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7 Lecturas de La Revista de Policía
de Valparaíso

1906-1922[1]

Vania Cárdenas Muñoz

Sobre la publicación

La Revista de Policía de Valparaíso inició sus publicaciones el año 1906 por la Sección de Seguridad de la Policía Fiscal de Valparaíso. Este medio surgió en un contexto de reorganización institucional en el cual el gobierno delegó su implementación a un oficial Ejército. En el caso de Valparaíso la Prefectura quedó al mando de un mayor del Ejército, designándose los cargos de comisarios inspectores entre personal militar.

La publicación salió a la luz en dos etapas: la primera –bajo el auspicio del prefecto de la policía de Valparaíso Alberto Morales– se extendió desde octubre de 1906 hasta noviembre de 1914, con ejemplares mensuales, excepto el año 1911 en el cual apareció quincenalmente. La segunda etapa contó con el auspicio del prefecto Ismael Carrasco, con un periodo que se inició en marzo de 1920, hasta el año 1924. Existen antecedentes sobre la existencia de publicaciones en otros periodos, no obstante, solo se han encontrado indicios: posterior al retiro de Morales, la revista habría salido a la luz bajo el número 107 en diciembre de 1914; así también se encontró un ejemplar con el número 41, correspondiente al mes de septiembre de 1924, lo cual supone su continuidad hasta por lo menos ese año.

No obstante, este análisis utilizará el material disponible hasta diciembre de 1922, contabilizando un total de 125 números. La Revista inicialmente se imprimió en la Imprenta Cervantes de Santiago, posteriormente en los Talleres Tipográficos de la Armada en Valparaíso y en la última etapa en los talleres de la Imprenta de la Prefectura policial de esta misma ciudad.

La organización interna de la publicación incluía un primer intento de división temática, con miscelánea, abundante estadística y correspondencia al director. Estas materias se organizaban posteriormente en secciones (Extranjera, Oficial, Interior, Literaria, entre otras). En sus primeros años de existencia contenía principalmente información escrita, para luego incorporar un número reducido de publicidad –la primera corresponde al estudio jurídico de un ex secretario policial, Alejo Chaparro– incrementando el avisaje publicitario especialmente durante la segunda etapa. En estos mismos años la publicación incluía un formato más atractivo, con caricaturas de policiales en blanco y negro que acompañaban la portada de cada mes.

El órgano oficial porteño tenía valores diferenciados según el tipo de suscriptores: el año 1911 su valor era de 40 centavos por número para el personal de policía, y de 50 centavos para los demás suscriptores. Diez años después, este valor se había incrementado hasta alcanzar los 80 centavos por número –y $9 por suscripción anual– para el personal de policía y $1 por número –$10 por suscripción anual– para el público no policial. Comparativamente, no estaba a la altura de competir con las revistas comerciales de la época tales como Zig-Zag o Sucesos, que tenían un valor de $28 y $25 por suscripción anual. En cambio, se acercaba a un tipo de publicación más modesta, como por ejemplo, la revista Corre Vuela, semanario satírico de carácter popular que contenía un atractivo repertorio de temas y hacia 1921 igualaba su valor con la publicación policial.

Más allá del atractivo que pudiese suscitar otro tipo de semanario entre el público policial, parece ser que el incremento en el valor de la publicación se convertía en una barrera para el acceso del personal subalterno. Entre los años 1912 y 1921 el incremento en el salario de un guardián tercero fue del 65%, mientras el precio de la Revista aumentaba a un 100%[2]. Lo cierto es que los ingresos de los guardianes no resistían gastos extraordinarios, cuando siquiera les alcanzaba para cubrir sus mínimas necesidades[3]. El año 1906 la revista citaba un artículo aparecido en La Unión que revelaba las bajas rentas de estos funcionarios: “un muchacho, aprendiz, que nada sabe, que jamás ha trabajado, gana 4.50 y hasta 5 pesos. Cabe preguntar, ¿querrá el obrero entrar a la policía con $60 de sueldo mensual, o sea $2 diarios?[4] En ocasiones, la publicación canalizó estos temas y las necesidades de sus hombres, sin embargo su tratamiento fue más bien discreto.

