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5

La democracia europea[1]

En aquel viejo mundo europeo, donde hay tantas y tan viejas tradiciones que se abrazan a la conciencia como raíces seculares; tradiciones de feudalismo que viven en las añejas fórmulas de las etiquetas señoriales; tradiciones de religión que se perpetúan con vigor increíble, en trasnochadas milagrerías; tradiciones de odios feroces que asoman en las rivalidades nacionales, dándose de arañazos y dentelladas como bestias bravías; tradiciones de servidumbre que se despiertan en la admiración del pueblo por todo lo que lleva aparatos de nobleza; tradiciones de gobierno que aún subsisten sin otra razón que la de haber sido, en el unitarismo francés representante genuino de la monarquía latina; y en la Confederación alemana también genuino trasunto del individualismo germánico; y en la aristocrática potestad de la nobleza británica, potestad emanada de aquellos cuasi patriarcales de los Clans escoceses; y en los fueros de las provincias ibéricas, rezagos de las antiguas legislaciones de sus diversos antiguos reinos; y en la unidad italiana, que no es, tal como existe hoy día, más que la realización temporal del sueño dorado de la antigua Roma.

Pero bien, decíamos al comenzar, donde existe todo ese cúmulo de causas retardatarias, no es posible que la Democracia se afirme todavía; y aunque existe como aspiración mesiánica en la conciencia europea, está lejos de ser una realidad allí.

Las monarquías constitucionales, que no son otra cosa que una perpetua lidia entre los parlamentos y los reyes, hacen grave mal a las sociedades del viejo mundo con los falaces halagos de una libertad que no pueden proporcionar, pero que fingen admirablemente. Como toda fuerza desviada, la Revolución con sus transigencias, ha alargado el camino que conduce a la victoria; y detenida en su marcha ascendente, se acumula, se hincha, desorganiza los miembros del cuerpo social, exactamente como esos procesos morbosos del organismo, que si no se resuelven en largas dolorosísimas supuraciones, precisa de la sangría que afloje los tejidos tumefactos; porque las leyes de la sociología copian, punto por punto, los modos de acción y desenvolvimiento del organismo individual.

Los pueblos del continente europeo van a aprender a costa de experiencia penosísima lo que cuestan esas alzadianes[2] de las ideas viejas con las ideas nuevas; van a convencerse de lo erróneo de esa creencia que pretende llevar la actividad de la idea a las profundas inmovilidades de la muerte; van a aquilatar el peso de esos miedos pueriles que acaban por adueñarse del alma; vanse a sufrir las consecuencias fatales de su veneración por las estériles vejeces de la Edad Media; van a escarmentar en la propia cabeza, el pecado de haberse detenido cuando la impulsión estaba ya comunicada.

¡Cuán caro ha pagado Francia sus veleidades!; ¡qué de cruento no irá a ser el Calvario de las otras naciones europeas cuando lleguen a la meta de sus anhelos!

Pero ¿acaso no habrá en todo el viejo mundo, un ejemplo viviente de esa democracia a la americana, sencilla, robusta, atrayente, liberal, progresista, pacífica, respetable, comunicativa, civilizadora, fecundísima en medios de acción, celosa en la custodia del derecho, reguladora de todas las energías sociales, evangélica en el grande apostolado de la igualdad?

Perdida entre el laberinto caótico de los glaciares alpinos, con cerros de aristas filosas y cumbres nevadas sobre la cabeza; con lagos de limpios cristales donde parece deslizarse la azul diafanidad de los cielos claros; con herbosas praderas y fecundos valles a los pies, existe el nido donde un pueblo vigoroso, altivo, sobrio, conserva, vivificados por el fuego de su corazón, sublimado por la virtud y calentado por el heroísmo, esas grandes ideas de la fraternidad humana que sólo para él no eran nuevas cuando la Francia, las arrojaba envueltas en el torbellino de esas sus glorias, tan grandes, que salvando las fronteras, fueron a abrir nuevas embocaduras en la trompa de la fama. Ideas que no brillan en el cielo de la República helvética, como fulguraciones de Bastillas incendiadas, como lampos de aceros que destrozan, sino como serena constelación de bienhechoras claridades.

También ellos pasaron por el infierno del feudalismo; también fueron largas y cruentísimas sus luchas por la libertad.

Oíd a la historia.

