Alejandro Benedetti[1]
Límite es un concepto que remite a artefactos que se integran en diferentes prácticas espaciales orientadas, a la vez, a configurar y diferenciar ámbitos geográficos. Se suelen expresar mediante líneas (un límite internacional), pero también pueden ser puntos (un sitio extremo) o polígonos (una zona de amortiguación). Se evidencian materialmente con muros y vallas o por la consideración de ciertos accidentes geográficos como divisorias, y simbólicamente con marcas y señales. El límite es periférico si se lo observa desde un centro alejado de los bordes de la región. Pero también hay límites usados para organizar el espacio interior. El límite se asocia con delimitación, una práctica que consiste en localizar y trazar límites: las propiedades rurales son delimitadas para el registro catastral y las cercas son usadas para delimitar los lotes de alimentación del ganado al interior de una estancia. El establecimiento de límites ocurre en múltiples escalas espaciales, desde las más próximas a la experiencia humana (delimitación de viviendas) a las más distantes (delimitación de continentes). Establecer límites conlleva decisiones locacionales (más acá o más allá), prácticas (usar alambrado o ligustrina, entre otros) y algún grado de reflexividad (por qué allí y no en otro sitio). También, supone el ejercicio del poder: la delimitación de una zona para fomentar su producción se realiza en detrimento de otras posibles. Como problema metodológico está presente, por ejemplo, en la clásica diferenciación entre campo y ciudad, que deriva en la pregunta sobre cuál es el punto, línea o franja que separa a uno de otro. Decisiones sobre dónde finaliza lo rural y comienza lo urbano, cómo se visualiza el límite que los separa y desde cuándo se estableció son cuestiones que subyacen, por ejemplo, a la determinación censal de lo urbano diferenciado de lo rural.
Genealogía
Los límites y la delimitación están presentes en la geografía práctica desde las estrategias más antiguas de construcción humana del espacio. En el pensamiento romano se separaba a la ecúmene, el mundo conocido considerado civilizado, de la anecúmene, donde se encontraba lo caótico y barbárico. La ecúmene estaba señalada por los limits (confines), conformados por limes (barrera): murallas defensivas o bosques, ríos y montes aprovechados como obstáculos o ralentizadores ante cualquier incursión bárbara (Taylor Hansen, 2007). Así, los limes romanos marcaban la extensión de los limits imperiales (Haesbaert, 2000), y funcionaban como configuradores del territorio imperial y como marcadores de la otredad.
Poco a poco, los sentidos atribuidos a limes se fueron confundiendo y entremezclando con limits y, durante la Edad Media europea, hicieron lo propio con otra palabra de origen germánico: mark (marca), que significa territorio fronterizo. De allí, a su vez, derivan comarca y marquesado. En uno de sus primeros diccionarios, la Real Academia Española publicó: “LIMITE. s. m. El término, confín o lindero de las possessiones, tierras o estados… Confinia. Fines” (Real Academia Española [RAE], 1734, s/p), y también “LIMITE. Se toma translaticiamente por el punto o estado de las cosas, del qual no se puede salir, sin saltar a la equidad o a la razón… Terminus. Finis” (RAE, 1734, s/p). En lo sucesivo, esa palabra mantuvo su uso en referencia a zonas alejadas del centro, periféricas, y para designar líneas de división espacial.
Desde el siglo XIX, los límites más estudiados fueron los internacionales, los de regiones naturales y los que separan al campo de la ciudad. En esencia, se asocian a las prácticas de apropiación, división y representación del espacio. Según la definición actual de la RAE, límite es una “línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios” (RAE, s.f.). Además, es una palabra usada para expresar experiencias humanas, como situación límite a la que puede llegar una persona, en un momento de crisis y cambio profundo o de no retorno. Un tiempo límite es el plazo otorgado para lograr determinado cometido (hasta cuándo). El área de influencia es el límite máximo para cierta acción o la capacidad de atracción que tiene un sitio (hasta dónde). Así, el límite marca hasta dónde llega algo en el espacio-tiempo, y que no se puede, no se debe o no conviene traspasar, pues hacerlo conlleva cambios o afectaciones.
