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10 Suspender el espacio

Das Schloß de Kafka desde Heidegger[1]

Guillermo Moreno Tirado[2]

1. Palabras previas a propósito del texto de Kafka[3]

No es este el lugar para discutir hasta qué punto: “Poesía occidental y literatura europea son dos insondablemente distintos poderes esenciales de nuestra historia”, ni tampoco el que “Probablemente tenemos todavía representaciones muy insuficientes de la esencia y el alcance de lo literario” (Heidegger, 2002, 139).

En cualquier caso, la posición que se asume aquí es que la atención que merece un texto como interpretando surge de aquello que en ese mismo texto se da a leer y no de ninguna categoría previamente establecida, por muy larga que haya sido la tradición que la sustente, muy asentado que esté su uso o lo eficiente que haya demostrado ser. Teniendo en cuenta, además, que el asunto del que se trata cuando lo que se hace es filosofía (y presumimos que este es el caso en Heidegger) es siempre, de uno u otro modo, el fondo sobre cual siempre ya nos encontramos, parece que aquellos textos en los cuales ese mismo fondo se deja traslucir, pertenecerán, si bien no necesariamente a eso de “hacer filosofía”, sí, al menos, al “material” con el cual se las tendrá que ver el filósofo y ello sin que tenga que haberse dado empíricamente que cierto filósofo se ocupase o no de cierto texto concreto.

Por otra parte, insistamos en que lo que sea tarea del filósofo no tiene por qué serlo también de quien compone un texto que entra a formar parte de esa tarea. No lo es cuando de lo que se trata es de eso que, con Heidegger, podemos llamar poeta; y teniendo en cuenta que se llama así a quien dice (o nombra) las cosas (cf. Heidegger, 1981, 41), quizá esté demás preguntarse, al menos a priori, si escribe o no en verso.

En esa línea, si es importante preguntarse qué es eso del decir las cosas del poeta es porque, evidentemente, no es del mismo orden que el discurso de la ciencia. Ni siquiera es un modo alternativo de eso que la ciencia sí consigue, a saber, validez, verdad de sus enunciados, sino que si el poeta, en efecto, es quien dice las cosas, lo es porque su decir es esencialmente ficcional, esto es, no entra en ningún orden de lo válido (ni el cognoscitivo ni el práctico). Por ello, no hay ningún tercer orden de validez al que quepa llamar “estético” y, sin embargo, es “estético” el juicio que cabe hacer (y al que hay que atender) de aquello que hace quien dice las cosas. Sobre esto se ha escrito mucho y tampoco se pretende aquí volver a insistir sobre ello, ni ocuparse de los lugares en los cuales Heidegger lo atiende.

Si hemos recordado someramente estas cuestiones, ha sido para hacer notar que la elección del texto de Kafka ha estado motivada solo y exclusivamente porque en él se ha encontrado cuestión, pero solo cuando se lleve a cabo la tarea interpretativa (fenomenológico-hermenéutica) cabrá decir propiamente que la elección ha estado justificada.

Añadamos una última cosa como previo a propósito del “espacio”. Hay, por una parte, cierta comparativa o alusión de una cierta complementación entre F. Kafka y R. Walser que se encuentra especialmente señalada si se leen conjuntamente los textos Jakob von Gunten y Das Schloß (cf. Calasso, 1991, 73-94; Calasso, 2002; Benjamin, 1977, 409-438 y 676-683; Benjamin, 1981). Se suele interpretar que el texto de Walser “suspende el tiempo”, de modo que, si la comparativa puede extenderse, entonces, quizá haya que decir que Das Schloß “suspende el espacio”. ¿Cómo entendemos esta suspensión?