¿Quién no conoce a Guillermo Tell[3]?; ¿quién ignora lo grande de su entereza?; ¿quién no ha sentido en el alma despertarse un eco simpático, a la evocación de esas figuras legendarias, de esos héroes, pecho de león y entrañas de madre, que como Espartaco[4] y como Viriato[5] y como Túpac-Amarú[6], entre nosotros, juntan en sus corazones, las ansias, los recuerdos, las ilusiones, los bríos, las cóleras, las desesperaciones, las lágrimas de los siervos, y sintiéndose poseídos del espíritu de la libertad se lanzan, vibrando el hierro en las manos, iluminada de ideas la frente, henchido de entusiasmo el pecho, llenos de profecías los labios, sacudidos los músculos por la fiebre del coraje, a morir las más de las veces, con el corazón lastimado por decepciones amargas?

El combate del pechero contra el señor fue largo y tremendo.

El campesino Adám[7] lleva a la mansión del intendente de Gardovall, su joven hija que éste quería convertir en su concubina; y como el noble, pretendiera profanar la inocencia de la doncella, en presencia misma del anciano labriego, lánzase el agraviado sobre el déspota hambriento de lujuria y le mata de una puñalada.

El labrador Chaldar[8] está comiendo la parca merienda con sus hijos. Llega en aquel momento el Barón de Fardun[9] que paseaba por los alrededores, y como grosera broma escupe en el plato donde comía el villano. Sublevóse éste ante la injuria soez, derriba al señor, le hunde el rostro en la sopa caliente, diciéndole: “Perro maldito, cómetela tú, puesto que la has condimentado”, y le degüella en seguida sobre la misma mesa.

Tantos desmanes, provocaron la insurrección.

Hacía ya mucho tiempo que los cuatro cantones de Lucerna habíanse constituido en federación. Y de aquella liga saltó la chispa que corrió con rapidez de relámpago por todas las comarcas de la antigua Helvecia.

La democracia de Schwitz, la aristocracia de Berna, la monarquía constitucional de Neufchatel, la teocracia de Porentruy, los municipios de Basilea de Zurich, de Ginebra, las facciones feudales de la Engadina, todos se unieron, fácilmente porque en todos había síntomas de democracia, agitados por las crueldades señoriales y por el huracán de la Revolución francesa, y el 12 de Abril de 1798, proclamaron a la faz del mundo la Constitución de la República Helvética.

Desde entonces la Suiza ha sido nación. Nadie, en las múltiples perturbaciones europeas se ha atrevido a poner sobre ella la mano. Y cuando la Suecia pierde la Finlandia, y Dinamarca el Holstein, y Bélgica el Luxemburgo, y todas las pequeñas potencias, en fin, se ven tijereteadas a capricho por los monarcas poderosos de los Estados limítrofes ella se conserva en toda la integridad de sus primeros tiempos.

Ese respeto lo debe a la firmeza de sus instituciones.

Allí no existe la demagogia. Casi todas las cuestiones internas, aún las de simple jurisdicción municipal, se resuelven por medio del plebiscito. Y el ciudadano que interviene directamente en la política, en la administración, en la renta, es el más celoso custodio de las instituciones que tantas ventajas le reportan.

Diez y siete años de trabajo costó la reforma constitucional de 1848.

Y no se crea que allí el pueblo delibere únicamente por medio de sus representantes. Estos hacen la ley y aquellos se reservan el derecho de la sanción.

La descentralización es tan grande, que hasta las más pequeñas aldeas tienen crédito particular para contraer empréstitos; y el derecho electoral está difundido hasta en grado tal, que hasta los párrocos son elegidos para el desempeño de sus cargos, por elección popular. Ese microscópico pedazo de territorio posee todos los elementos de la más avanzada civilización. El ferrocarril del Monte Righi es una obra notable. Las obras hidráulicas del cantón de los Grisones son verdaderos modelos en su género. Y el telégrafo, como una red de arterias extiende sus hilos, por sobre los abismos, y los riscos; y las breñas, y las nieves, y los torrentes, llevando la palabra al seno de todas aquellas aldeas perdidas en las montañas. ¡Hermoso espectáculo el de la libertad, en consonancia armoniosa con el progreso!

