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Salud

Mariana Andrea Eandi[1]

La salud es un proceso dinámico, histórico, adaptativo y en constante construcción, determinado por las condiciones materiales y simbólicas de vida, que emerge de la interacción entre las personas, su hacer cotidiano y su entorno. Este concepto se relaciona con el equilibrio entre los seres humanos con su hábitat y la posibilidad de las comunidades para poder decidir sobre sus territorios, alimentación y modos de vida. Este equilibrio se ve amenazado, entre otros factores, por modelos de producción extractivistas que degradan el ambiente y afectan el bienestar de las poblaciones, principalmente rurales. En este sentido, la salud es concebida como un derecho humano inalienable donde la participación comunitaria, la soberanía alimentaria y el control sobre los recursos territoriales son pilares.

Genealogía

El término salud ha experimentado transformaciones significativas a lo largo de la historia, y su significado ha sido modelado por diversos campos del conocimiento, como las Ciencias de la Salud, la Antropología, la Sociología y la Ecología, entre otras. En el contexto de la ruralidad, los debates sobre la salud han evolucionado en torno a la interacción entre los factores biológicos, ambientales, sociales y políticos (Wilkinson y Marmot, 2003). Esta interacción ha generado una visión de la salud que abrió un espacio a la discusión sobre los determinantes sociales, las desigualdades estructurales, la soberanía alimentaria y el acceso equitativo a los recursos (Laurell, 1994). La noción de salud fue evolucionando en el ámbito rural-campesino, y pasó de ser entendida como un equilibrio con la naturaleza a ser considerada como un derecho social condicionado por las políticas de desarrollo, la globalización y los impactos del modelo productivo intensivo en las últimas décadas (Granda, 2009; Brehil, 2003).

En el marco de la ruralidad contemporánea, resulta necesario considerar los debates sobre el nuevo campesinado y las ruralidades emergentes. Estas conceptualizaciones reconocen que las transformaciones recientes en los territorios rurales, marcadas por la globalización, la expansión del agronegocio, las migraciones y la reconfiguración de los modos de vida, no implican una desaparición del campesinado, sino su recomposición en nuevas formas sociales, económicas y culturales.

Para Kay (2009), el nuevo campesinado se entiende como una respuesta activa frente a las dinámicas del capitalismo global, en la cual los pequeños productores desarrollan estrategias híbridas que combinan agricultura familiar, trabajos asalariados y prácticas comunitarias. En la misma línea, Sili (2018) plantea el concepto de ruralidades emergentes para dar cuenta de la heterogeneidad creciente de los territorios rurales, donde conviven múltiples racionalidades productivas, nuevas formas de inserción laboral y redefiniciones de la identidad campesina. Incorporar estas miradas permite interpretar que la salud en el ámbito rural no puede comprenderse únicamente desde categorías tradicionales, sino que debe atender a las transformaciones sociales, productivas y culturales que redefinen los modos de vida y, con ellos, las condiciones de salud-enfermedad-atención.

Diversos estudios paleontológicos, arqueológicos y antropológicos revelaron que las enfermedades fueron poco relevantes en los homínidos nómades, y que las causas de dolencias y muerte durante el período nómada fueron el homicidio, las deficiencias nutricionales y las heridas durante las actividades de caza (Mckeown, 1980). La Revolución Agrícola o Neolítica, sucedida 10.000 años a. C., aportó el hito que cambió el modo de vivir y habitar de los grupos humanos, donde los primeros requisitos ecológicos para la eclosión y diversificación de la enfermedad sucedieron a través de la domesticación de plantas y animales (Larsen, 1995).

En muchas culturas antiguas, la falta de salud se interpretaba como un castigo divino o una manifestación de desequilibrios espirituales y físicos (Perdiguero, 2003). Es así como, en los tiempos prehistóricos, las prácticas como el chamanismo y la herbolaria eran el principal medio para tratar dolencias (Pollak-Eltz, 1987; Velasco, 1992). Hipócrates (siglo V a.C.) propuso una visión más racional de la salud, basada en el equilibrio de los humores corporales. Este modelo influyó en la medicina occidental hasta el siglo XIX. Galeno (siglo II d.C.) expandió estas ideas, estableciendo una relación entre la salud y factores ambientales, lo que se mantiene en algunas concepciones modernas sobre determinantes de la salud (Velasco, 1992).

