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3.1.2. Acontecimiento, verdad y sujeto

El acontecimiento y su sitio

La cuestión central que se plantea la filosofía de Badiou es cómo puede constituirse algo diferente a lo que hay, más específicamente, cómo puede haber novedad dentro de la situación misma. En tanto lo uno no es, la ciencia del ser-en-tanto-que-ser no puede dar cuenta de una totalidad, sino que tiene que encontrarse con un impasse o lo que no es el ser-en-tanto-ser, esto es, el acontecimiento del que se ocupa la segunda parte de L’Être et l’Événement.

En primer lugar, Badiou plantea que el lugar de pensamiento de aquello que no es el ser no es la estabilidad de la naturaleza y, por ende, no se encuentra en las multiplicidades naturales o “normales”, sino en un lugar opuesto que él designa lo histórico. Así como se concibe a la naturaleza como el reinado de la normalidad, concibe a la historia como la omnipresencia de la singularidad, aquello que la metaestructura no puede capturar. En efecto, este lugar a-normal se halla en las multiplicidades llamadas singulares, las cuales están presentadas, pero no representadas, son “elementos” pero no partes. Esto significa que al menos uno de los múltiples que componen a este múltiple presentado, no son términos de la situación y permanecen impresentados. Una imagen concreta de esta clase de múltiple es para Badiou un agrupamiento familiar que es presentado en la situación pero que, a la vez, contiene un miembro clandestino (tal como puede pasar con una familia inmigrante en Francia). En tal caso la familia ya no está representada y este carácter la singulariza.

Badiou denomina sitio de acontecimiento a un múltiple que cumple totalmente esas características de anormalidad. Se trata de un múltiple en situación que está presentado, pero ninguno de los elementos que le pertenece es, a su vez, presentado. En consecuencia, el sitio pertenece a la situación, pero no está incluido como parte en ella (EE: 197). En tal caso, los miembros de la familia del ejemplo anterior serían todos clandestinos desde el punto de vista del estado, no contados por su opacidad[1].

Desde la perspectiva de la situación, el sitio está “al borde del vacío” (es un “abismo”) porque los múltiples que lo componen no están presentados en ella. Es el mínimum concebible del efecto de estructura ya que, por así decirlo, “por debajo” del sitio no hay nada. Asimismo, el sitio de acontecimiento es “fundador”, en el sentido de que es un múltiple que no puede ser descompuesto ni resulta de una combinación interna a la situación.

Badiou señala que el concepto de sitio de acontecimiento no es un absoluto porque un múltiple puede ser singular en una situación y normal en otra, esto puede variar. Asimismo, es posible que un sitio de acontecimiento pueda terminar por sufrir una normalización por parte del estado de la situación (es decir, la familia del caso anterior podría dejar de ser clandestina y ser incluida por el Estado) (EE: 198). Es decir, los sitios de acontecimientos son necesarios para que haya historicidad, pero esta historia es “naturalizable”. Esto marca una disimetría entre naturaleza e historia, puesto que los múltiples naturales conservan sus propiedades en cualquier situación y son imposibles de singularizar (de ese modo, Badiou rechaza el isomorfismo entre naturaleza e historia promulgado por el materialismo dialéctico).

La idea es entonces que no hay sitio “en sí”, sino que un múltiple únicamente puede ser un sitio en relación con la situación específica en la que es presentado (mientras que sí hay situaciones “globalmente” naturales). Los sitios de acontecimientos son como puntos al interior de una situación, donde algunos múltiples, pero no todos, están al borde del vacío. Por eso, la ontología badiouana permite pensar la historicidad local de estos múltiples; pero, al igual que se afirmó en TS, no hay una Historia como el despliegue de una totalidad (tal como se pensaba el hegelianismo o el marxismo ortodoxo). A la hora de pensar la política revolucionaria, esta tesis tiene como consecuencia desechar la idea de que los acontecimientos son fruto de un estado de conmoción total, ya que para Badiou toda transformación se origina en un sitio, en un punto dentro de una situación (EE: 199).

En suma, en contraposición a la homogeneidad estructural de las situaciones naturales que ocultan las inconsistencias, Badiou denomina históricas a las situaciones que admiten cierta heterogeneidad inmanente (en ellas hay al menos un sitio de acontecimiento): “No es sino en el punto de la historia, en la precariedad representativa de los sitios de acontecimiento, que se va a revelar, al azar de un suplemento, que el ser múltiple inconsiste” (EE: 200).

El acontecimiento es un suplemento de la situación que va a ser el tema entonces de una construcción conceptual de Badiou teniendo en cuenta todas las definiciones ya desplegadas en su libro. En primer término, sostiene que el acontecimiento es localizable, es decir, concierne a un múltiple situado en un punto que concentra la historicidad de la situación (no puede concernir de inmediato a la situación en conjunto). Este múltiple es el “sitio de acontecimiento”, propio de las situaciones históricas. Esto significa que en otra clase de situaciones (las naturales o neutras) no hay acontecimientos, sino sólo hechos[2].

El segundo rasgo del acontecimiento es su contingencia. La determinación local de un sitio es condición de posibilidad para que haya un acontecimiento, pero, al mismo tiempo, no lo garantiza. En una situación histórica, aún si hay un sitio, es factible que el acontecimiento no se produzca. Por esta razón, un sitio o situación histórica solo puede ser calificado como sitio “de acontecimiento” de modo retroactivo, por el mismo acontecimiento (EE: 202).

De este modo, Badiou crítica los determinismos del cambio que creen poder deducir de la existencia de un sitio la necesidad del acontecimiento. Como ejemplo, se puede pensar en su posición clásica contra las posturas marxistas (economicistas u obreristas) que pretenden deducir la política de la economía o lo social. Para él, la presencia objetiva (económica y socialmente) de una clase obrera productora, pero que inexiste políticamente en el marco del Estado al servicio de la burguesía, no puede garantizar el acaecer de la revolución proletaria.

En términos de la ontología badiouana, el acontecimiento se describe como un múltiple compuesto por todos los múltiples que pertenecen a su sitio y por sí mismo, el propio acontecimiento (EE: 203). Para dar una imagen concreta de esta definición en relación con un suceso histórico que se suele considerar un acontecimiento, Badiou aborda “La Revolución Francesa”. Por una parte, este acontecimiento es todo lo que compone su sitio, lo cual sería la Francia entre 1789 y 1794. Esta perspectiva suele incluir en su definición a todos los actores implicados (los tradicionales y los nuevos) y las particularidades de la situación económica y social de esta época. Efectuar esta clase de inventario cuantitativo y controlable de los “elementos” del sitio es la operación típica del historiador que, desde una pretendida neutralidad, descompone así a un acontecimiento político como lo fue esta Revolución.

La indicación clave de Badiou para evitar que la unidad del acontecimiento se diluya en esta diseminación insípida de elementos es que la propia “Revolución” constituya un término decisivo de la Revolución misma como acontecimiento, de modo que toda la complejidad del sitio se filtra a través de su calificación de acontecimiento. “La Revolución francesa” es ella misma un resumen inmanente y marca-de-uno de la multiplicidad de rasgos y hechos que la componen (EE: 203)[3]. Para Badiou, el acontecimiento revolucionario, aún cuando sólo pueda ser interpretado como tal retroactivamente –como sucede con todo acontecimiento–, excede el mero recuento de los términos de su sitio, si bien presenta esa enumeración.

(E)l acontecimiento es precisamente ese múltiple que, a la vez, presenta todo su sitio y, a través del significante puro de sí mismo, inmanente a su propio múltiple, llega a presentar a la presentación misma, esto es, lo uno de lo múltiple infinito que él es (EE: 204).

En este punto, hay que subrayar que, así como Badiou señaló que la ontología admite una doctrina de los múltiples naturales (llamada teoría de los ordinales); no sucede lo mismo con la doctrina del acontecimiento. La teoría del ser en el sistema ZF contiene un “axioma de fundación” (también llamado de “regularidad”) que prohíbe que la existencia de múltiples fundados por sí mismos, uno de los rasgos del acontecimiento. En consecuencia, Badiou considera al acontecimiento el primer concepto “exterior” a la ontología matemática (EE: 207).

Finalmente, Badiou plantea cuál es la relación del acontecimiento con la situación de la que emerge, lo cual implica examinar sus elementos. Por un lado, bajo la hipótesis de que el acontecimiento pertenece a la situación, lo haría de una forma especial porque trataría de un múltiple singular que pertenece a la situación, pero que no sería parte de ella, dado que no puede ser captado por el estado de la situación. Sin embargo, si perteneciera a la situación, el acontecimiento no estaría al borde del vacío como lo está su sitio, puesto que el primero se distingue conceptualmente del segundo, al interponerse él mismo entre su sitio y el vacío. Es decir, el acontecimiento no coincide con su sitio ya que, si bien su advenimiento moviliza los elementos de su sitio, también agrega su propia presentación. Esta pertenencia del acontecimiento a sí mismo constituye un rasgo fundamental de reflexividad que Badiou denomina ultra-uno: “porque el solo y único término del acontecimiento que asegura que no está al borde del vacío, como su sitio, es el uno-que-él-es. Y él es uno, puesto que suponemos que la situación lo presenta, por consiguiente, que cae bajo la cuenta-por-uno” (EE: 205).

Por otro lado, si se adopta la hipótesis de que el acontecimiento no pertenece a la situación, él no presenta nada desde la perspectiva de esa situación y su nombre denotaría el vacío (por ejemplo, la “Revolución Francesa” sería una palabra que no refiere a nada presentado). Lo crucial aquí es entonces que la respuesta a la pregunta de si el acontecimiento es o no es un término de la situación en la que tiene su sitio es, según él, indecidible desde el punto de vista de la situación en sí. Esta indecibilidad del acontecimiento alude a su doble función: “Por una parte, el acontecimiento connotaría el vacío; por otra, se interpondría entre sí mismo y el vacío” (EE: 206). Esta tensión es lo que deberá confrontar aquello que se denominará intervención.

Por otra parte, inspirada en el poema de Mallarmé Un golpe de dados, Badiou esboza una caracterización más de tipo fenomenológica del acontecimiento (pues, para él, la poesía es pensamiento de lo sensible), similar a sus anteriores descripciones en TS del clinamen y de la propia la escritura mallarmeana[4]. Como bien señala Bosteels, en la filosofía de Badiou la escritura poética mallarmeana no es sólo un acontecimiento artístico, sino que el propio Mallarmé es citado al nivel de una especie de “teórico del acontecimiento” (Badiou, E2003c: 71). En ese sentido, el acontecimiento es descripto como una ocurrencia aleatoria y evanescente (no es algo sustancial) a la cual el poema sólo alude con la puesta en escena de su indecibilidad esencial mediante una serie de figuras metafóricas (es decir, el acontecimiento abolido sólo podrá ser reconocido a través de estos vestigios o huellas). Empero, vale destacar que, para Badiou, ese carácter indecidible es un atributo racional del acontecimiento que no debe alimentar el nihilismo ni la creencia en la inutilidad de la acción. Por el contrario, él hace un llamamiento a tener el coraje de apostar por su existencia en la situación y declarar que el acontecimiento “ha tenido lugar”. Esta cuestión del reconocimiento del acontecimiento es lo que se explora a partir del próximo apartado.

La intervención a favor del acontecimiento

El acontecimiento es intrínsecamente indecidible desde el punto de vista de la situación, por lo cual sólo lo que Badiou llama una intervención de interpretación podrá sostener que el acontecimiento pertenece a la situación, como advenimiento del no-ser al ser. En efecto, decidir esta pertenencia consiste en una apuesta que nunca es legítima, en tanto excede las reglas de la estructura de la situación. Por lo tanto, se pueden conocer las consecuencias del acontecimiento, pero nunca remontarlo a alguna necesidad u origen fundado anteriormente a su aparición: “Como lo dice Mallarmé, apostar a que algo haya tenido lugar, no puede abolir el azar de ese haber-tenido-lugar” (EE: 225).

Formalmente, Badiou define a la intervención como un “procedimiento por el cual un múltiple es reconocido como acontecimiento” (EE: 226)[5]. Según indica, la intervención requiere cierta dosis de separación previa respecto de la situación, ya que ella no proporciona los elementos para organizarlo (si así fuera, el acontecimiento no sería allí indecidible); y menos aún tiene vínculo con el estado de la situación, dado que el acontecimiento, al producirse en un sitio (un múltiple al borde del vacío), no está contenido como parte por la segunda cuenta que concierne al estado.

En el ámbito de la ontología, se desconoce el acto de intervención ligado al acontecimiento, pero Badiou considera que sí puede pensarse el ser de la intervención a través del “axioma de elección” formulado por Ernst Zermelo. Este axioma hace referencia a la posibilidad de una “intervención” en el dominio de los conjuntos para crear otro conjunto compuesto con los elementos del conjunto inicial.

En general, pensar la intervención es empezar a pensar el factor subjetivo sin el cual ningún acontecimiento podría efectivizarse. Por lo visto hasta aquí, el reconocimiento del acontecimiento posee dos aspectos. Primero, un múltiple es designado como acontecimiental[6]; segundo, se decide que dicho múltiple pertenece a la situación. El problema, como señala Badiou, es que estos dos sentidos de la intervención parecen contradictorios porque el segundo sentido suprimiría al primero: si un atributo del acontecimiento es ser indecidible, la decisión sobre su pertenencia lo anula como acontecimiento y lo convierte en un término más. Es decir, la decisión se auto-anularía.

Apenas tomada la decisión, lo que hacía que hubiera lugar para la decisión desaparece en la uniformidad de la presentación-múltiple. Se trataría de una de las paradojas de la acción, cuya llave es la decisión; pues aquello a lo que se aplica y que es la excepción de un azar es devuelto, por el mismo gesto que lo designa, al destino común, y sometido al efecto de la estructura (EE: 226).

La intervención, por tanto, no logra retener la marca de aquella excepcionalidad que la suscita. Lo que Badiou denomina la “paradoja” de la intervención reside en que en ella no pueden separarse los dos sentidos descriptos.

Por un lado, reconocer a un múltiple como acontecimiento supone que ya ha sido nombrado, dado que ese significante supernumerario es considerado como elemento de su propio múltiple. Este acto de nominación del acontecimiento no constituye su advenimiento, pero sí lo hace susceptible de una decisión en cuanto a su pertenencia a la situación.

En el campo abierto por una hipótesis interpretativa, cuyo objeto presentado es el sitio […] y que concierne el ‘hay’ del acontecimiento, la esencia de la intervención consiste en nombrar ese ‘hay’ y desplegar las consecuencias de esta nominación en el espacio de la situación a la que pertenece el sitio (EE: 227)[7].

