario[47], sobrino de Sixto IV funda uno de los más espléndido palacios de Roma, y Corsini[48] sobrino de Clemente XII lo concluye y le da su nombre; Inocencio XII engrandece a los Pignatellis[49], Clemente IX á los Rospigliosís[50], Clemente X a los Altieris[51], Gregorio XV á los Ludovisis[52], Pablo V a los Borghesse[53], Julio II a los Róveres[54], León X a los Médicis[55], Alejandro VI a los Borgias[56], Martin V a los Colonnas[57] y Pablo III a los Farnesios[58]. La reacción contra el naturalismo artístico era encarnizada; tanto que Margheritone de Arezzo[59] recibe pública autorización del Papa para pintar como los bizantinos. Complicadísimas, eran las fórmulas para probar el aristocrático linaje de todos cuantos querían ingresar en religiosas órdenes.

Y San Francisco proclama la pobreza como el más sublime precepto cuando los Papas y sus favoritos, resucitan en la Ciudad Eterna las locuras de las pompas cesáreas.

Y conjura a los pájaros con su voz, y con la voz de su discípulo Antonio de Padua[60] a los peces; y a las montañas con la voz de otro de sus discípulos, Maesso[61]; y a los cielos con la de otro aún, Pacífico[62], para que los cielos, y las montañas, y los peces, y los pájaros, entonen himnos al Creador, precisamente cuando se operaba inmensa reacción en contra de la Naturaleza.

Y admite en su orden lo mismo a Bernardo, rico y principalísimo señor de Asís[63], que, a un legista de Bolonia convertido por el mismo Bernardo, que al pobre rústico Pacífico, después una de sus más altas lumbreras, en la época misma en que la aristocracia era indispensable prenda para el ingreso en las órdenes religiosas.

Así es como este hombre extraordinario, renegando de todas las ideas, en que estuvo imbuido de joven, él mismo, funda la democracia religiosa, que será, no mucho después, seguida de la democracia popular.

No sé si es, porque yo tengo esa “manía de hacer versos”, de que hablaba nuestro malogrado Juan Lussich[64], que considero a la poesía como una gran reveladora y una no menos grande prenda de evangelización.

Y San Francisco la empleó a ese respecto en aquellos capítulos al aire libre que celebraba su orden por entonces.

Su oda al Sol citada, entre los viejos autores, por Bartolomé de Pisa[65] y San Bernardino de Siena[66], y entre los modernos por Ozanam[67] y Crescimbeni[68] que la han comentado, es una preciosísima muestra del lenguaje popular de aquellos tiempos, cada vez más apartado del latín ortodoxo. Hasta en eso ha sido reformador nuestro Santo.

Me dice Vd. entre otras cosas, que la orden franciscana fue siempre un regimiento de las huestes pontificias. Yo no lo creo.

Cierto. La época en que floreció el “pobre de Asís”, fue la época de mayor brillo del pontificado. Restaurada la unidad latina, deshecha por Diocleciano[69], con la invasión del Imperio griego. Ahogadas en la cuna las rebeliones de Abelardo[70] y Arnaldo de Bresia[71]. Realizada la obra de Gregorio VII[72], la obra de la sumisión del Imperio. Detenidas las Cruzadas a pesar de los triunfos de Federico de Suabia, los papas reinaron en absoluto. Pero después, la tempestad, contenida un momento se desata furiosa.

El feroz Ezzelino[73] degüella doce mil gibelinos en Padua. Carlos de Anjou[74] llamado por el Papa Urbano VI[75] mata a Conradino en público cadalso. Y la sangre de este vástago de los emperadores alemanes salpica la tierra del pontífice, y su guante de desafío recogido por los aragoneses, es prenda de largas desgracias para Italia. Los franceses, sostenedores de los angevinos son degollados en Palermo alto que, de víspera, en Fiorli a la voz de un astrólogo[76].

