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8 Las ONG como facilitadoras de participación y propuestas para el adulto mayor

El voluntariado en la tercera edad en la Argentina

Constanza Cilley[1]

Resumen

En el siguiente artículo trataremos el tema del voluntariado en la tercera edad. Nuestro objetivo, más allá de la exposición cuantitativa, perseguirá fundamentar por qué las tareas voluntarias pueden ser una alternativa positiva para esa etapa de la vida, resaltando el valor potencial de la participación de los adultos mayores.

Además, argumentaremos que la promoción del voluntariado en la tercera edad representa una oportunidad en el camino de construir “una Argentina para todas las edades”. Estos es, la posibilidad de saldar la “deuda” que la sociedad tiene con sus mayores, dejando de ver ese déficit exclusivamente desde el ángulo de lo que los mayores deberían “recibir” (y no reciben) y poniendo énfasis en lo que aquellos pueden “dar” (y no tienen oportunidad).

¿Qué es el voluntariado?

Antes de avanzar con el desarrollo de nuestra hipótesis, es conveniente hacer un repaso de la noción de voluntariado. Vulgarmente suelen pensarse las acciones voluntarias como actos simples en los que alguien “da” de forma desinteresada algo que otra persona precisa “recibir” sin ninguna contraprestación. Esa lectura, que reduciría el fenómeno a un mero intercambio unidireccional, ha sido revisado en pos de una definición mucho más compleja. Por caso, vale citar el Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo [2], realizado por las Naciones Unidas, en el que se reconoce que el voluntariado es una esfera de la actividad humana cuya importancia no ha sido plenamente entendida ni articulada.

Desde el inicio de la década de 1990, el trabajo voluntario comenzó a ganar un poco más de atención por parte de las ciencias sociales en América Latina. Una de las primeras consecuencias de ese incipiente auge ha sido la emergencia de una pluralidad de definiciones.

Es que, tal como afirma el informe de la ONU, a pesar de que los principios y valores que inspiran e impulsan el voluntariado sean universales, los términos que lo definen y las formas de expresión varían según los distintos idiomas y culturas. Nosotros le agregaríamos también el factor cronológico.

Examinar la evolución de la noción del término en Gran Bretaña durante las últimas décadas del siglo XX es un buen ejemplo de ello. Por caso, en la década de 1960, el voluntariado se percibía como una oportunidad de alejar a los jóvenes de la influencia del rock and roll y la cultura de “bandas”. En los 70, en medio de un proceso de profesionalización de la actividad voluntaria, como un complemento de los servicios sociales. En la década siguiente (1980) ganó espacio la idea de la acción voluntaria ligada a las libertades individuales y como una respuesta práctica al incremento del desempleo y al malestar creciente en los grandes centros urbanos. Mientras que en los 90 se lo ligó al auge de los movimientos sociales. La tendencia siguió cobrando impulso en el siglo XXI, incluso ganando espacio en la retórica oficial de gobiernos a lo largo de los cinco continentes.

Pero la historia del voluntariado se remonta mucho más atrás que el siglo XX. Su práctica ostenta una rica tradición en occidente que llega hasta la Edad Media, cuando existía un fuerte vínculo entre la Iglesia y la administración de los pobres y enfermos. Sólo por citar un ejemplo, se estima que se establecieron no menos de 500 hospitales voluntarios en lo que hoy es Gran Bretaña entre los siglos XII y XIII [3].

Pero volviendo al foco de nuestro artículo, el final del siglo XX y los albores del XXI han presentado una particularidad única al desarrollo del término, entre otras razones por el incremento de la expectativa de vida y el consecuente crecimiento poblacional de los mayores de 60 años.

Ante este estado de las cosas, la práctica voluntaria ha comenzado a dejar de percibirse como una “potencial ayuda” para los mayores para comenzar a ser entendida como una “oportunidad” para aquellos que, ya fuera del campo laboral, buscan recrear el sentido de su vida haciendo un aporte a la sociedad.

Entonces, volviendo a la definición de voluntariado, diremos que no existe una única definición “oficial” del término, sino que, más bien, coexisten una serie de definiciones que, lejos de entrar en conflicto, desnudan su verdadera esencia (si es que cabe esta idea): la de un artefacto complejo en el que los intercambios y los beneficios, lejos de ir en una sola dirección, arrojan una multiplicidad de beneficios y reinterpretaciones dependiendo del ángulo desde el que se lo aborde.

