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13 El problema de la interdisciplinariedad universitaria y la formación docente[1]

El balance de la crisis según L. Polo[2]

Martino, Silvia – Assirio, Juan[3]

Resumen

En este trabajo se va a estudiar el problema de la interdisciplinariedad universitaria, tema de relevancia y complejidad en la actualidad. Aunque generalmente este asunto se aborda de modo analítico, este estudio pretende ofrecer un enfoque sistémico. De esta manera se podrá brindar una mayor extensión y hondura que intente reunificar los diversos aportes en la búsqueda de soluciones de fondo, evitando así, análisis meramente parciales. Se siguen los aportes del filósofo español Leonardo Polo, ya que ofrece algunas claves para iluminar el problema.

Primeramente se ofrecerá la descripción que Polo hace de la universidad y de las raíces de la crisis en la que se encuentra: el desgajamiento de los saberes superiores y la ruptura de la unidad entre ellos. Allí estaría, según él, el origen de esta desvinculación de las ciencias entre sí y sus consecuencias. Como solución, el autor ofrece una teoría del conocimiento que, en nuestra opinión, resuelve esta problemática ya que da cuenta de la importancia de la interdisciplinariedad en vinculación con los diversos niveles del conocer humano.

Entendemos que la formación de los docentes en este aspecto es de capital importancia porque ofrece unos fundamentos que permitirían superar la situación actual.

 

Palabras clave: Interdiscipinariedad. Crisis de la universidad y del profesorado. Teoría del Conocimiento. Departamentos interdisciplinares.


Planteamiento

En este trabajo se estudiará el problema de la interdisciplinariedad en el ámbito de la universidad. Como sobre él los especialistas en cada área pueden aportar bien poco, porque su planteamiento es analítico, conviene plantearlo desde una perspectiva sistémica, reunitiva. De esta manera se podrá otorgar mayor extensión y hondura al tema, y se logrará reunificar los diversos aportes en la búsqueda de soluciones de fondo en vez de análisis parciales. En el estudio de este tema se sigue la propuesta del filósofo español Leonardo Polo, porque brinda claves que ayudan a encontrar la solución del problema.

En la comunicación, primero, se hará una referencia a la crisis de la institución universitaria expuesta como desgajamiento de los saberes superiores y ruptura de la unidad entre ellos. Esta crisis es esperable por la crisis de sus principales actores o protagonistas, los docentes universitarios[4]. Luego se intentará exponer la solución que el autor ha propuesto frente al diagnóstico que hace de la universidad. Se destacarán tres claves que consideramos indispensables para comprender la Teoría del Conocimiento que se expone: 1) el origen de esta falta de vinculación de las ciencias y sus consecuencias, 2) la cuestión del método y 3) la interdisciplinariedad. El autor brinda una teoría del conocimiento que puede resolver esta problemática que, según él, se incoa a fines del s. XIII, porque su planteamiento gnoseológico da cuenta de la importancia de la interdisciplinariedad en vinculación con los diversos niveles del conocer humano. La teoría del conocimiento desarrollada por Leonardo Polo que se expone nos parece que está a la altura de nuestro tiempo.

En tercer lugar se propone la interdisciplinariedad en la Universidad especialmente a través de equipos de Proyectos o en Departamentos como una propuesta concreta que facilite la vinculación de las distintas disciplinas. Así se apunta a que este despliegue interdisciplinario de la cultura superior en el trabajo de cada docente forme parte principalmente del Bien Común y del crecimiento de cada uno de ellos. Se advierten sobre posibles vicios a tener en cuenta y se mencionan algunos criterios para la organización de estos departamentos.

Finalmente se remarca que la interdisciplinariedad es un asunto que excede la teoría del conocimiento porque es personal. Conviene que los docentes universitarios estén formados en Antropología y Ética para lograr comprender el estatuto de la ciencia que estudian, es decir su tema y su método o nivel cognoscitivo. Pero la interdisciplinariedad en la Universidad se logra y crece cuando los docentes crecen personalmente y en su vinculación. Crece cuando ellos lo hacen con más libertad, en búsqueda de verdades superiores en unidad vinculante, cuando pueden dotar de sentido personal libre su actividad y la universidad. De acuerdo con este planteo se comprende que parte importante de la formación y el crecimiento en la profesión docente radica en cómo en las instituciones educativas de formación de Docentes procuren trabajar interdisciplinariamente.

Lo que se plantea en definitiva busca ser un cauce para que se viva la Universidad como apertura y vinculación de profesores y alumnos en la búsqueda de verdades más altas como comunidad de personas en unidad.