Durante la Edad Media, la salud y la enfermedad fueron interpretadas dentro de un marco religioso, donde se consideraba que el pecado y la fe influían en la salud de las personas (Álvarez de Morales, 2006). Las epidemias, como la peste negra, reforzaron la idea de que las enfermedades eran castigos divinos (Hays, 1998). Al mismo tiempo, la medicina árabe y las primeras universidades en Europa iniciaron la sistematización de conocimientos médicos (Pollak-Eltz, 1994). Las enfermedades se interpretaban en términos de desajustes ecológicos o desequilibrios en la relación entre el ser humano y su entorno natural (Lock y Nguyen, 2010; Pérez Lugo, 2009). En tal sentido, las prácticas agrícolas, y los ciclos estacionales determinaban no sólo la producción de alimentos, sino también las estrategias de cuidado de la salud.

Entre los siglos XV y XVII se destacó que el conocimiento de las mujeres sobre las hierbas medicinales era clave para la salud de las comunidades. Sin embargo, su papel como curanderas era una amenaza para las estructuras de poder. A través de la caza de brujas, se reprimió esta sabiduría ancestral y se reforzó la dependencia de las comunidades en la medicina oficial, surgida de la mano del capitalismo naciente (Federici, 2010).

Con la llegada de la Revolución Industrial y el crecimiento de las ciudades, la concepción de la salud cambió de manera drástica. En este período, la salud pública y la biomedicina adquirieron mayor relevancia, centrándose en la higiene, la prevención de enfermedades infecciosas y el saneamiento ambiental. Los avances en la microbiología y la medicina clínica fomentaron la idea de la salud como la ausencia de enfermedad, un enfoque que predominó durante gran parte de los siglos XIX y XX (Rosen, 1993).

Con el desarrollo del método científico, la salud empezó a estudiarse desde una perspectiva empírica. Pasteur y Koch, en el siglo XIX, sentaron las bases de la teoría microbiana de la enfermedad (Debré, 1999), lo que consolidó el modelo biomédico, centrado en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades a nivel biológico (Granda, 2009). Sin embargo, este modelo ignoraba en gran medida los factores socioambientales, lo que tuvo implicaciones importantes en los contextos rurales.

Es importante destacar cómo las mujeres en su rol de sanadoras fueron despojadas de sus saberes y prácticas ancestrales, principalmente aquellas vinculadas al conocimiento en el uso de hierbas para curar, alejándolas de las dimensiones comunitarias y confinándolas al ámbito doméstico y privado (Federici, 2010). Las comunidades rurales, alejadas de los centros de poder, enfrentaban desafíos específicos relacionados con el acceso limitado a servicios de salud y la dependencia directa de la tierra, de la que muchas comunidades fueron despojadas, y el ambiente para su bienestar (Breilh, 2003).

Durante esta etapa, surgieron críticas al reduccionismo biomédico y se impulsaron modelos más integrales, considerando factores sociales y económicos como determinantes de la salud (Marmot et al., 2008; Commission on Social Determinants of Health [CSDH], 2008). La salud pasó a definirse como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad” (Organización Mundial de la Salud [OMS], 1946). En la segunda mitad del siglo XX, la salud fue entendida desde una perspectiva más integral, al reconocerse los determinantes sociales como factores clave para el bienestar. El Informe de Lalonde (1974), donde se institucionaliza el término determinantes por primera vez, y la Declaración de Alma-Ata en 1978 marcaron hitos que impulsaron una visión de la salud que incluía factores económicos, sociales y políticos, considerados especialmente relevantes en zonas rurales y en países en desarrollo (Castellanos, 1990; Marmot y Wilkinson, 2003). La relación determinante/moduladora entre procesos de trabajo y salud, los conceptos de carga y desgaste contribuyen a la respuesta sobre la manera en la cual el trabajo deteriora y/o resguarda la salud bajo determinadas condiciones históricas que pujan por evitar o disminuir el deterioro y/o fortalecer el cuidado (Laurell, 1994).

