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Introducción

Julieta Barada, Noelia Cejas, Ana Garay y Jorge Tomasi

Definir el hábitat rural implica enfrentarse a una densa red de significados naturalizados por el discurso moderno-colonial y su correlato capitalista (Escobar, 2007; Quijano, 2014; Jappe, 2019). Durante décadas, la comprensión de lo rural ha quedado atrapada en una doble pinza reduccionista: por un lado, se lo condena negativamente como lo no urbano (Wang et al., 2023) o lo atrasado (Llambí Insua y Pérez Correa, 2007); por el otro, se lo fagocita como mera mercancía a través de su dimensión productiva (Heinrich, 2008). Bajo esta lógica del capital, que va desde el viejo mito del granero del mundo hasta la actual híper-productividad agroindustrial del paquete transgénico, el territorio sufre un sistemático vaciamiento social (Svampa y Viale, 2014). Lo que se exporta como eficiencia macroeconómica es, en el territorio, la desarticulación de las tramas de vida comunitarias (Gutiérrez Aguilar et al., 2016). Esta misma matriz reduccionista ha permitido que políticas públicas se diseñen bajo enfoques urbanocéntricos (Vanoli y Cejas, 2022), imponiendo modelos habitacionales estandarizados que ignoran la racionalidad ambiental (Leff, 2006) y la cultura de quienes habitan el espacio rural (Mandrini et al., 2018).

El Glosario del hábitat rural. Senderos entre conceptos clave está compuesto por un conjunto de entradas que conforman una obra colectiva concebida como una herramienta pedagógica y política orientada a deconstruir la histórica invisibilización que pesa sobre los colectivos campesino-indígenas y los territorios que habitan (Delrio et al., 2018). Frente a las definiciones técnicas, compartimentadas o urbanocéntricas, este glosario propone una mirada integral, pero no por ello acabada, del hábitat rural. Buscamos hacer lugar, desde estas páginas, a una perspectiva caleidoscópica. Esta figura nos permite subrayar el carácter móvil de la relación entre las entradas. Lo no-fijo, la composición, lo diverso, el afuera del libro. Esta compilación reúne una diversidad de voces, fragmentos de saberes, memorias, materialidades, que se reordenan a la luz del movimiento que supone ensayar una definición. Una pregunta llega, como condición necesaria, para reunir esas piezas y componer una manera de mirar. Esta invitación a mirar caleidoscópicamente intenta hacer la finta a las narrativas homogeneizantes, des-fijar sus alcances. Para propiciar este movimiento, hemos trazado algunas conexiones entre los conceptos que conforman este glosario, bajo el nombre de entradas relacionadas, al final de cada una de ellas y también posibles senderos de lectura, que proponemos en esta introducción y en un índice temático al final del libro.

Este proyecto nació como iniciativa de la Red de Estudios del Hábitat Rural (RedHaR), espacio académico interdisciplinario de reflexión sobre las diversas formas de habitar la ruralidad de Latinoamérica. El proceso de escritura del glosario partió de una cartografía colectiva: a través de reuniones virtuales, que sortearon las distancias geográficas, lxs miembros de la red definimos un conjunto de términos ineludibles para comprender el hábitat rural y conformamos un comité editorial para encauzar la coordinación. A partir de la diversidad de voces que convocó este proyecto, la arquitectura interna de las 48 entradas supera el plano de lo estrictamente terminológico para proponer un campo de debate abierto y situado. Cada entrada ofrece una definición breve para luego dar paso a una perspectiva genealógica, procurando rastrear la profundidad histórica de cada término, identificando tanto las derivaciones académicas como los silencios y vacíos/vaciamientos que han marcado sus trayectorias. Lejos del purismo teórico, las entradas sitúan cada concepto en las tensiones y encrucijadas del presente, mapeando el avance del agronegocio, las lógicas extractivistas y las urgentes disputas por la autonomía comunitaria.

Los estilos de redacción y las opciones lingüísticas (incluyendo el uso de lenguaje no sexista o inclusivo) corresponden a las decisiones éticas y epistémicas de cada autoría, respetando la polifonía y autonomía de las voces que componen esta obra colectiva.

Trayectorias históricas en el estudio del hábitat rural

Los antecedentes de los estudios sobre hábitat rural muestran una trayectoria que inicia en base a una perspectiva productiva/agraria y fue incorporando un enfoque integral y relacional que ha incluido diferentes dimensiones como vivienda, organización espacial, saberes y resistencias, trabajo, género, desigualdades y condiciones de vida, entre otras.