El interés regenerador de la Revista

La Revista de la Policía de Valparaíso tenía canales de distribución orientados principalmente hacia los funcionarios de Valparaíso. No obstante, durante la segunda etapa algunos ejemplares fueron enviados en forma gratuita a todos los prefectos del país y a los jefes de policía de Santiago “para interesarlos en la solución de temas que afectan muy de cerca el porvenir de la institución policial”[5]. Más allá de las consecuencias de tipo financiero, lo cierto es que esta decisión abriría nuevos canales de diálogos con las policías de otros lugares del territorio nacional. A través de la sección Preguntas y Respuestas, la publicación se expandió hacia un nuevo público lector que se beneficiaba del intercambio que ofrecía la Revista, haciendo llegar sus opiniones y consultas sobre temas de interés general y procedimientos específicos del quehacer policial. Participaban de esta sección las policías de Arica, Quillota, Coquimbo, Curicó y Talca, entre otras ciudades. Estos acercamientos cobraron frecuencia a través de la sección Policías del País, destinada a dar a conocer en detalle los adelantos de cada cuerpo policial. Por su parte, los lectores porteños mantenían un seguimiento de la información aparecida en otras revistas, especialmente del Boletín de la Policía de Santiago, haciendo continuas comparaciones sobre los contenidos de ambas publicaciones.

Sin embargo, la publicación no solo se limitó al ámbito policial. En las primeras editoriales se explicitaba el interés en aproximarse a la comunidad porteña, con el objeto de establecer un “feliz contacto entre el vecindario y los encargados de velar por su paz y la tranquilidad de su sueño”. Este contacto, al parecer no tuvo la misma fluidez desde uno y otro lado: mientras los cronistas policiales colaboraron con variados artículos sobre la proximidad entre el policía y el pueblo, solamente se pudo encontrar dos cartas dirigidas a la redacción firmadas por vecinos, una de ellas requiriendo información sobre el permiso para portar armas y la segunda canalizando las felicitaciones de la colonia inglesa residente hacia los guardianes encargados de vigilar el sector comercial de Valparaíso. Según los cronistas policiales, esta publicación llegaba a las altas esferas, como el Ministerio del Interior y la Presidencia de la República, cuya recepción era vislumbrada como un excelente canal de comunicación de las policías porteñas ante el gobierno, para mantener a la autoridad al tanto de los contenidos del interés policial, tales como el proceso de unificación policial en el país, tema que por estos años surgía en el debate.

La Revista también reproducía crónicas sobre información policial extraídas desde la prensa comercial, especialmente las críticas efectuadas hacia la institución sobre la falta de formación y el mal desempeño de los guardianes, así como denuncias sobre irregularidades que recaían en la institución. El sentido de publicar esta información era entregar una segunda lectura con información recabada de primera fuente, posibilitando la realización de ejercicios de desmontaje de la información masificada por la prensa comercial, para presentar una lectura propia de los hechos[6]. Esta información en ocasiones iba acompañada de la crítica hacia la fuente misma, se trataba con inquina a los “chicos de la prensa, jovencitos que conocemos de vida campechana y alegre, se transforman en moralistas catonianos, no bien encuentran empleos en las oficinas de un diario”. Lo cierto es que la relación con los otros medios se caracterizaba por la tirantez permanente y el órgano policial no dejaba pasar oportunidad de exponer su impotencia sobre las atenciones que la policía les debía a los representantes de la prensa: “Las salas de la prefectura deben estar siempre abiertas; los comisarios les deben confidencias; los oficiales de guardia, noticias reservadas; los fiscales, conocimiento de los sumarios” [7].

También otros sectores de la sociedad coincidían en los reparos efectuados hacia los hombres que componían la policía, quienes suscitaban la aversión de las clases populares por su actuar despótico y la desconfianza de la elite por el origen popular de los hombres de tropa, compuesta según un cronista policial de “individuos que para atender a sus más premiosas necesidades, olvidan el cumplimiento de sus deberes, recordando acaso que en su hogar falta el pan”[8]. Desde aquí se entiende la misión regeneradora que se recalcó desde los inicios de la publicación, tal cual lo planteaba su primer Director, el capitán Francisco Machuca, indicando que el objetivo de esta Revista se centraba en “el mejoramiento del servicio, en su más alta y fecunda concepción, cual es el conocimiento exacto de los deberes y obligaciones de sus miembros”. Lo anterior se puede colegir al visitar las páginas de la primera etapa: junto a la publicación de órdenes del día y campañas anti alcohólicas que ocupaban un lugar privilegiado, se difundían conferencias de la oficialidad dirigidas hacia la tropa sobre moral, buenas costumbres y deberes del personal. También se identificó un marcado interés por el conocimiento de los marcos legales que regulaban la actividad policial, este material era requerido para su publicación por los propios guardianes, lo que hace suponer que objetivo formativo impulsado por la dirección encontraba una buena recepción por parte del público lector.