El término determinantes sociales de la salud introdujo la idea de que las condiciones materiales de vida, como la educación, el trabajo, el ingreso y el acceso a servicios básicos, inciden directamente en la salud. Este enfoque fue fundamental para mirar con otra lente la salud en el hábitat rural, donde los problemas de pobreza, exclusión social, desigualdad en el acceso a la tierra y la vulnerabilidad ambiental determinan la posibilidad de tener una mejor o peor salud.

Perspectivas

Las aproximaciones al concepto de salud en adelante serán realizadas desde la propuesta de la corriente latinoamericana Medicina social-Salud colectiva, que, en una descripción acotada de la misma, se puede explicar en dos pilares. El primero es la concepción de la salud como derecho humano y social fundamental, que no puede, ni debe, ser sometido a la lógica del mercado (Brehil, 2003). El segundo, la comprensión de la salud como un proceso dinámico, social e históricamente determinado, en donde los modos de vivir, enfermar y morir son expresiones de los modos y posibilidades de vida y trabajo, no exentos de dinámicas de poder.

En este sentido, las formas biopsíquicas individuales asumen formas específicas que caracterizan a los distintos grupos sociales (Casallas Murillo, 2017). Este marco teórico-metodológico y a su vez político plantea dos grandes herramientas que dan cuenta del arraigo de la corriente al materialismo histórico. Por un lado, de la mano de Breilh (2013), desde Castellanos (1990), la determinación social de la salud y sus dimensiones generales, particulares e individuales vinculadas desde una perspectiva más estructural y dialéctica, permiten abordar la relación entre los procesos de reproducción social y los modos de vivir, enfermar y morir frente a enfoques instrumentales como el de los determinantes sociales anteriormente abordados.

Por otro lado, la relación, a la vez condicionante y moduladora, entre los procesos de trabajo y la salud, junto con los conceptos de carga y desgaste, nos acerca a comprender de qué manera el trabajo deteriora y/o resguarda la salud bajo determinadas condiciones históricas, al tiempo que buscamos formas de revertir dicho deterioro y/o fortalecer su resguardo (Laurell, 1994). En el mismo sentido analítico, se enfatiza cómo los sistemas económicos y políticos afectan la salud, especialmente en contextos de extractivismo y agronegocio, donde la exposición a plaguicidas y la precarización laboral impactan negativamente a comunidades rurales (Alberti, 2022).

En las últimas décadas, con el crecimiento de la preocupación por el cambio climático, la degradación ambiental y la pérdida de biodiversidad de los ecosistemas, el concepto de salud adquirió una dimensión ecológica más fuerte (PAHO/OMS, 2021). En este marco es pertinente el enfoque de salud ambiental (Ordóñez, 2000), que emerge como un campo que analiza la importancia de los factores ecológicos y ambientales, como el lugar de residencia, la contaminación del aire, el acceso al agua potable y la exposición a contaminantes.

El agronegocio y el neoextractivismo definieron el despoblamiento de las localidades pequeñas en favor de las medianas y grandes urbanizaciones. Esta nueva ruralidad, cada vez menos agraria, se caracteriza por la presencia de residentes a menudo pluriactivos (autoempleados y asalariados temporarios), que habitan en periferias urbanas donde el Estado no ha provisto servicios básicos ni asistenciales. Asimismo, se suma la contaminación de las napas de agua y el suelo por agroquímicos (Deziel et al., 2015) y la pérdida de soberanía alimentaria (Giobellina et al., 2022), factores que inciden de manera significativa en la salud colectiva. El modelo de determinación social de la salud, propuesto por Castellanos (1990), permite incluir esta dimensión ecológica al análisis, subrayando la importancia de las políticas que determinan los modos de producción agrícola, la concentración de la tierra y las relaciones de poder en la configuración de la salud (Eandi et al., 2021).

