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2 En búsqueda del vigilante lector

Cuatro décadas de la Revista de Policía
(Buenos Aires, 1897-1939)

Mercedes García Ferrari y Diego Galeano

Introducción

“La historia de la policía aún no se ha escrito”, decía en 1911 el comisario Leopoldo López al presentar su Reseña Histórica de la Policía de Buenos Aires.[1] Era una verdad a medias. Es cierto que se trataba del primer libro dedicado íntegramente a la historia de la policía en la Argentina. Sin embargo, otros relatos históricos de menor aliento habían sido publicados antes en las revistas policiales. El círculo de historiadores de la policía que iría consolidándose a lo largo del siglo XX mantuvo una relación de gran intimidad con esas revistas, erigidas en el espacio por excelencia de escritura del mundo policial de Buenos Aires. A comienzos de los años 1870, el fundador de la primera de esas revistas, Daniel Flores Belfort, fue quien tomó la delantera con la publicación de un artículo titulado “Historia Policial”, que inauguraba, de alguna manera, una larga saga que llega hasta nuestros días.[2]

Las posteriores revistas policiales porteñas continuaron alimentando esa narrativa historiográfica, mientras se convertían ellas mismas, a través del registro minucioso de la vida institucional, en un documento que serviría de base para la edificación de los libros posteriores al de López: la Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires (1935) del comisario Ramón Cortés Conde, Antiguos servicios policiales (1939) del Comisario Inspector Francisco Romay, los cinco volúmenes de la Historia de la Policía Federal Argentina (1963-1966) del mismo autor y los dos tomos que, de esa obra, publicó Adolfo Rodríguez (1975-1978).

Esos libros reproducían con profusión informaciones e imágenes obtenidas de las revistas policiales, en particular de su serie más longeva: la Revista de Policía fundada en 1897 y publicada casi sin interrupciones hasta 1939. Leopoldo López fue uno de sus principales colaboradores y se convirtió, hacia 1918, en su director. Francisco Romay fue el último de sus directores y, desde las páginas de la revista, polemizaba sobre historia policial con Ramón Cortés Conde, quien dirigía el Magazine Policial. Todos ellos formaban parte del círculo de comisarios ilustrados que, entre el último cuarto del siglo XIX y la primera mitad del XX, dieron forma a las principales manifestaciones de la cultura escrita de la policía porteña: revistas, anotaciones de viaje, memorias, cuentos, libros de historia.

La Revista de Policía fue, durante muchos años, el principal espacio de expresión de esos policías escritores. Recorrer sus millares de páginas y decenas de tomos es una manera de aproximarse a la perspectiva esos comisarios y de otros policías de alto rango, pero también revela aspectos fundamentales de la interacción con los agentes subalternos. La voz de los vigilantes, cabos y sargentos de la Policía de la Capital, es decir, de la tropa de calle, tenía su espacio en la sección de Correo. Aunque mediada por la selección y edición de los directores de la revista, esa sección ofrece un punto de observación de las demandas, inquietudes y expectativas de los agentes que ocupaban los escalones más bajos de la pirámide policial. Preguntarse por esas voces es una forma de indagar la compleja trama de negociaciones entre los productores de la revista y sus lectores, que en gran medida eran –como intentaremos demostrar– policías del personal de calle. La Revista de Policía se construyó a sí misma en la búsqueda de un vigilante lector que, en gran medida, contribuyó a modelar.

Las huellas de esas prácticas de lectura fuera de las páginas de la revista son ciertamente escasas. Pero una mirada atenta de las diversas secciones que organizan su contenido, del sistema de ventas y distribución, de las decisiones estéticas en la reproducción de imágenes y en los avisos publicitarios, revelan pistas sobre el público al que estaba dirigida. El volumen de sus casi mil números exige, sin dudas, de un estudio de más largo aliento: los tomos encuadernados se conservan en la Biblioteca Nacional y en el Centro de Estudios Histórico-Policiales de la Policía Federal Argentina, donde los hemos consultado. Inclusive, este capítulo recupera notas marginales y anotaciones que se encuentran en ambas colecciones, en la búsqueda de algunas respuestas acerca de su público lector. Ante todo, se ofrece aquí una historia interna de la revista, que privilegia periodizaciones propias, vinculadas a la manera en que la publicación se producía, distribuía y consumía.

Aunque se sigue un cierto orden cronológico, las continuidades y rupturas poco tienen que ver con los tiempos del mundo de la política y de las jefaturas de policía. En su lugar, identificamos tres etapas: la primera, entre 1897 y 1904, corresponde a sus años formativos, en los que sus editores buscaron darle un perfil diferente al de las revistas policiales anteriores; la segunda, entre 1905 y 1916, abarca un ciclo en el cual la revista se tornó una publicación semi-oficial orientada a la instrucción del personal de tropa; y, por último, luego de un interregno en 1917, inicia una tercera fase que se extiende desde 1918 hasta 1939, en la que deja de ser parcialmente financiada por la jefatura de policía y enfrenta, por lo tanto, el desafío de mantener a sus viejos lectores y captar otros lectores nuevos.

La formación de una revista

El primer día del mes de junio de 1897 salió a la calle la Revista de Policía, dirigida por los comisarios Antonio Ballvé y José Cesario. Como en las experiencias anteriores de las décadas de 1870 y 1880, los editores de la revista formaban parte del comisariato porteño, altos funcionarios que habían hecho carrera dentro de la institución y que tenían una fuerte identificación con lo que más tarde se llamaría “familia policial”. Ballvé había ingresado a la Policía de la Capital en 1885 con un puesto de escribiente y fue escalando posiciones hasta convertirse en comisario. En 1902 estaba al frente de la importantísima Comisaría 1º cuando el jefe de policía, Francisco Beazley, lo designó en el cargo de Secretario General. Dejó la policía en octubre de 1904 para hacerse cargo de la dirección de la Penitenciaría Nacional, donde permaneció hasta su muerte en 1909.[3] Por su parte, Cesario siguió una trayectoria parecida: entró a la institución como meritorio en 1882, ascendió a oficial principal en 1887, luego a comisario auxiliar un año después, hasta lograr el preciado cargo de comisario en 1893. Tardó un poco más que su colega Ballvé en llegar a un puesto jerárquico en el Departamento Central: en 1912 asumió como Inspector General y al año siguiente se convirtió en el Comisario de Órdenes, hasta jubilarse en febrero de 1916. Murió dos décadas más tarde.[4]

Ballvé y Cesario eran, entonces, comisarios de carrera que habían acompañado a la Policía de la Capital desde sus primeros pasos en los años 1880. También lo eran algunos de los redactores que escribieron en los primeros años de la revista, firmando las notas con sus nombres o utilizando distintos seudónimos. Muchos de ellos habían participado antes en la construcción de la revista de 1888, de la cual Ballvé llegó a ser también director. Impulsada por este grupo de comisarios que enviaron a los miembros de la institución una circular explicando el proyecto, la idea de una nueva revista fue tomando forma durante la jefatura de Beazley. No se presentaba como la conquista de un espacio desconocido, ni la fundación ex nihilo de una inédita publicación policial. Al contrario, se apostaba a recuperar el linaje de revistas previas, intermitentes por los vaivenes políticos del país y de la ciudad, la última de las cuales había desaparecido en medio de las turbulencias de la Revolución de 1890.[5] El propio Ballvé estaba allí para garantizar la persistencia del legado, aunque la continuidad no era apenas una cuestión de nombres sino también de conceptos.

