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Ganadería

Roberta Mina[1] y Juan Tommasi[2]

Ganadería se vincula con la cría, tratamiento y reproducción de animales domesticados con diversas finalidades. Proveniente del término ganatum en latín, la etimología de ganadería está vinculada a nociones como riqueza y bienes. Hablar de ganadería es hacer referencia a una profunda historia compartida entre animales y humanos, vinculada con el reconocimiento mutuo y el despliegue de técnicas de cuidado y relaciones de intercambio. Hacer ganadería implica saberes asociados a la vida de los animales, no en un sentido abstracto ni de manera general, sino como parte de una relación particular en la que los componentes humano y animal se transforman y despliegan de manera conjunta. La ganadería no solo constituye una actividad económica, es también una puerta de entrada para estudiar y comprender tensiones y transformaciones en los modos de habitar y relacionarse con animales y entornos socionaturales. Al integrar las diversas perspectivas que la atraviesan, se pueden abrir espacios para un análisis situado de los desafíos que enfrentan las comunidades rurales. La noción de ganadería se presenta como un campo fértil para abordar los dilemas contemporáneos del hábitat rural, cuyo futuro depende de una mirada crítica y situada, que reconozca las complejidades de los vínculos entre naturalezas, sociedades y producción.

Genealogía

La ganadería surge como un modo de relación particular entre las sociedades conocidas como cazadoras-recolectoras. Para conseguir alimentos, cueros, huesos, estas poblaciones debían seguir las migraciones de los grandes rebaños. Hace unos 10.000 años, durante el neolítico, los humanos descubrieron que capturar animales y mantenerlos vivos permitía reducir la incertidumbre alimenticia. Habituaron su presencia a sus presas mientras las seguían en sus búsquedas de alimento para, posteriormente, irlas reteniendo. Así, consiguieron domesticar varias especies, encargándose de mover los rebaños de unas zonas a otras, emulando los movimientos naturales de los mismos. Esto implicó un proceso de sedentarización que estuvo unido al nacimiento de las prácticas agrícolas, que ligaron a las comunidades con la tierra, mediante el cultivo de forraje para su alimentación. Este período fue caracterizado como neolitización, y ocurrió diferencialmente en múltiples lugares (Ajmone-Marsan et al., 2010).

Los mundos indígenas sudamericanos se caracterizaban por una extendida relación con diferentes animales. Esto puede verse tanto en referencias arqueológicas como en diferentes documentos y archivos, por ejemplo, las crónicas, en los que abundan presencias animales de diferente tipo involucradas directamente en la vida social de estas poblaciones. Existen en la actualidad discusiones antropológicas respecto al carácter de estas relaciones; animales de caza, animales de crianza, animales de compañía, animales sagrados, entre otras. La llegada de los colonizadores junto a diferentes especies animales configuró nuevas formas de relacionamiento que nos llevan a pensar y discutir actualmente las definiciones y derivaciones en torno al concepto de domesticación.

En el siglo XVI, con la llegada de los europeos, nuevas formas de ganadería comenzaron a introducirse en el territorio del Río de la Plata, sumándose a las prácticas de domesticación ya existentes (principalmente camélidos) entre los pueblos indígenas de la región. Los primeros animales europeos que llegaron al Río de la Plata fueron los caballos traídos por Mendoza en 1536, junto con cerdos mencionados en 1541 por Irala (Díaz de Guzmán, 2021). En 1550, Ñuflo de Chaves introdujo las primeras cabras y ovejas en Asunción, mientras Paraguay se consolidaba como centro de expansión del ganado vacuno hacia Salta y Chile. En 1555, Goes llevó a Asunción siete vacas y un toro, marcando el inicio del poblamiento ganadero en la región. Al repoblar Buenos Aires en 1580, Garay trasladó desde Asunción 500 vacunos, 1000 caballos y ovinos, y hacia 1587 nuevas partidas llegadas del Perú y de Asunción abastecieron Santa Fe, Corrientes y Buenos Aires (Giberti, 1986).

