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4 El Boletín de la Policía de Santiago

Autorretrato de una policía urbana (1901-1924)[1]

Daniel Palma Alvarado

La instrucción es la base de todo buen servicio policial, es la válvula reguladora del mayor o menor prestigio de la Institución, y por ende, la principal palanca para conseguir el respeto y la estimación públicas, factores indispensables a la eficacia de las labores policiales.

Editorial, BPS, n°169/170, julio/agosto de 1916

El Boletín de la Policía de Santiago (BPS) fue la publicación institucional más importante y longeva de la Policía Fiscal de la capital chilena. Esta revista comenzó a editarse por iniciativa de la Prefectura de la Policía de Santiago el 1° de enero de 1901 y circuló hasta el mes de diciembre de 1924, totalizando 270 números. Representó la voz corporativa de una policía inmersa en profundos cambios respecto a los diferentes cuerpos que desde la época de la independencia habían desempeñado tareas policiales en Chile, a la vez que inserta en una sociedad convulsionada por las múltiples transformaciones asociadas a la modernización capitalista y la urbanización.

En las páginas siguientes proponemos un análisis de esta revista policial centrado en tres aspectos: el entorno institucional y las condiciones de producción del BPS; sus propósitos y contenidos principales; y algunas pistas que nos ofrece sobre la marcha de la Policía Fiscal de Santiago y sus vinculaciones con la sociedad, considerando, además, que el período en que circuló el boletín fue fundamental en la definición y consolidación de las policías uniformadas en Chile y dio lugar al nacimiento de una particular cultura policial.

Producción y circulación del Boletín

El vistoso despliegue y la ubicuidad de los Carabineros de Chile, la mayor fuerza policial del país en la actualidad, establecida en 1927, obscurece toda una genealogía que pocos conocen. En la antesala de su fundación, las labores policiales eran ejercidas por tres entidades independientes, aunque (teóricamente) complementarias. La más numerosa y a la fecha mejor documentada fue la Policía Fiscal, creada en 1896, que operó de manera autónoma en cada una de las ciudades cabecera departamentales, dependiente de los respectivos intendentes y gobernadores. En las localidades más pequeñas y subdelegaciones rurales existían las llamadas policías comunales que no alcanzarían jamás un grado de formalización e institucionalización mayor. Por último, las zonas más apartadas o conflictivas –como la región de la Araucanía en el sur del país o los centros mineros del norte– contaron desde 1896 con distintas unidades o secciones de gendarmes que, entre 1906 y 1907, fueron fusionadas en un organismo centralizado bautizado como Regimiento de Carabineros. Este regimiento formó parte del ejército, pero mantuvo una doble dependencia administrativa de los ministerios de Interior y de Guerra[2].

En este cuadro de dispersión policial, las policías fiscales fueron las responsables del mantenimiento del orden burgués en las ciudades más pobladas de Chile. En un primer momento, sólo las de Santiago y Valparaíso tuvieron sus propios reglamentos que serían replicados y adaptados a las realidades de otras provincias, hasta que en 1904 se dispuso una ordenanza especial para éstas[3]. En general, se organizaron en una sección de Orden y otra de Seguridad, al mando de un Prefecto. La sección de orden cumplía funciones preventivas y represivas, ligadas a la conservación del orden público y las ‘buenas costumbres’, la salubridad y aseo de la población y el cuidado de la circulación por las calles de la ciudad. Por su parte, la sección de seguridad estuvo abocada a la persecución e investigación de los delitos, desempeñando también labores de identificación, vigilancia y control de la disidencia política y de las organizaciones sociales.

En el caso particular de la Policía Fiscal de Santiago, el personal se distribuyó en una prefectura y diez comisarías (incrementadas a doce a partir de 1916), predominando los guardianes del orden que encarnaban a la vertiente popular y uniformada de la policía. En cambio, los agentes de la sección de seguridad hacían su trabajo vestidos de civil y representaban un segmento menor dentro de las filas de la institución. Debido a los severos problemas para disciplinar a los predecesores de guardianes y agentes, desde mediados del siglo XIX las autoridades habían procurado imponer la idea de “militarizar” a las policías, aunque, hay que enfatizarlo, con escaso éxito. La preferencia de los gobiernos para designar a oficiales del ejército en las jefaturas policiales se explica por este mismo afán de emular la disciplina militar[4].

Cuando se estableció la Policía Fiscal de la capital chilena en 1896, el cuerpo, altamente inestable, sumaba alrededor de 1.600 hombres entre sus mandos y la tropa. Este número se fue incrementando paulatinamente hasta los 2.450 efectivos que se contabilizaron en 1924. Un hito crucial en su trayectoria fue la designación de Joaquín Pinto Concha como prefecto el 30 de diciembre de 1899. “Es el señor Pinto Concha la primera gran figura de organizador en la Policía de Chile. Antes de él se ha marchado a tientas, a la buena de Dios, como las circunstancias lo permitían”, afirma uno de los pioneros de nuestra historiografía policial[5]. Pinto Concha se mantuvo hasta marzo de 1906 al frente de la Policía Fiscal de Santiago y tras su muerte en julio de 1908 sería venerado como el gran artífice de los adelantos de la institución. Incluso fue ungido como el “Patrono del Centro de Retirados de las Policías”, por haberse aprobado durante su gestión la largamente anhelada ley de retiro y jubilaciones[6].

Entre los principales logros obtenidos por el prefecto Pinto Concha se cuenta la adquisición de una imprenta para la policía, la cual venía siendo demandada hacía años. La imprenta era visualizada como una “palanca de progreso”, cuyos beneficios redundarían en la mejora de un servicio que no gozaba de buena fama entre la población. Vencidos los temores del gobierno y la intendencia de que una publicación policial pudiera “…degenerar en periódico de lucha o de lucubraciones literarias que no siempre resultan de gusto delicado”, y definido “…el formal propósito de editar una revista instructiva, y cuyo público jamás fuera a buscarse en la opinión nacional, sino en los cuerpos de policía y en las corporaciones o autoridades de la República”, se asignaron los recursos. El 20 de noviembre de 1900, el ministerio del Interior autorizó la compra de la imprenta “con todos sus accesorios y el papel y tinta para varios meses” a la casa de Fernando Brandt y Compañía. El costo fue de $2.508 y 90 centavos[7].

