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Urbano

Fernando Vanoli[1] y Virginia Martínez Coenda[2]

Urbano refiere a una forma de vida basada en una racionalidad moderna y, a su vez, a sistemas de espacios orientados a la reproducción del capital. En este sentido, lo urbano toma formas y escalas específicas, aunque diversas, en las ciudades. Entre ellas pueden señalarse la densidad; la zonificación funcional en áreas industriales, residenciales o comerciales; la división entre espacio productivo/exterior y reproductivo/interior; la configuración de centros y periferias; los sistemas de espacios públicos; la predominancia de materiales constructivos industriales; así como el desarrollo de infraestructuras y servicios, como agua, saneamiento, electricidad, internet y transporte público. Sin embargo, lo urbano también se sostiene a partir de su expansión y de la dominación sobre otros territorios y modos de habitar.

Genealogía

La expresión, propia de este siglo, de que la ciudad está en todos lados y en todas las cosas, trasciende la mera discusión sobre los límites físicos y difusos de las ciudades contemporáneas. Más bien, alude a una racionalidad urbana que permea a la sociedad en su conjunto, redefiniendo las formas de habitar y organizar el territorio. En este contexto, surge una pregunta fundamental: si lo urbano se ha convertido en una categoría omnipresente, ¿cuál es su especificidad? Los planteos de las décadas de 1960 y 1970 anticiparon que lo urbano se extendía más allá de las ciudades, muchas veces en detrimento de la vida rural. Es decir, lo urbano dejó de ser un sinónimo de ciudad para transformarse en una racionalidad que la excede, dando lugar a una urbanización total de la sociedad.

El urbanismo aborda los desafíos inherentes a las ciudades, que, aunque existen desde hace siglos, comenzaron a ser estudiadas de manera sistemática hacia finales del siglo XIX con el surgimiento de la disciplina. La transformación productiva que generó la Revolución Industrial indujo migraciones masivas desde áreas rurales hacia los centros urbanos, provocando allí hacinamiento e insalubridad. Estos primeros retos fueron claves para la emergencia de un pensamiento urbano moderno y consolidaron, a inicios del siglo XX, al urbanismo como un campo académico y profesional. A lo largo de las décadas siguientes se identifican puntos de inflexión significativos.

Las transformaciones de París, realizadas por el barón Haussmann, a mediados del siglo XIX, constituyen uno de los hitos de este proceso. Se demolieron barrios medievales y se construyeron avenidas amplias, bulevares arbolados, plazas y parques, bajo un diseño racional e higienista, con foco en la circulación y el control social. Esto marcó el inicio de la planificación urbana a gran escala como una herramienta de regulación y orden. Posteriormente, la Carta de Atenas, manifiesto del IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna de 1933, supuso un punto de inflexión en el pensamiento urbano: las ideas volcadas allí se basaron en una fe indiscutible sobre las ciudades como horizonte de progreso global. Así, se establecieron los fundamentos del urbanismo moderno a partir del funcionalismo y la zonificación de la ciudad en pos de la eficiencia. Este documento influyó en el diseño urbano del siglo XX, impulsando desarrollos funcionalistas y grandes proyectos de renovación urbana en ciudades de todo el mundo.

Desde mediados del siglo XX, y especialmente a partir de la década de 1970, los temas urbanos ocuparon un lugar central en las políticas gubernamentales, los medios de comunicación y la vida cotidiana (Castells, 1970). Esto se debe, en parte, a un acelerado proceso de urbanización motorizado por capitales económicos que, al perder márgenes de rentabilidad en una industria que estaba en declive, encontraron en la producción de ciudades una alternativa atrayente (De Mattos, 2018; Jaramillo, 2021; Harvey, 2018). Por otro lado, el auge del automóvil, junto con la proliferación de vías rápidas y autopistas, impulsaron la expansión suburbana, a menudo justificada bajo la retórica de un retorno a la naturaleza frente a la contaminación urbana.

Hacia finales de la década de 1980 y principios de 1990 se produjo un notable auge de las áreas metropolitanas globales, acompañado de una transformación acelerada del territorio rural, marcada por la inserción de la producción agrícola en los mercados globales. Este proceso generó una conexión inédita entre los poblados, ciudades y grandes metrópolis y los espacios tradicionalmente agrícolas, resultando en el abandono progresivo de los rasgos rurales característicos de estos territorios, que previamente se habían dedicado de forma exclusiva a la actividad primaria agropecuaria. Este fenómeno, denominado desruralización de la agricultura (Bengoa, 2003), implicó una erosión significativa de los límites tradicionales entre lo rural y lo urbano.

