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gobernabilidad

4

La educación de la mujer[1]

Lo que es y lo que debe ser

Es viejo el asunto ciertamente.

Pero su utilidad es grande como que abraza la cuestión más trascendental de los destinos de un pueblo.

Cuando el establecimiento de las escuelas laicas, ese hecho de consecuencias trascendentales que inauguró en el país una era de cambios cuya necesidad era premiosa en grado sumo, si habíamos de una vez de entrar por la senda del humano progreso a que nos llamaban con todo el prestigio de su hermosura, esas grandes ideas de justicia y de democracia que habían sido la tabla de salvación de nuestra nacionalidad combatida por innúmeras tempestades.

Pero, francamente; hemos olvidado en nuestro apresuramiento de juventud inexperta, el asunto más grave que trae a debate la adopción de tales principios. Hemos organizado la ley sin haber antes educado al ciudadano; concebido garantías al pueblo sin haberlo hecho capaz de comprenderlas; creado el parlamento sin constituir el hogar; fundado el derecho sin preparar la conciencia nacional; constituido el culto de la libertad sin convencer al pueblo de su eficacia; destruido el pasado sin tener preparado el porvenir; encendido la antorcha del nuevo ideal sin matar la tradición antigua; renegado de todo lo que se va sin hacer profesión de fe de lo que viene; entrando con los dos pies en la senda del porvenir, olvidando que siempre debe estarse en guardia con uno en el pasado; hemos preferido azuzar a conducir; vencer a convencer; deslumbrar a iluminar; imponer a evangelizar; la inyección súbita a la inhibición gradual; la revelación a la educación; el antecedente al consiguiente. En una palabra: hemos querido en lugar de la evolución que acarrea la consecuencia prevista, el impulso prematuro que transporte la masa de un empujón a las vías desconocidas, como el divino chiquenaude de Pascal[2], que echó a rodar los mundos por el espacio.

¿Fue error, presentimiento, duda, aceptación del viejo: no hay mal que por bien no venga? Solo puede contestarse que fue la obra del patriotismo.

Mas, como no es esta la tesis que venimos a sostener, penetremos, dando de mano a estas consideraciones, necesariamente previas, a la entraña del argumento.

¿Cuál ha sido, qué es y qué debe ser la educación de la mujer?

El pueblo es un ser esencialmente rutinario. Continúa, enseña, practica, quiere, por irremediable tendencia lo que se hizo, lo que fue.

La constitución del hogar hubo de ser, en nuestra raza, trasunto fiel de lo que era en la madre patria. Monacal disciplina en las costumbres; contención imperiosa en los afectos íntimos; sujeción de la mujer, por efecto de esa supuesta impureza ingénita, que entronizó como creencia la ignorancia de la edad media; superioridad, no la legítima del esposo, sino la autoritaria del amo, como un rezago de las costumbres orientales; estéril misticismo, opuesto a las fecundas labores de la maternidad; inmolación de los más íntimos secretos en las aras del fanatismo dominante; todo ello muy a propósito ciertamente para la perpetuación, pero muy contrario a todo mejoramiento.

Y como el hogar es un templo donde se penetra con la cabeza descubierta y los labios cerrados, y la pisada liviana para no turbar su silencio religioso, conserva, en toda su integridad la tradición, con el celo del que cree guardar con ella, el secreto de su poderío secular.

Si la Revolución cambió la condición del hombre, de ficticia en natural, debió, para realizar tamaña empresa, empezar por la transmutación del hogar, pues que era él, la matriz de donde se modelaban los caracteres, el altar donde se consagraban las almas.

Y así sucedió en efecto. ¿Cómo se quiere de otra manera, que sea el ciudadano libre, consciente, demócrata si no tiene vinculadas desde niño en su espíritu las ideas de libertad, de conciencia y de democracia?

