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Ambiente

Valentina Saur Palmieri[1] y Constanza Rendón[2]

Ambiente puede definirse como un entramado de trayectorias vitales de distintos seres con capacidad de acción, tanto humanxs como no humanxs. Desde esta perspectiva, basada en una concepción propia de las ontologías relacionales, el ambiente emerge y se transforma continuamente, a partir de su incesante devenir simpoiético (en interacción con otrxs). Así, lo ambiental no es preexistente a los vínculos, sino que la enacción conjunta de una determinada comunidad ampliada de sujetos interdependientes configura un ambiente situado geográfica e históricamente. Por lo tanto, qué se entiende por ambiente no es una cuestión unívoca sobre la cual existan consensos sino más bien importantes disputas. Estas quedan evidenciadas mediante la omnipresencia de este término en una gran diversidad de discursos y posturas epistémicas, éticas y políticas, especialmente a partir del creciente reconocimiento de la situación de crisis ambiental imperante.

Genealogía

En gran parte de las discusiones actuales se diferencian, esquemáticamente, dos posturas ontológicas acerca del ambiente. Esto es, dos formas distintas de concebirlo. Por un lado, existe una posición dominante denominada ontología moderna que se cimenta en la idea de que Naturaleza y Cultura son dos ámbitos separados. En esta disyuntiva, el ambiente moderno queda relegado al polo de lo natural, a la vez que se representa como un escenario donde se desarrolla la vida humana. Por otro lado, una concepción de ambiente emanada de las llamadas ontologías relacionales, que trasciende los binarismos modernos poniendo el foco en las interacciones. Esta noción cuestiona la idea de ambiente como escenario pasivo e inerte donde elementos y organismos no humanos, considerados naturales desde perspectivas modernas binarias, se desenvuelven de forma independiente de la humanidad y a disposición de ella, la cual, a su vez, se presenta como si fuera homogénea.

Las dos posturas ontológicas antedichas pueden rastrearse históricamente hasta su más clara aparición y repercusión en la esfera pública ocurrida en la década de 1960. En ese momento, son los movimientos sociales quienes esbozaron fuertes críticas al modelo de progreso imperante, poniendo de relieve los peligros ligados a la modificación tecnológica del entorno y manifestando cuestionamientos a las prácticas de la sociedad moderna industrial y a la relación que ésta establece con la naturaleza (Di Pasquo, 2014; Klier, 2018). A partir de la creciente demanda social, Estados, empresas, instituciones y organismos internacionales comenzaron a incluir al ambiente en sus discursos y políticas. Sin embargo, desde un principio, las perspectivas en torno a la problemática ambiental sostenidas por distintxs actorxs se encuentran en constante tensión. A continuación, se exponen algunos elementos relevantes para esta breve aproximación a los complejos conflictos que involucran a la noción de ambiente en la actualidad.

En primer lugar, Estados, empresas y organismos internacionales continúan sosteniendo una noción de ambiente ligada a la idea de Naturaleza propia del pensamiento moderno occidental. Este último establece una separación precisa entre el dominio ontológico de la Cultura y el dominio ontológico de la Naturaleza, basada en la división fundamental entre humanidad y otredad no humana (Descola, 2011, 2012). Así, la Naturaleza moderna, a la vez que se pretende única y universal, es considerada como exterior a lxs humanxs y pasible de ser objetualizada (sensu Machado Aráoz, 2023) y, así, dominada, manejada, civilizada, explotada, contemplada, estudiada, mercantilizada (Descola, 2012; Folguera, 2024; Klier y Folguera, 2017). Esta noción antropocéntrica de naturaleza-objeto subyace no sólo en los discursos y prácticas que priorizan el crecimiento económico y la acumulación capitalista sino también en aquellos que apelan al desarrollo sustentable.

Este último concepto constituye una estrategia de maquillaje verde impulsada por los mismos actores antedichos: Estados, empresas, instituciones y organismos internacionales. Estas posturas implican también otorgar valor a los recursos y servicios ecosistémicos en función de los beneficios medibles y contabilizables que reportan a la humanidad, considerándolos así una forma de capital: capital natural (sensu Gudynas, 2011) e incorporándolos a la lógica mercantil (Svampa y Viale, 2014). Estas formas de capitalismo verde no socavan las raíces de las problemáticas ambientales, las cuales se encuentran fuertemente ligadas al extractivismo como modelo dominante de acumulación y explotación de los territorios (Svampa, 2019).