Con frecuencia, límites y fronteras se usan como sinónimos, se intercambian o se emplean de manera combinada: límites fronterizos. Lo cierto es que son palabras con significados próximos. Frontera deriva de fronts y se asocia con frontispicio o frente. Es una posición distinta de interior y opuesta a fondo. Desde el siglo XIX, en Latinoamérica comenzó a vincularse centralmente a dos tipos de realidades: la configuración de estados nacionales y el avance de unas culturas o modos de producción sobre otros. En la América colonial, y todavía en el siglo XIX, tenía una connotación de interacción, de enfrentamiento, incluso de violencia con las sociedades indígenas. El límite, en cambio, se establecía entre semejantes, es decir, entre estados nación, aun cuando pudiese haber diferendos por la distribución de terrenos entre uno y otro lado. Con el tiempo, el límite tendió a ser usado para referir a las líneas que separan territorios, mientras que frontera para identificar sus zonas adyacentes (Benedetti, 2020).
Desde inicios del siglo XXI, en Latinoamérica, frontera identifica un campo interdisciplinar institucionalizado, a veces denominado fronterología, con revistas, institutos de investigación, programas de posgrado y eventos académicos específicos (Salizzi et al., 2018). Por esa razón, podría afirmarse que límites, delimitación y demarcación, como fronterización, línea fronteriza y relaciones transfronterizas, son conceptos propios de este campo.
Perspectivas
Limitación deriva de limitar y remite a una propiedad: algo es limitado porque le faltan capacidades u ofrece restricciones. Delimitación deriva de delimitar y se refiere al acto o efecto de establecer límites, ya sea en un espacio material (delimitar una cuenca hidrográfica) o simbólico (delimitar un campo de estudio). En los estudios geográficos se privilegió este segundo sustantivo, que se integra al sistema de prácticas espaciales que permiten la emergencia e institucionalización de espacios acotados, realizado por quien sólo busca producir conocimiento (delimitación de zonas según densidad de población), o gestionar el espacio público (división en regiones de planificación) o reivindicar su adscripción territorial (separación de nuestro lugar).
Los límites, en tanto construcción social, son artificios que organizan y fragmentan el espacio. Tradicionalmente categorizados como naturales o artificiales, su ubicación siempre es resultado de acuerdos convencionales entre entidades sociales o de la imposición de unas sobre otras. Estos límites, que pueden ser físicos, temporales o conceptuales, son producto de la necesidad humana de clasificar, ordenar y controlar el entorno. Incluso en la naturaleza, las delimitaciones son construcciones abstractas que sirven para comprender y gestionar la realidad (Hissa, 2002). Así, las ecorregiones o las cuencas hidrográficas, por ejemplo, han sido delimitadas de distintas formas a lo largo del tiempo, apelando a criterios jurídicos, científicos o dogmáticos, según intereses específicos por controlar el espacio.
Por lo tanto, los límites son componentes esenciales para comprender y organizar el espacio, y su relevancia es evidente en contextos rurales. Por ejemplo, las cercas que separan campos de cultivo no solo delimitan propiedades, sino que también articulan relaciones complejas entre diferentes formas de habitar, esquemas productivos y sentidos culturales asociados al hábitat. Estas delimitaciones son clave para el ejercicio espacial del poder, para explicitar quién tiene derecho a utilizar o gestionar ciertos recursos y excluyendo a quienes no.
Este enfoque se encuentra en línea con una concepción de la territorialidad, entendida como una acción consciente orientada a controlar e influir en las acciones de las personas, ya sea en términos de ubicación fija (por ejemplo, una finca) o de circulación (como los caminos rurales utilizados para el traslado de productos). En palabras de Sack (1986, p. 17), “la territorialidad se define como la estrategia de un individuo o grupo de afectar, influir o controlar personas, fenómenos y sus relaciones, a través de la delimitación y ejerciendo control sobre un área geográfica. Esta área puede ser denominada territorio”. El territorio es un área delimitada por y para el ejercicio del poder.
En el ámbito rural, los territorios de pastoreo o de pequeñas comunidades agrícolas emergen de procesos conflictivos de identificación, apropiación y delimitación espacial, con el afán de asegurar el acceso a ciertos recursos. Estos procesos pueden excluir, aniquilar, someter, subsumir o asimilar a otros actores. Los conflictos y negociaciones por el control y la apropiación simbólica y material del espacio son constantes; con ello, la redefinición de los límites establecidos.