¡Y, cómo está de difundida la educación popular en esa tierra clásica de todas las libertades, en ese santuario de todas las virtudes republicanas, en esa Arca de la alianza del moderno derecho!

Aquella raza, vigorosísima por el ejercicio continuo de la táctica militar, que le ha conquistado fama tan merecida a ese respecto; y más vigorosa aún por esos cotidianos ejercicios en los riscos, que bien pueden llamarse la gimnástica de las montañas, y llevando en el cerebro los caudales riquísimos de una instrucción abundante y sabia, a la que ha consagrado permanentes esfuerzos, no puede menos de ser un brazo en perpetua acción, que, con regularizada pujanza socava los cimientos, ya bamboleantes, por fortuna, de los absolutismos y las teocracias. No puede menos de ser la continuadora de la obra por Rousseau y por Calvino[10] comenzada y llena toda ella con los reflejos de incendio que arrojó sobre el lago de Ginebra, la hoguera inquisitorial de Miguel Servet[11].

Aquel exquisito sentimiento de la Naturaleza que endulzaba el estilo del autor de las “Cartas de la montaña” nacía indudablemente de los recuerdos de aquellas comarcas bañadas con la luz de los espacios, de aquellos valles floridos y de aquellos cerros que destacan sus cúspides agudísimas en el ambiente enrarecido de las grandes alturas, subiendo como las gradas colosales del templo del infinito.

Allí, en esa pequeña Suiza, se ha realizado el ideal de la democracia pura, más avanzada y más beneficiosa que la democracia americana. Es una parte harto pequeña de la Europa, en verdad. Pero, así como de los diminutos municipios griegos surgieran las más grandes inteligencias de aquella tierra, del mismo modo acontece en aquella región. Que la libertad no necesita para vivir y realizar sus sorprendentes creaciones, sino del suelo necesario para echar las raíces del árbol, que rápido después se abrirá paso hacia la luz, salvando límites con sus retoños y difundiendo sombra benéfica, donde puedan reposar las almas cansadas por el peregrinaje y heridas por el filo enconoso del desengaño.

Y así, Génova produce a Colón[12], Maguncia a Gutenberg[13], Venecia a Marco Polo[14], Asís a San Francisco[15], ese Cristo del Occidente sabio como un filósofo antiguo, austero como un cenobita del desierto, inspirado como un profeta hebreo, sublime encarnación de la democracia en las épocas bárbaras del despotismo, que como Arnaldo de Brescia y Abelardo supo comprender entre la general ceguera, el verdadero nobilísimo espíritu del Evangelio.

Y esas ciudades eran pequeños recintos donde la libertad tenía santuarios en que iban a beber las almas el agua pura de la virtud republicana.

Esta nación, a quien para ser grande no le faltan ni siquiera Termópilas[16], pues sabido es como ciento cincuenta suizos contuvieron treinta mil mercenarios mandados por un Delfín francés, dejando sólo como reliquias diez hombres; pobres restos que atestiguaban con su exigüidad lo heroico de la defensa; y cuyas carnes desnudas fueron marcadas con candentes hierros por la furiosa cobardía del vencedor, esta nación, decimos, está entonando en el viejo mundo la primera nota del himno de la libertad que es el poeta del infinito.

Las ideas la han buscado para colgar en ella su nido como las águilas voladoras de la montaña.

Hay en su seno calor de vida; en su frente reverberaciones de genio que la purpuran con destellos de aurora; en su brazo fuerzas de juventud; en su conciencia, heroísmos; en su corazón, abnegaciones; en su marcha de avance el aplomo magnífico del convencimiento.

Sea ella, toda entera, para la libertad.

¿Cobardes?[17]

Publicámoslo en nuestro Programa, pero lo repetimos por si acaso se ha olvidado, “que jamás en nuestras columnas se dará cabida a los desahogos del personalismo ni a las exageraciones de la pasión”. Y tenemos conciencia de haber cumplido la promesa.

Nuestros artículos, como han visto cuantos los hayan leído, se ha limitado a desenvolver temas varios, a condenar errores comunes, y a defender ideas, que, si bien pueden ser tachadas por algunos de erróneas no había, estamos seguros persona sensata que las califique de inmorales o corruptoras.

Sin embargo, notamos desde hace tiempo la marcada tendencia de nuestro colega La Aurora, a presentarnos como los más acabados tipos de la depravación humana, como si el ser liberales equivaliera a convertirse quien lo sea en un desvergonzado o corrompido.

