Julieta Barada[1]
Lugar refiere, como concepto geográfico, a una porción del espacio. Si bien su extensión puede ser variable, tal que puede emplearse en la definición de una localidad o incluso una región, lo cierto es que, en general, lugar se asocia a la noción de paraje o de aldea. Es decir, un sitio pequeño que posee singularidad. Al mismo tiempo, este concepto posee un uso extendido en el sentido común, tal que, sin aludir de manera directa a una referencia geográfica, la idea de lugar, el lugar de, implica una cierta asociación entre personas, objetos, espacios y tiempos. El rol de las personas como actores clave en la definición de lugar ha sido un eje central en su trayectoria teórica, principalmente desde la Geografía. La existencia misma de un lugar implica, en su concepción, la construcción de un conjunto de sentidos espaciales a través de la relación con las personas y sus experiencias vividas. La noción de identidad emerge como problemática central en torno a la definición de lugares. Las diferentes perspectivas teóricas han ido modelando y discutiendo sus alcances e incluso poniendo en discusión cómo se constituyen estas relaciones y aquello que, en definitiva, define al lugar: sus límites, en la articulación entre lo global y lo local.
Genealogía
Como toda noción teórica, las consideraciones sobre el lugar en el hábitat rural poseen sentidos políticos, sustentados en diferentes perspectivas. Por un lado, la noción es empleada para el entendimiento de lo local en la caracterización de sitios específicos que poseen una cierta significación para las personas, anclada en relaciones históricas, comunitarias, domésticas, constituidas desde la experiencia vivida. Por el otro, desde aquellas miradas que procuran concebir la especificidad de los sitios en el contexto global, lugar se articula con las ideas en torno a lo local, y entonces, sus sentidos epistemológicos han sido funcionales tanto para las políticas para el desarrollo como para la aparición de nuevos enfoques de investigación basados en la perspectiva de los procesos situados.
“Un lugar, para ser un lugar, necesariamente tiene un significado”, plantean Gregory et al. (2009, p. 539, traducción propia). Esta definición permite trazar un recorrido desde las perspectivas humanistas de la década de 1970, que se constituyen como un punto de partida para la comprensión del devenir epistemológico del concepto, a partir de la puesta en foco de las personas como agentes necesarios en la construcción de un lugar, diferenciándolo del concepto de espacio. En este marco, cabe destacar el rol que tuvo, por un lado, la Geografía Humanista, principalmente a través de los trabajos asociados a la fenomenología y la Geografía Anglosajona, desde la experiencia vivida (Creswell, 2004). La perspectiva de Tuan (1977) introduce el concepto de topofilia, basado en la relación emocional de las personas con los espacios en su constitución como lugares. Para esta idea, la temporalidad tiene una fuerte relación con la construcción de la memoria y, entonces, con la definición de identidades.
En contraposición a la mirada humanista, las perspectivas materialistas asociadas al marxismo observaron la naturaleza de los lugares y su relación con las personas a través de las condiciones de producción (Soja, 1989). En este marco, la construcción de sentidos sobre los lugares comienza a comprenderse en la tensión entre lo local y lo global, tal que ningún lugar puede considerarse de manera aislada de las desigualdades estructurales que los atraviesan (y entonces, los definen), de manera diferenciada. Como se observará más adelante, ambas perspectivas son relevantes, incluso en la contemporaneidad, para comprender al lugar en el estudio del hábitat. En buena medida, esta relevancia se constituye en el marco de las críticas que a partir de la segunda mitad del siglo XX proliferaron en relación con el desarrollo urbano y la globalización, entre las que Muerte y vida de las grandes ciudades de Jane Jacobs (1967) se constituye como uno de los ejemplos más sobresalientes desde el urbanismo.
Por su parte, desde la Sociología, la mirada constructivista del espacio de Lefebvre (1991), en línea con la perspectiva marxista, permite poner el foco en las estructuras de poder y las prácticas sociales que definen los lugares (Atkinson et al., 2005). En todo caso, desde la ruralidad, la consideración de los sentidos, memorias y emociones de las personas, y los colectivos sociales en su construcción de lugares, no puede comprenderse de manera aislada a sus lógicas de producción. Estas últimas, han sido eje de los estudios desde la Geografía Económica, en relación con la distribución espacial del trabajo (Souto y Benedetti, 2011).
