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Monte

Natalia Soledad Veliz[1] y Antonela Lucía Mostacero[2]

Monte, en el hábitat rural, es un espacio relacional donde seres humanos y no humanos sostienen vínculos de interdependencia y complementariedad. Este territorio, integrado por ríos, cerros y planicies, con diversas características fitogeográficas, se constituye como el escenario de múltiples prácticas como el pastoreo, las festividades y otras actividades domésticas productivas, todas ellas mediadas por la temporalidad. Desde estas dinámicas agro-pastoriles y festivas, el monte se vuelve parte tanto de los espacios domésticos como de los territorios comunitarios. Asimismo, se constituye como un lugar de aprendizaje y de transmisión de saberes locales e intergeneracionales, dotando de memoria y pertenencia a quienes lo habitan. Por ello, el monte comprende territorialidades cargadas de memoria colectiva, cuya conservación es clave para la continuidad de las identidades, así como de las prácticas sostenibles y sustentables, en resguardo de los derechos de quienes lo habitan.

Genealogía

La noción de monte es un concepto polisémico y su construcción teórica proviene de diversas perspectivas. Una de las primeras conceptualizaciones surgió del campo de la Geografía Física a finales del siglo XIX, que propuso la regionalización de los espacios geográficos (Benedetti, 2017). Según este enfoque, a partir de la caracterización morfológica, meteorológica, florística, faunística, entre otras (Cabrera, 1976 [1994]; Morello, 2012; Karlin et al., 2013), el monte se define estrictamente como la Provincia Fitogeográfica del Monte, definida y caracterizada por la vegetación arbustiva predominante (Cabrera, 1976 [1994]; Karlin et al., 2017). Ésta es un área de las más extensas de Argentina y se caracteriza por ser una unidad ambiental, compleja y difícil de categorizar (Karlin et al., 2017). Se encuentra dividida en dos ecorregiones, el Monte de Sierras y Bolsones y el Monte Meridional (Morello, 2012). De acuerdo con el Segundo Inventario Nacional de Bosques Nativos (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, 2022), el monte es una región con baja cobertura boscosa dominada por algarrobos (Prosopis spp.) y estepas arbustivas xerófilas donde prevalecen las jarillas (Larrea spp.).

No obstante, existen numerosos estudios que utilizan los términos bosque y monte como sinónimos. Algunos trabajos silviculturales que abordan las prácticas de control y manejo de los montes para obtener una producción de bienes y servicios identifican diferencias entre ambos. El bosque hace referencia a terrenos que tienen especies arbóreas, arbustivas, de matorral o herbáceas que no poseen uso agrícola ni urbano industrial (Sociedad Española de Ciencias Forestales, 2005; San Miguel Ayanz, 2010). Además, el bosque refiere a una superficie mayor a 0,5 ha con una agrupación de árboles espesa, que posea más del 10% de la cobertura de copa (Food and Agriculture Association, 2001). Bajo esta lógica, los bosques estarían comprendidos dentro del concepto de monte, mientras que aquellas áreas cubiertas por formaciones con menor espesura o especies no arbóreas no podrían identificarse como tales (San Miguel Ayanz, 2010).

Desde una perspectiva productivista, la naturaleza es concebida como una fuente inagotable de riqueza y recursos. En estos términos, el monte fue considerado un obstáculo para el progreso y la modernización, que debía ser explotado y dominado por la racionalidad de una cultura considerada avanzada (Lévi-Strauss, 1962; Leff, 1998). En este sentido, se encuentran nociones como monte fuerte, aludiendo al monte impenetrable, debido a la dureza de sus árboles (Solá, 1975), o la definición de la Real Academia Española como “tierra inculta cubierta de árboles, arbustos, matas o hierba” (RAE, 2025). Estas miradas, que continúan vigentes dentro del modelo neoliberal y el racionalismo económico, objetualizan la naturaleza, vinculándola con nociones de salvajismo y desaprovechamiento de recursos susceptibles de ser explotados.

En una dirección opuesta, en la primera mitad del siglo XX, desde el campo de la Geografía Cultural, se empieza a acercar a la noción de monte a partir de la caracterización del paisaje cultural. Desde este enfoque, se rechazan las dicotomías rígidas entre la naturaleza y la cultura, entendiéndose así que las comunidades y su entorno son modelados por prácticas culturales, económicas y simbólicas, perspectiva discutida por Sauer (2008 [1925]). Este autor argumenta que el paisaje deja de ser un escenario pasivo, sino que, por el contrario, es transformado activamente por las acciones humanas, convirtiéndose en un paisaje cultural (Sauer, 2008 [1925]).