Golpes son estos, tremendos para el Pontificado; y después de haber manecido[77] el trono de San Pedro vacante por espacio de dos años y tres meses, se busca un solitario, un asceta que vivía encerrado en negra caverna allá por los desiertos de Apulia; y van dos reyes, el de Nápoles y el de Hungría, con un gran golpe de nobles gentes a pedirle un consentimiento, que, después de largas congojas otorga en fin; entrando en la Ciudad eterna, en la misma cabalgadura que Jesús en Jerusalén; que tanto como éste era humilde, y sobrio, y pacífico, como digno miembro de la orden franciscana. (1)

En agosto de 1294 se ciñó la tiara. Pero el cardenal Gaetani, ansioso de reemplazarle, le urde intrigas, y calumnias, y voces misteriosas, y visiones apocalípticas, consiguiendo cinco meses después, en diciembre del mismo año que resigne el mando y huya presuroso en busca del reposo apetecido; haciéndose elegir él entonces con el nombre de Bonifacio VIII[78]. Pero temiendo la competencia del humildísimo hijo de San Francisco, le persigue, le acosa, y le obliga a embarcarse en pobre barca de pescador con dirección a Dalmacia. Mas los vientos contrarios le fuerzan a volverse a las costas italianas, y aprehendido allí es encerrado en oscurísimo calabozo para saciar el encono de Bonifacio.

Varios cardenales disidentes firmado habían viril protesta contra la elección del cardenal Gaetani.

Este organiza numeroso ejército y corre a Palestina donde estaban refugiados los cardenales protestantes. Entre ellos se encontraba Jocopone da Todi[79], que, noble caballero antes, convirtióse en austerísimo sacerdote, franciscano desde que un día en su ciudad natal hundióse el tablado de un circo pereciendo su esposa en la catástrofe. Poeta inspiradísimo, compuso la canción latina Stábat Mater esa sublime elegía, trasunto de todos los dolores, norma de todas las perfecciones poéticas. Acérrimo enemigo de la corrupción pontificia estigmatizó con sátiras amargas al nuevo Papa. Cayó al fin prisionero en manos de éste, que, con saña indescriptible, se ce […] en su desgracia, yendo con frecuencia a encarecerle la eternidad de sus padecimientos a su mismo calabozo; tan inmundo y tan olvidado, que el mártir se veía obligado, para no morirse de sed, a chupar en las paredes los asquerosos rezumos de una letrina.

No fueron, como Vd. ve, tan serviles soldados de los Papas los discípulos de San Francisco. Y aún le añadiré para mayor abundamiento que este caso, que vengo de citar, no está ni por Wiseman[80] ni Ranke[81], historiadores ultramontanos como Vd. sabe.

Y, por lo que a nosotros respecta, ¿habremos de olvidar a Luis de Bolaños[82] y a Francisco Solano[83], primeros en venir a arrojar las semillas de sus doctrinas en estas regiones vírgenes, con toda la sencillez evangélica con que nos los presenta la tradición, insinuándose en el alma rudimentaria del salvaje, por medio de la música, como lo practicaba el noble fundador de la orden a que pertenecían ellos? –¿Habremos de olvidar, mi amigo, que, apenas pasados cincuenta años de la fundación de esta ciudad, los franciscanos fundaron en ella la primera escuela de la América?

Pero no quiero detenerme en hechos, que, me consta, le son conocidos. Y que solo un celo exagerado ha podido hacerle olvidar. Bastante me he detenido a examinar los múltiples desarrollos de ese Genio, que, después de todo cuanto llevo dicho, espero será considerado por Vd., a una altura igual cuando menos que Arnaldo de Brescia y Abelardo.

Yo también creo que ahora, la orden ha degenerado, como ha degenerado la idea que dio vida. Estéril y todo como es, aún conserva el prestigio de su anterior grandeza. Y si, como todo derivado del catolicismo, está agonizando ya, porque la eternidad no consiste en la inmovilidad sino en el perpetuo cambio de ideas y de cosas, le queda la veneración de todos los que gustan de estudiar las causas impulsoras del Progreso, a la luz de la razón pura, no al brillo ficticio de las tradiciones legendarias.

¿Qué vale el héroe, el apóstol, el mártir, si todos sus actos los ejecuta, porque ha nacido predestinado para realizarlos? Nosotros creemos, por el contrario, que a todo hombre le basta para pensar y querer para llevar a cabo lo que piensa y lo que quiere. Ahí está la verdadera gloria. En levantarse del polvo para buscar la luz; en atraer con humanas palabras no con revelaciones celestes; en conservar la esperanza cuando todas las afecciones terrenales han muerto ya; en darse todo entero al martirio, cuando el instinto llama imperioso al placer; en tener lágrimas para toda la humanidad, cuando apenas si bastan para llorar nuestros dolores, en hacer de la conciencia un altar cuando se sublevan en contra los humanos egoísmos; en arrojarse de lleno al agitado mar de las ideas, cuando se está de antemano convencido de que no hay otro puerto de salvación que la muerte; en consumir una vida, a cambio de un momento de infinito; en una palabra; en querer ser hombre del todo cuando se está convencido de la imposibilidad de ser Dios.

