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Arquitectura

María Rosa Mandrini[1]

Arquitectura en la ruralidad es una construcción material que expresa la historia, la identidad y las dinámicas sociales de cada comunidad. Se trata de la edificación de espacios a partir de conocimientos y saberes transmitidos de generación en generación, lo que la convierte en un proceso vital de las prácticas culturales y las formas de habitar de un grupo humano. Estos espacios se adaptan a las condiciones climáticas, a la disponibilidad de recursos y a las necesidades culturales de sus habitantes. Esta relación con el entorno genera un lenguaje propio, el de la arquitectura rural, donde cada edificación responde a una función específica dentro del entramado social y productivo.

Genealogía

Las construcciones rurales suelen ser denominadas arquitectura popular rural, arquitectura vernácula o patrimonio modesto, constituyendo un testimonio de la vincularidad entre el territorio y sus habitantes (Vanoli y Mandrini, 2021). La producción del hábitat campesino se basa en la disponibilidad de materiales y, particularmente, su diseño se centra en las prácticas locales cotidianas de las comunidades.

A diferencia de la arquitectura académica, que considera al proceso de diseño y de construcción como un proceso lineal y estático, la arquitectura rural popular aporta otra perspectiva. Esta práctica revela que la arquitectura no es estática, sino un proceso creativo y en constante evolución. Las personas, como agentes activos, utilizan su experiencia, conocimientos y saberes ancestrales para crear desde viviendas hasta corrales, depósitos o espacios productivos, que se convierten en lugares para vivir y trabajar (Vellinga y Tomasi, 2024).

Esta naturaleza evolutiva se debe a que la arquitectura, como tal, no tiene un punto de partida claramente definido, ni está jamás terminada (Maudlin y Vellinga 2014). En lugar de ser un evento único, es un proceso que continúa constantemente mientras las personas habiten un entorno (Ingold, 2001, como se citó en Vellinga y Tomasi, 2024), adaptándose y transformándose de manera constante. En los territorios rurales, las construcciones no son objetos fijos, sino que se erigen, reparan, adaptan y expanden de forma continua según las necesidades de sus habitantes y sus actividades, dentro de un proceso de construir, adaptar y habitar (Vellinga y Tomasi, 2024). Esta aproximación destaca a la arquitectura como un proceso vivo y dinámico, que se sucede en el tiempo y donde no hay una separación rígida entre el diseño, la construcción y la vida cotidiana.

La organización de los espacios es fundamental en la arquitectura rural, donde se prioriza un diseño disperso con microespacios, a diferencia de los diseños compactos de los entornos urbanos. En esta configuración, la vida se desarrolla principalmente en el exterior, haciendo de los espacios de transición un elemento vital. El interior se reserva para el refugio nocturno o para condiciones climáticas extremas, mientras que las actividades cotidianas, como el cuidado de animales y cultivos o la gestión del agua, tienen lugar en estos espacios intermedios.

Los elementos que materializan esta transición son variados y funcionan como artefactos (Ramos, 1992) que articulan y conectan otras zonas. Desde las galerías, patios barridos y pérgolas hasta la sombra de los árboles o los fogones techados. A ellos se suman áreas de huerta, cisternas, corrales y galpones. La verdadera riqueza de este sistema reside en la vida que se genera en los intersticios entre estos elementos, en la red de relaciones y usos que los vincula y que define la particularidad de esta arquitectura.

Las tipologías arquitectónicas en la ruralidad se conforman por la superposición de actividades: desde lo residencial y productivo hasta lo recreativo, educativo, sanitario y de culto. Por ejemplo, los espacios residenciales suelen ser también nodos productivos. Las tipologías educativas han funcionado históricamente como centros sociales. La escuela condensa para la comunidad un ámbito de referencia que constituye un espacio, tanto material como simbólico, que atraviesa el devenir de la comunidad. Además de su función educativa, desempeña un papel crucial en la preservación de la cultura y las tradiciones locales (Cejas, 2024). De la misma manera, los espacios públicos como las plazas sirven como soporte para actividades masivas como fiestas patronales y ferias, mientras que los espacios sociales y recreativos privados, como bares y pulperías, tienen una función vital en las comunidades campesinas. Estos lugares son puntos de encuentro para actividades colectivas y celebraciones, reforzando los lazos comunitarios y habilitando la práctica de reunirse y organizarse.

El concepto de habitus de Bourdieu (1977) es fundamental para comprender la arquitectura rural popular. Los materiales, las técnicas y la disposición de los espacios responden a un conocimiento transmitido de generación en generación. Las personas que construyen, que en general son quienes habitan, utilizan lo que está disponible en su entorno y aplican métodos que han funcionado durante años. Al estar alejados de los centros urbanos, las construcciones se han realizado con materiales locales como maderas, fibras vegetales, tierra y piedras.

