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Comunidad

Romina Bocco[1]

La comunidad humana, o, más precisamente, lo comunitario en el habitar rural-campesino, se comprende como el conjunto de múltiples y heterogéneas formas de organizar las relaciones sociales entre quienes cohabitan un lugar, orientadas a la reproducción material y simbólica de la vida (humana y más-que-humana) y a la garantía de sustento vital en el territorio. Estas prácticas sociales se sustentan en racionalidades y modos de hacer que no se ajustan plenamente a las lógicas del capital, pese a que coexisten bajo la incesante presión y las perturbaciones impuestas por la modernidad capitalista. La comunidad no constituye una forma social estática ni armónica y tampoco está exenta de contradicciones; por el contrario, se recrea y reconfigura de manera constante en los intersticios del orden dominante. En esta dinámica, emergen formas de politicidad comunitaria situadas y específicas orientadas a enfrentar uno de los principales desafíos que atraviesan los mundos rurales-campesinos: sostener la vida en común-unidad.

Genealogía

Durante la última década se ha desarrollado un vasto corpus bibliográfico sobre el concepto de comunidad en diversos campos disciplinares, tales como la Psicología Comunitaria, el Trabajo Social, la Antropología, la Sociología y la Ecología Política. Este desarrollo ha sido particularmente significativo en el campo de los estudios de(s)coloniales, en la crítica poscolonial en América Latina y en diversos espacios epistémico-políticos que basan sus análisis en los movimientos indígenas, afrodescendientes y campesinos latinoamericanos (Escobar, 2017).

Se propone comprender la comunidad y lo comunitario en el habitar rural-campesino como una categoría crítica, sustentada en los aportes de la Ecología Política Latinoamericana, en diálogo con las teorías políticas comunales que confluyen para otorgar densidad conceptual al término.

En relación con la genealogía de los términos comunitario o lo común, Gutiérrez Aguilar (2023) sostiene que su contexto de surgimiento es claramente colonial/moderno y que se trata de conceptos atrapados en la madeja de contradicciones históricas heredadas de ese período:

[…] ‘lo comunitario’ ha aludido, por una parte, al conjunto de prácticas que organiza la vida de la ‘gente de costumbre’ –en contraposición a la ‘gente de razón’– también llamada ‘el común’; la posesión-propiedad comunitaria –la propiedad del común– de tierras, aguas y bosques, así como las prácticas organizativas estabilizadas en el tiempo para su gestión, han sido ferozmente atacadas por los afanes del liberalismo económico y político, empeñado en fijar al individuo –inicialmente varón y con cierta renta mínima– como sujeto del derecho básico de la civilización capitalista: el derecho a la propiedad (Gutiérrez Aguilar, 2023, p. 55).

Para esta autora, dos nociones claves nutren y revitalizan el debate sobre lo comunitario: la comunalidad, proveniente de la sierra de Oaxaca (México), y el ayllu, de la región andina sudamericana. Ambas nociones integran esfuerzos por explicar modos de vida, lucha y resistencia propios, utilizando palabras gestadas desde la propia práctica cotidiana de reproducción de la vida (Gutiérrez Aguilar, 2023).

Si bien la comunalidad no es una noción que pueda definirse de manera unívoca, es entendida como una práctica y una forma de pensamiento propias de los pueblos serranos, aunque con potencial para contribuir a pensar alternativas sociales más justas y satisfactorias en otros contextos (Moreschi, 2013). Entre los principales teóricos de esta noción se encuentran Jaime Martínez Luna y Floriberto Díaz Gómez, quienes introducen este concepto para explicar las prácticas comunitarias a partir de la distinción de sus diversas dimensiones (Gutiérrez Aguilar, 2023; Martínez Luna, 2013; Robles Hernández y Cardoso Jiménez, 2014). Uno de los principales aportes de estos autores ha sido la producción de categorías más apropiadas para pensar la propia realidad, evidenciando las limitaciones de las categorías hegemónicas para comprender a los pueblos originarios (Moreschi, 2013).

La categoría analítica de comunalidad, entendida como un conjunto de prácticas que reproducen formas de organización ancestrales y tradicionales, guarda un paralelismo con la noción de campesinidad (Woortmann, 1990), en tanto ambas integran dimensiones como la tierra, el trabajo, las ceremonias, entre otras. Estas perspectivas permiten reconocer formas específicas de subjetividad colectiva que expresan un orden moral particular, dentro del cual las personas habitan y transitan múltiples mundos (Morales, 2013). Sin embargo, la noción de comunalidad no aparece de manera explícita en los discursos del pueblo en general, sino que se trata, más bien, de una categoría analítica que sintetiza el hacer cotidiano de las personas que constituyen la comunidad (Morales, 2013).