Tres de las intenciones que vertebraban el campo de las revistas policiales porteñas desde la década de 1870 eran recuperadas como parte esencial del programa. En primer lugar, el impulso corporativo de contar con un “órgano de publicidad” de la policía, capaz de fomentar el “espíritu de unión” y defender “los intereses de sus miembros”. En segundo lugar, la necesidad de cubrir el espacio siempre vacío de la instrucción del personal, de los subalternos que entraban a la policía sin ninguna instancia formal de aprendizaje del oficio. El periódico era visto, en ese sentido, como un “texto de enseñanza para los empleados y para los agentes”. Por último, y en tercer lugar, se defendía el sentido de una revista como “tribuna abierta”, capaz de hacerle lugar a “todos los pensamientos y todas las controversias”, como de hecho había sucedido en las experiencias anteriores.[6]

La primera dimensión se reflejaba en el subtítulo que la revista mantuvo a lo largo de cuatro décadas: “órgano de los intereses generales de la institución policial”. Cada editorial que celebraba un nuevo aniversario de la publicación buscaba reafirmar esa idea de defensa de intereses como parte del núcleo duro de la revista. El compromiso corporativo anclaba, por un lado, en el fomento del mutualismo policial. Por ejemplo, la revista organizaba colectas para ayudar a familiares de policías caídos en desgracia. Además, desde el segundo número, que se iniciaba con un retrato litográfico del subcomisario Juan Correa, “víctima del deber”, hasta los últimos ejemplares de los años 1930, la revista dedicó secciones específicas a los policías muertos en servicio, en las cuales los discursos fúnebres se sumaban a relatos sobre viudas desconsoladas y niños que quedaban huérfanos.[7]

Junto al espacio dedicado a los caídos y al socorro mutuo, el gesto corporativo se expresaba asimismo en la preocupación por llevar los intereses de los policías de carrera y la voz de los comisarios hasta la jefatura de policía, que era el lugar donde lo policial se conectaba con lo político. En un balance del primer semestre, los editores se jactaban de haber conseguido, “por medio de la propaganda”, propiciar diversas resoluciones superiores del jefe, que oficializaban iniciativas surgidas de las páginas de la revista: una disposición sobre el descanso en las guardias de los subcomisarios, un reglamento de premios y recompensas, otro de ascensos y exámenes.[8] En esos primeros años, la relación con la jefatura de Beazley fue de gran afinidad y cercanía. La revista participaba activamente en las actividades del Departamento de Policía (de hecho, su dirección administrativa tenía lugar físico en la Casa Central), incidía en su devenir cotidiano, provocaba cambios e intercedía en conflictos. Los propios editores reconocían que la publicación estaba íntimamente ligada “a los azares de la vida” de la policía y era, al mismo tiempo, “el signo más característico de sus progresos, que refleja, comenta y expande”.[9] Poco después del alejamiento de Beazley de la jefatura en 1904, un editorial de los directores resumía los numerosos logros de la revista, las iniciativas que habían salido de sus páginas y se habían materializado en cambios institucionales: una serie de conferencias semanales a los empleados de policía, la edición del Manual de instrucción para cabos, vigilantes y sargentos, escrito por Ballvé y “declarado texto oficial como cartilla de primera enseñanza policial”.[10]

La instrucción de los agentes de calle y del personal superior era otro de los objetivos vertebrales de la revista. Muchas notas reproducían edictos y disposiciones de policía que, por algún motivo, la jefatura creía conveniente recordar a los vigilantes. También se dedicaban textos a analizar capítulos específicos del Código Penal, traduciéndolos a un lenguaje más llano “para ilustrar el juicio de los empleados de policía”.[11] Esas columnas pedagógicas se complementaban con un dispositivo de consultas que se respondían en la sección Correo. Los agentes subalternos escribían cartas a la dirección, la mayoría con consultas sobre el oficio, dudas sobre la manera de punir contravenciones, aplicar multas o conducir presos a las comisarías e inclusive perplejidades más profundas como la del Cabo Arrieta, al que los editores mandaron a consultar el Manual “para contestar correctamente las preguntas que formula sobre el significado de la palabra policía y sobre cuál es su misión en la sociedad”.[12] Pero las cartas recibidas por la dirección también canalizaban demandas y protestas de los subalternos: pedidos para abrir nuevos concursos, quejas sobre el atraso en el pago de sueldos y sobre el trato abusivo de los superiores. Por eso muchas de las cartas recibidas eran anónimas, firmadas con iniciales o seudónimos: “Recluta”, “Un Oficial Auxiliar”, “Agente”, “Un Cabo”, “Un suscriptor”. No siempre esas consultas eran respondidas con cordialidad y simpatía. Preguntas que “carecían de todo fundamento”, “preocupaciones tontas” y “conceptos falsos”, eran contestaciones habituales.

Por último, el tercer rasgo de la revista que tomó forma en los primeros años y se mantuvo –no sin cambios– hasta el final fue su condición de tribuna de opiniones. El jurista Andrés Baires aplaudía los logros de la publicación y los contrastaba con los de su antecesora Revista de la Policía de la Capital. La principal virtud residía en haber eludido el “doble error” del carácter oficial y de la suscripción obligatoria, que le habían hecho perder a la anterior “uno de los atributos más importantes y necesarios de la prensa moderna”, o sea, la emancipación de la “tutela del poder” y la relación cotidiana con un público a través de la venta de números por separado.[13] En efecto, la revista se vendía a cincuenta centavos el número suelto, precio elevado para las publicaciones periódicas de la época si se tiene en cuenta que, hacia 1900, los diarios de circulación masiva (La Nación, La Prensa) costaban menos de diez centavos, mientras que la prensa obrera anarquista y socialista (La Vanguardia, La Protesta Humana) se vendía a veinte centavos, lo mismo que la más famosa revista ilustrada de la época, Caras y Caretas. La publicación era, por lo tanto, costosa para un policía que quisiera comprarla como número suelto. Sin embargo, el sistema de suscripción mensual, que se abonaba trimestralmente, hacía una distinción entre el público general (ochenta centavos por mes), y los agentes policiales, que podían adquirir por treinta centavos al mes una versión en papel de menor calidad. Comparado con la suscripción anual de Caras y Caretas, que costaba nueve pesos, los agentes subalternos terminaban pagando –en promedio de cada ejemplar– menos de la mitad por su suscripción a la Revista de Policía.

Junto con el sistema de distribución característico de la primera etapa, la Revista de Policía incluyó publicidades desde sus comienzos. Distintos autores señalan que hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX la publicidad cobró importancia en la Argentina. Si bien los avisos comerciales no constituían una novedad y ya se incluían en los periódicos desde la colonia –generalmente en la última página– para acercar a los lectores información sobre las tiendas donde adquirir determinados productos, en el cambio de siglo se comenzó a consolidar la práctica de la publicidad por marcas dirigida a un mercado nacional. A partir de 1890 los avisos publicitarios aumentaron tanto su participación en los materiales impresos como su tamaño. El diseño, por su parte, ganó sofisticación e ilustraciones.[14]

Cada número de la revista estaba encuadernado con una tapa y contratapa de papel de color variable, generalmente rosa o celeste, y en la parte interna de la tapa se ubicaban los anuncios. A juzgar por los frecuentes espacios vacíos en la página publicitaria, no fue tarea sencilla conseguir anunciantes. De todos modos, se trataba de una publicación que aseguraba un público con contornos bien definidos: en el cambio de siglo la tropa policial osciló entre unos tres mil y cuatro mil agentes de calle, todos ellos hombres en edad productiva y con un salario bajo, pero fijo y seguro.[15] Por eso, abundaban las ofertas de descuentos y ventas en mensualidades exclusivas para empleados de policía. Probablemente esta característica permitió que con los años se estabilizara la presencia de anuncios publicitarios.