2. Suspender el “espacio”

La noción moderna de “espacio” tiene, al menos, dos usos técnicos. Uno es, dicho brevemente, el uso que encontramos en Descartes o Spinoza (y que comparten, por ejemplo, los Principia Matematica de Newton) como extensio, uso que luego problematiza Leibniz, pero sin alterar la noción. En este primer uso, “espacio” menciona cierto continuo carente de límites donde sobrevienen unos u otros cortes tal que esos cortes son el carácter de “ser”, lo certum, de cierta res, esto es, de cierta cosa, si y solo si ese mismo corte tiene una correspondencia con uno y solo uno de los cortes en otro continuo, también carente de límites de antemano, al cual se llama cogitans, o sea, “pensamiento”, donde “pensamiento” expresa el que aquello, la res, pueda ser objeto de una representación en general, esto es, quepa en un cálculo. Esto quiere decir que se entiende por “espacio” las relaciones de posición y distancias expresables mediante puntos y segmentos (geométricamente) con correspondencia biunívoca (por isomorfismo de conjuntos) con ecuaciones aritméticas.

Si bien de ello se extrae cierta noción de “espacio absoluto” del cual se diría que es la totalidad de todos esos posibles cortes, quizá, lo de “absoluto” es lo menos importante (Leibniz ya habría criticado esta cuestión con mucho éxito), mientras que lo que sí merece la pena mantener es que los cortes no están aislados unos de otros o, dicho de otra forma, que en esta noción de “espacio” está ya dado el que no haya, por así decir, meros “huecos vacíos” entre las cosas. Por tanto, que lo que da carácter de certum a una res es precisamente que, de una u otra manera, pueda ser contabilizada según relaciones de posición y distancia, esto es, objeto de cálculo, expresable en operaciones aritmético-geométricas (cf. Martínez Marzoa, 1991).

La segunda noción técnica la encontramos en Kant, donde se recoge lo que se acaba de mencionar, añadiendo el matiz crítico (fenomenológico) de que no nos referiremos a estos o aquellos cortes en concreto, sino a la questio iuri de que “espacio” es un requisito de la pensabilidad del aspecto puro del conocimiento que en contraposición a concepto se llama intuición[4]; o sea, “espacio” es una condición de la posibilidad de la sensibilidad, de la pluralidad de sensaciones. “Espacio” sigue designando las relaciones de posición y distancia, pero ahora, “relaciones de posición y distancia” se entienden como aquellas que tienen solo aquellas sensaciones que, por un lado, cumplan todas las leyes inherentes a tales relaciones (o sea, las que dicta, de modo amplio, la geometría) y, por otro lado, tengan en cada caso una y solo una relación de posición y distancia con cualquier otra posible sensación que también cumpla con esas leyes. Que tenga que haber coherencia interna implica que el “tejido” sea matemáticamente expresable, y ello en virtud de que se trata de la forma de la sensibilidad.

Así, lo que diferencia a uno de otro uso técnico es solamente el aspecto trascendental que introduce Kant. Lo cual, como se sabe, no es ni mucho menos menor, pero tampoco implica que cambie el concepto de “espacio” moderno. Por otro lado, es evidente, pero esto no vamos a discutirlo en detalle, que los dos usos técnicos están estrechamente relacionados con el Faktum de que consideramos válido (conocimiento), aquello que puede tener un correlato de fórmulas físico-matemáticas (cf. Heidegger, 1984, 65-108). Por consiguiente, la cuestión “espacial”, la cuestión de las relaciones de distancias y posiciones, se juega en la medición, o sea, en las capacidades de medida, en el poder de tomar la medida con mayor o menor exactitud. Tomar la medida de las relaciones de posición y distancia de las cosas significa agrupar (en concepto) esas sensaciones, es decir, dar de ellas un correlato de fórmulas físico-matemáticas y, por tanto, significa conocer cosas “espaciales”.

Por otra parte, el vocablo “suspensión” tiene cierto uso también técnico –en lo que a partir del siglo XX y del trabajo de Husserl se llamó fenomenología– resultado de cierta traducción de los vocablos griegos epokhé y sképsis. Sin entrar a discutir en extenso lo que significan en griego, ni tampoco el susceptible acierto de unos u otros autores de la fenomenología al argumentar su traducción, de lo que se trata es de la posibilidad de tomar distancia, esto es, de la posibilidad misma de theoreîn, de “mirar como viniendo desde fuera”, o sea, de la posibilidad de tematizar lo siempre ya supuesto, el juego al que siempre ya se está jugando.