Durante la época colonial la ganadería argentina se desarrolló en un contexto de abundancia de tierras y baja densidad poblacional, permitiendo la expansión del ganado. La actividad se organizaba en torno a grandes estancias y reducciones jesuíticas, donde el ganado se criaba en sistemas abiertos y sin cercos (Díaz de Guzmán, 2021). No solo proveía de productos comercializables (carne, cuero, sebo, grasa, lana, entre otros) para el mercado local y las exportaciones hacia Europa, sino que también cumplía un rol central en la estructura social del virreinato. La explotación de estos ganados estaba ligada a la mano de obra indígena y mestiza configurando a su vez una lógica de apropiación territorial de la corona española. Con el tiempo, las vaquerías (expediciones dedicadas a la caza de ganado cimarrón) fueron reguladas para controlar el uso de los recursos ganaderos y limitar su acceso a ciertos sectores de la sociedad colonial.

Estas prácticas dieron origen a los primeros saladeros, que surgieron en el Río de la Plata a finales del siglo XVIII como una respuesta a la necesidad de conservar la carne (Azcuy Ameghino, 2007). Estos establecimientos marcaron el inicio de una explotación más intensiva de la ganadería, permitiendo la producción de tasajo, producto clave en el comercio colonial que se destinaba a la alimentación de poblaciones esclavizadas.

Con la consolidación del modelo agroexportador en el siglo XIX, la ganadería se convirtió en uno de los pilares de la economía latinoamericana, integrada a los circuitos globales de intercambio a través de la exportación de carne y cuero fundamentalmente. La llegada de los frigoríficos y la inserción en el mercado británico fortalecieron la concentración de la tierra en manos de grandes estancieros y consolidaron la dependencia económica de la región respecto a la demanda externa. El pasaje de la producción pastoril a la industrial en América Latina, y particularmente en Argentina, estuvo marcado por una serie de transformaciones económicas, tecnológicas y políticas que reconfiguraron su inserción en los mercados globales.

Con la consolidación del Estado-nación y la creciente demanda internacional de productos ganaderos, comenzaron a implementarse cambios estructurales en la producción. En la actualidad, la ganadería industrial ha evolucionado hacia formas aún más intensivas, con la proliferación de feedlots o corrales de engorde que permiten una producción masiva en espacios reducidos, acortando los tiempos de engorde y aumentando la productividad. Sin embargo, este modelo ha generado cuestionamientos en torno a su impacto ambiental, el bienestar animal y la seguridad alimentaria (Gras y Hernández, 2009).

En América Latina, la expansión de la ganadería industrial ha estado vinculada a la deforestación y la conversión de ecosistemas diversos a tierras de pastoreo o producción de forraje, con consecuencias socio-ambientales significativas. A su vez, la concentración del sector en grandes conglomerados agroindustriales ha profundizado la exclusión de pequeños productores y campesinos, poniendo en debate la sustentabilidad del modelo y el rol del Estado en la regulación del sector.

La ganadería puede ser pensada como una relación de domesticación. Esto implica detenerse en la transformación de las formas de atención y cuidado entre humanos y animales en diferentes contextos sociohistóricos. La atención a sus comportamientos, ciclos y patrones dio lugar a la emergencia de conocimientos técnicos y simbólicos para relacionarse con ellos (Sordi, 2019; Concha Merlo, 2023). Estos comportamientos se fueron modificando sustancialmente siendo parte de una ecología de relaciones y afectaciones más amplias que se actualizan en las prácticas cotidianas (Ingold, 2002).

Un rastreo de la conexión entre domesticación y ganadería conecta la evolución de las relaciones humano-animal con transformaciones tecnológicas, económicas y territoriales de largo alcance (Weiss, 2016). La domesticación como práctica vinculada al manejo mediante la educación de conductas y selección genética de los animales, se transformó en la ganadería industrial a través de procesos de tecnificación y regulación biopolítica, donde el poder se distribuyó desigualmente entre los actores humanos y no humanos (Dransart, 1999; Yacobaccio y Vilá, 2013).

Sin embargo, estas transformaciones derivadas de las prácticas de manejo animal en el marco de la ganadería industrial nunca llegan a ser absolutas, ni totalizantes. Es decir, participar de estas relaciones con animales hace que la ganadería sea un modo de existir en una tensión permanente entre vivir con animales y vivir en un mundo humano. Articular esta tensión es una de las artes del oficio ganadero.