Una mirada de conjunto de esos anuncios muestra que, en gran medida, seguían las peculiaridades de la publicidad de su época: se concentraban en productos de consumo masivo que comenzaban a producirse industrialmente. Una combinación de artículos conocidos que ahora se podían adquirir en el mercado a bajo precio con otros productos y servicios novedosos que se integraban al consumo cotidiano de sectores medios y bajos. Vestimenta, alimentos semielaborados, muebles, colchones, yerba, té, lácteos, cigarrillos y bebidas alcohólicas se mezclaban con pompas fúnebres, curas milagrosas para la embriaguez, parches eléctricos y luces incandescentes. Junto con estas ofertas, que poco se diferenciaban de los anuncios en otras publicaciones, también abundaron las publicidades específicamente dirigidas al público policial: armas, municiones “en grandes cantidades”, equipos y provisiones para expediciones, eran algunos productos presentes en los primeros años y que desaparecerían en etapas posteriores de la revista. Hubo también anuncios de servicios bancarios y venta de tierras en mensualidades, lo que parece indicar que algunos funcionarios de policía tenían capacidad de ahorro. Por último, la revista anunciaba sistemáticamente la venta de distintos textos de instrucción policial, estudios legales y el Código Penal que, en algunos casos, los empleados de policía podían adquirir gratuitamente con un vale visado por la dirección de la revista.

El sistema de suscripción de los primeros años de existencia de la Revista de Policía tuvo influencia en la ambición estética y el contenido visual. El primer número anunciaba que en sus páginas se incluirían “ilustraciones” además de “estudio, enseñanza, crítica”[16], lo que indicaba su intención de apelar a los lectores en tanto agentes de policía, pero también como consumidores de revistas ilustradas en el naciente mercado de magazines. Si bien mirada en su conjunto esta publicación hizo un uso reducido de imágenes, en los primeros años los editores destacaron su pretensión “artística”. La inclusión de imágenes generalmente cumplía la función de homenajear a agentes caídos en cumplimiento del deber, difuntos, jubilados, funcionarios del Departamento de Policía e, incluso, algunos extranjeros. Entre 1897 y 1904, entonces, tomó forma una modalidad de uso de imágenes que apuntaba a reforzar la construcción institucional, centrándose en las figuras de los caídos en cumplimiento del deber y de los funcionarios policiales a través de retratos fotográficos. En cambio, pocas imágenes aludían a la actividad institucional y casi nunca se representaba visualmente el vínculo entre policía y sociedad. Tampoco se reprodujeron en sus páginas los retratos fotográficos de delincuentes que se producían cotidianamente en las oficinas policiales.[17]

Más allá de estas características de largo plazo, el uso de imágenes tuvo ciertas inflexiones en distintos momentos. En sus primeros años, por ejemplo, hubo un énfasis marcado en la representación visual del vínculo con las policías extranjeras. El viaje de Beazley a Río de Janeiro en 1899 y la visita de una delegación policial chilena en 1903 fueron, en ese sentido, objeto de una cobertura visual importante.[18] Sin duda, resultó excepcional el gran despliegue visual que acompañó la presentación de la memoria institucional de 1901. En febrero de 1902 la revista publicó una nota profusamente ilustrada con imágenes del Departamento Central de Policía, el Museo de Policía, integrantes de la institución con sus uniformes característicos para distintas ocasiones, varias imágenes del cuerpo de bomberos y sus modernos equipamientos.[19] Este tipo de notas serían muy escasas en lo sucesivo y, como veremos, se utilizaron más adelante para ilustrar el pasado institucional y, en menor medida, para dar cuenta de sus progresos actuales.

Si bien hubo cierto aporte de los anunciantes, fueron los lectores policiales quienes parecen haber sostenido la revista en sus primeros años, como sugerían sus editores al celebrar el sexto aniversario, lo que ya superaba en duración a todas las revistas policiales anteriores. Los directores destacaban “el apoyo, moral y material, del personal entero de la policía, sin distinción de grados ni de jerarquías”.[20] Todo ese personal tenía la posibilidad de ver su voz plasmada en la revista, por diversas vías. Era posible enviar notas de opinión, que eran publicadas con nombre o seudónimo. Muchas de esas notas generaban polémicas en torno a diversos aspectos del oficio policial; discusiones que se extendían por varios números con respuestas y contra-respuestas. En esta etapa formativa de la revista, imperaban la polifonía, las discusiones acaloradas y las discrepancias (muchas veces con políticas de la propia jefatura), que habían caracterizado también a las revistas de las décadas de 1870 y 1880.

De esa tribuna participaba una pléyade de policías escritores que habían entrado a la institución siendo muy jóvenes. Según el policía bonaerense Alberto Cortina, en la capital había “una cantidad de empleados ingresados cuando niños, que no han salido más, que no han hecho otra cosa en su vida que ocuparse de policía”. Esos “vigilantes sin chapa”, como les llamaba, representaban “lo mejor de la juventud metropolitana”. Algunos continuaban en la policía, como José Cesario, otros como Antonio Ballvé habían “cambiado de jaula”, mientras que un grupo numeroso (Carlos Olivera, Eduardo Sáenz, Mariano de la Riestra, Carlos Monsalve) se habían hecho legisladores, periodistas y poetas “que casi no deberíamos ni nombrar por haber cambiado de jaula”.[21] Las estrechas relaciones con el periodismo y el mundo de las letras de Buenos Aires le daban, a muchos de estos policías escritores, un cierto margen de autonomía para sostener una revista que no escatimaba en críticas a la institución. Es por eso que las transformaciones que se precipitaron hacia fines de 1904, con el primer cambio de jefatura atravesado por la revista, fueron percibidos por muchos como una amenaza a ese espacio conquistado de libre expresión.

“Gratis para la tropa”

En diciembre de 1904 hubo un golpe de timón en el sistema de ventas y distribución. Mientras el número suelto se mantuvo en cincuenta centavos, la antigua “suscripción común” de ochenta centavos mensual pasó a aplicarse a “empleados de policía y particulares”, mientras que los agentes subalternos (que antes pagaban una suscripción especial de treinta centavos) comenzaron a recibir la revista en forma gratuita, “distribuida por la policía”. Un editorial explicaba que se trató de una iniciativa del sucesor de Beazley, el coronel Fraga, quien reconoció a la revista su función de “enseñanza profesional” para el personal subalterno. La publicación pasaba a ser, de este modo, “órgano oficial de la institución”, pero sus editores prometían que en el futuro no iban a quedar, por esa causa, “excluidas de sus columnas las controversias razonables sobre temas profesionales o administrativos”. Se buscaba así, mantener el carácter de tribuna de opinión, “sin otras limitaciones que las que impone la cultura del lenguaje y el respeto”.[22] Aunque con la intención de conjurarla, esta aclaración reafirmaba la vigencia de la idea de un lazo umbilical entre el sistema de financiamiento de la revista y los márgenes de libertad en sus contenidos.

De este modo, a partir de 1905 cada comisaría pasó a recibir un cierto número de ejemplares de la revista, que se distribuían entre los agentes subalternos (cabos, vigilantes y sargentos) que supieran leer y escribir. Los empleados superiores interesados en la publicación, “del escribiente para arriba”, debían pagar la suscripción de ochenta centavos, aunque no eran obligados a hacerlo. Ese sistema se mantuvo, con los mismos precios, desde diciembre de 1904 hasta diciembre de 1916. En la Memoria del Departamento de Policía de 1912 se explicaba que personal subalterno era “obsequiado con la antigua Revista de Policía”, publicación que formaba, con sus volúmenes encuadernados, “un bagaje provechoso para el personal que se dedica al estudio de los asuntos policiales”.[23]

La reforma en el sistema de ventas y distribución estuvo acompañada de otros cambios: la revista que, salvo números excepcionales, rondaba las dieciséis páginas, fue reducida a la mitad. Uno de los efectos más significativos de ese cambio interno se registró en la sección Correo, que pasó a ser más esporádica desde 1905, restringiendo mucho el principal espacio de interlocución con sus lectores subalternos. Otros lectores más sofisticados continuaron teniendo voz en la “tribuna libre”, que les permitía publicar cartas con opiniones a menudo contrarias a la dirección de la revista, aunque los editores siempre se reservaban al derecho de réplica.