Los sistemas constructivos responden a métodos heredados entre generaciones, como la mampostería en piedra y diversas técnicas con tierra (adobe, quincha, tapial). Estas técnicas están ligadas a los materiales disponibles, las condiciones climáticas y la cultura del lugar. La forma de un techo o el tipo de muro en una región específica no es solo una elección estética, sino una solución práctica que refleja la experiencia colectiva y el saber hacer perfeccionado con el tiempo. El habitus permite a la comunidad local improvisar y elegir entre opciones, no de forma ilimitada, sino dentro de un marco de posibilidades que su cultura y su entorno les ofrecen.

En esencia, la arquitectura rural popular es la materialización de ese conocimiento ancestral y colectivo. El resultado es un lenguaje arquitectónico particular, que expresa diversos modos de vincularse entre esas personas y el ambiente. De este modo, la construcción refleja y comunica las tradiciones del grupo social que la habita, consolidando la identidad del hábitat rural a través de un proceso autónomo y arraigado en la comunidad.

En épocas preindustriales, los materiales de construcción se elegían en base a los recursos disponibles en el territorio inmediato. Es decir, los materiales determinaban el carácter de la arquitectura (Jorquera Silva, 2016; Martínez y Mandrini, 2022). A mediados del siglo XX, el movimiento moderno predominó en las facultades de arquitectura, empleando formas y materiales que, en muchos casos, no dialogaban con el conocimiento vernáculo (Viñuales, 2013).

Paralelamente, surgieron movimientos arquitectónicos disidentes, como el casablanquismo, que asimilaron elementos de la cultura constructiva popular (Vanoli y Mandrini, 2023). Este enfoque reconoce que el hábitat rural escapa a las intervenciones arquitectónicas tradicionales, ofreciendo una valiosa fuente de información sobre la definición material y simbólica de espacialidades no modernas (Vanoli y Mandrini, 2023). En este contexto, la obra de arquitectos como Eduardo Sacriste es especialmente relevante. Sus viviendas en Tafí del Valle y Cerro San Javier son ejemplos claros de la aplicación de rasgos vernáculos y un profundo conocimiento de las prácticas regionalistas (Ferré Aydos, 2013). Estos proyectos evidencian cómo el diálogo con la arquitectura popular puede enriquecer la práctica profesional, demostrando que este conocimiento merece ser estudiado y valorado.

En los últimos años, el interés por la arquitectura vernácula se ha renovado debido a la creciente preocupación por la ecología, la conservación ambiental y el ahorro energético. Este enfoque suele centrarse en el uso de materiales tradicionales como la tierra, la madera, la piedra o el bambú (Viñuales, 2013; Martínez y Mandrini, 2022), que han demostrado ser sostenibles y apropiados para cada entorno. La arquitectura popular rural, junto con el conocimiento acumulado en torno al hábitat, representa una manera de crear espacios adaptados a las necesidades, funciones y recursos locales, ofreciendo valiosas estrategias para el desarrollo de enfoques sustentables (Sesma et al., 2022).

Su construcción implica tecnologías de bajo impacto ecológico, centradas en los materiales disponibles, determinando el carácter de esa arquitectura (Jorquera Silva, 2016). El uso de materiales naturales y reciclados, junto con técnicas tradicionales, permite que estas construcciones sean sostenibles, resilientes y representativas de la identidad rural. Resulta fundamental destacar el cuidado del ambiente como una práctica histórica y cotidiana de quienes habitan las ruralidades. Es decir, aparece la noción de racionalidad ecológica en la arquitectura rural, a partir de reconocer formas de habitar recíprocas con el ambiente y la naturaleza. Una arquitectura histórica y vigente, que en otro tipo de discursividades podría ser enunciada como sustentable (Vanoli y Mandrini, 2021).

Resulta necesario revisar las intervenciones que se generan sobre la arquitectura rural, para realizarlas de una manera responsable, en la que se logre combinar tradición con innovación, para mejorar la calidad de vida de quienes habitan, fortaleciendo la identidad cultural que representa.

Perspectivas

La arquitectura popular rural es un patrimonio vernáculo y situado que atestigua la historia de las comunidades (Waisman, 1994). Más allá de ser un testimonio del pasado, es un factor clave para comprender las dinámicas y tensiones actuales del hábitat rural en Latinoamérica. Al estar ligada al territorio y a sus recursos, refleja las transformaciones que experimentan las comunidades frente a cambios ambientales, económicos y socioculturales. La tierra y otros materiales naturales son predominantes en su materialidad (Mandrini et al., 2018).

Sin embargo, en Argentina, la arquitectura rural ha sido objeto de intervenciones desde la política pública habitacional en nombre de la salubridad, vinculada a la erradicación de la enfermedad de Chagas. El planteo general de estas políticas públicas ha procurado estimular el desarrollo mediante mejoras en infraestructura, en caminos, en servicios básicos, entre otras; y también se ha centrado en la erradicación de las viviendas o escuelas afectadas (Mandrini et al., 2018).

Estas intervenciones y discursividades, que consideran a la arquitectura rural histórica como expresión del atraso o lo erradicable, y a la arquitectura que promueve la política pública como el progreso o lo deseable, han generado una creciente tensión entre las técnicas constructivas tradicionales y la incorporación de materiales industriales, muchas veces en detrimento de los saberes locales históricos. El reemplazo edilicio de la arquitectura rural despliega un discurso espacial que moldea la percepción de otros espacios, proponiendo un contrapunto entre las arquitecturas vernáculas y las arquitecturas denominadas modernas (Cejas, 2024).

