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Conferencia de cierre del congreso

Dolores Dimier de Vicente[1]

Si hablamos de tercera edad, más allá de lo inevitable, se está hablando de cada uno en particular, ya que nos posiciona a reflexionar con profundidad en el misterio de la propia vejez, de la propia finitud, de la propia muerte. Pero también de la propia vida.

Tomando palabras de Dr. José Luis Gómez Egea, ex rector de la Universidad Austral entre los años 1994 y 2001, un adulto mayor que continúa siendo un referente muy importante para todos quienes formamos parte de la comunidad educativa, nos señala que:

“la universidad no tiene una responsabilidad social sino, que parte de su misión es la de contribuir al desarrollo de una sociedad más humana frente a los grandes cuestionamientos del mundo contemporáneo. La búsqueda de la verdad, la formación integral, contar con una perspectiva axiológica y propuestas de solución frente a los dilemas actuales son esenciales. Reafirmar la dignidad de la persona, la búsqueda del bien común, la defensa de la vida, la diversidad inclusiva implica contribuir a la mejora del entorno: no como un compromiso, sino como una forma de ser y estar en el mundo”.

La sociedad contemporánea que exalta de manera especial la posesión y la producción de bienes, condena a los adultos mayores al rechazo o la exclusión, desvalorizando, a su vez, su capacidad de contribución a la humanidad. No cabe ignorar que se encuentran insertos en una cultura en la que se enaltece la imagen y el poder, en la cual los modelos oscilan entre la belleza y la juventud; la posesión y los bienes. Por lo tanto, el proceso de envejecimiento de una persona se encuentra embebido por una conjunción de factores que en la mayoría de los casos son el fruto de la ignorancia o la indiferencia, impregnando la convicción que lleva al rechazo de los mayores y los ancianos y al cuestionamiento acerca del lugar protagónico que ocupan en la sociedad.

No siempre las tendencias culturales responden a las necesidades de las personas y a menudo son el costo no deseado de ciertas conquistas de la civilización. Tomando palabras de Juan Pablo II en la Carta a los Ancianos (1999), mencionaba que “excluir a los mayores es como rechazar el pasado, se hunden las raíces en el presente en nombre de una modernidad sin memoria”.

Las personas como seres sociales por naturaleza, alcanzan mayor plenitud en el don de sí. A lo largo de la vida se atesoran dones, capacidades y habilidades sabiendo que se realizan en la entrega, en el servicio a los demás. Interpretación de la existencia humana superadora a la actual visión reduccionista que muestra a las personas abiertas al hedonismo y cerradas a todo tipo de trascendencia, dificultando la posibilidad de dar una respuesta adecuada a la propia vocación.

Actualmente, el desafío al que se enfrenta la humanidad exige favorecer el cambio de visión y de actitud frente a las personas mayores para que puedan contribuir activamente y de manera eficaz en sus propias comunidades, insertos en un adecuado entramando familiar y social, gozando así de un profundo sentido de pertenencia, previniendo las situaciones de riesgo e incrementando el apoyo, cuidado y protección social que necesita la tercera edad. Caso contrario se corre el riesgo de dejar expuesta a la humanidad a la aridez de la existencia, enfrentada a la invitación de una vida plena.

Revela también, la enorme responsabilidad que tenemos los adultos en relación con las futuras generaciones; lo que permite reorientar la propia vida introduciendo un nuevo valor a las acciones personales y al sentido existencial. Lo que supone enfrentarse a los grandes dilemas del calor humano y la seguridad frente a la soledad, a la incertidumbre y a la tendencia natural al aislamiento, ya que el adulto mayor se descubre frente a la ausencia de amigos, pares y parientes.