Aunque no es sencillo reconstruir datos sobre la tirada de la revista, parece claro que en estos años sus lectores excedían las filas policiales. La colección que actualmente se preserva en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional fue formada a partir de la adquisición de los números en el mismo momento en que eran publicados. En el volumen de 1908, una nota de la dirección de la biblioteca (firmada el 29 de septiembre de ese año) aclara que el número 216 no había sido encuadernado en el tomo “por no haberse recibido y hallarse agotado en el momento que se formuló el respectivo reclamo”. Dos años antes, un redactor del diario socialista La Vanguardia, periódico que vivía en pie de guerra con los “esbirros policiales”, comentaba una nota de la Revista de Policía que el redactor había tenido la “ocasión de consultar en la Biblioteca Nacional”.[24] Ese acervo parecía ser uno de los lugares de encuentro entre la revista y lectores no policiales, como los periodistas de medios de prensa obrera. Socialistas y anarquistas sabían que las páginas de esta publicación eran la vía para conocer el pensamiento de la denostada institución porque, como escribía Federico Gutiérrez (militante ácrata que había sido policía), los vigilantes venían “tomando en serio lo de la carrera policial”, en parte por la fuerza de la costumbre, en parte por “leerlo en la Revista de Policía”.[25]

El cambio en el sistema de ventas y distribución tuvo un impacto directo tanto en la publicidad como en la estrategia de inclusión de imágenes. En 1905 aumentaron inmediatamente las páginas dedicadas a los anuncios que pronto se ampliaron a tres por número, siempre en tapa y contratapa. Incluso en 1907 se experimentó con las propagandas en páginas interiores de la revista, algo que recién se retomaría después de 1918. El público al que se dirigían los anuncios se transformó en estos años, para apelar a los policías también como padres de familia (que, por ejemplo, debían inculcar el hábito del ahorro a sus hijos) y, crecientemente, a las mujeres que ahora aparecían representadas en distintos anuncios y a quienes se destinaba gran parte de la publicidad. Pero, además, en estos años aparecieron avisos mucho más enfocados en el público policial. Ya no se trataba apenas de la venta de armas sino, concretamente, de vestimenta asociada al oficio: capas impermeables para la lluvia y cuellos especiales para los vigilantes (como los Cuellos Mey). En estos años la publicidad se centró en productos semejantes a los de años anteriores, pero aparecieron en los anuncios objetos de consumo más sofisticados como fonógrafos, alhajas, anteojos y lentes. El aumento en el volumen y la diversificación de la publicidad derivados del nuevo método de distribución fue paralelo a una disminución en la cantidad de imágenes. Como hemos visto, en esta nueva etapa se simplificó y redujo la cantidad de páginas. Así, los retratos de funcionarios se reservaron para casos excepcionales como la designación de nuevos jefes o la muerte de policías ilustres.

En noviembre de 1909, Antonio Ballvé, ya alejado de la policía pero vinculado a la institución a través de la revista, murió como consecuencia de una larga enfermedad. El entonces jefe de policía, Ramón Falcón, se puso a la cabeza de los homenajes. Mandó una numerosa delegación de comisarios a turnarse para velar el cadáver de Ballvé, hasta su sepelio en el Cementerio de la Recoleta, previsto para el día 14. Una patrulla del Escuadrón de Seguridad, con el uniforme de gala, hizo guardia en la entrada del cementerio a la espera del féretro.[26] La ceremonia, repleta de símbolos del martirologio policial, contó con el discurso del comisario Picabea en nombre de toda la institución. Falcón presenció el sepelio y cerca del mediodía se retiró, junto a su secretario privado Juan Alberto Lartigau, en el coche que, a pocas cuadras del cementerio, sería objeto del famoso atentado del anarquista Simón Radowitzky, que acabaría con la vida del jefe de policía.

El número 300, publicado el 16 de noviembre de 1909, mostraba el cimbronazo de estas dos muertes concatenadas –la de Ballvé y la de Falcón– que marcarían los rumbos de la revista y de la policía. Todo el número estaba dedicado al asesinato del jefe y, en menor medida, a la muerte del fundador de la revista, cuyo homenaje se vio en parte opacado por el peso del atentado a Falcón. Las páginas de la revista estaban enmarcadas en negro en señal de luto y se reprodujeron retratos a página completa de Falcón y Ballvé y uno más pequeño de Lartigau. Cesario pasó a ocupar la dirección de la revista en soledad. No se hizo, en los números siguientes, otra mención a la muerte de su fundador, excepto la reproducción de un texto que el criminólogo italiano Enrico Ferri le dedicó a Ballvé en el diario La Nación.[27] Tampoco hubo grandes cambios en la publicación: ni en el sistema de venta y distribución, ni en el precio del número suelto y suscripción mensual, ni en el número de páginas y las secciones que organizaban el contenido. Sin embargo, el espacio dedicado a la instrucción profesional de los agentes subalternos fue mermando, quizás por la ausencia de Ballvé, que era el especialista en la materia, pero también por la creación de la Escuela de Agentes.

La idea de una escuela de formación venía flotando en los círculos ilustrados de la policía porteña desde mediados del siglo XIX. Hubo intentos frustrados en las décadas de 1880 y 1890, hasta que Falcón tomó la decisión de darle forma definitiva, aunque no haya podido verla crecer.[28] Pese a que la policía pasaba a tener un espacio de instrucción de los aspirantes a ingresar a la fuerza, la revista siguió siendo distribuida en forma gratuita para los agentes subalternos hasta 1916. En esos años, las notas especializadas en policía científica, identificación y jurisprudencia fueron ganando cada vez más espacio, aunque las secciones de Sueltos y Correos continuaron manteniendo una interacción cotidiana con los agentes subalternos. Desde la década de 1880 se comenzaba a perfilar un nuevo saber que introducía avances científicos en la tarea policial. Hasta los primeros años del siglo XX la identificación criminal fue la estrella de esta transformación, y desde la publicación de la Revista de la Policía de la Capital en 1888, se dedicaron a ella numerosos artículos. La antropometría, la fotografía de identificación y, a partir del cambio de siglo, la dactiloscopia fueron temas constantes en la Revista de Policía, en cuyas páginas se desplegaron buena parte de los conflictos y argumentos en torno a la identificación “científica”. Hacia 1910, este incipiente saber comenzó a delinearse de manera más concreta y a rebasar el tema de la identificación: surgió lo que en ese momento se denominaba únicamente como policía científica y más adelante constituiría la criminalística. Entre 1910 y 1912 la nota de tapa de cada número estuvo dedicada a distintas novedades del nuevo saber y era acompañada de fotografías que ilustraban esas técnicas. Así, ingresaron al repertorio visual de los agentes una serie de imágenes que asociaban a la policía con la ciencia y la modernidad: pericias balísticas, caligráficas, de rastros, eran sólo algunas de las muchas transformaciones técnicas en la investigación policial que se desplegaban ante los ojos de la tropa policial. Al igual que en el caso de la dactiloscopia, las notas sobre policía científica tuvieron siempre un componente visual desde su introducción hasta el cierre de la revista en 1939.[29]