Por muchos años, los estudios sobre el hábitat se centraron en el análisis y en las mejoras sobre la vivienda específicamente. De esta manera, el hábitat rural tendió a ser reducido a la dimensión objetual de la vivienda, obviando la complejidad de las relaciones sociales y productivas. Desde una visión higienista moderna, se han vinculado diferentes enfermedades, como el paludismo y Mal de Chagas, a la vivienda popular o al rancho (Mendióroz, 1942; Gutiérrez Colombres, 1948; Rolón et al., 2016; Martínez Coenda, 2020; Sesma et al., 2024). En contraposición a esta mirada, hay diversos estudios que se han centrado en las características específicas de la vivienda rural (Di Lullo y Garay, 1969; Pastor, 2000; Krapovickas y Garay, 2015), así como otros que aportaron evidencias críticas sobre cómo las políticas públicas sobre el hábitat han operado bajo una pedagogía colonial (Cejas, 2023) basada en un sesgo profundamente urbano (Garay y Gómez López, 2021; Lagarejo, 2022; Maguna, 2022; Barada y Tomasi, 2023), sin atender a las desigualdades sociales y territoriales (Krapovickas et al., 2017; Cejas et al., 2025).

El origen ideológico se encuentra en el paralelo observado por Svampa (2006) entre urbanizar y civilizar que caracterizó el proceso de consolidación del Estado argentino a comienzos del siglo XX. En este marco, las políticas habitacionales que, con distintos momentos e intensidades, se desplegaron a lo largo del siglo, sostuvieron este sesgo urbano, materializado tanto en las localizaciones de los conjuntos como en sus morfologías y materialidades (Barada, 2017; Cejas, 2020; Garay, 2022), así como en los procesos de resistencia que las comunidades llevan adelante con el fin de sostener proyectos de vida en los territorios (Soto, 2019; Bocco, 2022; Ordoñez y Huerta, 2023; Pereyra y Escobar, 2022; Garay, 2025; Garay y Domínguez, 2026).

Respecto a la organización espacial, los estudios geográficos rurales comenzaron a analizar la profundidad de las transformaciones territoriales que acontecen en el medio rural (Ávila Sánchez, 2015). En este sentido, George (1963) y Molinero (1990) realizaron una diferenciación entre hábitat rural y hábitat agrario con la idea de visibilizar el surgimiento de nuevas actividades, entendiendo que lo rural ya no se limitaba únicamente a lo agrario. Por otro lado, Díaz Álvarez (1982) identificó los elementos componentes del paisaje rural, entre los que se encuentra el hábitat rural, junto con el espacio explotado, el espacio natural y el espacio organizado, reconociendo diferentes tipologías de hábitat: el concentrado, el disperso y el intercalar.

En este sentido, diversos autores vincularon la configuración del hábitat a determinados modos de producción, analizando las condiciones de vida resultantes. Así, Ortiz de D´Arterio (1987) desde la geografía y Paterlini de Koch (1987) desde la arquitectura, estudiaron el hábitat rural del área cañera en la provincia de Tucumán. Tomasi (2011) logró desandar las distintas territorialidades superpuestas asociadas con las movilidades pastoriles, construir el espacio doméstico desde distintas definiciones encajonadas, del sistema de asentamiento y de la casa concentrándose en la dimensión simbólica y material en torno a la categoría nativa de lugar. Por otro lado, Garay (2018) analizó dos casos opuestos: uno que se enfrenta al agronegocio y otro en territorio indígena con producción de subsistencia y avance de la horticultura.

En los últimos años sucedieron profundos cambios en el medio rural, no sólo en cuanto a las actividades productivas, sino también al reconocimiento de nuevos dinamismos como la creciente importancia de otras actividades fuera de la parcela, la flexibilización y feminización del trabajo rural (Valdés Subercaseaux, 2015; Cardeillac Gulla et al., 2020), la mayor interacción de los ámbitos rurales y urbanos (Kay, 2009). En este marco, surgen estudios sobre las nuevas urbanidades en contextos rurales. Estos territorios se encuentran atravesados no solamente por las políticas públicas habitacionales urbanocéntricas, sino también por los procesos de patrimonialización, los flujos turísticos y las consecuentes dinámicas del mercado inmobiliario (Vesclir et al., 2013; Tommei, 2017; Paz Montaiuti et al., 2024), así como el progresivo desplazamiento poblacional hacia pequeñas localidades rurales del interior (Quirós, 2019; López Binaghi, 2022).