El hombre que se eduque en un hogar sujeto a la ortodoxia pontificia, a los mandatos del Syllabus, que condena como error la soberanía del pueblo, cuando no es enemigo declarado de la democracia, es escéptico necesariamente; el niño que no ha recibido al calor del hogar esas iniciaciones maternales que se encarnan en la conciencia como dogmas, iniciaciones destinadas a hacerlo un enamorado de la patria y de sus instituciones, llegará a ser un jurisconsulto tal vez pero nunca un apóstol; el ciudadano que llega a ejercer sus derechos de tal, sin otro bagaje científico que su aprendizaje de Catecismo y de plegarias, aprenderá de corrido las leyes de su país; pero éstas en lugar de ir del corazón a los labios irán de los labios a los oídos y nada más.

¿Y no es eso precisamente lo que sucede entre nosotros? Hablamos con la severidad necesaria. ¿De dónde procede esa generación de escépticos, sin calor en el corazón, sin ideas en la cabeza, sin pudor siquiera en la lengua; sin luz en el espíritu, sin vigor en la cabeza, sin entusiasmo en la acción, sin ideal en la conciencia, sin esperanza en los principios, devorada por la concupiscencia, degradada por la bajeza, corrompida por el mercantilismo, esterilizada por la duda, embotada por el sensualismo, ¿y que apenas conserva el valor como una incorruptibilidad de raza?

La tierra donde arraiga el árbol es la que lo cría clorótico o vigoroso, fructífero o estéril, florecido o marchito, altivo o rastrero.

La madre que no conoce ni la historia, ni las instituciones, ni el desarrollo de su patria, no puede amarla porque no se ama lo desconocido, y si no puede amarla, puede menos encender el amor de lo que no ama en corazón, más dispuestos a recibir el calor comunicativo del sentimiento, que las enseñanzas calculadas de la erudición.

El sacerdocio de la maternidad requiere para su ejercicio la más exquisita experiencia, el más completo conocimiento del mundo, la más ingenua pasión por la Ciencia, por el progreso, por la patria, por el derecho, por la humanidad, en fin, por todas esas ideas que deben ir cultivándose en el alma del niño para construir caracteres firmes, de cal y piedra, por decirlo así.

¿Y ha sido así fundada la educación de la mujer entre nosotros? Se ha buscado por el contrario y se busca por esa clase social encorazada en ridículos polvorientos pergaminos, las manos inexpertas de la reclusa, para cultivar las jóvenes inteligencias de sus hijos. ¿Qué experiencia van a inculcar, qué conocimiento del mundo van a comunicar, qué Ciencia, qué progreso, qué patriotismo, qué derecho van a enseñar esas pobres vestales, que no comprenden el derecho porque no lo necesitan, que no entienden el patriotismo porque no lo conocen, que no aman el progreso porque viven eternamente envueltas en las nebulosidades del dogma, encerradas también por eterno en la disciplina de leyes seculares, que no tienen conocimiento del mundo porque reniegan de él renunciando hasta de su nombre, que no precisan de la experiencia en la candorosa ceguedad de sus almas?

La mujer, que es todo amor, toda abnegación, necesita de amplios conocimientos para realizar como es debido su misión de sacrificios tanto más meritorios cuanto son desconocidos.

¡Cuánto ha costado la adopción de una idea tan natural!

Manifestaciones, firmas, protestas, prédicas, sofismas, calumnias, en la calle, en el púlpito, en la prensa, en el parlamento, de todo se echó mano, todo se puso en juego para estorbar la realización de la noble idea. Y el pueblo, el beneficiado, temeroso de que sus hijas fueran a ser militarizadas como se voceaba en los templos, alzó el grito de protesta contra los que de veras querían su felicidad y su engrandecimiento.

El tiempo, con todo, ha demostrado lo injusto de los cargos.

La hija del obrero se ha elevado a nivel igual, superior, si hemos de decir la verdad, a la señorita de encumbrada posición; la niña de oscuro origen borra la injusta frontera del linaje y entra luego a ser madre convencida de lo grande, hermoso y abnegado de su misión; la futura reina del hogar se asimila los conocimientos necesarios para formar los ciudadanos del porvenir conforme deben, preparando así desde las raíces la idea generosa de la igualdad.

