Gabriela Pastor[1]
Paisaje es cualquier parte del territorio tal como es percibido por los actores involucrados en su producción, cuyas características devienen de decisiones y procesos de transformación de las naturalezas humanas y no humanas, por acciones directas o indirectas a lo largo de los tiempos por quienes detentan y/o han detentado el poder o distintas cuotas del mismo. Es cualquier parte del territorio, independientemente de sus cualidades estéticas, históricas o los usos a los que esté sometida, e incluso excede la superficie terrestre o más bien la contiene bajo el cielo y las expresiones del subsuelo. Esta percepción puede ser individual o compartida y no sólo remite a los sentidos, sino que los comprende a través de las miradas, valores y poderes diferenciales entre actores que en cada momento histórico han tenido lugar. Se puede afirmar, entonces, que el paisaje emerge como una construcción multiactoral y multiescalar condicionada por los posicionamientos de los actores y sus entrelazamientos con redes tanto locales como extraterritoriales en las que se manifiestan condiciones de poder- subordinación.
Genealogía
Etimológicamente, el término paisaje surge en Occidente asociado a la ruralidad, al asentamiento rural y a sus habitantes. Corominas (1987), en su diccionario etimológico, incluye el vocablo paisaje asociado a pago, término con el cual se denominaba al distrito agrícola por el año 1095. Este mismo autor registra una sucesión de expresiones que van construyendo la noción de paisaje en el tiempo: en castellano, ubica al vocablo paisaje a partir de 1708 y menciona a payés (por campesino catalán) sobre finales del siglo XIX, al que suma pays como referencia al territorio rural que, posteriormente, devendría en comarca en francés. Otros autores, como Schäfer (2001), Maderuelo (2006) y De Bolós (1992), afirman que el concepto paisaje aparece en el siglo V como referencia a las representaciones pictóricas de un lugar.
El concepto paisaje despliega su historicidad desde aquella percepción estética asociada a la pintura renacentista europea, a la que luego la sensibilidad ilustrada y romántica del siglo XVIII agregaría las emociones y experiencias subjetivas del territorio (Aliata y Silvestri, 1994). Posteriormente, a partir del segundo cuarto del siglo XIX, Humboldt comienza a realizar las primeras aproximaciones al conocimiento científico del paisaje y el concepto adquiere su condición moderna (Aliata y Silvestri, 1994, p. 151): empieza a dejar de ser sólo objeto de contemplación y emoción para incorporar la dimensión científica para su análisis y comprensión.
La Geografía acogió al concepto y lo erigió como concepción sobresaliente (Martínez de Pisón, 1997) de este campo disciplinar cuya “restitución intelectual plena sólo se consigue con un tratamiento abarcador (…) que no necesita desbordar los límites de la geografía” (1997, pp. 194-195). De allí que las escuelas geográficas germánicas, soviéticas, anglosajonas y francesas se hayan ocupado de investigar el paisaje y explorar metodologías para su conocimiento. Sin embargo, el devenir histórico del concepto finalmente ha desbordado a la Geografía y numerosas ciencias han hecho suya la idea de paisaje y los diversos referentes empíricos del objeto. Así, su conocimiento se fue ensanchando con renovadas indagaciones y exploraciones teórico-metodológicas, no exentas de contradicciones o tensiones entre sí. Ejemplo de ello son las derivadas de la Ecología Política (Alimonda, 2006), de los estudios territoriales (Farinós y Sánchez-Manjavacas, 2022), o, incluso, de los estudios lingüísticos (Núñez, 2020). Al mismo tiempo, las vinculaciones con el arte se mantenían vigentes: el land art volvía a tensionar arte, tierra y ser humano.
La vocación multidisciplinar de abordaje del concepto y su consecuente polisemia han conducido a que la bibliografía utilice, en no pocas ocasiones, términos diversos con un mismo significado y viceversa. Así, nociones como ambiente, territorio, espacio, ecosistema, entorno, contexto y paisaje aparecen sustituyéndose unas a otras en imprecisa superposición. Debido a esto, el concepto paisaje parecería haber perdido transparencia y ganado en opacidad respecto de sus significados, alcances y contenidos. No obstante, la trayectoria de su construcción confirma que el paisaje es un elemento clave para comprender las formas de apropiación territorial (Aliata y Silvestri, 1994). Es, por tanto, un concepto fecundo para advertir las múltiples expresiones y escalas en las que se expresan los fenómenos del territorio, que van desde lo global a los micro- paisajes contenidos a escala de la mano (Norberg-Schultz, 1980; Pastor et al., 2006).
Más aún, el paisaje permite reconocer las relaciones entre naturalezas humanas y no humanas y sus capacidades de agencia; los conflictos y pujas de poder; las formas en las que se proyecta el llamado desarrollo; el trabajo y las técnicas con que se construye el territorio y produce el paisaje (Raffestin, 2011; Santos, 1996). Asimismo, el concepto ayuda a transparentar la ética subyacente y la estética de las configuraciones paisajísticas, particularmente aquellas ligadas a la producción y patrimonialización de paisajes e imágenes para consumo turístico. Todo este proceso no está exento de emoción, ni de relaciones afectivas diversas; por el contrario, implica una diversidad de valores reconocidos y proyectados por los actores sobre su entorno.