“Suspender el espacio” debiera ser algo así como que, con respecto a lo “espacial” tomásemos la suficiente distancia como para tematizar lo siempre ya supuesto en ello. Pues bien, este ejercicio de “suspensión del espacio” en este sentido puede rastrearse en el trabajo que Heidegger dedica a la cuestión de “el espacio de juego del tiempo” (der Zeit-Spiel-Raum) y, concretamente, en la caracterización del “espacio-tiempo como el abismo [Ab-grund]” (Heidegger, 1989, 371-388). Se trataría de atender a la tematización de lo siempre ya supuesto en el hecho de que nos encontremos envueltos en (y seamos como) cosas espaciales. Si esta tematización puede intentarse, ello querría decir estar tratando de decir el tener lugar mismo del espacio[5].

Pues bien, esta tematización heideggeriana habría tenido dos líneas de desarrollo. Una en la cual se trataría de mostrar que lo siempre ya supuesto en el aspecto “espacial” de las sensaciones es el que haya (ya siempre) un “hacer espacio” o aviar (einräumen), es decir, que el “espacio” no es algo donde meramente nos encontramos, sino que somos tal que hacemos espacio, aviamos, digamos, nos movemos o nos comportamos (o sea, se comprende ser) en esas sensaciones espaciales (aquello de que la silla está al lado de la pared, etc.). Y otra en la cual, asumiendo que nuestro comportarnos es, en el sentido de hacer espacio o aviar, espacial, se trataría de reconocer que ese comportarnos es, siempre en algún sentido, medir, donde “medir” quiere decir eso que decimos con la expresión “tomarle la medida a esto o lo otro”, o sea, orientarnos (cf. Villaverde López, 2017, 109-134), saber movernos con y entre las cosas, saber habérnoslas con ellas. “Suspender el espacio” sería, entonces, la pretensión de tematizar el que hacemos espacio y el que, en tal sentido, medimos, damos y tomamos la medida de las cosas (cf. Heidegger, 2000, 183-208).

De ello se sigue, por de pronto, que esto no constituye un nuevo concepto de “espacio” distinto al que maneja la Modernidad, pero tampoco da ningún nuevo giro con respecto a Kant. El “espacio” que “se suspende” es, al mismo tiempo, el concepto que la física-matemática en general emplea y aquel aspecto transcendental de las clases de sensaciones que Kant delimita. A su vez, también se sigue que, a pesar de todo, algo “nuevo” sí trae, a saber, que si bien eso de “hacer espacio” y “medir” (no como el cálculo de esas relaciones de posiciones y distancias, sino como el aviar y en ese sentido dar y tomar la medida), lo siempre ya supuesto en el concepto de “espacio”, aunque es lo que siempre queda atrás, ha sido “traído”, sacado a la luz, puesto de manifiesto. Ciertamente, en su no-comparencia, pero, al fin y al cabo, puesto, tematizado. Esa tematización explicita que aviar, tomar y dar la medida a las cosas es tanto como reconocer cualificadamente a esas cosas, esto es, que estas ya no sean meros cortes de un continuo, sino, por así decir, cosas con propiedad, cualificadas, irreductibles.

Hay una razón de peso para insistir en emplear el verbo “intentar” para referirnos a esta tematización. Por una parte, esto se debe a que el significado que, de todas formas, sigue teniendo la palabra “espacio” es aquello de las relaciones de posición y distancia de las sensaciones. Esto es coherente con el hecho de que la fenomenología tenga que partir del ejercicio de la suspensión, o sea, que lo fenomenológico de esto o aquello no es cosa alguna, sino su ser-cosa, el carácter “ontológico» de esto o lo otro. “El espacio de juego del tiempo” es precisamente el que esta “actitud” logra despejar, pero solo se está en él mientras se lo está despejando[6].

