María Ordoñez[1]
Violencia comprende diversas formas de agresión/ataque a la Otredad por diferentes medios. Es constitutiva de las relaciones sociales del capitalismo, pues produce y reproduce relaciones de dominación y explotación, por lo tanto, relaciones de poder que sostienen posiciones de dominación en un campo de disputas. Tiene potencial destructivo en la medida que atenta contra las condiciones de reproducción social de los sujetos destinatarios de la violencia. Se trata de relaciones de destrucción necesarias para garantizar la acumulación, ya que, desde la acumulación primitiva hasta la actualidad, para producir y reproducir el sistema se precisan renovadas formas de violencia de acumulación por desposesión. No se limita sólo al uso de la fuerza física, así como su análisis no puede circunscribirse a las acciones individuales atribuibles a sujetos o instituciones. Además de estas formas más visibles, aparentemente extraordinarias, que quebrarían el estado normal no-violento, se reconoce la violencia objetiva, sistémica y simbólica, inherente al sistema de dominación que forma parte de su normalidad cotidiana, por lo cual es más sutil y menos visible. Está asociada a disputas hegemónicas de criterios de visión y división del mundo, por lo que implica la agresión física, la coerción, la implantación del terror y otros métodos de disciplinamiento y naturalización de la explotación.
Genealogía
La bibliografía respecto a los intentos de definición de la violencia acuerda en el carácter polisémico y ambiguo del término y en la dificultad de construir un concepto lo suficientemente abarcativo que no pierda su potencial explicativo (Blair Trujillo, 2009; Garriga Zuncal y Noel, 2010; Perelman, 2010; Nateras González, 2021). Reconociendo estas limitaciones y desafíos, no es posible definirlo acabadamente, sino en relación con los fenómenos sociales que se pretenden estudiar. Sin negar otras acepciones, aquí se prioriza su uso explicativo para comprender las violencias sistémicas de procesos de acumulación por desposesión, propios de modelos de desarrollo extractivistas que impactan sobre el hábitat rural a partir de renovadas formas violentas de la acumulación primitiva (Federici, 2010; Harvey, 2005; Luxemburgo, 1912).
Parafraseando a Lenin, Žižek (2009) propuso que “necesitamos [aprender, aprender y aprender] qué causa esta violencia” (p. 18). Para ello, plantea la distinción entre tres dimensiones de la violencia que interactúan de forma compleja. La violencia subjetiva es la más visible, directa y atribuible a determinados agentes sociales, “individuos malvados, aparatos represivos y multitudes fanáticas” (p. 22) que produce fascinación por su espectacularización. La violencia objetiva sistémica es caracterizada como “consecuencias a menudo catastróficas del funcionamiento homogéneo de nuestros sistemas económico y político” (p. 19). Es anónima, invisible, por lo que “ya no es atribuible a los individuos concretos y a sus [malvadas] intenciones” (Žižek, 2009, p. 23).
Por lo tanto, Žižek (2009) se distancia de la definición de violencia acotada a los actos violentos que, en tanto extraordinarios, rompen con el orden normal de una sociedad pensada sin conflictos ni problemas (Garriga Zuncal y Noel, 2010). Se trata de hacer visible la fantasía (Žižek, 1999), que el realismo capitalista (Fisher, 2016) propone a partir de la idea de que el desarrollo capitalista implica un libre intercambio entre iguales en el mercado exento de violencia. Sin embargo, como señaló Marx (1867) y complementó Federici (2010), desde sus orígenes, el capitalismo está basado en la violencia. Precisamente es inherente al sistema en su estado normal (Žižek, 2009), por lo que incluye, además de la violencia física directa, “las más sutiles formas de coerción que imponen relaciones de dominación y explotación” (p. 20) que, de acuerdo con el autor, podrían vincularse con la violencia pura, divina, reconocida por Benjamin (1995).