Asimismo, en los países del Sur Global, se promueve la implementación de mecanismos de protección de los ecosistemas y la biodiversidad, a la vez que impera como política empresarial y de los Estados la apropiación, extracción y exportación de grandes volúmenes de materias primas junto a la des-territorialización, despojo y desplazamiento de sus habitantes (Gudynas, 2015; Machado Aráoz y Rossi, 2017; Svampa, 2019). En su forma hegemónica, este tipo de prácticas conservacionistas también remite a una noción de ambiente ligado a una Naturaleza monolítica, cosificada y vaciada de personas, pilares modernos compartidos con el modelo extractivista (Klier y Folguera, 2017).

En segundo lugar, los diversos movimientos sociales, colectivos campesinos e indígenas también presentan un rol fundamental en la denuncia de los mecanismos de profundización de mercantilización de la naturaleza y de apropiación de los territorios. El agravamiento de los efectos del extractivismo ha implicado, además, la acentuación de distintos tipos de desigualdades que hasta el presente ha producido el capitalismo, incluso en su versión vestida de verde (Escobar, 2014; Svampa y Viale, 2014). Esto cobra especial relevancia a partir de las décadas de 1980 y 1990, con la creciente visibilización de la lucha de los pueblos indígenas por el reconocimiento de sus territorios. Al mismo tiempo estos movimientos han impulsado y profundizado la crítica ontológica a la noción moderna de ambiente. Aquí, el ambiente aparece estrechamente ligado a la idea de territorio, como construcción situada, histórica y enmarañada entre personas humanas y no humanas.

Son las relaciones de las que participan distintas entidades y seres con capacidad de acción, las que hacen emerger ambientes/territorios/mundos (Escobar, 2014, 2016; Giraldo y Toro, 2020), en un continuo generar-con otrxs (en términos de Haraway, 2019: simpoiesis). Primero desde abajo, desde los propios movimientos territoriales, y luego, amplificado por diversas voces de la antropología y otras disciplinas, este giro ontológico (Tola, 2016) ha contribuido a amplificar las críticas hacia las categorías binarias Naturaleza/Cultura delimitadas por la modernidad (Latour, 2007) y ha invitado a poner el foco en la interdependencia entre seres como condición fundamental para la reproducción de la vida (Gutiérrez Aguilar y Navarro Trujillo, 2019). Estos cuestionamientos produjeron, además, una radical resignificación de la conservación ambiental, antes monopolizada por la ecología académica. Los colectivos sociales vienen promoviendo desde abajo iniciativas situadas que ligan sus reivindicaciones identitarias con la defensa de los modos de habitar sus territorios/mundos, en los cuales se reconoce y reivindica la co-existencia y la participación conjunta de personas humanas y no humanas (Escobar, 2014; Arias Henao, 2024).

Con la presentación de estas dos posturas no se pretende restringir la discusión ni reproducir una lógica binaria sino plantear un primer punto de partida para comenzar a problematizar la enorme diversidad y complejidad que implica lo ambiental. De igual manera, se desea convidar algunas reflexiones acerca de los distintos recorridos en torno a lo ambiental como herramientas que permitan seguir pensando colectivamente, construyendo-con otrxs, entramados que abran el juego a las multiplicidades (Giraldo y Toro, 2020) que hacen a los diversos territorios, en particular las ruralidades.

Perspectivas

Las ruralidades contemporáneas se encuentran atravesadas por diversos conflictos socio-ambientales, por ejemplo: fumigaciones (Rendón et al., 2020), desalojos de familias campesinas (Cáceres, 2014), erradicación de casas-rancho (Cejas, 2024), desmontes (Agost, 2015), sequías (Torrico Chalabe, 2023), incendios (Quirós, 2023), entre otros. No obstante, por lo general en la literatura académica, priman los abordajes de tipo epistemológico de dichos conflictos, como si se tratara de tensiones entre distintas maneras de ver el mundo, cuando a menudo estos implican conflictos ontológicos, entre los distintos modos de habitar y construir mundos (Blaser, 2019; Folguera, 2024; Martínez-Dueñas y Perafán Ledezma, 2017; Miranda Pérez y Pazzarelli, 2020; Rodríguez, 2023). De igual modo, la preocupación por la conservación ambiental se ha plasmado en distintas formas de conservar arraigadas en las ontologías antes expuestas, las cuales ponen de manifiesto tensiones respecto a qué se quiere conservar, quién integra/habita/enacciona (sensu Varela, 1999) aquello que se quiere conservar, qué estrategias se dan para conservar y cómo se construyen y gestionan dichas estrategias.

