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Los derechos de las personas mayores

La falta de protección en nuestro sistema jurídico a propósito de la reciente aprobación de la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las personas mayores

Mag. Liliana Negre de Alonso [1]

Un pueblo que no custodia a los abuelos, un pueblo que no respeta a los abuelos,
no tiene futuro, porque no tiene memoria, ha perdido la memoria.
Oremos por nuestros abuelos, nuestras abuelas, que tantas veces han tenido
un papel heroico en la transmisión de la fe
en tiempo de persecución.
Papa Francisco

Quería agradecer la invitación por parte del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral a este Pre Congreso de Ancianidad, especialmente al Dr. Víctor Herrero (vicerrector de Asuntos Académicos), al magistrado Carlos Camean Ariza (decano del Instituto de Ciencias para la Familia) y al Sr. Max Gulmanelli (secretario de Gestión Educativa).

No podría comenzar la presente exposición sin previamente referirme a la permanente preocupación de Papa Francisco sobre la situación de los adultos mayores en nuestra sociedad. Ha expresado en sus documentos —como así también en forma permanente— y en sus homilías su preocupación por los más vulnerables, sobre los descartables: los niños y los adultos mayores.

En 2014, en un evento llamado “La bendición de la larga vida” nos recordó que los abuelos han recibido la bendición de ver a los hijos de sus hijos y se les ha confiado una gran tarea: transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo; compartir con sencillez una sabiduría y la misma fe: ¡el legado más precioso! ¡Felices esas familias que tienen a los abuelos cerca! Al recordar su vulnerabilidad subrayó que:

“no siempre el anciano, el abuelo, la abuela, tiene una familia que puede acogerlo. Y entonces bienvenidos los hogares para los ancianos… con tal de que sean verdaderos hogares y ¡no prisiones! ¡Y que sean para los ancianos —que sean para los ancianos— y no para los intereses de otras personas! No debe haber institutos donde los ancianos vivan olvidados, como escondidos, descuidados”.

Ese descarte constituye en definitiva una verdadera eutanasia escondida.

“Es el efecto del descarte que tanto daño hace a nuestro mundo. Se descarta a los niños, a los jóvenes y a los ancianos con el pretexto de mantener un sistema económico ‘equilibrado’, en cuyo centro no está la persona humana sino el dinero. ¡Todos estamos llamados a contrarrestar esta cultura del descarte!”

En la encíclica Laudato si’, el Santo Padre se pregunta: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?” (n. 160). Esta pregunta está en el centro de Laudato si’, la esperada encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común. Y continúa: “Esta pregunta no afecta sólo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario”, y nos conduce a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y el valor de la vida social: “¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?”.

“La humanidad tiene aún la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común” (13); “el ser humano es todavía capaz de intervenir positivamente” (58); “no todo está perdido porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, pueden también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse” (205).

Lo cierto es que, si bien la encíclica en sí apunta a la cuestión ambiental y ecológica, está enmarcada dentro de una temática mayor: la cultura del descarte.

En julio de este año el Papa Francisco hizo un recorrido por los antiguos campos de concentración de Aushwitz y Birkenau, en donde recordó que:

“Nuestra sociedad, por desgracia, está contaminada por la cultura del descarte, que es lo contrario de la cultura de la acogida […]; las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles. Esto es una crueldad”.

Los adultos mayores fueron considerados desde siempre transmisores de valores, historia y cultura. En muchas sociedades eran venerados y reverenciados de la más alta manera posible. Si hacemos un breve repaso histórico podemos ver cómo en las sociedades primitivas la reducida expectativa de vida llevaba a que los más grandes de una tribu o clan fuesen los transmisores de sabiduría y experiencia. Era, sencillamente, una cuestión de supervivencia. De esta manera, “los mayores recibían una mayor consideración por parte del grupo e incluso gozaban de un poder de carácter consultivo, y su experiencia y sabiduría era apreciada por su comunidad” [2]. Si bien es cierto que el poder real quedaba en manos de los más jóvenes, lo cierto es que gozaban de una posición respetada en la sociedad.