Si bien la ancianidad es una etapa vital en la que prima una crisis de la propia identidad debido a la pérdida de algunas capacidades, habilidades y destrezas que condicionan la autonomía, lejos de posicionarse en una visión sesgada de una realidad vital, se trataría de descubrir y afirmar su valioso aporte para el futuro de las próximas generaciones. Lo que permito mencionar como una “prosperidad humanitaria”. Un período de la vida humana de inapreciable y sublime valor en relación con el sentido existencial y papel relevante e ineludible en los vínculos intergeneracionales.

La República Argentina se ubica entre los países que más ha envejecido en la últimas décadas; fenómeno que se enmarca en el envejecimiento por la base (disminución en la tasa de natalidad); aunque en Capital Federal y algunos urbes del interior del país se da el envejecimiento por la base y por la cúspide (baja natalidad y aumento de la esperanza de vida).

Cuando se interpeló a la sociedad argentina acerca de los aspectos sobre los que debería centrarse una sociedad, en el estudio realizado por el Instituto de Ciencias para la Familia en el año 2005, el 80% de los encuestados afirmaba que es la familia la institución social más importante, que confrontada con la nueva encuesta desciende al 75%, cifra que no varía de acuerdo con el nivel socio-económico, pero sí en cambio, de acuerdo con el lugar de residencia (55% en CABA; 80% en GBA). En línea con lo manifestado por los argentinos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) aún vigente, destaca la importancia de la familia como instancia natural y fundamento de la sociedad.

Al considerarla como el patrimonio de la humanidad, su misión esencial se enmarca en aquella que brota originariamente de su condición acogedora y promotora de vida inherente a su propia naturaleza, y no como el resultado de una asignación social. Ámbito en el que se entrelazan las realidades humanas y los vínculos interpersonales, configurando profundamente la identidad de cada uno de sus miembros e incidiendo en la formación de actitudes, disposiciones y valores que orientan a la realización integral personal.

Los cambios de las últimas décadas que han incidido en la estructura, el ciclo vital y las relaciones vinculares en el modelo familiar cada vez más extenso y estrecho, lleva a la co-existencia temporal de tres, cuatro y en algunos casos, hasta cinco generaciones.

La familia continúa vigente como ámbito primario y contexto inmediato de las primeras experiencias, forjando la subjetividad de sus miembros debido a que el lazo entre las generaciones continúa siendo vital y universal, así como en el cuidado de las generaciones más necesitadas (infancia-ancianidad).

La familia es una estructura social capaz de añadir tiempo significativo a la existencia de las personas. Contribuye con la formación y el entrenamiento de conductas individuales socialmente satisfactorias y aportando positivamente a la comunidad. Reflexiones que ayudan a revertir una sensación generalizada que la familia que conocemos tiende a desaparecer; como si pareciera imposible seguir sosteniéndola como realidad humana y la menos desatinada a ser remplazada por formas de las más variadas de uniones.

Frente a las formas etnocéntricas que refleja la cultura actual y que conllevan al individualismo, a la pérdida de lazos solidarios y refleja una sociedad más preparada para recibir que aportar, también en la familia surgen nuevos planteos en relación con las funciones, los roles y las redes de apoyo debido a las modificaciones en la estructura y dinámica familiar. Así surgen nuevos ámbitos de responsabilidad compartida que exigen armonizar la reciprocidad entre la protección y la autonomía, salvaguardando los principios de la libertad individual y el respeto por la dignidad personal.

En la encuesta anteriormente mencionada, cuando se indagaba acerca de la interacción con la familia extendida y se la relacionaba con una buena calidad de vida familiar, prima un dato que no por ser llamativo expone una silente realidad en la familia argentina. En el año 2000, para el 12% de los argentinos la relación con los abuelos se lo relacionaba con ese grado de satisfacción. Cifra que ascendió en el año 2005 al 14% y descendió bruscamente al 7% en el año 2015. Cabe indicar acerca de una mayor valoración en la mujer, así como en los grupos más jóvenes (18 a 24) y los mayores (50 a 64), así como en el lugar de residencia ya que los porcentajes más elevados se muestran en el interior del país, luego en Gran Buenos Aires y por último, en la Capital Federal. Parecería que la vida actual (sobre todo la urbana) hace imposible la vida familiar, favoreciendo las relaciones fugaces, impidiendo el encuentro sereno entre los miembros de la familia y alejando en cierta medida a la tercera generación.