Así, sólo por citar dos de las definiciones más extendidas, destacaremos la incluida en el Compact code of good practice [4] y la de Naciones Unidas de 2001. En la primera, la acción voluntaria se define como:

“una actividad que supone el aporte de tiempo personal sin una remuneración material para realizar algo que persigue beneficiar, ya sea al entorno, a un grupo de individuos o a diversos grupos sociales con los que el voluntario no posee un vínculo parental directo”.

Mientras que en la declaración de la ONU el voluntariado se define a través de tres elementos centrales:

1. Una actividad no motivada principalmente por una remuneración económica (aun cuando el costeo de los gastos básicos y algún ingreso extra sean recomendados);

2. Que se lleva adelante por la voluntad de individuos libres y

3. Cuyo resultado no debe beneficiar de forma directa a quien la practica (aun cuando se reconozcan los beneficios “indirectos” de tal práctica).

Entre otras varias definiciones del término que nos interesan, resaltaremos las de Gutiérrez Resa (1997), quien hace hincapié en las contraprestaciones no habituales en el mercado; la de Espinoza Vergara (1982), quien afirma que el objetivo último de la acción voluntaria pasa por despertar y generar la capacidad de las personas para movilizarse en la solución de sus problemas; la de Tavazza (1995), quien ve al voluntariado como respuesta creativa y la de Madrid (2001) que hace foco en los valores del trabajo voluntario, el cual se realiza respetando y potenciando la libertad, los valores y las capacidades de la persona asistida.

Finalmente, en esta presentación entenderemos la acción voluntaria como la realización libre de un trabajo por otro que no pertenece al núcleo familiar sin recibir una contraprestación a cambio.

El voluntariado en la Argentina

Repasemos ahora la actividad voluntaria en la Argentina, país que cuenta con mediciones sistemáticas de la tasa de voluntariado desde hace casi dos décadas, gracias al aporte privado ya que no hay mediciones sistemáticas oficiales. Esas mediciones fueron realizadas primero por TNS Gallup Argentina y luego por Voices! tomando como parámetro el denominado “Sentido clásico”. Esto es, indagando sobre si el entrevistado realizó tareas voluntarias a través de una ONG sin recibir remuneración a cambio de su labor.

Segmentación sociodemográfica

Incidencia del voluntariado

Según datos de la encuesta internacional Voice of the People©[5], el 22% de los argentinos realizó en los últimos 12 meses alguna tarea voluntaria. El promedio se sitúa por debajo de la media latinoamericana (26%) y coloca a la Argentina en el puesto 46 de 69 países incluidos en la muestra.

Con respecto del perfil sociodemográfico, vemos que la participación de los argentinos es relativamente estable entre los distintos segmentos, con la excepción de que crece significativamente en el interior del país y entre los argentinos de edad media.

La mayoría de ellos ejerce algún oficio relativo a la religión (29%), seguido de quienes se desempeñan en grupos barriales, ciudadanos o sociedades de fomento (21%) y quienes se dedican a la educación (16%).

Es interesante también señalar que el 65% de los voluntarios actuales trabaja (rebatiendo la presunción de que el voluntariado lo realizan aquellos que están desempleados o que gozan de “demasiado tiempo libre”).

En cuanto a la carga horaria del voluntariado, según datos de la encuesta de Voices! 2013, los argentinos dedican 8 horas semanales a realizar tareas voluntarias. Es interesante resaltar que, si bien la tasa de voluntariado se mantenía relativamente homogénea en los distintos segmentos sociodemográficos, la carga horaria presenta variaciones notables.

El segmento es liderado por las mujeres voluntarias (con un promedio de 9 horas semanales versus 7.3 horas semanales de los hombres) y por los sectores de ingresos medios y bajos. Se aprecia una marcada diferencia relativa a la cantidad de horas dedicadas a la tarea voluntaria en el segmento etario, liderado por los grupos de entre 30 y 49 años, por un lado, y de 18 a 29 años, por el otro, con 7.8 horas semanales en ambos casos versus el grupo de 50 años o más, con una dedicación promedio de 5.3 horas a la semana.