De la mano de esto, surgió también la llamada nueva ruralidad (Kay, 2009; Giarraca, 2001) y, en ese marco, un debate sobre las ciudades intermedias. La demarcación de los límites de lo rural, para determinar qué queda por dentro y qué por fuera de esa caracterización, es una discusión amplia y aún abierta. Las primeras definiciones duales que planteaban una separación marcada entre lo rural y lo urbano fueron tempranamente relativizadas por visiones que sostenían la imposibilidad de aislar lo rural frente a sus relaciones permanentes con los espacios y las dinámicas conceptualizadas como urbanas, lo cual exigía una mirada relacional con fronteras menos rígidas.

El enfoque de la nueva ruralidad es una propuesta teórica que busca, justamente, sobreponerse a la separación dual entre lo urbano y lo rural, para comprender las múltiples interacciones que los vinculan: el fenómeno de la doble residencia; pobladores del campo que trabajan esporádicamente en zonas urbanas y habitantes de las ciudades que encuentran trabajos de temporada en áreas rurales; la difusión de valores culturales, noticias e información entre las áreas rurales y urbanas producto del crecimiento del turismo rural y la penetración de los medios y de las telecomunicaciones, incrementando aún más la convergencia cultural, entre otros (Kay, 2009). El neologismo rururbano, gestado en el marco de este enfoque, pretende dar cuenta de esas conexiones (Cardoso y Fritschy, 2012; European Observation Network for Territorial Development and Cohesion [ESPON], 2005). El origen de ese concepto se encuentra en las discusiones que se dieron principalmente desde la década de 1960 respecto de la pertinencia de abordar dicotómicamente lo rural y lo urbano, frente a lo que se opuso la idea de continuum o de gradiente (Cardoso y Fritschy, 2012). Rururbano viene a nombrar, precisamente, aquello que sucede en ese continuum.

En un periodo más reciente, las ciudades han asumido un rol protagónico en la agenda climática y el reconocimiento de la crisis ambiental global. Ha emergido un urbanismo ambiental, con fuerte protagonismo de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que se plantea como un enfoque amplio y transversal que aborda tanto la sostenibilidad ambiental como las desigualdades sociales. Este nuevo enfoque se sustenta, entre otras cosas, en la idea de que los espacios suburbanos y rururbanos, al mantener aún hoy el vínculo con la tierra como un elemento fundamental para la reproducción de la vida (Cardoso y Fritschy, 2012), constituyen “los últimos resortes de una verdadera urbanización ambiental” y son idealizados como “el vínculo más apropiado (¿o natural?) entre lo urbano y lo rural, una forma potencialmente sostenible de estructura urbana” (ESPON, 2005, p. 27).

Perspectivas

Según Lefebvre (2013), la ciudad supone la idea de un espacio, en principio, tangible, mientras que lo urbano se asocia a procesos. Harvey (2014) también distingue ambos y señala que la dinámica de urbanización transforma el espacio físico, pero también las condiciones socioculturales: lo urbano es una relación de poder y producción espacial en constante transformación. Es una distinción analítica, pero con límites muy difusos, puesto que la concepción misma de producción de espacio es relacional, refiere a aspectos tanto materiales como simbólicos y supone una retroalimentación entre relaciones sociales y espacio.

A pesar de esa ambigüedad, esta aproximación resulta interesante ya que permite pensar en lo urbano como una racionalidad o un modo de pensamiento que propone formas de transformación territorial, más allá de las ciudades. Para Lefebvre, la sociedad urbana es el fenómeno que deviene de un capitalismo que ha transformado a la ciudad y a la urbanización en herramientas de control y explotación, donde la lógica urbana ha llegado a dominar todos los aspectos de la vida social, extendiéndose incluso a las áreas rurales. En ese mismo sentido, Fulkerson y Thomas (2019) utilizan el término urbanormatividad para cuestionar la normalización de lo urbano como estándar de lo deseable. Esta visión dominante de lo urbano afecta las políticas públicas y al desarrollo económico, y, además, incide en cómo se representan y se experimentan cotidianamente los espacios. Esta narrativa de superioridad urbana influye en las representaciones culturales, en los medios y en la vida cotidiana, creando una jerarquía entre lo urbano y cualquier otra organización territorial.