Al mismo tiempo, más que la comprensión de los procesos desde la gran escala, ha sido de interés comprender el modo en que estos mismos procesos se encarnan desde lo local, problematizando el rol que estos espacios tienen en las dinámicas de movilidad de la población rural, sus conformaciones familiares y esquemas productivos como formas de interpelar, negociar e incluso resistir ante los modelos hegemónicos (Barada, 2025). Así como también las diferentes espacialidades domésticas que se dan en el hábitat rural (Mandrini y Cejas, 2022; Vanoli, 2022).

En respuesta a la actual policrisis multidimensional (Bringel y Svampa, 2023) y climática, la expansión del colonialismo verde y los proyectos neoextractivos promueven transformaciones tecnológicas y reasignaciones de recursos (Ávila, 2023). Estos procesos suelen presentarse bajo los rótulos de transición energética o crecimiento verde (Svampa y Bertinat, 2022), invisibilizando las nuevas formas de despojo e injusticia ambiental que conllevan. Con el avance de la frontera hacia territorios considerados improductivos, estos combustibles verdes o agrocombustibles aumentan las presiones en los territorios y las comunidades rurales, mediante la intensificación de los conflictos socioambientales (Merlinsky, 2013), las desigualdades energéticas (Riso, 2019; Huerta et al., 2024), así como problemas asociados a la salud, la tierra (Paz y Jara, 2020) y el ambiente (Geremia, 2019; Vanoli y Mandrini, 2021).

El sentido del glosario en su mirada integral. Algunos senderos entre los conceptos

Este glosario no busca ser un diccionario técnico, sino una herramienta política y pedagógica que asume una mirada integral, caleidoscópica, del hábitat rural. El sentido de esta obra radica en entender que el habitar es un proceso simpoiético (producido con otros), donde no se pueden escindir las dimensiones materiales de las simbólicas. Por ello, más que un itinerario único, proponemos una multiplicidad de senderos abiertos y lecturas interconectadas. Algunos de esos posibles senderos se presentan a continuación, proponiendo lecturas que enlazan conceptos aparentemente distantes, agrupados aquí en torno a existencias, pertenencias, espacialidades, haceres, políticas y luchas.

El sendero de las existencias propone un desplazamiento ontológico, el cual camina por las fronteras de las dicotomías modernas y de definiciones esencialistas. Ese andar supone un ejercicio de difuminación, también, de esas fronteras. En ese sentido, Donna Haraway podría ser guía en algunos recorridos de este sendero, en la búsqueda de desmontar y desnaturalizar algunas cristalizaciones que limitan la comprensión del hábitat. Rolando Silla y Soledad del Río deconstruyen la noción de Naturaleza, señalando cómo en el pensamiento occidental ha funcionado bajo una doble acepción (como un entorno exterior e independientes de lo humano y como la esencia misma del Ser) que colapsa ante las rupturas tecnológicas y socioambientales contemporáneas. Este dualismo es interpelado por Valentina Saur Palmieri y Constanza Rendón, quienes definen el Ambiente desde las ontologías relacionales como un entramado de trayectorias vitales donde la enacción conjunta entre seres humanos y no humanos configura un devenir continuo y simpoiético. Estas existencias no son estáticas, sino que están atravesadas por la Temporalidad; como explica Gonzalo Iparraguirre, esta no es una intuición a priori, sino una experiencia del devenir y una construcción cultural que permite captar los ritmos del cuerpo y del territorio más allá de la linealidad hegemónica.

Siguiendo esta clave relacional, el Agua emerge como la condición de posibilidad de toda vida, y Francisco Astudillo Pizarro se encarga de destacar su profunda cualidad política, advirtiendo que las reglas que configuran su ciclo hidrosocial inevitablemente (re)producen estructuras sociales de poder y organizan jerarquías territoriales que, frecuentemente, marginalizan y subalternizan a las ruralidades. En un sentido de interdependencia estrechamente vinculado, el Monte es presentado por Natalia Veliz y Antonela Mostacero como un espacio relacional y un refugio multifuncional donde coexisten seres humanos y no humanos en vínculos de interdependencia y complementariedad. Esta relacionalidad, como soporte de la existencia, se inscribe también en la Religiosidad, que Pablo Rosalía Cannata define como un sentimiento y experiencia subjetiva de lo sagrado y la trascendencia. En el ámbito rural, esta experiencia se produce de manera específica al estar articulada con las fuerzas de la naturaleza, funcionando como un hilo de la memoria colectiva que conecta a la comunidad con lo sagrado.