La longevidad de la Revista de Policía, inédita en el concierto de publicaciones de su género en América del Sur, tuvo mucho que ver con el apoyo sostenido de los policías porteños, que por momentos se basó en la suscripción mensual de sus agentes, por momentos en una distribución masiva de ejemplares en las comisarías, financiada por la jefatura central. Al celebrar sus dieciocho años de existencia ininterrumpida, un editorial advertía sobre la reciente desaparición del Manuale del funzionario di sicurezza pubblica e di polizia giudiziaria (1863-1912), revista de la policía de Roma que, tras medio siglo de vida, se había vuelto una referencia internacional ineludible. La “falta de apoyo material”, “esa enfermedad muy común en periódicos”, parecía ser la causa de muerte de la vieja revista italiana: problema que hasta ese momento la revista porteña había podido esquivar gracias a la “espontánea buena voluntad de sus favorecedores y al propósito de nuestra institución de sostenerla”.[30]

Hacia fines de 1916 se produjo una ruptura en lo que hasta entonces era una revista con una notable persistencia programática. El final del ciclo de Cesario, que ocupó el puesto de director en los siete años posteriores a la muerte de Ballvé, coincidió con un cambio fundamental en las altas esferas de gobierno. Al igual que la Policía de la Capital, la Revista de Policía había nacido y crecido bajo el dominio de los líderes del Partido Autonomista Nacional que triunfó en todas las elecciones hasta la llegada al poder de Hipólito Yrigoyen, en octubre de 1916. El cambio de gobierno fue acompañado por una renovación en la jefatura de policía: el reemplazo de un policía de carrera como Eloy Udabe (quien no solo renunció al cargo de jefe sino que también se jubiló para dedicarse a actividades agrícolas) por un político del riñón del yrigoyenismo, que había participado de los levantamientos radicales de 1890, 1893 y 1905. En octubre de 1916, la revista saludó a la nueva jefatura de una manera discreta, mientras en la prensa comercial se difundían temores por demisiones masivas de policías afines al saliente Partido Conservador.[31] Lo cierto es que, al igual que Udabe, Cesario pidió la jubilación ese mismo mes. La revista, que incorporó al comisario Leopoldo López como una especie de subdirector, publicó dos números más y desapareció, sin dar mayores explicaciones a sus lectores.

“Decano de los órganos policiales de Sudamérica”

La revista reapareció el 1º de enero de 1918 con varias novedades. Leopoldo López pasaba a integrar el cuerpo editor junto a Alfredo Horton Fernández y Samuel Ruffet. La distribución gratuita a los agentes subalternos fue suspendida y volvió la suscripción mensual para policías, ahora de cuarenta centavos por mes. El número suelto se mantenía en cincuenta centavos y la suscripción mensual para público en general (lo que incluía funcionarios superiores de la policía) continuaba siendo de ochenta centavos. Este sistema de venta se mantuvo hasta el final de la revista y los directores tuvieron que enfrentar un doble desafío. Por un lado, captar nuevos suscriptores, después de más de una década de distribución gratuita para vigilantes, cabos y sargentos, una tropa que hacia 1916 llegaba a seis mil hombres.[32] Pero, además, debió salir a la búsqueda de lectores en un contexto en el que proliferaban otras revistas policiales con contenidos mucho más inclinados hacia el entretenimiento. Por ejemplo, Magazine Policial y Gaceta Policial, que aparecieron en la década de 1920, aunque la tendencia ya había sido marcada por Sherlock Holmes a comienzos de la década anterior.[33] En la imaginación de sus redactores, la vieja revista policial convivía ahora en un “fárrago de publicaciones periódicas que con sus carátulas más o menos llamativas inundan el ambiente de la metrópoli sin beneficio para la cultura popular”.[34]

También la publicidad se transformó significativamente en estos años. Durante la década de 1920 comenzó a conformarse un campo profesional de expertos que buscaron incorporar la ciencia a sus campañas publicitarias, proceso que se profundizó con la llegada de agencias internacionales.[35] La combinación de estas transformaciones con los cambios en el modo de venta de la revista, se vio directamente reflejado en la publicidad. Los avisos se integraron al cuerpo de la revista –en páginas exclusivamente destinadas a eso– y aumentaron notablemente su peso: hacia 1919 los volúmenes estaban compuestos casi en partes iguales por páginas de contenido y publicitarias, aunque a mediados de la década de 1930 la publicidad comenzó a intercalarse en las páginas con contenido, asimilando la Revista de Policía a otras publicaciones periódicas de la época. El diseño de los avisos era ahora muy llamativo e incluía abundantes fotografías e ilustraciones. Ya no se trataba de publicidades concebidas para un público policial, sino que formaban parte de amplias campañas que distintas agencias llevaban adelante para sus clientes. En 1936, la tropa alcanzaba casi nueve mil agentes lo que significaba un público interesante para muchos anunciantes, incluso algunos pequeños que ofertaban sus servicios en rubros como la construcción.[36]

La búsqueda de ampliación del público lector (y de la captación de agentes policiales que ya no recibían la revista en forma gratuita) se percibía tanto en las estrategias publicitarias como en el aumento del contenido menos acartonado y más propenso al entretenimiento. Nuevas secciones como Reminiscencias, que recuperaba viejas hazañas policiales, o Efemérides, pequeñas notas que los editores consideraban un gran éxito, se sumaron a las crónicas del “decano de la policía”, el comisario Laurentino Mejías.[37] Los directores reconocían, en 1920, el uso deliberado de estrategias para diversificar contenidos y tornar la lectura más amena, “matizando el grave aspecto de los temas profesionales con evocaciones humorísticas” y “modernizando discretamente el sistema periodístico” de la revista, sin alterar del todo “sus más esenciales finalidades”, que la mantenían en el núcleo de la cultura policial porteña desde hacía más de dos décadas.[38]

Además, la revista duplicó su cantidad de páginas, volviendo así a un tamaño parecido al inicial, antes de tornarse una revista de distribución gratuita para vigilantes, e introdujo modificaciones gráficas en la tipografía que la modernizaron. Esta vocación por ampliar el público de la revista y tornarla atractiva en un contexto más competitivo y complejo, tuvo fuerte impacto en su contenido visual. Sus páginas se poblaron de imágenes de desfiles policiales, certámenes de tiro, innovaciones tecnológicas de la policía y, por primera vez, de fotografías de escenas del crimen. Mientras en los años previos no había en sus páginas imágenes de delincuentes ni de víctimas de crímenes violentos, a partir de la década de 1920 eso fue cambiando. A su vez, las imágenes se centraron en representar visualmente a la institución y sus funcionarios: entre 1922 y 1923 las tapas estuvieron dedicadas a mostrar –habitualmente en conjuntos de cinco retratos–, a los distintos funcionarios que componían el organigrama; y en la década de 1930 se incluyeron fotografías que mostraban la historia institucional. Finalmente, las notas sobre avances de la policía científica se acompañaban sistemáticamente de fotografías que mostraban impresiones dentarias, pericias caligráficas, fotografía infrarroja: un sinfín de imágenes que buscaban mostrar una policía cada vez más vinculada a la modernidad científica.

Toda esta serie de transformaciones textuales e iconográficas se orientaban a atraer lectores para mantener viva una revista que, por más de una década, se había sostenido con fuerte apoyo financiero de la jefatura. En aquellos años, los editores sostenían que ese apoyo no afectaba la libertad de crítica. Pero lo cierto es que, en la década de 1920, sin esa ayuda financiera y dirigida por “comisarios jubilados”, la revista tuvo mucho más margen para tomar distancias de las decisiones de la jefatura. Luego del alejamiento de Horton Fernández en 1925, Leopoldo López y Samuel Ruffet se alinearon con los camaradas que resistían la gestión de otro jefe de policía sin carrera dentro de la institución: Francisco Wright. Aunque la diatriba nunca fue directa, el descontento se notaba en distintas notas sobre temas específicos del oficio policial.