Tan feas palabras que jamás nos atrevemos a usar, pertenecen al colega, que con una prodigalidad tabernaria nos los espeta, de soslayo, eso sí; pero con la suficiente claridad para que se comprenda bien a quienes van dirigidas.

Estudiadamente, y dando, por lo general a nuestros artículos desusadas dimensiones, hemos abierto un vasto campo de controversias en el cual, lo confesamos sin modestia nadie se ha atrevido hasta ahora a poner el pie. Si no provocáramos al combate con la debida cultura, santo y bueno que se nos contestara con el desprecio o se nos pagara con idéntica moneda.

Pero apelar a los denuestos para contradecir razones sean éstas débiles o no; echan mano de la injuria vedada para prevenir los golpes de la argumentación; hincharse con el dorso erizado, ante el simple amago de una idea; escupir sobre una creencia ajena que merece respeto por su seriedad siquiera, afilarse el colmillo para meter miedo a adversarios que no piensan dirimir sus diferencias a mordiscos; aporrear reputaciones que no conocen, con saña, con odio; eso es dar la razón al enemigo, con la impotencia de semejantes defensas.

Nosotros seremos un cero tal vez; pero, en todo caso, un cero a la derecha de un guarismo. La causa que defendemos es la causa de la humanidad, y nuestras personas se eclipsan por completo en el conjunto de fuerzas armadas, que sostienen esa noble causa.

Hierran el golpe los que pretenden herirnos. No está donde ellos se creen el germen de la obra que nos enorgullecemos de llevar a cabo.

Está en la conciencia de la humanidad que se agita ávida de Porvenir en el cauce angosto de una religión que se muere de vejez, porque ya es estéril su acción en el campo de las modernas actividades. Está en la Ciencia, que por boca de uno de sus pontífices declara a la faz del mundo que Dios, es solamente “una hipótesis inútil”; está en el arte que reniega de las mojigaterías iconoclastas que se lanza de lleno por los anchos cauces de la vida, está en el derecho que quiere para todos la libertad de la conciencia, del culto, del escrito y de la palabra; está en el progreso de la raza que sacudiendo al fin sus cadenas muchas veces seculares se lanza, con los bríos del que se siente libre a la conquista de sus ideales nuevos llevando en el corazón y en los labios la palabra “Fraternidad”, que es la palabra santa del porvenir.

Contradígannos eso, demuéstrennos que vamos errados, así pequen de duros y de injustos; pero raciocinen.

Y si creen que nuestra ignorancia es tan grande, nada ha de serles más fácil que aplastarnos con el peso de la lógica.

De no hacerlo así, nos dejarán en el espíritu la sospecha de que tienen un arsenal tan pobre, cuando se ven obligados a empuñar armas vedadas por la cultura social, que ha tiempo ya, les arrojó el justiciero estigma de su repudio.

Catolicismo y democracia[18]
(Continuación)

“El más leve soplo de aire, decía Moleschot[19], recorre todo el mundo en su movimiento”.

Efectivamente. Lo que nosotros llamamos detención es el momento de la transformación de una fuerza que se pierde en una suma de otras parciales.

Este punto, magistralmente disentido por Spencer[20], no deja lugar a dudas.

El martillo bruscamente detenido por un cuerpo intermedio se calienta y sabido es como el calor es solo una transformación del movimiento. El cuerpo falto de vida continúa produciendo fuerzas que lo truecan en gases, en líquidos, que lo desorganizan, en una palabra, para llevar sus elementos dispersos a diferentes centros de acumulación. Esto, que ya es axiomático en la Ciencia no necesita demostrarse.

Así, pues, una fuerza cualquiera puede desaparecer aparentemente en una combinación cualquiera; puede perderse, en una palabra, pero no puede extinguirse.

De modo que, siendo la materia, una y nada más que una, la fuerza debe ser también una, subdivididas aquella y esta en múltiples variaciones, pero conservando en esencia su integridad.

Ahora bien. Si consideramos al alma como una fuerza especialmente creada por un poder superior, tropezaremos con una imposibilidad absoluta de comprensión ya que no otra cosa. Vamos a verlo.