En el centro del sostenimiento de estas existencias se encuentran las Mujeres rurales. Guadalupe Huerta y Luciana Dezzotti las describen como hebras medulares que producen y cuidan el hábitat cotidianamente, en un proceso donde lo productivo y lo reproductivo se entreteje a través de lo que denominan trabajos de re-producción. No obstante, este entramado de vida y cuidado es constantemente invisibilizado o disciplinado por la matriz del Heterocisexismo. Juan Lagarejo analiza cómo esta lógica organiza, clasifica, define y jerarquiza a las poblaciones y los territorios bajo modelos binarios y heterosexuales, imponiendo una cisexualización del espacio que excluye otras identidades y formas posibles de habitar, y por qué no, desear la ruralidad.

Las pertenencias se constituyen en el campo de lo relacional: pertenezco, pertenecemos, ¿a qué, a quiénes, a dónde? Posicionar la pregunta en el quiénes convoca otro posible sendero de lectura para este libro: ¿quiénes son los y las que producen, habitan, sostienen el hábitat rural? Personas, animales, objetos y lugares aparecen como respuestas rápidas, pero es necesario cuestionar cómo se han construido esas respuestas desde los territorios y también, desde las instituciones. ¿De qué formas se pertenece? Este sendero evidencia la vocación múltiple, heterogénea y políticamente compleja de este glosario.

La pregunta por el quiénes esboza sus respuestas en las Identidades como campo de tensiones entre discursos y narrativas. Como expone María Ordoñez, se trata de disputas por la hegemonía sobre la representación en donde se posicionan tanto sujetos como espacios. Su narrativa ya no propone el quiénes somos, sino el cómo nos representamos de manera múltiple, e incluso contradictoria, en relación con otrxs sujetos, espacios y tiempos. Es innegable, en este sentido, el diálogo con las complejas trayectorias académicas y políticas del término Campesinado como categoría en constante reactualización. En su genealogía, Diego Domínguez manifiesta el rol de la modernidad como dispositivo de ordenamiento del mundo que extiende sus formas hegemónicas de significación a las personas, sus prácticas y su hábitat. Así, el término posee un rol en la Resistencia y en la reivindicación de otras formas de existencia que tensionan las escalas entre lo individual y lo común. Esto último es el eje del trabajo de Romina Bocco, quien posiciona la definición del término Comunidad desde su condición crítica, problematizando su semántica para debatir sobre las formas de lo común y las redes desde las que se sostiene la vida rural, incluso frente al avance de las dinámicas de expansión capitalista. Como parte de esta comunalidad atravesada por la estatalidad, Emilia Villagra trae el concepto de Pueblos originarios como categoría que involucra procesos históricos de dominación y diferentes formas de territorialización.

Estas palabras iniciales permiten reconocer un binomio tiempo-espacio transversal a las pertenencias, las cuales se construyen en una trayectoria, una Tradición. Como plantea Jorge Tomasi, la tradición opera en el campo de la historicidad; desde su complejidad académico-política, el autor recorre su rol en la delimitación de sentidos de pertenencia que no se construyen en simple oposición a la modernidad, sino que se entreveran en ella. La crítica a la construcción esencialista del término dialoga, a su vez, con la propuesta de Macarena Maguna sobre lo Vernáculo. La autora problematiza la multiplicidad de asociaciones del término, con énfasis en los objetos y las arquitecturas, manifestando su historicidad frente a las miradas hegemónicas que tienden a su romantización o museificación.

Finalmente, al observar las pertenencias enfocadas en el espacio, la entrada sobre lo Doméstico es una referencia ineludible para problematizar su espacialidad en el hacer, en lo productivo y lo reproductivo como ejes que nuevamente permiten articular lo individual, lo familiar y lo comunitario. Magalí Paz no sólo revela las relaciones de reciprocidad asociadas a las formas comunales, sino que las atraviesa por las formas globales de dominación, visibilizando la sobrecarga del trabajo de las Mujeres rurales en la sostenibilidad y la resistencia. Si lo doméstico está ligado al Lugar, las fuerzas del Capitalismo intervienen en su transformación a través de la Migración. Como propone Gabriela Karasik, esta constituye una forma de movilidad atravesada por demandas mercantiles y políticas que, lejos de escindirse de la reproducción social, permite considerar los múltiples entrecruzamientos de esferas y actividades en las unidades domésticas.