La violencia objetiva simbólica es definida por Žižek (2009) a partir del lenguaje, en tanto imposición de universos de sentido que, “en su grado más puro” (p. 51), aparece “como la espontaneidad del medio en que vivimos o el aire que respiramos” (p. 51). Es decir, como realismo capitalista, término acuñado por Fisher (2016) para referirse a “una atmósfera general” (p. 41) que se presenta como lo obvio, en similar sentido a las zonceras descritas por Jauretche (1973). Desde esa obviedad, la matriz ideológica del capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable, deseable e imaginable (Boito, 2013, 2014; Žižek, 2003). La violencia simbólica tiene una profunda relación con la noción de ideología como lenguaje, que se concreta en los individuos, pero es social, ya que “reproduce en el interior de cada individuo las relaciones de producción materiales que se dan en un determinado modo de producción” (Silva, 1984, p. 219).
Como señala Federici (2010), el ataque sobre las mujeres implicó procesos de violencia expresados en la caza de brujas, así como se implementaron diversos mecanismos de exterminio de los pueblos originarios en la conquista. Ambos requirieron, además de la fuerza física, mecanismos de violencia simbólica en torno al Otro, bruja, esclavo o indio, que precisaba ser destruido simbólica y materialmente. Boito (2014) advierte, al recuperar los aportes de la mencionada autora, que además de acumular y concentrar trabajadores explotables y capital, la acumulación originaria implicó una acumulación de diferencias, divisiones y jerarquizaciones dentro de la propia clase trabajadora a partir del género, la raza y la edad que “se hicieron constitutivas de la dominación de clase y de la formación del proletariado moderno” (Boito, 2014, p. 27).
Perspectivas
Es necesario comprender la dualidad constructiva y destructiva que implica la violencia. Por un lado, es constitutiva de las relaciones sociales capitalistas y, al mismo tiempo, es una fuerza destructora de formas de vida y sujetos. Es precisamente en ese doble movimiento que produce y reproduce relaciones de poder. De acuerdo con el andamiaje propuesto, se reconoce que la conformación de las relaciones de producción capitalistas y la superación de sus crisis requiere de la destrucción de relaciones sociales y ecosistémicas. En ese sentido, Silva (1984) se refiere a relaciones de destrucción sustentadas sobre la conformación de seres humanos como mercancía. La enajenación del trabajo implica que éste se convierta en algo extraño y hostil para el propio sujeto: “al convertir su principal fuerza, su energía humana (…) en una mercancía” (p. 204).
Como se mencionó, desde sus orígenes, el capitalismo está sustentado sobre la enajenación y la expropiación para la formación de trabajadores libres de vender su fuerza de trabajo y desheredados de sus medios de producción (Marx, 1867), así como esclavos y expropiados por el orden colonial. A su vez, la formación de la fuerza de trabajo asalariada, disciplinada y dispuesta a venderse implicó e implica el ataque sobre lazos comunitarios y ecosistémicos, formas de vida, trabajo e identidades colectivas.
Actualmente, los procesos desarrollados en la acumulación primitiva siguen “poderosamente presentes” (Harvey, 2005, p. 117), así como se han creado nuevos mecanismos de desposesión. El retorno de estas violencias en todas las fases de globalización capitalista “demuestra que la continua expulsión de los campesinos de la tierra, la guerra y el saqueo a escala global y la degradación de las mujeres son condiciones necesarias para la existencia del capitalismo en cualquier época” (Federici, 2010, p. 24). Existen continuidades de un proceso que “persiste, se metamorfosea y va subsumiendo los flujos de experiencia de la vida social en curso” (Boito, 2014, p. 22).
Para aportar al abordaje de la violencia en relación con la ruralidad, se propone un recorrido por las continuidades de la violencia sistémica en relación con el avance del agronegocio sobre formas de vida y producción de familias campesinas y pequeñas productoras. Para ello se retoman diversos estudios consultados que reconocen que el agronegocio introdujo cambios en la estructura socio-productiva de diferentes territorios extrapampeanos avanzando hacia procesos de agriculturización con impactos negativos sobre las formas de vida y producción preexistentes (Decándido, 2019; Salizzi, 2019; Preda, 2015; Cáceres et al., 2010; Ordóñez y Huerta, 2023; Ordóñez, 2023; Maggi, 2015).
