Sebastián Abeledo[1]
Pastoralismo es una forma de vida que se desarrolla en estrecha comunión con rebaños de animales herbívoros domesticados, tales como ovejas, cabras, vacas, caballos, camellos, llamas, alpacas o renos. Se caracteriza por el desplazamiento cíclico o estacional del grupo humano que los cuida, guía y acompaña. Como forma de subsistencia genera alimentos en hábitats áridos y hostiles como llanuras secas, estepas montañosas, tundras, desiertos y el Ártico. En los Andes sudamericanos, poblaciones originarias imprimieron sus rasgos distintivos desarrollando una relación de interdependencia con camélidos domesticados (llamas y alpacas) y orientando sus desplazamientos según ciclos trashumantes que recreaban las rutas de sus ancestros silvestres (guanacos y vicuñas). Luego de la Conquista, se incorporaron las vacas, cabras y ovejas configurando una organización específica en los entornos de altura. El pastoreo compromete la participación de todos los hombres y mujeres integrantes del grupo doméstico, incluyendo a ancianos y niños que colaboran según sus posibilidades físicas y estado de salud. Los pastores y pastoras modelan su entorno mediante estrategias que garantizan la viabilidad de rebaños, pastizales y aguadas. Aunque a menudo se interpreta el pastoralismo desde enfoques centrados en la adaptación a condiciones ambientales adversas e invariables, su esencia radica en transformar y sostener los ecosistemas, gestionando activamente su variabilidad espacial y temporal. La prosperidad de los animales domésticos ocurre gracias a la intervención humana, que abarca desde la protección contra depredadores hasta la selección reproductiva.
Genealogía
Donde los humanos no pueden metabolizar pastos, hierbas o restos de cultivos, los animales, en su tránsito estacional, convierten esa biomasa en proteínas y recursos. Los rebaños operan como despensas ambulantes (Clutton-Brock, 1989), brindando recursos que pueden ser almacenados y utilizados en momentos críticos, proporcionando: (a) productos renovables (leche, sangre, lana, pelo, abono); (b) servicios (tracción, carga, montura); y (c) bienes sacrificiales (carne, pieles y huesos). Esta multifuncionalidad sustenta no solo economías, sino también vínculos sociales y culturales, medios de expresión simbólica y religiosa y hasta elementos de cohesión social y compañía afectiva.
Desde la Antropología se ha observado que, para los pastores y pastoras (en adelante, se usará pastores, inclusivamente), la crianza de animales domesticados es más que una economía o estrategia de adaptación: es tanto un modo de vida como un modo de hacer la vida con valores, cosmovisiones e ideales propios (Barfield, 1993; Khazanov, 1994). El pastoralismo es un fenómeno global cuya complejidad dificulta una definición exhaustiva. En su forma más pura se define por la ausencia de prácticas agrícolas. Sin embargo, la etnografía y la historia cuestionan esta idea, pues rara vez se encuentran sociedades ajustadas completamente a este patrón (Spooner, 1973; Barfield, 1993; Khazanov, 1994). Desde una perspectiva económica, se considera pastoralistas a quienes obtienen el 50% de sus ingresos del ganado y sus derivados. Esta definición ayuda a diferenciarlos de los agropastoralistas, quienes dependen en mayor medida de los cultivos (Swift, 1979).
Esta diversidad de formas pastoriles se articula, a su vez, con un elemento definitorio considerado clave: la movilidad. La movilidad pastoril establece patrones que pueden incluir rotaciones temporales, ciclos anuales de trashumancia o desplazamientos nómadas, influenciados por factores estacionales, rutas históricas, prácticas culturales transmitidas generacionalmente y, en contextos contemporáneos, restricciones derivadas de órdenes estatales, fronteras políticas o dinámicas de poder dispuestas por capitales privados.