Cuando a mediados de 1928 Wright decidió reformar la División de Investigaciones, por ejemplo, un redactor de la revista escribió un texto que cuestionaba la medida. La reacción de los círculos próximos al jefe fue tan virulenta que obligó a los editores a publicar una nota sobre la libertad de prensa dentro de la policía. Según los editores, las opiniones del redactor se fundaban en la “indiscutible autoridad” del conocimiento del oficio policial y nada tenían de “viaraza de reproches inconsultos”. Se confesaba, inclusive, que no todos los miembros de la revista estaban de acuerdo con cada propuesta del redactor, pero era necesario condenar las actitudes intolerantes que se habían suscitado: cartas con insultos recibidas en la redacción y tentativas de boicot financiero a la revista. Denunciaban que algunos empleados de policía se habían tomado “la penosa tarea de buscar aliados para llevar al periódico una carga contra su modesta vida económica”, intentando que allegados a la jefatura cancelaran sus suscripciones.[39]

El siguiente número de la revista se iniciaba con la reproducción de una feroz crítica del diario La Nación al funcionamiento de la Policía de la Capital. La publicación en las páginas de la revista ya era, por sí misma, significativa, más aun teniendo en cuenta que el texto exculpaba a los agentes policiales que ejercían “sus delicadas funciones en los distritos de la ciudad, lejos del amparo inmediato de la jefatura” y, por lo tanto, apuntaba directamente hacia el jefe como responsable de una crisis arraigada “en el juego mismo de sus resortes”.[40] La idea que recorría ese artículo era que la crisis en la seguridad pública y al recrudecimiento de los delitos reinantes se explicaban por la “acefalía” de una institución tomada por intereses ajenos al mundo policial.

Corrían años en que la policía porteña estaba fuertemente atravesada por las luchas facciosas al interior del radicalismo, que dividían a los “personalistas” defensores del expresidente Hipólito Yrigoyen (quien por cierto había sido comisario de policía) y los “anti-personalistas” cercanos al entonces presidente Marcelo T. de Alvear (cuyo vice-presidente, Elpidio González, fue jefe de policía durante el primer gobierno de Yrigoyen y se mantenía fiel a los personalistas). De hecho, cuando en octubre de 1928 Yrigoyen ganó nuevamente las elecciones nacionales y cambió la jefatura de policía, la revista no ocultaba su satisfacción y renovaba sus críticas a la gestión saliente.[41]

A diferencia de las editoriales de 1916, ante el primer triunfo de Yrigoyen, esta vez se saludaba con entusiasmo al nuevo jefe de policía, Juan José Graneros, destacando que era un “veterano de la institución” (había entrado a ella en 1893 como cadete del Cuerpo de Bomberos). La trayectoria de Graneros contrastaba con la de Wright, quien al asumir la jefatura solo contaba como antecedente haber sido hijo de un célebre comisario, pero ninguna experiencia en la policía. Por otra parte, la presencia de Elpidio González como Ministro del Interior, autoridad de la que dependía directamente la jefatura, parecía garantizar las condiciones para emprender la tarea de “reconstruir la vieja policía”, lo que para los redactores de la revista significaba dar prioridad al “empleado de policía con méritos propios, que ame a la institución, que aspire a hacer de su empleo una carrera”, por sobre la lógica de las “influencias interesadas”.[42]

La nota editorial que celebraba la entrada al trigésimo segundo año de la revista hacía un balance de los momentos tensos vividos en esos “dos o tres años últimos que llevaron a la policía de Buenos Aires al borde del abismo”.[43] No intuían que vendrían años todavía más complicados para la policía y la revista. A comienzos de la década de 1930, los editores se referían a la Revista de Policía como el “decano de los órganos policiales de Sudamérica”, que lideraba (por antigüedad e importancia) lo que ahora parecía ser un mar de revistas policiales que no paraban de reproducirse. La sección de Correos mostraba una vasta red de intercambios y diálogos entre esas publicaciones. Canjes con revistas de policías provinciales se intercalaban con comunicaciones regulares con otros periódicos similares de Brasil, Chile, México, Cuba y diversas revistas europeas, comenzando por Policía Española (1892-1936), una de las pocas que la aventajaba en años. Según sus directores, la revista ocupaba, entre sus similares, el “tercer lugar en antigüedad en el mundo entero” y miraba “con simpatía y con cariño la aparición de cada nuevo colega, viendo con legítima satisfacción algo de sí misma, como un aliento de su propia vida”.[44]

Sin embargo, a poco de escribir estas palabras, la coexistencia con nuevas publicaciones traería problemas inusitados a los editores de la revista porteña. En septiembre de 1932, la Policía de la Capital inauguró un sistema de radiodifusión, llamado “L.P.Z – Broadcasting Policial”. Cada mediodía, por la onda de L.R.4 Radio Splendid, comenzaba a emitir un boletín que alertaba a los oyentes sobre maneras de prevenir robos, accidentes e incendios, dando también consejos a los jóvenes y a las amas de casa.[45] En sus primeros meses de funcionamiento, la jefatura de policía usó el sistema para advertir al público que la institución no mantenía “relaciones oficiales” con los periódicos editados en Buenos Aires, cuyos títulos llevaban la denominación “policía” o “policial”. Para los editores de la revista, el propósito de la jefatura era evidente: “evitar que en nombre de ese vínculo inexistente, personas sin escrúpulo sorprendan la buena fe del comercio, solicitando avisos y suscripciones que de otro modo les sería difícil obtener”.[46] De todos modos, les molestaba que la jefatura no se haya tomado el trabajo de aclarar que la Revista de Policía no estaba incluida en la embestida.

Los editores dedicaron varias notas a explicar que conocían las imposturas delictuosas de “algunos falsos periodistas” que estafaban comerciantes y lectores presentando al público falsas publicaciones tituladas “de policía”.[47] Otra de las revistas que podía estar en la mira, Magazine Policial, incluyó una nota aclaratoria que echaba luz sobre el modus operandi de esos supuestos estafadores. Se trataba, al parecer, de “publicaciones que figuran quincenalmente y, en realidad, solo sus directores sacan un número cuando necesitan dinero, para dejar un tendal de avisadores y suscriptores, que han abonado el importe por adelantado y no ven ni el anuncio ni la revista”.[48] A partir de ese momento, la Revista de Policía comenzó a incluir en todos sus números un aviso “permanente” que explicaba:

Prevenimos a nuestros lectores en general y al comercio en particular, que la dirección de la Revista de Policía ha confirmado en el cargo de la propaganda de avisos y suscepciones, únicamente al señor Antonio Rabagliatti, que desde aquella fecha ejerce esas funciones con encomiable rectitud. Dicho representante no invocará –como no ha invocado antes– el nombre de los directores de la revista, ni el del personal de redacción, para formular sus pedidos profesionales; ni tampoco lo hará comprometiendo la independencia del periódico con menciones de carácter oficial ni promesas de ayuda. El lema común es simplemente: rectitud. El señor Rabagliatti –vastamente conocido en nuestros círculos comerciales– posee la documentación de identidad personal correspondiente.[49]

Una investigación de la sección de Defraudaciones y Estafas de la policía de investigaciones reveló algunos detalles de la trama delictiva que la revista policial se empeñó en mostrar. Al parecer, no se trataba de ninguna de las publicaciones conocidas en el ramo, sino de revistas de “vida efímera”, inventadas por embusteros que se acercaban a los comerciantes “invocando falsas influencias con funcionarios de policía”, para conseguir avisos y suscripciones que se pagaban por adelantado. Algunos pagaron cientos de pesos por avisos que no se publicaban o aparecían intermitentemente, a cambio de promesas de dádivas policiales como facilidades para la obtención de registros de conductores y cédulas de identidad.[50]

Poco después de este episodio, en noviembre de 1933, el nombre de Leopoldo López comenzó a aparecer como único director de la revista, tras un alejamiento de Samuel Ruffet por motivos de salud. Pero en junio de 1934 López falleció en forma inesperada y Ruffet tuvo que retomar la dirección. A partir de los números siguientes, la tapa interna de la revista distinguiría entre un grupo de “fundadores” (Ballvé y Cesario) y un grupo de “sucesores” (Horton Fernández, Lopez y Ruffet) de lo que ahora se llamaba “segunda época”. Ruffet aparecía como director junto a un “administrador”: el periodista José Arturo Bollini, que era pariente de López. Ruffet duró poco en el cargo y Bollini asumió la dirección el 1º de octubre de 1934.