La intervención conecta a este múltiple paradójico que es el acontecimiento con su significante y, de ese modo, abre la posibilidad de su pertenencia a la situación. Ahora la pregunta es con qué recursos de la situación se puede efectuar la nominación que caracteriza a la intervención. En principio, la nominación no puede efectuarse con ningún término presentado de la situación, ya que eso difuminaría el carácter impresentable del acontecimiento. Tampoco el sitio puede nombrar al acontecimiento porque es un término de la situación que lo posibilita, pero no lo garantiza (por ejemplo, el sitio histórico Francia antes de la Revolución Francesa sólo deviene un sitio de acontecimiento retroactivamente, es decir, sólo una vez ocurrida la revolución es posible calificar a la situación previa de Francia de ese modo). Por ende, para Badiou aquello que la situación ofrece como apoyo para la nominación del acontecimiento no debe ser lo que presenta, sino lo que ella impresenta del sitio:

La intervención tiene como operación inicial hacer el nombre de un elemento impresentado del sitio, para calificar el acontecimiento del que ese sitio es el sitio […]. El nombre del acontecimiento se extrae del vacío en cuyo borde se sostiene la presentación intrasituacional de su sitio (EE: 228).

El nombre del acontecimiento es un nombre anónimo del cual sólo se puede decir que pertenece al sitio. Además, señala Badiou, esta nominación es ilegal desde el punto de vista de estado de la situación: “como la intervención deduce el significante supernumerario en el vacío que bordea al sitio, la ley estatal allí se interrumpe” (EE: 230). En efecto, si bien se puede considerar al término del sitio que designa al acontecimiento como un “representante” del sitio en un sentido general y anónimo, desde la estricta legalidad de la situación y su estado esta nominación no es admisible como una representación. El gesto de la intervención se condensa entonces en la elección de una nominación supernumeraria respecto de la lengua de la situación (Wahl, 2003: 14).

En este punto, vale anticipar la aclaración de Badiou de que la nominación del acontecimiento no es pura arbitrariedad ni se extrae de cualquier parte ya que, si bien designa lo impresentado, se trata de lo impresentado de un sitio de acontecimiento dentro de una situación específica; es decir, el nombre no se extrae de un vacío en general, sino de un vacío ligado a dicho sitio. En resumen, la nominación se sustrae a las significaciones establecidas y por eso puede tener un matiz “poético”, pero no a la localización (Badiou, 1989b: 258).

Por otra parte, Badiou señala que, si bien la intervención decide la pertenencia del acontecimiento a la situación, ella continúa siendo en sí misma permanentemente indecidible desde la perspectiva de dicha situación: “…seguirá siendo siempre dudoso que haya habido acontecimiento, salvo para el que interviene, que decide su pertenencia a la situación” (EE: 231). Este “salvo” es fundamental. El acontecimiento es afirmado mediante una declaración sin garantías (una apuesta) por parte de quien interviene, aunque Badiou no utilice aún el concepto de sujeto[8]. Sin esta intervención de “alguien” desde el interior de lo impresentado en su propio sitio no habría acontecimiento (pues su reconocimiento decisivo no procede del exterior). La intervención que hace reconocible al advenimiento azaroso de un acontecimiento es indecidible, y se atestigua en sus consecuencias: “De este modo, el que interviene puede ser, a la vez, completamente responsable de las consecuencias reguladas del acontecimiento, y absolutamente incapaz de jactarse de haber desempeñado un papel decisivo en el acontecimiento” (EE: 232). Por eso, el filósofo francés subraya que el acontecimiento en sí mismo no tiene héroes, pero, una vez ocurrido, exige de quienes apuestan por él una exigente disciplina en torno a sus consecuencias.

La fidelidad como procedimiento de vinculación con el acontecimiento

El problema en relación con el acontecimiento reside en que sus consecuencias no son discernibles como tales en la estructura, es decir, como propiamente acontecimientales, lo cual se vincula con la mencionada indecibilidad a la que se enfrenta permanentemente la intervención. Para asegurarse entonces de que dichas consecuencias sean acontecimientales, se requiere manejar esa incertidumbre mediante lo que llama un procedimiento [procédure] de fidelidad[9]: “…esa indecibilidad tiene como único fundamento una disciplina del tiempo, que controla por entero las consecuencias de la puesta en circulación de lo múltiple paradójico, y que sabe en todo momento discernir su conexión con el azar. Llamaré fidelidad a ese control organizado del tiempo” (EE: 236). Al organizar este despliegue de las consecuencias del acontecimiento en una situación, la fidelidad organiza temporalmente la relación (dialéctica) entre el ser y el acontecimiento, es decir, los procedimientos de fidelidad instituyen el tiempo (en oposición a la eternidad del ser). De este modo, la novedad en Badiou es pensada como fruto de un procedimiento reglado post-acontecimiento. Luego de la intervención, es menester definir el concepto de fidelidad:

Llamo fidelidad al conjunto de procedimientos por los cuales se discierne, en una situación, a los múltiples cuya existencia depende de la puesta en circulación de un múltiple acontecimiental, bajo el nombre supernumerario que le confirió una intervención. En suma, una fidelidad es el dispositivo que separa, en el conjunto de los múltiples presentados, a aquellos que dependen de un acontecimiento. Ser fiel es reagrupar y distinguir el devenir legal de un azar (EE: 259).

El procedimiento de fidelidad es entonces una operación (no es un término-múltiple de la situación) situada que depende de la ocurrencia de un acontecimiento singular dentro de una situación. En tanto operación, la fidelidad (al igual que la cuenta-por-uno) es evaluable por su resultado: la cuenta de los efectos reglados del acontecimiento, es decir, su existencia se verifica en los múltiples agrupados por ella con la marca del acontecimiento. Aquello que la fidelidad discierne y reagrupa son múltiples presentados, es decir, opera contando o reuniendo partes de la situación. Por eso, Badiou sostiene que la fidelidad opera en el mismo terreno que el estado de la situación y puede entenderse como un contra-estado o sub-estado.

En términos abstractos, señala que, una vez puesto en circulación el significante ax de un acontecimiento, “el procedimiento de fidelidad consiste en disponer de un criterio relativo a la conexión o no conexión de cualquier múltiple presentado con este elemento supernumerario ax” (EE: 260). De acuerdo con ese criterio, el procedimiento de fidelidad realiza constataciones sobre cada múltiple para establecer si depende del acontecimiento o no. Vale subrayar aquí, como lo hace Badiou, que el criterio utilizado en cada procedimiento de fidelidad puede ser diverso incluso en relación con un mismo acontecimiento, lo cual daría lugar a resultados diferentes y, por ende, a diferentes formas de fidelidad (por ejemplo, la diferente forma, trotskista o estalinista, de ser consecuente con la Revolución Rusa).

Una vez aclarado esto, Badiou denomina indagaciones [enquêtes] a la serie de constataciones respecto de qué múltiples presentados están conectados con el acontecimiento[10]. De ese modo, una indagación es un momento finito, un estado determinado, del procedimiento de fidelidad, el cual puede entonces ser aprehendido a través de estos momentos o resultados provisorios. Es decir, el ser de una fidelidad se podría establecer a partir del conjunto de los múltiples que ella indagó como dependientes del acontecimiento. Desde el punto de vista del estado, este agrupamiento finito constituye la parte de la situación de los múltiples conectados al acontecimiento.

Empero, para Badiou esta mirada es una aproximación “grosera” al potencial ilimitado de una fidelidad. Si bien pensada en su ser efectivo la fidelidad es finita, pues su resultado (provisorio) es siempre una parte determinada; pensada en su no-ser (como operación), la fidelidad es un procedimiento infinito sobre la infinitud de la situación y su presentación. “A la situación donde se juegan las consecuencias del acontecimiento corresponden, para una fidelidad, por una parte, el uno-finito de una representación efectiva y, por otra, el infinito de una presentación virtual” (EE: 263). A nivel de la presentación, el procedimiento la fidelidad excede cualquier resultado que la exhibe a nivel del estado de la situación (de la representación) como ser-finito, en tanto que todos los múltiples presentados están disponibles para su evaluación.

Además, el procedimiento de fidelidad también se puede separar del estado en cuanto su operador de conexión se vincula con un acontecimiento singular y no tiene ningún vínculo sui generis con las relaciones ontológicas fundamentales, la pertenencia y la inclusión, que remiten al estado. Empero, ese operador de fidelidad sí puede tener una relación de mayor o menor “proximidad” con estas conexiones ontológicas, lo cual habilita a Badiou a definir una “tipología de las fidelidades al acontecimiento” usando un vocabulario político militante.

En primer lugar, la fidelidad espontaneísta sostiene que sólo los múltiples del sitio de acontecimiento están conectados al acontecimiento, es decir, participan exclusivamente del acontecimiento quienes han pertenecido a él desde el principio. Esta postura de sostener que un múltiple sólo le pertenece al acontecimiento está conectado a él tiene por resultado una parte de la situación conformada únicamente por el acontecimiento (su singleton). Se equipará así la visión estatal que reconoce como parte del acontecimiento a este singleton[11].

En segundo lugar, la llamada fidelidad dogmática invierte el espontaneísmo al pretender que todos los múltiples presentados en la situación, sin importar su naturaleza, dependen del acontecimiento, por lo cual no admite ninguna indiferencia ante él. Su resultado es agrupar en relación con el acontecimiento a toda la situación enumerable por el estado. Se aprecia entonces, como subraya Badiou, que, a pesar de sus diferencias, los resultados de las fidelidades espontaneísta y dogmática son en su ser semejantes a funciones estatales[12].

Por el contrario, lo que Badiou denomina fidelidad genérica tiene como resultado una parte de la situación que el estado no puede comprender porque no se corresponde con ninguna función definida de éste. Como señala Feltham (2008: 114), esta clase de fidelidad “comienza bajo una premisa de incertidumbre respecto de cuáles múltiples están realmente conectados al acontecimiento y continúa vía la apuesta de que descubrirá algunos múltiples que están conectados”. De ese modo, el operador habilita conexiones y agrupaciones insospechadas para el Estado y, a la vez, admite la posibilidad de que, a nivel local, ciertos múltiples permanezcan indiferentes, al punto de que esta clase de fidelidad no institucional puede pensarse para Badiou como un “contra-estado”. En efecto, la nueva legalidad y la división que se instituye sobre la situación primitiva, la reorganizan al punto de que puede juzgarse que lo que esta fidelidad construye (mediante sucesivos estados finitos) es otra situación (EE: 265).

Al mismo tiempo, Badiou reconoce el peligro de la ontologización de esta otra situación que construye la fidelidad, en tanto siempre es tentador para los múltiples agrupados (provisoriamente) por este procedimiento considerar que constituyen el propio cuerpo del acontecimiento, la encarnación efectiva del acontecimiento en la situación[13]. Para ser más claros, el peligro con este cuerpo no sería la institucionalización en sí (pues podría pensarse como la materialización de un proceso subjetivo, como en TS), sino que él se arrogue una autoridad especial y se “entronice” al considerarse el único heredero del acontecimiento.

Por último, una pregunta fundamental planteada por Badiou es en qué medida un acontecimiento (y su sitio) prescribe un tipo de fidelidad determinada (una fidelidad espontaneísta, dogmática o genérica), ya que desde la teoría mayormente abstracta desplegada hasta aquí no es seguro afirmar esa ligazón. Por ejemplo, un Estado moderno o un Partido-Estado puede legitimarse proclamando su continuidad con las máximas de acontecimiento revolucionario (la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, etc.), pero la cuestión aquí es cómo establecer si una institución tiene realmente ese vínculo con el acontecimiento. Badiou señala entonces que si el operador de conexión está desvinculado del suplemento-acontecimiento que lo ha convocado, se revela como otro suplemento de la situación y, en ese sentido, como un segundo acontecimiento.

Asimismo, hay que notar que cuanto más alejado se halle el operador de fidelidad de las funciones estatales, es decir, en cuanto sea más genérico o menos “institucional”, más innovador resultará en relación con la situación a la que subvierte (EE: 267).

En suma, resulta dificultoso establecer el vínculo entre el acontecimiento (con su intervención) y el proceso de fidelidad que despliega sus consecuencias en una situación. Por eso, si bien antes ya aludió a la intervención que reconoce al acontecimiento, la cual tiene que ser efectuada por “alguien”, Badiou introduce en este punto de su libro el concepto de sujeto como el proceso de la juntura de ambos aspectos: “llamaré sujeto al proceso de ligazón entre el acontecimiento (por lo tanto, la intervención) y el procedimiento de fidelidad (por lo tanto, su operador de conexión)” (EE: 266)[14].

La fidelidad deductiva

Como ya se indicó, la matemática como ciencia del ser no puede elaborar el concepto de acontecimiento, pero sí hay acontecimientos internos a su propia historia (en la ontología como situación de pensamiento) a los que es preciso ser fiel. En ese sentido, Badiou describe a la deducción como el operador de fidelidad ontológico-matemático, una operación que permite el encadenamiento de enunciados fieles a los acontecimientos matemáticos.

En este punto, vale notar, como señala Madarasz (2011: 50-51), que en EE para Badiou todavía no se plantea un conflicto por combinar a la ontología matemática con una lógica. Por eso, la tensión en EE entre la ley del ser múltiple y el procedimiento de fidelidad que interviene en conjuntos locales (según el axioma de elección) encuentra su lógica en las reglas de inferencia de la “lógica clásica” con las que opera deductivamente la fidelidad ontológica[15].

Badiou señala que la deducción, a partir de axiomas, encadena enunciados coherentes entre sí a través de reglas básicas como el modus ponens y la generalización. Asimismo, estas dos reglas de conexión dan lugar a procedimientos de inferencias entre esta clase de enunciados que tienen un alcance más amplio. Por un lado, el razonamiento hipotético para demostrar una hipótesis primero la supone como axioma en una situación ficticia, obtenida por un suplemento, donde se operan deducciones que luego permiten incorporarla y reordenar la situación efectiva. Por su parte, en el razonamiento por el absurdo se considera equivalente la afirmación a la doble negación (lo cual es admisible para la lógica clásica, pero rechazado por el intuicionismo y el constructivismo). En consecuencia, para demostrar la verdad de A, puede suponerse la de su contradictorio no A, para luego extraer a través de dicha suposición la demostración de algún absurdo que afirme la verdad inicial. En suma, se ve que ambos razonamientos comienzan planteando hipótesis y situaciones ficticias de maneras similares.