Lo que nosotros llamamos el vacío, está ocupado por algo material, como va a probárnoslo una simple reflexión. En el vacío, que es la nada, debe reinar una inmovilidad completa. Y, si tal sucediera sería imposible que los rayos del sol y de las estrellas llegasen hasta nosotros. Luego como la luz, según la moderna teoría ondulatoria, no es más que la vibración de los átomos del cuerpo luminoso, tendremos que para su transmisión es necesaria una serie no interrumpida de átomos, pues la más pequeña solución de continuidad acarrearía una suspensión del movimiento ondulatorio que constituye la luz.

Continuará.

Guerrillas[21]

“Cual pende allá en el Gólgota
Manos y pies clavados…
¡Solícitos cuidados
De virginal candor!”

“Prestadme tristes sombras
Vosotras, vuestro manto
Dó me oculte; y al llanto
De rienda sin cesar.”

Un par de estrofas. No es necesario decir que son salguerescas. Se las conoce de lejos.

Pero debemos añadir a título de información que pertenecen a una poesía (¡válgame Dios; qué falta me hace un sinónimo!), a una poesía cuyo título es “Al Buen Pastor”; que son las primeras de la serie; que vienen perfectamente impresas; y lo que nadie dudará, conociendo su procedencia, que son malas; pero muy malas; superlativamente malas.

Hemos colocado la pareja, porque la primera es tan falta de sentido común que alguien pudiera esperar en la segunda su complemento. ¿En qué ha estado pensando este presbítero, cuando ha cometido el soberbio desatino de considerar como “solícitos cuidados de virginal candor”, los actos de suspender al Buen Pastor, de la cruz, y clavarle manos y pies?

¡Vaya con los solícitos cuidados!; ¡qué modo de demostrar el virginal candor! Original el curita ¿eh? Y nosotros que estábamos creyendo pasados de moda aquellos tiempos benditos de la Inquisición, en que el “solícito cuidado” de las pandillas tonsuradas, llegaba al punto de considerar como beneficio para un prójimo el achicharrarlo vivo; o torcerle el cuello cuando el Santo Oficio “sentía conmoverse sus paternales entrañas”.

A fe que no pecarían de candorosos ni de solícitos aquellos bárbaros judíos que de modo tan cruel se ensañaron con la simpática personalidad del Mártir del Gólgota. Solo al amigo Salguero podía habérsele ocurrido un disparate tan gordo. ¿No es cierto?

Si las sombras pudieran oír, con todo gusto interpondríamos ante ellas nuestros buenos oficios para que prestaran su manto a nuestro vate, con tal que se ocultara, como parece estarlo queriendo. Pero antes de que realizara tan buena obra, le pediríamos en público desagravio a la Gramática, suprimiera del segundo verso de la segunda estrofa, ese pronombre, vosotras, que produce detestables efectos. Porque, vea Vd. señor Salguero. Primero que la medida de un verso, está la propiedad del lenguaje. Y ese pleonasmo encajado á macho martillo está mal colocado por dos razones. La primera, porque en lugar de dar mayor fuerza a la expresión que lo contiene lo que hace es deslucirla con su vulgaridad, sobre ser, de por sí, bastante deslucida. Y la segunda porque, a más de estar antecedido por la segunda persona del plural del modo imperativo del verbo prestar, lo que hace innecesario, viene seguido por el pronombre vuestro, que, dirigiéndose también a las sombras, convierte al susodicho pleonasmo, no solo en innecesario sino en atentatorio contra los fueros del lenguaje.

¡Y esto es profesor de literatura!

“¿Quién ese rostro ha afeado

En cuya lumbre pura

Los cielos su hermosura

Copiaban divinal?”

Los cielos copiarían su hermosura en el rostro, no en la lumbre del rostro que, aun en caso de ser más pura que el castellano de Salguero, no había de convertirse en espejo.

“¡Cómo esas manos santas

Que el mundo fabricaran

Con clavos taladraran!

¿Quién alevoso fue?

¡Vaya una pregunta! Alevosos han sido muchos entre otros el autor respecto a la Gramática.

“¿Quién esos pies que un día

Tras la oveja perdida

Corrieron por su vida

Cruel los traspasó?”

¿Por qué vida corrían los pies?; ¿por la suya o por la de la oveja? ¡Ah! Pero el que traspasó los pies del Pastor no ha de haber sido seguramente tan malo como Vd., Salguero que de manera tan alevosa nos hiere el nervio acústico con ese espeluznante sonsonete de la estrofa que venimos de copiar.