Por su parte, el ayllu es una noción aymara que remite a complejos formatos políticos y a un modelo de organización social orientado a articular y equilibrar las relaciones entre distintos grupos y sitios en los Andes (Gutiérrez Aguilar, 2023). Su configuración histórica y su sistema político-organizativo combinan elementos tanto de la tradición prehispánica como colonial (Choque, 2000). Para de la Cadena, referenciada por Escobar (2017), “el ayllu es el colectivo socio-natural de humanos, los otros-no-humanos, animales y plantas conectados inherentemente de tal forma que nada ni nadie dentro de él escapa a esta relación” (p. 9). Desde esta perspectiva, se plantea una condición ininterrumpida entre tierra, territorio y lugar, lo que se traduce en ser el territorio, ser el lugar (Escobar, 2017).

En esta línea de reflexión, lo común y lo comunitario no refieren únicamente a un objeto, una cosa o un conjunto de bienes, tangibles o intangibles, organizados en una específica relación de propiedad que se comparten o usan entre todos, sino que aluden a la manera en que la actividad humana colectiva se organiza para relacionarse con los fundamentos más básicos del sustento vital (Gutiérrez Aguilar, 2023; Linsalata, 2019). Lo común es, antes que nada, una práctica viva que se produce de manera continua e histórica mediante la generación y constante reproducción de relaciones sociales de colaboración, ayuda mutua, reciprocidad y corresponsabilidad entre personas que deciden entrelazar sus haceres y establecer vínculos para enfrentar necesidades y resolver problemas compartidos (Linsalata, 2015, 2019).

Aquellos bienes que habitualmente se denominan comunes, como las aguas (Martínez-Vega, 2022), las semillas, el monte, las acequias o los sistemas de riego comunales, no pueden ser comprendidos al margen de las prácticas organizativas y de cuidado, de los procesos de significación colectiva, de los vínculos afectivos y de las relaciones de interdependencia y reciprocidad que les otorgan forma cotidianamente. De hecho, son precisamente estas tramas de relaciones las que producen y sostienen tales bienes en calidad de comunes (Linsalata, 2019; Gutiérrez Aguilar et al., 2016).

Ahora bien, sin pretender reducir la noción de comunidad a las dicotomías rural/urbano o campo/ciudad, es necesario reconocer que los entramados comunitarios adquieren especificidades en los territorios rurales, que los diferencian de aquellos configurados en contextos urbanos. En este sentido, se propone abordar el concepto de comunidad a partir de tres dimensiones analíticas cualitativamente imbricadas: a) la pragmática vital de la vida cotidiana como núcleo de la producción comunitaria; b) una perspectiva relacional e interdependiente en los modos de gestión del cohabitar; y c) el carácter político que emerge de estas tramas.

En el habitar rural-campesino, gran parte de las relaciones sociales se fundan en una pragmática vital de subsistencia (Gago, 2014), gestada en los ámbitos inmediatos de la reproducción social, especialmente el doméstico. Estos modos de organización de la vida social, productiva, política y ritual (Gago, 2014) se articulan sobre prácticas de cooperación y vínculos de reciprocidad y mutualismo que garantizan la reproducción y el cuidado del sustento material, espiritual y simbólico de las comunidades de vida en estos territorios (Gutiérrez Aguilar et al., 2016).

Es precisamente en esta dimensión pragmática, que privilegia el hacer sobre lo discursivo, donde se produce y afirma el carácter comunitario de un colectivo social. En esta dirección, Martínez Luna (2013) señala que lo comunal “descansa en el trabajo, nunca en el discurso” (p. 251), aludiendo al trabajo comunitario para la asamblea, el tequio (o minga) y la fiesta. Asimismo, en estos modos de cohabitar se despliega una multiplicidad de prácticas de cooperación cotidiana, como las compras comunitarias, el préstamo de equipamiento para tareas productivas o la colaboración en el traslado de bienes materiales y personas (particularmente de niños y niñas que asisten a las escuelas), que estructuran una base concreta para la sostenibilidad del sustento y el arraigo territorial.

Aun cuando algunas de estas iniciativas se orienten a cubrir necesidades individuales,

hay un sentido común que irrumpe contra las inercias y dinámicas sociales centradas en el individualismo y en la experiencia de fragmentación, configurándose entonces una forma de sentir, pensar y hacer en colectivo para sortear adversidades (Navarro Trujillo, 2015, p. 107).

Esta praxis de lo cotidiano, frecuentemente invisibilizada por las miradas productivistas, constituye la sustancia vital de la vida social y se manifiesta en formas diversas, a veces transfiguradas. Tales transfiguraciones responden a la necesidad de resguardar estas prácticas de las dinámicas de control y apropiación, recurriendo al camuflaje en la fiesta, el rito, o la liturgia, para evadir las lógicas depredatorias de los Estados y los mercados (Zibechi, 2019).

