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8. Cultura y progreso

Como las provincias de Buenos Aires y de Santa Fe, la de Córdoba se benefició de la expansión del capitalismo europeo: el tendido de las redes ferroviaria y telegráfica construido por los ingleses permitió la circulación de mercancías y la distribución interna de los productos importados. La entrada de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos a Córdoba, la segunda ciudad más poblada de Argentina, jugó asimismo un papel decisivo en el desarrollo económico de la región tanto en el sector agrícola como industrial[1]. Sin embargo, el fenómeno migratorio que le tocó vivir a la Docta distó mucho del aluvión que conocieron las provincias de Buenos Aires y de Santa Fe entre 1860 y 1880. Como la mayoría de los recién llegados pertenecían a los sectores más desposeídos de la sociedad (eran jornaleros rurales u obreros urbanos), no pudo destacarse la emergencia de una clase media que modificara en profundidad la estructura social de la capital provincial.

Muy tradicional aún, la sociedad cordobesa se caracterizaba por una estructura simbólica que le daba toda su cohesión. Según Waldo Ansaldi, “lo sagrado [era] dador de la autoridad moral de las normas sociales impuestas”[2]. Esta especificidad resultaba en gran parte de la influencia política e intelectual ejercida desde siempre por clérigos con buena formación: no olvidemos que antes de convertirse en una capital provincial, Córdoba había sido la sede de una vasta diócesis de la Iglesia de las Indias. Ahora, si bien mermaba el poder de la Iglesia católica, el clericalismo, que regía la vida de Córdoba desde siempre, presionaba a la clase dirigente para que resistiera los embates modernizadores de los liberales progresistas. Así, en los años 1880, los clericales denunciaron con ahínco los programas de los gobernadores Miguel Juárez Celman (1880-1883) y Marcos N. Juárez (1889-1890); se opusieron a la creación del primer registro de estado civil argentino (medida del 13 de agosto de 1880 puesta en aplicación el 1º de enero 1881) y a la secularización de los cementerios; impidieron que la secularización y la obligatoriedad de la escuela primaria tuvieran estatus legal en el Estado provincial. Del mismo modo, se negaron a una enseñanza fundamentada ya no en los dogmas de la Iglesia, sino en el estudio de disciplinas tales como la filosofía, la historia y las ciencias. Con un férreo espíritu de oposición, calificado por algunos de “ultramontano”, velaron por que la Iglesia guardara cierta influencia mediante subvenciones a acciones pastorales o fiestas.

Con el pretexto de hacer una crónica de la vida en Córdoba, Lugones radiografiaba en Pensamiento Libre las altas esferas de la sociedad apuntando el desinterés del gobierno de la provincia en políticas culturales. Sin atacar personalmente a las autoridades (se lo prohibía la ley de desacato mencionada en el editorial del 19 de octubre), condenaba una serie de medidas que desfavorecían iniciativas esenciales a sus ojos; aludía a hechos conocidos de todos, lo que otorgaba a sus artículos una tonalidad informativa poco habitual, aunque defendía de hecho la agenda cultural de estadistas progresistas.

Así, en “Bibliotecas públicas”, Lugones estudia la historia de las bibliotecas populares iniciadas en 1871 para paliar la carencia de escuelas y aclara por qué no consiguieron implantarse de forma duradera. Explica que, pese a repetidas tentativas, el éxito del servicio público ideado por Sarmiento fue desigual debido a la poca atención prestada a las condiciones de trabajo de los empleados. Con mala calificación y poco remunerados, no sabían cómo catalogar y desarrollar los fondos bibliográficos con obras de calidad. Las bibliotecas, que hubieran tenido que ocupar un lugar fundamental en la vida intelectual, cultural, educativa del país, no ofrecían debidamente a las clases laboriosas los medios para emanciparse. En el caso de la biblioteca de Córdoba, Lugones lamentaba una penuria de títulos significativos de los últimos avances científicos y la presencia en las estanterías de una literatura sensiblera y conformista. Era como si existiera todavía una voluntad asumida de controlar la formación religiosa, moral y cívica de los usuarios. Es más, tras cotejar los montos de ciertos gastos públicos (biblioteca vs. construcción de una nueva cárcel), deploraba la poca voluntad política de desarrollar el ámbito cultural. Aunque compartía la inquietud general por el orden público, preconizaba soluciones menos coercitivas dando a entender que la instrucción y el desarrollo de servicios culturales universales eran las únicas garantías de igualdad y, por ende, de paz social[3].

