Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Tradición

Jorge Tomasi[1]

Tradición es un concepto multifacético referido a la transmisión de conocimientos, valores, prácticas y objetos entre generaciones, conformando narrativas sobre el pasado construidas en el presente como parte de un proyecto futuro. La tradición opera en el campo de la historicidad, como herencia y legitimación, y de la sociabilidad, creando sentidos de pertenencia al igual que de segregación. Las distintas tradiciones que habitan las personas, en sus superposiciones, orientan su inserción en el mundo, dando un marco a la acción, sin implicar una limitación a su condición como agentes capaces de producir sus propias narrativas, en tanto creación o reinterpretación de tradiciones pretéritas. En su relación con la ruralidad, el concepto de tradición ha tenido diversos y contrapuestos sentidos. Ha sido institucionalmente incorporado en densas narrativas relativas a valores esenciales e inmutables que sustentan un proyecto de nación; ha sido planteado como un obstáculo al desarrollo en una oposición a la modernidad urbana; y, paradójicamente, se ha constituido como una base para la reivindicación de proyectos alternativos a los hegemónicos.

Genealogía

La complejidad del concepto de tradición radica en que opera en campos diversos, que incluyen la acción política institucionalizada, el intenso debate académico, especialmente en las Ciencias Sociales, y su empleo extendido en el habla cotidiana con diferentes densidades. La idea de tradición es habitualmente utilizada con sentidos y fines muchas veces contrapuestos, aunque con puntos de partida no tan diferentes. En su devenir, este concepto ha quedado anclado en un conjunto de sentidos vinculados con la continuidad de un mundo preindustrial y rural, regido por autoridades prescriptivas y sostenido por comunidades gobernadas por la superstición, en oposición a los valores de la así llamada modernidad (Yadgar, 2013; Bevir, 2000; Shils, 1981).

Etimológicamente, proviene de la voz en latín traditio, que deriva del verbo tradere, es decir, transmitir, relacionado con el verbo dare, relativo a mandar, a lo que se entrega a otra persona para que sea guardado, involucrando un carácter legal en torno a la propiedad. La noción de traditio fue apropiada en términos eclesiásticos en el sentido de una traditio evangélica o catholica, y entonces asimilada con la idea de doctrina y por lo tanto de obediencia a los mandatos de la autoridad religiosa (Alexander, 2016).

El concepto, en todo caso, comenzó a tomar su forma actual en los siglos XVIII y XIX, tensionado en los movimientos del iluminismo europeo (Shils, 1981), cuando emergió un debate sobre la noción de tradición, en cierto modo inédito. El iluminismo impulsó una crítica sistemática del principio de autoridad, especialmente religiosa, insertando a la tradición en oposiciones radicales: antiguo-nuevo, superstición-razón, dogma-libertad, colectivo-individual, repetición-innovación e, incluso, lo rural frente a lo urbano (Kingman Garcés y Breton, 2016). Lo tradicional se estableció desde un antagonismo con la idea de modernidad, portando un carácter conservador y reaccionario, ajeno a cualquier espíritu tanto revolucionario como desarrollista (Yadgar, 2013; Appadurai, 2001; Graburn, 2001; Hammer, 1992; Shils, 1991). En los términos de Marx (2022 [1885]), “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (p. 8). El peso de la tradición conjuraba cualquier esfuerzo transformador (Bevir, 2000; Hammer, 1992).

En esta oposición tradición-modernidad es ineludible la consolidación del ideal de progreso (Shils, 1981), basado en el evolucionismo unilineal y la perfectibilidad de las sociedades en base a un recorrido unívoco (Buschli, 2002). La tradición y la modernidad no están simplemente en oposición, sino que se afirman como una trayectoria.

Mientras que la tradición se percibe como un obstáculo para el progreso social, simultáneamente, opera un mecanismo vinculado con la melancolía, en el sentido de la nostalgia imperialista de Rosaldo (1989), por aquellas tradiciones perdidas. El abordaje civilizatorio del progreso y la lamentación por la pérdida, ambas, actuaron simultáneamente en el hábitat rural, en el marco de narrativas consolidadas por los Estados para la construcción de una tradición nacional edificando sentidos excluyentes de pertenencia.