El hábitat rural se despliega en los senderos de espacialidades múltiples, diversas y contrastantes. Algunas de las entradas del Glosario se centran en esas espacialidades para mostrar su carácter relacional, conflictivo y conflictuado. Gabriela Maldonado presenta un abordaje al Territorio como un proceso de construcción social, atravesado por relaciones de poder, observando espacios vividos que trascienden las definiciones clásicas asociadas a un contenedor fijo y cerrado. El territorio como un espacio de vida, emerge para las organizaciones sociales, como un campo de disputa, con reivindicaciones que trascienden las delimitaciones materiales y que exponen la crueldad del Despojo.

Precisamente, la noción de Límite, tratada por Alejandro Benedetti, se centra en las formas de ejercicio de poder que están asociadas con la diferenciación de espacios geográficos. Esos límites resultan artificios para organizar y fragmentar el espacio, a través de acuerdos e imposiciones, delimitando las formas de habitar. La Movilidad, en la aproximación de Jorge Tomasi, también produce Territorio al constituirse como una práctica social significativa, más que un mero trámite para alcanzar un destino. En su texto observa que la ruralidad está marcada por intensas movilidades, incluyendo las del Pastoralismo, pero también las de la Migración, en muchas ocasiones de carácter forzado.

El concepto de Lugar, analizado por Julieta Barada, involucra su dimensión con un espacio cargado de experiencias vividas, pero también como un campo de negociaciones y conflictos. Como muestra la autora, el mismo está sujeto hoy en día a intensos procesos de fetichización de la autenticidad dentro de los mecanismos de apropiación del Turismo. Esa fetichización también está presente en la revisión de Gabriela Pastor del concepto de Paisaje en tanto una producción social relativa a la percepción del Territorio, que resulta subordinada al extractivismo del Turismo y el patrimonio. Ese objeto de consumo contrasta con un Paisaje que emerge como tal en las relaciones humanas y no humanas.

El Lugar como espacio en disputa está presente también en la lectura de Virginia Martínez Coenda sobre los Pueblos rurales, marcados por el avance del capitalismo financiero y la especulación inmobiliaria. Esos pueblos, en su condición liminal, ponen en crisis las oposiciones rígidas entre lo urbano y lo rural. La noción de Urbano, trabajada también por Virginia Martínez Coenda junto con Fernando Vanoli, muestra cómo se constituye como una racionalidad y normatividad, permitiendo mirar más allá de la delimitación de un área con características singulares. Esa racionalidad, en su urbanocentrismo, atraviesa las Políticas públicas y permea las existencias en la ruralidad, actuando como formas de control y dominación.

La Arquitectura, para María Rosa Mandrini, se presenta como espacialidad y como un flujo continuo, en constante construcción, en el que se juegan relaciones entre distintas generaciones, relativas a un sentido de Tradición, como elaboración presente de las experiencias pasadas, y como una arena política en la que materialmente se disputan concepciones sobre el mundo. En su entrada, Fernando Vanoli brinda una aproximación sobre la Vivienda que la inserta en el entramado del hábitat rural, como un espacio de reproducción y actualización de los sentidos de lo doméstico. Esa misma Vivienda ha estado atravesada por el referido urbanocentrismo de la racionalidad del Estado, y por la construcción de una idea de rancho como sinónimo de precariedad e insalubridad, que operó como justificación para su Erradicación.

En esas espacialidades, el hábitat rural se multiplica en los haceres cotidianos de los colectivos campesino-indígenas desde sus territorios. Esos haceres involucran concepciones, saberes y prácticas relacionales, entre lo humano y lo no-humano, que se reconstruyen y actualizan en una Tradición a ser entendida como una construcción vital desde el presente. Esos mismos haceres, como muestran las distintas entradas, han sido históricamente subalternizados por los paradigmas dominantes de la pretendida modernidad, frente a los que se proponen como formas de Resistencia. Precisamente, la entrada Agricultura, producida por Valeria Cuenca, permite observar cómo este hacer no se concibe en la clave de recursos a ser explotados, sino más bien en un territorio que es un cuerpo desde el que se cultiva la vida. La Agricultura emerge entonces como una práctica de composición de mundos desde una perspectiva pluri-ontológica, en contraste con la expansión de los modelos agroexportadores extractivistas.

La mirada sobre la Ganadería que proponen Roberta Mina y Juan Tommasi también busca superar las perspectivas productivistas para pensar en historias compartidas entre las personas humanas y los animales, basadas en la atención y el mutuo cuidado. Frente a la maximización del rendimiento del Capitalismo, la Ganadería puede comprenderse como una interacción cotidiana en dinámicas de co-construcción. En esta misma línea, Sebastián Abeledo se acerca al Pastoralismo definiéndolo como un modo de vida en comunión con rebaños de animales, marcado por la multiplicidad de las formas de Movilidad. El aporte del Pastoralismo no solo ha sido invisibilizado, sino que, producto de esa movilidad, ha sido visto como un problema para una estatalidad, amenazada en su capacidad de control social.