Y eso, todo eso, hizo San Francisco, porque tuvo fe, mucha fe en el triunfo definitivo de su causa, que al fin dominó y se hizo grande, cuando el pobre, el iluso, el loco, a quien los chiquillos apedreaban y llenaban de lodo, el visionario que tuvo, como todos los genios, sublimes delirios y desesperadoras nostalgias, descendió a las eternas tinieblas, que eran para él un renacimiento á más dulce existencia, y para nosotros una entrada a la vida de la inmortalidad.

¡Ah! decía bien Víctor Hugo[84], hablando de Mirabeau[85]: “¡Grandes hombres morid!; hoy, si queréis tener razón mañana.”

Un párrafo para concluir.

Vd. me dice que hago mal en ensalzar un hombre cuyos partidarios me están moviendo guerra.

Y bien. Tanto mejor para las íntimas afecciones de mi conciencia. ¿Qué me importa de mi persona cuando la justicia está de por medio? ¿Qué de cuanto en un contra pueda decirse cuando reposo en el vencimiento de haber dicho la verdad?

Ni me extrañan los ataques ni los temo. Ya sabe Vd. que siempre me he puesto en el caso de que los ultramontanos me amenacen con las calderas de los infiernos; y en cuanto a temerles, bien se ve que todo cuanto en esta hoja se escribe cae bajo una responsabilidad que acepto, si he de serle franco, con cierto orgullo, porque comprendo que es dura de sobrellevar.

Y no tome, amigo, por favor, estas declaraciones como un arranque quijotesco de pedantería.

Ya Vd. ve. Nunca firmo mis artículos, porque, le repito, mi nombre vale muy poco cuando es tan grande la idea por cuyo sostén paso hasta los trabajos de luchar con un hermano de causa como Vd., que ha llevado las exageraciones de su celo hasta el extremo de dolerse, con aflicción que agradezco, aunque no acepto, de las pretendidas debilidades, de quien fue siempre firme en dos cosas, sobre todo: en sus ideas, y en la amistad que de veras le ofrece, repitiéndose su servidor afmo.

Leopoldo Lugones


(1) Fue el Papa Celestino V[86].

Guerrillas[87]

Sabrán Vds. lectores que “La Aurora” nos dedica una fabulilla, que versa sobre el conocido tema: “morder la lima”. La tal fabulilla no está del todo mala, si se dejan de paso algunas faltas de lenguaje como la cometida en este verso:

“Y sois para nada buenos”; porque eso de ser bueno para nada es cosa bastante fuerte; desde el momento en que uno es bueno para, ya se sobreentiende, que ha de ser para algo, y no para nada, porque nada es una negación; y entonces el sentido quedaría completo si el autor hubiera dicho: “Y no sois para nada buenos”, porque dos negaciones afirman. Bien es verdad que ya el renglón no sería verso; pero tendría sentido que es lo esencial.

Decíamos, pues, que la tal fabulilla no está del todo mala; pero es inaplicable para los guerrilleros como nosotros a quienes viene dedicada.

¡Nosotros mordiendo limas! ¡Qué limas ni qué herramientas de cerrajería, cuando los versos de Salguero y de Bandera, no tienen absolutamente nada de lima!

Vean Vds. si serán diablos estos curas (porque Bandera es indudablemente cura), cuando se nos viene haciéndose los malos, como quien dice a darnos un tapa boca.

Pero lo que es eso…

No lo conseguirán así se vengan en son de guerra con aparato de hisopos y velas benditas todos los sacristanes y beatas del Municipio; y así “La Aurora” nos atormente sin cesar con plagios como el del Señor Don Luis Jacinto Santamarina, de cuya composición publicada en el último número del enunciado coleguita copiaremos una estrofa, apareándola con otra del poeta Luis L. Domínguez[88] autor también de una poesía con igual título, y de la que sacamos la estrofa susodicha:

Esta es de Santamarina:

“Resistiendo valeroso
“los embates del pampero
“en sus luchas altanero
“emblema de la virtud,
“siempre verde, siempre hermoso
“aparece en lontananza
“como un faro de esperanza
un árbol: es el Ombú.”

Y esta otra es de Domínguez:

“Y si en pos de amarga ausencia
“vuelve el gaucho a su partido,
“echa penas al olvido
“cuando alcanza a divisar,
“el Ombú, solemne, aislado,
“de gallarda airosa planta
“que a las nubes se levanta
“como faro de aquel mar.”