En el contenido de este material instructivo destacaba la figura del funcionario subalterno quien representaba el centro del interés regenerador de los editores. El material editado se orientaba a que el guardián se compenetrara con sus funciones, evitando que actuara “como autómata” y promoviendo el logro de mayores grados de discrecionalidad en la calle: “vigilar y prevenir no es un acto mecánico” repetían las indicaciones que engrosaban las páginas de la publicación, complementadas con folletines y guías que contenían los procedimientos que tenían que seguir los hombres en sus rondas callejeras. Un ejemplo del aporte instructivo del material escrito emerge del relato de un cronista-guardián, quien contando con 13 años de servicio en la policía, relataba que en sus primeros años recibió instrucción en forma verbal. Señalaba que en estos primeros años de formación, los hombres no lograban compenetrarse de las orientaciones que se les entregaban, por falta de preparación intelectual u olvido; situación que se modificaría gracias al aporte de la Revista, cuyas publicaciones facilitaban el estudio de los procedimientos legales y normativos, los que en el ejercicio práctico eran asimilados completamente por los hombres. Para este lector el futuro regenerador era auspicioso con la Revista: “nuestros dirigentes verán en poco tiempo en sus subalternos los frutos que deben esperarse de toda buena institución” [9].

Entre el copioso material de formación que se aprecia en las páginas del semanario, los cronistas-policiales encontraban un espacio para compartir su ser policial mediante escritos que remitían a alguna sensibilidad innata de los hombres que habían sido “llamados” por la función policial en la cual desvelos y deprivaciones eran sublimados mediante la trasmisión de valores como el sacrificio y patriotismo, inherentes a la carrera policial, la que era considerada como “un verdadero sacerdocio”. En su artículo “¿Por qué soy Paco?”, un cronista retrataba la templanza del vigilante: “En horas avanzadas de la noche, he sorprendido a más de un servidor tragándose sus lágrimas, sin pretender abandonar su puesto siquiera”[10]. Junto con esto, se publicaban textos denominados Folletines que se anexaban al final de cada número, invitando a los lectores a empastarlos y contar con su propia colección de “obritas de literatura policial”, las que se ponían a disposición “para solaz de los lectores y al mismo tiempo, como un obsequio”. Mientras el primer tipo de escritos cumplían una función doctrinaria, estos últimos obedecían a un doble propósito: entregar entretención y facilitar el ejercicio de la lectura y expresión del pensamiento escrito de los lectores. Las secciones como Ensayos Literarios, Lectura amena, Concursos cuentos y chistes y Anécdotas de Cuartel, entre otras, buscaban entregar a los guardianes “lecciones prácticas de redacción y buen decir, a la vez que se proporcionará un agradable pasatiempo”.

Los escritores-policiales

Sin embargo, la mayor cantidad de escritores de la publicación no formaba parte del grupo en el cual se focalizaban las lecturas. En general, los colaboradores de la Revista se identificaban con su nombre y escalafón, lo que permite aseverar lo anterior: salvo artículos excepcionales de autoría de personal no policial (médicos, veterinarios y abogados), la mayor parte de las colaboraciones provenían del personal policial porteño, cuyos escritos se concentraban en jefes y oficiales (91%) versus una menor participación (9%) de guardianes-cronistas.

El personal subalterno presentaba bajos niveles de instrucción formal, al ingreso solo necesitaban tener un conocimiento básico de lecto-escritura y al interior del cuerpo policial el grado de educación con que se les nivelaba no superaba al 4 año de nivel básico. Lo anterior puede sugerir que el público lector no estaba compuesto en su mayoría por guardianes, situación que se potenciaba debido a la inexistencia de incentivos para los funcionarios subalternos que desarrollaran trabajos intelectuales, los que en cambio eran explícitos para la oficialidad, cuyas publicaciones en el semanario los hacía merecedores de una anotación en su hoja de vida y aumentaba su evaluación en los concursos para obtener asensos[11].

Con todo, existieron guardianes que canalizaron sus inquietudes a través de la Revista ya sea a nombre propio, en forma grupal o “en nombre del personal de guardianes”. Estos lectores aspiraban a que la Revista publicara material de consulta y estudio, tales como ordenanzas municipales, reglamentos, Ley de Garantías Individuales, Ley de Alcoholes, Código Penal, entre otros. Según lo expresaban, esta documentación era considerada esencial para el cumplimiento de sus funciones, lo que nos lleva a pensar en la utilidad de esta publicación en el ámbito de la autoformación. De hecho, en ocasiones recibieron con actitud crítica la publicación de información que fue considerada de poca utilidad para los fines educativos, tal como lo señalaba un guardián el año 1907, quien interpelaba a la dirección a incluir material de interés para su trabajo: “vemos con desagrado que en la revista no encontramos nada de provecho: no sucederá lo mismo en caso que nuestra petición sea satisfecha”.