¡La igualdad!; he ahí lo que se temía. He ahí lo que se tocaba: la fibra siempre sensible de las susceptibilidades aristocráticas. Mezquindades de una superioridad mal entendida; vejeces testarudas que no querían irse; calumnias sobre todo, sofismas que llegaban hasta considerar como degradante para la mujer el ejercicio noble, puro, sublime del profesorado.

Oigamos una voz que nos llega de una nación, la norteamericana tan hábil, tan concienzuda, tan seria, tan virtuosa.

Es imposible, dice un informe de la Junta de Nueva York, evaluar tan alto como es debido la bienhechora influencia que ejerce en nuestras escuelas la enseñanza de las mujeres. Solo ellas son capaces de encender la llama santa que justifica las almas y despoja el carácter de sus escorias, como un metal depurado en el fuego. La ternura, que se exhala de sus corazones, les da un poder mayor que el de los hombres con sus teorías reformadoras, sus reglas austeras y sus sistemas inflexibles; su dulzura triunfa del espíritu rebelde, que el rigor solo conseguiría irritar; sus persuasivos reproches obran más seguramente que las demostraciones de una fría dialéctica.

¡Qué noble entusiasmo, qué admiración envuelven esas frases! Y esto se dice y se cree en un pueblo en que el respeto a la mujer es proverbial. ¿Dónde encontraremos ese pretendido antagonismo entre los cuidados de la profesión y los deberes del hogar? El Yankee sabe por una experiencia larga cuán auspiciosas son para la mujer las tareas de la enseñanza como una preparación para las tareas de la maternidad.

Y ciertamente las madres de familia deben ser modelos en ese pueblo, que, de otro modo, no sería él, también un modelo de austeridad, de virtud, de honradez y de libertad. El trabajo, lejos de deshonrar, ennoblece; lejos de empobrecer el alma, la fecunda y la hermosea. Y la mujer que lo haya soportado será verdaderamente hacendosa, ecónoma; no desperdiciará en lujos insensatos, no desperdiciará por falta de criterio los caudales que el esposo lleve al hogar, porque sabrá por experiencia propia lo que es “ganar el pan con el sudor de su rostro”.

Y qué cambio, por fortuna en tan pocos años! ¡[Qué] mentís tan solemne a los enemigos del laicismo escolar[!]

Ya no hay grupos de niños inconscientes apostados en las esquinas para ofender con dicharachos chabacanos los oídos de la púdica niña que se dirige al aula; ya nadie se cruza de una a la otra acera para evitar el contacto de las normalistas; ya no truena la voz del fraile amenazando con la excomunión a las madres que cometan el delito de enviar a sus hijos a la escuela sin Dios.

Al caer la tarde, cuando el sol traspone el lomo sinuoso de la sierra y un olor de primavera viene traído por el viento como sahumerio de follajes nuevos y fragantes, las niñas salen de la escuela como un nuevo encanto de la Ciudad, que se despereza en grupos alegres, bulliciosos, como repentina florescencia de sonrisas, con sus trajecitos claros y livianos, desparramando frescura de juventud, belleza de inocencia, toda esa gracia ingénita de la mujer todavía en flor, ese indefinible encanto de la poesía, “que es como el agua pura, sin sabor particular” según la expresión de Winckelmann[3].

Vienen con las almas limpias porque practican la religión del trabajo, que engendra la virtud y los sublimes entusiasmos del deber.

Retirémonos satisfechos. Hemos visto pasar ante nuestros ojos, en un deslumbramiento de aurora, la patria del porvenir.

Bibliotecas públicas[4]

La imperiosa necesidad, reconocida entre nosotros, que tocamos tan de cerca los fatales resultados de la falta de educación popular ha hecho, que en épocas diferentes se adoptaran medidas para subsanar la falta de establecimientos destinados a llenar un vacío tan grande.