Valiéndose de tiendas móviles o infraestructuras fijas dispersas para facilitar la migración, los pastores trasladan a sus animales guiándose por conocimientos precisos sobre los refugios benignos y protegidos con pastos y aguadas, pero también considerando otras motivaciones relacionadas con las posibilidades de trabajo, cercanía a rutas y centros poblados o la escolaridad de los niños y niñas, o incluso interés por preservar su privacidad o mantenerse fuera del alcance de la estatalidad. Estas características han sido documentadas en la literatura etnográfica sobre sociedades pastoriles del Viejo Mundo, especialmente en África, Eurasia, y regiones del Cercano y Medio Oriente (Krader, 1959; Forde, 1963; Barfield, 1993; Khazanov, 1994). En los Andes, sistemas análogos de movilidad muestran pastores gestionando pisos ecológicos altitudinales con lógicas comparables (Browman, 1974; Murra, 1975; Flores Ochoa, 1977). Un debate recurrente en la literatura antropológica comparada discute la existencia de un pastoralismo especializado en las tierras altas de los Andes sudamericanos. Esta controversia persiste, por la tendencia a equiparar pastoralismo con nomadismo. Los primeros modelos antropológicos del pastoralismo, basados en etnografías del Viejo Mundo, tendieron a ignorar los sistemas andinos de los Andes peruanos, pues se asumía que el pastoreo especializado era un fenómeno exclusivo de las estepas euroasiáticas y africanas. El mismo Murra (1975) vinculó a los pastores altoandinos con sociedades agrarias en su clásico modelo de control vertical de pisos ecológicos. En este, los pastores aparecían como extensiones de comunidades agrícolas más que como grupos autónomos. Esta visión, que negaba la existencia de una sociedad de pastores especializada, persistió en autores posteriores especialistas en pastoralismo euroasiático y africano (Khazanov, 1994; Barfield, 1993).
Fue recién a fines de la década de 1960 cuando los trabajos pioneros de Jorge Flores Ochoa (1968) y Horst Nachtigall (1968) comenzaron a replantear el paradigma dominante sobre la inexistencia de sociedades pastoriles en los Andes, tanto históricas como contemporáneas. Los primeros estudios se concentraron en Perú, conformando el corpus bibliográfico más extenso. En el caso argentino, los primeros trabajos etnográficos sistemáticos sobre pastores puneños sentaron las bases para el estudio de las comunidades pastoriles del Noroeste argentino (Merlino y Rabey, 1978, 1983; entre otros). Durante la década de 1990, la etnografía de la Puna de Atacama experimentó un notable avance con los trabajos de la antropóloga alemana Bárbara Göbel (1997, 1998, 2001, 2008). En años recientes, nuevas investigaciones han continuado enriqueciendo este campo de estudios (Tomasi, 2010; Abeledo, 2013; entre otros), que también ha sido objeto de análisis desde la sociología rural, las ciencias agrarias y la extensión agropecuaria en los Andes y el Noroeste argentino (Van’t Hooft, 2004; Paz, 2006; Cowan Ros y Schneider, 2008; entre otros), cuyos aportes complementan el conocimiento sobre estas formas de vida.
En el Noroeste argentino pueden encontrarse tanto formas pastoriles especializadas como de agropastoreo. El pastoreo especializado predomina en áreas de agricultura mínima o inexistente, particularmente en las altas punas jujeñas, salteñas y catamarqueñas. En estas regiones, las características climáticas y topográficas han sido aprovechadas para desarrollar sistemas pastoriles especializados, basados en la cría de camélidos y ovicápridos adaptados al altiplano puneño. Sin embargo, en regiones de valles y quebradas, se observan sistemas agropastoriles complejos que combinan agricultura y una ganadería que incorpora vacunos. En regiones del país más allá del Noroeste, existen otras formas de pastoralismo: los crianceros trashumantes de cabras y ovejas en el sur de Mendoza y la zona centro de Chubut (con especial desarrollo en Neuquén y Río Negro); los puesteros criollos del Chaco Seco; y los ovejeros que habitan las mesetas estépicas de la Patagonia austral (Bendini y Tsakoumagkos, 1993; González Coll, 2008; Andrade, 2003; Scardozzi, 2013; Cepparo, 2014; entre otros).
Estas variaciones responden a factores ambientales de los distintos hábitats rurales argentinos, así como a contextos históricos y culturales que influyen en las decisiones productivas de las comunidades. Por ello, su análisis integral requiere considerar, simultáneamente, las particularidades geográficas de cada territorio, junto con las dinámicas sociopolíticas que los pastores negocian, resisten o adaptan, aun dentro de marcos estructurales que limitan su margen de acción.
Perspectivas
En Argentina, aunque su aporte no sea debidamente reconocido y estudiado, las formas de pastoreo extensivo, gestionadas y recreadas principalmente por campesinos, pobladores originarios e indígenas, contribuyen a la riqueza y al acervo cultural de la nación. Un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), reveló que, la producción total anual de una familia pastoril ascendió a 577.927 pesos argentinos (equivalente a 20.574 dólares estadounidenses en 2018). Los ingresos medios más elevados correspondían a la región del Noroeste argentino (Wane et al., 2020). La metodología empleada permitió cuantificar la producción destinada al autoconsumo, la cual representó un 35% del total. Esta significativa proporción sugiere que la contribución de los pastores a la economía está siendo subestimada, especialmente en los indicadores convencionales del Producto Bruto Interno (PBI). Además de su rol en el autoconsumo familiar, estos sistemas pastoriles desempeñan otras funciones no valoradas, incluyendo: producción de biomasa, mantenimiento de biodiversidad, regulación hídrica y beneficios sociales; las cuales sí son debidamente cuantificadas y reconocidas en la legislación europea (Wane et al., 2020).