En el mes de enero de 1901 salió de las prensas el número 1 del Boletín de la Policía de Santiago, que bien puede ser considerada la primera publicación propiamente policial de Chile. La periodicidad comenzó siendo bimensual y se mantuvo así hasta el término del año 1904. Cada uno de estos 24 números tiene una extensión de entre 100 y hasta 200 páginas donde, según profundizaremos más adelante, se presentaban contenidos de un carácter eminentemente “técnico y destinado a perfeccionar los servicios de la institución policial”[8]. Desde 1905, a la luz de la positiva evaluación por parte de la prefectura, el BPS pasó a tener una periodicidad mensual. Esto fue posible gracias a la adquisición de más maquinarias para la imprenta y la regulación del trabajo de su personal. Para mediados de 1905, según leemos en la revista, “con los pocos fondos que el «Boletín» se procura de su circulación, ya que por desgracia no recibe el menor auxilio fiscal”, se compró un motor a gas “Grossley” y se acondicionaron tres máquinas de imprimir tipos “Marinoni”, “Gordon” y “Hoe”, además de una “máquina de rayar papel”. Asimismo, se elaboró un reglamento para el funcionamiento de la imprenta y se organizó a los empleados en tres divisiones: prensa, tipografía y rayado y cartonaje, quienes trabajaban en horarios que iban de las 7 a las 11:30 de la mañana y de las 2 a las 6 de la tarde[9]. El optimismo fue tal que durante el segundo semestre del año de 1906 el BPS se publicó quincenalmente[10]. A partir de 1907, sin embargo, se volvió a la periodicidad mensual que ya no varió hasta el final.

La salida oportuna en ocasiones se vio afectada por desperfectos en las máquinas o el recargo de trabajo de la imprenta que también prestaba otros servicios, lo cual en algunos momentos obligó a los editores a reunir dos y hasta tres números en un solo volumen, situación que se dio en los años de 1908, 1909, 1910, 1911, 1913, 1914, 1916 y 1922. Pero de todos modos, hay que valorar la publicación continua de esta revista por casi un cuarto de siglo. “Lentamente, la imprenta había ido creciendo; las primitivas máquinas y los primitivos elementos con que contara, fueron renovados y mejorados, hasta llegar a principios de 1916, en que, gracias a sus espléndidas instalaciones, podía efectuar cualquier clase de trabajo necesario a la Policía”[11].

El mismo año de 1916, con la llegada del prefecto Rafael Toledo Tagle, se produjeron algunos cambios que afectarían de manera importante la publicación del BPS. El gobierno resolvió que varias de las máquinas se entregaran a la imprenta que funcionaba en la Penitenciaría de Santiago, entre ellas la “Marinoni”, una perforadora, una rayadora, una prensa de fierro, una cartonera y un motor eléctrico, “…quedando pues reducida a los elementos más indispensables para la publicación del Boletín y de la Orden del Día y para la confección de algunos útiles de escritorio sencillos”[12]. Las páginas del BPS delatan estos cambios, ya que disminuyó notoriamente su grosor (muy rara vez sobrepasó las 50 páginas desde entonces) y se redujeron las secciones, sacrificándose buena parte de los contenidos literarios, las estadísticas y los artículos ilustrados característicos de los quince años anteriores.

La intención de los editores fue que los costos de producción de la revista pudieran ser cubiertos principalmente por la vía de las suscripciones, de modo que fueron insistentes los llamados a los comisarios y subcomisarios en el sentido de “…procurar la mayor circulación posible del «Boletín» en el personal a sus órdenes, ya como un medio de ilustración del mismo personal, ya como un justo auxilio al órgano de los intereses de todos”[13]. Una lista de suscriptores publicada en 1906 revela que funcionarios de todo el escalafón leían el boletín, incluyendo un gran número de guardianes terceros de comisarías de Santiago, Valparaíso y Viña del Mar[14]. Desde 1906 se hicieron esfuerzos por ampliar la distribución hacia otras provincias, a través de una nota enviada a todos los prefectos del país, donde se recomendaba el BPS como un “auxiliar eficacísimo para conseguir la educación general y profesional del personal de la policía a su cargo” y se recalcaba que pese a editarse en Santiago, la revista “en realidad lo es y debe serlo de la institución policial del país”[15]. No hemos logrado reunir indicios sobre la magnitud de su circulación fuera de la capital, aunque parece ser que en las provincias se intentó dar a luz a revistas propias, como lo atestiguan El Centinela de la policía de Punta Arenas, publicado entre 1904 y 1905, o la Revista de la Policía de Valparaíso fundada a finales de 1906[16].

El BPS tuvo un valor mensual de 30 centavos que idealmente debía descontarse por anticipado del sueldo de los abonados. También se ofrecía una “edición fina” por 50 centavos. Por lo tanto, la suscripción anual era de $3,6 por el ejemplar rústico y $6 el fino. Estos valores se mantuvieron en el tiempo y solo en 1920 se experimentó un alza, justificada en virtud del aumento del costo del papel de imprenta que elevó el precio del boletín “a cuarenta centavos en papel ordinario y a sesenta centavos en un papel fino”[17]. Estos valores no eran prohibitivos, teniendo presente que el sueldo base de un guardián tercero aumentó desde los $45 mensuales a los $60 a lo largo del período aquí considerado. Con todo, el retraso en los pagos o la lentitud para renovar las suscripciones generó más de algún contratiempo a los redactores, ya que dependían de esos recursos para su funcionamiento. De ahí los regulares llamados de atención a los deudores[18]. En el contexto del complejo escenario de 1916, el director de turno se lamentó abiertamente de la disminución del interés por la revista, atribuyéndolo “a la inercia y falta de entusiasmo” del personal subalterno que por ser el más numeroso debía, a su juicio, “…contribuir eficazmente con sus colaboraciones en mantener en buen pie al Boletín”[19].