Fue Cicerón quien en su escrito De senectute realzó el valor de la vejez, recalcando que es justamente la edad lo que mejora cada aptitud que posee el ser humano y que:

“son los estereotipos sociales los que se encargan de cambiar esta visión. Gracias a premisas como el desarrollo de la sabiduría en las personas mayores, disfrutar más de las cosas ya que dejan a un lado las pasiones y defender que el físico no es tan importante en muchos de los aspectos más importantes de la vida; se desmantelan estereotipos como que un anciano no produce nada, de que sin fuerza física no se puede aportar nada en la vida, que no disfruta de ningún placer y que vejez es sinónimo de muerte”[3].

Sin embargo, entre la visión de Cicerón y la Edad Media algo sucedió. La imagen de sabiduría se convirtió en una figura de declive y hoy vivimos en un mundo en donde la belleza y la juventud son consideradas por encima de cualquier otro factor.

Hemos leído la semana pasada en distintos medios de prensa que unos estudios han dado como resultado que el promedio de vida  humana ha aumentado:

“[…] según el INDEC se prevé que en el año 2020 los hombres llegarán a alcanzar la edad promedio de 73 años mientras que las mujeres promediarán los 80. La proyección en el año 2050 arroja por resultado que los hombres rondarán los 77 años […] y las mujeres, 84. Por ello se afirma que los ancianos designan una franja generacional extensa, con necesidades y protagonismo propio”.

Por otro lado, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas realizó un trabajo de investigación extensa en donde se afirma que, de la población mundial, 760 millones de personas tienen más de 60 años y que para el año 2050 esa cifra llegará a dos billones [4]“.

El gran avance de la ciencia y la tecnología en el mundo ha prolongado la vida humana en cantidad de años. Sin embargo, no es necesariamente el caso con la calidad de vida. Enfrentados con una población mayor cada vez más amplia, las realidad que enfrenta este grupo humano es muchas veces deplorable. En algunos, relegados y sometidos a abusos, y en otros, simplemente no tenidos en cuenta ni siquiera en el propio sistema social y cultural en el cual residen. Sin lugar a duda es necesario un cambio de paradigma enfocado en las necesidades transversales de los ancianos, teniendo especialmente en cuenta que no todos necesitan lo mismo.

Difícilmente se encontrará una definición unívoca o consensuada sobre qué o quiénes son considerados grupos vulnerables. Sin embargo, existen algunas características que nos permiten elaborar una definición: son aquellos grupos que por determinados factores se encuentran en desventaja en comparación con otros sujetos. En lo que es objeto de estudio en este trabajo, en un mundo donde la expectativa de vida es cada vez mayor, nuestra sociedad y el Estado no parecen saber del todo cómo enfocar la problemática que muchas veces estas personas enfrentan. Sin lugar a dudas, la cuestión filosófica y sociológica de la razón por la cual esto sucede podría dar lugar a un trabajo mucho más extenso. Sin embargo, no es el objeto de estudio y nos alcanza con hacer la siguiente consideración: la desvalorización general de la vida humana y la objetivización de las personas —entendido como la visión de la persona como medio y no como fin en sí mismo— tiene mucho que ver.

Por supuesto que no toda persona mayor es vulnerable y no todos envejecemos de la misma manera. Algunos tendrán que enfrentar obstáculos mientras que otros no. Más allá de eso, lo cierto es que nuestra legislación no está preparada ni contempla las situaciones particulares de este grupo humano. Basta con analizar la realidad y ver el desastre que es el sistema jubilatorio argentino para ya ver una vulneración de un derecho, más allá de los recientes esfuerzos de “ponerse al día” con la sentencias jubilatorias. Cuántos ancianos vemos a quienes no les alcanza el dinero y necesitan trabajar pero no se los considera en cuanto al empleo. Estas son simplemente dos situaciones que palpamos a primera vista. Como suele suceder, el derecho llega muchas veces tarde y evoluciona y se adapta a medida que surgen nuevas situaciones. Hoy la realidad es que tenemos un sector de la sociedad que crece cada vez más y necesita de una protección especial.