Bollini trabajaba en la revista desde que Leopoldo López había agarrado las riendas de la publicación, pero no era un policía sino un “viejo periodista de profesión”. Una nota editorial informaba a sus lectores que era una decisión deliberada elegir a un director “ajeno a las pasiones que se agitan entre los miembros de la gran familia policial” e incorporar en el plantel de colaboradores a “destacados periodistas” alejados de las trifulcas del oficio y con “ojos que ven la función policial en la calle”.[51] Aunque la nota prometía, desde su título, que la revista seguiría “por la misma senda”, la inclusión de un periodista en la dirección era un cambio fundamental.

Fin de un largo ciclo

Esas pasiones que agitaban al mundo policial no estuvieron, sin embargo, tan ausentes. Uno de los colaboradores más importantes de la revista en sus últimos años, Francisco Romay, comenzó a publicar una serie de notas titulada “Rectificaciones históricas” destinadas a polemizar con el director del Magazine Policial, el comisario Ramón Cortés Conde, quien acababa de publicar los dos tomos de su Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, una obra por encargo de la jefatura que vio luz en la recién creada Biblioteca Policial. Romay lanzó una feroz crítica, considerando al libro una “obra deficiente”, que no pasaba de una burda copia de la primera historia institucional, escrita por Leopoldo López.[52] Esta polémica generó reacciones inmediatas y el director tuvo que publicar una nota bajando el tono a la discusión y explicando que hacer rectificaciones no significaba “pensar que la obra carezca de méritos o restarle importancia al trabajo realizado”. En la copia de la Revista de Policía conservada en el Centro de Estudios Históricos Policiales, aparece una nota marginal de puño y letra de Romay: “Ballini publicó este suelto a causa de que lo entrevistaron para solicitarle que no continuara publicando mis Rectificaciones”.[53]

En esos años la revista comenzaba a mostrar dificultades para mantener su periodicidad, que en años anteriores raramente había sido alterada. Los números 918 y 919 salieron juntos en octubre de 1936 y ese doble número se iniciaba sin editorial, directamente con las Rectificaciones de Romay. Tanto en la colección de la Biblioteca Nacional como en la del Centro de Estudios Históricos Policiales constan anotaciones en las que se aclara que el número 920 “no existió”. Los siguientes tres números (921, 922 y 923) se publicaron en una única edición, recién en diciembre de 1936, es decir, la revista estuvo dos meses sin salir a la calle. Ese triple número comenzaba anunciando la muerte de uno de los fundadores, José Cesario. Sin Ballvé, Cesario y López, la revista entraba en un clima de fin de ciclo. En los comentarios necrológicos sobre el fallecimiento de Cesario se leía que la revista era una especie de fósil de un mundo que comenzaba a dejar de existir, el de los policías escritores que habían hecho su carrera desde los primeros pasos de la Policía de la Capital. La Revista de Policía era “lo que queda de toda esa falange de hombres que pujó por el engrandecimiento de la repartición policial”.[54]

Quizás sea síntoma de la crisis que atravesaba la revista el hecho de que la entrada al cuadragésimo aniversario fue sin bombos y platillos, sin siquiera un editorial que lo conmemorara. En 1937 la revista pasó a ser mensual, por primera vez en sus cuarenta años de historia. Tanto la colección de la Biblioteca Nacional como la del Centro de Estudios Histórico Policiales se detienen en el número 936 de diciembre de 1937.

Nada en ese número, que se cierra con un aviso sobre turnos en los Juzgados, hace pensar que sea el último. Y, de hecho, todo indica que no lo era. En 1995, la Policía Federal Argentina lanzó una segunda época de la Revista de Policía y Criminalística, publicación oficial dedicada a temas de policía científica que había existido entre 1935 y 1948. El primer número traía una nota del Comisario General Adolfo Rodríguez, entonces retirado y abocado por completo a escribir textos de historia policial. La nota estaba dedicada por completo a la historia de las revistas policiales. Al llegar a la Revista de Policía, Rodríguez afirmaba que su último director fue Francisco Romay, “hasta su último número 949, del mes de enero de 1939, después de 42 años de existencia fructífera”.[55] El dato es demasiado preciso para ser un error. Indica, entonces, que a lo largo de 1938 se publicaron otros doce números (evidentemente continuó siendo mensual como el año anterior) y una última entrega en enero siguiente. Quizás, como suele suceder en las hemerotecas argentinas, esos trece números faltantes aparezcan en algún rincón de un anaquel, o sean rescatados por un bibliotecario con voluntad de buscar. Acaso eso ilumine un poco más los motivos del final. La riqueza de la Revista de Policía amerita profundizar esa búsqueda para develar el enigma de sus últimos pasos, pero, fundamentalmente, invita a dedicarle un estudio más detenido de sus decenas de volúmenes. La historia de la Policía de la Capital saldría muy favorecida.