En el estudio realizado por la Pontificia Universidad Católica Argentina, el 96% de los argentinos encuestados aseguran que los valores morales y éticos se transmiten por la familia, y principalmente por los padres y los abuelos [2]. Asimismo, los estudios realizados por el Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad Argentina de la Empresa muestran la brecha existente entre las generaciones de los mayores y las más jóvenes de un 50% en relación con los valores morales y la ética en el trabajo (marcada tendencia cuando se indaga acerca del esfuerzo y el respeto por el otro en el ámbito laboral) [3].

Frente a estos estudios, la pregunta que se impone sería: “¿Cómo se puede humanizar una sociedad frente al desastre genealógico por la falta de vínculos y referentes en las generaciones ascendentes?”.

En este aspecto, el adulto mayor goza de un rol destacado en el vínculo intergeneracional ya que permite distinguir entre lo bueno y lo conveniente; la gratuidad frente a la competencia; y el sosiego frente al apuro cotidiano. Por tanto, una vida cultural sin vida social y de espaldas a la tercera edad, arrastraría a las personas hacia un desmoronamiento paulatino a la deshumanización.

La proyección de los adultos mayores trasciende la vida de las generaciones más jóvenes, ya que la cultura no es aquello que nace sino lo que no muere; lo que permanece y se transmite en el diálogo intergeneracional. Significa reconocer a la persona integralmente como un ser subjetivo y significador de sus vínculos. Por tanto, éstos, en el proceso de formación de la persona se entraman de manera constitutiva debido a que se conforman como una estructura compleja a partir de la presencia de un otro significativo. Así, la propia de cada miembro se entrelaza y depende de su existencia como co-identidades, coexistir y realizarse en unión es compañía y cuando esos vínculos se desgarran queda la persona expuesta a la soledad íntima creando sufrimientos amargos, heridas profundas y socaba la seguridad personal.

Por ser una realidad de personas la familia es dinámica con capacidad de transformaciones sin perder sus rasgos esenciales. El cambio en el modelo familiar dista del actual, en el que la salida de la mujer al mundo laboral repercute en la disminución de la tasa de fecundidad, en el retraso de la edad de emancipación, así como en el matrimonio o la constitución de una pareja estable y en la maternidad. También, en un cambio en las asignaciones de roles en el hogar que inciden del mismo modo, fuertemente en el sistema tradicional de cuidado y específicamente en la atención a las necesidades de las personas mayores.

El predominio del eje vertical familiar se expresa en un mayor compromiso entre los vínculos de las distintas generaciones a favor del mantenimiento de la vida cotidiana, trasluciéndose en piezas esenciales de las redes familiares. En este contexto, los intercambios familiares no sólo se encuentran vigentes sino que resultan cada día más indispensables y relevantes en relación con el cuidado y la reciprocidad entre los miembros dependientes de apoyo social y económico, en la asistencia en las tareas domésticas, en la solidaridad intergeneracional y en la transferencia de bienes, como protección de los miembros de la familia con mayor grado de vulnerabilidad y de mayores dependientes.

Cabe señalar que el cambio demográfico impone una nueva realidad para los adultos mayores: los abuelos cuidadores de sus propios padres incapacitados, o también, responsables del cuidado y atención diaria de sus nietos.