Los Saberes locales ancestrales, como lo reflejan Noelia Cejas y José María Bompadre, han sido ampliamente tratados como una amenaza y por lo tanto fueron subalternizados a través de la imposición de modelos de conocimiento eurocéntricos. Mientras que en su persistente colonialidad, los modelos hegemónicos de desarrollo se afirman en la separación naturaleza-cultura, los Saberes locales ancestrales apelan a diálogos con actores más que humanos, considerando al territorio como la articulación de mundos diversos. Esos saberes activan múltiples dimensiones de la vida, desde la cría de animales, los cultivos o la construcción de la Vivienda.

Pablo Dorado y Ariel Osatinsky muestran en su entrada Economía la forma en que las teorías económicas hegemónicas han establecido los marcos para la invisibilización de los haceres campesino-indígenas, a través del control sobre los medios de producción. Los cuestionamientos del pensamiento crítico latinoamericano han puesto su foco en la reproducción de la vida, las formas de cuidado y los principios de solidaridad, equidad y autogestión. El propio Pablo Dorado, en su revisión del concepto de Tecnología, profundiza en esta línea al centrarse en su condición como una construcción social, trascendiendo el determinismo tecnológico. Desde esta posición, la Tecnología tiene la capacidad de constituirse como una herramienta para la inclusión y autonomía, en tanto se edifique desde las trayectorias locales.

La noción de Sustentabilidad, como lo muestran María Rosa Mandrini y Belén Olaya-García, se constituye como un concepto tensionado entre sus posibilidades como un proceso de construcción de equilibrio y su superposición con las referidas perspectivas hegemónicas sobre el desarrollo. Sus posibilidades para asegurar la reproducción de la vida, especialmente en el hábitat rural, están sujetas a que sus sentidos políticos logren ponerse por delante de las meras respuestas técnicas.

El Turismo, analizado por Cecilia Quevedo y Nicolás Trivi, también tiene la potencialidad de constituirse como una estrategia de Resistencia si se plantea desde la visibilización y multiplicación de los saberes locales, evidenciando los conflictos presentes en el Territorio. Esto implica poner en discusión los procesos de turistificación, que también permean el hábitat rural, basados en producciones selectivas de autenticidades a partir de la esencialización de lo Vernáculo, para favorecer nuevas formas de extractivismo.

Por otro lado, las políticas constituyen otro posible sendero en el que se destaca la construcción del discurso moderno colonial desde sus evidencias en la producción de narrativas, pero también, en acciones y efectos concretos. En las genealogías de cada término, la referencia al rol de los dispositivos estatales sobre lo rural en las escalas nacionales y locales es ineludible, tal que permite establecer cronologías que encuentran un origen común en la matriz de pensamiento occidental y positivista del siglo XIX. Esta perspectiva, potenciada por la modernidad capitalista, instaló una visión subalterna y productivista del campo y del Campesinado, con significativas persistencias en los discursos actuales en torno al desarrollo.

Juan Lagarejo analiza la secuencialidad de las Políticas públicas para el hábitat rural en el caso argentino y destaca la persistencia de la idea de progreso en la retórica neoliberal del desarrollo local, cuya perspectiva productivista reproduce lógicas urbanocéntricas y pampeanizantes del territorio. Esta entrada promueve lecturas en, al menos, dos campos: por un lado, su materialidad y aplicación, vinculadas a la dimensión de la acción; por el otro, los agentes, sujetos y personas que allí intervienen, junto a las categorizaciones y clasificaciones que históricamente han construido su identidad.

En línea con el despliegue de los Estados nacionales sobre los Territorios rurales, es significativo considerar el rol de la Educación como dispositivo central de la retórica civilizatoria. Gabriela Varela Freire reconoce este despliegue y enfatiza el rol de las materialidades y las arquitecturas escolares como instrumentos pedagógicos clave para la efectividad de un determinado proyecto político e ideológico. Es en este contexto donde una comprensión integral del hábitat rural habilita un espacio de posibilidad para la acción desde los territorios, habilitando otras formas de construcción del conocimiento no unidireccionales, basadas en relaciones comunitarias.