En cuanto a sus intereses, los voluntarios argentinos tienden a ser más religiosos, a confiar más en las instituciones (ONG, Gobierno y empresas), a declararse más felices y, en mayor medida, a considerarse capaces de influir en los hechos sociales y políticos que los rodean [6].

También vemos cómo los sectores voluntarios de menor nivel, así como los de clase media, presentan niveles más elevados de compromiso horario que aquellos de nivel socioeconómico alto.

¿Por qué somos voluntarios?

En cuanto a las razones que impulsan a los argentinos a las tareas voluntarias se destaca (con un 60% de respuestas positivas) el hecho de “conocer/tomar conciencia de los problemas de la gente”; seguido muy de cerca por “los valores o ejemplos que recibió de sus padres” (el 55%), datos que ponen de manifiesto la relevancia del conocimiento de la realidad y del seno familiar. Otro disparador importante de la actividad voluntaria en la Argentina es el “sentirse afectado por problemas económicos, ya sea de amigos o familiares” (con un 29% de respuestas positivas) o “propios” (19%). Incluso, para sorpresa, el factor económico supera al “ver a familiares afectados por serios problemas de salud” (con sólo un 9% de respuestas positivas).

En menor medida, también aparecen otras opciones de peso como ser “los valores o ejemplos que recibió en una organización religiosa” (23%), “en la escuela primaria” (17%) o “en la escuela secundaria” (12%).

Niveles de satisfacción con la tarea voluntaria

En cuanto a los niveles de satisfacción general con la labor voluntaria, una abrumadora mayoría (el 92%) ha declarado sentirse “satisfecho” (muy o bastante) y casi 6 de cada 10 aseguran sentirse “muy satisfechos” (58%).

Si bien la amplísima mayoría en todos los segmentos se ha declarado como satisfecha con su labor, se destaca el nivel de satisfacción que genera este tipo de tareas entre las mujeres voluntarias (el 63% versus el 51% de los hombres voluntarios que están muy satisfechos) y los voluntarios de clase baja (el 68% muy satisfechos).

En cuanto a los beneficios derivados de la actividad voluntaria, “tomar conciencia de los problemas de la gente” se identifica como el principal beneficio de su labor (54%), especialmente entre las mujeres y aquellos de mayor edad.

También es interesante destacar que un tercio de los encuestados ha declarado estar interesado en desarrollar tareas voluntarias en los próximos doce meses, lo que representa más del doble de la tasa de aquellos que han realizado alguna tarea en el último año.

El estudio de Voices! muestra que hay potencial para nuevos voluntarios, ya que un tercio declara estar interesado en realizar este tipo de tareas en los próximos doce meses. En ese sentido, es interesante ver que la cantidad de personas que declaran estar interesadas en trabajar como voluntarios (33%) duplica a la que manifiesta haber realizado alguna tarea voluntaria en el último año (16%).

El voluntariado en la tercera edad en la Argentina

Al revisar la encuesta realizada por Voices! 2015 sobre el voluntariado en la tercera edad, observamos que los mayores de 65 años participan en menor medida que aquellos de entre 18 y 64 años en tareas voluntarias formales (8% vs. 17%), le dedican menos horas (6.3 vs. 8.2 hs. por semana) y se muestran menos dispuestos a realizar tareas voluntarias en los próximos 12 meses (15% vs. 30%).

Sin embargo, esos valores se invierten al medir los niveles de satisfacción con la tarea realizada, segmento en el que los mayores superan con creces a los más jóvenes (89% vs. 56%), destacándose “el conocimiento y la toma de conciencia de los problemas de la gente” como la principal causa de satisfacción.

Ese dato resulta aún más interesante cuando lo contrastamos con los resultados de la encuesta de la ODSA 2015 sobre los niveles de satisfacción de los mayores y su integración social [7]. De ese estudio se desprende que siete de cada 10 personas mayores no se reúnen habitualmente para desarrollar actividades recreativas o lúdicas; que uno de cada 3 carece de amigos íntimos y que sólo uno de cada 10 participa en clubes sociales o deportivos y/o centros de jubilados.