Contra viento y marea, el BPS logró proyectarse hacia los años 20, aunque con un número de páginas bastante inferior y visualmente menos atractivo que en sus inicios. En esta etapa convivió con otros emprendimientos editoriales como el semanario Policíaca que llegó a las seis ediciones entre enero y febrero de 1918 y la revista El Aspirante, lanzada por un grupo de alumnos de la Escuela Policial de Santiago ese mismo año, pero que sólo alcanzó a los cuatro números[20]. La competencia más seria provino de la antes mencionada Revista de la Policía de Valparaíso y, especialmente, de la revista Ilustración Policial que circuló entre 1921 y 1924, dirigida a las policías fiscales a nivel nacional, gracias a una vasta red de corresponsales, y dotada de una propuesta gráfica muy sugerente por el uso abundante de fotografías, caricaturas y un lenguaje familiar a los guardianes del servicio de calle.

El BPS desde entonces se limitó a publicar documentos oficiales, conferencias, órdenes del día y el movimiento del personal. Esto se mantuvo hasta fines de 1924, cuando comenzó el proceso de unificación de las policías fiscales de la República que llevó a la creación de una Dirección General de Policías que asumiría los desafíos propios de una institución centralizada. El señero boletín de una fuerza policial urbana como la santiaguina ya no tendría un lugar en este nuevo escenario.

Equipo editorial, propósitos y contenidos del Boletín

El BPS fue una publicación ideada e impulsada desde la cúpula de la Policía Fiscal de Santiago y durante toda su existencia la dirección y definición de la línea editorial recayó en los altos mandos. A poco más de un mes del lanzamiento del n°1, el prefecto Pinto Concha, muy activo en esta materia, convocó a un selecto grupo de jefes para discutir la mejor forma de administrar la revista proyectada. Este grupo de once personas resolvió instituir una “Junta Directiva” compuesta por el prefecto y el subprefecto, y una “Junta Ejecutiva de Trabajos” responsable del funcionamiento del boletín y liderada por un “Director de turno”. El secretario de la prefectura, un tesorero y un pro-secretario completaban el equipo ejecutivo[21]. Por votación se eligió al comisario de la 1ª comisaría, Alberto Acuña, como el primer director de turno, cargo que mantuvo hasta finales de 1901. Tras un período de vacancia, en 1903 fue asumido por el comisario Oscar Gacitúa[22].

La figura de un director de turno estable no dio resultados óptimos, por la dificultad de conciliar las labores diarias con el tiempo que demandaba la gestión de la revista. Para subsanarlo, a partir de 1905 se designó a un redactor, puesto que recayó en primera instancia en Robinson Bascur Rubio. Este hombre, que había trabajado en el diario radical La Ley y que profesaba “grandes proyectos de reformas sociales y pedagógicas que solía esbozar y proponer en sus lucubraciones periodísticas”, dejó una huella, pues mientras se mantuvo en el cargo (hasta fines de 1906) se introdujo de manera estable un artículo editorial, se multiplicaron los estudios y noticias sobre distintas policías extranjeras y temáticas sensibles de la época como la cuestión social[23].

En agosto de 1911 se tomó la decisión de establecer un “Consejo Directivo” como nueva estructura administrativa, presidido por el prefecto, secundado por los subprefectos de orden y de seguridad. En la redacción del BPS se involucraría más directamente una “Junta Consultiva” compuesta por el secretario de la prefectura y un grupo de cinco comisarios o subcomisarios que mes a mes se iban rotando como directores de turno, en una suerte de dirección colegiada[24]. Esta fórmula persistió hasta 1924. El empuje de jefes como Pinto Concha, Luis Manuel Rodríguez, Oscar Gacitúa o Rudecindo Gómez marcó la pauta para que un conjunto de funcionarios de alto rango tomara las riendas y velara por la continuidad del boletín. Entre éstos habría que destacar a Oscar Honorato, Luis Fleck, Leopoldo Valenzuela, Nicolás Medina, Ismael Torrealba, Casiano Espinosa, Humberto Contreras y al “ecónomo” Rodolfo Masenlli, todos funcionarios activos vinculados también estrechamente a la instrucción de los aspirantes policiales. Los colaboradores externos a la institución, como Bascur Rubio o Enrique Firstenheim en algún momento, fueron más bien excepcionales.

El carácter de revista oficial de la policía, pauteada por la dirección del cuerpo, no atrajo mayormente al personal subalterno cuyas contribuciones fueron mínimas, pese a que cada tanto se promovieran concursos o se los motivara a escribir[25]. Los guardianes y agentes aparecen más como destinatarios que en primera persona, a diferencia de lo que ya en los años 20 ofreció la revista Ilustración Policial, con secciones especiales y un sentido del humor sorprendente tratándose de una fuerza de policía. El BPS, al contrario, cultivó un perfil más serio y circunspecto, reservado y hasta celoso en cuanto a la revelación pública de los problemas que agobiaban a la tropa o afectaban el funcionamiento de la policía fiscal. Representó el discurso modernizador de la Prefectura, cuyos ejes fueron los temas profesionales, formativos y económicos (sueldos, presupuesto, bienestar), sin entrar en la polémica con otros medios de prensa u opinar explícitamente sobre cuestiones políticas. No hubo, entonces, intención alguna de convertir al boletín en una voz pública de la policía de Santiago; en cambio, abrió sus páginas a distintos aspectos de la vida interna y del trabajo policial. Este sello endógeno del BPS prescindió de publicidad y podría explicar también el diseño bastante austero y monocorde en términos gráficos.

Los contenidos del boletín reflejan estas orientaciones y se concentraron, según adelantamos, en todo lo relacionado a la instrucción del personal. Para que no quedara duda, desde el número 1 se expresó claramente que “…no queremos otro público que no sea el mundo policial y judicial, y las autoridades y funcionarios del Estado”, tomando distancia de “las luchas diarias de la pública opinión”. En 1903, el comisario Gacitúa valoraba que no se escatimara “…la publicación de ningún material que contenga enseñanzas para el personal”, convencido de que el BPS “…hoy por hoy, es el mejor texto de instrucción para los individuos que dedican sus energías a la noble misión de resguardar la vida, la honra y los intereses de la sociedad”[26]. Sólo para ejemplificar, copiamos una de las tantas declaraciones de principios que encontramos en las páginas de la revista:

Ilustrar al personal de la Policía sobre todas aquellas disposiciones administrativas, municipales o emanadas de la jefatura del Cuerpo que le sea indispensable conocer a éste, como asimismo alentarlo en sus rudas tareas y formarle conciencia clara de sus deberes y de la dignidad de su puesto, que no por ser modesto deja de ser de gran significación e importancia en la vida de toda nación que aspire al honor de llamarse civilizada[27].