En 1939, la provincia de Buenos Aires instituyó el Día de la Tradición, que tuvo un alcance nacional a partir de 1975. El 10 de noviembre fue elegido por el natalicio de José Hernández, vinculando la tradición nacional con lo gauchesco pampeano emergente del Martín Fierro (Hernández, 2022 [1872]). La narrativa rural tuvo un desarrollo muy significativo, con rasgos masivos, desde finales del siglo XIX, motorizada por un conjunto de autores de una elite de origen urbano y mayormente vinculados con los patrones y estancieros: los dueños de la tierra (Dos Santos, 1968).

Estas obras, recuperadas desde las primeras décadas del siglo XX, con matices, construyeron un imaginario del gaucho en una operación de recorte de su existencia histórica, constituyéndolo como el emergente de un pasado inmemorial y arquetipo de la identidad nacional. El gaucho sedentario y lo pampeano se expandieron hacia las provincias como expresión de lo rural, en disputa con otras ruralidades (Casas, 2016). El proceso selectivo de construcción de esa tradición implicó una compleja combinación entre lo prehispánico (no así lo indígena presente), lo criollo y lo europeo. Autores como Rojas (1951 [1924]) propusieron a estas fuentes como las raíces auténticas de lo nacional, a partir de una supuesta fusión armónica (Tomasi, 2012).

La narrativa rural, en tanto transmisión y producción de tradiciones, incluyó al recurso literario, pero también a las artes plásticas, la fotografía y el cine. Así, se delineó la tradición en prácticas, objetos, lugares y paisajes, que conformaron un sentido del hábitat rural atravesado por lo pampeano, como materialización de esa identidad nacional. Las pinturas de Molina Campos, producidas entre las décadas de 1930 y 1950 y puestas en circulación en el formato de almanaques de distribución masiva, son un magnífico ejemplo de la producción de ese hábitat rural en la interacción de las personas con su ambiente: extensas llanuras con un horizonte inalcanzable, el estereotipo del rancho pampeano solitario en el que se despliega la vida cotidiana, la imagen de las pulperías en las que opera la sociabilidad e incluso la escuela rural como ámbito de la nacionalización del gaucho. La miserabilidad como componente de ese hábitat no es ajena a estas narrativas, como se evidencia en textos de la época como “Don Segundo Sombra” (Güiraldes, 1926).

Más allá de su extraordinario valor, las pinturas de Molina Campos refieren solo a la ruralidad del peón en un campo que se encontraba en profundas transformaciones dentro de las lógicas de explotación capitalista enmarcadas en el ideal de progreso. Estas representaciones, literarias y plásticas, exponían una realidad cada vez más lejana en el tiempo, de un hábitat rural basado en la autenticidad de los lugares, de ritmos lentos frente al vértigo de la vida urbana. El contraste estaba signado por las asimetrías sociales y económicas entre la sociedad tradicional (rural) y la sociedad industrial (urbana), en los términos que las definió Germani (1962).

Estas operatorias remiten a la idea de invención de las tradiciones, planteada por Hobsbawn y Ranger (2002), respecto a cómo los enfoques conservadores crean y promueven tradiciones cerradas en relaciones jerárquicas como narrativas tanto de legitimación del poder como de exclusión en la conformación de comunidades imaginadas (Anderson, 2001). En todo caso, la idea de invención, finalmente relativa a un sentido de autenticidad, obtura la posibilidad de comprender cómo las tradiciones siempre se modelan en un proceso de selección de aquello que se transmite, o más bien de lo que se apropia del pasado, en el marco de relaciones de poder que pueden implicar formas de colonización del pasado (Hall, 2023).