La problematización de los sentidos y valoraciones hegemónicamente validados se disputa desde la entrada Salud de Mariana Eandi. La autora coloca la relación entre las personas y su hábitat en la búsqueda de un equilibrio cuyo alcance se sostiene en la capacidad de las comunidades para decidir sobre sus territorios, alimentación y modos de vida. En este marco, el sostenimiento de la vida en la ruralidad no puede concebirse aislado de las dinámicas estatales y de la historicidad de ciertos sentidos asociados al atraso y la precariedad. En la actualidad, el campo de acción sobre otras formas educativas y de salud desde lo local cobra sentido únicamente ante condiciones reales de sostenibilidad territorial, donde el acceso a la Energía y a las Infraestructuras se vuelve tan invisibilizado como insoslayable.

Ana Garay presenta la Infraestructura como mediación entre sociedad y Naturaleza, enfatizando su carácter de proceso diacrónico y sociotécnico en el que se despliegan relaciones de poder profundamente asimétricas. Así, la valoración de la infraestructura formó parte de la construcción de las ideas sobre la escasez y el atraso de las poblaciones rurales, funcionando como dispositivo material del progreso urbanocéntrico devenido en desarrollo local, pátina detrás de la cual se potencia la expansión del proyecto extractivista. En oposición a estos proyectos gestados desde arriba, la perspectiva de Daiana Geremia y Mario Riso sobre Energía despliega la trayectoria histórica del término en el marco de relaciones de poder desiguales, posicionándose en una concepción contemporánea y situada que antepone la noción de bien común a la de capacidad: la energía como derecho.

Lo común vuelve a ser el eje de una construcción política alternativa desde la que se disputan intereses específicos y, sobre todo, la Violencia sistémica que el Estado ha desplegado sobre las personas, objetos y espacios rurales. La Erradicación, vinculada a las políticas sobre los llamados ranchos, es quizás la forma más evidente de esas violencias por su interseccionalidad. Ana Garay clarifica su alcance al plantear que en estos procesos no solo se hace desaparecer una construcción material, sino que se ejercen violencias sobre saberes, sentidos y relaciones que encarnan una historicidad a través de la memoria.

La Erradicación opera como un acto radical que expresa narrativas sobre las personas y sus procesos de clasificación. Julieta Barada y Daiana Geremia se apoyan en diversos autores para comprender la noción de Estado como un entramado social complejo, operado por un conjunto heterogéneo de agencias y agentes. Las autoras definen al Estado como un conjunto de instituciones insertas en la sociedad, mediado por relaciones de poder, intereses de clase y discursos. Aun en su heterogeneidad, resaltan los sesgos sobre el hábitat rural que operan en la actualidad y señalan la necesidad de una construcción situada. Esto no supone subvertir el orden estatal, sino disputar su hegemonía desde las múltiples agencias intervinientes y desde las diversas pertenencias multiescalares de las personas en la ruralidad.

Las luchas en el hábitat rural, protagonizadas históricamente por el Campesinado, Comunidades Indígenas y movimientos de Mujeres, constituyen un sendero marcado por procesos colectivos y/o individuales que configuran una respuesta histórica de confrontación, resistencia y organización de las comunidades frente a las asimetrías de poder. Tal como afirman Ayelén Sánchez Marengo y Daiana Geremia, la Resistencia es una categoría relacional que refiere a estar en pie, tomar posición y mantenerse en ella, constituyéndose como una manera de autoafirmar una identidad o diversas concepciones de los mismos actores que resisten ¿a qué? ¿a quiénes? Al Capitalismo que, en palabras de Cecilia Michelazzo y Cecilia Quevedo, refiere a un sistema socioeconómico que se caracteriza por la separación fundamental de lxs productorxs respecto a sus medios de producción para su apropiación privada y considerando a la Naturaleza únicamente una fuente de recursos que debe ser explotada al máximo para la acumulación y el crecimiento de valor sin Límites.

En este escenario, la lucha por la tierra, el Agua y el Ambiente, se ponen en el centro y la persistencia del Latifundio, tal como afirman Joaquin Cardeillac y Agustin Juncal, supone control, por parte de una élite, sobre propiedades agropecuarias cuya extensión se considera excesiva en relación con una distribución justa o eficiente de la tierra. La concentración de la tierra deviene en un mecanismo estructural de Despojo que Noelia Cejas describe cómo los procesos mediante los cuales las comunidades rurales son expropiadas, desplazadas y/o privadas del acceso, control o ejercicio de derechos sobre sus Territorios, bienes comunes y modos de vida. Tal como la autora sostiene en su entrada, el despojo no solo es material, sino también social, cultural, epistémico y ambiental, afectando profundamente las relaciones entre las comunidades, sus territorios y los no humanos que los habitan.

