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5 La edad madura y sus cuatro temores

Paola Delbosco[1]

El tiempo pasa a través de nosotros y deja su huella, pero estas huellas son diferentes según se trate de la anábasis [2]  de la vida, es decir, su fase ascendente, o la catábasis [3], su fase descendente, para llamarlas de alguna manera. La misma percepción del tiempo es muy diferente en las distintas edades de la vida, como nos muestra la impaciencia de los niños, para quienes un día de espera para que llegue su cumpleaños es prácticamente un tiempo infinito, y los mayores que perciben la aceleración de los días, los meses, las estaciones.

El tiempo y la vida

Todo lo que signifique crecimiento nos agrada, porque al desarrollar nuestro cuerpo y nuestro espíritu amplía las capacidades de intervención en el mundo y de disfrute de las conquistas. Un niño celebra —junto con sus padres y estimulado por ellos— toda instancia que dé testimonio de su desarrollo: las cosas nuevas que aprende a hacer, los pantalones que ya le quedan cortos porque está más alto, la mayor autonomía adquirida, que paulatinamente lo libera de la tutela de los grandes. Todo es para él fuente de asombro y de alegría. También vemos en el adolescente —literalmente: el que se está haciendo adulto— esa fuerza vital que se abre el camino enérgica e imperiosamente y, a pesar de que por un lado no pueda evitar añorar la seguridad de la niñez, no renunciaría para nada al trabajoso surgimiento de su nuevo sí-mismo, un ser independiente y original, listo para encontrar su lugar en el mundo. También la adultez tiene sus frutos de ascenso, a través de una serie de decisiones trascendentes: la eventual culminación de los estudios, la incorporación en el trabajo, con la importancia que uno allí adquiere, la formación de una familia, la paternidad y la maternidad, la participación ciudadana y solidaria. Un adulto sabe que su presencia activa puede cambiar la realidad concreta y puede constatar o al menos vislumbrar su aporte a la edificación del mundo. Eso es justamente lo que da sentido al esfuerzo de todos los días.

Pero los primeros asomos de la edad madura —para no llamarla de entrada vejez— siempre duelen un poco. Creo que cada uno en su vida siente que es especial, que éste es su tiempo, y desde que tiene uso de razón mira con desdén a los que pierden sus fuerzas, su pelo, sus dientes…

Evidentemente la condición de joven no se vive como una simple y caduca etapa de la vida, sino como un modo de ser estable y por esta razón la llegada de los años siempre sorprende un poco.

Sólo una reflexión profunda sobre la condición humana y el sentido de la vida puede hacer comprensible ese período catabático de la vida: puede hacerlo respetable, aceptable e inclusive, admirable.

Cicerón: De senectute

El paso del tiempo y la llegada inexorable de las diferentes etapas nos acercan a quienes las transitaron antes de nosotros, de ahí la riqueza de las reflexiones de un anciano renombrado, que vivió hace más de dos mil años, pero cuya obra le sobrevive ampliamente: Cicerón. Cuando él estaba transitando por su sexagésimo tercer año de vida, en el 44 a.C., poco después de la muerte violenta de Julio César, le dedicó a su amigo Tito Pomponio Ático un opúsculo en forma de diálogo, titulado Cato maior, sive de senectute, traducido habitualmente como “Sobre la vejez”. Su amigo acaba de cumplir sesenta y cinco años y Cicerón lo ve sumamente preocupado por la llegada de la vejez, así que le ofrece este texto como una ocasión para reflexionar sobre cómo se puede vivir en plenitud la etapa de la madurez; cuáles virtudes hay que desarrollar y cuáles son los obstáculos más comunes que dificultan su aceptación.

Lo que más sorprende del texto es su fresca actualidad. Algunos lo han definido como un verdadero tratado de gerontología, aparecido mucho antes que el envejecimiento de la población fuera un problema o que el aumento mundial del número de las personas mayores fuera un logro de la actual calidad de vida. Casi un librito de autoayuda, lo califican otros, gracias a su contenido práctico y a la garantía de los buenos resultados.Todo esto muestra que evidentemente la vida humana, vivida por cada persona a su manera, a pesar de todo nos vuelve a agrupar por los rasgos comunes de muchas de nuestras experiencias. Por eso la vejez de algunos puede iluminar la de otros. Es el caso de este texto de Cicerón, que le da la palabra a Catón el Mayor, hombre que alcanzó los ochenta y cinco años de edad y que era admirado tanto por su vida activa como por su serena sabiduría.