Pues bien, si este discurso, de todas formas, no tiene más remedio que tratar de decir qué es el espacio, o sea, en definitiva, tratar de definir, de delimitar, de decir su quid, ello quiere decir que se mueve en la incómoda situación de estar tratando de hacer algo que, por como el discurso mismo lo define, no se puede hacer. Esto está en coherencia con que este intento de tematizar el tener lugar del espacio, no sea sino otro modo de tratar de tematizar el fondo sobre el cual siempre ya se está pisando, algo que siempre comporta el riesgo de segarse el suelo bajo los pies. Esto último se reconoce precisamente en la medida en que el espacio no es más que lo que ya hemos señalado dando su significado moderno y, sin embargo, ello no ha dado, en ningún caso, la esencia, el tener lugar mismo del espacio. En otras palabras, la tematización no puede tener éxito; tiene que fracasar y la cuestión será si logra o no que su fracaso sea relevante.

Defendemos que ha sido relevante, porque con lo visto más arriba se muestra que, en tanto que esto puesto en primer plano es fenomenológico (no un nuevo conocer las cosas), es lo que late en la noción moderna de “espacio”. Esto quiere decir que es este aspecto fenomenológico, “ontológico”, del espacio, lo que fundamenta la noción moderna, de modo que esta no es originaria, sino secundaria, derivada. Ahora bien, como, de todas maneras, lo averiguado es fenomenología, no conocimiento (no correlato de fórmulas físico-matemáticas), esta noción de espacialidad es lo que irremediablemente queda atrás, algo que por así decir solo comparece como pérdida, como ausencia o vacío.

3. Vacío y Landvermesser

De algo que, si bien se tematiza, o sea, de ello cabe fenomenología, pero ello mismo no comparece, no es cosa, no queda fijado como validez, solo puede hablarse huidizamente. Esto no significa que no haya rigor en este referirnos a ello, pero el rigor aquí exigido no es el de la “objetividad” (científica) sino, precisamente, el de la descripción relevante. En este sentido, quizá un recurso descriptivo[7] pudiera ser decir que eso que rehúsa comparecer, que se sustrae a ser dicho (con validez, o sea, con universalidad y neutralidad), (no-)comparece como “vacío”. Esta palabra resulta especialmente señalada por aquello de que la noción moderna de “espacio” implica que no hay meros “huecos vacíos” entre las cosas. Heidegger, de hecho, se vale de este recurso justamente para esto, y quizá la razón esté precisamente en que el “espacio hecho” o la “medida dada o tomada” no puede ser sino el vacío en el que consiste eso de hacer “espacio” y tomar o dar “medida”. Por ello, de este vacío quizá lo que quepa decir no es que no “contiene nada” sino que está plenamente lleno.

Pues bien, esto, a saber, un vacío plenamente lleno es lo que interpretamos que hay en juego desde las primeras líneas de Das Schloß de Kafka en la medida en que K. (más adelante nos dirigiremos a él) contempla desde el puente que va a la aldea a la que ha sido llamado, “el aparente vacío ahí en lo alto” (Kafka, 1951, 9). Si “vacío” es lo que no comparece, lo que no aparece, el que se trate de “aparente” (scheinbar) pudiera querer decir que, en realidad, no hay vacío alguno; y, de hecho, no lo hay, lo que está observando K. es el castillo. Esto concierta con que la noción moderna de “espacio” implique que no hay meramente “huecos vacíos”. Ahora bien, siguiendo el desarrollo de la novela, el castillo no es sino aquello que no comparece[8]. Por lo tanto, resulta que el aparente vacío era doblemente apariencia. Por una parte, no había vacío alguno, allí estaba el castillo, pero, por otra parte, dado que el castillo es lo que no aparece, sí que lo que apareció fue vacío. Luego la novela es el despliegue de ese aparecer (schein), el cual, en la medida en que se trata de vacío, es despliegue de lo que consiste en no-comparecer. ¿Qué posibilita ese despliegue?

Lo que narra la novela son las desventuras de K., un extranjero que llega a la aldea en calidad de “agrimensor” o “topógrafo”. Para especificar el “en calidad de qué” se presenta K. en la aldea, Kafka emplea la palabra compuesta Landvermesser. Pudiera leerse esta palabra desde aquellas que la componen como “el que mide el país” y en ese sentido, Landvermesser es quien sabe de medir el terreno, o sea, el que sabe de espacios. Por lo dicho, sabemos que lo que deja necesariamente atrás el saber del Landvermesser es precisamente aquello del saber habérselas con las cosas, a pesar de que la palabra, a partir de su composición, dice a su vez justamente eso: vermessen, medir, esto, dar y tomar la medida a las cosas y, en este caso, de este o aquel cualificado “país” o “territorio”, Land.