Sin embargo, en contraposición a la seguridad del razonamiento hipotético (que encadena enunciados deducidos hasta arribar el enunciado que se pretende establecer), la forma de proceder del razonamiento por el absurdo consiste para Badiou en una “aventurada peregrinación en el desorden”: “…instala, de entrada, la ficción de una situación que supone incoherente, hasta que esa incoherencia se manifieste, al azar de un enunciado que contradiga un resultado ya establecido” (EE: 281). Es decir, en este procedimiento se da la paradoja de que se practican deducciones rigurosas en el mismo lugar en el que reina la incoherencia, pues su punto de partida es hipotetizar la negación de lo que se busca afirmar hasta encontrarse con una contradicción insalvable: “Esta combinación del celo de la fidelidad y del azar del encuentro, de la precisión de la regla y la conciencia de la nulidad de su lugar de ejercicio, es el rasgo más llamativo del procedimiento” (EE: 281).

Por otra parte, en el campo de la fidelidad ontológica, Badiou encuentra nuevamente las tres posibles determinaciones de toda fidelidad (dogmática, espontaneísta y genérica). En primer lugar, la fidelidad deductiva es dogmática en el sentido de que exige la coherencia demostrativa, es decir, que todo nuevo enunciado esté conectado con los ya establecidos. En un segundo sentido, es espontaneísta porque lo que caracteriza a un nuevo teorema no puede ser su equivalencia con cualquier enunciado, sino su carácter singular, como acontecimiento, por el cual puede reordenar los enunciados existentes. En efecto, conceptualmente un gran teorema no está conectado más que consigo mismo, lo cual se expresa en su designación a través del nombre propio del interventor-matemático que lo puso en circulación.

Por último, la fidelidad deductiva es llamada genérica puesto que

…procura tramar, a partir de las invenciones, las revisiones, los cálculos, y en el aventurado uso del absurdo, son esos enunciados polimorfos y generales situados en el cruce de diversas ramificaciones, cuyo estatuto es concentrar en ellos mismos, en diagonal con las especialidades establecidas (álgebra, topología, etc.), la matematicidad (EE: 283).

Desde esta perspectiva, adoptada por Badiou en EE, se privilegian los enunciados matemáticos innovadores, a la vez que se vigila de que su carácter singular no les impida tener el alcance general que permita desplegar nuevas posibilidades sobre la situación matemática.

Pensar el impasse de la ontología

Luego de haber abordado el concepto de acontecimiento y la intervención, Badiou se ocupa de lo que llama el impasse del ser, el cual designa a la distancia entre pertenencia e inclusión y es clave para poder (re)pensar después a los conceptos de verdad y sujeto bajo nuevas bases filosóficas. Este abordaje comienza con un examen ontológico del concepto de cantidad, con el propósito de empezar a pensar la medida de esa separación o de ese exceso.

En un primer momento, parece obvio que el ser no es cuantificable porque él admite la existencia de multiplicidades infinitas que serían inconmensurables. Sin embargo, Cantor inventó en el campo de la matemática un procedimiento de comparación de los múltiples infinitos basado en la correspondencia o emparejamiento entre los términos de un múltiple y otro. De este modo, en contra de toda intuición, puede demostrarse que lo que está incluido es “tan numeroso” como aquello en lo que se incluye (por ejemplo, el conjunto de los números pares es tan numeroso como el conjunto de los números enteros).

El llamado “Teorema de Cantor” permite distinguir cantidades infinitas diferentes, es decir, infinitos “más grandes” y “más pequeños” (piénsese, por ejemplo, que el conjunto infinito de los números enteros es menor que el conjunto infinito de los números decimales). Como subraya Badiou, de este modo, la milenaria concepción de lo infinito como algo único e incuantificable se deshace ante la invención cantoriana que exhibe una proliferación de infinitos cuantificables y reconfirma la ruina de lo Uno en la ontología (EE: 303)[16].

El uso del “Teorema de Cantor” permite comparar la relación cuantitativa o de potencia entre el múltiple de una situación y su estado, en tanto se sabe por el “Teorema del punto de exceso” que ellos no son idénticos entre sí. El resultado, señala Badiou, es la demostración que el cardinal del conjunto de las partes es cuantitativamente superior al cardinal de su conjunto inicial, es decir, que la potencia del estado excede a la de la situación. Por lo tanto, el estado de la situación, además de diferenciarse de la situación, la domina por su mayor potencia (EE: 306). Empero, el punto clave para Badiou aquí es que no se puede determinar en cuanto el estado excede a la situación, aún cuando se posea un conocimiento cuantitativo de esta última. Si se intenta medir ese exceso, se revela que hay un errar o desmesura del estado respecto de una situación. Esta medida sólo puede estimarse a través de una decisión arbitraria que oscila inevitablemente entre la sobreestimación y la subestimación, es decir, hay una apuesta sobre la potencia cuya principal consecuencia para Badiou es introducir lo aleatorio en el campo de la ontología (EE: 309).

En relación con este tema de la relación de magnitud entre la presentación y la representación, Badiou indica que el “Teorema de Easton” (publicado en 1970) establece el errar casi total del exceso del estado sobre la situación al demostrar que el cardinal del primero puede tomar cualquier valor superior al cardinal inicial. Es así que entre estructura y metaestructura se abre una brecha (lo real de la ontología) que únicamente puede ser cerrada mediante una elección arbitraria, sin concepto. La cantidad, paradigma de la objetividad, conduce paradójicamente a la subjetividad pura de la elección (EE: 311).

En ese sentido, para Badiou, quien considera que ser y pensamiento están anudados, esta imposibilidad en el ser (es decir, que no haya medida cuantitativa de la desrelación entre una situación y su estado) se traduce en la inagotabilidad del pensamiento del ser. La ontología establece que hay un errar del ser, pero la meta-ontología que orienta al pensamiento insiste en la tentativa de tratar o medir ese errar, es decir, en cuanto el estado excede a lo inmediato: “Un pensamiento no es otra cosa que el deseo de poner fin al exorbitante exceso del estado” (EE: 314). Badiou afirma así que hay un inconformismo inherente al pensamiento frente a la injusticia innumerable del estado que impide que el ser pueda ser dicho con exactitud, y resume las tentativas de reparar esta dificultad en tres “orientaciones del pensamiento”, las cuales hacen inteligibles tres tipos de ser (todos compatibles con la ontología matemática).

La primera es la orientación constructivista (también denominada “gramática” o “programática”) que se basa en la doctrina de los conjuntos constructibles creada por Gödel en 1938 que valida la llamada “Hipótesis del Continuo” [17] de Cantor dentro de la teoría de lo múltiple. Para la visión constructivista la des-mesura estatal proviene de una falta de la lengua, por lo cual restringe la inclusión a lo que una lengua “bien formada” admite nombrar de ella. Es decir, aquí el estado sólo reconoce y cuenta como partes aquello que los recursos de la situación, su lengua, le permiten distinguir. “Lo que no puede ser distinguido por una lengua bien hecha, no es” (EE: 315). Desde esta perspectiva, la lengua es la ley del ser y lo que ella no pueda discernir se considerará idéntico (no hay indiscernibles). El resultado esperable es, en fin, la adecuación del estado a la situación.

Una segunda orientación, llamada por Badiou trascendente, establece un punto de detención al errar del ser. A partir de la doctrina matemática de los grandes cardinales se procura encauzar la desmesura distinguiendo en la presentación un infinito gigantesco, una “superexistencia” que clausura un orden jerárquico y totalizante que enmarca lo que hay.

La tercera orientación es la genérica, basada en la teoría de los conjuntos genéricos creada por Paul Cohen, considera que el pensamiento debe forjar los medios para aprehender lo indistinguible o indiscernible. A la inversa de las orientaciones anteriores, no se intenta reducir o controlar el misterio del exceso, sino de alcanzarlo: “Se afirma que lo representativo de una situación no es lo que le pertenece, sino lo que está incluido evasivamente en ella” (EE: 315). Es decir, aquello que está invisibilizado en la situación es lo que la define verdaderamente. Por lo tanto, su objetivo es desarrollar una teoría de los indiscernibles que permita pensar las partes anónimas o indefinidas.

Al mismo tiempo, Badiou reconoce que la orientación constructivista subyace en el pensamiento dominante acerca del arte, la ciencia y la política. En efecto, esto se observa en la visión neoclásica del arte que se opone a los sinsentidos de las figuras del arte “moderno”, así como también en la epistemología positivista que pretende que la ciencia construya un lenguaje que se atenga a los hechos observables[18]. En el caso de la política, central en esta Tesis, la orientación constructivista se “traduce” en una postura programática o reformista que considera que toda proposición política tiene la forma de programas cuyo agente de realización es el Estado. En efecto, todo programa es un procedimiento de construcción que debe ser admisible por la lengua estatal (por ejemplo, la democracia capitalista). En ese marco, la política se concibe como un debate moderado sobre “lo posible” en el campo del Estado al que deben circunscribirse los ciudadanos, de modo que ellos no actúan políticamente más allá de la lengua y del exceso de potencia estatal[19].

Sin embargo, más allá de estas tres orientaciones de pensamiento ancladas en teorías matemáticas, Badiou se interesa por una cuarta orientación, para la cual el impasse ontológico no puede ser pensado por la ontología ni por la filosofía especulativa, sino a partir de lo que está más allá de ellas, desde la perspectiva de los acontecimientos (el “trans-ser”) y de la intervención. Esta “doctrina del acontecimiento” que el filósofo francés remite a Marx y Freud[20], consiste en atender a la desmesura mediante una intervención sin garantías. Los acontecimientos, como señala Feltham (2008: 96), son precisamente la muestra de la inconsistencia del ser que desnaturaliza y pone en evidencia el exceso del estado sobre su situación, abriendo paso a un procedimiento de verdad en el que participa un sujeto. Como se verá luego, esta idea será de utilidad para pensar los procesos de la política en una situación y su relación con el Estado.

Los principios y las limitaciones del pensamiento de lo constructible

El pensamiento constructivista, ante el “hiato del ser” ya descripto, exhibe la tentativa de acordar que los representantes estén también siempre presentados. Sin embargo, como señala Badiou, esto es impracticable, ya que, si la representación es la mera duplicación de la presentación, y el “Teorema del punto de exceso” dicta que es imposible abolir la distancia entre una situación y su estado. En la orientación de pensamiento constructivista subsiste la nostalgia de esta opción apoyándose en las constricciones de la lengua para restringir el errar del estado de la situación, sin abolir ese mínimo de exceso que esa distancia implica.

En ese sentido, Badiou sostiene que la filosofía espontánea del pensamiento constructivista (apoyada en el universo constructible de Gödel) es un nominalismo radical, al estilo de la filosofía analítica anglosajona. La lengua es entendida aquí como “una mediación de completa interioridad con la situación” (EE: 320). Ella garantiza que haya un vínculo perceptible entre una parte y los términos localizables en una situación, de modo que el estado no exceda demasiado su situación o la mantenga conmensurable. El objetivo de esta “lengua de la situación” es mantener la inclusión lo más cerca posible de la pertenencia: “apretar lo más posible las riendas del errar de las partes por medio de la codificación escalonada de su vínculo expresable en la situación de la que son partes” (EE: 321).

Desde esta perspectiva, entonces, el estado parece disminuir su potencia y limitar su exceso sobre la situación, pero también tiene “derecho sobre el ser”, en cuanto se vincula al dominio de las partes con el dominio de la lengua y lo indiscernible no puede existir. En efecto, uno de sus axiomas centrales es el principio de los indiscernibles según el cual “aquello que no es susceptible de ser clasificado en un saber, no es” (EE: 327). El pensamiento constructivista se propone así para Badiou como un “saber del ser”, en tanto que, para dominar todo exceso irrazonable, subsume la relación con el ser en la dimensión del saber a través de un plegamiento del ser a los requisitos de la lengua:

La ambición que anima a este tipo de pensamiento es mantener lo múltiple bajo el control de lo que se puede escribir y verificar. El ser no es admitido al ser más que en la transparencia de los signos que encadenan su derivación, a partir de lo que ya se supo inscribir (EE: 345).

En la estrechez de la visión constructivista del ser resultan impensables el impasse del acontecimiento y la nominación supernumeraria de la intervención, por lo cual para ella no existe el cambio en la situación. Por un lado, el único tipo de cambio que el pensamiento constructivista puede concebir es el establecimiento de nuevas conexiones en el despliegue constructivo y estratificado de las partes, dentro de lo ya reconocido. Por otro lado, la diferencia de niveles o estratos se explican en la diversidad de lenguas, en el sentido de los “juegos del lenguaje” de Wittgenstein[21]. Por ende, sostiene Badiou, para el constructivista “como el estado es el amo de la lengua, es necesario convenir que […] cambio y diversidad no dependen del origen presentador, sino de las funciones representativas. La clave de las mutaciones y de las diferencias reside en el estado” (EE: 324).

En este esquema entonces parece posible afirmar que el ser es Uno e inmóvil, pero el constructivista censura esa clase de enunciado que no puede construirse con los recursos de la situación: “de lo que no se puede hablar es mejor callar”, como expresó Wittgenstein.

En el “universo constructible” de Gödel compuesto por “conjuntos constructibles” sometidos a la lengua se convierte en paso al impasse de la ontología, pues el estado sucede a la situación y su des-mesura puede medirse con exactitud, no hay ningún acontecimiento, la intervención pasa a ser una legalidad[22]. “Las consecuencias normalizadoras […] son tales que proponen un universo aplanado y correcto, en el que el exceso es llevado a la más estricta de las medidas y las situaciones perseveran indefinidamente en su ser reglado (EE: 339)[23].

En este sentido, es oportuno señalar que Badiou reconoce que, por su coherencia y su carácter transmisible, el régimen ordinario del saber es ineludible al punto de que incluso a quien ronda un sitio y apuesta por lo insabido del acontecimiento “le conviene, después de todo, ser sabio” (EE: 328). Empero, reconocer este refinamiento del ordenamiento interior, no le impide a Badiou afirmar (desde un punto de vista exterior, donde no rigen sus restricciones) que la visión constructivista que somete al ser a la “soberanía de la lengua” sacrifica la riqueza de lo múltiple, en su cometido de reducir el exceso.

Por último, esta “pobreza” del saber constructivista no obedece sólo para Badiou al rechazo de lo indiscernible, sino también a la pretensión de que nada sea indecidible: “La ética del saber tiene por máxima: obra de tal suerte, y habla de modo tal que todo sea claramente decidible” (EE: 350). Se puede señalar entonces que hay aquí una moral reglada más que una ética, porque justamente la cuestión clave de la ética es decidir sobre indecidible.