Perspectivas
El paisaje es una producción social de la naturaleza (Mitchell, 2007). Santos (1996) agrega que esa producción es siempre heterogénea y que contiene las sumas y restas de las herencias de tiempos históricos, producto de los cambios en la manera de hacer las cosas. En otras palabras, comprender la producción de paisaje como acto voluntario humano (Mitchell, 2008), implica reconocer las claves con las que se construye el territorio, ponerlas en tensión y conectar con ese conjunto de procesos, actores, técnicas, sucesos, huellas, perspectivas y emociones que subyacen a esos cambios.
El hábitat como lugar que reúne las condiciones adecuadas para el desarrollo de los seres vivos, en términos de paisaje, remite a cómo se percibe al territorio, en tanto hecho complejo de superposiciones que integra al espacio físico, improntas sociales y valoraciones culturales, en el que los actores sociales y las instituciones, mediante sus actuaciones de conservación, de implantación, de ocupación (Pérez y Fernández Salinas, 2008), ponen en evidencia las siempre asimétricas relaciones de poder (Raffestin, 2011). El paisaje, por su parte, es la expresión perceptible de ese territorio, una construcción social (Nogué, 2007) resultado comprehensivo de toda la actividad sensorial y cognitiva de las personas frente a un medio que contiene en su espesor histórico, el peso de su cultura territorialmente desplegada (Pastor, 2008; Garay, 2019).
La estrecha relación entre paisaje y territorio subsume las vinculaciones urbano-rurales (Abramovay, 2003). A partir de los avances del capitalismo neoliberal de los años 1970, época en la que se introdujeron grandes cambios en el sector agropecuario y las sociedades rurales, la ruralidad comienza a ser reinterpretada a través de nuevos sistemas de flujos e intercambios incidiendo en las reconfiguraciones propias de lo rural pero también de lo urbano (Teubal, 2001; Saravia et al., 2018). Sin desconocer la arbitrariedad que encierran las categorizaciones que asocian lo rural con algunos de sus atributos o variables en las que se apoya el concepto (Garay, 2019; Mills, 1988), el paisaje rural actual permite observar la simultaneidad de actores locales y extraterritoriales vinculados a actividades de distintos sectores de la economía, empresas asociadas a grupos económicos transnacionales, trabajadores rurales no agrarios y agrícolas segmentados, nuevos desocupados; así como nuevas y viejas actividades económicas en coexistencia y tensión con heterogéneos mundos campesinos e indígenas (Giarraca, 2001). A ello se agregan las dinámicas territoriales actuales que promueven la concepción urbana del territorio como perspectiva analítico-comprensiva del paisaje construido.
En este contexto, cabe indagar en los procesos de transformación a los que la ruralidad se encuentra expuesta y reflexionar sobre las oportunidades que a futuro se vislumbran. En este marco, la ruralidad es reconocida como vacío urbano (Montes, 2016; Berruete Martínez, 2017), pero también como elemento de articulación urbano-rural a través del suministro de alimentos para las ciudades, incluso como proveedora de servicios de ocio y recreación (Posada, 1999) e incluso de servicios inmobiliarios (Torres et al., 2018).
En estos escenarios se puede observar el protagonismo que adquiere el extractivismo como proceso de concentración y mercantilización del suelo y bienes comunes que resulta de la acción connivente del capital privado y el Estado (Vásquez Duplat, 2016; Torres et al., 2022). En este proceso, los paisajes del hábitat rural renuevan su condición de elegibilidad para el capital de desarrollo inmobiliario que conlleva cercar los bienes comunes como paisajes, patrimonios y naturalezas para la generación de renta y disfrute privativo de las clases más acomodadas (Vásquez Duplat, 2016). Al mismo tiempo, se restringen o eliminan gran parte de las contribuciones de las otras naturalezas a las naturalezas mismas, pero también y fundamentalmente, a las personas.
Los paisajes del hábitat rural, mediados por procesos de extractivismo, están siendo reconfigurados al modificar su carácter, reordenando la jerarquía y relevancia de sus componentes. Consecuentemente, estos procesos impactan, por un lado, en la subordinación, borrado y/o invisibilización de diversidades sociales y saberes locales que acompañan la funcionalidad y formas de producción del mismo hábitat rural. Por otro, en la sustitución de componentes y relaciones insertas en la socio y biodiversidad de esos territorios. En otras palabras, la expansión del capital induce una reformulación de las relaciones socioeconómicas y espaciales. Por un lado, este proceso requiere de paisajes rurales de alto valor productivo y estéticas bellas; por otro, condena porciones territoriales a una producción de paisaje basada en el sacrificio del patrimonio biocultural para la obtención de renta.
El desafío se sitúa, entonces, en la gobernanza de los paisajes de la ruralidad. A través de favorecer procesos que, en el contexto de los cambios globales actuales, podrían colaborar en la construcción y afianzamiento de escenarios en los que sea posible recuperar los entramados locales de la socio y biodiversidad. Esto favorecería articulaciones territoriales más equitativas que permitan imaginar a futuro ruralidades plenas, complejas, diversas, dinámicas, integradas y heterogéneas en paisajes que merezcan ser vividos y reproducidos, que recuperen las emociones que suscitan las naturalezas y las culturas que modelan el hábitat nativo. Esos paisajes rurales pueden ser más sustentables, permear y perforar lo urbano, resignificando las vinculaciones y articulaciones entre las naturalezas humanas y no humanas en la reproducción de la vida.
Entradas relacionadas
Territorio; Capitalismo; Saberes locales ancestrales; Naturaleza; Sustentabilidad.
Referencias
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- Instituto Argentino de Investigaciones de las Zonas Áridas, CONICET – Facultad de Ingeniería, UNCuyo. gpastor@mendoza-conicet.gob.ar.↵