El terreno es socialmente apropiado y organizado, mediante estrategias y prácticas diversas, para poder generar las condiciones para el habitar humano. Esto fue cambiando con el tiempo, conforme se fueron diseñando artefactos (como puentes y túneles) y dispositivos variados (como sistemas viales para unir áreas divididas por un río). Los límites son parte sustancial de este proceso de construcción del hábitat humano.
El hábitat rural suele caracterizarse por estar alejado de la ciudad, por presentar una baja densidad demográfica y predominio de actividades vinculadas al cultivo de plantas y cría de animales, a la producción energética y mineral, aunque también a la recreación en ecosistemas desprovistos de construcciones masivas. No se trata de espacios vacíos, sino de una baja concentración de edificaciones y personas. Al igual que el hábitat urbano, el rural está intensamente delimitado. Las propiedades rurales se delimitan y registran en el catastro; las áreas de cultivo se separan de las de cría mediante ligustros y alambrados; las viviendas se diferencian del entorno productivo con arboledas y jardines.
El catastro es un inventario o registro detallado de los bienes inmuebles que, además de servir como base para la imposición de tributos, constituye una herramienta para la ordenación del hábitat. El catastro es tan antiguo como las primeras urbes, cuya subsistencia dependía de la capacidad excedentaria del medio rural, al permitir medir, delimitar y calcular la productividad de las parcelas (Martínez Rivillas, 2019). En la actualidad sigue siendo un instrumento indispensable para la administración pública, proporcionando información georreferenciada y alfanumérica sobre los bienes inmuebles y sus propietarios, algo indispensable para el sistema tributario que sostiene al Estado (Favelukes, 2013). La delimitación de un predio puede adoptar un criterio arcifinio (aprovechamiento de discontinuidades geofísicas como arroyos o serranías, que no requieren mayor intervención humana) o geodésico (basado en mediciones precisas). Un terreno se considera bien delimitado cuando se conocen con precisión sus dimensiones (medidas en líneas y ángulos) y su ubicación (Erba, 2015).
La demarcación del hábitat rural está estrechamente ligada al concepto de cercamiento. Esta práctica, que desde el siglo XIX utiliza principalmente el alambrado, define los límites de la propiedad privada, protegiendo y controlando el acceso a la tierra. El cercamiento fue parte de un conjunto de estrategias que impulsaron la revolución agrícola, precursora de la revolución industrial. Con el tiempo, este proceso reestructuró el medio rural al concentrar las tierras agrícolas, liberar mano de obra y maximizar la productividad. En esencia, el cercamiento marcó la transición de un sistema comunal a otro basado en la privatización de la tierra, donde ciertos grupos sociales obtuvieron control exclusivo y permanente sobre ella (Sevilla Buitrago, 2010).
El cercamiento con alambres, particularmente en actividades agroganaderas, desempeñó un papel fundamental en la transformación del paisaje rural moderno. En especial, el alambrado de púas se estableció como una herramienta técnica crucial para el desarrollo de las fuerzas productivas en las regiones agroindustriales, siendo utilizado por el capital concentrado en diversas etapas de despojo y acaparamiento de tierras comunales o de uso colectivo. Esta lógica de delimitación impulsó la creación de sistemas como los corrales de engorde, donde los animales son criados y alimentados con pasturas y granos provenientes de lugares distantes, cultivados en terrenos también alambrados. De esta manera, el alambrado no solo alteró el paisaje rural, sino que lo reinventó, combinando técnica, ciencia e información para gestionar el hábitat desde una perspectiva biopolítica (Richard y Hernández, 2018).
En el caso de la vivienda rural, los límites se manifiestan en diferentes escalas. Por ejemplo, una vivienda típica puede estar compuesta por un conjunto de recintos que definen el sitio de vida familiar. Estos recintos están delimitados con paredes de adobe u otros materiales que separan las áreas de uso privado, para dormitorio, cocina o aseo, de aquellas destinadas a otras actividades, como huerta o cría de animales. Estos límites son esenciales para la organización de la vida y el trabajo diario del núcleo familiar.