La dialéctica entre el saber y la verdad

Badiou distingue en EE entre saber y verdad, por lo cual un punto clave del libro reside en cómo pensar la (des)relación y la dialéctica entre ambos. Más precisamente, hay que pensar el modo en que el procedimiento de fidelidad post-acontecimiental logra atravesar un estado fijo del saber para consistir en un procedimiento de verdad.

El saber regla a las situaciones en las que prevalece la orientación constructivista que evalúa el ser a través de un lenguaje:

(S)upondremos que existe, en toda situación, un lenguaje de la situación. El saber es la capacidad de discernir en la situación los múltiples que tienen tal o cual propiedad, y que una frase explícita de la lengua, o un conjunto de frases, puede indicar. La regla del saber es siempre un criterio de nominación exacta (EE: 364).

Las operaciones constitutivas del dominio del saber son dos: el discernimiento sobre tal o cual propiedad de un múltiple presentado y la clasificación que agrupa por una propiedad común nombrable a esos múltiples discernidos, volcándose así en la representación de partes.

Según Badiou, el saber se plasma en lo que denomina la enciclopedia de cada situación, la cual “debe entenderse como una sumatoria de juicios [discernimientos] bajo un determinante común” (EE: 364). Es decir, la enciclopedia contiene clasificaciones que se realizan a partir de lo que llama un determinante enciclopédico: una parte de la situación que reagrupa términos que comparten una propiedad explicita (un múltiple y sus submúltiples, vale notar, pueden caer bajo diversos determinantes). Una enciclopedia implica entonces una distribución de designaciones y predicados que afecta a todos los elementos de la situación, enciclopedia a la cual Badiou admite designar, en términos marxistas, como el “dispositivo ideológico” dominante (E2003c: 172).

Lo que está ausente en la enciclopedia y no cae bajo ninguno de sus determinantes es el acontecimiento, dado que, como ya se indicó, el saber ignora todo lo que concierne al acontecimiento. El nombre del acontecimiento, si bien puede que sea comprensible y catalogado por la lengua de la situación, es cualitativamente supernumerario respecto de ese lenguaje porque se extrae del vacío, de lo impresentado del sitio histórico.

Por lo tanto, la intervención y nominación anticipada a favor del acontecimiento no puede depender del saber enciclopédico, sino que sólo puede ser confirmada o refutada a partir de la indagación, ese procedimiento que busca localizar los múltiples ligados al acontecimiento supernumerario que hizo circular la nominación-intervención. El operador de conexión fiel tiene una forma de discernimiento no sapiente que se basa en un arduo trabajo militante de indagación o exploración sin certezas acerca de si un múltiple presentado en la situación está en el campo de los efectos de dicho acontecimiento (EE: 365).

El gesto mínimo de una fidelidad consiste en observar si un múltiple de la situación (que, en principio, se encontraría en las proximidades del sitio) se halla conectado o no a ese acontecimiento. Desde un punto de vista abstracto, este operador de fidelidad sólo permite distinguir dos valores: conexión y desconexión. Por ende, si bien Badiou admite la infinidad de matices, para él en última instancia hay una elección pura entre, por un lado, reconocer al acontecimiento y desplegar sus consecuencias y, por otro, permanecer indiferente a él[24].

Por otro lado, como se mencionó anteriormente, la indagación es un conjunto de constataciones que conforman un “estado finito” del proceso de fidelidad. En ese sentido, constituye una unidad de base del procedimiento que lo hace semejante a un saber, dado que, al igual que éste, combina las operaciones de discernir si un múltiple cumple la propiedad de conectarse al acontecimiento, y de clasificar dos clases o grupos de múltiples según estén conectados o no. En efecto, aún cuando sean el producto de un trabajo militante en torno al acontecimiento, Badiou señala que los resultados de una indagación son agrupamientos finitos de la situación y, dado que toda parte finita está clasificada al menos por un saber, coinciden con un determinante enciclopédico (EE: 368). Por eso, desde el punto de vista del saber son partes “reconocibles”.

Entonces, diferenciar al resultado del procedimiento de fidelidad post-acontecimiental de las clasificaciones del saber establecido requiere distinguir entre veridicidad y verdad. Badiou denomina verídico a un enunciado que vincula una parte de la situación con un determinante específico de la enciclopedia; y verdadero al enunciado que controla el procedimiento de fidelidad, ligado al acontecimiento y a la intervención, es decir, a la parte que agrupa a los múltiples conectados con el acontecimiento (EE: 368). Se puede adelantar que la veridicidad, inseparable de la enciclopedia, podrá ser conmovida por una verdad post-acontecimiental[25].

Una indagación por sí misma no puede discernir lo verdadero de lo verídico, ya que su resultado (verdadero) también podría entenderse como un resultado verídico; por eso, indica Badiou se trata de un resultado paradójico: “Tenemos allí la paradoja de un múltiple […] que es azaroso y se sustrae a todo saber, que trama una diagonal de la situación y que, sin embargo, está siempre ya catalogado en la enciclopedia” (EE: 369).

Para terminar con esta ambivalencia, Badiou considera fundamental precisar en qué se diferencian ontológicamente lo verdadero y lo verídico (la verdad y el saber). En principio, ellos serían ontológicamente indistinguibles porque sus resultados en ambos casos son múltiples cuyas partes finitas caen bajo un determinante. Por eso, sostiene que lo verdadero sólo puede ser distinguido de lo verídico si es infinito. Es decir, si toda parte finita es discernida y clasificada por el saber, la verdad debe ser una parte infinita de la situación en tanto se requiere que su ser sea indiscernible e inclasificable para la enciclopedia (EE: 370).

Sin embargo, la ambivalencia subsiste porque la condición de que la verdad sea infinita, si bien es necesaria, no es suficiente para hacerla indiscernible para el saber, pues hay determinantes enciclopédicos que designan partes infinitas (ejemplo: “los números enteros forman un conjunto infinito” puede ser un enunciado verídico dentro del campo del saber).

Otro ejemplo de esta confusión entre una verdad infinita y el saber que lo capta en su finitud se halla para Badiou en el estatuto de los obreros dentro del pensamiento marxista ortodoxo. Por un lado, el marxismo considera que la clase revolucionaria despliega históricamente, a través de acontecimientos, una verdad política y, en ese sentido, los “obreros” constituían una clase infinita o ilimitada. Por otro lado, dentro del saber “marxista” la clase obrera cae bajo determinantes enciclopédicos (económicos o sociológicos) bien precisos. De este modo, la clase obrera, enunciable como veridicidad, se desliga de cualquier acontecimiento o verdad, y se los somete al lenguaje de la situación (EE: 371). En fin, aquí se reencuentra la vieja idea de Badiou de que el marxismo puede entenderse tanto como un discurso político vinculado a una verdad política (visión a la que él adhiere) y, a la vez, como un saber de la Sociedad o de la “Historia”. Según Badiou, la progresiva identificación del marxismo con un saber heteróclito (la “marxización”, en términos de PP) fue una de las causas de sus crisis, ya que su fuerza política se vió anudada a las fluctuaciones de la enciclopedia dictaminada desde el Estado “socialista”, obstruyéndose así el desenvolvimiento militante de la verdad política marxista.

Los procedimientos genéricos o las verdades

Para evitar la mencionada confusión entre verdad y saber, Badiou profundiza en la caracterización de la verdad como la parte infinita de la situación a través del examen del modo en que un procedimiento de fidelidad se sustrae o evita la jurisdicción del saber.

En términos generales, Badiou caracteriza a una verdad como lo que “reagrupa todos los términos de la situación que están conectados positivamente con el nombre del acontecimiento” (EE: 372). Es decir, una verdad post-acontecimiento es el resultado final del procedimiento de fidelidad por lo que se compone de todos los términos encontrados que se han indagado positivamente, esto es, que el operador de conexión declaró ligados con el nombre supernumerario (en cambio, aquello que no tiene ningún tipo de conexión con el nombre supernumerario permanece indiferente a la novedad y reproduce la situación previa).

El problema reside en que para que la verdad (infinita) así concebida, sea realmente novedosa y post-acontecimiental, hace falta que esta parte de la situación que se obtiene por recolección de las conexiones positivas no coincida con un determinante enciclopédico. Para Badiou, esto es posible, “puesto que en sí misma la indagación no tiene nada que ver con ningún determinante” (EE: 374). En efecto, el procedimiento fiel en sí mismo es azaroso y no está predeterminado por ningún saber. Su origen es un acontecimiento y los múltiples que se encuentran y conectan al acontecimiento son resultado del azar de una trayectoria militante.

Postulado entonces por Badiou el cumplimiento de esta condición, el procedimiento pasa a denominarse genérico desde la perspectiva de la situación.

(L)a clase de los múltiples que están conectados con el nombre del acontecimiento no estará determinada por ninguna de las propiedades explicitables en el lenguaje de la situación”. Esta verdad-resultado será, por lo tanto, indiscernible e inclasificable para el saber […] es el total infinito positivo –la recolección de los x (+) – de un procedimiento de fidelidad que, para todo determinante de la enciclopedia, contiene al menos una indagación que lo evita (EE: 375).

El referente múltiple del procedimiento de fidelidad es una parte de la situación que es genérica, en cuanto no coincide en nada con la clasificación enciclopédica. Mientras permanezca en ese mismo estado es innombrable a través de los recursos del lenguaje (o el saber) de la situación: “es un indiscernible de la situación” (EE: 376). Si bien como toda parte es contada por uno por el estado de la situación, no tiene ninguna propiedad particular que pueda ser expresada: es una inclusión indiscernible. Sus términos sólo tienen en común pertenecer a la situación, lo cual constituye su ser en tanto ser; pero esa propiedad de “ser” la comparte efectivamente con todos los términos de la situación. En consecuencia, Badiou considera que esta parte indiscernible es genérica porque tiene propiedades de cualquier parte de la situación, y que es la verdad de la situación dado que se halla vinculada a su ser.

La una-verdad, que junta al infinito los términos indagados positivamente por el procedimiento fiel, es indiscernible en el lenguaje de la situación […]. Es una parte genérica de esa situación, en tanto que es una excrecencia inmutable, cuyo ser consiste en reagrupar términos presentados. Es verdad justamente por el hecho de hacer uno bajo el único predicado de la pertenencia y tener así relación sólo con el ser de la situación (EE: 436).

En resumen, mientras que las partes discernidas y clasificadas por el saber remiten únicamente a las particularidades localizables que la lengua recorta de la situación, lo que el procedimiento fiel genérico reúne es la verdad de una situación completa, puesto que en lo indiscernible se exhibe sustractivamente el ser mismo de la situación. En síntesis, para Badiou una verdad es local porque es parte de la situación, pero también es universal porque esta parte remite al ser mismo.

Asimismo, vale notar que, si bien lo indiscernible y lo genérico son términos similares que el filósofo francés toma de la matemática para caracterizar al ser de la verdad, hay entre ellos una diferencia de matices. Lo “indiscernible” posee una connotación negativa al designar aquello que está sustraído o que agujerea al saber[26], mientras que lo “genérico” designa de manera positiva la verdad general de una situación.

En este punto, Badiou afirma que en “los hechos” se comprueba que hay cuatro tipos de procedimientos genéricos o de verdad: el amor, la política, la ciencia y el arte, aunque, en sentido estricto, la verdad como multiplicidad genérica no pueda tipificarse con los recursos de la teoría de lo múltiple puro (E2007: 97). Asimismo, anticipa que la declaración de que hay verdades, esencial para la filosofía, está supeditada a la existencia de estos procedimientos fieles genéricos. Por ende, la filosofía está condicionada por la existencia de los procedimientos de su tiempo (EE: 378). En esa línea, la tarea de la filosofía es examinar y pensar cada uno de estos procedimientos que le son contemporáneos (el acontecimiento, el procedimiento posterior y su resultado, una verdad)[27].

Por otro lado, Badiou señala que el procedimiento de verdad escapa a la ontología, ya que en ella no hay ningún procedimiento, sólo hay estructuras (es decir, no hay co-pertenencia del ser y la verdad como sostenía Heidegger); pero, al mismo tiempo, la verdad es homogénea al ser en tanto ser, es también la producción de un múltiple, caso contrario se caería en una especie de dualismo ontológico. Hay un ser de la verdad que no es la verdad, sino su ser (EE: 393). En consecuencia, examinar si de derecho (y no sólo de hecho) existen procedimientos genéricos es un asunto que debe ser abordado por la ontología matemática.

Un múltiple genérico es en situación, es decir, está presentado pese a que sea indiscernible para el saber, pero, la pregunta clave (dado que marcaría una ruptura novedosa en la situación) es de qué modo este resultado del procedimiento genérico puede existir (pertenecer) aún cuando sea indiscernible para la situación en la que se inscribe.

Como ya se mencionó, no hay indiscernible “en sí”, sino en relación con una situación y una lengua. En consecuencia, la estrategia badiouana, inspirada en las pruebas inventadas por Cohen hacia 1963 para refutar al constructivismo en relación con la validez de la “Hipótesis del continuo” dentro del sistema axiomático Zermelo-Fraenkel, consiste –explicada brevísimamente– en suponer una situación fundamental enumerable donde lo indiscernible no pertenece y luego edificar sobre ella una nueva situación en la que sí pertenece el indiscernible. A esta novedad que resulta de adjuntar un indiscernible se la llama extensión genérica (EE: 414)[28]. Badiou equipara entonces esta obtención de lo indiscernible en situación con la admisión en la ontología matemática de la existencia de indiscernibles a los que designa como “genéricos”.

En efecto, el término genérico es un adjetivo utilizado en el marco de la teoría de conjuntos a partir de los trabajos de Cohen “para designar lo indiscernible, lo absolutamente cualquiera, es decir, un múltiple que posee más o menos las propiedades ‘comunes’ a todos los múltiples de una situación específica” (EE: 394). A través de la apropiación de esta doctrina, Badiou puede asegurar que el ser de la verdad es pensable en la teoría del ser múltiple como un tipo de multiplicidad especial, es una multiplicidad genérica.

En definitiva, Badiou sostiene que, desde una perspectiva ontológica, lo indiscernible inexistente en la situación inicial es la marca del no ser del acontecimiento, mientras que el reconocimiento de la existencia de lo indiscernible en la nueva situación que la suplementa, alude al ser de la verdad que se estaba buscando, es decir, a la novedad de lo genérico (EE: 427-428).