K., por un lado, que pretende llegar al castillo y llegar a ejercer como Landvermesser, demuestra a cada paso por la aldea no saber medir en general, en situación alguna; de hecho, es su extravagante torpeza la que lo va llevando de un sitio a otro, sin que él sepa muy bien qué espacio anda haciendo. Por otro lado, a pesar de que es el castillo el que lo ha llamado, jamás logra llegar ni al castillo ni a ejercer como Landvermesser[9]. Cabría interpretar que, en efecto, no puede (ser) porque, llegar al castillo equivaldría a llegar al vacío, a tener el saber habérselas con las cosas, a poder dar y tomar la medida, y en ese sentido, a ejercer como Landvermesser. Pero dado que es de “espacios”, de relaciones entre puntos y distancias, de lo que debe “saber” el Landvermesser, esto mismo solo es posible en la medida en que se suspendiera el espacio.

Así, el despliegue de ese aparente vacío es posible precisamente por la presencia de la figura de K., el extranjero, el que “llega al juego como desde fuera”, esto es, el que puede tener distancia como para intentar dar cuenta de él. Pues, en el mismo sentido en que K. intenta suspender el espacio, ni llega al castillo, ni tampoco ejerce como Landvermesser. Esto no hace acontecer al castillo, sino solo logra indicar su ausencia, es decir, abrir el espacio de juego del tiempo para que tenga lugar el espacio-tiempo (como abismo) del acontecer de esta y aquella otra cosa, a saber, esas mismas que constituyen la trama de la novela, de la cual K. siempre queda como al margen y al mismo tiempo incluido en ella, es decir, dentro y fuera, como theorós: Landvermesser.

Esto, igual que la fenomenología (o la filosofía), solo es posible precisamente en lo abierto por el ejercicio de distanciamiento que supone el que, por mucha apariencia de fidelidad a los hechos que tenga lo que ocurre en la novela[10], lo que se narra no puede constituir en ningún caso algo así como la crónica de nadie; no deja de ser un poema en sentido heideggeriano. Así, solo nos “creemos” la concatenación de hechos el rato que dura la lectura (o sea, la interpretación) del texto, pero esto es lo que, al mismo tiempo permite que en la novela ocurra esa suspensión del espacio que lo pone en juego, o sea, que muestra el carácter secundario del concepto, de todas formas, vigente de espacio.

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (1977). Gesammelte Schriften. Band II. 2. Unter Mitwirkung von Theodor W. Adorno und Gershom Scholem, Hrsg. von Rolf Tiedemann und Hermann Schweppenhäuser, Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag.

Benjamin, W. (1981). Benjamin über Kafka, Texte, Briefzeugnisse, Aufzeichnungen, Hrsg. von Hermann Schweppenhäuser, Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag.

Calasso, R. (1991). “Il sonno del calligrafo”, in I quarantanove gradini, Milano, Adelphi, pp. 73-94.

– (2002), K., Milano: Adelphi.

Heidegger, M. (1977). Gesamtausgabe, Bd. 5, Holzwege, Hrsg. von Friedrich-Wilhelm von Hermann, Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.

Heidegger, M. (1981). Gesamtausgabe, Bd. 4, Erläuterungen zu Hölderlins Dichtung, Hrsg. von Friedrich-Wilhelm von Hermann, Frankfurt am Main: Vitorrio Klostermann.

Heidegger, M. (1984). Gesamtausgabe, Bd. 41, Die Frage nach dem Ding. Zu Kants Lehre von den Transzendentalen Grundsätzen, Hrsg. von Petra Jaeger, Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.

Heidegger, M. (1989). Gesamtausgabe, Bd. 65, Beiträge zur Philosophie. (Vom Ereignis), Hrsg. von Friedrich-Wilhelm von Hermann, Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.

Heidegger, M. (2000). Gesamtausgabe, Bd. 7, Vorträge und Aufsätze, Hrsg. von Friedrich-Wilhelm von Herrmann, Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.