Tal como concluye el mencionado estudio de la ODSA, a la hora de pensar y evaluar los niveles de satisfacción de las necesidades de los adultos mayores suele ponerse el foco en cuantificar y “caracterizar” la deuda que la sociedad argentina tiene con ellos, colocando a la sociedad en términos de deudora y a los adultos mayores como acreedores de ese déficit.

Sin embargo, concluye el estudio, en vías de pensar una estrategia que conduzca hacia una “Argentina para todas las edades”, es imprescindible poner el foco no sólo en lo que las personas mayores debieran recibir, sino también en lo que son capaces de dar. Es decir, todo lo que la sociedad podría recibir de los adultos mayores y que, por una organización social inadecuada no lo hace.

Tal como se desprende del cuestionario de EDSA 2014, los adultos mayores que participan de actividades voluntarias ofrecen su tiempo para realizar tareas de acompañamiento a personas solas, ayudar en tareas escolares fuera del ámbito familiar, brindar asesoramiento y transmisión de saberes, elaborar y reparar artefactos para donar, leer en voz alta para enfermos y no videntes y realizar costuras o tejidos para donar a diversas instituciones.

Entre las actividades que más interés despiertan se destacan las vinculadas con el asesoramiento y la transmisión de saberes, el acompañamiento de personas solas y la lectura para enfermos y no videntes. Esta última también se señala como la primera opción cuando se indaga sobre las actividades para realizar en el futuro y la disponibilidad concreta de realizarlas.

En cuanto a los niveles de actividad y al porcentaje de la población involucrada, del estudio de la ODSA se desprende que uno de cada tres mayores (29,9%) manifiesta interés por realizar alguna de las acciones solidarias antes mencionadas, que el 18,5% de los mayores realiza actividades solidarias entre los 60 y los 74 años, que ese percentil se reduce al 11,3% entre los mayores de 75 años y que las mujeres son solidariamente más activas que los hombres (17,7% vs. 14,7%).

En relación con las características sociodemográficas que explican esos niveles de involucramiento diremos que el nivel educativo y el estrato socioeconómico son directamente proporcionales a la cantidad de tareas solidarias realizadas: las personas con mayor nivel social son más proclives a realizar tareas volutarias (36,5% de las personas mayores del estrato medio alto y sólo el 7,5% del estrato muy bajo); aunque al momento de revisar esos números es importante tener en cuenta que las personas mayores de los estratos bajos están más afectadas a tareas y responsabilidades dentro del hogar.

Las personas con mayor nivel educativo prefieren realizar tareas que implican el despliegue de mayores habilidades y conocimientos (asesoramiento y transmisión de saberes, ayuda en tareas escolares fuera del ámbito familiar, lectura para enfermos y/o personas no videntes); mientras que las personas mayores que han tenido menores oportunidades educativas se inclinan a realizar tareas solidarias asociadas con saberes menos formales (por ejemplo, costura y tejido para donar, elaboración y reparación de artefactos, acompañamiento de personas solas, etc.)

En cuanto a las tareas no formales dentro del hogar, las personas mayores en la Argentina realizan un aporte fundamental a través de la responsabilidad de las tareas cotidianas. Entre ellas se destacan aquellas que tienen que ver con el cuidado y aseo de la casa y con la preparación de la comida en mayor medida que las generaciones más jóvenes. En cuanto a los aspectos relacionados con el cuidado de otras personas del hogar, desempeñan también un rol muy importante, pero en este caso las generaciones más jóvenes continúan teniendo mayor responsabilidad.

Ahora bien, en cuanto a los beneficios específicos derivados de la acción voluntaria, observamos que para las instituciones los voluntarios de la tercera edad presentan mayores niveles de presentismo y de continuidad en las tareas que llevan adelante; ofrecen sus valiosos conocimientos y experiencia en distintas áreas; aportan su amplia perspectiva sobre los temas más variados que exceden el marco de la coyuntura, así como su compromiso a largo plazo, su apertura para aprender cosas nuevas y su alegría y entusiasmo con la tarea voluntaria. Además, los mayores representan un interesante porcentaje de la masa de voluntarios en las diversas ONG en las que participan.

Contamos con estos datos y con los testimonios que se expondrán a continuación, gracias al haber realizado una serie de entrevistas cualitativas tanto a las ONG del sector como a los mismos voluntarios de forma individual.