Se han fundado en diferentes ocasiones, bibliotecas públicas, con el objeto según se decía de proporcionar a las clases necesitadas los beneficios de una instrucción gratuita. Pero, desgraciadamente, ni los ciudadanos han respondido con su asistencia, ni los poderes públicos con su ayuda, ni sus mismos fundadores, si hemos de hablar la verdad, se han preocupado como debieran de continuar sabia y vigorosamente la obra comenzada; olvidando con sobrada ligereza que no basta arrojar la semilla en la tierra para conseguir la germinación de una planta.

De un lado la escasez del personal encargado de la custodia y regimentación de esos establecimientos; personal que debe ser idóneo en sumo grado; y cuya condición era difícil encontrar en él dados los escasos emolumentos con que se ha retribuido siempre sus trabajos. De otro lado la falta de una dirección sabia y asidua que regule el mecanismo del establecimiento, que ordene los catálogos y arbitre les medios de conseguir, sea por el canje, sea por la donación o por la compra, siquiera las obras más necesarias en instituciones de esa naturaleza. Y, por sobre todo eso, la indiferencia desconsoladora con que la prensa ha mirado negocio tan importante.

De muchas tentativas sabemos que han fracasado lastimosamente; produciendo no el aumento de energía que debe acarrear un revés en los ánimos bien templados, sino el decaimiento y la decepción.

Un establecimiento bibliotecario tenemos ahora, que no es más que un remedo de lo que debiera ser.

Búsquense en él libros científicos; ninguna de las más populares obras, con que han enriquecido la ciencia moderna, los sabios de todos los países. Búsquense obras literarias; baste decir que faltan las de la mayor parte de nuestros escritores nacionales.

Un dato desconsolador arroja la visita a la susodicha biblioteca. En sus estanterías prima la novela sobre las otras producciones del ingenio humano. Pero no la novela de los Hugo[5], de los Daudet[6], de los Galdós[7], sino los espeluznantes y sombríos cuadros y los enredos inverosímiles de los Escrich[8] y de los Fernández y González[9].

Téngase en cuenta que esto no es una crítica sino una lamentación sincera.

Porque nos duele verdaderamente el pensar que pronto, muy pronto, poseeremos un presidio construido conforme a los últimos adelantos en materia de sistemas carcelarios; y que no tenemos todavía una biblioteca organizada como es debido.

Ingentes sumas se gastan en todos los países civilizados, para el sostén de estos establecimientos, donde el obrero, el hijo del pueblo, va a encontrar para su espíritu la ciencia, ese alimento que debe buscarse, como el pan de cada día, según la expresión del poeta.

La enseñanza gratuita, abundante, sustanciosa, metódica, seria, amena, práctica, es lo que necesitamos nadie lo duda y lo predican todos.

Pero cuando llega el momento de pedir a cada uno la parte que, por deber, le corresponde, empiezan las dudas, los desalientos; y después de mucho proyectar, de mucho hablar, de mucho correr, de mucho gesticular, las energías se desvanecen, los entusiasmos postizos se gastan, las lenguas pródigas se callan, los brazos cuelgan lacios y perezosos; y todo se hunde de un golpe como aparatosa hinchazón de burbuja.

Los hombres que peinan barbas se atienen a la juventud y se esterilizan en el ocio; la juventud se duerme confiada, gastándose miserablemente y pensando tal vez en la infancia, pero la infancia, ¿de quién se acordará mañana?…

Se han intentado reacciones y han fracasado; remedios y han sido inútiles; medios diversos y han resultado infructuosos. Y en tanto la corrupción crece con alarmante vigor. La criminalidad cada vez más se arraiga. El mercantilismo va ganando el cuerpo social como gangrena.

¿Se nos vendrá encima el diluvio por falta de tres justos?

Hemos sido duros, tal vez con exceso en nuestras apreciaciones; pero descansamos tranquilos, con el convencimiento de haber dicho la verdad.

Catolicismo y democracia[10]

Para que las ideas fueran innatas habría necesidad de que estuvieran contenidas en el órgano material de que necesitan para manifestarse. Y como este órgano procede, como derivación del elemento anatómico, raíz del organismo, hay por fuerza que imaginarse al animálculo espermático como un ser dotado de facultades psicológicas que por rudimentarias que fuesen darían algunos indicios de su existencia.