1. La misión de la universidad

Según Leonardo Polo (1970) la universidad es del ámbito de las manifestaciones humanas. Estas manifestaciones están orientadas hacia una misión y tres funciones en orden al logro del bien común. La universidad, según este autor, es uno de los tres factores de cohesión de la vida social –junto con la familia y la empresa-. La universidad es definida por Polo (1996 a) como la comunidad de investigadores cuyo fin específico es incrementar en cada área el “saber superior”. Se trata, en su comienzo, de la unión entre profesores y alumnos para descubrir las verdades superiores. Esto indica que quienes pertenecen a ella vivan de modo natural la interdisciplinariedad, porque saben subordinar los saberes inferiores a los superiores, a la par que desde los superiores arrojar luz sobre los inferiores. Pero Polo considera que el correcto modelo de esta gran institución duró poco, pues un siglo después de su inicio ya se perciben rasgos en la pérdida de su identidad. Así, desde el s. XIII se ha procedido de tal manera al astillamiento e independencia de los saberes. Por tanto, para Polo, “la misión de la universidad consiste en recuperar su unidad, es decir, volver a ser universidad, algo que, insisto, progresivamente ha dejado de ser. No renunciar a que el saber conduzca a la vida social y para eso hace faltar abrir la vida social, a las ciencias superiores. Si no, la sociedad estará dominada por motivaciones excesivamente materialistas” (Polo, 1996 b, p. 40).

El diagnóstico poliano (1970) sobre la universidad, como muchos otros autores e intelectuales de los siglos XX y XXI (Martino, 2015), radica en que se encuentra en estado de crisis, como asimismo el mundo en el que está inmersa. Sellés (2010) comenta que

“la universidad es la cúspide del saber superior y de su transmisión. Si ésta no estuviera en crisis en una sociedad que está aquejada de ella sería asunto admirable” (p. 9).

La causa es el desgajamiento de las diversas disciplinas. En tal sentido, el mismo autor (2011) señala que:

“La técnica no está equilibrada con las demás disciplinas, tanto teóricas como prácticas, pues intenta subordinarlas todas a sus intereses. En efecto, los avances teóricos físico-matemáticos están en función de la construcción de nuevos aparatos con fines pragmáticos (ej. la aeronáutica, la telemática, etc.). A su vez, la ética aparece subsumida en la técnica, de tal modo que se intenta llegar a considerar como bueno lo que la técnica permita (ej. la fecundación in vitro, la clonación, etc.). También la política se subordina hoy a la técnica, y por ello viene a ser socialmente aprobado, o relevante, lo que la tecnología permita (ej. la manipulación de células embrionarias, etc.)”. (p. 473).

1.2. Algunos antecedentes de la crisis universitaria

Este desgajamiento no es algo inesperado, sino que la crisis tiene antecedentes (Polo, 1996 a). Y puede tomarse como clara descripción de este estado lo que Polo plantea como los tres momentos históricos de la universidad que podrían muy bien vincularse con los tres radicales humanos también señalados por él[5]. Comprender esta génesis nos puede dar pistas del desconcierto actual. 

El precedente de la universidad han sido las escuelas de pensamiento de la Grecia clásica. Entre ellas destacaron la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles, en el siglo IV a.C., que duraron varias centurias. En estas primeras instituciones académicas, la búsqueda de la verdad era considerada como una actividad valiosa por sí misma, de manera que dedicarse a ella justificaba la vida y convocaba el esfuerzo mantenido de grupos selectos. La verdad es el conocimiento de la solidez de lo real, el cual concede consistencia al existir humano. La Edad Media cristiana supuso una reorientación global de la existencia que se resume con una fórmula intelectual precisa: “fides quaerens intellectum” (Comisión Teológica internacional, 2012, parr. 1). Así, la teología especulativa fue considerada la cima alcanzada por la inteligencia, pues se encontró urgida por un estímulo trascendente, el más alto. En este momento se logró la experiencia de la agudeza y el rigor de nuestra capacidad de conocer. Nunca quizá en la historia del pensamiento la interconexión entre las ciencias y la teología fue tan clara como en el nacimiento de las universidades. Así lo señala Benedicto XVI (2008).