La socióloga francesa Jocelyn Porcher (2022) tensiona el imaginario de la ganadería como producción animal pensando la misma como una relación de trabajo. Menciona que el desarrollo de la zootecnia a mediados del siglo XIX, perteneciente a la última etapa del capitalismo industrial, ha sido fundamental para la consolidación del vínculo entre ganadería y producción animal. Mediante la apropiación del trabajo de los animales, ésta ha cambiado radicalmente los objetivos y contenidos de estas relaciones. Las cuestiones afectivas y estéticas han sido estigmatizadas. Trabajar con animales no se limita solo a la producción, sino que implica un proceso de co-construcción; compartir, cooperar y crear vínculos y formas de estar juntos que no se basa en acuerdos contractuales, sino en la afectividad y en una profunda ética de la reciprocidad (Porcher, 2022, p. 53).

La autora presenta la metáfora del árbol de la ganadería para ilustrar la transformación histórica de esta práctica. En su visión, las raíces del árbol representan las formas de ganadería pastoril, vinculadas a la reproducción de sociedades campesinas arraigadas en relaciones de trabajo, convivencia y cuidado mutuo entre humanos y animales. A medida que el árbol crece, su tronco simboliza el desarrollo de saberes y técnicas ganaderas. Sin embargo, en la etapa más reciente, las ramas de este árbol han sido parasitadas y dirigidas por la lógica industrial, donde la zootecnia y la tecnificación han modificado radicalmente las relaciones de trabajo, desplazando la interacción cotidiana con los animales en favor de una producción orientada a la eficiencia y la maximización del rendimiento. Esta metáfora nos ayuda a pensar la complejidad de las relaciones humanas y animales como un proceso en constante transformación sin un estado original, sino más bien como resultado de prácticas concretas que se actualizan continuamente. No obstante, también es posible advertir en esta imagen un trasfondo evolucionista implícito, en la medida en que la secuencia raíces, tronco y ramas podría sugerir un desarrollo lineal y progresivo de la ganadería, desde formas pastoriles hacia modalidades industriales. Aunque la autora no plantea esta lectura, la metáfora del crecimiento orgánico tiende a ordenar históricamente las prácticas en una dirección única, lo que puede invisibilizar la coexistencia de múltiples formas de relación entre humanos, animales y las continuidades entre ellas.

Perspectivas

Para quienes crecen en el campo, el vínculo con el ganado no es solo una cuestión económica o productiva, sino también afectiva y de responsabilidad. Las personas que se dedican a la actividad no sólo dependen del ganado para sus necesidades vitales, sino que, además, como lo presenta Evans-Pritchard en su clásica etnografía sobre la sociedad Nuer, “su concepción del mundo es la de los ganaderos” (Evans-Pritchard, 1997, p. 25).

La ganadería implica trabajar con los animales tejiendo una relación estrecha con ellos. El ganado convive con sus criadores y cuidadores, y a su vez, aporta su trabajo: pastar, abonar la tierra, dar leche, carne, piel, cuero y lana. En distintos contextos sociales e históricos, también han sido medios de transporte, fuentes de calor en invierno, animales de compañía e incluso símbolos de identificaciones sociales (Harris, 1992). Sin esta reciprocidad, no existirían las múltiples historias de trabajo y vida en ámbitos rurales.

Si la ganadería implica la cría de animales para obtener productos, también configura paisajes, economías y culturas. Analizar las singularidades de las prácticas ganaderas permite reflexionar sobre los modos de vivir y producir en espacios rurales, y fundamentalmente quiénes y cómo se benefician de éstas (Bugallo y Tomasi, 2012). En este escenario, los cambios recientes en torno a la producción ganadera que responde a los nuevos requerimientos globales buscan diferentes maneras de intensificar la producción: el argumento es que, en un mundo poblado cada vez por más personas, con mayor esperanza de vida, es necesaria mayor producción de carne en menos tiempo. Pero ¿qué consecuencias sociales y ambientales trae este modelo para el hábitat rural? ¿Qué relaciones permiten establecer con los animales y el entorno rural?

Frente a estas críticas, la ganadería extensiva o pastoril, históricamente criticada por su ineficiencia, hoy es mirada con mejores ojos. Sin embargo, no se ajusta a la necesidad de producir grandes volúmenes de carne en poco tiempo, aunque también actualmente se intentan desarrollar técnicas sustentables de intensificación productiva dentro de estas modalidades extensivas. Entonces, ¿qué sucede con esta forma de producción en su relación con animales y humanos? ¿Cómo se distribuye la tierra?, ¿quién accede a ella?, ¿quién puede criar sus animales? ¿Qué impactos tiene sobre pequeños y medianos productores y en la estructura social del campo?