“¡De palidez cubierto

Su rostro sacrosanto:

De ángeles dulce encanto

Cadáver ya y no más!!!”

¿Y qué más quiere? ¿Pero cómo? ¿Un rostro cadáver? ¿Han oído Vds. decir alguna vez, “el cadáver de un rostro”? Pues óiganlo ahora y asómbrense. A Salguero le corresponden íntegros los honores de la invención.

“Ya no recorre amante

Su amor la Palestina,

Do en pos de su doctrina

Sedientas turbas van.”

Así es que no era el Pastor quien recorría la Palestina, sino su amor. Aquel se dejaba estar muy tranquilo, mientras éste practicaba sus recorridas. No es mala la ocurrencia. Pero no ha salido seguramente del Evangelio.

“Y en su silencio mudo

Mostrándose su herida

Me dice que su vida

Toda la dio por mí.”

Esto sí que es bueno. Un silencio mudo es otro de los descubrimientos de nuestro vate. Nadie antes que él había imaginado que el silencio fuera mudo. ¡Qué novedad!

Otra, y terminemos.

“¡Oh caridad la suya!

Contempla alma cristiana,

Tú que persigues vana

La falsa libertad”

Aquí acaba la cosa. Lo advertimos, porque esto puede acabar en donde quiera.

Pero hablando seriamente, lectores amigos, ¿no es verdad que estos son los peores de los versos de Salguero? Y eso que los otros son muy malos.

Qué insipidez, qué flojedad, qué lenguaje, qué armonía, qué prurito de querer disfrazar con el fárrago de la palabrería, la desesperante impotencia.

Vea Salguero. Vd. y yo, que no hemos nacido para versos ni cosa parecida, dejemos a los privilegiados del talento que se vayan a las alturas, y quedémonos por aquí fregando ollas o barriendo patios, ya que la Madre Naturaleza, o el Buen Pastor, si Vd. quiere, no nos han hecho el servicio de obsequiarnos con un parcito de alas.

No sea testarudo, amigo cura. Acepte el consejo, que le será de provecho. Que al fin y a la postre, “estaba escrito” como dice el versículo coránico, que Vd. había de tropezar en su camino, con un individuo empeñado en estorbarle el paso.

Dios nos crio; y la maña de escribir nos ha juntado.

Solo que, aquí para entre nos[otros], y con franqueza, no le cambiaba yo una guerrilla mía por la mejor de sus elucubraciones literarias. ¡Vea si seré orgulloso!

El gato[22]

(Él)

Ya se apresta a la danza que tanto anhela

El chambergo a la nuca, quebrada el ala,

sobre la altiva frente con garbo cala

y empina las rodajas de sus espuelas.

Bajo el chiripá ostenta suelto y ligero,

con sus cribados flecos el calzoncillos;

y sueltan resplandores de inquieto brillo

los blancos patacones de su culero.

Tercia el poncho; su vista, que errante vaga

sobre los mosqueteros mansa se fija;

y cuelga su talero por la manija

al puño cincelado de la ancha daga.

Entonces los preludios el cantor deja

y pulsando las cuerdas suelta el rasgueo,

que rápido y vibrante como aleteo,

marca los movimientos de la pareja.

Alegres castañetas riman la danza;

con elegantes quiebros el talle arquea,

y el suelto rapacejo del poncho, ondea

con los variados giros de las mudanzas.

Y mientras palmotean de rato en rato,

festejando la danza los mosqueteros,

acompaña sus versos el guitarrero

con los ágiles dedos punteando un gato.

(Ella)

Por doquiera que pasa, todo perfuma,

con un olor sabroso de fruta sana;

y en la enagua crujiente flota liviana

la orla de randas níveas como la espuma.

De percal fondo claro de primavera

viste un traje floreado con rojo y gualda

y suelta las dos trenzas sobre la espalda

llegando casi al ruedo de la pollera.

Finge que se abandona con desaliño;

pero de savia joven y de ansias lleno

se rebela pujante su curso seno

bajo las tensas mallas de su corpiño.

Sigue al robusto mozo que la acompaña

con movimientos raudos de ave que vuela

y la luz de sus ojos tímida vela

a la sombra dudosa de la pestaña.