Aparte de los evidentes propósitos formativos, gracias a la posibilidad de disponer de copias impresas de las leyes, decretos, reglamentos y ordenanzas, se observa el afán de dignificar un oficio despreciado por pobres y ricos. Como bien lo ha demostrado Vania Cárdenas en su libro El orden gañán, se trataba de educar/disciplinar a guardianes y agentes conforme a los ideales de la elite liberal y católica, de regenerar a la tropa por la vía de su depuración moral. Con ese propósito, sobre todo en los primeros años del BPS, se incluyeron una serie de manuales y textos considerados básicos para el buen servicio, algunos de los cuales detallamos a continuación. Casi todos fueron publicados también en formato de libro por la misma imprenta, en el marco de la que se bautizó como la “Biblioteca del Boletín de la Policía”.

Autor

Título

Números del BPS

Guillermo Ávila M.

Reglas prácticas para el servicio en la población

1, 2, 3 y 4

Dr. Miquel

Servicio sanitario: Manual del practicante

1, 2, 3 y 4

Guía de informaciones policiales de Santiago

5, 6, 7, 8, 9, 10, 11 y 12

Dr. Hans Gross

Manual del Juez

7, 8, 9, 10, 11, 12,13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33 y 36

Indalicio Cortéz

Manual del Oficial de Guardia o de Partes en las comisarías

23, 24 y 25

Dr. M. Mujica Farías

La policía de París

2, 37, 38, 39, 40, 41,42, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 50, 52, 53, 54, 55, 57, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 65, 66, 67, 68, 69 y 70/71

Juan Vucetich

Dactiloscopia comparada. El nuevo sistema argentino

75/76, 77/78, 80, 81, 82, 83/84, 85, 86/87, 88, 89, 90, 91/92, 93/94/95, 96/97/98, 99/100/101 y 102

A estos materiales hay que agregar la inclusión por entregas de textos legales, como la Constitución Política de la República, la Ley de Régimen Interior, el Código Penal, el Código de Procedimiento Penal, la Ley de Elecciones, la Ley de Alcoholes, los Reglamentos de Tránsito, entre muchas otras disposiciones más. En 1911 se inauguró una sección de consultas en materia legal. Estos conocimientos prácticos y teóricos se complementaron con artículos alusivos al entrenamiento físico del personal, que fue una de las novedades introducidas en su formación durante estas décadas. El BPS brindó un espacio a la difusión de nociones de esgrima, equitación, box o jiu-jitzu, con apartados a veces ilustrados que motivaban a la tropa a practicar estas actividades. En el orden más técnico, sobresalen contribuciones sobre la antropometría, la dactiloscopia (muy presente en el boletín) y secciones curiosas como la de “vulgarización científica” durante el año 1915[28].

La instrucción fue reforzada con la publicación de las conferencias que se dictaban en comisarías o en la prefectura (estas últimas solo para la oficialidad). No fue una práctica regular durante la primera década de vida del BPS, pero a contar de 1910 se constituyó en una sección muy interesante. Contabilizamos un corpus de 54 conferencias transcritas que develan aspectos clave del trabajo y la ideología policial. Algunos de los temas tratados: “La dignificación de la Policía. Conducta del guardián en el cuartel, en la calle y en el hogar” (1910); “Sobre la manera práctica de reprimir la embriaguez, el crimen, el robo y el hurto, grandes males de nuestro pueblo” (1912); “La policía ante la sociedad en general y el pueblo en particular” (1916); “Sobre enseñanza, vicios y defectos de la Policía” (1917); “El problema obrero relacionado con el orden público” (1920); “La ley de protección a la infancia desvalida” (1921); o “La Policía ante la cuestión social” (1922), que dan cuenta de un proceso de reflexión interna sobre los problemas apremiantes que vivía el país.

Una de las secciones que confirman al BPS como una fuente histórica realmente valiosa es la de las Órdenes del Día, publicadas sagradamente en cada número de la revista. Su revisión sistemática arroja claves sobre la gestión policial del orden urbano, en su interacción con la intendencia, el municipio y la comunidad. Si bien las órdenes son de carácter normativo, representan una mina de oro para apreciar el amplio rango de atribuciones de la policía en el contexto de una ciudad que se expandía hacia los cuatro costados y que padecía los efectos de la cuestión social. Estos registros, podríamos decir, revelan el pulso de la actividad de la policía fiscal y se erigen como testimonio del trabajo de los guardianes y de la vida cotidiana de la ciudad de Santiago. Por otra parte, contienen también numerosas pistas sobre lo que ocurría dentro de la institución, con informaciones sobre los ascensos y retiros, los cursos de la escuela policial, los premios y felicitaciones que recibía el personal o las sanciones que se aplicaban a los insumisos.

Para no alargarnos, sólo mencionaremos unas cuantas secciones más de interés para los investigadores. Primeramente, las estadísticas de la prefectura que se incluyeron hasta 1909 pero luego desaparecieron de las páginas del BPS. Su confección y análisis estuvo en un principio al cuidado de Francisco de Bèze, un estadístico oriundo de Francia, que introdujo en Chile las modernas teorías sociales y una metodología para procesar los datos. Sobresalen las estadísticas de la ebriedad, tema que el mismo Bèze venía estudiando desde fines del siglo XIX. El BPS contiene también todos los presupuestos de la policía de Santiago para el período de 1901-1912. La reproducción de artículos publicados en la prensa diaria sobre la policía, especialmente cuando abogaban por mejoras para el cuerpo o aplaudían su desempeño, tuvo igualmente un espacio en la revista, sobre todo en los primeros años. Registramos 68 en total, con un amplio predominio de artículos tomados de El Mercurio (30) y su filial Las Últimas Noticias (7), seguido de El Chileno (10) y El Diario Ilustrado (6), todos órganos de la clase dominante.