Finalmente, los argumentos esgrimidos desde la liberación animal plantean que la ganadería se basa en una relación de dominación y proponen una ruptura radical y definitiva con estos vínculos entre humanos y animales. Pero, ¿quiénes se benefician con el avance de estas propuestas? ¿Qué papel juegan los sectores industriales y laboratorios que buscan producir carne in vitro, en nombre de evitar el dolor y la dominación? ¿Qué implicaría esto en términos de soberanía alimentaria y accesibilidad a los alimentos? ¿Qué prácticas y saberes vinculados al trabajo con los animales se perderían en este proceso? ¿Qué tipo de arraigo se generaría sin estas relaciones con animales, que han sido constitutivas de la evolución misma de la humanidad y de los modos de vida rurales? ¿La producción es, en sí misma, explotación? ¿Podría pensarse la ganadería en términos de simbiosis, protección y alimentación en los contextos rurales?

Mientras que la ganadería extensiva enfrenta problemáticas territoriales y ambientales, la producción en laboratorios puede generar carne y leche, pero escaso trabajo y menos aún vinculación con medios de vida rurales, concentrando aún más la actividad en un solo sector.

Para finalizar, la ganadería es una puerta de entrada para estudiar y comprender tensiones y transformaciones en los modos de habitar y relacionarse con animales. Al integrar diversas perspectivas, se abrieron espacios para un análisis crítico y situado de los desafíos actuales que enfrentan las comunidades rurales. Resulta imprescindible repensar el papel de la ganadería en la construcción de estos paisajes para abordar los dilemas contemporáneos del hábitat rural.

Entradas relacionadas

Doméstico; Ambiente; Capitalismo; Economía; Pastoralismo.

Referencias

Ajmone-Marsan, P., Garcia, J. F. y Lenstra, J. A. (2010). On the origin of cattle: How aurochs became cattle and colonized the world. Evolutionary Anthropology: Issues, News, and Reviews, 19(4), 148–157. https://doi.org/10.1002/evan.20267

Azcuy Ameghino, E. (2007). La carne vacuna argentina: Historia, actualidad y problemas de una agroindustria tradicional. Imago Mundi.

Bugallo, L. y Tomasi, J. (2012). Crianzas mutuas. El trato a los animales desde las concepciones de los pastores puneños (Jujuy, Argentina). Revista Española de Antropología Americana, 42(1), 205–224. https://doi.org/10.5209/rev_REAA.2012.v42.n1.38644

Gras, C. y Hernández, V. (2009). El fenómeno sojero en perspectiva: dimensiones productivas, sociales y simbólicas de la globalización agrorrural en la Argentina. La Argentina rural. De la agricultura familiar a los agronegocios, 15-38.

Concha Merlo, P. (2023). Cuerpo a cuerpo con la hacienda: percepción intercorporal entre puesteros y vacas en el Chaco santiagueño. Etnográfica. Revista do Centro em Rede de Investigação em Antropologia, 27(2), 365-385.

Díaz de Guzmán, R. (2021). La Argentina manuscrita. Emecé Editores.

Dransart, P. (1999). La domesticación de los camélidos en los Andes Centro-Sur. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología, 24.

Evans-Pritchard, E. E. (1997). Los Nuer. Anagrama.

Giberti, C. E. H. (1986). Historia económica de la ganadería argentina. Hyspamérica.

Ingold, T. (2002). The Perception of the Environment. Routledge.

Marvin, H. (1992). Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura. Alianza Editorial.

Porcher, J. (2011). 6. Vivre avec les animaux, une utopie pour le xxie siècle. La découverte.

Sordi, C. (2019). Cercas na fronteira: técnica, paisagem e as arquiteturas da domesticação no Pampa brasileiro-uruguaio. Vibrant: Virtual Brazilian Anthropology, 16(1), 548-567.

Yacobaccio, H. D. y Vilá, B. (2013). La domesticación de los camélidos andinos como proceso de interacción humana y animal. Intersecciones en antropología, 14(1), 227-238.

Weiss, B. (2016). Real Pigs. Shifting Values in the Field of Local Pork. Duke University Press.


  1. Universidad Nacional de Córdoba. mariarobertamina@gmail.com.
  2. Universidad Nacional de Rafaela. casimiro.tommasi@unraf.edu.ar.


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