Las colaboraciones de los guardianes incluyeron aportes a la sección literaria, poemas o relatos y propuestas canalizadas a la prefectura sobre una variedad de temáticas que incluían ideas para mejorar el perfil de ingreso, elevar el nivel intelectual de la tropa y otras temáticas que contribuían a fomentar la cultura policial y el sentimiento de identidad, especialmente en la segunda etapa de la Revista.

Como se indicó, la mayoría de los cronistas policiales formaron parte de la oficialidad, destacando figuras como las de Antonio Santibáñez y Alejandro Peralta. Santibáñez se inició en la crónica el año 1909 abordando una amplia gama de temas que trataban sobre procedimientos, leyes, formación y política entre otras. El año 1914 bajo el rango de comisario inspector, ocupó el cargo de Redactor y Director de la Revista, funciones que cumplió hasta fines del mismo año, en que la publicación finalizaba su circulación del periodo. Un año antes de esto, inició su recorrido de cronista el entonces ayudante de la prefectura, Alejandro Peralta. Sus primeras colaboraciones eran del ámbito literario, para posteriormente enfocar sus trabajos sobre temáticas de organización interna. A diferencia de su antecesor, Peralta continuó colaborando con la publicación hasta su reapertura el año 1921, asumiendo su dirección con el rango de sub comisario. Este periodo se caracterizó por la diminución de colaboradores policiales, mientras la profusa actividad de Peralta continuaba, esta vez bajo el pseudónimo de Odiseo, quien llegaría a escribir un total de 50 artículos que aparecieron en los 18 números de la Revista, salidos a luz entre 1921 y 1922.

El esfuerzo de Peralta rendiría sus frutos años más tarde: el año 1927, siendo teniente coronel, era nombrado Director de la Revista de Carabineros de Chile, órgano dependiente de la nueva institucionalidad que tras la fusión de las policías, hizo lo suyo con la Revista Orden y Patria dependiente de Carabineros –de la cual había sido Director– y la Gaceta de Carabineros de Chile, órgano que dependía de las Policías Fiscales.

El peso de la cultura policial

Los esfuerzos de difusión desplegados por el equipo editorial no entregaban buenos resultados: en los años 20 un cronista policial lamentaba la escasa circulación del semanario entre el personal del cuerpo, agregando: “triste es decirlo, existe en algunas secciones un no escaso número de reacios, y un visible desinterés por obtenerla e imponerse del contenido de su lectura”[12]. En este mismo periodo se observa un reflujo en los funcionarios policiales que escribían, y en los últimos años de la segunda etapa, una escasa cantidad de colaboraciones sobre temas de interés policial. Esta situación fue compensada con una variedad de publicaciones, entre las que se incluía documentación sobre funcionamiento interno y una cantidad considerable de transcripciones de prensa y ensayos extraídos de medios extranjeros -principalmente estadounidenses y europeos- sobre temáticas policiales, tales como la criminalidad, sistemas carcelarios, los avances en tecnologías policiales, entre otros; tópicos que posteriormente fueron desplazados ante la emergencia del anarquismo, los controles de habitantes y el crimen organizado, que se instalaron como temáticas de cierta constancia. Con la información sobre estrategias delictivas y organización de los servicios policiales y de seguridad en distintas latitudes, se estimulaba el estudio de este material entre los guardianes que “quisieran hacer carrera” en la institución. Los modelos policiales que se exploraban eran coincidentes con el discurso de la elite chilena de fines del siglo XIX, que seguía el desarrollo de las policías de Inglaterra, Londres, París o Nueva York.

Sin embargo, la mirada de la Revista también se refrescaba con la exploración de modelos próximos, en cuyo caso se estudiaba la policía de Buenos Aires, considerada como “una de las mejor organizadas de América Latina”. En 1912, el semanario porteño daba cuenta de la recepción de un libro que contenía la Reseña Histórica de la Policía de Buenos Aires, en el periodo desde 1778 hasta 1911. El autor de este libro, impreso “elegantemente” en los talleres de la imprenta policial de Buenos Aires, era el comisario Leopoldo López. Estos intercambios continuaban con el envío de un informe sobre “Cuestiones Obreras y Sectarias de la República Argentina”, de J. Vieyra, jefe de la División de Orden Público de Buenos Aires y prosiguieron hasta la década siguiente, con la recepción de la Revista de Policía de Rosario, órgano oficial de la Caja de Socorros de la Policía, que en sus 32 páginas contenía material de lectura exclusivamente policial.