¿Pero quién sería lo suficientemente atrevido, para sostener con visos de lógica siquiera, la existencia de facultades anímicas en ese filamento microscópico, que apenas si tiene el poder de la locomoción? ¿Quién puede imaginar una concurrencia racional del elemento femenino, de esa burbuja sencillísima en su estructura, para la construcción metódica del pensamiento? ¿Quién puede pensar que en esa hoja blastodérmica idéntica en un todo a las de ciertos cuadrúpedos, existan pensamientos en gestación, si se permite la palabra?

Dos objeciones quedan todavía. La herencia, y la permanencia de la memoria.

Pero la herencia, cuya certeza como ley estamos lejos de desconocer, la explicaremos diciendo: que es un efecto, no de la transmisión, sino del modo de existencia de cada elemento anatómico, que imita los modos de existencia del elemento primitivo desarrollado ya, del cual procede; y, sobre todo, que es el resultado de causas oscuras aún, que obran durante la gestación y después de ella; lo que viene a demostrar también la desviación frecuente de esa misma ley de la herencia. Por lo que hace al carácter permanente de la memoria, teniendo en cuenta que la objeción esté basada, sobre el conocimiento de la continua renovación de las moléculas orgánicos, nuestra contestación será: que, dejando el elemento expulsado, el molde en hueco al elemento nuevo, éste debe seguir en su adaptación, en sus movimientos y en su modo de ser, la adaptación, los movimientos y el modo de ser, de aquel sobre cuyo patrón se modela. Porque de otro modo, suponiendo únicamente a la memoria otro asiento que el cerebro, explicaríamos su permanencia. Pero estudios científicos pacientes y concienzudos han demostrado con una evidencia tal que el cerebro es el asiento de la memoria, que la demostración antedicha es aceptada ya como indiscutible en el campo científico.

Llegados a este punto; o quedamos en que el alma es una fuerza producida por las combinaciones fisicoquímicas del organismo; o en que es una potencia inactiva (esto solo, es imposible) subordinada a la materia por la ley imperiosísima de la necesidad, lo que la colocaría muy por lo bajo del nivel a que quieren elevarla los espiritualistas.

Si el alma, fuera un don de la divinidad, ¿en qué época habríamos de fijar su entrada a la envoltura material que va a contenerla? ¿Es posible imaginarse que una fuerza creada ex profeso, lo sea en germen, sin contradecir a las más rudimentarias leyes de la mecánica? Y, por otra parte, si la susodicha fuerza es una emanación como parece indicarlo la idea de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ¿a dónde van, qué se hacen, las fuerzas anteriores de la misma naturaleza, como hemos visto, para manifestarse, es decir, para existir, sin concurrencia de materia? —¿Se perderán en la nada? —¿Volverán, como lo supone la filosofía india, al centro de producción de donde salieron? Toquemos, para salir de dudas, la cuestión de la inmortalidad de la fuerza.

Continuará

Guerrillas[11]

Vaya, pues, estimados lectores. Habremos de suspender, por ahora, nuestras críticas a los versos para reemplazarlos por la prosa. Y no ciertamente por culpa nuestra, sino a consecuencia de un súbito decrecimiento de actividades poéticas, que se nota de dos domingos a esta parte.

El editorial de La Aurora es quien va a ocuparnos, a pesar de ser un pobre editorial; lo que no obsta para que sea muy rico precisamente por ser demasiado pobre.

Nada menos que un decreto de la expulsión fulminado en el susodicho artículo, apelando para ello a la moral, al sentimiento religioso, a la inviolabilidad del hogar y tantos otros obligados lugares comunes de la jerga monaguillosacristanesea (y perdónese la palabra, en gracia siquiera de su largura).

Pero, dirán cuantos oigan o leyeren, ¿por qué había de expulsarse de los hogares honrados a esos pobres redactores de Pensamiento Libre, cuyo solo delito es defender, y no a lo torero, por supuesto, sus ideas?