Con respecto al reconocimiento de su importancia cultural ocurre algo parecido. Por ejemplo, la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO registra inscripciones de prácticas trashumantes de varios países europeos (2023a), la temporada suiza de pastos alpinos (2023b) y la migración nómada mongola (2024). Reconocimientos de este tipo contrastan con la realidad argentina, donde persiste una invisibilización de estos sistemas. De hecho, las políticas públicas tienden a considerar la movilidad del pastoreo como un problema, salvo notables excepciones, como la de Neuquén (Ley N° 3016). El Estado argentino parece no registrar a los pastores trashumantes dentro del acervo cultural de la Nación. El marco normativo en la reforma constitucional de 1994 (Artículo 75, inciso 17) reconoce la propiedad comunitaria de la tierra de las comunidades indígenas, pero carece de un substrato que contemple sus formas específicas de territorialidad, tales como la trashumancia y otras prácticas de movilidad pastoril desarrolladas por poblaciones campesinas e indígenas.
Este escenario de desprotección institucional agrava las múltiples amenazas que enfrentan las comunidades pastoriles. En las tres zonas donde existe el pastoralismo (Gran Chaco, Puna y Patagonia), las dificultades se ven acrecentadas por deforestación, expansión de frentes agrícolas, presión ganadera, actividades mineras, emigración y acaparamiento de tierras. Entre todas estas presiones, el avance extractivo en la Puna ejemplifica de manera dramática la contradicción entre un modelo de desarrollo hegemónico y las posibilidades del pastoralismo; dos realidades que parecen irreconciliables: la territorialidad pastoril se ve cada vez más amenazada por la restricción de acceso a tierras esenciales para su desarrollo.
El avance minero es a menudo cuestionado por incumplir los procedimientos de consulta previa reconocidos en el Convenio 169 de la OIT. Aunque las denuncias raramente trascienden públicamente, debido a la labor de la responsabilidad social empresarial, casos como el del camino minero en Catamarca (enero 2025) muestran cómo se ignoran propuestas comunitarias para proteger territorios sagrados, con impactos ya visibles como fauna atropellada (Mongabay Latam, 2025). Esta situación se replica en las recientes protestas de comunidades kollas y atacameñas, que denuncian irregularidades en audiencias públicas que no están dirigidas al legítimo sujeto de derecho: los pueblos originarios. Las comunidades indígenas de la Puna argentina también acumulan experiencia en presentaciones judiciales y amparos; un caso emblemático es el de las 38 comunidades kollas y atacamas de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc (Salta/Jujuy), cuyas demandas han llegado a cortes nacionales e internacionales.
Por otra parte, la escasez de agua, agravada por el alto consumo de la minería de litio, pone en jaque a los humedales puneños, ecosistemas frágiles y esenciales para la biodiversidad, el pastoreo y la vida humana que la minería pone en riesgo irreversible. Desde la perspectiva del derecho indígena, esta situación atenta contra la posibilidad de mantener formas de vida tradicionales que han demostrado ser sostenibles durante siglos. Empresas transnacionales que extraen litio desde 1997 en Salar del Hombre Muerto secaron la vega del río Trapiche, daño que la Corte de Justicia de Catamarca reconoció en el año 2024 (Sentencia interlocutoria Nº 8, 2024). Organismos no gubernamentales como la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) señalan los desequilibrios hidrológicos en las cuencas de los salares y la imposibilidad de su recuperación en la cuenca de Salinas Grandes y Laguna Guayatayoc (Sticco et al., 2019)
Es necesario preguntar qué tipo de desarrollo se está construyendo. ¿Uno que prioriza la extracción de recursos a corto plazo, ignorando los derechos de las comunidades, sus modos de vida y la fragilidad de los ecosistemas? Cualquier acción para valorar, proteger e impulsar el desarrollo de este modo de vida debe comenzar con el reconocimiento de sus derechos constitucionalmente adquiridos: el control de sus propios recursos territoriales a través de los derechos comunitarios a la tierra. Sin la propiedad de los territorios comunitarios, cualquier forma de manejo o tenencia se torna precaria y el modo de vida pastoril mucho más frágil.
Entradas relacionadas
Agua; Ganadería; Pueblos originarios; Territorio; Movilidad.
Referencias
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- Facultad de Humanidades, UNSa. sebaabeledo@hotmail.com.↵