Estos intercambios eran coincidentes con el énfasis formativo de la primera etapa de la Revista, publicando conferencias y recomendaciones para que la oficialidad impartiera la instrucción de tropa sobre moral y comportamiento en el servicio, procedimientos frente a los delitos comunes, transcripción de disposiciones vigentes en materia criminal, instrumentos de registro, procedimientos de identificación y pesquisa, resaltando el estudio de la dactiloscopia y filiación antropométrica, entre otros.

Al interior de la Revista se adjuntaban las Guías Policiales, insertos desplegables que contenían información necesaria para el quehacer policial, tales como horarios de salida de los ferrocarriles, direcciones de juzgados, nombres de abogados y autoridades departamentales. Del mismo modo se difundió –para posteriormente convertirse en documento de adquisición obligatoria entre el personal– la Cartilla del Guardián de Policía, un manual de bolsillo de autoría del comisario de la policía de Santiago Guillermo Ávila Money, que contenía los deberes del guardián y disposiciones para el servicio de vigilancia, incluyendo un apartado con jerga delictual y su significado. También, bajo el título “Instrucción Policial”, a través de un inserto se publicitaba el libro Recopilación de Materias Policiales escrito por el ex-prefecto Alberto Troncoso, con un valor de $15 cada ejemplar.

En este periodo, el aumento de la delincuencia en las principales ciudades del país ocupaba un lugar importante en la crónica noticiosa, que criticaba la ineficacia del aparto policial para poner freno a la “plaga de rateros” que arrasaban con la propiedad privada en Valparaíso. El órgano policial replicaba exponiendo las limitaciones de su planta de funcionarios, que para el año 1911 tenía bajo su custodia una extensión de 320 km. cuadrados, contando para ello con 1.322 guardianes[13]. Este mismo año la Revista iniciaba su sección Crónica Criminal, cuyo “único objeto es el de publicar mensualmente una relación de las investigaciones practicadas, la relación detallada de algún hecho sensacional, la publicación de la fotografía de los ladrones conocidos como tales: rateros, vagos, contadores del cuento del tío, estafadores, encubridores de robos, compradores de robos, monederos falsos y especialmente de aquellos que se dedican a robar en el comercio”.

Se indicaba que estas fotografías servirían para que el público y especialmente el guardián de policía, “conozcan a los individuos que tienen el vicio por oficio”. De esta forma, la cultura policial se nutría de la cultura delictual, al incorporar a la formación policial la comprensión del ser delincuente, en un sentido que trascendió la inclusión de elementos delictuales por parte de la institución porteña, cuyas prácticas se implementaron hasta por lo menos 1917, cuando tras un escándalo se divulgaba que un grupo considerable de ex delincuentes continuaban desempeñando funciones al interior de la Sección de Seguridad[14]. El aporte de la Revista tendía a transferir estas culturas delictuales en la esfera del conocimiento policial: el año 1907, bajo el sugerente título de Galería de Notabilidades se habían incorporado los retratos de los principales rateros “que se dedican al ramo de las carteras en lugares concurridos de la ciudad”. Desde aquí en adelante, hacían su aparición en la Revista las Galerías Criminales, presentando los rostros de hombres y mujeres que bajo una pretendida intención científico-policial agrupaban a seres despojados de toda humanidad, para coleccionarlos como mariposas en cuarteles y páginas policiales.

En este mismo periodo, la Sección de Seguridad iniciaba su propia historia del delito, incluyendo el relato pormenorizado de los hechos para ponerlos a disposición de la comunidad, la cual incluía el registro fotográfico de lugares y los “héroes policiales” que habían actuado en los sucesos. Estos relatos-imagen reflejaban buena parte del ideario que movilizó a los editores del semanario en la instauración de una narrativa heroica sobre la figura del guardián a modo de retribución simbólica de la actividad policial, tal cual se desprende de una de las primeras fotografías publicadas. En ella se muestra a tres guardianes tras la captura del asaltante: los hombres del pueblo, de semblante severo y orgulloso, visten gastados uniformes, sosteniendo su gorra bajo el brazo derecho en actitud marcial. Estas figuras se acrecientan frente al bandido sin nombre, quien después de recibir un tiro de carabina que le atravesó la cabeza, yace tirado sobre una camilla, a rostro descubierto. Sobre su cuerpo semi tapado por trapos, el rifle recortado que utilizó.