La arquitectura doméstica en muchos contextos rurales no se restringe a un solo núcleo, sino que se complementa con una red de unidades distribuidas en el espacio que se dispone para la cría de ganado. Se conforma así, un sistema de asentamientos que son usados con diferentes temporalidades. A su vez, pueden sumarse otras edificaciones en un pueblo o ciudad cercana, usadas para momentos y actividades específicas, o para la residencia de quienes ya no habitan permanentemente en el núcleo rural. De esta forma, más que un polígono delimitado de manera neta por paredes y cercas, como suele suceder en las ciudades, muchas veces en el hábitat rural la vivienda se configura como un conjunto articulado de recintos y predios, donde se desarrolla la vida cotidiana y se realizan las prácticas productivas a lo largo del ciclo anual (Barada, 2016).
Asimismo, más allá de la configuración productiva del hábitat rural, existen muchos otros elementos que permiten delimitar tierras comunales y espacios colectivos de identificación, como abras, mojones, rastrilladas y apachetas, así como sitios conmemorativos. Muchos procesos extractivistas ligados al agronegocio o la minería fragmentan el hábitat colectivo y producen áreas cercadas para intensificar la extracción de recursos (Galafassi, 2012). Con ello, se producen tensiones y conflictos manifiestos con las espacialidades rurales tradicionales, que muchas veces devienen en conflictos sociales por la permanencia de los colectivos en el medio rural.
Entradas relacionadas
Agricultura; Ganadería; Territorio; Vivienda; Latifundio.
Referencias
Barada, J. (2016). La construcción de una casa de pueblo. Formas de producción, técnicas y espacios a partir de un estudio de caso en la Puna argentina (Coranzulí, Jujuy). Estudios Sociales del NOA, (18), 31-60.
Benedetti, A. (2020). Cuatro conceptos de frontera de gran extensión terrestre, claves en la construcción del pensamiento geográfico de la Argentina. Revista TEFROS, 18(2), 12-46. http://id.caicyt.gov.ar/ark:/s1669726x/vmrwjl3ji
Favelukes, G. (2013). Notas para una historia territorial: Los mapas catastrales de Carlos de Chapeaurouge. Seminario de Crítica, (187), 1-12. Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”.
Galafassi, G. (2012). Entre viejos y nuevos cercamientos. La acumulación originaria y las políticas de extracción de recursos y ocupación del territorio. Theomai, 26. https://www.redalyc.org/pdf/124/12426097007.pdf
Haesbaert, R. (2016). Limites no espaço-tempo: a retomada de um debate. R. Bras. Geogr., 61(1), 5-20. https://doi.org/10.21579/issn.2526-0375_2016_n1_art_1
Hissa, C. (2002). A mobilidade das fronteiras: inserções da geografia na crise contemporânea. Ed. UFMG.
Martínez Rivillas, A. (2019). Catastro y propiedad de la tierra en el mundo antiguo: conceptos introductorios y estudios de caso. Universidad del Tolima.
Real Academia Española. (1734). Límite. En Diccionario de Autoridades (1726-1739), Tomo IV.
Real Academia Española. (s.f.). Límite. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 25 de febrero de 2026, de https://dle.rae.es/límite
Richard, N. y Hernández, C. (2018). Las alambradas en la Puna de Atacama: alambre, desierto y capitalismo. Revista Chilena de Antropología, 37, 83-107. https://revistadeantropologia.uchile.cl/index.php/RCA/article/view/49480
Sack, R. (1986). Human territoriality. Its theory and history. Cambridge University Press.
Salizzi, E., Rascovan, A., Porcaro, T., Tommei, C. y Ghilardi, M. (2019). Fronteras argentinas: de la atomización a la sistematización. Aportes para un nuevo campo. Frontera Norte, 31 (13), 1-23. https://doi.org/10.33679/rfn.v1i1.2048
Taylor Hansen, L. D. (2007). El concepto histórico de la frontera. En M. Olmos Aguilera (Coord.), Antropología de las fronteras. Alteridad, historia e identidad más allá de la línea (pp. xx-xx). El Colegio de la Frontera Norte, Porrúa.
- CONICET – Instituto de Geografía “Romualdo Ardissone”, UBA.
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