Heidegger, M. (2002), Gesamtausgabe, Bd. 8, Was heißt Denken?, Hrsg. von Paola Ludovika Coriando, Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.

Kafka, F. (1951). Das Schloß. Roman. Franz Kafka /Gesammelte Werke Hrsg. von Max Brod, Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag.

Marzoa Martínez, F. (1989). Releer a Kant, Barcelona: Anthropos.

Marzoa Martínez, F. (1991). Cálculo y ser. Aproximación a Leibniz, La balsa de Medusa, Visor.

Moreno Tirado, G. (2018). “De un vacío aparente. Una lectura de Das Schloß de F. Kafka”, Metodo. Internation Studies in Phenomenologie and Philosophie, Vol. 6, 289-316.

Pardo, J.-L. (2004). La regla del juego. Sobre la dificultad de aprender filosofía, Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Villaverde López, G. (2017). “Consideraciones en torno a la noción de estructura y la época moderna”, in AAVV, Leyte, A. (ed.), La historia y la nada. 14 ensayos a partir del pensamiento de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: La Oficina, 109-134.


  1. Este artículo ha sido posible gracias a la financiación del Programa de Financiación de la Universidad Complutense de Madrid – Santander Universidades. Así mismo, se ha encontrado bajo el auspicio y el marco del proyecto de investigación «El carácter trascendental de la hermenéutica fenomenológica y la posibilidad de la antropología filosófica» (FFI 2015-63794-P), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad español, cuyo Investigador Principal es Ramón Rodríguez García.
  2. Universidad Complutense de Madrid, España.
  3. Si bien este texto responde, en líneas generales, a lo que se defendió en el congreso, el autor ha tenido tiempo de revisar sus argumentos y organizar la exposición de otro modo. Entre tanto este trabajo dio lugar a otro artículo que este texto continúa; para este apartado, en concreto, cf. Moreno Tirado, 2018, 290-296.
  4. Y recordamos que la cuestión no es ni meramente la intuición, ni meramente el concepto, sino la sola y única cosa de lo que ambos son aspectos irreductibles entre sí, escindidos, a saber, el conocimiento (cf. Martínez Marzoa, 1989).
  5. También del tiempo, pero nos centraremos solo en el espacio.
  6. José Luis Pardo lo ha expresado en otros términos (cf. Pardo, 2004) a propósito del tiempo dialógico (el que hay en el diálogo platónico) en oposición al tiempo lógico (el que la física-matemática calcula). De ese tiempo, lo fundamental es que solo dura lo que tarda el normal trato con las cosas en volver a entrar en escena, o sea, dura el rato que Sócrates todavía no tiene que dirigirse al ágora para ser “juzgado”, o el rato entre que se toma y no la cicuta, etc. Ese tiempo distendido es el de la filosofía; este “espacio suspendido” es también el de la filosofía.
  7. Es decir, no un concepto (una regla para la construcción de figura) que pudiera valer para un número en principio indefinido de casos, sino solo un caso que solo es vigente en el caso concreto, esto es, mientras dura la descripción, el ejercicio fenomenológico.
  8. Pudiera decirse que hay una suerte de resonancia semántica en la misma palabra das Schloß con schlossen, cerrar y geschlossen, cerrado. El castillo es lo cerrado, como lo cerrado desde sí mismo es la tierra en el ensayo Die Ursprung des Kunstwerkes (Heidegger, 1977, 1-74).
  9. La novela no termina, pero sabemos que el plan de Kafka contemplaba que no lo lograra. Ello está en sintonía con que esta novela se haya leído como una alegoría o comentario al relato Vor dem Gesetz que cuenta el capellán en Das Prozeß.
  10. Los textos de Kafka son tan escrupulosamente literales que es ese exceso de literalidad lo que marca su carácter poético (cf., Moreno Tirado, 2018, 296-301). Así, no se trata de que, a pesar de la cadena lógica de implicaciones (de causas y efectos) que mueven las tramas, haya simbolismo, sino que es el que todo consiste en esa misma cadena, lo que hace que la interpretación simbólica tienda a imponerse.


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