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1 Acerca del concepto de juego en Hans-Georg Gadamer

Lucas Gonzalo Aldonati[1]

Según Gadamer es posible distinguir el juego mismo del comportamiento del jugador. El juego es cosa seria. El juego remite al jugador a una seriedad que pertenece al juego mismo. Esta seriedad exclusiva del jugar cumple un rol y toma un tinte incluso sagrado que logra dejar en suspenso toda existencia activa y preocupación ajena al ámbito del juego. El juego no es más que juego pero quien no se toma en serio el juego resulta un aguafiestas. “El jugador sabe muy bien lo que es el juego, y que lo que hace «no es más que juego»; lo que no sabe es que lo «sabe»” (Gadamer, 2012: 144). La búsqueda por la esencia misma del juego no hallará respuesta para Gadamer en la reflexión subjetiva, sino en la exposición del modo de ser del juego como tal. El sujeto de la experiencia del juego posee una esencia propia que se sostiene de manera constante, independientemente de la conciencia de los que juegan.

Los jugadores no son más que el medio para que el juego mismo se manifieste. El juego danza y hace danzar. Al claro movimiento de vaivén propio del juego lo expresa la figura del juglar, en alemán Spielmann, artista itinerante que en la Edad Media dedicaba su tiempo divirtiendo plebes o cortes con sus canciones, bailes y juegos. El juego danza, es decir, se renueva al reinterpretarse bajo su constante repetición. “El movimiento del juego como tal carece en realidad de sustrato. Es el juego el que se juega o desarrolla; no se retiene aquí ningún sujeto que sea el que juegue. Es juego la pura realización del movimiento” (Gadamer, 2012: 146). Algo puede estar en juego sin la necesidad de que pueda señalarse a un jugador concreto o real. El juego puede expresarse –y esto es lo que posee el juego como carácter más original– en su forma de voz media. Si algo hay y está en juego es el juego mismo, pues él es el propio sujeto del jugar. Huizinga ha sabido rastrear en su libro Homo ludens, según comenta Gadamer, el momento lúdico que es inherente a toda cultura y ha elaborado sobre todo las conexiones entre el juego infantil y animal y ese otro «jugar sagrado» del culto. En el juego del niño y el animal, no se encontraría una distinción conceptual entre ser y jugar, lo que permitiría interpretar al jugar como modo primario o inmediato de ser o que ser es un estar ya jugando que no sabe de límites precisos. Vale resaltar que la posibilidad de una conciencia del jugador queda derivada por el primado de la relación serjuego.

En la danza que produce el juego se genera una ordenación en la que el vaivén del movimiento lúdico aparece como por sí mismo. Este movimiento del juego debe darse sin objetivo, sin intención, pero también sin el sentimiento de esfuerzo –lo que no quiere decir que no haya esfuerzo en el jugar–. Gadamer dice que debe sentirse como si marchase solo. “La estructura ordenada del juego permite al jugador abandonarse a él y le libra del deber de la iniciativa, que es lo que constituye el verdadero esfuerzo de la existencia” (Gadamer, 2012: 148). Esto es lo que se experimenta subjetivamente como descarga, experiencia que se da también tanto en el impulso a la repetición que aparece en el jugador, como en el continuo renovarse del juego. ¿Pero por qué el jugador se abandona al juego? Porque el juego es parte del proceso natural, así como la naturaleza juega con el contraste de luces y sombras, con los cambios climáticos, con sus movimientos indescifrables e impredecibles, el hombre o el animal suele cautivarse por ese ir y venir que ve en la naturaleza aunque también es impulsado a implicarse en ese círculo desde dentro de sí.

No existe el juego en solitario. El artista juega con su obra a la vez que la obra juega con su artista, el gato con el ovillo de lana y el ovillo a su vez con él, aquel hombre arrojando cartas sobre la mesa juega con la sorpresa que estas generan. En estos ejemplos puede que no haya otro jugador “real”, “pero siempre tiene que haber algún «otro» que juegue con el jugador y que responda a la iniciativa del jugador con sus propias contrainiciativas” (Gadamer, 2012: 149). Eso otro corresponde en estos ejemplos a la infinidad de formas y expresiones, los limites, las libertades y las sugerencias que la obra misma puede darle al artista sin que este lo perciba de manera consciente.

Donde se halle una subjetividad humana que se comporte lúdicamente se encontrará también una primacía del juego. ¿Pues puede definirse acaso dónde comienza y termina el ámbito propio del juego? El ámbito del juego es el ámbito de la vida, del ser, donde yacen las posibilidades y donde la libertad se anticipa a toda necesidad de elegir. Sin perder de vista que la libertad abierta por el juego implica aceptar a su vez nuevos riesgos.

El juego mismo siempre es un riesgo para el jugador. Sólo se puede jugar con posibilidades serias. Y esto significa evidentemente que uno entra en ellas hasta el punto de que ellas le superan a uno e incluso pueden llegar a imponérsele. (Gadamer, 2012: 149)

En el juego hay algo que cautiva, fascina y atrapa. Su carácter inquietante-fascinante moviliza al jugador a involucrarse con peligros. La seriedad con la que se asume la libertad y los riesgos da cuenta del modo de ser del jugador, es decir, de cómo se asume a sí mismo. Si se toma entre manos y se apropia, se gana o si es un jugador que reniega de sí mismo, que prefiere no jugar para mantenerse en una cierta comodidad. De todas formas es válido pensar que elegir no jugar es siempre un estar ya jugando.