Argentina ha sido pionera en la protección de los derechos a la ancianidad. Eva Perón anunció el Decálogo de la ancianidad el 28 de agosto de 1948, que comprendía derechos de asistencia, vivienda, alimentación, vestido, cuidado de la salud física, cuidado de la salud moral, esparcimiento, trabajo, tranquilidad y respeto hacia los adultos mayores. Estos derechos de la ancianidad fueron incluidos en la Constitución de 1949, derogados por la Revolución en 1956 y no contemplados por la Comisión Reformadora del año 1957.

Actualmente los instrumentos internacionales sobre derechos humanos que remiten a los adultos mayores son: 1) Convención Internacional sobre la Protección de todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares, adoptada por la Organización de las Naciones Unidas el 18 de diciembre de 1990 y 2) Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y su protocolo facultativo, aprobados mediante resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 13 de diciembre de 2006. A su vez la Declaración Universal de Derechos establece en su artículo 25 el derecho de toda persona “a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”. Cabe recordar que tanto la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad como la Declaración universal de derechos tienen jerarquía constitucional.

En la Argentina no existen leyes especiales referidas a los adultos mayores, sin perjuicio que cuatro normas legales se refieren a la temática:

  1. Ley N° 21.074 de Subsidios y asignaciones familiares que instituye un “subsidio por sepelio de beneficiarios del régimen nacional de previsión y de pensiones no contributivas a la vejez, por invalidez, graciables y de leyes generales”.
  2. Ley N° 24.417 de Protección contra la violencia familiar.
  3. Ley N° 24.734 sobre el Derecho al uso de los servicios del sistema de cobertura médica a beneficiarios de pensiones a la vejez.
  4. Ley N° 25.724, Programa de nutrición y alimentación nacional (2003) que busca “asegurar el acceso a una alimentación adecuada y suficiente, coordinando desde el Estado las acciones integrales e intersectoriales que faciliten el mejoramiento de la situación alimentaria y nutricional de la población” a sectores vulnerables, incluyendo personas mayores de edad.

El 15 de junio de 2015 Argentina, Brasil, Costa Rica y Uruguay firmaron la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores. Así, la región latinoamericana se convirtió en la primera zona en todo el mundo que cuenta con un instrumento internacional vinculante para promover y proteger los derechos humanos de las personas mayores.

Fue aprobado el 15 de junio en la 45º Sesión de la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA). Luego de más de cinco años de trabajo hoy existe un nuevo marco de derechos para las personas mayores. Esta convención es el primer instrumento jurídico en materia de derechos humanos que protege y realza los derechos de las personas adultas mayores para promover y proteger en condiciones de igualdad de los derechos y libertades fundamentales de este sector poblacional para lograr su participación e inclusión en la sociedad [5].

En su preámbulo dice:

Reafirmando la universalidad, indivisibilidad, interdependencia e interrelación de todos los derechos humanos y libertades fundamentales, así como la obligación de eliminar todas las formas de discriminación, en particular, la discriminación por motivos de edad.

La convención tiene una estructura similar a otros instrumentos internacionales tuitivos de derechos humanos. Así, en su artículo 1º destaca que su objeto es:

“promover, proteger y asegurar el reconocimiento y el pleno goce y ejercicio, en condiciones de igualdad, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales de la persona mayor, a fin de contribuir a su plena inclusión, integración y participación en la sociedad”[6].