Un propósito declarado de la prefectura fue el fomento de la lectura entre el personal. Los folletines y las “lecturas amenas”, pero también la exposición de resonantes casos extranjeros cumplieron ese fin. En sus comienzos estuvo la promesa de insertar las “investigaciones de crímenes o los sucesos notables” chilenos, pero a poco andar esto se abandonó[29]. Podemos especular que se debió a la baja presencia de contenidos provistos por la sección de seguridad, que tampoco tuvo a alguno de los suyos en el Consejo Directivo. Sí hay alguna información de casos emblemáticos como el del asesino en serie Emilio Dubois o el del canciller alemán, asesino e incendiario, Guillermo Beckert. No obstante, los lectores del BPS se familiarizaron más con las anécdotas y recuerdos de célebres jefes policiales europeos o con los íconos de la literatura policíaca como Sherlock Holmes, Mr. Lecoq o Nick Carter, cuyas historias circularon ya sea dentro del boletín o en cuadernillo aparte.

Autor

Folletines o lecturas amenas (selección)

Louis Andrieux

Memorias de un Prefecto de Policía (“traducción de la Dirección del Boletín”)

Gustave Macé

Mis Lunes en las Prisiones

Gustave Macé

El Servicio de Seguridad

Gustave Macé

El guardia Prevost

Eugene Villiod

Cómo nos roban, cómo nos matan (traducido por el ex-redactor del BPS, R.Bascur)

Émile Gaboriau

Por honor del nombre (detective Mr. Lecoq )

sin autor

El gran detective americano Nick Carter

sin autor

Nuevos episodios de Nick Carter

Arthur Conan Doyle

La corona de Berilos

sin autor

Los Bradys y los ladrones de bancos

Arthur Conan Doyle

El robo del diamante azul

Arthur Conan Doyle

Crimen del Hotel de París

Arthur Conan Doyle

La mancha de sangre

Arthur Conan Doyle

Policía fina: aventuras del agente de pesquisas Sherlock Holmes

Según indicamos antes, los ajustes en la imprenta en 1916 tuvieron como consecuencia la drástica reducción de contenidos, incluyendo el fin de los folletines. De ahí en adelante la única obra de alguna extensión incorporada por entregas correspondió a una selección de episodios del libro de Laurentino Mejías, La Policía…por dentro, que se publicaron de modo intermitente entre 1918 y 1921. Desde 1922 se intentó alivianar la monotonía de las secciones sobrevivientes (editorial, órdenes del día, artículos diversos, crónica) con la inserción de “lecturas amenas” más cortas y algo de humor blanco (chistes).

Digamos, por último, que a lo largo de toda su existencia el BPS tuvo tres números temáticos: uno en 1905, destinado a los sucesos de la “Semana Roja” en Santiago; otro en 1909, dedicado a los estudios y trabajos sobre Policía expuestos en el IV Congreso Científico (1° Pan-americano), celebrado en Santiago entre diciembre de 1908 y enero de 1909; y uno en 1913, donde gran parte estuvo consagrada a homenajear el centenario de la policía chilena. Cada uno de estos volúmenes reúne un conjunto variado de materiales (crónicas, discursos, imágenes, correspondencia) que bien pueden aprovecharse como punto de partida para investigaciones sobre dichos temas.

El Boletín como portavoz de una “cultura policial”

El esfuerzo que significó para la prefectura mantener el BPS durante tantos años, sin recibir subvención estatal o municipal alguna, ciertamente debe ser reconocido. Nos permite contar con una documentación que cubre 24 de los 29 años en que operó la Policía Fiscal de Santiago y subsanar –en parte– la ausencia de un archivo policial para el período.

La riqueza como fuente histórica de estas miles de páginas es apreciable, en la medida que visibilizan a un actor crucial de la república oligárquica, colocado como dique de contención en los conflictos entre el capital y el trabajo y responsable de la persecución del crimen que alcanzaba magnitudes alarmantes. Del mismo modo, revelan la diversificación de sus funciones y la cristalización de una particular doctrina policial. En esta parte final, ya presentadas las características de la revista, quisiera destacar algunos rasgos de la Policía Fiscal que emergen a partir de la revisión del boletín y que se prestan para dialogar con las experiencias de policías contemporáneas del cono sur americano. Concretamente, sugerimos que el boletín condensó una “cultura policial” que se procuró inculcar desde los altos mandos hacia la tropa, conforme se consolidaba un tipo de policía urbana en el país[30].

En el Santiago de fines del siglo XIX, la aversión de la población hacia la policía era un lugar común, cuestión ya ampliamente reconocida en las historias corporativas y refrendada en estudios más recientes[31]. Con el ascenso del prefecto Pinto Concha, la preocupación por revertir la mala imagen pública se constituyó en un asunto de la máxima importancia. Según se resume en el epígrafe de este artículo, la instrucción sería la “base de todo buen servicio policial”, la “válvula reguladora del mayor o menor prestigio de la Institución” y la “palanca principal para conseguir el respeto y la estimación públicas”. El objetivo de crear una verdadera carrera policial iba de la mano del gran desafío de cambiar las percepciones sociales sobre la policía. En este afán, el boletín jugaría un papel estratégico.

La entusiasta recepción del primer número del BPS, como lo ilustra el comentario que le dedicó Enrique Firstenheim, colaborador de la revista La Ilustración Militar, es bien elocuente respecto a las esperanzas cifradas en lo que podría lograrse en ese sentido con la nueva publicación:

Cesarán entonces esas constantes luchas que sostenía ya con la sociedad misma, ya con la prensa, su eterna fiscalizadora (erróneamente informada muchas veces) y en fin, concluirá también el trato y roce con aquellos pacos rudos…, para dejar lugar al obrero instruido, perfectamente impuesto de sus obligaciones y preparado para tratar con la sociedad, su implacable enemiga que tanto ha despreciado y vejado al infortunado paco, desgraciada víctima y esclavo de su deber[32].