La concepción del sujeto y su rol de fidelidad en la situación

En la misma línea de TS, la concepción badiouana del sujeto en EE asume una postura post-cartesiana que procura diferenciarse de las concepciones metafísicas que lo consideran un ente estable, por lo cual vuelve a denominarla como una “teoría del sujeto”, pero ella se liga ahora a cierto procedimiento o proceso llamado genérico y con la importante diferencia de que esta teoría aparece anclada en una ontología matemática[29].

En este nuevo marco, la teoría badiouana establece negativamente que el sujeto no es una sustancia (el cual es un concepto del saber) ya que, si bien en aquella puede considerarse que una sustancia es equivalente a un múltiple, el procedimiento genérico del cual participa un sujeto es indiscernible para la situación y no es contado por ella (EE: 431). Badiou tampoco supone la existencia de un sujeto trascendental al modo kantiano que organice la “experiencia” en el sentido de lo que sería la presentación, ni que el sujeto sea un dato invariante de esta presentación. El sujeto no es transitivo al ser porque se liga a un procedimiento que transgrede la normalidad, él es una singularidad excepcional. En esa línea de desustancializar al sujeto, Badiou rechaza también de la idea sartreana del sujeto como una individualidad consciente que posee en sí mismo la potencia para subjetivarse.

Dicho esto, un punto clave de la teoría del sujeto en EE vuelve a ser su vínculo con la teoría lacaniana. Según Badiou, la cuestión del sujeto moderno se halla ligada a la de su lugar, pero, si en el cartesianismo el punto de ser del sujeto estaba allí donde él se piensa, el aporte del psicoanálisis consiste en des-localizar al sujeto cartesiano de esa pura coincidencia consigo mismo, de su transparencia reflexiva, a través del tema del inconsciente. Si bien se distancia de algunos lineamientos de Lacan (sobre todo porque rechaza la consigna de la “antifilosofía”), Badiou considera indispensable, al igual que toda la corriente postestructuralista, que la filosofía atraviese las elaboraciones lacanianas sobre cuestiones cruciales como el sujeto y la verdad, a la vez que su objetivo último es proponer un “más allá de Lacan” (E1991).

En el marco de EE, su autor mantiene con Lacan una controversia sobre la posición exacta del vacío. En Lacan el sujeto del inconsciente se identifica con un lugar vacío o falta en la estructura (la sutura del sujeto), lo cual lo vuelve una recurrencia estructural; mientras que, para Badiou, el vacío de una situación muestra su sutura al ser, es un concepto de la ontología y no del sujeto. El sujeto, para él, es una singularidad inducida por un procedimiento de verdad que siempre depende, en última instancia, de un acontecimiento.

Si fuera necesario indicar una causa del sujeto habría que remitir al acontecimiento, más que a la verdad [como sugiere el psicoanálisis], que constituye, en todo caso, el entramado del sujeto, o el infinito del que éste es lo finito. En consecuencia, el vacío no es más el eclipse del sujeto, puesto que ha quedado del lado del ser en virtud de que el acontecimiento, a través de una nominación de intervención, ha convocado su errar en situación (EE: 475).

Por eso mismo, a diferencia del supuesto de Lacan que comparte con Descartes de que siempre habría sujeto y verdad, para Badiou puede que “no lo haya” porque ello depende de acontecimientos azarosos e incalculables. En fin, el sujeto no es un dato estructural ni se autoconstituye, él es una singularidad que adviene, aleatoriamente, por eso es raro.

Para Badiou, el sujeto está siempre vinculado con algún procedimiento de verdad singular iniciado en un acontecimiento: “Llamo sujeto a toda configuración local de un procedimiento genérico que sostiene una verdad” (EE: 431). Por ende, este sujeto no sería origen ni resultado del procedimiento, sino que lo define como una trayectoria local y singular, excedente de la situación. Por último, agrega que, si bien un sujeto siempre se comprueba localmente en un procedimiento genérico de verdad, del “hecho” de que existan cuatro procedimientos de verdad resulta que el sujeto es “calificado” en el sentido de que es siempre sujeto de alguno de ellos: sólo hay sujeto artístico, amoroso, científico o político (EE: 26).

Por otro lado, abordar el papel local del sujeto en un procedimiento de verdad, obliga al filósofo francés a retomar una cuestión problemática ya mencionada en la Tesis: la relación entre la nominación del acontecimiento (resultado de una intervención) y el tipo operador de conexión (fiel) que regula este procedimiento en la situación e instituye su verdad. Como ya se señaló, se podría pensar que en el surgimiento de ese operador hay un segundo acontecimiento, pero también podría pasar que el operador de conexión fiel sea “infiel” al acontecimiento que lo convoca. La solución planteada aquí por Badiou a este conflicto entre un acontecimiento y su regla de fidelidad se halla en lo que denomina subjetivación, término que en EE designa la emergencia de un operador de conexión fiel, consecutiva al acto de nominación de intervención, fundamental para el desarrollo de una verdad[30].

La subjetivación es la “forma del Dos” ya que se vincula tanto a la intervención que remite al sitio de acontecimiento, como al procedimiento fiel genérico que opera en la situación. Por eso, Badiou sostiene que “(l)a subjetivación es la nominación de intervención desde el punto de vista de la situación, esto es, la regla de los efectos intra-situacionales de la puesta en circulación de un nombre supernumerario” (EE: 433)[31]. Este carácter doble de la subjetivación se expresa a través de un nombre propio que refleja o “simboliza” la incorporación del acontecimiento en la situación en el modo de un procedimiento genérico, lo cual hará posible la reunión de una verdad.

En definitiva, un nombre propio para Badiou es la huella tanto del acontecimiento como de la verdad indiscernible, al punto que uno parece advenir en el otro. Por ejemplo, el nombre Lenin refiere a la Revolución de octubre (el acontecimiento) y también al “leninismo político”, es decir, a una secuencia singular de la verdad política (también llamada “modo leninista de la política”) que se desprende de tal acontecimiento. En fin, este nombre propio contiene a la intervención-nominación del acontecimiento y también a su regla de fidelidad en la situación.

Por otra parte, Badiou subraya que el sujeto es fruto del azar porque el operador de conexión examina la ligazón de los términos de la situación con el nombre del acontecimiento lo hace de forma des-ordenada. Por ende, si bien se sabe “empíricamente” que dicha trayectoria comienza en las inmediaciones del sitio, en el recorrido de un procedimiento de verdad hay un azar constitutivo (el cual ya no se aprecia en su resultado, la verdad, pues ella reúne idealmente todas las evaluaciones como parte completa de una situación). Al nivel “local” del sujeto sólo hay “encuentros ilegales” porque ni el nombre del acontecimiento, ni el operador de conexión definen cuál término que debe indagarse primero (EE: 435). Por ende, la materia del sujeto o su ser-múltiple que son los términos sometidos a indagación efectivas en determinada etapa del procedimiento es arbitraria.

Por otro lado, todo sujeto en tanto estado local del procedimiento es un conjunto finito de indagaciones que cae bajo un determinante enciclopédico, es decir, es un objeto del saber; pero, al mismo tiempo, nunca coincide con el saber, dado que la realización de la indagación, como se mencionó, constituye un conjunto finito de manera azarosa. La regla del saber, si bien posteriormente puede enumerarlo, no puede anticipar el sentido de ese agrupamiento aleatorio que materializa al sujeto (él es incalculable).

A causa de este carácter finito de las empresas humanas, la subjetivación suele expresarse como se indicó en un nombre propio que es, obviamente, sobrepasado por la infinitud de una verdad (por ejemplo, la infinita verdad de la leninista de la política no puede subsumirse en el nombre Lenin). Por esta misma razón, si bien como señala Badiou ciertas secuencias políticas de verdad pueden parecer agotadas históricamente (por ejemplo, el propio leninismo), es problemático pensar que esa verdad que posee un sentido “universal” también lo esté, dado que ella puede recuperarse o “resucitarse” en otros contextos.

Asimismo, el sujeto, en tanto fragmento finito de la infinidad de una verdad, no puede ser coextensivo a ella porque le es inconmensurable. Hay que tener en cuenta que el sujeto jamás tiene conciencia o inconsciencia de la verdad, pues ella lo trasciende. En consecuencia, Badiou afirma que la relación del sujeto con la verdad cuyo procedimiento fielmente soporta en la llamada subjetivación, asume la forma de una relación de confianza, anclada en lo que él denomina una creencia sapiente: “El sujeto cree que hay una verdad y esta creencia se presenta bajo la forma de un saber” (EE: 437)[32]. Se trataría entonces aquí de una ética de la confianza en la verdad que, a diferencia de la mencionada “ética del saber” (vinculada al orden constructivista), sería una verdadera ética subjetiva vinculada al riesgo del acto de decisión.

Por un lado, Badiou señala que el sujeto que confía considera o cree que los términos que el operador de conexión encontró azarosamente no se han reunido en vano, sino que están por venir en una verdad. La confianza permite representarse la genericidad de lo verdadero al nivel de la finitud local de las etapas de su trayecto. Por otro lado, esta confianza tiene la forma de un saber porque un sujeto que cree produce nominaciones, lo cual puede ilustrarse en el hecho de que el nombre propio que designa una subjetivación (Lenin, por ejemplo) es asociado a un arsenal organizado de vocablos (“partido”, “revolución”, “disciplina”, etc.).

Lo interesante de estas palabras que utiliza un sujeto es que, según Badiou, ellas no duplican el lenguaje de la situación, sino que son de un tipo especial: son nombres de la denominada lengua-sujeto cuyos referentes están en un futuro anterior, que “habrán sido” presentados en la nueva situación que resultará de la verdad del acontecimiento.

A través de estas nominaciones creadas por los sujetos fieles o comprometidos con el procedimiento genérico, éste puede hacerse visible en la superficie de una situación. Sin embargo, señala Badiou, para un testigo externo desligado del procedimiento de verdad, estos nombres (si bien reconocibles porque se fabrican con términos discernibles) parecen utópicos o un sin sentido (“puro palabrerío”) porque la mayoría no posee referente alguno en su situación. En alguna medida hay que reconocer que eso es cierto, ya que el sentido de estos nombres emerge a posteriori, dependen del por-venir de una verdad. En efecto, para Badiou, los nombres que genera el sujeto, expresan su creencia (su confianza) de que los términos indagados positivamente describen una aproximación a una nueva situación, en la que la verdad habrá sido presentada efectivamente. “De este modo, todo sujeto resulta localizable a partir de la emergencia de una lengua, interna a la situación, pero cuyos referentes múltiples se encuentran bajo la condición de una parte genérica aún no concluida” (EE: 439).

Desde el punto de vista del sujeto, interno al procedimiento, es imposible entonces anticipar o calcular cómo será una verdad que resulta de indagaciones azarosas, por lo cual Badiou afirma que el sujeto utiliza los nombres “para formular hipótesis sobre la verdad”. Al mismo tiempo, al ser este sujeto una configuración finita del proceso de una verdad, también puede sostener que estos nombres le sirven “para formular hipótesis sobre sí mismo”.

En resumen, el sujeto nombra hipotéticamente el universo por-venir en tanto novedad dentro la presentación de la situación que proviene del suplemento de una verdad, a la vez que es lo real finito de ese proceso transformador. Por ejemplo, el nombre “comunismo” señala un nuevo mundo por construir, a la vez que el sujeto político que lo anuncia constituye la efectividad de ese proceso. Ante el decaimiento de ese sujeto, como viene mostrando esta Tesis, la palabra “comunismo” corre el riesgo de ya no significar ningún proceso novedoso.

El forzamiento del sujeto y la verdad: un cambio inmanente

Como ya se mencionó, los enunciados compuestos por los nombres de la lengua-sujeto de un procedimiento siempre son considerados desprovistos del sentido desde el punto de vista del saber de la situación. La cuestión es que, dado el carácter inacabado e infinito de una verdad, parece imposible evaluar desde el interior de una situación la veridicidad de aquellos enunciados referidos a una situación por-venir y que dependen de indagaciones azarosas. Vale preguntarse entonces de qué modo el procedimiento de verdad podría afectar el criterio de esa veridicidad de la situación y ser reconocido.

La respuesta a este interrogante se halla en el denominado forzamiento [forçage], nombre que remite a la técnica matemática (forcing) creada por Cohen para evaluar la compatibilidad de la “Hipótesis del continuo” con la teoría de conjuntos, y que Badiou asume como un método para demostrar el efecto de una verdad sobre la veridicidad de una situación (Madarasz: 2011: 72). En términos ontológicos, la invención de Cohen demuestra que la ontología matemática desplegada en EE, a pesar de que, como ya se mencionó, no puede dar un concepto de verdad y, por consiguiente, tampoco puede formalizar el concepto de sujeto; sí puede pensar el ser del forzamiento. Es decir, el forzamiento para Badiou permite caracterizar ontológicamente al sujeto (así como se estableció que el ser de las verdades es lo genérico) y, por eso, lo define como la ley fundamental del sujeto que opera del siguiente modo:

La ley dice entonces que, en la situación en la que se desarrolla el procedimiento genérico post-acontecimiento, se puede saber si un enunciado de la lengua-sujeto tiene o no la posibilidad de ser verídico en la situación que agrega a la primera una verdad de ésta. Basta para ello verificar la existencia de un término ligado al enunciado en cuestión por una relación que sea, ella misma, discernible en la situación: Si tal término existe, entonces su pertenencia a la verdad […] impondrá en la nueva situación la veridicidad del enunciado inicial (EE: 442).

Es decir, un enunciado de lengua-sujeto puede ser forzado a ser verídico en la nueva situación en la que se desarrolla el procedimiento, siempre y cuando exista un término de la situación ligado a ese enunciado. También es posible que en otros casos ninguna formulación hipotética alcance esa veridicidad porque no se sabe con qué término de la situación relacionarla o porque simplemente no se lo encuentra; así como puede darse que la veridicidad del enunciado de la lengua sujeto esté suspendida porque aún no se ha podido indagar el término de la situación con el que se presume que está relacionada.

Para ilustrar cómo opera el forzamiento, Badiou señala que el enunciado “la fábrica es un lugar político” de la lengua sujeto o del sujeto involucrado en un procedimiento de verdad de la política que no aboga por el Estado-partido estalinista ni es parlamentarista, está forzado a ser verídico en una nueva situación en la que “habrá sido” establecida la existencia de este modo de la política en “autonomía” (por ejemplo, del estilo de la “Organisation Politique” en la que milita el propio Badiou), hasta el momento indiscernible. Forzar y establecer la veridicidad de esta clase de enunciado anticipatorio requiere que los militantes de esta verdad indaguen (positivamente) su vinculación con los obreros que se encuentran en la fábrica (caso contrario, ella quedaría en suspenso y las indagaciones militantes deberían proseguir).