Estos imaginarios se reforzaban llegando a adquirir tonos de mesianismo, cuando un funcionario policial resultaba herido o muerto en actos de servicio, tal como lo presentaba un cronista a propósito de la muerte de un guardián en servicio: “Hay necesidad de entrar en las capas sociales con el libro abierto, como entraban con la cruz en alto los misioneros en las regiones salvajes, para enséñales que deben respetar a la policía”[15].

Bajo los influjos del mercado periodístico

El año 1921, otro colaborador se lamentaba por la baja recepción de la publicación entre los guardianes, situación que asociaba a su insuficiente educación intelectual. Comentaba que al insinuárseles a estos funcionarios que se instruyeran por medio de la publicación, contestaban “con deprecio, diciendo que sienten los 80 centavos que mensualmente tienen que pagar por ella y que solo sirve para arrojarla a la basura”[16]. Un año antes, a través del mismo medio la prefectura de Valparaíso había recomendado la suscripción voluntaria del personal, como requisito necesario para su sostenimiento, sin embargo, según los cronistas policiales “a esta bien inspirada recomendación” se habría “respondido con el más frío retraimiento e indiferencia”.

Se hablaba de un visible desinterés del personal por adquirir la Revista, aun cuando la publicación recibía los elogios de medios como El Mercurio de Valparaíso, quien valoraba la calidad de sus grabados y artículos, los que –según su opinión– representaban una excelente referencia para el público policial y civil. De esta forma, se contaba con la aprobación periodística de un medio considerado como el gran intelectual de la clase dominante[17], que estimaba que la Revista contaba con una “muy buena cepa periodística de parte de quienes han logrado ir presentando tan armonioso como útil conjunto”[18].

El mecanismo de la suscripción representaba un componente importante para garantizar la continuidad de la publicación, que contaba con escasos aportes institucionales. Los intercambios que comenzaron con el envío gratuito de ejemplares a policías de otras ciudades, se transformaban en beneficios: desde La Ligua un Prefecto solicitaba la suscripción de 19 ejemplares mensuales y la policía de Talcahuano suscribía con otros 125. Estas noticias eran recibidas con satisfacción por los editores, quienes valoraban que este medio, que contribuía al perfeccionamiento profesional y económico del individuo, fuese preferido por sobre otro tipo de revistas de carácter deportivo, literario o social, que eran los que por aquel entonces “más satisfacían a la totalidad de los espíritus”.

Constantemente la postura editorial remarcaba el contenido instructivo de la publicación, indicando que la literatura y la amenidad eran para ellos “cosa secundaria”. Sin embargo la competencia era dura entrando el siglo XX, con la irrupción en el país de la concepción liberal moderna de la prensa, caracterizada por un marcado énfasis en la pretensión informativa y el desarrollo del mercado noticioso. El sistema de fotograbado que reemplazó al litograbado abrió nuevas y atractivas formas de presentar la noticia a través de la fotografía, los nuevos intereses –deportes, leyes, vida social, arte y publicidad para el comercio– pasaron a ocupar un lugar central en la expansión de un verdadero mercado informativo. En este desarrollo de periódicos-empresa cuyo decano era El Mercurio de Valparaíso, perteneciente a la poderosa familia Edwards, posteriormente hizo su aparición la revista Zig-Zag -del mismo dueño- causando gran revuelo: las ciudades amanecían empapeladas con carteles publicitarios a todo color que el mismo Agustín Edwards se encargó de traer desde Estados Unidos, con el lema “Lea Usted Zig-Zag”, cuando apareció, los 100.000 ejemplares del primer número se agotaron en pocas horas[19].

La existencia de este mercado informativo, trajo mayores exigencias de competitividad y la necesidad de contar con un fuerte respaldo monetario para cualquier empresa que pretendiera entrar al rubro. Aun cuando se trataba de una línea editorial diferente, cuestión que los editores de la Revista establecían permanentemente al subrayar la especificidad de los contenidos de este medio –que los diferenciaba de las publicaciones centradas en el entretenimiento– el semanario policial no tardó en incorporarse al mercado informativo, por medio del avisaje y la circulación, elementos que se convertirían en importante fuente de ingresos. Desde los primeros años en los cuales se remarcaba la función formativa y moralizadora de la Revista –periodo en el cual se indicaba que la existencia de este medio no se valorizaba a ningún precio– el escenario fue cambiando y la modesta circulación, sumada a la baja en las suscripciones fue suscitando la preocupación del directorio por la falta de sustentabilidad financiera. La crítica hacia la indiferencia del lector-policial se expandía a las características del chileno como representante de una cultura que, a diferencia del extranjero, tenía “fama de no proteger su propia industria; desde la más alta hasta la más baja esfera en sus diversos ordenes, no existe espíritu emprendedor, salvo raras excepciones”. El mismo cronista agregaba:

A mí me ha correspondido observar, el cúmulo de desagradables murmuraciones a que da margen el cobro de su modesto importe y en lenguaje inculto prometen destinar sus páginas para un fin que, dentro de la cultura y educación, no tendría calificativo posible[20].