Pues, precisamente por eso; como que, según el articulista de La Aurora con solo apellidarse racionalista, quien de tal modo se apellida, empieza por abdicar de su razón.

Con semejantes argumentos ya podemos esperar cosas buenas. Y lo son excelentes aquellas de no provocar ni sostener discusión, con los impíos, ni permitir que se critiquen las obras de Dios, cosa en que ciertamente nadie piensa. Pero tal vez será que estos señores se imaginen que criticar las obras de Salguero es criticar obras divinas, lo que no dejamos de suponer; o que encuentren mejor que discutir estarse por ahí dogmatizando y copiando pensamientos de Rousseau[12], lo que es probable; o que prefieran a quemarse las pestañas en una polémica, rumiar tres o cuatro vulgaridades de “La Ancora de Salvación” o el “Catecismo” del padre Astete[13], para lanzarlos en seguida mal deglutidos y peor digeridos sobre quienes no se atreven a nombrar, lo que queda por demostrarse.

Y en cuanto al caso de Petrarca[14], que no por ser poeta había de dejar de tener su luna como todo hijo de vecino; cosa que cuadra bien con el carácter del solitario de Vaucluse (el solitario, es Petrarca mismo, se lo advertimos para evitarles enredos); y en cuanto a ese caso, decimos, el tal poeta si se hubiera atrevido a hacer tal cosa en nuestros tiempos, hubiera experimentado como correctivo, o la pérdida de tres pares de muelas, o alguna torsión demasiado violenta de su pabellón auditivo.

Pues no faltaría más que un ciudadano, por más vate que fuera, sin tener yo otra culpa que no pensar como él, había de venir a ponerme de patitas en la calle, á tirones, o cosa parecida.

Estas son pobres prédicas y argumentos, más pobres aún, de dómine de aldea. Afortunadamente se han ido ya muy lejos las épocas en que eran cosa corriente y de buen tono semejantes mojigaterías. Canten en buena hora los jovencitos y dediquen versos, a los coralinos labios de A, a los perlíferos dientes de B, a los áureos bucles de C, a la ebúrnea garganta de D, al airoso talle de E, y así, hasta agotar el abecedario. Pero no crean que semejantes desvaríos infantiles los autorizan a pegar en lo oscuro a quienes no hacen cosa alguna de su microscópica pequeñez; la pulga también molesta con sus correrías aventureras.

Mejor sería, señores, que en lugar de una prédica que nadie escucha, continúen ustedes la pueril, pero al fin inofensiva tarea de andarse por las retretas y los saraos, husmeando y divulgando todas las pequeñeces de la vida social. Que, a la postre, lo más que puede sucederles, es tener que soportar las iras de algún papá traducidas en contundentes demostraciones.

Para condenar los avances que Vds. se permiten sin respetar ni siquiera nombres, sí que debiera haber la unánime reprobación de las personas a quienes acosan ustedes con sus empalagosas y chabacanas galanterías.

¡Pero la estirpe de los bobos es todavía tan numerosa sobre el Planeta!…

Ámame así[15]
(A María)

I

El cielo! y para qué?; ¿no tengo en tu alma

para mí solo reservado un cielo?

¿Qué valen las estrellas de la altura?,

tus ojos, con ser ojos, son más bellos.

Tengo necesidad de amarte mucho;

del cariño de tu alma estoy sediento,

y hay una sombra que del cielo baja,

y aprieta el corazón cansado y huérfano.

Son ansias por nacer, que como nubes

pasan, sombreando el alma de misterios;

germinación de ideas que fecundan

la aridez de volcán que hay en mi pecho.

Es el cansancio del que espera mucho

y se hunde en el vacío, cuando ha muerto

la enfermedad sublime de la gloria,

que engendra la nostalgia de los cielos.

No me basta ascender a las alturas

con la ansia de los fuertes aleteos;

anhelo un corazón en donde aniden,

cansados de volar todos mis sueños.

Quiero el cariño fiel de tu alma virgen,

que, cuando apague mi mirada el tedio,

me dé un brazo amoroso por almohada,

y me cierre los ojos con un beso.