A partir de estos precedentes surgió la ciencia occidental. La interpretación moderna del conocimiento añade una nueva característica, que es la siguiente: el saber cultivado en centros especiales se ha de poner en relación con la marcha de la historia y, consiguientemente, con la organización de la vida social (Polo, 1996 b). En tal sentido, Polo (1996, b) sostiene que

“la universidad ha perdido su unidad, precisamente porque el rendimiento social de los saberes universitarios es parcial. Sólo es aprovechable una parte de ellos, la otra no. Construir la cultura, hacer al hombre justo, no se considera rentable, ni tampoco como un impulso efectivo para el progreso” (p.54)

1.3. Algunas consecuencias derivadas de la ruptura de la unidad

La estructura unitaria de la universidad se ha roto modernamente. Como ya se ha indicado, la universidad en su origen era una institución en la que todos los saberes tenían que ver entre sí. Polo (1993, p. 192) hace referencia al ideal del árbol del saber o de las ciencias, con un tronco que aúna y una savia que vitaliza, y asimismo, con una raíz escondida pero que lo mantiene vivo, erguido, con posibilidad de extender sus ramas y de que de cada una surjan frutos diversos. Esta semejanza del árbol subyace en la comprensión de una jerarquía ordenada de las ciencias.

En cambio, la visión unilateral de los saberes también comporta una visión reduccionista del hombre. Dice Polo (1993):

“un ser humano reducido a sí mismo es, simple y llanamente, un individuo vuelto de espaldas a su especie, que orbita en torno al egoísmo. Cuando la universidad se encuentra sin unidad, segmentada, acaba siendo una institución ‘clasista’, desconcertante, inútil para un pueblo” (194).

Es una universidad que ignora al pueblo, no dialoga, no es universal ni expansiona la cultura del pueblo, sino que la angosta. Acaba recluyéndose en afinidades… y en espacios cerrados a la búsqueda de la verdad para todos.

Según Polo (1996, a), en el s. XXI

“hemos heredado una universidad que se ha transformado en una pluriversidad” (p. 54),

algo destinado a extinguirse por sus propias características de desgajamiento. Pero tenemos que reconsiderar que si ese rendimiento social de los saberes universitarios es parcial, el progreso también lo será. Unidad no significa, ni implica, uniformidad; sino vitalidad, unidad interna, cohesión, origen y fin.

A la universidad le compete, pues, hacerse cargo de ese impulso que brinda la verdad en cada disciplina, y clarificarlo con la organización de las ciencias. Polo (1996, a) indica que

“si la universidad tiene que cumplir una función social y tiene que hacerlo gallardamente, ese aporte tiene que ser interdisciplinario: Ciencias del Espíritu y Ciencias de la Naturaleza sin divorcio, sin separación” (p. 64).

Pero hemos de notar que si la cumbre de lo real es la persona, lo más alto que puede aportar la universidad tiene que ser el rendimiento novedoso y personal de cada quien. Esas aportaciones personales sólo son posibles en un ámbito de diálogo, de búsqueda de la verdad con otros, de generosidad y amistad. Por tanto, trataremos de exponer en breves líneas una somera síntesis de la teoría del conocimiento que Polo desarrolla para trabajar las dimensiones plurales, y lograr la vinculación entre ellas. Y luego tratar de expresar que ésta tiene como condición primera –trabajosa, pero posible– que cada docente esté formado en antropología y ética y logre ser quien añade con sus aportes y quien emprende en la universidad.

2. Una propuesta para solucionar la crisis: La teoría del conocimiento poliana

Polo no solamente ha diagnosticado el problema de la universidad, sino que ha elaborado una teoría del conocimiento completa que serviría de guía para encarar el tema de la distinción jerárquica entre los saberes, y así lograr la vinculación perdida. Cabe aclarar que sólo se expondrán unas líneas sobre esta disciplina filosófica que ubiquen el tema[6], pues abordar la entera teoría del conocimiento poliana excede con mucho el objetivo de esta exposición.

Con clarividencia Polo comprendió que era necesario trabajar y estudiar la distinción jerárquica de las disciplinas, su tema real y su método o nivel del conocer humano empleado en cada caso. En particular, consideró que la mejor manera de poner orden jerárquico a las diversas ciencias pasaba por elaborar una rigurosa y exhaustiva teoría del conocimiento, pues sólo este saber descubre cuales son los distintos niveles jerárquicos del conocimiento humano, los cuales permiten ejercer y desarrollar las diversas ciencias. Sin duda, la creciente especialización de las ciencias dificulta la integración epistemológica. Pero como la teoría del conocimiento humano puede ofrecer la solución, consideraremos sólo tres ítems que consideramos importantes al respecto:

a) Los puntos relevantes para lograr vincular las ciencias y cómo encararlo.