En términos políticos, un debate decolonial sobre los lugares en la ruralidad debe llamar la atención sobre el devenir de esta noción en el marco de políticas de desarrollo. Su avance, particularmente a partir de la década de 1980, estuvo estrechamente vinculado a las construcciones en torno a la comunidad (Barros, 2000). En este marco, las políticas identitarias, el multiculturalismo y las relaciones de inclusión/exclusión (Keith y Pile, 1993), se han posicionado en el eje de los debates. Particularmente en el contexto neoliberal, el uso del lugar como clave para el desarrollo se constituyó como un vehículo que, de acuerdo con Harvey (1993), potenció la búsqueda de autenticidades hasta el extremo de la fetichización de las tradiciones. En este devenir es que las geografías posmodernas poseen un rol central para repensar el lugar y sus estudios, desde la consideración de las desigualdades en su construcción y su representación.
En efecto, la tensión entre lo local y lo global (y sus mutuas existencias) emerge en el centro de las discusiones en torno al sentido de lugar. La propuesta de la geógrafa británica Massey (2000; 2004; 2005) es quizá una de las más relevantes, tal que destinó buena parte de su desarrollo teórico a problematizar el lugar en el marco de la globalización de la década de 1990, y su planteo implicó un cambio radical en las nociones presentadas previamente. De acuerdo con Massey (2004),
no hay lugares que existan con identidades predeterminadas que luego tienen interacciones, sino que los lugares adquieren sus identidades en muy buena parte en el proceso de las relaciones con otros. La identidad de un lugar siempre está en proceso de cambio, de formación, de modificación (p. 79).
Esta mirada coloca nuevamente la escala espacial y temporal en el centro del problema, ya que pretende superar la visión “reaccionaria de quienes observan en él una especie de refugio a la inseguridad que provoca el proceso de comprensión espaciotemporal” (Barros, 2000, p. 88). Massey (2004) se posiciona en el entendimiento del lugar como un ámbito desde el cual es posible para las personas construir identidades dinámicas desde las cuales negociar las acciones de los agentes hegemónicos (Barada, 2017). Esta perspectiva dinámica y en relación sobre el lugar puede leerse, también, en la clave que Barros y Zusman (1999) propusieron para pensar los conceptos híbridos, tal que se trata, entonces, de sitios cuya singularidad se define a partir de la articulación de procesos internos y externos, pasados y presentes.
Estas ideas permiten insertar los problemas de la agenda decolonial en la concepción de lugar, desterrando la mirada romántica e inmanente sobre la construcción de sentidos y posicionándose, entonces, en la condición dinámica como eje que posibilita el cambio en el marco de disputas en las relaciones de poder estructuralmente asimétricas. En este contexto, el hábitat se ha puesto en el foco de las conflictividades, en buena medida, desde los feminismos en general y las perspectivas geográficas en particular. El hogar constituido históricamente como refugio y quizá la máxima expresión de la construcción de lugar para las geografías humanistas, se pone en jaque cuando se observa su constitución como sitio de violencias y alienación (Blunt y Varley, 2004). Atravesados por asimetrías sociales estructurales que son económico-productivas, pero también de clase, de género, culturales, entre otras, los lugares se encarnan y también se disputan, en la vida doméstica y comunitaria.
Perspectivas
El traslado [de los indios por los españoles a los pueblos de reducción] era pues equivalente a una técnica de amnesia, para alejar a los indios de su pasado. Y la anulación activa de la memoria codificada en el espacio de vida (y el espacio conmemorativo de los lugares funerarios) se llevaba a cabo mediante la demolición (Abercrombie, 2006, p. 308).
Este fragmento de Abercrombie (2006) en su trabajo en la comunidad de K’ulta, en la actual Bolivia, alude al análisis del rol de los traslados de los indios a las reducciones como parte de un proceso de anulación del pasado. La amnesia se produce en el intento de anular las relaciones entre las personas y sus espacios, constituidas en el tiempo. En definitiva, anular sus lugares.
Decolonizar la idea de lugar en el hábitat rural desde sus marcos conceptuales requiere, necesariamente, visibilizar esas relaciones. Es necesario entonces volver a considerar las bases del proyecto colonizador de América en su condición extractiva basado en la disociación de la naturaleza y la sociedad. Desde allí se habilitó la explotación de los recursos y de las personas, bajo el discurso del modelo civilizatorio europeo sostenido a través del genocidio y la desposesión (Astudillo et al., 2019). El modelo capitalista actual a escala global sostiene estos mismos principios, permeados por la tensión globalizadora en torno a la posible pérdida de la singularidad de los lugares. ¿Qué relaciones operan, entonces, en su definición como tales?
Hace ya cincuenta años, Guy Debord (1967) planteó el rol de las mercancías en la construcción de lugares no industrializados y su ficcionalización en la construcción ilusoria de consumos singulares para el entretenimiento global. El rol del turismo como agente transformador en contextos rurales parece ineludible. Basta dar cuenta del ejemplo de las políticas de Pueblos Mágicos en México (2001), replicada en Argentina en el programa de Pueblos Auténticos promovido por el Ministerio de Turismo de la Nación desde 2017.