Los estudios enmarcados en este giro ontológico, más abocado a un pensamiento decolonial, permiten cuestionar las definiciones anteriores que se encuentran marcadas por dinámicas de poder y dicotomías conceptuales (Descola, 1994; Quijano, 2000). Desde miradas renovadas de la antropología y la historia, se indaga al monte desde las nociones de territorialidad, paisaje y cosmovisión indígena. Este enfoque es clave para entender su configuración relacional y dinámica. Para muchas culturas indígenas, el monte no sólo tiene agencia, sino también intenciones y voluntad propias (Kohn, 2013). Así se convierte en un lugar simbólico y espiritual desde el cual se aprende y se transforma en un lugar de sabiduría ancestral (Remorini y Sy, 2003). Para las comunidades indígenas-campesinas, como las quechuas, aymaras, guaraníes, mapuches y demás comunidades originarias, el monte es una entidad integral que permite captar la totalidad de su significado en el contexto de sus cosmovisiones. Por ejemplo, en la cosmovisión Mbya-Guaraní, el monte no es solo un espacio físico lleno de biodiversidad, sino también un ámbito central para la vida social, espiritual y de transmisión de conocimientos (Okulovich, 2014). Desde el cosmos wichí se lo concibe como un lugar de convivencia con los ancestros, los espíritus y los seres sobrenaturales (Suárez, 2012). El monte es un espacio de aprendizaje donde las niñeces adquieren habilidades prácticas y valores culturales a través de la observación y la experiencia. Además, cumple un papel clave en los procesos de endoculturación y socialización, fortaleciendo la identidad y el conocimiento tradicional de la comunidad (Viveiros de Castro, 2004).

Desde esta mirada amerindia (Viveiros De Castro, 2002), se reconoce al monte como un territorio sagrado, dinámico y habitado por seres que tienen agencia. Dicha cosmología, comprende al monte no como una serie de elementos, árboles y animales, sino como un espacio que se rige por relaciones de reciprocidad. Para la cosmovisión andina, el monte o sacha, en el idioma aymara, implica una relación de reciprocidad, que se da a partir del cuidado que las comunidades tienen con el monte. A cambio, este les proporciona recursos como plantas medicinales, alimento y materiales para la construcción (Estermann, 1998; Gardenal, 2016). Pero también existe una interrelación espiritual, pues el monte es un lugar sagrado, y por lo tanto el sustento no sólo es material sino también espiritual para la comunidad que lo habita (Arnold, 1992). Desde las comunidades indígenas, el monte se configura desde y con las relaciones entre los seres que lo habitan, siendo una relación simétrica, en un sentido de complementariedad y reciprocidad (Estermann, 1998).

Perspectivas

El monte debe entenderse como un territorio que, aunque muchas veces parece lejano y secundario respecto al espacio inmediato de las casas, constituye en realidad la raíz del hábitat rural. Allí se pastorea ganado o la hacienda, se localizan las aguadas, se celebran prácticas como la hierra o las festividades de carnaval y se encuentran los recursos esenciales para la vida cotidiana, como alimentos, flores para la miel y espacios de descanso en invernada o veranada. En este sentido, el monte funciona como un refugio multifuncional que sostiene la continuidad de la vida en los territorios rurales.

Sin embargo, las narrativas hegemónicas de progreso colocan al monte junto con la vivienda campesino-indígena en una posición de invisibilización. Esta contradicción evidencia la resistencia territorial de las comunidades campesino-indígenas, que buscan mantener sus modos de existencia y ejercer acción política (De la Cadena, 2010). La transformación del monte ha sido impulsada por distintos procesos históricos. En primer lugar, la difusión de las ideas de civilización y progreso del positivismo europeo en el siglo XIX influyó en la planificación estatal, promoviendo su transformación y la asimilación de sus poblaciones (Zusman, 2000). Posteriormente, la Revolución Verde, a partir de los años cincuenta, modernizó las prácticas agrarias con tecnologías orientadas a la rentabilidad, incentivando el reemplazo de sistemas productivos tradicionales (Albán y Rosero, 2016). Finalmente, la globalización ha reforzado estos procesos mediante la expansión del agronegocio y los monocultivos, desplazando a la población rural (Girbal-Blacha, 2013; Mançano Fernandes, 2013). De esta manera, estas propuestas económicas disputan la construcción de sentidos sobre monte con la de las comunidades campesino-indígenas.