A su vez, en su artículo 2º se establecen una serie de definiciones, y en el artículo 3º, principios que por cierto serán enriquecedores y de gran utilidad para nuestra legislación interna: “abandono”, “cuidados paliativos”, “discriminación”, “discriminación múltiple”, “discriminación por edad en la vejez”, “envejecimiento”, “envejecimiento activo y saludable”, “maltrato”, “negligencia”, “persona mayor” , “persona mayor que recibe servicios de cuidado a largo plazo”, “servicios socio-sanitarios integrados”, “unidad doméstica u hogar” y “vejez”.

Acto seguido, como Estado Parte de esta convención, asumimos diversas obligaciones, entre ellas adoptar medidas preventivas y sancionadoras del aislamiento, abandono, sujeciones físicas prolongadas, hacinamiento, expulsiones de la comunidad, la negación de nutrición, infantilización, tratamientos médicos inadecuados o desproporcionados. De aquí la importancia de los cuidados paliativos, que son, sin lugar a duda una herramienta eficaz a la hora de acompañar una persona y sus familiares en las últimas etapas de su vida. La convención nos proporciona una definición por primera vez en nuestro sistema jurídico:

“Cuidados paliativos: La atención y cuidado activo, integral e interdisciplinario de pacientes cuya enfermedad no responde a un tratamiento curativo o sufren dolores evitables, a fin de mejorar su calidad de vida hasta el fin de sus días. Implica una atención primordial al control del dolor, de otros síntomas y de los problemas sociales, psicológicos y espirituales de la persona mayor. Abarcan al paciente, su entorno y su familia. Afirman la vida y consideran la muerte como un proceso normal; no la aceleran ni retrasan”.

Por otro lado, define lo que consideramos “discriminación por edad en la vejez” como:

“Cualquier distinción, exclusión o restricción basada en la edad que tenga como objetivo o efecto anular o restringir el reconocimiento, goce o ejercicio en igualdad de condiciones de los derechos humanos y libertades fundamentales en la esfera política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública y privada”.

Como es propio de los derechos humanos, los tratados internacionales suelen establecer un piso. Si, es cierto, el aspecto económico ha sido atendido más que cualquier otro aspecto que puede comprender el “derecho a la vejez”, pero la problemática es mucho más amplia: cómo lograr una vida plena atendiendo a los aspectos propios de la tercera edad. Y el trabajo, es un elemento clave.

El trabajo dignifica, el trabajo entretiene y el trabajo produce ciudadanos proactivos.

“Mientras no se modifique el enfoque cultural sobre el valor de las personas mayores y nuestra cultura continúe otorgándole el limitado lugar de sujeto pasivo e improductivo, el sistema económico lo seguirá marginando, transformándolo en un sujeto débil, vulnerable y constriñendo su ámbito de actuación, todo lo cual favorece fenómenos como el destrato, el abuso, la violencia, la discriminación, el abandono y el empobrecimiento”.

La persona mayor tiene derecho al trabajo digno y decente y a la igualdad de oportunidades y de trato respecto de los otros trabajadores, sea cual fuere su edad.

Así, el artículo 18 de la Convención compromete a los Estados Parte a adoptar medidas para impedir la discriminación laboral de la persona mayor. Queda prohibida cualquier distinción que no se base en las exigencias propias de la naturaleza del cargo. El empleo o la ocupación debe contar con las mismas garantías, beneficios, derechos laborales y sindicales, y ser remunerado por el mismo salario aplicable a todos los trabajadores frente a iguales tareas y responsabilidades. Los Estados Parte promoverán políticas laborales dirigidas a propiciar que las condiciones, el ambiente de trabajo, los horarios y la organización de las tareas sean adecuadas a las necesidades y características de la persona mayor. Esto incluye el diseño de programas para la capacitación y certificación de conocimiento y saberes para promover el acceso de los adultos mayores a mercados laborales más inclusivos.