Estos estudios acuerdan en que estas transformaciones respondieron a la necesidad de expansión del capitalismo agrario mediante la implementación de sistemas productivos intensivos en zonas que hasta el momento no habían sido incorporadas a este modelo y que por sus condiciones ecosistémicas, sociales y culturales se caracterizaron por la producción ganadera, diversificada con un fuerte asiento en la organización familiar y campesina. Cabe señalar, como plantea Maggi (2015), que la agriculturización implica el desarrollo de un sistema que tiende al monocultivo y la especialización para la exportación con esquemas de precios sometidos al mercado internacional, el aumento de escala productiva mediante la aplicación del paquete tecnológico basado en el uso de semillas transgénicas, la siembra directa y el uso de agrotóxicos. A lo que se suma el reemplazo de actividades ganaderas extensivas que tradicionalmente emplean las familias pequeñas y medianas productoras, por prácticas intensivas que contrastan fuertemente con los sistemas productivos campesinos y familiares.
Como señala Salizzi (2019), la frontera agraria moderna no avanza sobre el vacío, por el contrario, lo hace sobre otras formas de vida y producción, transformando el hábitat rural. Es posible observar un fenómeno de redistribución que tiende a la concentración del uso y control de la tierra, ya que no se produjeron incorporaciones masivas de tierras al agronegocio que antes no eran explotadas (Decándido, 2019). Sino que el agronegocio avanza sobre tierras que tenían otros fines productivos y sociales y que estaban en muchas manos. La desaparición de unidades productivas medianas y pequeñas tiene como contracara la creación y surgimiento de unidades que controlan grandes extensiones territoriales. Se acuerda con Decándido (2019) cuando señala que, en regiones extrapampanas con condiciones ecológicas desfavorables en comparación con la pampa húmeda, se requieren mayores extensiones para desarrollar la agricultura, por lo que la concentración cobra una relevancia particular.
El control y uso de la tierra no siempre implica cambios en la propiedad de esta, los cambios se llevan adelante por diversos mecanismos como desalojos mediados por la justicia, cercamiento arbitrario de tierras mediante alambrados –realizado en parte durante la etapa del impulso ganadero (Salizzi, 2019) previa a la introducción del agronegocio– y la compra-venta o alquiler temporario. La destrucción de condiciones de vida y trabajo de familias pequeñas productoras es otro mecanismo, estrechamente vinculado al carácter violento de la agriculturización.
Para comprender estos procesos se puede considerar el análisis comparativo de variables disponibles en los censos nacionales agropecuarios, que permiten reconocer transformaciones respecto a: a) las variaciones en la cantidad de explotaciones agropecuarias (EAP) de acuerdo con su tamaño (medida por las hectáreas controladas); b) la superficie explotada destinada a la actividad agropecuaria, su distribución de acuerdo al tamaño de las EAP; c) el tipo de uso de suelo y los tipos de cultivos implantados (Ordóñez y Abatedaga, 2024; Huerta y Ordóñez, 2023; Ordóñez, 2023). Al poner en relación estos elementos es posible identificar al menos tres procesos interrelacionados: 1) Disminución de la superficie destinada a la actividad agropecuaria y de la cantidad de EAP en general, aunque la producción no disminuyó, sino que se intensificó; 2) Decrecimiento y desaparición en mayor medida de EAP medianas y pequeñas correspondientes a las formas de producción familiares y campesinas, al igual que disminuye la superficie que controlan. Lo contrario ocurre con aquellas que controlan grandes extensiones, aparecen e incrementan su dominio de la superficie a partir de procesos de concentración del uso y control de la tierra en menos manos; 3) Pérdida de diversidad productiva, característica de la producción familiar y campesina, por cambios en el uso de la tierra y los tipos de cultivos en torno a la producción de granos a partir del progresivo desplazamiento y desaparición de cultivos y de la actividad ganadera (Ordóñez y Abatedaga, 2025).