Así, sólo por mencionar a tres de las más importantes, en el Banco de Alimentos los mayores representan entre el 10% y el 20% de la masa total de voluntarios; en Tzedaka, el 70% y en la Fundación Navarro Viola, con programas como Arte en Acción y Papelnonos, el 100%.

A su vez, la integración de los voluntarios mayores implica una serie de nuevos desafíos para las organizaciones que los acogen, como ser la implementación de las nuevas tecnologías de la comunicación; generar una agenda de actividades equilibrada, ya que a veces se planean más cosas de las que se pueden hacer, y la posibilidad de contar con profesionales que dispongan de las aptitudes y las habilidades específicas para gestionar voluntarios de la tercera edad.

En cuanto a los beneficios personales derivados del voluntariado, los mayores aprecian en gran medida el hecho de tener su tiempo ocupado —que, de golpe, se había vuelto ocioso luego de jubilarse— y a sentirse útiles. A eso se suma el beneficio adicional de la socialización y la inserción en un nuevo grupo. Tal es el caso de las tareas voluntarias que se desarrollan en el Banco de Alimentos, donde se estimula el intercambio en grupo de tareas específicas como la clasificación, acción durante la que los voluntarios van charlando y estableciendo vínculos. O, por ejemplo, con el caso del voluntariado en oficinas, donde el trabajo en equipo les permite estar en contacto con otros durante gran parte del tiempo.

Como un ejemplo de la productividad de un voluntario de la tercera edad, en el Banco de Alimentos destacan el caso de Susy (una voluntaria que colabora en temas de recursos humanos). Apenas dejó de trabajar en la empresa en la que se jubiló, contactó a la organización para ayudar con sus conocimientos y aportar sus propios contactos con empresas, a través de los cuales lograron llegar a más compañías y expandir la operación.

Pero la mejor manera de dimensionar la experiencia del voluntariado en la tercera edad probablemente sea escuchar la voz de los protagonistas, como por ejemplo Mercedes, quien declara: “hago voluntariado desde que tengo 18 años, siempre sentí que recibía más de lo que daba pero ahora lo siento aún más. La edad te da una perspectiva que te permite valorar más cada cosa”. O el de Estela, quien afirma que empezó a ejercer la tarea voluntaria porque “quería devolver un poco de todo lo recibido”. O el de Chichi, quien destaca el espíritu y la igualdad dentro de los grupos: “doy lo mismo que las voluntarias jóvenes: amabilidad y capacidad de solucionar los problemas, no hay diferencia alguna”. O el de Ethel, quien destaca el entusiasmo y la consecuente necesidad de administrar la energía disponible:

“La gente más grande viene, se entusiasma y quiere empezar a venir tres veces por semana. Yo les digo que vengan sólo una, porque hay que medir la energía. El voluntariado funciona cuando es parte de tu vida y no tu vida entera”.

O la de Ethel Lafont (Damas Rosadas) quien, tras 43 años de voluntariado en el Hospital Vicente López, resumió en pocas palabras el enorme beneficio que la tarea voluntaria puede reportarle a alguien de la tercera edad: “Cuando paso la puerta del hospital, inmediatamente tengo 35 años; apenas me voy, vuelvo a tener 85’’.

Conclusión

Llegados a este punto, y a modo de repaso de los aspectos más salientes de nuestro análisis, comenzaremos por ratificar la proposición de pensar al voluntariado como una alternativa positiva para los mayores, tanto en términos personales (altos niveles de satisfacción con la tarea voluntaria) como por su activa participación e involucramiento en las estructuras (ONG) a través de las que canalizan su acción.

Consecuentemente, también reafirmaremos nuestra vocación por la proyección de “una Argentina para todas las edades”. Y, tal como mencionábamos antes, por la posibilidad de saldar la “deuda” que la sociedad tiene con sus mayores, dejando de ver ese déficit exclusivamente desde el ángulo de lo que los mayores deberían “recibir” y poniendo énfasis en lo que aquellos pueden “dar”.

En pos de ese objetivo, consideramos prioritario entender la noción de la acción voluntaria no ya como un intercambio unidireccional (alguien que “da” a otro que “recibe” de forma pasiva), sino como un objeto complejo en el que los beneficios se presentan de forma porosa; es decir, quien ofrece su tiempo obtiene una recompensa tanto o más importante que quien recibe la ayuda.