En suma, el sujeto en su ser para Badiou “no es más es la finitud del procedimiento genérico, los efectos locales de una fidelidad a un acontecimiento” (EE: 447). Por eso, lo define como un fragmento o instancia finita del proceso de producción de una verdad que lo trasciende en su infinitud, y resulta entonces abusivo sostener que la verdad es una producción subjetiva. Al mismo tiempo, en la teoría badiouana se observa que el sujeto se anticipa a esa verdad porque a través del forzamiento evalúa la novedad de la situación por-venir. En ese sentido, no hay duda que las operaciones del sujeto son fundamentales para el despliegue de una verdad en la situación.

Para terminar, es fundamental examinar en el dispositivo ontológico badiouano en qué medida el proceso que da lugar a una verdad en una situación produce un cambio dentro de ella. Para ello hay que estudiar el mecanismo que permitiría pensar de qué modo lo indiscernible de la extensión genérica no caiga en lo impensable y pueda incorporarse como un nuevo saber que transforme efectivamente la situación.

Como ya se mencionó, el procedimiento genérico da como resultado una parte incluida en la situación, pero que no le pertenece a ella (es una excrecencia). El estatuto ontológico de esta verdad cambia cuando a través del forzamiento se fuerza la existencia de una nueva situación –una extensión genérica– que contenga a la antigua por completo y a la cual pertenezca ahora el procedimiento genérico (que pasa a ser así un término normal; presentado y representado a la vez) (EE: 379). De este modo, la verdad sería normalizada en esta nueva situación y, si el lenguaje permanece igual, la parte genérica, aunque se vuelve un elemento que existe (pertenece), continúa siendo indiscernible en su interior.

Si se toma en cuenta este aspecto, parecería que el procedimiento genérico no implica un gran cambio en la situación. El resultado del forzamiento es que “una verdad, cualquiera sea la novedad verídica que sustente, se mantiene homogénea respecto de las características mayores de la situación de la que ella es verdad” (EE: 457). Esto se debe, como ya se indicó, a que la extensión genérica se obtiene adjuntando una parte indiscernible, genérica o anónima, por lo cual desde este suplemento no se pueden discernir características que la situación fundamental no visibiliza.

Una verdad, forzada según lo indiscernible que produce un procedimiento genérico de fidelidad, bien puede sostener enunciados verídicos suplementarios, lo que refleja que el acontecimiento en el que se origina el procedimiento ha sido nombrado en exceso sobre la lengua de la situación. Ese suplemento, sin embargo, no puede revocar sus grandes principios de consistencia, dado que la fidelidad es interior a la situación (EE: 458).

En efecto, Badiou establece primordialmente que la suplementación operada por el sujeto se adecua a las leyes de la situación. De este modo confirma que, en tanto suplemento, la verdad es siempre la verdad de una situación y, en contra de la pretensión del izquierdismo, descarta el “comienzo absoluto” de otra diferente. Sin embargo, al mismo tiempo, desde sus continuas críticas al estructuralismo queda claro que para Badiou el cambio jamás puede consistir para él en una simple reorganización de elementos. En EE pervive entonces su ataque combinado contra la desviación izquierdista y el conservadurismo estructuralista.

Badiou subraya que hay enunciados verídicos (partes) en la extensión genérica que se mantienen indecidibles en la lengua de la situación en cuanto ella no puede determinar esa veridicidad. En consecuencia, si bien el sujeto no “destruye” la situación anterior[33], sí es posible que a través del forzamiento se puedan formular como verídicos estos enunciados que hasta entonces estaban en exceso y eran indecidibles en ella. Es decir, Badiou considera que el forzamiento permite que lo indecidible sea decidido de tal modo que el lenguaje de la situación sufra un cambio: “[El sujeto puede] forzar un indiscernible de modo que la extensión [genérica] en la que figura, sea tal que un enunciado indecidible de la ontología sea verídico en ella y, por consiguiente, decidido” (EE: 470).

En este sentido, el sujeto es el soporte de un forzamiento fiel que articula lo indiscernible del proceso de una verdad a la decisión de un enunciado indecidible (vinculado al acontecimiento). Para Badiou, todo lo que es el ser del Sujeto (sin que él sea catalogado como una sustancia) se caracteriza por esta conexión entre lo indiscernible y lo indecidible. De este modo, el forzamiento de un enunciado de verdad en discernible o “verídico”, permite al sujeto anticiparse y pronunciarse sobre la legitimidad dentro de la situación respecto de lo que él ha producido con su intervención (Wahl, 2003: 22).

En suma, en términos ontológicos, la tesis de Badiou es que “un procedimiento fiel genérico […] acarrea una recomposición de la situación que, conservando todos los múltiples de la antigua, presenta otros” (EE: 379-380). En efecto, un procedimiento de verdad suplementa la situación con un múltiple genérico al nivel de la presentación: la extensión genérica. La situación es así forzada a acoger a la verdad al extenderse hasta el punto donde esa parte genérica (representación) se torne una presentación. En suma, a través del forzamiento, lo que en un principio era una parte anónima es finalmente normalizado como un término de la situación. Pero, además, se requiere que la lengua de la situación sea forzada a internalizar a esa verdad y a reconocerla como verídica, de modo que lo indiscernible se vuelva inmanente (EE: 380). De esta forma, las verdades se incorporan como novedades que reorganizan el sistema general del saber “enciclopédico” de la situación, es decir, lo que en ella era admisible. El conjunto de los procedimientos genéricos nombrados por él (la política, el arte, la ciencia y el amor) tienen esta cualidad de cambiar o transformar la situación al atravesar los saberes anquilosados e introducir saberes novedosos.

Según Badiou, la verdad en cuanto procedimiento genérico es index sui como expresó Spinoza porque no es garantizada por una regla de adecuación con otro objeto, ni hay una instancia externa ante la cual deba comparecer; la genericidad de la verdad sólo se sostiene en la efectividad de su propio proceso, inmanentemente. Asimismo, mediante su fundamentación en una ontología matemática, el filósofo francés se asegura que el ser de verdad no remita a dimensiones trascendentes, metafísicas o del lenguaje, sino que sea una multiplicidad genérica que expresa la verdad de una situación específica.

Conclusiones: La realización de la ontología, el acontecimiento y el rol del sujeto

Una vez examinada la obra L’Être et l’Événement, es oportuno plantear la relación de la ontología que se desarrolla allí con la realidad o el mundo ya que se puede suponer que la matemática, elevada a la dignidad ontológica, conforma un discurso demasiado abstracto, una especie de “castillo en el aire” que no puede ser fácilmente usado como una analogía de otros discursos, prácticas o situaciones efectivas, como sí pasaba en TS (Feltham, 2008: 30).

En respuesta a quienes buscan ese tipo de adecuación o analogía entre su teoría y la realidad, Badiou sostiene en una entrevista que una situación “concreta” y una situación entendida en términos ontológicos no son homologables; en todo caso, la primera sería una interacción de diferentes situaciones ontológicas. La ontología en sí misma no basta entonces para pensar la complejidad de una situación concreta por lo cual queda claro que Badiou no pretende constituir un Saber Absoluto al estilo hegeliano (E2003c: 174).

En relación con estos límites de su teoría ontológica, en una entrevista posterior Badiou señala que las situaciones efectivas están compuestas de multiplicidades como todo lo que es (participan de las leyes ontológicas), pero el problema es pensar la localización o la topología de la multiplicidad en un mundo, pues esto no puede pensarse en términos de mera analogía con la ontología formal de lo múltiple (lo cual reproduciría los dualismos entre lo formal y lo empírico) (Badiou, E2007: 95). Este problema de la localización o aparecer de la multiplicidad será abordado entonces en su próxima gran obra, Logiques des mondes.

Sin embargo, es válido preguntarse qué utilidad tiene la ontología y si ella permite alguna clase de análisis abstracto de situaciones particulares (cuando la teoría del aparecer de lo múltiple y sus recursos conceptuales no habían sido formulados aún por Badiou). Algunos pasajes de EE analizan situaciones histórico-sociales efectivas a partir de su comprensión de cada situación como una multiplicidad y, de ese modo, se explican como una especie de analogía de la teoría del ser, la teoría de conjuntos (E2007: 96)[34]. En esta línea, también una parte de esta obra se dedica a abordar en términos generales el ser de la verdad, es decir, la construcción de una multiplicidad genérica dentro de una situación a partir de la referencia a conceptos de la teoría de conjuntos como la pertenencia, la inclusión o el vacío[35] (aunque el abordaje del aparecer de una verdad post-acontecimiental en un mundo concreto queda para su obra posterior). En ese sentido, hay que señalar que Badiou reconoce la posibilidad de pensar parcialmente una situación concreta por sustracción y abstracción, es decir, habría un “esquema ontológico” de cada situación que la aprehende como multiplicidad (E2003c: 178).

En relación con esto, otro punto clave es la cuestión de un conocimiento de la ontología para quien actúa dentro de la situación. Una situación puede comprenderse desde su interior desde la perspectiva de los saberes establecidos, pero también desde el punto de vista de las verdades o, mejor dicho, de los procedimientos genéricos de fidelidad (político, amoroso, artístico o científico)[36]. Allí el sujeto fiel está involucrado en una experiencia concreta de creación de una verdad (mientras quien no lo está, permanece como un “testigo externo”), por lo cual su comprensión de la situación no requiere del saber de las reglas ontológicas. Más bien, como ya se mencionó, Badiou considera que el procedimiento de verdad “es una defección del saber” (E2003c: 179). Por lo tanto, para él, la política militante no sólo no requeriría de un saber, sino que incluso los depositarios del “saber” son quienes no lograrían apreciar la novedad del acontecimiento y sus consecuencias. De este modo, como ya se desarrolló en la Tesis, él insiste con la idea que comparte desde los setenta con Rancière de ser fiel al espíritu del Mayo francés y oponerse a las visiones “teoricistas” sobre la política.

Señalado esto, también merece examinarse la conceptualización del sujeto en este libro. Por un lado, tal como anticipa en la introducción de EE, cuando al final de su ontología Badiou aborda su reformulación del concepto de sujeto lo hace en relación con un proceso formal que es el denominado “procedimiento genérico” y sostiene que el sujeto no es soporte u origen de la verdad, sino un fragmento local de ese procedimiento de verdad (EE: 24).

Este vínculo del sujeto con un proceso de formalización en la teoría de EE –ya planteado en TS– se puede remitir a su interés inicial en la formalización en los años sesenta. Vale recordar al respecto la hipótesis de Madarasz (2011: 20) de que la línea formalista que Badiou expone en estos textos de fines de los sesenta han marcado su matriz filosófica (únicamente interrumpida por su fuerte militancia política durante los llamados “años rojos”). En ese sentido, en su estudio sobre estos textos, Zachary Fraser sostiene que la atención de Badiou en los años sesenta a los procesos de formalización a-subjetivos como forma de cercar lo real, a pesar de las apariencias, no está tan distante de lo que en su etapa de madurez y “sistematicidad” de su filosofía se concibe como un “procedimiento de verdad” del que participan sujetos que tienen cierta relación con lo real, en cuanto ambos procedimientos lo que producen es una reconfiguración de un campo de saberes y, además, porque el sujeto en Badiou es identificable con un soporte anónimo y no con una individualidad sustancial (Fraser, 2007: li-lii). En la filosofía badiouana de madurez se establece una relación entre el formalismo y un sujeto, pero ello no implica caracterizar a éste como la causa ausente del formalismo al estilo de Lacan, sino que, por el contrario, el sujeto es pensado como efecto de un proceso de formalización (que depende inicialmente de un acontecimiento) (E2007: 89)[37].

Por otro lado, como se ha desarrollado aquí, Badiou plantea una visión diferente del sujeto cuando a mitad de su libro e inmediatamente después de haber introducido su concepto de acontecimiento, aborda la cuestión de la intervención que reconoce al acontecimiento en la situación y el procedimiento de fidelidad que le sigue, de modo que termina por definir al sujeto como el proceso de “juntura” de estos dos aspectos. Al remarcar así la importancia del acto de intervención (central en PP), la formulación del sujeto como fragmento del proceso de verdad parece escasa porque omite este papel clave del sujeto en relación con la inscripción del acontecimiento en la situación a través de su acto de nominación. De este modo, como señala Feltham (2008: 79), parece haber nuevamente una tensión (similar a la encontrada en TS) entre una concepción del sujeto como un fragmento o “soporte” del procedimiento y aquella otra que lo considera como un agente clave en la fundación del acontecimiento.

En relación con esto, la teoría de la nominación desplegada en EE fue calificada tempranamente por Lyotard (en una discusión que tuvo lugar el mismo año de publicación del libro) como culpable de “decisionismo” porque considera que esta intervención “nombradora” [nommante] (en lugar de interpretante) resulta de un sujeto (o agente) que decide o se autoriza a sí mismo a nombrar al acontecimiento, ya que en el dispositivo badiouano no hay nada que prescriba ese acto (Lyotard, 1989: 238). Por ello, sostiene que la nominación sería un segundo acontecimiento que decide sobre el primero. Este acto voluntarista se efectuaría desapegado de las condiciones históricas, previamente al sujeto que se compromete con el despliegue de ese acontecimiento. Por eso, Lyotard propone pensar la existencia de cierta “afección” por la inconsistencia que convoca a esa nominación, pero que Badiou no tematiza quizás por considerarla demasiado antropológica. En ausencia de esta dimensión de receptividad o “pasibilidad”, este acto sólo se explicaría como una decisión excepcional, un decisionismo en la línea del pensamiento de Carl Schmitt y hasta del fascismo (Lyotard, 1989: 242).

La respuesta de Badiou a Lyotard, además de señalar que la acusación de fascismo y el temor que despierta la alusión a temas como la decisión y la verdad obedece a cierto “consenso ético” que vigila a la filosofía[38], considera que la existencia de alguna clase de pasibilidad “pre-decisional” en los humanos no ofrece mayores garantías para comprometerse con un acontecimiento que el acto “voluntarista” que a él se le imputa (Badiou, 1989b: 259). Sin dudas, en lugar de pretender fundamentarse en alguna clase de inmediatez afectiva, Badiou prefiere situarse dentro de una tradición de pensamiento moderna y racional que toma como modelo la consistencia de los procedimientos matemáticos, no exentos de decisiones.