Existen múltiples dimensiones a analizar respecto al impacto de estas transformaciones sobre el creciente desplazamiento de familias campesinas de pequeñas y pequeños productores, aunque algunas aún resisten en sus territorios. El estudio de las narrativas sobre las experiencias de los sujetos más desfavorecidos por dichos cambios resulta de gran importancia para reconocer las expresiones de la violencia objetiva. Es en estos relatos que se ponen de manifiesto los síntomas de la violencia, es decir, aquellos signos que dan visibilidad a “fallas en la estructura social que generan grietas, lugares donde la estructura social se ha quebrado y ya no hay puentes que liguen las partes separadas” (Scribano, 2008, p. 216).
La visibilización de estas rupturas permite hablar de las violencias que permanecen ocultas bajo la fantasía (Žižek, 1999) de no violencia que plantea el capitalismo. Como señala Boito (2013), “el encuadre ideológico hegemónico de los conflictos y el horizonte para encauzar y dirigir los cambios posibles/deseables en nuestra experiencia presente, arroja por fuera la posibilidad de pensar la violencia” (p. 33). El síntoma es precisamente un elemento que desdice la fantasía y permite, como plantea Fisher (2016), intentar un ataque serio al realismo capitalista al exhibirlo como incoherente o indefendible, como contrario de lo que dice ser. La siembra directa es narrada como uno de los factores relevantes para comprender la disminución de la producción ganadera extensiva, pues para garantizar la producción de granos se prioriza el modelo de feedlot.
En contraposición al modelo de cría a campo, muchas veces en zonas de uso comunitario que fueron cercadas o por conflictos por el cruce de animales a superficies sembradas. Las familias campesinas y pequeñas productoras también encuentran problemas para la comercialización de productos derivados de la ganadería, su principal fuente de ingresos, debido a legislaciones que prohíben la faena en campo y las obligan a afrontar altos costos de traslado para el faenamiento en el frigorífico. Por ello, en caso de sostener el modo tradicional de carneado corren el riesgo de ser detenidos por la policía rural y que se inicien causas judiciales en su contra. Se trata de la criminalización de una práctica histórica, que involucra diversos saberes y vínculos comunitarios, así como circuitos cortos de comercialización.
El desigual y limitado acceso a insumos y medios de producción, tanto a la tierra como a maquinarias o alimento para sus animales, pone en riesgo el sostenimiento del modo de vida y producción familiar. Quienes controlan superficies que resultan insuficientes para garantizar el autoabastecimiento de alimentos para su producción ganadera, por lo que deben comprarlos, enfrentándoles a aceptar los precios definidos por las grandes explotaciones agropecuarias que concentran la producción de maíz. Quienes a su vez restringen la venta porque priorizan sus propios animales o deciden venderlo en el mercado de commodities que otorga mayores ganancias. Frente a ello, ya sea por la escasez de las cosechas por eventos asociados al cambio climático y a condiciones ecosistémicas (sequía, heladas extremas, granizo, entre otras), por los altos precios y los factores antes mencionados, muchas familias se ven obligadas a vender parcial o totalmente sus animales, viendo afectada su principal fuente de ingresos y perdiendo su diversidad productiva. Otra de las acciones que llevan adelante para enfrentar estas dificultades es el arriendo de sus tierras a grandes productores que, como ya dijimos, tienden a concentrar el uso y control del territorio.