Verdad es que aquí no hay copia como la de Salguero á Espronceda, pero poco menos.

El Séptimo no hurtar, señor Santamarina.

Y cuando uno dice estas cosas, ¡todavía han de tener el coraje de querer darse aires de hombres malos! ¡Qué plagiarios tan incorregibles!

Pero vamos, estimados amiguitos de “La Aurora”. No se dejen embaucar de semejante manera por cualquier poeta… de esos.

Llenen la hojita que Vds. redactan, con recetas culinarias, por ejemplo. Dennos la fórmula de llevar a buen término una pepitoria de conejo, o un estofado de cerdo; avísennos, cual es la mejor agua de sacar manchas que puede uno procurarse; cuéntennos la edad de los Papas, cuyas almas sean en buena hora con Dios, que por monótono que todos eso resulte alguna utilidad siquiera reportará, aun cuando más no sea a las cocineras.

Pero no se amostacen cuando algún buen intencionado como este su afectísimo servidor, les indica los errores en que incurren.

Pero lo mejor de todo sería que Vds. se dejaran de escribir. ¡Son tan jóvenes todavía! Ya tendrán tiempo de volar cuando les crezcan plumas en las alas. Está el periodiquito ese en que Vds. escriben, tan feo y tan desabrido, que deben dejarlo por un tiempo. ¡Y lo peor es que plagian!

Ya ni Salguero quiere ocupar las columnas de esa pobrecita “Aurora”. Es un colmo.

Ese sería para mí el golpe de gracia; verme despreciado como escritor, por Salguero nada menos, daría al traste con mis más dorados sueños, de literato.

Luego no más desertará Bandera y en seguida dejará de plagiar Santamarina. Y quedarán solos, muy solos, con sus sacristanescas pretensiones. Y la corte celestial por la cual se creen modestamente amparados, se hará la sorda y dejará que la aurora se convierta en turbio ocaso de invierno…

Pero lectores; esto va haciéndose serio, y como de algo han menester los mortales para reírse, firmaré por vez primera, en la necesidad de excitar la risa con el sinónimo de mi nombre, ya que no me resta otro medio.

