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3. Lugones, un ciudadano en armas

En pie de guerra desde el mes de junio de 1893, la provincia de Córdoba temía que los enfrentamientos generaran disturbios por su territorio. Los tiempos en que se usaba la fuerza para expresar su oposición no estaban lejanos[1] y la violencia política, atribuida históricamente al caudillismo, asustaba a los argentinos que vivían en paz desde la asunción a la presidencia del general Roca (1880). Afortunadamente, ningún combate perturbó la ciudad en estado de alerta. Las insurrecciones radicales de febrero y de julio de 1893 tampoco tuvieron incidencia alguna en la vida local debido a la resolución de los miembros de la UCR de Córdoba (UCRCBA) de no tomar las armas, pese a respaldar las luchas armadas[2].

Tres razones justificaron la postura de los radicales de Córdoba. La primera residía en la índole embrionaria de la UCRCBA, que se encontraba en las primeras etapas de su desarrollo; la segunda se debía al hecho de que los allanamientos y encarcelamientos ordenados por el gobernador Pizarro acabaron con sus veleidades insurreccionales. La tercera resultaba de prácticas clientelistas opacas que hacían borrosas las líneas políticas. Desde hacía décadas, los dirigentes locales solían negociar alianzas con sus homólogos porteños para asegurarse escaños en el Congreso Nacional u obtener puestos claves en la administración pública. Silvia Roitenburd formula incluso la hipótesis de que la clase política de Córdoba había renunciado a la formación de partidos para satisfacer acuerdos previos. Según ella, la creación de un partido católico habría sido descartada de común acuerdo en los años 80[3].

En septiembre de 1893, se alzó en la provincia de Santa Fe una nueva rebelión, lo que dio un nuevo motivo de alarma a los cordobeses. Cundió la inquietud cuando el gobernador Pizarro declaró la provincia en estado de asamblea y empezó a reorganizar los cuadros de la Guardia Nacional. Semanas después, el general Nicolás Levalle movilizaría la Guardia Nacional de Córdoba.

En Leopoldo Lugones, un cordobés rebelde, Efraín U. Bischoff dilucida las modalidades de admisión de los oficiales de la Guardia Nacional explicando que el nombre del postulante era sometido a la aprobación de la autoridad civil y, luego, oficializado por decreto.  Dicha fuerza de reserva era una institución militar prestigiosa conformada desde su creación por vecinos cuidadosamente seleccionados por un inspector general de la Guardia Nacional. Procedentes de la ciudadanía, esos refuerzos militares actuaban de garantes de la seguridad y la tranquilidad del país en virtud del artículo 21 de la Constitución Nacional, que obligaba a los hombres sanos a armarse para defender la patria: no sólo debían repeler los ataques exteriores sino participar en las intervenciones federales que el Poder Central, con anuencia del Congreso, decretaba a fin de mantener el orden en las provincias del interior[4].

En el caso de Lugones, el historiador cordobés adelanta la hipótesis de que la intercesión de familiares maternos, muy allegados al gobernador Pizarro y miembros de la Unión Cívica, le habría permitido acceder directamente al grado de oficial[5], de modo que el poeta fue elegido y promovido por el gobierno provincial. Así fue como Lugones llegó a ser nombrado en la Compañía de Granaderos en calidad de primer teniente sin recibir una real formación militar previa (decreto del 21 de febrero de 1893[6]). Acataba las órdenes de su primo y superior jerárquico, el capitán Ernesto Cordeiro. El 26 de septiembre de 1893, en momentos de la segunda intervención federal, y a propuesta de Pizarro, el poeta fue afectado como teniente segundo a un batallón reservado a soldados eximidos del servicio activo, el batallón Guardia de Cárceles. Su misión era vigilar a los presos políticos en el penitenciario público de Córdoba[7]. Después de haber participado en la intervención federal de septiembre de 1893, fue promovido a capitán una vez restablecido el orden público[8].

Fuera de esos datos sacados del Archivo de la ciudad de Córdoba, sólo disponemos de muy pocas informaciones con relación al episodio militar de septiembre de 1893. Las biografías de Lugones siguen siendo evasivas con respecto a la participación del autor en la intervención federal. Para Bischoff, Lugones no participó en los combates de Rosario; Emilio E. Sánchez afirma que se quedó en Córdoba para vigilar a los radicales encarcelados en la Casa de la Moneda[9]. Por su parte, el hijo de Leopoldo Lugones echa un velo sobre un episodio poco glorioso:

Esa madrugada salía un tren en demanda de la ciudad del Rosario. Componíase la tropa de un batallón de infantería de veteranos, un par de compañías de guardias nacionales y unas piezas de artillería. Con muchos otros oficiales, iba allí el autor de “Los Mundos”.
A mitad de camino, debió detenerse el convoy por desperfectos en la vía. Desde unas parvas diseminadas en el campo, rompió el fuego la fusilería. Hubo unas pocas bajas de parte de las fuerzas leales. Dos o tres granadas de la artillería levantan por el aire, junto con haces de pasto, algunos cuerpos rebeldes. Despliega la infantería, ataca, dispersa y toma prisioneros radicales. Ha terminado el pequeño combate, y con él el bautizo de fuego de los oficinistas cordobeses.
Sigue su marcha el tren. Cuando llega al Rosario, la sedición está completamente vencida. Un par de días después, empréndese la vuelta. El joven teniente, al que le han visto algún mérito en el que no vale la pena detenerse, queda ascendido a capitán de guardias nacionales en acción de guerra[10].