Cada etapa de la vida es nueva para el que la comienza, pero quizás la etapa de la vejez lo es más, porque obliga a repensar nuestra presencia en el mundo, nuestras posibilidades, el sentido mismo de la vida. Y la opinión de los que se dedican a observar y entender la realidad aporta un modo novedoso de ver esta parte de la vida que, de entrada, no nos resulta para nada atractiva.

En el diálogo Sobre la vejez, Catón muy agudamente pone al descubierto una gran contradicción en el medio de nuestros deseos respecto de la vejez: “Todos se esfuerzan en alcanzarla y, una vez conseguida, todos la culpan” [4].

Es cierto, nadie quiere morir antes de tiempo, pero no considera en absoluto que eso significa aceptar vivir la propia vejez. Si envejecemos es porque estamos aún vivos. Esto claramente no constituye un consuelo definitivo, pero nos devuelve una visión realista de la vida humana: una vida que sigue adelante tiene el efecto inevitable de hacer que los años se acumulen.

Además —reflexiona Catón— la vejez no es solamente pérdida de la juventud, sino que es parte del camino de la vida y puede atesorar todos sus logros si se preocupó de alcanzarlos.

Muchos se quejan de la brevedad de la vida, pero es más breve una vida cuyo tiempo no ha sido bien empleado. Para hacernos eco de otro gran pensador de la tradición latina, Lucio Anneo Séneca, hay que reconocer que: “no tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho”[5], y para completar la idea este autor dice: “La vida, si se sabe usarla, es larga” [6].

Por eso no es tan fundamental el recuento del tiempo que pasó y del que falta, sino asumir el compromiso de un buen uso de ese tiempo. El cultivo de las virtudes es lo que transforma el simple pasar del tiempo en verdadera vida humana, donde pasado, presente y futuro están unidos en un proyecto personal coherente y generoso, que le da un profundo sentido también a la etapa final de la vida.

Nos dice Cicerón, por boca de Catón:

Las armas defensivas de la vejez, Escipión y Lelio, son las artes y la puesta en práctica de las virtudes cultivadas a lo largo de la vida. Cuando has vivido mucho tiempo producen frutos maravillosos. La conciencia de haber vivido honradamente y el recuerdo de las muchas acciones buenas realizadas, resulta muy satisfactorio en el último momento de la vida”[7].

En el fondo, las virtudes permiten reunificar la vida y vivirla como un todo significativo. Quizás esta necesidad de volver a repasar la propia vida para reintegrarla podría explicar también la fuerte tendencia de los ancianos a rememorar su pasado, a veces —como se diría hoy— levemente editado, porque a la distancia puede ser que se entiendan mejor las causas de los errores y hay menos inhibición en reconocer los propios triunfos. Lo que no es soslayable, de todos modos, es la necesidad de tener conciencia de lo vivido, sin la cual el tiempo pasa a través de nosotros y nos arrastra en su fuga.

Las cuatro pérdidas de la vejez

La sensatez de Cicerón se manifiesta en su capacidad de analizar y definir lo que produce el rechazo de la propia vejez. Lo damos por obvio y por evidente, pero decididamente es poco lo que podríamos decir sin la debida reflexión. Ahí nos ayuda el texto:

“Yo, pensando en mí mismo, encuentro cuatro causas que agravan sobremanera la vejez: primero, porque aparta de la gestión de todos los negocios; segundo, porque la salud se debilita; tercero, te priva de casi todos los placeres; cuarto, porque al parecer, la muerte ya no está lejos”[8].

Seguiremos, por comodidad, el esquema propuesto por el autor.

La pérdida de importancia o de poder

No hay duda de que el fantasma de la jubilación, que aparece mucho antes de lo que uno esperaría, porta consigo la impresión muy fuerte de pérdida de importancia o de poder, de exclusión de la vida pública, y que todo eso trae aparejados muchas veces trastornos de tipo depresivo: uno siente que ya no cuenta. Puede ser que haya una versión de este fenómeno también en la vida de las personas que no desarrollaron una profesión; pienso por ejemplo en muchas amas de casa y creo reconocer los síntomas en la insistencia en que los demás hagan las cosas como siempre las hacían ellas, y la irritación que deriva de esos cambios no es más que la constatación de la pérdida del propio lugar. Si los jóvenes crecen, es lógico que poco a poco reemplacen a quienes los precedieron en el camino de la vida; hoy somos más longevos que hace cien años, por lo cual aumentó el número de personas mayores y también muy mayores, así que esta sensación de pérdida tiene un amplio espectro de manifestaciones.