La falta de financiamientos había asfixiado el proyecto emblemático de Sarmiento[4]; dificultaba de igual modo el buen funcionamiento del Museo Politécnico de la Provincia, que había recibido no sólo el apoyo del gobernador Ambrosio Olmos[5], sino el de las élites letradas a la hora de su inauguración[6]. Conocido como el Museo Provincial o Museo Politécnico de la Provincia, la entidad conservaba manuscritos, muestras y especímenes recaudados por el sacerdote y naturalista italiano Jerónimo Lavagna (1834-1911) desde su llegada a Argentina (1870). La creación del espacio museal había logrado un consenso sobre la necesidad de acumular, conservar y sacralizar el patrimonio geológico argentino, cuyo estudio representaba un reto de interés público para la industria regional a semejanza de las entidades científicas creadas en los años 1870[7]. Se ubicaba en la calle 27 de abril, que también albergaba la sede de Pensamiento Libre. Lugones conocía bien el lugar, tanto más que había ayudado a Lavagna a capturar los insectos de su colección[8].

Según el poeta, el Museo Politécnico se parecía menos a un museo de ciencias naturales que a un gabinete de curiosidades. Sin embargo, tenemos buenas razones para interrogarnos sobre los motivos que le llevaron a describir dicho espacio ignorando la riqueza de un acervo que contaba además con obras del patrimonio cultural e histórico del país[9]. Con una retórica de mala fe, Lugones reducía la importancia de la donación Lavagna en “Museo provincial[10]” olvidándose del legado hispano y religioso de la Argentina colonial, que no despertaba interés alguno a sus ojos. Como muchos de sus coetáneos, rehusó asociarlo al proceso de construcción de una identidad nacional: percibido como muy problemático por los letrados de la época, el periodo quedó excluido del inventario de las riquezas del país durante tiempos[11].

En realidad, Lugones evitaba polarizar a su público lector con ejemplos polémicos. Sólo quería demostrar que el fomento de acciones culturales y artísticas innovadoras, así como la adopción de una moderna política cultural, eran prioridades esenciales para el desarrollo de la región. Permitiría además superar los desacuerdos entre adversarios políticos y apaciguar la vida pública de Córdoba. Desgraciadamente, la difícil coyuntura económica que atravesaba Argentina desde 1890 y los recortes presupuestarios resultantes impedían a las autoridades mantener dichas iniciativas por motivos económicos obvios.

En “Verdades amargas”[12], el escritor enfocaba otro aspecto del problema señalando los motivos que llevaron al gobierno provincial a subvencionar las fiestas religiosas pese a la crisis. Recordaba que la Constitución Nacional obligaba al Estado a sostener a la Iglesia católica, romana y apostólica y denunciaba las aberraciones así provocadas. Para ello, apuntaba el patrimonio inmobiliario de las congregaciones religiosas y lo interpretaba como la expresión de una inmoderada codicia de los frailes y de las fraternidades de sacerdotes. La nota periodística, de claro cuño anticlerical, retrataba a los más humildes y describía sus miserables condiciones de vida para mejor enfrentar a los lectores con las incoherencias de una Iglesia opulenta. De manera satírica, el escritor reducía la moral cristiana a una lógica mercantil y se burlaba del desfase que existía entre el discurso y las prácticas. Según él, la paradoja resultaba de un “despotismo clerical” que alejaba a la Iglesia de los más desamparados y la hacía insensible al sufrimiento de los menesterosos[13].

Hechos de la actualidad iban a proporcionarle nuevos elementos de acusación, ya que la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) votó en los días siguientes una subvención de 300 pesos para sufragar los gastos de una fiesta religiosa[14]. En nombre de la tradición, el Consejo Universitario había decidido invitar por correo a los estudiantes a asistir a la celebración de la Inmaculada Concepción y financiar una parte de sus preparativos[15].