Otro aspecto interesante, llamativo y novedoso de la Convención es la afirmación del derecho a la educación de ellos que conlleva no sólo el acceso en igualdad de condiciones y en todas las modalidades sino también el hecho de participar en los programas educativos existentes en todos los niveles, y a compartir sus conocimientos y experiencias con todas las generaciones.

Finalmente quisiera destacar el punto relativo a los derechos políticos de la persona mayor. Esta tiene derecho a la participación en la vida política y pública en igualdad de condiciones con los demás y a no ser discriminada por motivos de edad. Esto incluye el derecho a votar libremente y a ser elegido, debiendo el Estado facilitar las condiciones y los medios para ejercer esos derechos. Esto implica adecuar el acceso a los centros de votación y que el material disponible sea fácil de entender y utilizar.

Es deber de lo gobernantes velar por los más débiles, por aquellos que se encuentran en una desigualdad de circunstancias, y promover medidas que sean siempre ampliatoria de los derechos. Estos derechos, los derechos humanos son por su propia naturaleza inalienables, innatos, universales, indivisibles, interdependientes e irreversibles.

Pero también es deber de la sociedad de acompañar a los adultos mayores en todas las etapas. Esto implica sin lugar a duda un cambio cultural, un cambio de eje, una sociedad al servicio de sus integrantes, especialmente los más débiles.

La regulación de los derechos de las personas mayores es una deuda del Estado. No sólo para entender que hay que modificar normas sino adaptar, instruir y educar a los ciudadanos que habitan el pueblo argentino. Cada ser humano tiene dignidad por el solo hecho de existir, sea una persona no nacida o un adulto mayor transitando sus últimos días.

Sin lugar a dudas la Convención en cuestión es novedosa y por cierto va a la raíz de la problemática que enfrentan los adultos mayores. Pero, como suelen ser todas las convenciones sobre derechos humanos, son en definitiva un punto de partida. Así, los Estados deben buscar el resguardo de los derechos de un modo que sea ampliatorio de lo ya existente. Que la Argentina haya sido el primer país en firmar es un motivo de alegría y orgullo; pero el desafío no queda ahí y es aún más profundo: se trata de realzar la figura del adulto mayor y darle la importancia que se merece.

Hoy, la realidad que enfrentamos como país y lo que debemos enfrentar aquellos que tenemos algún poder de decisión, es un sector de la sociedad que está absolutamente desprotegida. Si, es cierto, la cuestión previsional, de a poco, se va saldando. Pero esto no alcanza: es muy cruel trabajar toda una vida para no recibir lo que justa y legítimamente les corresponde.

La única manera de superar esta temática y que sea algo cotidiano de nuestra realidad es atender la cuestión neurálgica: la cultura. Las leyes siempre siguen a estos cambios. Si logramos formar gente joven que respeten y valoren aquellos sujetos que pueden y son transmisores de historia y realidad, seguramente avanzaremos más aún en el aspecto legislativo.

Un pueblo que “no respeta a los abuelos”
carece de memoria y por lo tanto de futuro.

Papa Francisco (Homilía Santa Marta)


  1. Senadora nacional
  2. García Márquez, Juan Antonio. “El valor social y cultural de la vejez, una aproximación histórica” en Social Ecosystemfor Antiaging, Capacitation (http://seacw.org/index.php/2014-02-12-12-07-43/spanish-blog/item/454-el-valor-social-y-cultural-de-la-vejez-una-aproximación-histórica)
  3. Ibidem
  4. Díaz Cornejo, Maria Soledad. Autonomía y capacidad en la vejez: una primera aproximación desde el derecho para fortalecer a los viejos. En: Abeledo Perrot Córdoba, no.8 (2013), p. 949
  5. Personas Adultas Mayores cuentan desde hoy con una Convención Interamericana que protege sus derechos” en http://www.ippdh.mercosur.int/personas-adultas-mayores-cuentan-desde-hoy-con-una-convencion-interamericana-que-protege-sus-derechos/
  6. Idem


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