Lo que es un beneficio tanto para los mayores que completaron su tarea como para los jóvenes que la comienzan es el acompañamiento. Cicerón explica que la presencia y los consejos del anciano experimentado son atesorados por los jóvenes, y que ambas partes disfrutan de la compañía de los otros, quizás, —dice— un poco más el anciano goza de la presencia de los jóvenes que éstos de aquél:

“¡La vejez puede ser más agradable que odiosa! Igual que los ancianos sabios disfrutan con los jóvenes mejor preparados y son venerados y queridos por la juventud, y la vejez se hace más llevadera, igualmente los jóvenes disfrutan de los consejos de los ancianos y se dejan guiar para adquirir experiencias. Yo reconozco que soy más feliz con vosotros, que vosotros conmigo. Sin embargo, podéis constatar que la vejez, no sólo no es debilitada y vulnerable, sino que por el contrario, la vejez es laboriosa y lleva siempre algo entre manos con igual inquietud que en las etapas anteriores de su vida”[9].

Aquí el argumento central del autor se apoya en la evidencia de que la llegada de la edad madura no significa en absoluto inactividad, y para dejarlo en claro nos proporciona abundantes ejemplos de guerreros, políticos, escritores que se han mantenido activos hasta edades muy elevadas. Todo eso con gran provecho de la entera sociedad. A la luz de lo expresado, concluimos que el rápido descarte de las personas de edad avanzada, además de injusto, es una mala imitación del mundo de los productos, que para ganar mercado necesita continuamente de lo nuevo. En la vida humana, cada generación necesita de las otras.

La pérdida de salud y fuerza física

Un síntoma de la paulatina llegada de la vejez es que algunos esfuerzos físicos nos cuestan mucho más que antes e inclusive ya no están a nuestro alcance. Cuando subir a una montaña, correr rápido, levantar pesos, atender a niños pequeños por un tiempo prolongado ya nos parecen superiores a nuestras fuerzas, por más que antes no constituyeran un problema, nos dice que ya no somos lo que éramos. En realidad, en cada momento no somos lo que éramos, pero aquí nos alarma la pérdida de una capacidad. Más allá de circunstancias particulares de enfermedades específicas, en general la salud en la edad madura guarda una relación de continuidad con los cuidados y los hábitos de la juventud y la edad adulta. El cuerpo claramente tiene memoria, a pesar de la ilusión de inmortalidad e invulnerabilidad con la que muchos jóvenes enfrentan peligros físicos y morales perfectamente evitables.

Sobre esto punto la visión de Catón no es para nada catastrófica. Nos dice el autor:

“Con el mismo ahínco que se lucha contra la enfermedad, se debe luchar contra la vejez. Se ha de cuidar la salud, se debe hacer ejercicio moderadamente, se debe tomar alimentos y beber cuanto se necesite para tomar fuerzas, pero no tanto como para quedar fatigados. Pues una cosa y otra han de ser remedio para el cuerpo, pero mucho más para la mente y el espíritu. Tanto una como el otro, mente y cuerpo, son como una lámpara, que si no se las alimenta gota a gota, se extinguen con la vejez. Los cuerpos pierden agilidad con la fatiga del ejercicio, en cambio el espíritu se hace más sutil con el adiestramiento mental”[10].

En nada difieren los consejos de Cicerón de los que hoy se proporcionan a las personas de la tercera o cuarta edad para que se mantengan vitales lo más posible: cuidados higiénicos para el cuerpo, sin excesos en la bebida y en la comida, pero también ejercicios físicos y mentales, para preservarnos del derrumbe. Sin embargo, el realismo nos dice que nada es igual en cuanto a la fuerza física y la energía vital; pero frente a esa evidencia, Cicerón menciona a la experiencia como fuente de alternativas: somos más débiles, pero más precavidos, más hábiles, más organizados. No todo es fuerza física o vitalidad y la experiencia nos enseña a ahorrar esfuerzos inútiles y a atesorar ventajas estratégicas.

Quisiera aquí mencionar también a una fase ulterior a la de la simple pérdida de fuerza y lozanía, la que Guardini llama “desasimiento”, que es cuando poco a poco la persona se ve obligada a abandonar su autonomía y termina totalmente entregada a los cuidados de los demás. Es sin duda un período lleno de dolorosas renuncias, pero pone en evidencia cuánto están ligadas nuestras vidas las unas a las otras y cómo no pueden eliminarse nunca, en el arco de toda la experiencia humana, las actitudes de servicio, cuidado, humildad y gratitud.