En relación con la intervención subjetiva, en una entrevista de Badiou (E1991) sostiene que el militante debe proceder a un análisis de la situación, pero siempre desde la perspectiva de su involucramiento en un procedimiento genérico de verdad que se sustrae a las reglas de ese orden. Si bien los condicionamientos son tenidos en cuenta porque el procedimiento se desarrolla en relación con una situación, la apuesta a favor de un proceso de verdad más bien depende de una ruptura con lo que ordinariamente se “piensa” dentro de él[39]. Tal como lo había expresado en PP e incluso en TS, para el militante de una política revolucionaria no atreverse a tomar estos riesgos equivale a fracasar tempranamente.

Asimismo, como bien señala Feltham (2008: 106), el papel del sujeto fiel en el procedimiento que puede trastocar la situación, no se agota en un mero acto voluntarista de reconocer el acontecimiento, sino que implica –como ya se mencionó– un recorrido constituido por indagaciones en las cuales se topa y trata azarosamente con términos de la situación que él no controla y que pueden permanecer indiferentes a la novedad. Y, aún más, Feltham plantea que la acusación de decisionismo presupone una unidad que no se encuentra fácilmente en el concepto badiouano de sujeto, el cual no se identifica necesariamente con un individuo, sino con prácticas e indagaciones que pueden circular a través de una diversidad de individuos que constituyen, por ejemplo, a un sujeto político colectivo[40].

Empero, Badiou admite en el Prefacio a la edición castellana de 1999 de EE las dificultades que implica el rol fundador del sujeto en su teoría: “si el acontecimiento subsiste sólo porque ha sido objeto de una nominación ¿no hay en realidad dos acontecimientos (el múltiple supernumerario, por un lado, y su nominación, por otro)?” (EE: 7). En efecto, en la nominación-intervención que reafirma al acontecimiento se advierte el papel de un sujeto “originario”, previo al sujeto fiel que opera como instancia local del procedimiento de verdad.

En suma, la concepción del sujeto permanece como una cuestión problemática dentro del dispositivo teórico presentado de EE. Por esa razón, en sus textos de la década de los noventa Badiou deja más bien de lado al sujeto como responsable de la nominación, y se preocupa por pensar su participación en el desarrollo de un procedimiento de verdad a partir de su implicación con la huella[41] o las consecuencias de un acontecimiento inaudito y evanescente.

El lugar del militante y la recurrencia del acontecimiento

El lugar del militante político en el esquema ontológico-político de EE, una obra ajena a la tradición marxista, no es pensado mediante la figura revolucionaria de un “guerrero” que debe prepararse para el asalto y la toma del poder del Estado (porque –como ya se indicó– Badiou considera que el cambio político no depende ello), sino a través de la figura de un guardián preparado para el advenimiento de aquello que desestructura ese orden: el acontecimiento.

(E)l político es el paciente centinela del vacío que instruye el acontecimiento, pues sólo enfrentado al acontecimiento el Estado se ciega a su propio dominio. Allí, el político construye una manera de sondear, aunque más no sea por un instante, el sitio de lo impresentable, así como para mantenerse en adelante fiel al nombre propio que après-coup habrá sabido dar –o captar, no se puede decidir– a ese no-lugar del lugar, que es el vacío (EE: 130).

La utilización de esta metáfora del centinela para referirse al rol del militante por Badiou[42] ha despertado reticencias, como la de su ex compañero de militancia Terray (1990: 78), quien en un texto dedicado a EE en Les Temps Modernes critica que el carácter paciente solicitado al militante político mediante esta figura del guardián termina por asemejarlo a una figura religiosa, una especie de profeta, lo cual en la práctica se revela políticamente improductivo.

Se presenta así una cuestión problemática al punto que el propio Badiou, en su libro sobre la figura militante del apóstol Pablo (publicado en 1997), se muestra contrario a esa idea de vigilancia pasiva y sostiene que el militante debe mantenerse activo apoyando a los acontecimientos que marcaron el pasado y confiando en los que lo sorprenderán en el futuro.

Mas si todo depende de un acontecimiento, ¿hay que esperar? Ciertamente no. Muchos acontecimientos, incluso muy lejanos, exigen ahora que se les sea fiel. El pensamiento no espera, y jamás ha agotado su reserva de fuerza, excepto para quien sucumbe al profundo deseo de la conformidad, que es la vía de la muerte. Además, de nada sirve esperar, porque está en la esencia del acontecimiento no estar precedido por ningún signo, y sorprendernos con su gracia, cualquiera que sea nuestra vigilancia (SP: 121).

En efecto, si el militante no es un guardián que sólo espera el advenimiento del acontecimiento, la pregunta clave es de dónde saca los recursos o las fuerzas para su militancia cuando no lo hay. En ese sentido, su teoría de la “recurrencia del acontecimiento” se revela fundamental para poder pensar el rol del sujeto-militante político.

Como ya se indicó, en la teoría badiouana de EE parece haber dos acontecimientos porque, luego de su advenimiento, éste dependería de otro acontecimiento no comprensible para la estructura que es su interpretación, la intervención-nominación. Esto es lo que le propio autor llama la circularidad del acontecimiento:

No cabe duda de que sólo el acontecimiento, figura aleatoria del no-ser, funda la posibilidad de la intervención. Pero también es cierto que, si ninguna intervención lo hace circular en la situación a partir de extraer elementos del sitio, el acontecimiento, desprovisto de todo ser, radicalmente sustraído a la cuenta-por-uno, no existe (EE: 234).

Es decir, parecería que hay una relación circular entre el acontecimiento y el sujeto porque el primero se hace visible al ser nombrado por un sujeto, pero el acontecimiento sólo puede ser reconocible para alguien que ya ha sido inducido por él. La pregunta es entonces como puede ser posible el reconocimiento y nominación de un evento imprevisible por “alguien” que no cuenta para ello con los recursos de la situación (y de su estado) en la que surge, en tanto un procedimiento de fidelidad contradice sus reglas, es ilegal.

Para resolver este problema Badiou postula en L’Être et l’Événement la teoría de la “recurrencia del acontecimiento” (récurrence événementiele), la cual sostiene que la intervención a favor del acontecimiento es posible en tanto se desprende de las consecuencias de otro acontecimiento[43]. En efecto, si es el acontecimiento el que funda la posibilidad de la intervención, la ocurrencia de un nuevo acontecimiento requiere que quien interviene a su favor pueda estar en el punto de las consecuencias de la intervención de un acontecimiento anterior. Si se revisa su etimología, se debe notar que la “recurrencia” implica un retroceso hacia un acontecimiento previo y, de ese modo, la repetición y extensión de éste.

La teoría de la recurrencia abre paso entonces a la posibilidad de pensar una historicidad propia de los acontecimientos y sus consecuencias de mayor alcance (y no sólo la historicidad local o inmediata ligada al sitio de una situación específica). Según Badiou, toda teoría de la temporalidad que no se remita a la linealidad o repetición estructural estaría anclada en esta clase de historicidad que se funda en la intervención por la cual un sujeto puede actuar entre el intervalo de dos acontecimientos diferentes. De este modo, se esclarece que su afirmación de que “la historia no existe” no implica para él negar la posibilidad de vincular secuencias históricas iniciadas en acontecimientos[44].

Asimismo, como señala Feltham (2008: 104), este reconocimiento por Badiou de una historicidad particular de la política puede vincularse a la teoría de la periodización del proceso dialéctico de TS como forma de entender el cambio. Vale recordar que el ejemplo de ese libro era la fidelidad de Lenin al acontecimiento de la Comuna parisina que se expresó en el balance que realizó sobre esa secuencia previa y que le permitió interpretar la crisis política y social rusa de 1917 como un momento revolucionario en el que era preciso intervenir mediante un partido disciplinado. En esta nueva etapa de su pensamiento sobre la política, vale aclarar, el principal balance de la Comuna para Badiou deriva de su anti-estatismo y reside en señalar la importancia de inventar nuevas formas de organización.

Por otro lado, el hecho de postular la recurrencia del acontecimiento como un requisito de toda intervención desmiente la idea de que ella pueda constituir un “comienzo absoluto”, tal como ensaya lo que Badiou designa, en términos político-filosóficos, “izquierdismo especulativo”:

El izquierdismo especulativo imagina que la intervención sólo se autoriza por sí misma, y rompe con la situación sin otro apoyo que su propio querer negativo. Esa apuesta imaginaria sobre una novedad absoluta […] desconoce que lo real de las condiciones de posibilidad de la intervención es siempre la circulación de un acontecimiento ya decidido y, por consiguiente, el presupuesto –aunque sea implícito– de que ya ha habido una intervención (EE: 235).

El izquierdismo cree entonces en la posibilidad de una ruptura radical que pueda desligarse plenamente de la situación, en tanto se vincula, según Badiou, a un pensamiento maniqueo hipostasiado (al punto que lo vincula con la sentencia nietzscheana de “partir en dos la historia del mundo”)[45]. Para él, contra todo espontaneísmo y decisionismo, la novedad de un acontecimiento y de los sujetos vinculados a esté, anclan en una historicidad específica que los antecede. Por eso, la clave para pensar a esos sujetos no está en el acontecimiento en sí, sino en las consecuencias que se pueden desprender de él: “Lo que nos enseña la doctrina del acontecimiento es […] que todo el esfuerzo consiste en seguir sus consecuencias, no en exaltar su ocurrencia. Así como no hay héroe del acontecimiento, tampoco hay quien lo anuncie angélicamente [allende la situación]” (EE: 235).