Estos elementos nos dan la pauta no sólo del valor actual de la tarea voluntaria por personas tercera edad, sino especialmente de su poder potencial.

En un país en el que siete de cada diez adultos mayores no se reúnen habitualmente para desarrollar actividades recreativas y donde uno de cada tres carece de amigos íntimos o participa en clubes sociales, deportivos y/o centros de jubilados, la posibilidad de re-incluir a nuestros mayores de forma activa en el tejido social representa una oportunidad excepcional para ofrecer una solución en la que todos, como conjunto, seamos beneficiados.

Bibliografía

Allen, Kenn. La gran carpa: voluntariado corporativo en la era global. Madrid: Ariel; Fundación Telefónica, 2012.

Banco Mundial. Niveles y determinantes del capital social de Argentina. Departamento de Reducción de la Pobreza y Gestión Económica. Departamento de Gestión de País: Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Región de Latinoamérica y El Caribe. Buenos Aires: Banco Mundial, 2001.

Berger, Gabriel; Ducoté, Nicolás; Reiss, Lorena. Filantropía individual en la Argentina: estudio de opiniones, actitudes y comportamiento filantrópico de personas de alto patrimonio. Buenos Aires: Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), 2004.

BID/PNUD. El capital social en la Argentina. Buenos Aires: BID/PNUD, 1998.

Brindle, David. “A history of the volunteer: how active citizenship became the big society”. En: The Guardian, London, 2015, June 1st.

CENOC. Hacia la construcción del tercer sector en Argentina. Buenos Aires: Secretaría de Desarrollo Social de la Nación, 1998.

Cilley, Constanza. Argentina solidaria, una invitación a ser parte. Buenos Aires: Hesíodo, 2015.

Dormal & Sarlangue. Informe preliminar de las distintas iniciativas sobre legislación en materia de voluntariado. Buenos Aires: Universidad Católica Argentina. Centro Coordinador Universitario de Apoyo al Tercer Sector, 2000.

Gallup. Segundo Estudio sobre trabajo voluntario y donaciones en Argentina, preparado para el Foro del Sector Social-PNUD. Buenos Aires, 1998.

Roitter, Mario; Lis, Regina; Salamon, Lester. Descubriendo el sector sin fines de lucro en Argentina: su estructura y su importancia económica. En: Roitter, Mario; González Bombal, Inés (comps.). Estudios sobre el sector sin fines de lucro en Argentina. Buenos Aires: Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), 2000.

Roy, Kakoli; Ziemek, Suzanne. On the economics of volunteering. Bonn: Zentrum für Entwicklungsforschung (ZEF), 2000.


  1. Directora Ejecutiva de la Consultora Voices y autora del libro “Argentina solidaria”
  2. Naciones Unidas. V Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo: valores universales para alcanzar el bienestar mundial. Dinamarca: Programa de Voluntarios de las Naciones Unidas (VNU), 2011
  3. Llegados a este punto, deberíamos aclarar que, etimológicamente, no es del todo correcto hablar de “voluntariado” en la Edad Media, dado que el término se acuñó en el siglo XVII, derivado del sustantivo volunteer, referente a aquellos que se ofrecían de manera desinteresada para participar de las misiones del ejército francés.
  4. Zimmeck, Meta. The compact code of good practice. United Kingdom: Commission for the Compact, 2009
  5. Realizada por institutos miembro de Gallup International Association en 2005 sobre 69 países con muestras estadísticamente representativas de la población adulta en tamaños mínimos de 500 casos por país.
  6. Nota con relación al nivel socioeconómico: ABC1 responde a clase alta y media alta, C2C3 a clase media y DE a clase media baja y baja. La segmentación que se presenta es la clásica de investigación de mercado e investigación social usada en la Argentina. Esta aclaración vale para cualquier gráfico dentro de este trabajo en el que se presente este tipo de información. Fuente: Voices! Research & Consultancy. Encuesta nacional 2015 de población adulta.
  7. Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA). Barómetro de la deuda social con las personas mayores hacia una Argentina para todas las edades. Serie del Bicentenario (2010-2016), año 1. Buenos Aires: Pontificia Universidad Católica Argentina, 2015.


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