Al mismo tiempo, la expansión del sistema agrario productivo ha impuesto lógicas mercantiles que acaparan tierras y generan el despojo de bienes naturales, personas y territorios. Como consecuencia, los espacios rurales y campesinos atraviesan profundas transformaciones sociales, económicas y demográficas, redefiniendo continuamente sus formas de habitar y producir.

La arquitectura tiene la capacidad de representar un momento histórico a partir de su carácter y su lenguaje. La arquitectura rural representa parte del patrimonio inmaterial, al combinar conocimientos y técnicas constructivas transmitidas de generación en generación, que se han ido modificando y perfeccionando a lo largo del tiempo según la redefinición de las necesidades culturales particulares (Mandrini et al., 2018). No obstante, la ausencia de políticas públicas habitacionales responsables, que promuevan la conservación de ese patrimonio y que apunten a una mejora de las condiciones edilicias y culturales de la región, ha puesto en riesgo la permanencia de esta arquitectura en el tiempo.

En este contexto, la arquitectura rural se convierte en un campo clave para analizar las tensiones entre tradición e innovación, entre el arraigo territorial y la adaptación a nuevas condiciones de vida rural. Resulta fundamental reflexionar sobre la tensión entre el avance extractivista, las políticas habitacionales y las prácticas campesinas tradicionales. Repensar el hábitat rural requiere no solo reconocer el valor del patrimonio arquitectónico rural, sino también generar estrategias que permitan su adaptación sin perder su identidad, garantizando así su sostenibilidad tanto cultural como ambiental.

Entradas relacionadas

Vernáculo; Tradición; Sustentabilidad; Saberes locales ancestrales; Políticas públicas.

Referencias

Bourdieu, P. (1977). Esquema de una teoría de la práctica. Cambridge University Press.

Cejas, N. (2024). Erradicación de escuelas y viviendas rancho: Producción del espacio como pedagogía colonial. Estudios Rurales, 14(29). https://doi.org/10.48160/22504001er29.513

Ferré Aydos, M. A. (2013). Eduardo Sacriste e a arquitetura moderna: sete casas em Tucumán, Argentina [Tese de mestrado, Universidade Federal do Rio Grande do Sul]. Repositório Digital LUME. https://hdl.handle.net/10183/96338

Ingold, T. (2001). La percepción del entorno: Ensayos sobre medios de vida, vivienda y habilidades. Routledge.

Jorquera Silva, N. (2016). Tierra y piedra, materias primas de la arquitectura santiaguina. Revista 180, (12), 1-10. http://www.revista180.udp.cl/index.php/revista180/article/view/12

Mandrini, M. R., Cejas, N. y Bazán, A. M. (2018). Erradicación de ranchos, ¿erradicación de saberes? Reflexiones sobre la región noroeste de la Provincia de Córdoba, Argentina. Anales del IAA, 48(1), 83–94. http://www.iaa.fadu.uba.ar/ojs/index.php/anales/article/view/265/453

Martínez, V. y Mandrini, M. R. (2022). Desafíos de la producción transcultural del conocimiento. El caso de la arquitectura con tierra en universidades de Argentina y Uruguay. [i2] Investigación e Innovación en Arquitectura y Territorio, 10(2), 13-38. https://doi.org/10.14198/I2.19964

Maudlin, D. y Vellinga, M. (2014). Arquitectura consumista: Sobre la ocupación, apropiación e interpretación de edificios. Routledge.

Ramos, J. (1992). La aventura de la pampa argentina. Arquitectura, ambiente y cultura. Corregidor.

Sesma, M. I., Mandrini, M. R., Cejas, N. V., Vanoli, F. N., Bocco, R. M., Rionda, P., y Rosalía, P. (2022). Hábitat rural campesino: Catálogo de espacialidades. Asociación Vivienda Económica (AVE).

Vanoli, F. y Mandrini, M. R. (2021). Sustentabilidad y hábitat campesino: abordajes desde la ecología política en el territorio rural de Córdoba, Argentina. Revista Vivienda y Comunidades Sustentables, (9), 77–89. https://doi.org/10.32870/rvcs.v0i9.160

Vanoli, F., y Mandrini, M. R. (2023). El gesto político de la arquitectura. Aportes de la ruralidad para un pensamiento proyectual crítico en la formación universitaria. Trabajo y sociedad24(41), 123-140.

Vellinga, M. y Tomasi, J. (2024). Architecture. En R. Cantave (Ed.), The Open Encyclopedia of Anthropology. http://doi.org/10.29164/24architecture

Viñuales, G. M. (2013). Actualidad de la arquitectura vernácula. En G. M. Viñuales (Ed.), Arquitectura vernácula iberoamericana (pp. 8–15). Red AVI.

Waisman, M. (1994). El patrimonio en el tiempo. Revista PH, (6), 10–14.


  1. Centro Experimental de la Vivienda Económica, AVE-CONICET.
    mrmandrini8@gmail.com.


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