  1. Leopoldo C. López, Reseña Histórica de la Policía de Buenos Aires, 1778-1911, Buenos Aires, Imprenta y Encuadernación de la Policía, 1911, p. 1.
  2. Daniel Flores Belfort, “Historia Policial”, Revista de Policía, año 1, n. 4, Buenos Aires, 15/11/1871, p. 81-85.
  3. Ramón Cortés Conde, Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Su desenvolvimiento, organización actual y distribución de servicios, Buenos Aires, Imprenta López, 1937, p. 213. “Antonio Ballvé”, Revista de Policía, año 12, n. 300, Buenos Aires, 16/11/1909, p. 95.
  4. “Don José J. Cesario”, Revista de Policía, año 39, n. 921/922/923, Buenos Aires, 1/12/1936, p. 594.
  5. Ver el capítulo de Viviana Barry en este mismo volumen.
  6. “Nuestro programa”, Revista de Policía, año 1, n. 1, Buenos Aires, 1/6/1897, p. 1.
  7. Sobre la figura de los caídos y los rituales fúnebres de la policía ver: Diego Galeano, “Caídos en cumplimiento del deber: notas sobre la construcción del heroísmo policial”, In: Diego Galeano y Gregorio Kaminsky (eds.), Mirada (de) uniforme: historia y crítica de la razón policial, Buenos Aires, Teseo, 2011, p. 185-219. Mercedes García Ferrari y Sandra Gayol, “Ramón Falcón: asesinato político y usos políticos de la muerte”, In: Sandra Gayol y Gabriel Kessler (eds.), Muerte, política y sociedad en Argentinat, Buenos Aires, Edhasa, 2015, p. 61-83.
  8. “La Revista de Policía”, Revista de Policía, año 1, n. 15, Buenos Aires, 1/1/1898, p. 244.
  9. “La Revista de Policía”, Revista de Policía, año 3, n. 64, Buenos Aires, 16/1/1900, p. 274.
  10. “La Revista de Policía. Programa y ejecución”, Revista de Policía, año 8, n. 180, Buenos Aires, 16/11/1904, p. 181-182.
  11. “Jurisprudencia del Código Penal”, Revista de Policía, año 1, n. 1, Buenos Aires, 1/6/1897, p. 11.
  12. “Correo”, Revista de Policía, año 1, n. 25, Buenos Aires, 1/6/1898, p. 437.
  13. Andrés Baires, “Ayer y hoy”, Revista de Policía, año 1, n. 9, Buenos Aires, 1/10/1897, p. 136-137.
  14. Paula Félix-Didier y Sandra Szir, “Ilustrando el consumo” (2004). Disponible en línea: https://www.mundoclasico.com/ed3/documentos/5775/Ilustrando-consumo. Consultado el 8/12/2016.
  15. Adolfo Rodríguez, Historia de la Policía Federal Argentina, Tomo VI, 1880-1916, Buenos Aires, Editorial Policial, 1975, p. 197 y 217.
  16. Revista de Policía, año 1, n. 1, Buenos Aires, 1/6/1897.
  17. Mercedes García Ferrari, Ladrones conocidos / sospechosos reservados. Identificación policial en Buenos Aires, 1880-1905, Buenos Aires, Prometeo, 2010, p. 55-111.
  18. “La policía de Río de Janeiro”, año 2, n. 55, Buenos Aires, 1/9/1899, portada; “Señor Luis Manuel Rodríguez – Secretario de la Prefectura de Policía de Santiago de Chile”, año 6, n. 145, Buenos Aires, 1/6/1903, portada.
  19. “La policía de la Capital. Noticia sobre su organización y funcionamiento. Labor del año de 1901”, Revista de Policía, año 5, n. 112 y 113, Buenos Aires, 1/2/1902
  20. “Nuestro programa”, Revista de Policía, año 7, n. 146, Buenos Aires, 16/6/1903, p. 1.
  21. Alberto Cortina, La Policía en Sudamérica. La Plata, Talleres Gráficos La Popular, 1905, p. 289-290.
  22. “La Revista de Policía. Modificaciones en su publicación”, Revista de Policía, año 8, n. 181, Buenos Aires, 1/12/1904, p. 197.
  23. Memoria 1911-1912, p. 25.
  24. “La Policía y el movimiento obrero”, La Vanguardia, Buenos Aires, 17/10/1906, p. 1.
  25. Federico Gutiérrez (Fag Libert), Noticias de Policía, Buenos Aires, 1907, p. 8. Otros comentarios sobre la Revista Policial en la prensa obrera pueden verse en “El derecho y el pensamiento policial”, La Vanguardia, Buenos Aires, 30/03/1908, p. 1 y “Quieras o no”, El Rebelde, año II, n. 43, 9/9/1900, p. 2.
  26. “Antonio Ballvé”, La Nación, Buenos Aires, 14/11/1909, p. 10.
  27. “Antonio Ballvé y la Penitenciaría de Buenos Aires”, La Nación, Buenos Aires, 26/1/1910, p. 5. Reproducido como: “Antonio Ballvé”, Revista de Policía, año 13, n. 305, Buenos Aires, 1/2/1910, p. 137-140.
  28. Viviana Barry, Orden en Buenos Aires. Policías y modernización policial, 1890-1910, Tesis de Maestría, IDAES, 2009.
  29. Simon Cole, “History of Forensic Science in Policing”, In: Gerben Bruinsma y David Weisburd, Encyclopedia of Criminology and Criminal Justice, Nueva York, Springer, 2014, p. 2153-2158. Sobre el caso argentino ver Mercedes García Ferrari, Marcas de identidad. Juan Vucetich y el surgimiento transnacional de la dactiloscopia, Rosario, Prohistoria, 2015.
  30. “Nuevo año”, Revista de Policía, año 18, n. 410, Buenos Aires, 16/6/1914, p. 15-16.
  31. “La Jefatura de Policía”, Revista de Policía, año 20, n. 466, Buenos Aires, 16/10/1916, p. 110 y “El nuevo jefe de policía”, Revista de Policía, año 20, n. 467, Buenos Aires, 1/11/1916, p. 123.
  32. Departamento de Policía, Memoria de la Policía de la Capital, 1915-1916, Buenos Aires, Imprenta y Encuadernación de la Policía, 1916, p. 168.
  33. Ver Lila Caimari, Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1925, Buenos Aires, Siglo XXI, 2012, p. 193-205 y Martín Albornoz en este volumen.
  34. “La Revista Nativa”, Revista de Policía, año 31, n. 723, Buenos Aires, 1/8/1928, p. 885.
  35. Fernando Rocchi, “A la vanguardia de la modernización: la incipiente formación de un campo publicitario en la Argentina durante la década de 1920”, E.I.A.L., vol. 27, n. 2, Tel Aviv, 2016, p. 47-76.
  36. Adolfo E. Rodríguez, Historia de la Policía Federal Argentina, Tomo VII, 1916-1944, Buenos Aires, Editorial Policial, 1978, p. 331.
  37. “Año 1927”, Revista de Policía, año 30, n. 685, Buenos Aires, 1/1/1927, p. 2.
  38. “Nuestro aniversario”, Revista de Policía, año 23, n. 517, Buenos Aires, 1/1/1920, p. 1.
  39. “Libertad de prensa y responsabilidad moral. A propósito de nuestro artículo Las pesquisas policiales”, Revista de Policía, año 31, n. 722, Buenos Aires, 16/7/1928, p. 847-849.
  40. “El concepto de policía”, Revista de Policía, año 31, n. 723, Buenos Aires, 1/8/1928, p. 873-874.
  41. “El nuevo gobierno y la policía”, Revista de Policía, año 31, n. 728, Buenos Aires, 16/10/1928, p. 1110.
  42. “El nuevo jefe de la Policía de la Capital”, Revista de Policía, año 31, n. 729, Buenos Aires, 1/11/1928, p. 1155-1156 y “El Ministro del Interior y la Policía”, Revista de Policía, año 31, n. 730, Buenos Aires, 16/11/1928, p. 1197-1198.
  43. “Un año más”, Revista de Policía, año 32, n. 733, Buenos Aires, 1/1/1929, p. 2.
  44. “34 años”, Revista de Policía, año 34, n. 781, Buenos Aires, 1/1/1931, p. 2.
  45. Adolfo E. Rodríguez, Historia de la Policía Federal Argentina, Tomo VII, op. cit., p. 250-251.
  46. “La Revista de Policía ante una advertencia de la jefatura”, Revista de Policía, año 36, n. 829, Buenos Aires, 1/1/1933, p. 3.
  47. Ídem, p. 3-4.
  48. “Las revistas policiales”, Magazine Policial, año 11, n. 122, Buenos Aires, Nov. 1931, p. 4.
  49. “En guardia”, Revista de Policía, año 36, n. 831, Buenos Aires, 1/2/1933, p. 74.
  50. “La Revista de Policía ante una advertencia de la jefatura. Resultados de una investigación”, Revista de Policía, año 36, n. 848, Buenos Aires, 16/10/1933, p. 745-746.
  51. “Por la senda”, Revista de Policía, año 37, n. 871, Buenos Aires, 1/10/1934, p. 706.
  52. Francisco L. Romay, “Rectificaciones históricas”, Revista de Policía, año 39, n. 912, Buenos Aires, 16/6/1936, p. 388-389.
  53. “Las informaciones de carácter histórico”, Revista de Policía, año 39, n. 917, Buenos Aires, 1/9/1936, p. 538.
  54. “Don José J. Cesario”, Revista de Policía, año 39, n. 921/922/923, Buenos Aires, 1/12/1936, p. 594.
  55. Adolfo E. Rodríguez, “Revistas policiales”, Revista de Policía y Criminalística, n. 1, Buenos Aires, jun. 1995, p. 10.


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