La reificación de las tradiciones, como problema, implica el establecimiento de un núcleo de ideas rígido e inmutable que las convierte en entidades fijas (Bevir, 2000). Esto niega el carácter plural y dinámico propuesto por Gadamer (1993), que, por cierto, también define al hábitat rural. La reificación, es recurrente en muchas perspectivas respecto a ese hábitat rural, su arquitectura o técnicas, establecidas como tradicionales, en contraposición con otras que no lo serían, creando escenas estáticas de la realidad social.

Perspectivas

Las Ciencias Sociales, y en particular la Antropología, han sido escépticas, más bien críticas, del concepto de tradición, que suele aparecer entrecomillado, como observó García Canclini (1982), o bien reemplazado por otras nociones, distintas pero equivalentes (Bevir, 2000). El esencialismo asociado al concepto de tradición, en efecto, es problemático, en tanto implica una negación de la historicidad de los pueblos y la complejidad de su conformación diversa (García Canclini, 1982).

Sin embargo, en las últimas décadas se han multiplicado los trabajos que buscan aproximaciones más complejas a la tradición, partiendo del texto pionero de Shils (1982). Esto opera en una escena contemporánea en la que, como planteó Rowlands (2002), ya no solo se vive en el marco de tradiciones, sino que se las reflexiona, evalúa, discute, modifica y disputa políticamente. De acuerdo con Graburn (2001), ese fenómeno de la autoconsciencia y declamación de las tradiciones opera mayormente en momentos históricos signados por cambios profundos, como afirmación de elementos que deben ser sostenidos y preservados.

Vale la pena recuperar la propuesta de Bevir (2000) respecto a que las tradiciones son inevitables, tal que todas las sociedades, en todos los tiempos, han vivido y viven inmersas en tradiciones. Esto no implica que las tradiciones deban ser prescriptivas, limitando la acción subjetiva, sino que deberían ser concebidas como las herencias sociales relativas a las pertenencias colectivas historizadas, estando sujetas a apropiaciones, recortes, modificaciones y, eventualmente, su descarte, en el marco de las condiciones presentes de existencia. Como lo propuso Gadamer, las tradiciones no son algo que debe recuperarse del pasado, sino que existen como tradiciones vitales que son “afirmadas, asumidas y cultivadas” (Gadamer, 1993, p. 350). Las tradiciones no son totalizadoras, sino que se asumen en partes dentro de un proceso creativo de selección (Shils, 1981). Se existe, entonces, en una multiplicidad de tradiciones, en una convivencia no necesariamente armónica.

El mito de la modernidad se construyó en la oposición a la tradición (Quijano, 2014; Dussel, 1994), siendo que se trata de una tradición en sí misma, signada por la negación de la perspectiva histórica, la exaltación de lo individual y el valor de la novedad y lo efímero (Lipovetsky, 1990). Esa oposición a la tradición, en rigor, se refiere más bien a la negación de la existencia de tradiciones alternativas a la tradición racionalista (Escobar, 2013). Pensar el hábitat rural (en su arquitectura, prácticas o técnicas) en términos de tradicional actúa como una limitación para la comprensión puesto que las inscribe en los antagonismos en los que se edificó la así llamada modernidad. Se presenta la necesidad de recuperar el concepto de tradición para una comprensión historizada de la transmisión en el tiempo de los sentidos, prácticas y objetos en el tiempo que conforman el habitar presente, y como construcción de un proyecto político alternativo.

La tradición es densidad, es inestabilidad y es conflicto (Scott, 1999). Más que una herencia, se trata de un proceso activo de construcción de sentido en el marco de una pertenencia histórica y presente, que se proyecta en el futuro, en lugar de anclarse en el pasado (Ingold, 2022). La historicidad del hacer, inscripta en el concepto de tradición, implica un hacer con otros y otras, en términos colectivos. En los términos de Eliot, “Ningún poeta, ningún artista de ningún arte tiene su significado completo por sí solo. Su significado se deriva de verlo en relación con, contra el fondo de, los poetas y artistas que lo han precedido” (1919, p. 55, traducción propia).