Para que los vínculos que allí se constituyen sean auténticos y significativos requieren de ciertas condiciones esenciales. Una de las más importantes es que sea altamente liberador. Ser libre es ser más sí mismo en el reconocimiento de la propia singularidad. Supone el desarrollo de dos dimensiones esenciales concebidas en una doble vertiente: el enriquecimiento y la entrega. Permite ser una ayuda para el despliegue de la libertad personal; así como, exige liberarse de los posibles egoísmos o actitudes posesivas para salir de sí mismo en la búsqueda del otro, esencial para alcanzar la madurez personal. Esta renuncia a la egolatría, al narcisismo o el ensimismamiento permite ahondar en el misterio del otro. Implica una reciprocidad que no anula la individualidad sino que la potencia haciéndola más rica y plena. Ambos conservan su autonomía e identidad personal, pues ayuda no sólo al autoconocimiento sino al reconocimiento de sí mismo en relación con los demás. Implica reconocer que la realización personal reclama un horizonte de significación con el que afrontar la vulnerabilidad, fragilidad e inseguridad que acompañan la existencia humana.

Hablar de envejecimiento implica comprenderlo como un proceso que se transita de modo diverso en cada persona, que contiene la crisis frente a la propia finitud, pero que también se despliega como oportunidad de autorrealización encaminada a la plenitud personal. Exige afianzar una mirada positiva, resignificando su valor como un proceso de crecimiento superador de las limitaciones y declinaciones que acontezcan. La vejez podría ser el punto culminante de desarrollo de los más genuinos potenciales humanos cuando se asume un rol protagónico de la propia existencia personal y lo orienta a desplegar todas sus potencialidades de ser y de estar en el mundo.

Cabría entonces analizar los conceptos complementarios de desarrollo y envejecimiento cuando se los vincula estrechamente con la comunidad humana. Lejos de ser excluyentes, por el contrario, implican progreso y crecimiento, favoreciendo una prosperidad gradual y creciente encaminada a mejores niveles de vida. Si se analiza lo considerado en la Declaración de la Federación Internacional de la Vejez (FIV) en las Naciones Unidas (2011) respecto a los derechos y los deberes de loa adultos mayores, afirma que ambos conceptos se unifican creando un entramado fortalecido por el aporte de sus conocimientos, capacidades, experiencias de vida y sus valores, como legado a las generaciones más jóvenes.

El descenso de la vitalidad deja lugar a la manifestación clara de la interioridad; cuando en ella predomina el vacío se exterioriza el sufrimiento de la vejez. En cambio, cuando el interior se ve enriquecido por un profundo sentido existencial, se manifiesta la plenitud, la serenidad y el goce. Se estará frente a un envejecimiento auténtico: aquel que reconoce y recoge la verdad de la edad y la vive plenamente. Envejece más de prisa todo el que deja de crecer en ilusiones, en experiencias, en aficiones, en nuevos aprendizajes, en proyectos. Cicerón señaló en el año 45 aC.: “Nadie envejece sólo por vivir un número de años; la gente envejece al abandonar sus ideales; los años arrugan el rostro pero perder el entusiasmo arruga el alma”.

La pregunta por la vida personal se impone y enfrenta al anciano a una única respuesta: su propia vida. Es una etapa vital que permite gozar de una soledad deseada y ganada en la riqueza del interior y la satisfacción y expectativas de su propia vida y de los vínculos con los demás; así enfrenta la ausencia de tantos seres, trasciende el aislamiento o los sentimientos de soledad. No es lo mismo sentirse solo que estar solo.

Reclama un horizonte de significación, como una etapa vital más fecunda de la existencia humana para dejar de verla como el crepúsculo de una vida, sino como un verdadero reencuentro con lo más profundo y esencial de ella.


  1. Directora de Estudios del Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad Austral
  2.  Datos obtenidos en la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA 2013), material empírico reunido por ODSA que ha sido completado con fuentes secundarias como el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. En el marco de encuestas realizadas a 5.689 hogares, abarca un universo geográfico de tres tipos de conglomerados urbanos.
  3.  Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Centro de Investigaciones Sociales. Estudios generacionales. Buenos Aires: Voices; Fundación UADE, 2015.


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