II

El poeta, ese hijo de los aires, que alza

la mirada fulgente, al infinito

empeñada de lágrimas y dudas.

¡Cabeza y corazón de ángel cautivo!

El recibe el dolor, y lo soporta

como la herencia amarga del destino,

y lo aguanta como hombre, porque sabe

que es obra de varón saber sufrirlo!

Y cuando cierra las pujantes alas

y vuelve, en pos de cariñoso abrigo,

pensando hallar descanso a sus dolores,

como las aves al calor del nido,

se encuentra a solas con su alma, busca

la luz de la esperanza y ve el vacío;

y siente indefinibles ansiedades:

¡las nostalgias de un Dios sin Paraíso!

Entonces ama, y vive porque ama,

Libres por la extensión suelta sus ímpetus,

aguijones de luz que lo espolean

si el dolor lo acobarda en el camino.

III

Yo no vengo a cantarte esas ternuras

que el vate de alquiler miente en sus versos,

esas adoraciones que se fingen

sílfides incorpóreas en el sueño,

y las cuentan dolores no sentidos,

jurándolas constancia desde lejos

Falsos mirajes[16] de las mentes miopes

raquíticas comedias de lo bello,

no mi amada, no son cantos del alma.

¡Mujer, y no deidad, así te quiero!

ven y háblame de amores, con palabras

que lleguen a los labios hechas besos.

Somos jóvenes ambos. qué nos falta?;

amarnos, y vivir para querernos,

ese es nuestro destino, vida mía.

Dios para prohibirlo, está ya viejo.

Deja correr la vida; cuando se ama

vale el trabajo de vivirla; ebrios

con la esencia vital de nuestras almas,

hasta el fin, siempre juntos, caminemos,

con el sacro ¡Evohé! sobre los labios

como las ninfas del Olimpo griego.

Solos, como las aves que se juntan

del ramaje florido en el misterio

para tejer su tálamo de hojas,

un hogar solitario construiremos.

Y cuando estén las esperanzas pálidas,

y cuando pesen mucho los recuerdos,

iremos a acostarnos en la tumba

para dormir la eternidad, creyendo

con la ilusión sencilla de los […],

despertar allá lejos…. en e […] elo.


  1. Pensamiento Libre, año I, núm. 4,  9/11/1893, pp. 1-2.
  2. Blaise Pascal (1623-1662). Matemático, filósofo y hombre de letras francés.
  3. Johann Joachim Winckelmann (1717-1768). Arqueólogo e historiador alemán. Es considerado como el fundador de la arqueología moderna.
  4. Pensamiento Libre, año I, núm. 4,  9/11/1893, pp. 2-3.
  5. Víctor Hugo (1802-1885). Poeta, dramaturgo y escritor romántico francés.
  6. Alfonso Daudet (1840-1897). Escritor francés.
  7. Benito Pérez Galdós (1843-1920). Novelista, dramaturgo y periodista español.
  8. Enrique Pérez Escrich (1829-1897). Novelista y dramaturgo español muy leído en Hispanoamérica durante el siglo XIX.
  9. Manuel Fernández y González (1821-1888). Novelista, poeta y dramaturgo español.
  10. Pensamiento Libre, año I, núm. 4,  9/11/1893, p. 3.
  11. Pensamiento Libre, año I, núm. 4,  9/11/1893, p. 4.
  12. Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Escritor y filósofo genovés de habla francesa. Publicó La nueva Eloísa (1761), El contrato social (1762) y Emilio (1763), entre otras obras.
  13. Gaspar Astete (1537-1601). Jesuita español conocido como el padre Astete. Su obra Catecismo de la doctrina cristiana (1599) alcanzó más de 600 ediciones en el transcurso de los tiempos.
  14. Francisco Petrarca (1304-1374). Poeta y humanista italiano.
  15. Pensamiento Libre, año I, núm. 4,  9/11/1893, p. 4.
  16. Empleo de la palabra francesa “mirage en vez de “espejismo”.


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