Así, la mirada moderna sobre el territorio tiene un enfoque urbanocéntrico que reduce la diversidad territorial a las resoluciones urbanas, alimentado por un imaginario urbano de las grandes ciudades, usinas de las teorías dominantes. Este urbanocentrismo o urbanormatividad deja de lado la complejidad de los sistemas territoriales, donde las áreas rurales y las pequeñas localidades juegan un papel fundamental. Se presta poca atención a las interrelaciones, flujos e intercambios regionales entre ámbitos urbanos y rurales; hay un aparente borramiento de lo rural en la urbanización planetaria: implícitamente, en la disolución del binario rural-urbano, es lo rural (no lo urbano) lo que se convierte en una categoría obsoleta (Wang et al., 2023). El proceso de urbanización se extendió más allá de los límites físicos de las ciudades, afectando a todas las esferas de la vida social, en un tejido urbano global que unifica las dinámicas capitalistas. Lo urbano se convierte de esta forma en un espacio continuo que penetra en todas partes.

Más recientemente en el tiempo, además de su función de control social, lo urbano exhibe con mayor claridad su función económica. Esto se dio a fines de la década de 1970, cuando el régimen de acumulación fordista empezó a mostrar su agotamiento. En la búsqueda de caminos alternativos para recuperar el crecimiento económico y la dinámica de acumulación, se abrió paso a una globalización financiarizada de la economía mundial, cuya fecha de nacimiento podría datarse con el inicio de los mandatos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña, en 1979, y de Ronald Reagan en Estados Unidos, en 1981, exponentes centrales del neoliberalismo económico.

De manera resumida, algunos elementos que caracterizaron a este nuevo estado de situación global fueron: (a) la expansión de mercados financieros (de acciones, de bonos, entre otros) y la creación de nuevos mecanismos financieros (swaps, derivados, securitización, entre otros) que colocaron a las bolsas de valores como actores centrales; (b) la reestructuración y liberalización del sistema bancario crecientemente oligopolizado; (c) la introducción de nuevos tipos de inversores institucionales, como fondos de pensiones o compañías de seguro; (d) el establecimiento de paraísos fiscales y de otras entidades financieras que operan en los márgenes o fuera de las regulaciones nacionales e internacionales, entre otros (De Mattos, 2018).

La ralentización del ritmo de inversión productiva en la economía real resultado de la desindustrialización generó una creciente sobreacumulación de capital, a la que había que encontrarle un destino alternativo. Estos capitales inmovilizados, que estaban a la búsqueda de colocaciones rentables, encontraron en la urbanización una alternativa atrayente (De Mattos, 2018; Jaramillo, 2021). Vale destacar que, si bien la especulación rentística es una de las ambiciones más primitivas del mercado desarrollador, lo novedoso es que, en este nuevo contexto, pasó de ser parte de circuitos secundarios y anexos del capitalismo industrial a estar en la primera plana del nuevo régimen de acumulación (Lefebvre, 1972; Jaramillo, 2021).

Tanto por su aspiración de control social como por su función económica, la dinámica urbanizadora ha permeado la planificación de cualquier forma territorial. Ha sido, de esta manera, desde comienzos del siglo XX, un ejercicio recurrente de las políticas públicas en general. Durante este proceso, la ruralidad ha perdido población residente y sus dinámicas territoriales se han transformado. Desde la década de 1970, las políticas económicas permitieron el avance del modelo del agronegocio y, a partir de la década de 1990, la incorporación de la soja transgénica y el monocultivo fortalecieron al capitalismo agrario y generaron una transformación radical del territorio rural. La producción de ganado y la agricultura de pequeña escala han ido desapareciendo con el acaparamiento de tierras de la agricultura intensiva, y se tornó un sistema productivo incompatible con la reproducción de los modos de vida de pequeños productores, campesinos e indígenas (Svampa y Viale, 2014). Bajo la racionalidad urbana se puede comprender este fenómeno como la conversión de la producción agrícola en un sector de la producción industrial (Grinberg, 2023), pero, además, como la desacreditación de formas de vidas campesinas, que fueron señaladas como atrasadas frente al progreso urbano.

A pesar de las virtudes de las ciudades, la actual crisis ambiental ha puesto en jaque la idea de urbanización total, puesto que las ciudades se convirtieron en uno de los principales factores de esta crisis. Imaginar un futuro requiere de respuestas que apunten a repensar los modelos urbanos. En este aspecto, se vuelve la atención sobre las espacialidades y formas de vida de la ruralidad que han logrado sostenerse, a pesar de la hegemonía urbana, a partir de otros vínculos con la naturaleza que priorizan la reproducción de la vida. Allí persisten relaciones entre cultura y naturaleza que durante mucho tiempo han sido obturadas por las dicotomías modernas, y hoy son un horizonte para la construcción de un mundo más sostenible.