Estas diferencias resultan de suma relevancia para el campo de los estudios sobre el hábitat dado que las iniciativas de protección ambiental se dan principalmente en entornos rurales, considerados como naturales desde la ontología moderna. Desde una perspectiva hegemónica, las denominadas áreas naturales protegidas se construyen como espacios no habitados por seres humanos (Klier y Folguera, 2017). Así, la conservación ambiental como política empresarial y estatal en el marco del capitalismo verde suele actuar como otro dispositivo de despojo y des-territorialización de las comunidades campesinas e indígenas.

A su vez, las estrategias de conservación se complementan con otras políticas y programas gubernamentales para el hábitat rural también basados en concepciones modernas de progreso, de desarrollo y de ambiente. Un ejemplo de ello lo constituye la reiterada separación entre hábitat productivo y hábitat reproductivo. Este abordaje dicotómico aísla la vivienda de la complejidad de tramas relacionales en las cuales la vida campesina está inmersa y la desliga de todo aquello que hace al ambiente. Asimismo, las políticas sobre el hábitat rural como espacio vivido (sensu Zanotti 2019) en su sentido moderno no consideran la enacción conjunta e interdependencia de las comunidades humanas y otras entidades como, por ejemplo, el monte nativo (Sesma, 2024; Vanoli y Cejas, 2022).

En contraposición a las concepciones antedichas, los modos de entender, habitar y producir el ambiente desde experiencias territoriales y comunales permiten considerar formas otras para su cuidado que se sustentan en ontologías relacionales (Astegiano et al., 2023; Saur Palmieri y Galasse, 2023). Más aún, desde estas cosmologías, no tendría sentido la separación del espacio que se conserva del espacio que se habita, al igual que la distinción entre el lugar donde se vive (residencial) y el lugar donde se produce o sostiene la vida, del mismo modo que la disección Naturaleza/Cultura tampoco tiene sentido (Vanoli y Cejas, 2022). En cambio, la vida social comunitaria ocurre en un continuo espacio temporal del cual participan entidades con capacidad de agencia e interdependientes, tanto humanas como no-humanas. Estas últimas, incluso, pueden incidir activamente en las disputas políticas en torno a lo ambiental (Arias Henao, 2024).

Finalmente, entre los debates actuales que involucran distintos modos de abordar lo ambiental, cabe destacar las discusiones en torno a la subalternización e invisibilización de saberes locales, tradicionales, campesinos, indígenas, populares por parte de los saberes occidentales, científicos, académicos, y los cuestionamientos a la supremacía y la violencia epistemológica ejercida por estos últimos (Arach, 2018; Fricker, 2007; Lander, 2000; Rendón et al. 2023; Saur Palmieri, 2023). Resulta entonces de vital importancia atender la complejidad de la trama de interrelaciones que conforman los territorios en los cuales se desarrollan actividades de investigación y/o intervención, para poder dar cuenta de los procesos que allí ocurren de un modo más cuidadoso evitando reproducir dicotomías subalternizantes.

El desafío actual para quienes habitan espacios académicos radica en un ejercicio de reflexividad que permita reconocer su propia ontología como una forma más, no la única, de hacer mundo(s). Se busca así, en el marco de la (co)existencia de distintas ontologías, poder acompañar entablando diálogos más simétricos entre distintas formas de concebir el ambiente/mundo.

Entradas relacionadas

Capitalismo; Despojo; Naturaleza; Pueblos originarios; Monte.

Referencias

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  1. Instituto de Antropología de Córdoba, CONICET – Departamento de diversidad Biológica y Ecología, FCEFyN, UNC. vsaurpalmieri@unc.edu.ar.
  2. Grupo Ciencias, Ambientes y Territorios, Centro de Ecología y Recursos Naturales Renovables “Dr. Ricardo Luti”, CONICET.
    constanzarendon@yahoo.com.


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