En estos años, otro colaborador aseveraba que la impresión de este medio no dejaba ninguna utilidad a sus propietarios, originándole más bien “pérdidas por su reducido tiraje, y su vida hasta hoy posiblemente es debido a sus avisos comerciales”. Lo cierto es que, más allá del espíritu diferenciador que resaltaban sus editores con respecto a otro tipo de publicaciones populares en la época, la dirección de este medio debió desarrollar su espíritu emprendedor para continuar con el proyecto: al observar las páginas de la Revista, destaca la abundante cantidad de avisaje publicitario, cuestión que se acentuó hacia el final de su segunda etapa en la cual se incluye prácticamente en todas las páginas, a través de insertos que ofrecían una amplia gama de servicios y artículos de los establecimientos comerciales que por estos años prosperaban en el puerto.

Hacia el final del periodo se acentuaba la impronta de la prensa comercial en la Revista, aun cuando se insistía en mantener una distancia diferenciadora con la prensa tributaria del mercado informativo. No obstante, esta aparente contradicción tenía sus antecedentes: en los primeros años de la publicación policial, la revista Zig-Zag había cautivado a los editores policiales. El año 1905 se reproducía una sección de deportes de este semanario, un año después el Prefecto policial recibía como obsequio el Anuario de Zig-Zag, el que se publicitaba a través de las páginas del semanario policial. Estos intercambios continuaban hasta el año 1922 en que se promovía el inicio de la Sección Consultas en la Revista, sección que pretendía ser “análoga a la de preguntas y respuestas de la revista Zig-Zag”.

También se reproducía otro tipo de información que seguía el modelo de revistas comerciales, tales como caricaturas y crónicas extraídas de la Revista Corre Vuela y otras, refrescando las páginas anteriormente atiborradas de textos. Hacia la segunda etapa de la publicación, hay un cambio manifiesto en su formato: de allí en adelante todas las portadas contenían caricaturas en blanco y negro, cuyo creador era C.O Rosner. Estas imágenes contenían un humor que fluía entre el funcionario, las incidencias de su trabajo de calle y críticas dirigidas hacia las jefaturas en su relación con el personal de tropa por su trato despótico y la holgura económica de la oficialidad en tiempos de crisis.[21]

Así también se incorporaba una sección inspirada en las páginas sociales de otros medios, con soporte fotográfico en papel especial y un formato similar a las contenidas en la revista Sucesos, otra publicación de alta distribución a nivel nacional. En estos registros es casi imposible diferenciar al interior de la Revista los contenidos de carácter instructivo o comercial: la sección Bellezas Chilenas publicaba retratos de damas de la alta sociedad, en otro se divulgaba el matrimonio entre una mujer de la alta sociedad argentina y un chileno, se incluían despedidas de artistas porteños que viajaban al extranjero, actividades de la Cruz Roja y recepciones a los jefes policiales, todo ello intercalado con las famosas Galerías de Delincuentes.

A modo de conclusión

El análisis de la Revista de Policía de Valparaíso nos da cuenta de una publicación iniciada en un contexto de reorganización, con un marcado sentido regenerador hacia la tropa en la primera etapa y una transformación hacia el final del periodo en la que se abre al contexto de transformación cultural que se desarrollaba en las primeras décadas del siglo XX. En este periodo se consolidaba un periodismo de masas que se desarrolló a nivel latinoamericano que a la vez llevó aparejado el cambio en los lectores, sus gustos y preocupaciones[22]. En este sentido, resulta interesante observar esta publicación institucional en diálogo con el entorno para tratar de comprender las tensiones que se hicieron presentes en la vida de la publicación, los hombres que la dirigieron y aquellos que la recepcionaron.