Si cotejamos el relato arriba citado con las memorias del general Fotheringham, podemos afirmar de manera razonable que, consignado a la Casa de la Moneda en la que hacía de guardián de prisión, el joven poeta recibió por la noche al general Levalle y, por la mañana, tomó el tren con el batallón de Guardias de Cárceles.

El breve intercambio verbal entre ambos hombres fue transcrito tanto por el hijo de Lugones como por Bischoff. En ambos casos, el relato del encuentro expresa la gran admiración de Lugones por una personalidad muy apreciada entre la clase dirigente:

Aparece un general, y ante él un oficial de guardias nacionales. Antes que el subalterno abra la boca, dice primero el primero:
–Soy el general Levalle.
El oficial no necesita más: desvanécese para él la figura de un general, y se le aparece, en cambio, la del teniente de Cepeda y Pavón, y la del jefe del Yatay, de Uruguayana, del Paso de la Patria, de Itapirú y Tuyutí y de las Lomas Valentinas, y la del comandante de las fuerzas del Sauce y de Don Gonzalo, cuando López Jordán, y la del adalid de Barracas, cuando el Ochenta y finalmente la del director de guerra en el Noventa, pero del lado opuesto al del Parque. Todo eso, y algo más.
En nación sin batallas, presúmese que todo militar vale lo que su igual. Grados dan nombre sin renombre. En país de beligerancia, ningún guerrero semeja al compañero. Apellidos son recapitulación de glorias, y renombres con nombre dan jerarquía.
–Soy el general Levalle. ¿Quién es usted?
Muy derechito, con casi veinte años de soldado que sueña románticamente con la guerra, contesta:
–Soy el teniente Leopoldo Lugones, oficial de servicio.
–Muy bien, teniente. Dentro de dos horas saldrá un tren militar camino a Rosario, y dentro de unos minutos han de estar aquí sus jefes de usted. Una parte de su tropa quedará de guarnición aquí, en Córdoba, el resto irá a pelear a Santa Fe. Como ustedes no son soldados de línea, hace falta voluntarios para esta comisión. Pregunte usted quiénes han de ir.
–Yo en primer término, mi general –contesta el oficial.
–Muy bien; vaya no más, y espere órdenes –concluye simplemente el aludido[11].

y,

Vamos a ver –interrogó Levalle–, ¿quién es el oficial de guardia?
–Yo, mi general.
–Muy bien, ¿dónde está el jefe del batallón?
–En su casa, señor.
–¿Y el segundo jefe?
–También, mi general.
–Caramba, caramba, yo casualmente necesitaba ciento cincuenta hombres al mando de un oficial para ir a pelear a Santa Rafaela, que acaba de ser tomada por los revolucionarios. ¡Qué fastidio que no esté nadie!
–Perdone, mi general, pero si usted lo desea, yo iría con el mayor gusto.
–Muy bien, teniente, alístese entonces; saque a los ciento cincuenta hombres y vaya a la estación, donde los espera el tren[12].

De manera general, estas representaciones discursivas del intercambio aventajan a Lugones, ya que aparece con los rasgos de un ciudadano activo capaz de organizar una leva en ausencia de sus superiores. La fama del alto mando, que encarnaba en opinión de la élite un uso de la fuerza aureolado de prestigio, honra al joven poeta gracias a un juego de contrastes (militar de carrera vs. conscripto; general vs. oficial subalterno; mandar vs. obedecer). Mejor aún, al hacer gala de disciplina y acato a las reglas de prelación, Lugones reconoce la existencia implícita de un orden simbólico en el que las Fuerzas Nacionales aparecen como el cimiento de la unidad nacional.

Con un impulso patriótico que su miopía no refrenó[13], Lugones tradujo en actos la soberanía de la nación, y eso, en virtud de los derechos que le habían conferido la Constitución Nacional y las leyes de la provincia. Su ansia por requisicionar a hombres dispuestos a sacrificar su vida para defender el orden público significaba además la aprobación del programa del gabinete de Quintana. Lugones aportaba un apoyo indefectible al poder vigente y, así, contribuía a la defensa de un sistema que garantizaba las prerrogativas de las élites criollas.