No puede pasarse por alto la referencia a una lucha, más todavía, a una “implacable enemistad”, entre la policía y la sociedad. En este contexto, la cúpula policial pretendió asociar el BPS al comienzo de una nueva era. Atrás quedaría un pasado signado por la inercia organizativa, la pobreza material y la imposibilidad de atraer a sus filas a hombres aptos para el servicio, con auténtica vocación policial. La sola existencia de una revista instructiva, que simplemente no entraría en polémicas con la prensa que la fustigaba, se visualizó como un paso gigantesco para ir superando los antagonismos, dejar en el olvido a los “pacos rudos” y reemplazarlos por “obreros” debidamente preparados para realizar su trabajo con cuerpo y alma.

Como voz corporativa y oficial, expresión de esta nueva sensibilidad, el BPS se encargó de realzar los actos heroicos protagonizados por sus miembros, homenajeó sentidamente a los mártires y se esforzó por demostrar el importante papel que la policía estaba cumpliendo en una ciudad cada vez más difícil de gestionar[33]. Presentó los retratos, necrologías y panegíricos de los altos jefes, sin pronunciarse en lo más mínimo en momentos de fuertes cuestionamientos, como los del año 1916 cuando el jefe de la sección de seguridad, subprefecto Eugenio Castro, y varios de sus colaboradores más estrechos fueron acusados de múltiples delitos[34]. En cambio, los guardianes dirigiendo el tránsito, salvando vidas o pereciendo en servicio, preocupados de los niños abandonados, protegiendo animales, enfrentando a malhechores o celebrando la “pascua policial” llenaban las páginas, con el ánimo de reflejar la cara más amable de la policía de Santiago.

Este lavado de imagen conllevó el ocultamiento de las tensiones internas y una férrea censura de los reclamos de la tropa. Leyendo el BPS a contrapelo encontramos durante todo el período alusiones camufladas a los “reclamos del personal”, así como reprensiones y órdenes del día que condenaban duramente a quienes a través de “comunicaciones anónimas” o “representaciones personales y colectivas” osaban criticar a sus superiores o a las autoridades del país. La reiteración de las prohibiciones es un claro indicio de conflictos internos latentes y a ratos incontrolables, que erosionaban la confianza en la policía[35]. Al mismo tiempo, nos recuerdan que el boletín proyectó ante todo los ideales de la prefectura, muy lejanos de las experiencias y la cultura de los guardianes[36].

La renovación policial impulsada por la dirección del cuerpo se nutrió del creciente intercambio con sus pares sudamericanas. Una vez más hay que resaltar el tesón del prefecto Pinto Concha quien, en su calidad de profundo admirador del desarrollo de la policía de Buenos Aires, se preocupó personalmente de estrechar los lazos con aquella. El BPS dio cuenta de estos acercamientos, sobre todo en sus primeros años[37]. En esta etapa se reprodujeron también algunos artículos aparecidos en la Revista de Policía de Buenos Aires y se informó con cierta regularidad de noticias relevantes acontecidas en la policía de dicha ciudad. Las loas fueron correspondidas, según se aprecia en las reseñas publicadas en Argentina con motivo de la aparición del primer número del BPS[38]. Tiempo después, en una nota de octubre de 1918, la principal revista policial bonaerense aludió a la “cultura policial en Chile”, destacando las revistas existentes y los mutuos intercambios[39].

Siempre en el espacio latinoamericano, hallamos referencias a canjes con los siguientes órganos policiales: Revista de Policía de Buenos Aires, Revista Policial de Río de Janeiro, Revista de la Policía de Asunción, Boletín de la Policía de la Plata y Gaceta de Policía de México. De alguna manera, esta red de revistas ofrece pistas sobre el posicionamiento de las fuerzas de policía en el espacio público de sus respectivos países, así como de la adopción de estrategias comunes para enfrentar el delito y administrar el orden en las ciudades. Sería importante comenzar a desarrollar más sistemáticamente investigaciones comparativas que nos permitan evaluar el alcance de estos flujos y colaboraciones, tal cual se ha estudiado, por ejemplo, a propósito de la introducción de los sistemas de identificación[40]. En nuestro caso, es llamativo que después de 1910 las alusiones a policías extranjeras prácticamente desaparecieron del boletín.

Los responsables del BPS se esforzaron por cimentar una identidad corporativa, mediante la recopilación de documentos para la historia de la policía chilena. Fue en sus páginas donde se publicaron los primeros aprontes de la historia institucional que más adelante serían retomados y profundizados por otros autores. El comisario Oscar Gacitúa fue el pionero con su texto “La Policía de Santiago. Antecedentes históricos”, elaborado en base al archivo de la prefectura que en la década de 1930 sería incinerado. La serie se publicó de manera discontinua entre 1903 y 1905 y se centra básicamente en el período que va desde 1811 hasta la década de 1870, presentando documentos y reglamentos que atestiguaban la trayectoria de la policía en Chile. Terminó abruptamente y nunca se dio una explicación[41].

Robinson Bascur también publicó un escrito titulado “Estudio sobre Policías”, que luego fue editado en el marco de la “Biblioteca del Boletín de la Policía”[42]. Mencionemos por último la conferencia leída por el comisario Leopoldo Valenzuela el 22 de mayo de 1913, con motivo de la celebración del Centenario de la Policía de Santiago, donde ofreció una “síntesis histórica” en base a archivos y a los escritos de Gacitúa y Bascur[43]. Todos estos materiales sirvieron luego a Oscar Honorato y Waldo Urzúa, colaboradores habituales del boletín, para elaborar su Álbum gráfico de la Policía de Santiago, publicado en 1922, que bien representa el nacimiento de la historiografía policial en Chile[44].

En su conjunto, el BPS puede leerse como el vocero de la prefectura en tanto productora de una cultura policial, preocupada por su imagen pública, hermética hacia adentro, inserta en redes policiales regionales y forjadora de una identidad desmarcada de las policías comunales, los carabineros o los militares sobre los cuales prácticamente no aparece información en la revista. El núcleo más activo en la selección de los contenidos estuvo precisamente conformado por un grupo de funcionarios que, bajo el aura de Pinto Concha, hizo carrera dentro de la Policía Fiscal. Jefes como Julio Bustamante (quien en 1922 se convirtió en el primer prefecto no proveniente del ejército), Rudecindo Gómez (primer director de la Escuela Policial, la que lideró por más de quince años, e impulsor de los ejercicios físicos en las comisarías), Luis Fleck (el campeón nacional e instructor de esgrima que en 1919 llegara a subprefecto, poco antes de fallecer a los 46 años) u Oscar Honorato C. (secretario de la prefectura entre 1911 y 1924), encarnaron esta cultura policial, orgullosa de los logros en materia de instrucción del personal e infraestructura y optimista de cara al futuro[45].