Los espacios de tensión daban cuenta de intereses compartidos inicialmente entre los directivos y el reducido número de guardianes-lectores, en cuanto al carácter formativo de la publicación y la preocupación de estos últimos debido al paulatino abandono del carácter instructivo, con contenidos que debieron modularse para mantener la publicación en un mercado altamente competitivo. En el periodo final, el espíritu de innovación impregnó a este medio, que poco a poco fue dando preponderancia a la entretención, con predominio de la publicidad e información asimilable a las publicaciones comerciales de venta masiva, lo que marcó su línea editorial hasta el final de la publicación.

Un elemento interesante surgido desde las páginas de este material dice relación con las representaciones de un nosotros, que estuvieron marcadas por la presencia predominante de voces oficiales, generadas en un espacio altamente jerárquico. No obstante, emergieron representaciones sobre el “ser policial” disputando estos espacios de lectura oficial, principalmente a través de la caricatura, un soporte polisémico que por lo mismo quizás representó la posibilidad de exponer algunas señas de transgresión ante la voz jerárquica. A través de ellas se manifiesta la inconformidad y la crítica frente a un estado de cosas que en posteriores publicaciones –como la Revista Ilustración Policial (1921-1924)– serán ampliamente desplegadas teniendo como horizonte el proceso de unificación policial. Estas representaciones nos sugieren la existencia de una cara adversa frente al imaginario homogéneo bajo el cual se pretende representar al funcionario policial en Chile desde inicios del siglo XX hasta la actualidad.


  1. Este trabajo se enmarca en el proyecto FONDECYT regular Nº 1130623, titulado “Historia de las policías, las funciones y las prácticas policiales en Chile. El periodo formativo, 1830-1927”, a cargo de Daniel Palma Alvarado.
  2. Desde los años 1907 hasta 1912 el sueldo de un guardián 3° en Valparaíso permaneció estacionario en $120 anuales, aumentando a $144 recién el año 1921.
  3. Cárdenas Muñoz, Vania. El orden gañán. Historia Social de la policía de Valparaíso, 1896-1920. Concepción, Ediciones Escaparate, 2013, p. 191-247.
  4. La Unión, “La policía de Valparaíso”. En: Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n. 1, Valparaíso, 31/10/1906.
  5. Revista de la Policía de Valparaíso, año II, n.14, Valparaíso, 1/04/1922.
  6. En el año 1906, la Revista publicó un artículo extraído de El Diario Ilustrado (1906) en el cual se criticaba la dureza del prefecto Morales en su trato hacia los guardianes, replicando con una entrevista en la cual el mismo jefe entregaba su versión, justificando algunas acciones y exponiendo la inexactitud de los dichos periodísticos difundidos por El Ilustrado.
  7. “A un año de labor”, Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n. 12, Valparaíso, 30/09/1907.
  8. Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n.2, Valparaíso, 01/04/1921.
  9. Correspondencia José M. Rojas, guardián 2° de la tercera comisaría. Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n.5, Valparaíso, 01/07/1921.
  10. Enrique Devia C., “¿Por qué soy paco?”, Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n. 1, Valparaíso, 01/03/1921.
  11. Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n. 2, Valparaíso, 30/11/1906.
  12. Roa Divas, Julio, “Escasez de criterio”, Revista de la Policía de Valparaíso, año II, n.16, Valparaíso, 01/06/1922.
  13. Revista de la Policía de Valparaíso, año V, n. 63, Valparaíso, 15/07/1911.
  14. Potpurrí”. Revista Sucesos, año XV, n. 775, Valparaíso, 02/08/1917.
  15. Revista de la Policía de Valparaíso, año VII, n.84, Valparaíso, 01/01/1913.
  16. Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n. 7, Valparaíso, 01/09/1921.
  17. Santa Cruz, Eduardo. Análisis histórico del periodismo chileno. Santiago de Chile, Ed. Nuestra América, 1988.
  18. Revista de la Policía de Valparaíso, año I, n.9, Valparaíso, 01/11/1921.
  19. Santa Cruz, Eduardo, Ob.cit. , p.50.
  20. Roa Divas, JulioEscasez de criterio”, Revista de la Policía de Valparaíso, año II, n.16, Valparaíso, 01/06/1922.
  21. Ejemplo de esto último pueden apreciarse en las caricaturas de portada “Café muy cargado” y “Sin sueldos y tan gorditos”. Revista de la Policía de Valparaíso, año II, n.16, 01/06/1922 y año II, n. 18, 01/08/1922, respectivamente.
  22. Álvarez, Jesús; Martínez Ascensión, “Consolidación del periodismo de masas (1910-1950)”. En: Historia de la prensa hispanoamericana., Madrid, Editorial MAPFRE, 1983, p. 179-182.


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