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Movilidad

Jorge Tomasi[1]

Movilidad se refiere a la acción, experiencia y capacidad de desplazarse físicamente en el espacio, en base a distintos medios, en un lapso de tiempo y con diferentes ritmos y velocidades. En tanto práctica socialmente constituida con distintos fines y motivaciones, incluye, aunque excede, la existencia de puntos de partida y llegada, en pos de constituir al trayecto como un hecho significativo. Las movilidades implican una multiplicidad de trayectorias en distintas escalas, vinculando lugares, personas, objetos e ideas en redes complejas. Los desplazamientos se desarrollan aceptando, tergiversando, friccionando o rechazando las rutas y trayectorias institucionalmente avaladas, conformándose, en todos los casos, como acciones políticas inherentes a la existencia humana. Las movilidades son constitutivas de los flujos y fijos que definen la condición dinámica del hábitat rural, implicando desplazamientos en diferentes escalas espaciales y sociales, que incorporan los lugares en distintas redes de relaciones. Estas movilidades han sido históricamente reguladas y sancionadas tanto por los Estados como por distintos actores hegemónicos, incluso cuando los desplazamientos emplean las rutas y medios por estos establecidos.

Genealogía

En los últimos 20 años, se ha propuesto en las Ciencias Sociales, la existencia de un giro de movilidad [mobility turn] o un nuevo paradigma de la movilidad [new mobility paradigm], como una continuidad o profundización del giro espacial motivado por los trabajos de Lefebvre, Soja y Massey, entre otros (Sheller, 2017; Sheller y Urry, 2006, 2018; Urry, 2000). El giro buscaba movilizar el sedentarismo de las Ciencias Sociales, conceptual y metodológicamente, que tendía a observar la condición estática de las formas sociales, obviando los flujos que desafiaban la existencia de definiciones como nación e, incluso, sociedad (Sheller, 2017; Urry, 2000). La cultura no se presenta como un hecho sellado y hermético, sino que se produce en los flujos (Urry, 2007).

El estudio de las movilidades, en rigor, ha tenido su propia historia (Cresswel, 2010; Kaufmann, 2014, 2021), con una cierta relación con el hábitat rural. Los estudios de Bassand y Brulhardt (1983) sobre la movilidad espacial la ilustraron como un hecho social total, en el sentido de Mauss (1971), en base a la interdependencia de los desplazamientos espaciales y sociales. En paralelo, los estudios sobre las sociedades nómadas y pastoriles alrededor del mundo (Galaty y Johnson, 1990; Khazanov, 1994) mostraron que la movilidad no se limitaba a una práctica funcional y productiva, sino que moldeaba un modo de vida con “formas de vida específicas, visiones del mundo, valores culturales, preferencias e ideales” (Khazanov, 1994, p. xxxiii, traducción propia). El interés por estas movilidades ya existía a comienzos del siglo XX en la geografía humana francesa, respecto a los desplazamientos estacionales de los grupos pastoriles alpinos, entre otros (p. ej. Brunhes y Girardin, 1906).

El reciente giro de movilidad, sin embargo, emerge de entender que la sociedad moderna es una sociedad en movimiento. En la inestabilidad de la modernidad líquida de Bauman (2003), “todo el mundo parece estar en movimiento” (Sheller, 2017, p. 5, traducción propia) dentro de la compresión espaciotemporal de las sociedades actuales (Hanson, 2009). Tres características positivas se asumen respecto a estas movilidades: la habilidad, la libertad y la facilidad para desplazarse (Salazar, 2016). El carácter universal de esa movilidad, y su libertad asociada, ha sido denunciado en el marco de las profundas asimetrías que determinan desiguales derechos al movimiento (Cresswell, 2010; Faist, 2013; Gonçalves, 2014; Korstanje, 2018).

Las geografías feministas mostraron específicamente cómo las movilidades están avaladas y restringidas en función del género, y ciertos desplazamientos son sinónimo de libertad solo desde la perspectiva de los varones (Blunt, 2005; Cresswell y Uteng, 2008; Hanson, 2010). La comprensión política de la movilidad muestra que es un recurso con acceso diferenciado (Cresswell, 2010) o, al menos, con valoraciones diferenciadas. Mientras que según sus movilidades ciertas personas son cosmopolitas, otras son errantes. Las movilidades desiguales e injustas se anclan en las diferencias corporizadas de clase, género, condiciones físicas, nacionalidad o elecciones sexuales, y merecen ser comprendidas en su profundidad histórica y su presente (Sheller, 2018).