Investigaciones en América Latina destacan la importancia del monte nativo para las comunidades pastoriles y campesino-indígenas (Scarpa, 2000; Arenas, 2012; García et al., 2018; González, 2019). En estos territorios se desarrollan actividades como la caza y la recolección de frutos, yuyos, fibras y maderas. Históricamente, estos recursos han sido fundamentales para la configuración material y la elección de técnicas de las arquitecturas domésticas influyendo en la decisión de emplazamiento, selección de materiales y temporalidades constructivas (Instituto de Investigaciones de la Vivienda, 1969; Keller, 2008; Tomasi, 2011; Pirondo et al., 2023; Otegui, 2023; Veliz, 2023).

Las formas de habitar se configuran a partir de tramas de sentido que emergen en torno al ambiente, el territorio y las relaciones sociales. Por ello, analizar las prácticas de los grupos que viven y se vinculan con el monte requiere un abordaje integral (Vanoli y Cejas, 2022).

En los estudios sobre hábitat rural y, particularmente, sobre el hábitat campesino, existe un consenso académico sobre su carácter multifuncional y su papel central en lo productivo (Fals Borda, 1963; Boils Morales, 2003; Garay, 2018). En este sentido, lo doméstico, lo productivo y lo social están imbricados en las prácticas de la vida cotidiana, la mayoría de las cuales se desarrolla en espacialidades rurales (Martínez Coenda, 2022). En estos términos, el monte forma parte indivisible de este hábitat rural como espacio desde el cual se despliegan múltiples estrategias para la continuidad de la vida en los territorios campesino-indígenas (Gardenal, 2016; Mostacero, 2025).

El hábitat rural contiene un sistema de espacios donde transcurre la vida doméstica, registrado en términos diferentes a las concepciones occidentales acerca de una casa (Vanoli y Mandrini, 2021). El monte, como parte de dicho sistema, se transita, se controla y se habita, generando experiencias familiares y comunitarias (Katzer, 2015; Viveiros de Castro, 2004). En este marco, las prácticas de movilidad, ya sean individuales o colectivas, resultan fundamentales para la apropiación y transmisión de saberes locales y comunitarios (Vivaldi, 2010; Katzer, 2015). En la misma línea, algunos estudios indagan en la producción y transmisión de conocimiento social y corporificado de las mujeres sobre el monte y el territorio (Gómez, 2006; 2008; Cabnal, 2010). En relación con esto, se identifica que en el monte se extienden las territorialidades campesinas, tanto familiares como comunitarias (Mostacero, 2025). Algunos estudios consideran que el monte es un territorio que integra un sistema de lugares articulados en el hábitat rural, con una función mayormente productiva (Sesma et al., 2022). Otros, enfatizan la complejidad de este espacio al identificarlo como parte de un enredo, donde el monte es de todos y a la vez de nadie (Veliz, 2023). Esta perspectiva permite identificarlo como un bien común y comprender las estrategias comunitarias y colectivas que desarrollan los grupos campesino-indígenas para la preservación de la biodiversidad y de la territorialidad en el monte (Berkes, 1989; Comerci, 2024).

En definitiva, el monte es simultáneamente un lugar de vida, memoria y cultura y un recurso económico sujeto a presiones externas. Es pertinente analizar estas tensiones desde una perspectiva interseccional que reconozca las asimetrías de acuerdo con los géneros, clases, etnias, orientación sexual y discapacidad (Viveiros Vigoya, 2023). En este cruce se define el rol de su preservación, gestión y negociación sobre el uso del territorio monteño y donde las políticas podrían promover su sostenibilidad ambiental y la continuidad cultural de los pueblos que lo habitan.

Entradas relacionadas

Territorio; Saberes locales ancestrales; Temporalidad; Naturaleza; Ambiente.

Referencias

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  1. CONICET – Laboratorio de Arquitecturas Andinas y Construcción con Tierra, Instituto de Rodolfo Kusch, UNJu. natyveliz_10@hotmail.com.
  2. CONICET – Departamento de Geografía, FCH, UNLPam.
    antonelamostacero@gmail.com.


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