Para un anticlerical como Lugones, la Inmaculada Concepción no era propia de la tradición, puesto que la celebración religiosa se basaba en una “historia absurda”, un “relato ridículo” sin fundamento científico. Por eso, en nombre de la ciencia y de la razón, el poeta rechazaba de forma rotunda la idea de que una universidad pudiera compartir los gastos relacionados con la conmemoración: no sólo era poco oportuno participar en festejos instaurados cuarenta años atrás, sino urgente condenar el hecho de que el “templo de la Ciencia” dedicara parte de su dotación presupuestaria en beneficio de la Compañía de Jesús.

Por temer que la congregación controlara de nuevo la Universidad de Córdoba, Lugones lamentaba la existencia de fuerzas ocultas capaces de desviar la institución pública de su misión científica. Las pasadas insurrecciones radicales y la aparición de la UCR en la esfera política local le hacían temer que la vida del campus universitario se volviera más tradicional, por lo que marchó en guerra contra el rector, que, según él, renegaba del espíritu liberal que reinaba diez años antes, y sonó la alarma contra la insidiosa resurgencia de conductas reaccionarias. Pero la poca asistencia (a lo sumo unos treintas estudiantes) le aportó la prueba de que las mentalidades estaban evolucionando.

Semanas después, el periódico centró de nuevo su atención en la Universidad Nacional de Córdoba con la crónica mundana “Universitarias”[16]. Presentada como una contribución exterior, la nota hubiera tenido que salir en otro número de Pensamiento Libre. Pero su autor, un “colaborador distinguido”, la entregó a la redacción con atraso, por lo cual apareció en la edición del 16 de diciembre. Poco convincente, la advertencia bien podría ser una máscara para enfocar bajo otro ángulo el tema de la política educacional en la UNC y permitir a Lugones que se moderara.

Con toda probabilidad, el escritor se valió de un seudónimo para firmar con el gracioso Veritas el relato de una defensa de tesis que tuvo lugar en la Facultad de Medicina ante un jurado “sereno e inflexible” y miembros de la alta sociedad cordobesa (29/11/1893). El seudónimo, vale decir el uso de una identidad falsa, era frecuente en la prensa de la época. Como identidad alternativa, ofrecía al cronista una suerte de clandestinidad en un contexto tenso; como signo de una resistencia, indicaba a los lectores la presencia de un mensaje implícito en el artículo periodístico.

Ahora, si uno se fija bien en la descripción del evento, se da cuenta de que, más allá del clima ameno y de la impresión de buen humor que se desprende del relato, el discurso higienista de una tesis sobre las diarreas infantiles[17] importaba menos que la identidad del doctorando y la presencia de un círculo de amigos. La relevancia concedida a estos últimos a expensas de los miembros de la Facultad de Medicina, así como la omisión de un detalle tan significativo como el título de la tesis, distraían la atención de los lectores hacia una asamblea apasionada por debates científicos muy especializados. El efecto de sorpresa así creado revelaba una realidad inesperada: existía en la Universidad la posibilidad de abordar cuestiones científicas sin provocar revuelos.

Como el cronista no se limitaba a captar los hechos y los actos del público, nombraba a personalidades conocidas por su pertenencia a la UCR. Además de Julián Amenábar Peralta, Veritas mencionaba al doctor Pérez del Viso, que se comprometió muy temprano con la fundación de la sección de la UCR de Córdoba creada oficialmente el 5 de agosto de 1891 bajo el eslogan “¡Dios y patria!”[18]. Pérez del Viso era conocido por haber luchado contra las reformas secularizadoras de Roca y de Juárez Celman llevadas a cabo tanto en el plano nacional como provincial. En tanto que delegado de la Unión Católica participó en la Primera Asamblea de los católicos de Argentina convocada por José Manuel Estrada en 1884[19].

El hombre político no se volvió el blanco de las cargas críticas de Pensamiento Libre porque la publicación de “Universitarias” pretendía ser imparcial. Importaba más bien tranquilizar a la comunidad de los lectores con un relato que, sin ser del todo neutro u objetivo, presenta la Universidad de Córdoba como una instancia prestigiosa de reconocimiento social. De hecho, era “un espacio de ascensión y de formación de las élites para el ejercicio de las funciones administrativas”[20] y, a la manera de la Universidad de Buenos Aires, constituía un rico vivero en el cual Argentina contrataba sus funcionarios[21]. La moraleja de la crónica era en realidad otra: el artículo muestra con ironía que el ingreso en las esferas estatales superiores exigía ciertas concesiones con relación a las recomendaciones del Syllabus, más aún para impartir clases de medicina legal en la Escuela de Medicina, como fue el caso de Julián Amenábar Peralta años más tarde[22]. Así, pese a sus dogmáticas convicciones clericales, Amenábar Peralta tuvo que estudiar la microbiología como prolongamiento de los trabajos de Louis Pasteur (1822-1895) para doctorarse en medicina.