Terminan. Su mirada dulce escudriña

lo que pasa en la rueda de las paisanas,

a tiempo que otro mozo que está con ganas

grita desde la puerta: “firme la niña”!

(El guitarrero)

Sentado sobre el borde de una petaca,

lleva un clavel marchito tras de la oreja;

con un rizo volteado sobre la ceja

cubre un tajo ya antiguo que ahí se destaca.

La mirada en el suelo del rancho, fija,

en tanto que en las notas su pena exhala,

y sujeta el sabroso pucho de la chala

donde arrancan las cuerdas de la clavija.

No hay pesar, no hay encanto, no hay alegría,

que en armonioso y dulce cantar no envuelva

pues tiene como pájaro de la selva,

la pasión y el instinto de la armonía.

Canta, porque en la tierra de los humanos

todo para él ha sido dolor y enojos,

y se vienen las lágrimas a los ojos

cuando entona sus tristes americanos.

Sus quejas son como esos ruidos inciertos

que por la tarde suenan entre las hojas:

rebeliones internas de sus congojas

y tardías tristezas de amores muertos.

Son tristes sus cantares cual los reflejos

de los ocasos pardos de las llanuras;

y en esos, balbuceos de sus ternuras,

hay voces de unos tiempos que ya están lejos.


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 5,  18/11/1893, pp. 1-2.
  2. Posible neologismo. Esta voz no aparece en ningún diccionario de español o americanismos. Podría ser una palabra compuesta del verbo alzar y el substantivo diana, que significaría la idea de una toma de conciencia.
  3. Héroe legendario de la independencia suiza. Habría vivido en el valle de Uri a finales del siglo XIII.
  4. Espartaco (fallecido en 71 a. J. C.). Esclavo tracio. Jefe de una rebelión contra la República romana conocida como la Guerra Servil o la Guerra de los Gladiadores.
  5. Héroe portugués (fallecido en 139 a. J. C.). Caudillo y guerrillero lusitano. Encabezó la resistencia contra los romanos.
  6. Túpac Amaru (ca. 1740-1582). Revolucionario peruano descendiente de la dinastía de Manco Inca. Su verdadero nombre era José Gabriel Condorcanqui.
  7. Héroe legendario que habría vivido en el valle de Schams en el siglo XV.
  8. Héroe legendario que habría vivido en el valle de Engadine en el siglo XV.
  9. Relato sacado de Louis Veillard, Histoire de la Suisse jusqu’à la fin de 1838. Ouvrage destiné aux jeunes Suisses et à tous ceux qui aiment à soccuper de ce qui intéresse leur pays, Genève: Jullien et fils Libraires, 1846, p. 100.
  10. Juan Calvino (1509-1564). Hombre de letras francés y reformador protestante.
  11. Miguel Servet (1511-1553). Médico, filósofo y teólogo español que rechazaba el dogma de la Trinidad.
  12. Cristóbal Colón (1451-1506). Marinero y explorador genovés al servicio de los reyes católicos.
  13. Johannes Gensfleisch, llamado Gutenberg (1400-1468). Inventor alemán de la imprenta de tipos móviles.
  14. Marco Polo (ca. 1254-1324). Mercader veneciano que entró al servicio del emperador mongol Kublai Kan. Llegó a China en 1275 recorriendo la Ruta de la Seda.
  15. Francisco de Asís (ca. 1181-1226). Religioso italiano que fundó la orden de los Hermanos menores, conocida como la Orden Franciscana.
  16. La batalla de las Termópilas (480 a. J. C.) se terminó con la muerte de Leónidas y sus 300 espartanos. Es el emblema de la resistencia griega a los invasores.
  17. Pensamiento Libre, año I, núm. 5,  18/11/1893, p. 2.
  18. Pensamiento Libre, año I, núm. 5,  18/11/1893, pp. 3-4.
  19. Jacobo Moleschott (1822-1893). Filósofo materialista y médico fisiólogo holandés.
  20. Heriberto Spencer (1820-1903). Naturalista, filósofo y sociólogo inglés. Elaboró un sistema de filosofía evolucionista.
  21. Pensamiento Libre, año I, núm. 5,  18/11/1893, pp. 3-4.
  22. Pensamiento Libre, año I, núm. 5,  18/11/1893, p. 4.


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