La pérdida de placeres

Lo que resulta innegable de la llegada de la edad madura es la pérdida de los placeres o —como aclara Catón— de por lo menos algunos de ellos. Esta circunstancia resulta inaceptable para una visión de la vida fuertemente hedonista, como la actual, así que se entiende por qué la gente trata de borrar el paso del tiempo de todos los modos posibles, naturales y artificiales, externos e internos: no hay que envejecer, porque —dicen— no queda nada de lo que hace la vida soportable. La medicina tiene muchos recursos y es cierto que en cien años hemos rejuvenecido colectivamente por lo menos quince años. Es reconfortante pensar que los que nacimos en el siglo XX podemos descontarnos quince años respecto de nuestros coetáneos del siglo anterior. Si pienso en mi abuela a mi edad, me doy cuenta de la diferencia abismal de su edad y de la mía, solo numéricamente iguales. Sin embargo, no es posible volver atrás y lo inteligente es descubrir lo que la vida ofrece en cada etapa. El gusto por el estudio, la lectura, el arte, las acciones virtuosas crecen con la edad y son fuente de placer, otro tipo de placer:

“¿Pueden ser comparados los placeres de la bebida, los banquetes, los juegos, el sexo, con aquellos placeres de la mente? Ciertamente estos son afanes de los estudiosos, de los prudentes y bien formados, y crecen en proporción a la edad, de ahí aquella afirmación de Solón que aparece en un versículo de su obra: ‘Se envejece aprendiendo cada día muchas cosas’. Pienso que no puede existir un placer mayor para el alma”[11].

Al seguir la idea de que las urgencias y los gustos cambian con el tiempo, pero que simultáneamente se abren otros horizontes de experiencias placenteras, Catón describe detalladamente cómo los ancianos gozan con la observación de la naturaleza, con la promesa de vida que encuentran en los brotes nuevos, con la magnificencia de un atardecer:

“¿Pues qué más diré del verdor de los prados o los órdenes de árboles, las especies de viñas y los olivos? Para acabar en breve, nada puede haber ni más abundante para gozarlo, ni más hermoso para la vista que un campo bien cultivado. Y no solamente no impide la vejez gozar de él, sino que llama y convida. ¿Pues en dónde pueden los de esta edad, ni con más conveniencia, o calentarse al sol, o a la lumbre, o también refrescarse más saludablemente a la sombra o con las aguas?”[12].

Cambia el ritmo de la vida y aparecen otras riquezas de esa misma realidad. Quizás sea este ritmo más reposado y sereno lo que hace que abuelos y nietos se lleven tan bien: hay en los abuelos una disponibilidad que los padres ocupados —padres y madres, hoy en día— muchas veces no pueden ofrecer; y hay en los niños esa capacidad intacta de asombro que se dispone a observar y atesorar lo que los ancianos les muestran de la realidad: lo bello, lo extraño, lo increíble. Son éstas sin duda nuevas fuentes de gran placer.

La pérdida de la vida o la aproximación de la muerte

Llega ahora lo más ineludible: no somos inmortales y la edad madura nos lo recuerda día a día.

Como lo dice Romano Guardini: “se hace perceptible la transitoriedad”[13], lo que nos ubica de una manera nueva frente a nuestra propia vida, porque entendemos que se trata de una obra nuestra que debemos completar lo mejor posible mientras haya posibilidad. Hay muchas reacciones posibles ante la perentoriedad de la condición mortal: desde la negación y la fuga hasta la ilusoria idea de extremo control a través de la eutanasia.

Aquí me atengo a la propuesta de Cicerón, que afirma no temer la madurez, aunque signifique acercarse el fin de la vida: “Una madurez que a mí me resulta agradable, de tal manera que yo llegaré a la muerte tranquilamente como si después de una larga navegación, al llegar al puerto volviera a ver la tierra”[14].

Es el razonar del que siente que se ha cumplido su cometido, que ha usado bien su tiempo, que muchos se han beneficiado con su presencia, sus consejos, su sabiduría: su vida tiene sentido y por más que su tiempo pase, lo bien hecho le pertenece a toda la humanidad y su existencia puede ser inspiración para los que vengan, así como lo fue para mí leer este texto de hace casi dos mil años.