El boletín, en definitiva, es el portador del discurso de una generación de oficiales que enriquece las posibilidades para analizar las primeras décadas del siglo XX desde una perspectiva original y poco explorada. Futuras investigaciones tendrán que ponderar en qué medida esta visión correspondió a la realidad, cruzando datos y develando otras miradas. Pero como sea, el BPS es un recurso al que los estudiosos de la policía chilena necesariamente tendrán que acudir.


  1. El artículo se realizó en el marco del proyecto FONDECYT N.1130623. Agradezco especialmente a Paulina Acharán y a Cristián Palacios por su trabajo de revisión del Boletín de la Policía de Santiago.
  2. El esquema más sistematizado de este triple proceso de estructuración de fuerzas policiales hacia finales del siglo XIX está en Diego Miranda Becerra, Un siglo de evolución policial: de Portales a Ibáñez, Santiago, Instituto Superior de Ciencias Policiales/Departamento de Estudios Históricos, 1997 (segunda edición revisada, Santiago, Carabineros de Chile, 2006). Véase la Tercera Parte.
  3. El único caso de una policía fiscal que ha sido estudiado monográficamente es el de Valparaíso. Véase Vania Cárdenas, El orden gañán. Historia social de la policía, Valparaíso 1896-1920, Concepción, Ediciones Escaparate, 2013. Sobre la de Santiago se ofrecen indicios en Jorge Rojas y Gonzalo Rojas, “En búsqueda de una definición: notas para el estudio de la policía y los trabajadores durante el gobierno de Alessandri (1920-1924)”, Boletín de Historia y Geografía, n. 14, Santiago, Instituto de Estudios Superiores Blas Cañas, 1998.
  4. En Chile está pendiente un estudio que se ocupe a fondo de los contenidos del concepto “militarización” y su pertinencia para explicar los vaivenes de los cuerpos policiales urbanos durante el siglo XIX.
  5. Waldo Urzúa, Las instituciones policiales en Chile, Santiago, Imprenta Carabineros de Chile, 1936, p.143. Agrega este autor: “Al recibirse de la policía, era ésta solamente un cuerpo armado para infundir temor y perseguir a los delincuentes; él la encauzó por el sendero de su verdadera misión: guardar y defender la ciudad, prevenir los delitos, tutelar las personas y propiedades, por medios correctos y conciliadores sin dejar de ser enérgico”. (p.168)
  6. Este “Centro de Retirados de las Policías de la República” obtuvo personalidad jurídica en 1915 y fue también designado como “Sociedad Pinto Concha”. En 1922 impulsó una masiva romería a la tumba del ex-prefecto. BPS, n.241, julio de 1922, p. 215-224. Véase, igualmente, Oscar Honorato y Waldo Urzúa, Álbum gráfico de la Policía de Santiago, Santiago, 1922, p.297.
  7. “La imprenta para la policía”, BPS, n.1, enero de 1901, p.11-16. Honorato y Urzúa, op.cit., p.257-259, que incluye una fotografía de la imprenta.
  8. En los artículos “Un año de labor”, BPS, n.7, enero de 1902, p.1-4 y “Artículo de la Dirección”, BPS, n.24, diciembre de 1904, p.629-623 se realizan balances optimistas sobre esta primera etapa del boletín.
  9. “Crónica. La imprenta del ‘Boletín’”, BPS, n.30, junio de 1905, p.540-541. Los horarios aparecen en “Imprenta de la Prefectura”, Orden del día, 5 de diciembre de 1916, BPS, n.175, enero de 1917, p.12.
  10. “Publicación quincenal del Boletín”, BPS, n.43, julio de 1906, p.434-436. En la nota se afirma que el BPS “…ha podido presentarse sin el menor desmedro, al lado de las publicaciones similares que aparecen en otros países, señaladamente ante las cultivadas revistas bonaerenses y uruguayas, protegidas allí con munificencia por la acción oficial y particular, y en más de una ocasión ha merecido el honor de que sus artículos sean reproducidos en esas mismas revistas o en la prensa diaria de nuestro país con notas sumamente lisonjeras para su progreso”.
  11. Honorato y Urzúa, op. cit., p.259.
  12. Ídem.
  13. “Crónica. La imprenta del Boletín”, BPS, n.30, junio de 1905, p. 541.
  14. “Sueltos. Suscriptores al Boletín”, BPS, n.43, 15 de julio de 1906, p.483-485 y BPS, n.44, 31 de julio de 1906, p.513.
  15. “A las Prefecturas provinciales”, BPS, n.43, julio de 1906, p.479-480.
  16. Sobre la aparición de El Centinela de Punta Arenas, BPS, n.25, enero de 1905, p.61. La Revista de la Policía de Valparaíso es analizada por Vania Cárdenas en este mismo libro.
  17. “Crónica. Precio del ‘Boletín’”, BPS, n.218, agosto de 1920, p.289.
  18. Ver, por ejemplo, “Crónica. Suscripciones”, BPS, n.57, marzo de 1907, p.199.
  19. “Editorial”, BPS, n.173, noviembre de 1916, p.297-299.
  20. Véase sobre esta última el artículo “Mi saludo” de Oscar Honorato, BPS, n.194, agosto 1918, p.257-258.
  21. “Dirección y Administración del Boletín”, BPS, n.1, enero de 1901, p.7-10. Entre los once participantes estuvieron Jerónimo Laso (subprefecto), Luis Manuel Rodríguez (secretario de la sección de seguridad), Aurelio Valladares (segundo jefe de la sección de seguridad), los comisarios Guillermo Ávila Money y Rudecindo Gómez, todos de dilatada trayectoria en la policía fiscal. El único civil presente fue el secretario de la intendencia, Eduardo Cisternas.
  22. Gacitúa jubiló de la policía en 1906. Véase sobre su trayectoria, Honorato y Urzúa, op.cit., p.56.
  23. Bascur Rubio fue el redactor entre los n.25 y 49. La expresión entre comillas corresponde a Virgilio Figueroa, Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile, tomo II, Santiago, Balcells y Co., 1928, p.165.