La valoración diferencial de la movilidad implica que aquellos desplazamientos que, Zusman et al. (2006), definieron como de los tiempos rápidos (vinculados con la velocidad, distancias y medios de las fases actuales del capitalismo) son alentados. En cambio, los de los tiempos lentos (vinculados a las trayectorias campesino-indígenas) son duramente reprimidos. La moralidad geográfica ha confrontado históricamente la corrección del sedentarismo, relativo a un sentido de pertenencia, con aquellas movilidades que se encuentran por fuera de la normalidad social y, entonces, devienen ilegales (Cresswell, 2005). Permanecer en el hogar trabajando tiene un valor moral frente al viaje errante (Krotz, 2002).

Las movilidades inmorales e ilegales involucran a los migrantes no deseados, los desplazamientos periódicos que vulneran fronteras y las prácticas rurales campesino-indígenas. Las políticas sostenidas de sedentarización de estos colectivos sociales impulsadas por los Estados encuentran su sentido en la pretensión de orden, control y legibilidad social de estos grupos (Scott, 1998). Estas movilidades se asocian con el caos, la falta de arraigo, la vulneración de la seguridad y la imposibilidad de registro. A la idea de control se le debe incorporar la trazabilidad. Las movilidades valoradas suelen ser aquellas susceptibles de ser reguladas y controladas en sus trayectorias, más o menos en tiempo real.

La segregación de ciertas movilidades ha conducido a un sesgo hacia la estabilidad y la ausencia de innovación en la lectura de la ruralidad (Bell y Osti, 2010; Benedetti, 2010). Esta estabilidad espacial implica también una inmovilidad temporal en tanto negación de la historicidad (Massey, 2006). En muchas ocasiones, cuando el hábitat rural aparece en movimiento, es debido al impacto de las dinámicas externas que incluyen los procesos de urbanización, las migraciones y el turismo (Camarero y Oliva, 2016), o la incidencia creciente del agronegocio y sus transformaciones productivas (Maldonado, 2021).

Estos procesos son relevantes en tanto sean comprendidos en una constelación de movilidades (Cresswell, 2010) que implica movimientos de, desde y hacia los lugares. Esta constelación múltiple contiene desplazamientos con distintas motivaciones y regulaciones, ritmos y velocidades, que operan en diferentes escalas (Blunt, 2005), entre lo doméstico, lo local/comunitario, lo regional, lo nacional, lo trasnacional y lo global. En esa multiescalaridad, el hábitat rural es, y siempre ha sido, movimiento (Bell y Osti, 2010). Tal como lo planteó Haesbaert (2013), la movilidad no implica una desterritorialización, sino más bien una territorialidad en sí misma, vinculada con la conformación de redes. La multiterritorialidad asociada con esta idea ha sido sumamente influyente en los estudios geográficos, incluyendo los referidos al espacio rural.

Aunque siga siendo un área de vacancia, en los últimos años ha crecido el interés en la condición móvil de la ruralidad, especialmente desde la geografía y la sociología, expresado en los números especiales de la revista “Transporte y Territorio” en Argentina (Benedetti, 2010; Salizzi y Salomón, 2021), o de “Sociologia Ruralis” de la Sociedad Europea para la Sociología Rural (Bell y Osti, 2010). Esto ha implicado una multiplicación de miradas sobre las movilidades características del pastoreo en sus ritmos cotidianos y estacionales, como se observa en los trabajos de Silla (2010) en el norte de Neuquén o de Tomasi (2013) en la Puna de Atacama.

Esas movilidades también se inscriben en las lógicas de doble residencia descriptas por Comerci y Mostacero (2021) en el oeste pampeano y en muchas otras regiones. Estas movilidades desdibujan los bordes rígidos entre lo urbano y lo rural, como lo observaron también Crovetto (2011) en el Valle Inferior del Río Chubut y Barada (2017), en la referida Puna de Atacama. En este último caso, con una relación directa con las políticas de sedentarización de la población pastoril. Las relaciones intensas entre lo rural y lo urbano han sido especialmente tratadas por Hirsch et al. (2023) en una compilación reciente, tomando las perspectivas y trayectorias de la juventud en distintas ruralidades.

Las prácticas agrícolas, usualmente pensadas en términos más sedentarios, también involucran movilidades entre mosaicos de espacios de cultivo, como ha mostrado Veliz (2023) en la Cordillera Oriental Salteña, y los flujos de granos e insumos, ilustrados por Maldonado (2021) en el referido trabajo sobre el sur de Córdoba, advirtiendo dinámicas que también permean la producción campesina. Las movilidades de largas distancias en escalas regionales, nacionales y trasnacionales involucran los viajes de intercambio en el contexto pastoril, como lo ha estudiado Göbel (1998), los desplazamientos vinculados con el arrieraje, como en San Juan y otros lugares (Hevilla y Molina, 2010), y la movilidad fronteriza entre Argentina y Bolivia que involucra de distintas formas a la población rural, como lo han trabajado Benedetti y Salizzi (2011), en ambos casos en un abierto conflicto con las regulaciones estatales.