Tal como fue planteado previamente en relación con las políticas del desarrollo y el multiculturalismo, la protección de los entornos en el marco de políticas patrimoniales opera en los mismos sentidos disociativos coloniales entre la naturaleza y las personas. Esta disociación es sostenida por una construcción de sentidos que recorta aquello que le es funcional a las redes de turismo global, sobre valores temporales. De acuerdo con Amerlink (2008), “se alienta en el turista un modo particular de conocer el mundo y a la gente, generando una especie de virtualismo, conforme a modelos occidentales de concebir la sociedad y el mundo” (2008, p. 386).
Sin embargo, la mayor complejidad de esta problemática radica, entre otras cuestiones, en que ese consumo no es unidireccional y lineal. Es decir, no se trata solamente de la construcción (o reconstrucción) de lugares para el consumo externo sino más bien de comprender su compleja interacción con el consumo por parte de los locales, de sus propias identidades (Urry, 1995). ¿O acaso estas redes no operan de manera directa en las comunidades que redefinen, incluso, sus identidades en función de esos modelos exógenos?
Las políticas de desarrollo local construyen un nudo central en este sentido, puesto que se basan en un recorte de las bases territoriales productivas para su funcionamiento en una escala local. Las posibilidades de transformación del lugar, como concepto analítico y operativo, pueden pensarse a partir del desplazamiento desde una articulación vertical de los lugares (promovida por la globalización) hacia una articulación horizontal (Carpio Martin, 2002), pero no alcanza. El rol de los estudios sobre el hábitat es clave para problematizar esas agendas, tal que no se trata sólo de considerar las posibilidades económico-productivas del lugar sino comprenderlo como espacio de vida, en línea con la propuesta teórica de Santos (1979).
¿Cómo intervienen entonces, en esta idea, las formas dinámicas de las relaciones entre las personas, los espacios, los objetos que constituyen los lugares, pero a su vez, su propia concepción? No se trata de problematizar las múltiples relaciones posibles, sino de cuestionar la concepción misma de los espacios, los objetos, y considerar sus propios procesos de transformación en el tiempo.
Lo que la gente blanca llama ‘minerales’ son los fragmentos del cielo, la luna, el sol, las estrellas, que cayeron en el comienzo de los tiempos. Es por esto que nuestros antiguos ancianos siempre llamaron a los metales brillantes mareaxi y xitikarixi, que son también nuestros nombres para aquello que los blancos llaman estrellas (Kopenawa y Albert, 2013[2010], p. 283, como se citó en Astudillo et al., 2019, p.33).
El reconocimiento de la existencia e interacción entre ontologías múltiples pareciera ser sólo un punto de partida (Escobar, 2016). En todo caso, la singularidad del lugar no se da únicamente por la fuerza de sus relaciones internas, sino que radica, en línea con Massey (2000), en el modo singular en que las relaciones externas operan desde lo local. En este contexto, el concepto de lugar resulta central para una perspectiva decolonial, donde las políticas del lugar se convierten en un campo de disputa para la construcción de sentidos territoriales, evitando una concepción romántica. Esto es particularmente relevante para el hábitat rural puesto que sus lugares tienden a ser definidos desde una exaltación de su singularidad, como si esta no se construyera en relación con otros espacios, redes, relaciones, pero también, invisibilizando sus complejidades, tensiones e incluso profundas conflictividades internas.
Esta agenda requiere problematizar lo local desde su sentido epistemológico; así, el conocimiento situado (Haraway, 1991) se constituye no solo como estrategia de investigación, sino como herramienta política poderosa ante las imposiciones de las agendas globales del desarrollo. La experiencia vivida que fue mencionada en el marco de las trayectorias del concepto se vuelve un elemento clave. Permite visibilizar no sólo las características de los lugares desde los lugares mismos y las personas que los definen, sino que también es una condición necesaria para considerar cómo, desde el cotidiano, desde la vida diaria de las personas, se encarnan y se disputan sentidos de lo global, mayormente desiguales. Las asimetrías de poder desde las que operan los diferentes actores en la tensión entre lo global y lo local y sus dinámicas son un eje central para los debates actuales sobre la noción de lugar en el hábitat rural y, desde allí, para la apropiación de su capacidad transformadora.
Entradas relacionadas
Capitalismo; Pueblo rural; Turismo; Ambiente; Paisaje.
Referencias
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- CONICET – Laboratorio de Arquitecturas Andinas y Construcción con Tierra, Instituto Rodolfo Kusch, UNJu. ju.barada@gmail.com.↵