Cosquilla


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 7,  2/12/1893, pp. 1-4.
  2. Martín Lutero (1483-1546). Monje agustino alemán, teólogo y profesor de universidad. Fue el principal promotor de protestantismo.
  3. Anastasio I (430-518), llamado también el Silencioso. Emperador de Oriente entre 491 y 518.
  4. Girolamo Savonarola (1452-1498). Religioso y reformador italiano.
  5. Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg, llamado Gutenberg (ca. 1400-1468). Impresor alemán que inventó la imprenta de tipos móviles.
  6. Miguel Ángel (1475-1564). Escultor, pintor, arquitecto y poeta italiano del Renacimiento.
  7. Ernesto Renán (1823-1892). Filósofo e historiador francés.
  8. Francisco de Asís (1182-1226). Religioso católico italiano. Fundador de la orden de los Hermanos menores.
  9. Juan da Fidanza (1217-1274), conocido como Bonaventura. Santo, filósofo y teólogo italiano de la orden de los franciscanos.
  10. Santo Tomás de Aquino (ca. 1227-1274). Doctor de la Iglesia. Teólogo de la orden de los dominicos. Es considerado como uno de los principales representantes de la escolástica.
  11. Luis IX (1214 o 1215-1270). Santo y rey de Francia entre 1226 y 1270.
  12. Dante Alighieri (1265-1321). Poeta y hombre político italiano.
  13. Giotto (1266-1337). Pintor y arquitecto florentino.
  14. Nicolás de Pisa (ca. 1206-1273), llamado El Pisano. Arquitecto y escultor italiano.
  15. Alfonso X de Castilla (1221-1284), llamado el Sabio. Rey de Castilla entre 1252 y 1284. Autor de una obra literaria, científica, histórica y jurídica de primera importancia.
  16. Lotario de los Condes de Segni (1160-1216). Elegido pontífice de la Iglesia católica el 8 de enero de 1198. Reinó con el nombre de Inocencio III y es considerado como el papa más importante de la Edad Media.
  17. Virgilio (70-19 a. J. C.). Poeta épico y bucólico latino. Autor de la Eneida, de las Geórgicas y las Bucólicas.
  18. Donato di Niccolò di Betto Bardi (ca. 1386-1466), llamado Donatello. Escultor italiano.
  19. Lorenzo Ghiberti (1378-1455). Orífice, pintor y escultor italiano.
  20. Brunelleschi (1377-1446), llamado Pippo di Firenze. Escultor y arquitecto italiano que inició el Renacimiento.
  21. Bernardino di Betto (1454-1513), llamado Pinturicchio. Pintor italiano, alumno del Perugino.
  22. Luca Signorelli (ca. 1450-1523). Pintor italiano conocido por sus frescos.
  23. Pietro Vannucci (ca. 1450-1523), llamado el Perugino. Pintor italiano.
  24. Rafael (1483-1520). Pintor y arquitecto italiano.
  25. Jacobo Barozzio, llamado Vignola (1507-1573). Arquitecto italiano.
  26. Giunta di Capitino, llamado Giunta Pisano (activo entre 1230-1254). Pintor italiano.
  27. Cenni di Pepo (ca. 1250-ca. 1302), llamado Cimabue. Pintor y mosaísta italiano.
  28. Cristóbal Buonamico, llamado Buffalmacco. Pintor italiano del siglo XIV. Autor de los frescos del Cementerio de Pisa entre los cuales se cuenta El triunfo de la muerte.
  29. Taddeo Gaddi (1300-1366). Pintor italiano, alumno de Giotto.
  30. Pietro Cavallini (1279-1364). Pintor italiano.
  31. Puccio Capanna. Pintor florentino de la primera mitad del siglo XIV. Alumno de Giotto.
  32. Giottino di maestro Stefano. Pintor florentino del siglo XIV. Alumno de Giotto.
  33. Clara Offreducio, conocida como santa Clara de Asís (1193-1253). Religiosa franciscana que fundó la Orden franciscana de las hermanas pobres o las Clarisas.
  34. Petrarca (1304-1374). Poeta y humanista italiano.
  35. Lugones amalgama los nombres de dos pintores italianos del siglo XIV: Lippo Memmi (s. f.-1357) y Simone Martini, llamado Simone (1283-1344).
  36. Giulio Strozzi (1583-ca. 1660). Poeta y libretista italiano.
  37. Leer : “espuelazo”.
  38. Cristóbal Colón (1451-1506). Marinero y explorador genovés al servicio de los reyes católicos. Conocido por haber descubierto el Caribe.
  39. Galileo Galilei (1564-1642). Matemático, astrónomo y físico italiano.
  40. Juan Hus (ca. 1369-1415). Teólogo, filósofo y reformador bohemio.
  41. Giordano Bruno (1548-1600). Filósofo italiano conocido por sus teorías sobre el universo y el infinito.
  42. Tomás Campanella (1568-1639). Monje dominico y filósofo italiano. Autor de La ciudad del sol (1623).
  43. Gaulterio IV de Briena (1205-1246), llamado el Grande. Sobrino de Juan de Briena, rey de Sicilia.
  44. Frederico II (1194-1250). Emperador de Alemania. Rey de Sicilia y de Jerusalén. Mostraba cierta tolerancia para con todas las ciencias religiosas y la cultura oriental.
  45. Tomás de Celano (s. f.-1255). Poeta, músico y religioso italiano. Fue uno de los primeros en seguir las doctrinas de San Francisco.