  24. “Editorial” y “Órdenes del Día”, BPS, n.111, septiembre de 1911, p.221 y 236. Los nombrados en 1911 fueron los comisarios Guillermo Ávila Money, Indalicio Cortez y Luis U.Fleck y los subcomisarios Leopoldo Valenzuela y José N. Medina.
  25. Por ejemplo, “Editorial”, BPS, n.111, septiembre de 1911, p.221-222, donde leemos: “Motivo de gran complacencia será para la Dirección, la colaboración del personal en el Boletín de la Policía. […] Abiertas quedan, pues, especialmente para todos los miembros de la Institución, las columnas del Boletín. La Junta Consultiva aceptará todos sus trabajos, reservándose si, el derecho de revisión para publicarlos. […] No estará demás repetir aquí que los temas deben ser únicos; puramente policiales”.
  26. Oscar Gacitúa, “La Policía de Santiago”, BPS, n.17, noviembre de 1903, p.503.
  27. “Editorial: Fin de año”, BPS, n.148/149/150, octubre/noviembre/diciembre de 1914, p.239. Otro ejemplo: “Esta publicación no tiende a otro objeto que a llevar al personal, en una forma sencilla e inteligible, todos aquellos conocimientos que le son indispensables y que pueden, paulatinamente, ir formando un criterio equilibrado y consciente, capaz de resolver dificultades y de adoptar, en casos determinados, procedimientos que salven cualquier situación”. “Editorial”, BPS, N.112, octubre de 1911, p.270.
  28. Esta sección incluyó artículos sobre el biógrafo, el celuloide, el aire líquido, la carne, la leche, las moscas, la pulga, la pólvora sin humo, entre otros. Ver números 153-162.
  29. La promesa está en “Un año de labor”, BPS, n.7, enero de 1902, p.2.
  30. En cuanto a la noción de “cultura policial”, suscribimos las pertinentes afirmaciones de Diego Galeano en “Caídos en cumplimiento del deber. Notas sobre la construcción del heroísmo policial”, en Diego Galeano y Gregorio Kaminsky (coords.), Mirada (de) uniforme. Historia y crítica de la razón policial, Buenos Aires, Teseo, 2011, p.186-188.
  31. Vania Cárdenas analiza el caso de Valparaíso en “Tras los pasos del ordenamiento policial: oscilaciones en torno a la violencia. Valparaíso 1896-1920”. Sobre las historias corporativas, Daniel Palma, “Una historia en verde: las policías en Chile. Balance y proyecciones”, ambos textos en Revista Historia y Justicia, N.2, Santiago, 2014. http://revista.historiayjusticia.org/dossier/apuntes-para-una-historia-social-y-politica-de-las-policias-en-chile/
  32. “El Boletín ante la Prensa”, BPS, n.2, marzo de 1901, p.312.
  33. Sobre estas cuestiones, véase la aproximación de Galeano a la policía de Buenos Aires en op.cit., p.185-219.
  34. Al respecto, Roberto Mario (seudónimo de Carlos Pinto Durán), La corrupción de la Policía Secreta de Santiago, Santiago, Imprenta América, 1917.
  35. Ver por ejemplo, BPS, n.22, septiembre de 1904, p.427-428; BPS, n.55, enero de 1907, p.23; BPS, n.68, febrero de 1908, p.63; BPS, n.208, octubre de 1919, p.327-328; BPS, n.235/236, enero/febrero de 1922, p.5-6 y 7-8; BPS, n.254, agosto 1923, p.287-288.
  36. A una conclusión similar arriba Marcos Bretas en el capítulo de este volumen.
  37. Algunos ejemplos: “En Buenos Aires. Confraternidad chileno-argentina. La policía”, BPS, n.16, septiembre de 1903; “Cambio de notas entre Beazley y Pinto”, BPS, n.17, noviembre de 1903; “Comisaría de Investigaciones de la Policía de Buenos Aires. Organización y funciones”, BPS, n.26, febrero de 1905; “Proyecto de Código de Policía Argentino”, BPS, n.28 y 29, abril y mayo de 1905; “El prefecto de policía de la capital chilena. Su visita a la Plata”, BPS, n.40, abril de 1906; “A través del viaje. Carta de a bordo” [de Luis Manuel Rodríguez narrando su viaje junto a Pinto Concha por la región del Plata], BPS, n.43, julio de 1906.
  38. La Revista de Policía de Buenos Aires y el diario La Tribuna dedicaron sendos comentarios en febrero de 1901, reproducidos en “El Boletín ante la Prensa”, BPS, n.2, marzo de 1901, p.303-309.
  39. “La cultura policial en Chile”, Revista de Policía, Nº 489, Buenos Aires, 16 de octubre de 1918, p. 475-476. En la nota se incluye una interesante carta por la cual los redactores de la revista El Aspirante demostraban su admiración a la policía de Buenos Aires y solicitaban un canje de revistas. Agradezco esta referencia a Diego Galeano.
  40. Mercedes García Ferrari y Diego Galeano, “Cartografía del bertillonage. Circuitos de difusión, usos y resistencias al sistema antropométrico en América Latina”, en Daniel Palma Alvarado (ed.), Delincuentes, policías y justicias. América Latina, siglos XIX-XX, Santiago, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2015, p.279-311.
  41. Oscar Gacitúa, “La Policía de Santiago”, BPS, n.16 (septiembre de 1903), 17, 18, 24, 25, 26, 27, 29, 31, 32 y 33 (septiembre de 1905).
  42. Robinson Bascur, “Estudio sobre Policías”, BPS, n.25 y 26, enero y febrero de 1905.
  43. La conferencia de Valenzuela está en BPS, n.131, mayo de 1913, p.148-176.
  44. Una opinión sobre este álbum en BPS, n.244, octubre de 1922, p.345-347. Véase también Palma, op.cit., p.5.
  45. Un artículo que resume de manera notable esta sensación: “La Policía evoluciona”, BPS, n.250, abril de 1923, p.127-130.


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