El hábitat, entendido no únicamente como el espacio físico donde residen las poblaciones, sino también como el entramado de relaciones sociales, económicas, culturales y ambientales que configuran las condiciones de vida en los territorios (Arcas-Abella et al., 2011), constituye una categoría central para ordenar, a través de la lente planteada por Castellanos (1990), los diferentes aportes al entendimiento de la salud y sus dimensiones: general, particular y singular. Desde la perspectiva de la salud colectiva, el hábitat se reconoce como un determinante clave del proceso salud-enfermedad-atención. En este, los modos de vida, las condiciones de trabajo, la organización del territorio y la relación con el ambiente influyen de manera directa en el bienestar de las comunidades (Breilh, 2003; 2010).

En la actualidad, el concepto de salud enfrenta una serie de tensiones cuando se lo analiza desde la perspectiva del hábitat rural. Estas tensiones se relacionan con múltiples factores estructurales, ambientales, sociales y culturales que configuran desigualdades frente a los entornos urbanos. En primer lugar, las desigualdades estructurales en la ruralidad se expresan en las dificultades de acceso a la atención sanitaria, las barreras geográficas y los modelos vigentes de cuidados, que reproducen inequidades en relación con los entornos urbanos (Strasser, 2003; Coutinho et al., 2020). En segundo lugar, el cambio climático incrementa los riesgos de exposición a eventos meteorológicos extremos (calor, inundaciones, sequías, entre otros), así como a enfermedades transmitidas por vectores, inseguridad alimentaria y falta de acceso a agua potable (Smith et al., 2014; Organización Panamericana de la Salud [OPS], 2021). Un tercer aspecto es la expansión de la agricultura extractivista, marcada por el avance de monocultivos, el uso de transgénicos y creciente uso de agroquímicos, con efectos adversos para la salud y el ambiente (Altieri et al., 2017). Asimismo, la migración rural hacia las ciudades en busca de mejores oportunidades ha debilitado el tejido social, desintegrando redes de apoyo y afectando negativamente la salud mental y emocional de quienes permanecen en las comunidades rurales.

Otro elemento es la problemática de la soberanía alimentaria. La expansión de la agricultura industrial, caracterizada por la pérdida de tierras y semillas y la falta de control sobre los procesos de producción, ha desplazado a pequeños productores y reducido el acceso a alimentos frescos. Esto contribuye a la malnutrición, la inseguridad alimentaria y, en consecuencia, afecta la salud de las comunidades (Rosset, 2006; Giobellina, 2018).

La coexistencia de la medicina tradicional y la medicina alopática constituye una dimensión central del hábitat rural. En estos contextos persisten prácticas ancestrales de curación transmitidas de generación en generación, basadas en el uso de hierbas y rituales. Son las mujeres quienes desempeñan un papel fundamental como guardianas de estos saberes, los cuales no solo ofrecen alternativas accesibles frente a la falta de servicios de salud, sino que también refuerzan la identidad cultural y la conexión con la naturaleza (Menéndez, 2009). Sin embargo, estas prácticas deben ser analizadas desde una perspectiva interseccional, en tanto que el género, la clase y el territorio se entrecruzan configurando las condiciones de producción, transmisión y reconocimiento de dichos saberes (Crenshaw, 1991; Viveros Vigoya, 2016).

Desde esta mirada, se visibiliza que las mujeres en la ruralidad no sólo enfrentan desigualdades por su condición de género, sino también por su pertenencia a comunidades campesinas y por el lugar subalterno que ocupan sus conocimientos en los sistemas de salud hegemónicos (Menéndez, 2009). Esta triple exclusión de género, clase y territorio contribuye a que los saberes ancestrales sean invisibilizados o deslegitimados frente a la medicina alopática.

En síntesis, el concepto de salud en el hábitat rural no puede disociarse de las dinámicas de poder, el acceso a derechos, la historia de los territorios y la relación con el ambiente. Reconocer su complejidad, históricamente determinada, permite visibilizar las luchas por el cuidado colectivo, la justicia ambiental y la soberanía sanitaria de las comunidades rurales.

Entradas relacionadas

Ambiente; Territorio; Soberanía; Mujeres rurales; Estado.

Referencias

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  1. Escuela de Nutrición, FCM, UNC – Centro de Investigaciones en Nutrición Humana, FCM, UNC -Laboratorio de Epidemiología Ambiental del Cáncer y otras enfermedades crónicas, FCM, UNC. mariana.eandi@unc.edu.ar.


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