  1. También se podría pensar que una familia completa puede ser “clandestina” en su propio país de origen, es decir, permanece invisibilizada para el Estado de la situación que desiste de ella. Por otro lado, en el texto escrito inicialmente para EE, pero finalmente excluido del libro y publicado como artículo con el título “L’usine comme site événementiel” (1986), Badiou sostiene que la fábrica en relación con la figura obrera que la habita puede pensarse como un posible de sitio de acontecimiento para la política, en tanto considera que estos obreros que pertenecen a la fábrica (sin volver a sustancializarlos en términos de clase social) se mantienen impresentables para el Estado capitalista. Esta impresentación de la singularidad obrera se “disimula” de dos lados: por un lado, porque la fábrica es contada por el Estado sólo como unidad de producción (la “empresa”); por otro, porque existe la representación sindical del lugar del trabajo, pero ella, a pesar de las apariencias, no garantiza que esos obreros estén presentados políticamente.
  2. La distinción del acontecimiento respecto de los hechos, sin valor de novedad, es un punto importante de la teoría del acontecimiento, ya mencionada en PP. Vale señalar que, más adelante, en LM, esta noción de hecho será reformulada.
  3. Se puede considerar como otra analogía de esta descripción ontológica del acontecimiento, más cercana temporal y geográficamente, al llamado “Despertar de Chile” de 2019 (nombre basado en la consigna portada por los partícipes de esta revuelta de que “Chile despertó”), ya que la enumeración de la desigualdad social, la privatización de la educación y otros servicios esenciales, el extractivismo o la militancia estudiantil no bastan para explicar la magnitud de este estallido “social” que, en realidad, fue político.
  4. En relación con esta parte del libro, parece acertado el señalamiento de Lyotard de que Badiou no puede evitar una aproximación no matemática para tratar con la inconsistencia del ser (1989: 235).
  5. Aquí la intervención es definida como un procedimiento, pero es conveniente, por su vínculo con una decisión, describirla más bien como un acto (incluso el mismo Badiou la vincula con lo que llama un “acto de nominación”).
  6. “Acontecimiental” es la traducción del término événementiel, un neologismo utilizado por Badiou para designar aquello que se vincula con el acontecimiento.
  7. Vale recordar aquí al Marx “político” –condición de la teoría marxista– ya señalado por Badiou que, a mediados del siglo XIX, interpreta que “hay” movimiento obrero, por lo que escribe un Manifiesto y se compromete a trabajar en su organización internacional.
  8. Badiou en la Meditación 21 de EE recoge a la figura de Pascal como muestra de la elección de militar por una verdad, antes que ubicarse en el cómodo escepticismo típico de una época de transición. En su caso particular, ante lo que él consideraba la amenaza de la ciencia moderna, respondió sustrayendo a la decisión de toda pretensión de certitud o de ligazón con el saber (EE: 247). Pascal constituye entonces para Badiou un ejemplo de decisión sobre lo indecidible y de sostenimiento del compromiso en un contexto adverso (antes de publicar su trabajo alrededor de la figura de San Pablo); cuestión clave para la política revolucionaria luego del fracaso de los Estados socialistas. Por eso mismo, el intelectual y militante marxista Daniel Bensaïd en Le pari melancolique (Paris: Fayard, 1997) también retoma la figura de Pascal y su sentido de apuesta como guía para pensar el compromiso revolucionario.
  9. Aquí se enfatiza la caracterización de la fidelidad como un “procedimiento” y vale subrayar también que en esta parte de la Tesis se prefiere traducir procédure como procedimiento en vez de proceso, ya que se considera que esa primera acepción resalta que el proceso de fidelidad (que dará paso a un proceso de verdad) es un proceso temporal reglado, o que puede formalizarse.
  10. Vale recordar las reminiscencias maoístas del término enquêtes, pues –como se indicó– Mao consideraba una labor esencial del militante realizar sistemáticamente investigaciones locales para poder vincular la teoría revolucionaria con la realidad de las masas.
  11. Cuando Badiou plantea la reacción del estado de la situación (cuya función es forcluir el vacío) al acontecimiento, señala que aquél registra como partes del acontecimiento al sitio en sí (lo cual excluye a sus elementos impresentados), y al nombre supernumerario que se auto-pertenece, a esta unicidad llamada singleton del acontecimiento. Sin embargo, el estado desconoce la conexión entre ellos. Desde el punto de vista del estado de la situación, el acontecimiento es una excrecencia, pues no registra su presentación, únicamente lo representa como un par incoherente de un sitio y un nombre. En política, ejemplifica Badiou, ante esta dificultad de vincular racionalmente el sitio (por ejemplo, la fábrica) con el singleton del acontecimiento (la huelga), el Estado suele caer en la maniobra de situar su causa por fuera de la situación (es decir, se culpa a “la mano del extranjero” o a “los inadaptados”). En síntesis, ante la revelación de “que opera” algo impresentado y desconocido, se intenta negar su vínculo con el vacío inmanente a la situación mediante la designación del culpable trascendente (EE: 233)
  12. Vale notar que en los años setenta Badiou ya sostuvo que las posiciones espontaneístas del izquierdismo, en contra de lo que podría suponerse, plantean una confrontación maniquea con el Estado que terminan por otorgarle a éste una gran centralidad.
  13. La conformación de un cuerpo en relación con un acontecimiento es un tema fenomenológico que abordará en LM.
  14. Se pueden hallar rastros de esta concepción badiouana del sujeto en la terminología utilizada en TS. Más precisamente, en los dos términos que en aquel texto aluden a la temporalidad que implica el concepto de sujeto: subjetivación y proceso subjetivo. Allí Badiou señalaba, a partir de Lacan, que el acto que se anticipa a la certeza fundada distingue a la subjetivación del proceso subjetivo: “no hay subjetivación sin anticipación, ésta misma mensurable en el proceso subjetivo [por sus efectos]”. Por otro lado, “(e)l proceso subjetivo es la fundación retroactiva de la subjetivación en un elemento de certeza que sólo la subjetivación hizo posible” (TS: 272). Por eso, el propio Badiou señala que la intervención –si bien ocasionalmente se la identifica como un procedimiento– se puede ligar con el acto de subjetivación, mientras que la fidelidad es un procedimiento que corresponde con el proceso subjetivo.
  15. En su ontología, Badiou deja de lado otras lógicas más complejas desarrolladas en el siglo XX que sí utilizará en obras posteriores.
  16. Este planteo de Badiou excede el pensamiento de Cantor, quien por su espíritu religioso no se atrevió a cuestionar a lo Uno e imaginó un infinito absoluto.
  17. El impasse de la ontología atormentó profundamente a Cantor, quien formuló como respuesta la llamada “Hipótesis del continuo”, según la cual la cantidad del conjunto de las partes es el cardinal que viene inmediatamente después que el del conjunto mismo (es su cardinal sucesor). De este modo, como señala Badiou, esta hipótesis matemática normaliza radicalmente el exceso estatal, al atribuirle una medida mínima. Sin embargo, el “Teorema de Easton”, desconocido en la época de Cantor, permite aseverar que estas hipótesis son, en realidad, decisiones porque, como se señaló, el valor del cardinal del estado puede tomar cualquier valor superior. El aporte de Kurt Gödel con su teoría de los conjuntos constructibles fue demostrar la coherencia de la “Hipótesis del continuo” con los axiomática ZF de la teoría de conjuntos (o “Ideas de lo múltiple).
  18. La concepción positivista de la ciencia como un saber cerrado ya fue analizada como representación ideológica de la ciencia por Badiou a fines de los sesenta. Esta batalla mantiene toda su vigencia en tiempos de avance del discurso de las “neurociencias”, por lo cual él declara en 2011: “el positivismo es muchas veces una religión al revés, de modo que, lejos de servir a la ciencia de la que se reclama, la somete a objetivos ideológicos extraños al devenir propio de la ciencia (LPP: 36).
  19. Continuando con esta “traducción” al campo de la política, para Badiou la orientación trascendente se correspondería con una política totalizadora como la estalinista y la orientación genérica con una política autónoma que se sustrae al Estado (TOT: 49).
  20. Como se señaló anteriormente en esta Tesis, Badiou destaca a Marx y Freud por haber estado atentos a aquello que era el índice de una inconsistencia o malestar en lo que había, cada uno en su campo de análisis.
  21. Badiou sostiene en una entrevista que –tal como escribe en este pasaje de EE– el conocimiento de la diversidad de las situaciones se expresa predicativamente a través del lenguaje de la situación, pero que esto no equivale a afirmar que el lenguaje es lo que constituye esas diferencias como creen los teóricos del “giro lingüístico” que anudan al ser y con el lenguaje. Por el contrario, el objetivo badiouano es justamente distinguir ontológicamente a las verdades de ese conocimiento inscripto en la lengua corriente (E2003c: 178).
  22. Badiou indica que, en la perspectiva constructivista, la intervención sostenida en el “axioma de elección” se convierte en un teorema deducible de los otros axiomas de la ontología matemática (EE: 330). Igualmente, el “axioma de fundación” que decide el no-ser del acontecimiento pasa a ser un teorema bajo la hipótesis de constructibilidad que puede demostrar que ningún múltiple (constructible) es acontecimiental (EE:339)
  23. Badiou halla un paradigma de la orientación constructivista en el pensamiento filosófico de Leibniz, en el cual lo indiscernible funciona como “el predicado ontológico de un tope de la lengua” (EE: 354). En Leibniz no hay acontecimiento porque todo lo que adviene es ubicable en la racionalidad divina; y tampoco hay intervención pues no hay posibilidad de designación supernumeraria en una lengua que se supone completa.
  24. Según Wahl (2003: 39), este esquematismo binario en el que los términos encontrados son registrados como “conectados” o “desconectados” contrasta con la complejidad del procedimiento que se viene relatando, por lo cual la indagación parecería ser más compleja y accidentada. En todo caso, esta clase de elección dentro del procedimiento post-acontecimiental, se asemeja a lo que posteriormente se teoriza en LM como las decisiones que se toman en relación con lo que se denominan los puntos de un mundo.
  25. “En efecto, cuando en una situación se despliega lo que ya había, lo que se produce es una exposición o una acumulación de saberes que se disponen de acuerdo a las reglas que organizan la situación. Es decir, se integran al estado de las cosas (…). En ese caso, no cabe para Badiou hablar de verdad, sino que hay que hacerlo en términos de veridicidad o carácter verídico de lo que se dice y despliega en ese contexto…” (Cerletti, 2008: 63). Otra forma de plantear esta distinción entre lo verídico y lo verdadero se halla comparando la filosofía badiouana con el proyecto foucaultiano de analizar las episteme. Al respecto, Badiou (E1994) en una entrevista define a Foucault como un “teorizador de enciclopedias” que no se interesó tanto por estudiar aquello que desborda una situación, sino a cada configuración discursiva dominante que define las reglas de lo que en ella se acepta como verdadero, lo que sería su “veridicidad”. En cambio, a Badiou justamente le interesa explicar cómo se trastoca ese marco estable de saberes a partir de ese desbordamiento que se plasmará en una verdad post-acontecimiental que reconfigura la situación (una nueva episteme).
  26. “Tanto en el orden del saber, del conocimiento, del juicio pertinente, en suma, de aquello que llamo la “enciclopedia”, diría que, por supuesto hay prescripción del lenguaje, pero que el proceso de constitución de una verdad –que no se hace en otro lugar sino en este elemento– está sustraído a tal jurisdicción. En esto estoy igualmente cercano a ciertos temas de Lacan, ya que este ha dicho que una verdad es aquello que hace un hueco en el saber (…). Para dar cuerpo a este pensamiento, hace falta ir más lejos que Lacan en la destitución del imperialismo del lenguaje y en el reconocimiento de que pueden existir multiplicidades reales que, sustraídas al lenguaje, no caigan sin embargo pura y simplemente en el régimen del encuentro impensable” (Badiou, E1990: 46).
  27. Según comenta Badiou al final de EE, este examen daría lugar a una estética (rebautizada más adelante por él como inestética), a una teoría de la ciencia, a un abordaje del amor que atraviese el psicoanálisis lacaniano, y a una filosofía de la política [à une philosophie de la politique] que luego denominará metapolítica (EE: 477).
  28. Al mismo tiempo, Badiou señala que la parte natural de la extensión genérica se identifica con la situación fundamental previa porque los múltiples naturales se mantienen estables, es decir que, en ese sentido, hay una gran proximidad entre ambas. Debido a que el indiscernible es un operador artificial y, desde el punto de vista ontológico, los múltiples genéricos son lo menos natural suplementar hipotéticamente la situación con una extensión indiscernible la modifica poco en su “naturaleza”, pues no agrega informaciones donde no es discernido (EE: 424).
  29. Una diferencia fundamental en cuanto a la concepción del sujeto entre TS y EE, es que en TS el sujeto era consecutivo a la teorización en la primera parte de ese libro de una dialéctica no estructural, mientras que en EE, Badiou pretende refundar a esta categoría sobre nuevas bases ontológicas y, por ende, lo coloca a lo último. En ese sentido, el propio Badiou señala que la dialéctica TS presuponía que la subjetivación se daba sola, sin un acontecimiento y sin abordar su relación con su soporte ontológico (EE: 12).
  30. En su obra posterior se verá que, una vez ocurrido el acontecimiento, hay otros modos de subjetivación, in-fieles o que traicionan o rechazan al acontecimiento, idea que también puede remontarse a la teoría del sujeto de TS.
  31. Aquí en EE, Badiou distingue entre intervención y subjetivación, pero vale adelantar que el acto de reconocimiento del acontecimiento a través de su nominación (la intervención) que en este libro es central, perderá esa centralidad, sobre todo, desde LM –la obra que complementa a EE–; y el acto que subsistirá será esta decisión de desplegar los efectos fielmente en la situación, la denominada subjetivación o “incorporación”. Por tratarse de procesar los efectos del acontecimiento en la situación, este tema será una cuestión central de la lógica del aparecer expuesta en LM.
  32. En TS, el concepto de confianza era central de la ética del marxismo y se desdoblaba: confianza en la rebelión de las masas y en la organización del partido. En EE, estos referentes directos de la política (las masas y el partido) desaparecen y la confianza ya no puede asentarse en ellos; pero lo que pervive es, sobre todo, su función anticipadora (que incluye a la creencia) respecto de los efectos transformadores de un acontecimiento político.
  33. En este libro, a diferencia de TS; Badiou se declara en contra de pensar al cambio plasmado en nueva situación como una destrucción: “No hay ningún vínculo entre decidir un indecidible y suprimir una presentación” (EE: 449). Se volverá sobre este asunto.
  34. “La teoría de conjuntos, considerada como pensamiento adecuado de lo múltiple puro o de la presentación de la presentación, formaliza cualquier situación en la medida en que refleja su ser como tal, o sea lo múltiple de múltiples que compone toda presentación. Si se quiere encontrar en este marco el formalismo de una situación, convendrá considerar un conjunto tal que-sus características (…) sean comparables con las de la presentación estructurada –de la situación– que se considera” (EE: 151).
  35. Asimismo, como señala Fraser (2007: xlii), la relación entre la ontología y las situaciones concretas puede ser pensada como la relación de un aparato sintáctico con los modelos que se adecúan a él, sobre todo en los pasajes de EE en los que se desarrollan los conceptos de genérico y forzamientos a partir de las pruebas de Cohen.
  36. Badiou admite que sólo podemos experimentar o saber lo que se nos presenta como consistente o unificado, pero a veces puede ocurrir, tras un acontecimiento efímero o excepcional, que tenemos la oportunidad de pensar en la inconsistencia de lo que hay y mantenernos fieles a ella. Asimismo, señala que puede haber más de un procedimiento genérico en una misma situación concreta. Decidir en qué procedimiento involucrarse no tiene respuesta desde un punto de vista ontológico, sino que depende del análisis de la situación concreta (E2003c: 173-174).
  37. Obviamente, a diferencia de los años sesenta, los procedimientos formales que admite e interesan a Badiou en su filosofía de “sistemática” de madurez ya no se acotan a la ciencia, sino que se dan también en otros campos (la política, el arte y el amor), por lo cual su elucidación va a requerir analizar sus secuencias de existencia. Todo esto, sin negar que la matemática y la lógica constituyen el paradigma de la formalización, pues constituyen el pensamiento que carga con “menos particularidad”.
  38. Las implicancias de este consenso ético para la filosofía y la política se desarrollarán más adelante.
  39. “Les ‘conditions historiques’ ne sont rien d’autre que la situation elle-même. Bien entendu, la fidélité suppose l’analyse minutieuse et constante de cette situation. Mais cette analyse elle-même, vous le savez bien, est prise dans la prescription militante. C’est la matérialité des enquêtes qui l’alimente. Sinon, pourquoi serait-elle différente des opinions parlementaires ou journalistiques? Si c’est l’analyse objective qui commande, on ne comprend pas (sauf idéalisme impénitent) pourquoi il y a des révolutionnaires. Si en revanche ce ‘il y a’ renvoie à un processus singulier qui est en cours, et qui, dépendant de l’événement et traçant dans la situation une généricité, ne coïncide cependant pas avec cette situation, alors on a une base matérialiste pour penser l’existence de la politique d’émancipation” (Badiou, E1991).
  40. “…those subjects that are posterior to event are not heroic individuals, but enquiries and practices that take place between and through individuals a political subject, Badiou says, is a meeting, a tract or a protest rally, not an individual, and an amorous subject is what happens in between two individuals, like moving in together, or surviving illness. Sovereignty presupposes unity, and there is no simple unity in a generic procedure” (Feltham, 2008: 106).
  41. Esto puede relacionarse con la caracterización fenomenológica del acontecimiento expuesta en EE a partir del análisis del poema de Mallarmé, según la cual el acontecimiento brinda sus propias huellas o vestigios de su existencia efímera, convocando así al sujeto. En ese mismo sentido, ya en su texto L’éthique, publicado en 1993, Badiou resalta la importancia de labor del sujeto con la huella del acontecimiento, aunque aquí todavía ella sea asociada con el nombre: “dado que el acontecimiento tiene por ser el desaparecer, puesto que es una suerte de suplemento fulminante que adviene a la situación, lo que se retiene en ésta y sirve de guía a la fidelidad es algo así como una huella o un nombre en relación con el acontecimiento disipado” (LE: 105).
  42. Como se indicó en esta Tesis, en sus textos de los setenta Badiou ya reconocía que la imprevisibilidad del acontecimiento sorprende incluso al militante profesional y en TS hasta se refería al militante como un “guardián” del término evanescente, pero hay que subrayar que en aquellos esos textos la centralidad del partido y de la toma del poder estatal no se ponía en duda, lo cual sí sucede a partir de la perspectiva “autonomista” de la política que el filósofo francés adopta desde mediados de los ochenta.
  43. Lyotard (1989: 243) señala que el reenvio a otro acontecimiento previo que implica la teoría de la recurrencia no resuelve la acusación de “decisionismo” que él hace contra Badiou, pero lo que aquí interesa es que esta teoría permite pensar las fuentes de la ruptura acontecimiental.
  44. En relación con esto, en la última parte de la Tesis se explicará que para Badiou un acontecimiento engendra un tiempo propio o “nuevo presente” y que sus ideas pueden vincularse con otras secuencias posteriores a través de su “resurrección”.
  45. Como se mencionó en esta Tesis, Badiou ya criticó esta clase de perspectiva maniqueísta en su artículo “Un Ange est passé”, una revisión crítica del libro L’Ange (publicado en 1976) de Christian Jambet y Guy Lardreau.


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