  1. Ansaldi, 2000.
  2. Ansaldi, 1997, p. 251.
  3. “Bibliotecas públicas”, Pensamiento Libre, 9/11/1893.
  4. Idem.
  5. Durante su gestión (1886-1888), Ambrosio Olmos, un allegado de Roca, modernizó el plan urbanístico de la ciudad de Córdoba, autorizó que fuera servida por el tren y facilitó la creación de nuevos espacios públicos. Inició asimismo el Museo Provincial (decreto del 24 de enero de 1887).
  6. La prensa dio al evento una proyección sin precedente. Con el museo, Córdoba rivalizaba con la Capital Federal, que no tenía todavía un espacio dedicado a su historia. No fue sino hasta 1889 cuando Buenos Aires fundó el Museo Histórico Nacional.
  7. Existían ya en Córdoba instituciones científicas importantes como la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de Córdoba, el Observatorio Nacional Argentino, inaugurado en 1871 y dirigido por el astrónomo estadounidense Benjamín A. Gould (1824-1896), y la Academia Nacional de Ciencias iniciada en 1869 bajo los auspicios del presidente Domingo Faustino Sarmiento. El naturalista prusiano Hermann Burmeister (1807-1892), que dirigía el Museo Público de Buenos Aires desde 1862, le asesoró.
  8. Leopoldo Lugones, “El museo de Córdoba”, La Nación, 15/07/1913, citado en Conil Paz, 1985, p. 35.
  9. Era tan importante que permitió la abertura de dos museos distintos: Jacobo Wolff, el sucesor de Jerónimo Lavagna, procuró reorganizar las colecciones del museo en 1911, pero no fue sino hasta 1919 cuando se inauguraron el Museo Histórico Colonial y el Museo de Ciencias Naturales.
  10. “Museo provincial”, Pensamiento Libre, 9/12/1893.
  11. A finales del siglo XIX, las élites políticas e intelectuales argentinas fundaron diversos museos históricos que recolectaban y conservaban piezas representativas de la Revolución de Mayo y la Independencia. Se trataba entonces de construir una memoria histórica a la par que una tradición patriótica. El legado hispánico y católico fue recuperado en los años 1930 para defender una tradición nacional de origen criollo. Blasco, en línea: https://bit.ly/2YT0bCY.
  12. “Verdades amargas”, Pensamiento Libre, 9/12/1893.
  13. En los albores del siglo XX, Lugones abogaba por la secularización de los establecimientos filantrópicos y del personal de salud. En 1901, cuando era inspector nacional de escuelas de Buenos Aires, Lugones prohibió los crucifijos y las imágenes religiosas en los establecimientos públicos. “Imágenes en las escuelas”, La Antorcha, Montevideo, 30/06/1901, citado en Da Silveira y Monreal, 2003, p. 64.
  14. “Tradición y ciencia”, Pensamiento Libre, 16/12/1893.
  15. Fue instituida el 8 de diciembre de 1854 por la bula papal Ineffabilis Deus, que definía ex cathedra el dogma de la Inmaculada Concepción. Muy discutidas en 1854 por los anticlericales, esas festividades suscitaban todavía muchas críticas en 1893.
  16. “Universitarias”, Pensamiento Libre, 16/12/1893.
  17. Amenábar Peralta, 1893.
  18. En un estudio dedicado a la historia de la UCR de Córdoba, Óscar E. Frávega explica que los fundadores de la UCR procedían todos de la elite dirigente y eran fervientes católicos. Dieron a la liga su cohesión reclamándose del ala alemnista de la Unión Cívica. Frávega, 2006, p. 34.
  19. Ibid., p. 45.
  20. Romano, Ayrolo, 2001, p. 25.
  21. Romero, 2001, p. 25.
  22. El nombre de Julián Amenábar Peralta aparece en la nómina de académicos que formaban parte del jurado de tesis de Isaías R. Bas. Bas, 1914.


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