A su vez, esta reproducción de la vida social está regida, aunque de manera parcial y con diversos matices, por principios de una política relacional (Escobar et al., 2024), dado que se sustenta en una multiplicidad de relaciones de interdependencia entre comunidades humanas y más-que-humanas (Gutiérrez Aguilar et al., 2016). Este enfoque, centrado en el cuidado y la sostenibilidad de la vida, supone una conciencia ampliada de la condición ecodependiente e interdependiente de la existencia humana (Herrero y Gago, 2023). Dicha configuración se sostiene en relaciones particulares entre las personas, con el entorno y con el mundo sobrenatural, las cuales se expresan en saberes y prácticas específicas vinculadas al cultivo de plantas, la crianza de animales, las técnicas curativas y constructivas, las labores agrícolas y las formas de religiosidad, entre otras (Escobar, 2017).

La socialización de estos conocimientos resulta fundamental, ya que no solo provee herramientas colectivas de pensamiento y acción, sino que también propicia relaciones tendencialmente más horizontales, a partir de las cuales se va produciendo una inteligencia colectiva con mayores capacidades para la toma de decisiones (Navarro Trujillo, 2015).

Estas formas de producción de lo común permiten reconocer un carácter político constitutivo que se gesta tanto en el hacer colectivo cotidiano como en las acciones extraordinarias (luchas, acampes, asambleas, movilizaciones territoriales o acciones colectivas de defensa del territorio). Se trata de una politicidad comunitaria específica, crítica y situada, que se aprende y se cultiva mediante actividades reiteradas, las cuales proveen a cada persona de herramientas, marcos significativos y disposiciones afectivas para hacer con otros y otras (Gutiérrez Aguilar et al., 2016; Gutiérrez Aguilar, 2020).

El ejercicio de esta política de lo común impugna de forma directa las lógicas del valor, fijando límites (aunque sea parcialmente) a la ofensiva de las iniciativas de recolonización, captura y expropiación de lógicas comunitarias propias del capital (Gago y Sztulwark, 2019). Por tal motivo, “son sistemáticamente acosadas, erosionadas y atacadas por las relaciones sociales capitalistas dominantes” (Gutiérrez Aguilar et al., 2016, p. 405).

No obstante, las comunidades rurales no constituyen conjuntos armónicos ni homogéneos, sino que se encuentran sistemáticamente atravesadas por tensiones, diferencias internas y relaciones de poder que las configuran como formaciones históricamente conflictivas y dinámicas. Son procesos sociales profundamente flexibles y mutables que, aunque configuran modos de habitar el espacio y el tiempo cualitativamente distintos de las relaciones sociales propias del orden capitalista, coexisten con este de manera ambigua y contradictoria (Linsalata, 2019; Gutiérrez Aguilar et al., 2016).

Es en esta coexistencia, atravesada por tensiones y disputas, donde lo comunitario en los modos de habitar rural-campesinos debe ser comprendido. Reconocer su carácter heterogéneo y cambiante permite situar su politicidad tanto en procesos persistentes de conflicto y ambivalencia como en la potencia colectiva orientada a sostener, defender y recrear la vida en común, incluso frente al avance de las dinámicas de expansión capitalista.

Perspectivas

La noción de comunidad resulta inseparable de los debates actuales vinculados al hábitat rural-campesino, en tanto este último puede entenderse, desde una perspectiva integral, como el “conjunto de espacialidades que dan lugar a los modos de vida rurales y campesinos y, más específicamente, a la trama de relaciones significativas que otorgan sentido a esas espacialidades” (Cejas y Vanoli, 2025, p. 28).

Desde esta perspectiva, los saberes constructivos, las formas de pastoreo y cría de animales, las técnicas y estrategias para sembrar, cosechar, recolectar y producir alimentos, así como los modos de provisión de energía propios de la ruralidad y otras prácticas vinculadas con la reproducción de la vida, constituyen expresiones de un campo de saberes locales históricamente producido de manera comunitaria y fundado en un conocimiento profundo del territorio (Bocco y Huerta, 2022; Cejas, 2020). Así, lo comunitario se configura como una dimensión central para comprender los modos de cohabitar rural-campesinos, en tanto son las prácticas sociales, situadas, relacionales y atravesadas por conflictos, las que producen y reproducen las espacialidades (Cejas y Vanoli, 2025).

En esta clave interpretativa, reconocer lo comunitario como núcleo vital del hábitat rural-campesino implica comprenderlo no solo como una forma de organización social, sino también como una práctica político-epistémica desde la cual se disputan sentidos y proyectos de vida frente a los procesos de despojo, homogeneización cultural y mercantilización de la vida. En este marco, lo comunitario se configura como un atributo esencial y una condición de existencia indispensable para garantizar la reproducción de la vida (Gutiérrez Aguilar et al., 2016) y la defensa de los modos de habitar rurales, constituyéndose así en una dimensión de análisis insoslayable en los debates contemporáneos sobre el hábitat rural-campesino.

Entradas relacionadas

Saberes locales ancestrales; Lugar; Doméstico; Religiosidad; Pastoralismo.

Referencias

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  1. Centro Experimental de la Vivienda Económica, AVE-CONICET – Escuela de Nutrición, FCM, UNC. romibocco@unc.edu.ar.


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