Se insiste en que esta reorientación de la mirada hacia la ruralidad implica mediaciones para pensar lo urbano, no supone per se “proponer los modos de vidas rurales como un absoluto replicable, sino, a través de su ejemplo, habilitar una propuesta de recuperación de lo relacional” (Vanoli, 2022, p. 130). Cuando se habla del hábitat rural, las relaciones con el territorio son fundamentales y el resguardo de los bienes naturales es indispensable para su existencia. Estas prácticas llevan consigo una racionalidad ambiental que podría ser apropiada para políticas ambientales, productivas, alimentarias, sociales y, sobre todo, culturales que suponen una reconciliación urbana con la naturaleza (Svampa y Viale, 2020).

Ante la urbanización total, Wang et al. (2023) proponen pensar en nuevas geografías rurales planetarias y ofrecen otras miradas para las relaciones rurales-urbanas, en la búsqueda de la construcción de lugares sostenibles, impulsados inicialmente por las redes alimentarias, pero además con temas como energía, conservación y servicios ambientales. Las dinámicas de la ruralidad permiten pensar en términos más amplios el territorio y las relaciones territoriales, funcionan como crítica al antropocentrismo imperante en las ciudades y habilitan caminos que recuperan las relaciones cultura y naturaleza que persisten en las espacialidades y formas de vida rurales.

Entradas relacionadas

Capitalismo; Despojo; Pueblo rural; Territorio; Infraestructura.

Referencias

Bengoa, J. (2003). 25 años de estudios rurales. Revista Sociologías, 5(10), 36–98.

Cardoso, M. y Fritschy, B. (2012). Revisión de la definición del espacio rururbano y sus criterios de delimitación. Contribuciones Científicas GÆA, (24), 27-39.

Castells, M. (1970). La cuestión urbana. Siglo XXI Editores

De Mattos, C. A. (2018). Encrucijada ante los impactos críticos de un crecimiento urbano financiarizado (Documentos de Trabajo del IEUT, N° 4). Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales UC. https://doi.org/10.7764/doc.ieut.004

European Observation Network for Territorial Development and Cohesion [ESPON]. (2005). The role of small and medium-sized towns (SMESTO) (Final Report). ESPON Coordination Unit.

Fulkerson, G., y Thomas, A. (2019). Urbanormativity: Reality, representation, and everyday life. Lexington Books

Giarraca, N. (2001). ¿Una nueva ruralidad en América Latina? Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Grinberg, N. (2023). Urbanización y transformación rural: Una perspectiva crítica. Editorial Lugar.

Harvey, D. (2014). Ciudades rebeldes: del derecho de la ciudad a la revolución urbana. Akal.

Harvey, D. (2018). Justicia, naturaleza y geografía de la diferencia. IAEN, Traficantes de sueños.

Jaramillo, S. (2021). Reorientación del gran capital hacia lo inmobiliario. Punto Sur, (4), 26-46. https://doi.org/10.34096/ps.n4.10401

Kay, C. (2009). Estudios rurales en América Latina en el periodo de globalización neoliberal: ¿una nueva ruralidad? Revista Mexicana de Sociología, 71(4), 607-645.

Lefebvre, H. (1972). Espacio y política. El derecho a la ciudad II. Península.

Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing.

Svampa, M., y Viale, E. (2014). Maldesarrollo. La Argentina del extractivismo y el despojo. Katz.

Vanoli, F. (2022). Entre lo doméstico y el territorio: ¿Qué podemos aprender de la ruralidad? En F. Vanoli, M. I. Sesma, A. Garay y R. Bocco (Comps.) Hábitat rural-campesino: tensiones y disputas en la producción del territorio (pp. 117-132). Café de las Ciudades.

Wang C., Maye, D. y Woods, M. (2023). Planetary rural geographies. Dialogues in Human Geography 0(0), 1–20. https://doi.org/10.1177/20438206231191731


  1. Centro Experimental de la Vivienda Económica, AVE-CONICET – FAUD, UNC. ferna.vanoli@gmail.com.
  2. Centro de Sustentabilidad de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Udelar. mumymartinez@gmail.com.


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