Las migraciones estacionales o permanentes, forzadas o inducidas, han tenido en Argentina una historia violenta hasta mediados del siglo XX de la mano con los desplazamientos de la población campesino-indígena para el trabajo en la zafra azucarera (Weinberg y Mercolli, 2015). Más recientemente, con un tenor distinto, aunque también marcado por asimetrías, la migración desde Bolivia ha moldeado la producción hortícola en grandes ciudades argentinas (Moreno, 2022).

Estas constelaciones de movilidades, muchas de ellas divergentes, conforman en sus intersecciones los espacios del hábitat rural. Como lo sugirió Massey (2006), las trayectorias de las personas se cruzan con las trayectorias propias de los lugares, en sus temporalidades.

Perspectivas

Wolf (2005) planteó en las primeras líneas de “Europa y la gente sin historia” que “el mundo de la humanidad constituye un total de procesos múltiples interconectados y que los empeños por descomponer en sus partes a esta totalidad, que luego no pueden rearmarla, falsean la realidad” (p. 15). La interconexión de esos procesos se encuentra en la movilidad espacial y la comprensión de su multiplicidad es una condición para evitar la descomposición denunciada por Wolf. Como lo propuso Massey (2006), “el espacio es una configuración de una multiplicidad de trayectorias” (p. 86), entendiendo que esas trayectorias también implican desplazamientos en el tiempo.

Más allá de la perspectiva crítica que se pueda asumir respecto al sesgo del giro de movilidad, es válida la discusión respecto al sedentarismo de las preguntas y metodologías de investigación, para aplicarla al estudio del hábitat rural. Muchas veces los estudios tienden a afirmar más la estabilidad que el dinamismo de la realidad. En los términos de Clifford (1992), los grupos sociales, en este caso rurales, aparecen en las investigaciones en una suerte de confinamiento a sus lugares, limitados a su existencia local, frente a la pertenencia externa y global de quien observa.

En este marco, afirma, es relevante observar los rangos de viaje más lejanos, además de considerar la intensidad de los lugares (Clifford, 1992). Esto es, considerar la multiplicidad de escalas en las que operan las densas trayectorias que definen el hábitat rural, “como mosaicos complejos y enmarañados, donde se superponen e interpenetran nodos, niveles, escalas y morfologías” (Zusman et al., 2007, p. 11). Esto supone comprender al viaje mismo como espacio de encuentro y a la movilidad como habitar y pertenecer. Estos desplazamientos no se limitan a lo estrictamente funcional y productivo, sino que involucran la producción de relaciones y espacios como fin en sí mismo (Tomasi, 2021).

Una comprensión en estos términos requiere “pensar el desplazamiento como una práctica social” (Zusman et al., 2007, p. 10), significativa en sí misma, y no como un mero intermedio entre la partida y la llegada. Esto es, centrarse tanto en el acto de moverse, como en los puntos del recorrido (Cresswell, 2006). El propio Cresswell (2006) ha sugerido que la movilidad es el movimiento socialmente producido, cargado de sentido y desplegado en relaciones de poder, como un equivalente dinámico del lugar. Esto remite a la condición política de la movilidad, como acción y reacción frente a las regulaciones, y que podría interpretarse como movimiento táctico, en los términos de De Certeau (2000). Esto es, pensar en el sentido de los desplazamientos en la ruralidad desde su instrumentalidad, pero también como elusión de los marcos clasificatorios estatales y académicos (Tomasi, 2021).

Como práctica social espaciotemporal, la movilidad asociada al hábitat rural no solo ocurre en el territorio, sino que implica una forma de producción territorial (Zusman et al., 2007), en sus superposiciones y conflictividades con otras. Las trayectorias son diferenciales e, incluso, aunque pueden existir coincidencias aparentes en los recorridos, los fines y sentidos probablemente sean divergentes. El abordaje del hábitat rural puede consistir en la comprensión de la territorialidad, en la interacción de los fijos y los flujos, en el sentido de Santos (2000). Los fijos se refieren a aquellos objetos que tienden a permanecer en el tiempo, incluyendo desde los rasgos topográficos hasta las casas, que favorecen ciertas acciones. Los flujos son los desplazamientos entre estos (Santos, 2000). Ambos, en su complementariedad y mutua modelación, son constitutivos del hábitat rural, y contribuyen a pensar, también, en forma simultánea, no excluyente, los lugares y las movilidades.

Entradas relacionadas

Capitalismo; Lugar; Migración; Pastoralismo; Temporalidad.

Referencias

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  1. CONICET – Laboratorio de Arquitecturas Andinas y Construcción con Tierra, Instituto Rodolfo Kusch, UNJu. jorgetomasi@hotmail.com.


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