Otro punto álgido de la violencia tiene que ver con el uso extendido de agrotóxicos, narrado como causal de enfermedades, ya sea porque las fumigaciones se realizan sobre las casas y producciones de las familias o porque realizan trabajos de descarga y aplicación sin las medidas de seguridad adecuadas. Salir de sus tierras para evitar las fumigaciones es una de las razones que lleva a las familias campesinas a trasladarse temporal o definitivamente hacia zonas menos afectadas. El síntoma en este caso no es una metáfora, se expresa en el malestar de los cuerpos y ecosistemas. También los animales y plantas son dañados, en ocasiones sufren muertes de gallinas, hortalizas y especies criollas de maíz. Esto se vincula con la dificultad para emplear semillas propias, ya que no son resistentes a los agrotóxicos empleados, incrementando la dependencia de los insumos que dispone el paquete tecnológico, como las semillas transgénicas (Ordóñez y Abatedaga, 2025).
Un síntoma de desigualdad estructural tiene que ver con las dificultades de circulación que muchas veces imposibilitan a las familias que habitan la ruralidad acceder a derechos básicos como la salud y la educación, así como al abastecimiento de alimentos u otros bienes necesarios. Además de las largas distancias y el mal estado de los caminos rurales, el transporte público deficitario y costoso no garantiza el transporte de quienes viven campo adentro. La circulación está garantizada para las mercancías, pues se realizan numerosas y costosas obras públicas a los fines de conectar territorios extrapampeanos con los principales puertos de exportación de commodities. Por lo que se vuelve necesario contar con vehículos propios o mudarse a los pueblos cercanos para acceder a derechos básicos (Huerta et al., 2024).
Para subsistir y sostener su forma de vida y trabajo, muchas familias campesinas mantienen una doble jornada laboral. Mientras que las mujeres suman una tercera, asociada a las tareas de cuidado (Huerta et al., 2024). Se hace necesario complementar el trabajo extra predial con el realizado dentro de cada campo, por lo cual venden su fuerza de trabajo a terceros como peones en tareas rurales, en el rubro de la construcción, el turismo o el cuidado de personas. Siempre en condiciones precarias de contratación o como cuentapropistas. Esta sobrecarga laboral se sostiene debido a que las familias necesitan contar con más ingresos monetarios para garantizar su reproducción. En parte, esto se vincula con la creciente mercantilización de bienes y relaciones que antes no estaban mediadas por el dinero, sino que se basaban en prácticas de trueque o intercambio.
En las narrativas campesinas se reconoce que el trabajo no es remunerado adecuadamente, pues los ingresos obtenidos siguen siendo escasos o insuficientes a pesar del incremento de las jornadas laborales. También les impulsa a dejar sus tierras la búsqueda de estos trabajos en ramas como el turismo o la construcción, que demandan mano de obra estacional con bajos salarios, condiciones precarias de contratación y jornadas laborales de hasta 12 horas diarias sin descansos semanales. Las condiciones mencionadas dificultan la reproducción social de familias campesinas en sus tierras, muchas de las cuales se ven forzadas a vender o arrendar sus tierras temporal o definitivamente y emigrar a los centros de las grandes ciudades o urbanizaciones cercanas. Una vez en las ciudades, despojados de la tierra y demás medios de producción, venden su fuerza de trabajo como asalariados o cuentapropistas. La matriz ideológica del realismo capitalista suele proponer que estas decisiones son individuales, simplemente relaciones comerciales de intercambio entre sujetos libres. Sin embargo, al indagar sobre las transformaciones socioproductivas y las narrativas de las experiencias de quienes se ven afectados por dichos cambios es posible reconocer que se producen en condiciones estructurales desiguales (Boito, 2014) que reproducen múltiples expresiones de la violencia. Por lo tanto, son parte de la violencia sistémica de un modelo de desarrollo que para avanzar y acumular requiere despojar.
Entradas relacionadas
Capitalismo; Despojo; Identidades; Resistencia; Urbano.
Referencias
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- Instituto de Estudios en Comunicación, Expresión y Tecnologías, CONICET-UNC. maria.ordonez@mi.unc.edu.ar.↵