Los procesos de Despojo invisibilizan los Saberes locales ancestrales y los modos de vida de las comunidades rurales, campesinas e indígenas, así como también vulneran su seguridad jurídica de la Tenencia que Florencia Pasquale define como un tipo de vínculo jurídico de las personas sobre los objetos. Este produce efectos que implican una serie de facultades que se pueden ejercer sobre el mismo, tales como habitar una vivienda o cultivar la tierra. El papel del Estado resulta determinante en esto, dado que a través de sus Políticas públicas puede reconocer y garantizar la existencia de otras formas de relación posible con la tierra o por el contrario aportar a la exclusión que perpetúa la pobreza.

La Pobreza, como sostiene Julieta Krapovickas, es la expresión y el resultado de un régimen de opresión capitalista donde las clases subordinadas se ven privadas de libertades y oportunidades de llevar adelante una vida digna. Es la privación de la posibilidad de conducir la propia vida de un modo libre en el marco de una comunidad con valores emancipatorios. A su vez, la misma se sostiene, frecuentemente, mediante el uso de la Violencia que, según María Ordoñez, se da a través de diversas formas de agresión/ataque a la otredad por diferentes medios. La violencia es constitutiva de las relaciones sociales del Capitalismo, pues produce y reproduce relaciones de dominación y explotación, por lo tanto, relaciones de poder que sostienen posiciones de dominación en un campo de disputas.

Frente a este panorama, la Resistencia rural se organiza no sólo como un acto de supervivencia, sino como una propuesta política integral que defiende la Soberanía, que Nicolás Forlani y Gabriela Maldonado la definen en este glosario como el derecho sobre los usos del territorio, que se ejerce en el seno de una compleja red de relaciones de cooperación y conflicto entre múltiples territorialidades posibles.

Para finalizar y más allá de cualquier organización temática que podamos darles a estos textos, el hilo conductor que atraviesa este libro es el posicionamiento político que busca construir una trama de sentidos para impugnar los despojos del presente. Existe aquí una crítica frontal al capitalismo neoliberal y a la acumulación por desposesión que mercantiliza los bienes comunes. Frente al epistemicidio de la ciencia moderna occidental, estas páginas postulan una ecología de saberes que revaloriza el conocimiento local y ancestral. Asimismo, la perspectiva de género no aparece de manera periférica, sino como un eje transversal que visibiliza el rol de las mujeres rurales en el sostenimiento, cuidado y reproducción de la vida, denunciando la opresión del heterocisexismo. En definitiva, este glosario funciona como una cartografía de resistencias: un entramado de senderos, un mapa, donde cada concepto abre un camino para desarmar los despojos del presente e imaginar/construir territorios donde la vida, y no el capital, sea el principio ordenador.

Agradecimientos

Este libro es el resultado de un largo camino compartido, un hacer colectivo que no habría sido posible sin la convergencia de voluntades, saberes y compromisos.

Nuestro agradecimiento más profundo es para las comunidades rurales y sus habitantes, quienes nos abrieron de par en par las puertas de sus hogares, sus organizaciones y sus territorios. Gracias por su generosidad, por compartir sus realidades, sus luchas y sus memorias, y por enseñarnos que el hábitat se piensa y se construye desde el hacer común. Esperamos que este glosario devuelva, al menos en parte, un reflejo fiel de esos saberes compartidos.

A la Red de Estudios sobre Hábitat Rural (RedHaR), espacio donde germinó este proyecto, y a lxs cuarenta y un autorxs que asumieron el desafío de darle cuerpo a esta escritura polifónica. También a quienes asumieron la tarea de evaluar y enriquecer este trabajo, con sus valiosos aportes. Gracias por la paciencia en las sucesivas revisiones, por la rigurosidad en cada debate conceptual y por apostar a una construcción del conocimiento que es, ante todo, colectiva, multisituada y dialogada. Coordinar este proceso y estos intercambios ha sido un aprendizaje inmenso gracias a su compromiso.

Finalmente, expresamos nuestra gratitud a las instituciones que respaldaron y financiaron este proyecto en sus distintas etapas. A la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy (UNJu), la Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud (FHCSyS) de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), a la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), a la Asociación de Vivienda Económica (AVE) y al Centro Experimental de la Vivienda Económica (CEVE – CONICET) cuyo apoyo técnico, humano y financiero fue fundamental para que estas páginas dejen de ser un proyecto y se transformen en una realidad al alcance de todas y todos. Frente a las dificultades que atraviesan la ciencia y la universidad nacional, sostener estos espacios de producción colectiva es un logro académico que nos llena de orgullo.

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