  46. Palabras de San Francisco de Asís recogidas en Vita a tribus ipsius sancti, citadas en Les poètes franciscains en Italie au treizième siècle avec un choix des petites fleurs de saint François, traducidas por A.- F. Ozanam, Paris: Jacques Lecoffre et Cie, 1852, p. 67.
  47. Girolamo Riario (1443-1488). Noble italiano.
  48. Lorenzo Corsini (1652-1740). Elegido papa en 1730, reinó bajo el nombre de Clemente XII.
  49. Leer: “Pignatelli”. Antonio Pignatelli (1615-1700). Elegido papa en 1691, se desempeñó como Inocencio XII.
  50. Leer: “Rospigliosi”. Giulio Rospigliosi (1600-1669). Elegido papa en 1667, reinó bajo el nombre de Clemente IX.
  51. Leer: “Altieri”. Emilio Altieri (1590-1676). Fue papa con el nombre de Clemente X (1670-1676).
  52. Leer: “Ludovisi”. Alessandro Ludovisi (1554-1623), conocido como el papa Gregorio XV (1621-1623).
  53. Leer: “Borghese”. Camilo Borghese (1552-1621), conocido como el papa Pablo V (1605-1621).
  54. Leer: “Róvere”. Guliano della Rovere (1443-1513). Fue papa con el nombre de Julio II (1503-1513).
  55. Juan de Medicis (1475-1521). Elevado al Papado en 1513 bajo el nombre de León X.
  56. Leer: “Borgia”. Rodrigo Borgia (1431-1503), conocido como el papa Alejandro VI (1492-1503).
  57. Leer: “Colonna”. Otón Colonna (1368-1431). Fue papa con el nombre de Martín V (1417-1431).
  58. Leer: “Farnesio”. Alejandro Farnesio (1467-1549). Fue papa con el nombre de Pablo III (1534-1549).
  59. Leer: “Margaritone d’Arezzo”. Margarito da Magnano es un pintor italiano del siglo XIII.
  60. San Antonio de Padua (1195-1231). Ilustre santo franciscano.
  61. Masseo de Marignano. Compañero de San Francisco.
  62. Fray Pacífico, llamado el Rey de los versos. Es uno de los primeros discípulos de San Francisco. Propagó la orden en las regiones de París y Bélgica.
  63. Bernardo de Quintavalle (1180-1241), llamado Bernardo de Asís. Franciscano italiano, fue uno de los primeros discípulos de San Francisco.
  64. Leer: “Juan Lussich” (1859-1885). Periodista y poeta uruguayo. Autor de La pluma alegre.
  65. Bartolomé de Pisa (s. f.-1401). Autor de De Conformitate Beati Francisci ad Vitam Dominici Jesu (El libro de las Conformidades), publicado por los franciscanos entre 1385-1399.
  66. San Bernardino de Siena (1380-1444). Predicador franciscano.
  67. Antonio Frederico Ozanam (1813-1853). Fundador de las Conferencias de San Vincente de Paúl.
  68. Giovanni Mario Crescimbeni (1663-1728). Literato italiano.
  69. Diocleciano (ca. 245-313). Emperador romano entre 284 y 305.
  70. Pierre Abélard (1079-1142). Teólogo y filósofo francés.
  71. Leer: “Brescia”. Arnaldo de Brescia (s. f.-1155). Predicador italiano y discípulo de P. Abelardo.
  72. Hildebrando (entre 1013 y 1024-1085). Fue papa con el nombre de Gregorio VII (1073-1085).
  73. Ezzelino III de Roma (1194-1259), llamado el feroz. Conde de Padua.
  74. Carlos I de Anjou (1226-1285). Rey de Nápoles.
  75. Bartolomé Prignano (ca. 1318-1389). Fue papa con el nombre de Urbano VI. Primer papa durante el gran cisma de Occidente.
  76. Mochuelo que hace difícil la comprensión de la frase.
  77. Mochuelo. Leer: “permanecido”.
  78. Benedetto Caetani (ca. 1235-1303). Fue papa con el nombre de Bonifacio VIII.
  79. Jacopone de Todi (s. f.-1306). Poeta y jurisconsulto italiano. Se le atribuye el Stabat Mater dolorosa.
  80. Nicolás Patricio Wiseman (1802-1865). Cardenal y literato inglés. Primer arzobispo católico de Westminster. Autor de la novela Fabiola or The Church of the catacombs (1854), una obra publicada en castellano por la Imprenta de Mayo (Buenos Aires: 1857).
  81. Leopoldo Ranke (1795-1886). Historiador alemán. La Biblioteca nacional argentina cuenta con numerosos títulos del autor, cuyas ediciones más antiguas están traducidas sea en francés, sea en inglés.
  82. Luis Bolaños (1549-1629). Teólogo y religioso franciscano español que introdujo las reducciones en Paraguay y en Argentina.
  83. Francisco Sánchez Solano Jiménez (1549-1610). Fray y sacerdote franciscano que evangelizó el norte del Río de la Plata y el Perú. Fue canonizado en 1726.
  84. Víctor Hugo (1802-1885). Poeta y dramaturgo francés.
  85. Honorato Gabriel de Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791). Político y escritor francés.
  86. Pedro de Morrone (1215-1296). Fue papa con el nombre de Celestino V. Elegido el 5 de julio de 1294, demitió el 13 de diciembre del mismo año. Fundó la orden llamada de los celestinos. Fue canonizado por Clemente V.
  87. Pensamiento Libre, año I, núm. 7,  2/12/1893, p. 4.
  88. Luis Lorenzo Domínguez (1819-1898). Poeta y hombre político argentino.


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