Pero no seamos ingenuos. Los deficientes relatos de Lugones (hijo) y Bischoff no son más que constructos mitológicos que, en detrimento de los hechos, tienden a minorar la participación de Lugones en una de las represiones más sangrientas de finales del siglo XIX. Mediante la glorificación de un patriotismo del cual no se desprendió nunca el poeta, los biógrafos lograron borrar de las memorias el recuerdo de una tarea ingrata (vigilar a los presos políticos en las cárceles de la ciudad de Córdoba) y ocultar unas hazañas militares bastante mediocres (los insurgentes inmovilizaron el batallón del poeta en la vía férrea) para ubicar la primera acción “comprometida” de Lugones bajo el signo de una aspiración política conservadora que consistía en defender a la patria en nombre del derecho. En síntesis, consiguieron forjar la imagen cívica de un joven abnegado que acataba los dispositivos sociales y políticos definidos por el imaginario cívico de la clase alta.

En las columnas de Pensamiento Libre trasparecen las claves de un ideario que fortalecía la supremacía de las élites y movía al ciudadano en armas en contra de los peligros de la atomización social y política[14]. Animado por un agudo sentido del deber, Lugones daba muestras de una gran lealtad respecto a sus jefes y al poder. Vivía su movilización como un honor. La intervención federal encabezada por el general Levalle representó para él una real oportunidad para traducir en actos su interés por la cosa pública y, mediante redes familiares, tejer lazos con la clase política de Córdoba[15].

No obstante, hay que subrayar que la ciudadanía del joven implicaba derechos y deberes que la Ley Sáenz Peña (1912) iba a modificar con la instauración del sufragio universal masculino, secreto y obligatorio. El concepto de ciudadanía en vigor a finales del siglo XIX exigía de los hombres que tuvieran una experiencia miliciana para poder ejercer sus derechos cívicos. Bastante alejada del concepto del “ciudadano individuo”, esa condición hacía que el derecho de voto y el deber de defensa fueran “las dos caras de un mismo tipo de implicación social”[16]. Según Pierre Rosanvallon, la defensa de la patria por ciudadanos en armas era “un deber que prolongaba su pertenencia a la comunidad expresada por el derecho de voto”[17]. La misión, pues, de restablecer el orden no sólo era legítima para el joven escritor, sino que se transformó en una vía de politización. Este peculiar estatuto del ciudadano, que solemos olvidar en momentos de comentar la trayectoria política del poeta, es fundamental para comprender su compromiso presente y a venir. En este sentido, los acontecimientos de 1893 anticipaban el repudio del sufragio universal masculino que caracterizó la producción periodística de Lugones de los años 1910.


  1. Tulio Halperin Donghi observa al respecto que, desde 1820, “Buenos Aires se ha acostumbrado a ver en sus enemigos a los representantes de un salvajismo rústico”, cuando ejercía su autoridad en las provincias con igual crueldad. Los comentarios del historiador argentino muestran que la ferocidad y la rapacidad, en tanto que aspectos ineludibles de la vida pública del siglo XIX, cambiaron las relaciones políticas cualquiera que fuera la facción. Halperin Donghi, 2005, pp. 382-384.
  2. Se alude aquí a los intercambios epistolares entre Teófilo Saá y Juan M. Garro, Víctor C. Molina o Pedro C. Molina. Follari, 1995, p. 382.
  3. Roitenburd, 2010, pp. 71-105.
  4. La promulgación de la Ley de Ciudadanía en 1857 reforzó dicha obligación. Macías, 2003, pp. 138-139. Si bien la interpretación y la aplicación de esa disposición constitucional (art. 6) evolucionó entre 1854 y 1880, Buenos Aires pudo establecer su supremacía en la Confederación, imponer su concepto del orden y forjar la unidad política de la nación argentina. A finales del siglo XIX, el gobierno federal, que intentaba controlar las oposiciones emergentes, se valió de esta arma política para garantizar el orden republicano. Botana, 1998, p. 127.
  5. Alain Rouquié observa al respecto que se necesitaban sólidas recomendaciones familiares para ser oficial, en Rouquié, 1981, p. 78.
  6. El decreto del 21 de febrero de 1893 ratificaba una propuesta del inspector general de la Guardia Nacional de la provincia de Córdoba, Juan A. Álvarez, fechada el 9 de enero de 1893. Bischoff, 2005, p. 125.
  7. Ibid., p. 130.
  8. Lugones, 1949, p. 75.
  9. Sánchez, 1947.
  10. Lugones, 1949, p. 75.
  11. Ibid., pp. 74-75.
  12. Bischoff, 2005, p. 133.
  13. A cambio de sobornos, los señoritos podían librarse de sus obligaciones militares haciéndose reemplazar por soldados reclutados entre las clases populares.
  14. Macías, 2003, p. 140.
  15. Más tarde, Lugones fue secretario de la intervención federal a San Luis (1904).
  16. Rosanvallon, 2001, p. 120.
  17. Ibid., p. 125.


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