Todo esto permite destacar un rasgo general en la manera como la esencia del juego se refleja en el comportamiento lúdico: todo jugar es un ser jugado. La atracción del juego, la fascinación que ejerce, consiste precisamente en que el juego se hace dueño de los jugadores. (Gadamer, 2012: 149)

El desafío y el deseo que desprende el jugador por motus propio constituyen la atracción del juego. El que tienta, dice Gadamer, es en realidad tentado. “El juego mismo es el que mantiene hechizado al jugador, el que le enreda en el juego y le mantiene en él” (Gadamer, 2012: 150). El ámbito del juego se mantiene en estrecha relación con las reglas e instrucciones que de él se desprenden. Tanto las reglas como el espacio del juego surgen desde el interior del juego mismo con la finalidad de mantener vigente la fascinación del jugador, de poderse manifestar plenamente como juego y de evitar caer en un absurdo insostenible. Si el jugar es siempre jugar a algo, la determinación del comportamiento lúdico que aporta el jugador debe generarse de manera constante, renovarse como la gran salud de la que habla Nietzsche.

Lo que al juego le interesa es que el jugador quiera jugar. No importa que sea tal juego o tal otro, porque –y aquí Gadamer se apoya en la idea que propone Huizinga sobre el ámbito sagrado– desde cualquiera que sea el juego elegido, el jugador puede sumergirse en el mundo cerrado y propio que es el mundo del juego. “El hombre que juega sigue siendo en el jugar un hombre que se comporta, aunque la verdadera esencia del juego consista en liberarse de la tensión que domina el comportamiento cuando se orienta hacia objetivos” (Gadamer, 2012: 150-51). ¿Cuál es la tarea que propone el juego? La tarea no es un objetivo a cumplir condicionante, sino una tarea lúdica que sirve como ordenación y configuración del movimiento del juego. El juego al proponer su tarea bajo el carácter lúdico facilita y alivia su propia resolución. En cuanto el jugador se desvía del comportamiento lúdico, la magia del juego se derrumba y la totalidad espacio-temporal deviene nuevamente en tarea cotidiana.

“El juego se limita realmente a representarse. Su modo de ser es, pues, la autorrepresentación” (Gadamer, 2012: 151). ¿Por qué busca el juego representarse a sí mismo? ¿Será que el juego invita en esta representación óntica que realiza el jugador y en la que éste queda involucrado de manera plena a que en el estar jugando se exprese una autorrepresentación de él? En otras palabras, que desde el punto de vista ontológico el jugador reconozca algo de él mismo –algo propio– que le era conocido pero, sin embargo, ajeno en la medida en que sin la intervención del juego no sabía de antemano señalar o que quizás no le sea todavía señalable, pero aun así, se le desvela. La imagen del mundo que adquiere el jugador mediante el jugar es la imagen de la relación que tiene este con su propio ser. “La entrega de sí mismo a las tareas del juego es en realidad una expansión de uno mismo. La autorrepresentación del juego hace que el jugador logre al mismo tiempo la suya propia jugando a algo, esto es, representándolo” (Gadamer, 2012: 151). Afirmará Gadamer que jugar es siempre ya un representar. El arte con su tinte lúdico se autorepresenta a la vez que representa algo para alguien. El espectador tanto de la obra de arte como del juego es quien se une al círculo en el que danzan juego y jugador. El niño que juega a ser adulto, que se viste y se comporta como tal y que intenta también adaptar la seriedad distintiva del mundo adulto, al abandonarse en el juego comienza a representar la imagen que guarda –aunque seguramente de manera inconsciente– sobre sí mismo, sobre los adultos o preferentemente sobre sus padres. Si alguno de ellos atrapara al niño en plena representación caería cautivo de este sutil mensaje, de esta delicada manifestación que descarga el juego mediante el jugador al espectador. Sin embargo, “los niños juegan para ellos solos, aunque representen” (Gadamer, 2012: 152). No todo juego requiere de un «otro» que no sea el juego mismo o el jugador para que haga de espectador.

El espíritu propio del juego hace que el jugador experimente al juego como una realidad que le supera. El juego de la representación dramática y del acto cultual consiste en ser un mundo cerrado en sí mismo, sin embargo, tiene algo de abierto hacia el lado del espectador y sólo a través de él alcanzan su significado pleno. En estos casos el juego mismo es el conjunto de actores y espectadores. “Es más, el que lo experimenta de manera más auténtica, y aquél para quien el juego se representa verdaderamente conforme a su «intención», no es el actor sino el espectador. En él es donde el juego se eleva al mismo tiempo hasta su propia idealidad” (Gadamer, 2012: 153). En los juegos escénicos los espectadores devienen como jugadores, pues para ellos y no para los actores es para quienes se desarrolla el juego. El contenido de sentido que contiene el juego se dirige, en estos casos, primariamente al espectador. Todo aquel que se involucra seriamente con el juego no puede escapar al contenido de sentido que este tiene para expresar.

Para concluir es propicio resaltar que la visión propuesta por Gadamer sobre el concepto de juego deja abierto un campo de interrogantes de suma importancia por su actualidad. Este concepto termina involucrando las diversas facetas que propone la vida para conocer y experimentar nuestra propia posibilidad de ser en el mundo. A través del juego se van descubriendo el trato con los entes y con las demás personas. El desafío consiste entonces en asumirse como jugador y en dejarse ser jugado por el juego para desde allí ampliar y propiciar el ámbito lúdico, regenerador del sentido de la existencia.

Referencias bibliográficas:

  • Gadamer, H.- G. (2012) Verdad y método, trad. Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Salamanca, Sígueme.

  1. Universidad Nacional de San Martín.


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