Si la vida es un caminar con una meta, no tendría ningún sentido volver al punto de partida o un poco más atrás, porque el sentido viene de la llegada, aunque se apoye en cada una de las decisiones que han marcado el sendero. La persona que ha envejecido y percibe la cercanía de la muerte, si no se engaña, “es capaz de entender el conjunto de la vida —nos dice Guardini— y ve las conexiones”[15], así que la finitud de la vida le revela el sentido total de su vida: ¡no es poca cosa!

Eso nos hace entender por qué el que, reflexionando, empieza a entender la propia existencia no solo sabe que no es posible volver atrás, sino que tampoco lo desea: “Y si algún dios me concediera volverme de esta edad a la de niño otra vez, y llorar en la cuna, me resistiría mucho, pues no quiero desde el fin de la carrera volverme otra vez al principio”[16].

Más allá de la muerte, la esperanza

Frente a la muerte, la postura filosófica de Cicerón, cercano al estoicismo, habla más bien de una aceptación prudente de las circunstancias que nos toca vivir, para que lo ineludible no nos perturbe ni nos altere, privándonos de la serenidad que la razón nos proporciona. Pero desde esa perspectiva no puede hablarnos de esperanza. Aunque la mención de la esperanza de una vida después de la muerte parezca hacernos abandonar el campo de la filosofía, en el que nos movimos hasta ahora, quisiera recordar que muchos filósofos clásicos no ponían en duda nuestro destino de eternidad, el único horizonte que logra dar sentido pleno a todo lo vivido, sufrido y logrado a lo largo de nuestras vidas. Así nos muestra Platón a Sócrates, en vísperas de su ejecución: sereno y confiado en la vida plena que le espera a su alma después de la muerte [17]

. No faltan tampoco hoy voces filosóficas que defiendan la compatibilidad de la esperanza en una vida más allá de la muerte con el pensar filosófico, aunque no se trata de un tema del que se hable mucho, seguramente por miedo a entrar en el terreno de lo religioso.

No tengo miedo meterme en ese terreno, pues la experiencia religiosa es central en la vida de las personas, como claramente se percibe en las sesiones de logoterapia de Viktor Frankl y sus discípulos. Por eso elegí como cierre las palabras pronunciadas por la señora Kotek, una anciana paciente terminal de Frankl. Ella, que en los últimos días de su vida experimentaba la inexorable cercanía del fin, y el dolor por tener que dejar a sus hijos y a todo lo que amaba, guiada por Frankl, consiguió entender que todos los logros de su vida no podían serle arrebatados ni destruidos, que eran buenos para ella, pero que también eran luz para la vida de los demás. Ella lo entendió como prueba de la presencia de Dios en su vida, y se despidió diciendo: “Mi vida es un monumento, ha dicho el profesor a los estudiantes en la clase. Así que mi vida no ha sido inútil…”[18]


  1. Doctora en filosofía. Profesora de la Universidad Austral; Investigadora del Centro ICBC Conciliación Familia y Empresa y CONFyE en el IAE
  2. Utilizo este término griego de resonancia histórica que alude a un camino en subida para expresar lo que Romano Guardini define como “la fuerza de la ascensión de la personalidad que se acentúa, así como de la vitalidad que se abre paso” (Las edades de la vida. Madrid: Cristiandad, 1977, p. 61).
  3. De nuevo me sirvo de un término griego, que equivale a descenso.
  4. Marco Tulio Cicerón. De senectute. Madrid: Triacastela, 2001, p. 6.
  5. Lucio Anneo Séneca. “Sobre la brevedad de la vida”. En sus: Diálogos. Barcelona: Altaya, 1994, p. 317.
  6. Ibid., p. 318.
  7.  Marco Tulio Cicerón. Op. cit., p. 8.
  8.  Ibid., p. 10.
  9.  Ibid., p. 13.
  10.  Ibid., p. 17.
  11.   Ibid., p. 22-23.
  12.  Ibid., p. 25.
  13.  Guardini, Romano. Las edades de la vida. Madrid: Cristiandad, 1977, p. 94.
  14.  Marco Tulio Cicerón. Op. cit., p. 30.
  15.  Guardini. Op. cit., p. 140.
  16.  Marco Tulio Cicerón. Op. cit., p. 34.
  17.  Platón. “Fedón”. En sus: Obras completas. Madrid: Medina y Navarro, 1871-1872, v. 5, p. 28.
  18.  Frankl, Viktor. La presencia ignorada de Dios. Barcelona: Herder, 1986, p. 117.


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