Entradas relacionadas

Identidades; Lugar; Paisaje; Temporalidad; Resistencia.

Referencias

Alexander, J. (2016). A Systematic Theory of Tradition. Journal of the Philosophy of History, 10(1), 1-28.

Anderson, B. (1993). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica.

Appadurai, A. (2001). La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Ediciones Trilce.

Bevir, M. (2000). On tradition. Humanitas, XIII(2), 28-53.

Boivin, M., A. Rosato y V. Arribas (2004). Constructores de otredad. Una introducción a la Antropología Social y Cultural. Editorial Antropofagia.

Buchli, V. (2002). Introduction. En V. Buchli (Ed.), The material culture reader (pp. 1-22). Berg.

Casas, M. (2017). Las metamorfosis del gaucho. Círculos criollos, tradicionalistas y política en la provincia de Buenos Aires 1930-1960. Prometeo libros.

Dos Santos, E. (1968). Realismo tradicional: narrativa rural. Capítulo. La historia de la literatura argentina, (38), 891-894.

Dussel, E. (1994). 1492. El encubrimiento del otro. Hacia el origen del mito de la modernidad. Plural Editores.

Eliot, T. S. (1919). Tradition and the Individual Talent. The Egoist, 6(4), 54-55.

Escobar, A. (2013). En el trasfondo de nuestra cultura: la tradición racionalista y el problema del dualismo ontológico. Tabula Rasa, (18), 15-42.

Gadamer, H. (1993). Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Ediciones Sígueme.

García Canclini, N. (1982). Las culturas populares en el capitalismo. Nueva Imagen.

Germani, G. (1962). Política y sociedad en una época de transición. Editorial Paidós.

Graburn, N. (2001). What is Tradition? Museum Anthropology, 24(2-3), 6-11.

Güiraldes, R. (1926). Don Segundo Sombra. Editorial PROA.

Hall, S. (2023). Whose Heritage? Un-settling ‘The Heritage’, Re-imagining the Post-nation. En S. Ashley y D. Stone, Whose Heritage? Challenging Race and Identity in Stuart Hall’s Post-nation Britain (pp. 13-25). Routledge.

Hammer, D. (1992). Meaning & Tradition. Polity, 24(4), 551-567.

Hernández, J. (2022 [1872]). Martín Fierro. Biblioteca del Congreso.

Hobsbawn, E. y Ranger, T. (2002). La invención de la tradición. Editorial Crítica.

Ingold, T. (2022). The rise and fall of generation now. Prace Kulturoznawcze, 26(4), 147-165.

Kingman Garcés, E. y V. Breton. (2016). Las fronteras arbitrarias y difusas entre lo urbano-moderno y lo rural-tradicional en los Andes. The Journal of Latin American and Caribbean Anthropology, 22(2), 235-253.

Lipovetsky, G. (1990). El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas. Editorial Anagrama.

Marx, K. (2022 [1885]). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Ministerio de Educación GCBA.

Quijano, A. (2014). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En Cuestiones y horizontes : de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. CLACSO.

Rojas, R. (1951 [1924]). Eurindia. Editorial Losada.

Rosaldo, R. (1989). Culture & Truth. The remarking of Social Analysis. Beacon Press.

Rowlands, M. (2002). Heritage and Cultural Property. En V. Buchli (Ed.), The material culture reader (pp. 105-114). Berg.

Scott, D. (1999). Refashioning futures. Criticism after postcoloniality. Princeton University Press.

Shils, E. (1981). Tradition. The University of Chicago Press.

Tomasi, J. (2012). Mirando lo vernáculo. Tradiciones disciplinares en el estudio de la “otras arquitecturas” en la Argentina del siglo XX. Revista Área, (17), 69-83.

Yadgar, Y. (2013). Tradition. Human Studies, (36), 451-470.


  1. CONICET – Laboratorio de Arquitecturas Andinas y Construcción con Tierra, Instituto Rodolfo Kusch, UNJu. jorgetomasi@hotmail.com.


Deja un comentario