Como dice Selles (2013)

“sólo se vincula lo distinto, porque, obviamente, lo que es uno no requiere vinculación. Si se pregunta cómo vincular los diversos ámbitos del saber universitario, es porque se asume de entrada que éstos son realmente distintos” (p. 159).

Ahora nos enfrentamos con la situación real siguiente: las ciencias son distintas y la distinción es según jerarquía –jerarquía de la ciencia pero no de la persona que trabaja esa ciencia–. La correlación de las diversas ciencias se podrá obtener al estudiar el estatuto propio de cada ciencia.  Necesitamos indagar sobre su objeto propio, es decir, su tema, y sobre el carácter distintivo de su estudio, o sea, su método o nivel de conocimiento humano por ella usado. Aquí encontramos una cuestión doble, ya que –en general– una ciencia especializada no se suele preguntar ni por su tema (objeto propio) ni por el método adecuado para investigarlo y, además, no busca vincularse con las demás ciencias.

La vinculación jerárquica lleva a la unidad. Esto implica que habrá que admitir que hay unos saberes superiores y otros inferiores, y subordinar los inferiores a los superiores. En este punto comprendemos que no es fácil admitir esta distinción jerárquica, pero es patente que no es lo mismo sostener que las ciencias particulares tengan distinción jerárquica que decir que las ciencias particulares son simplemente distintas. Lo distinto no puede vincularse, y si se hace, se realiza arbitrariamente, pero si la distinción es sólo jerárquica sí pueden vincularse, y es posible, así, lograr que ese vínculo unifique las ciencias. Por tanto, es necesario encontrar un saber que logre desvelar cuáles son los distintos niveles cognoscitivos humanos y sus temas correspondientes, y que pueda llevar a cabo esa vinculación que nos conduce a la unión de los saberes.

La pregunta podría ser: ¿de qué modo se da esta vinculación? Polo explica que el nivel noético superior es el que vincula al inferior, jamás a la inversa. Este saber parece ser –en líneas generales– el filosófico. Guardini (2012) expresa esta tesis diciendo que

“una tarea que reclama mayor atención de la que habitualmente se le presta, a saber, una fundamentación filosófica de las ciencias particulares (de la ciencia del lenguaje, del derecho, de la salud y la enfermedad, de la educación, etc.). Y esto con la intención de proporcionar a la especialidad correspondiente, así como al trabajo profesional que se basa en ella, la fundamentación de sentido que necesita, si es que ha de comprenderse correctamente y poder insertar su función en el todo” (p. 37).

Si damos un paso más, nos convendría preguntarnos si –en el caso que esta ciencia pueda ordenar sus disciplinas propias, y además ordenar las otras ciencias– es la ciencia superior, o si está supeditada a otro saber que sea más noble o excelso. Una cuestión que parecería conveniente recordar es cómo la universidad comenzó su andadura con la filosofía y con la teología, y tras ellas, de un modo natural, nació el estudio de otras materias (medicina, derecho, etc.), y que de algún modo la universidad entró en una crisis de identidad, en la que aún permanecemos, cuando la filosofía y la teología ya no ocuparon el ápice de los saberes.

b) El problema del método analítico.

El método que actualmente utilizan casi todas las disciplinas, aunque sus temas sean distintos, es el analítico. Ésta es una pista que nos conduce a entender la carencia de unidad entre los saberes. Este método se caracteriza por un estudio pormenorizado de una realidad, que se toma aislada respecto de las demás. Así, se puede ser especialista o dominar una ciencia positiva concreta y desconocer totalmente la índole de otra, o carecer de la mínima noción o simplemente desconocer otra ciencia positiva. Además, en la modernidad, el método analítico comienza a aplicarse a muchas de las ciencias humanas –historia, letras, derecho, economía, etc.– y también a la misma filosofía y sus diversas áreas –psicología, sociología, antropología cultural, etc.–.

¿Qué consecuencias se desprenden de lo que estamos planteando para la universidad? La ya aludida pluridiversidad. Por lo tanto, al utilizar el método analítico de modo generalizado, no se logra ni vislumbrar el problema –por el enorme desarrollo que está teniendo cada ciencia sin entrar en relación con las otras–, y en caso de vislumbrarlo, no se ve ninguna salida. De manera que, de acuerdo a lo indicado por Polo (2011, p. 154), parecería contrario a la condición de institución universitaria exclusivamente aplicar el método analítico

Por tanto para que se dé la interdisciplinariedad se requiere de un método sistémico o reunitivo. Si no se logra dar este paso, estaremos ante la ausencia de universidad. Por eso el desafío que plantea hoy la universidad –y la sociedad misma– para el hombre de ciencia requiere una fuerte colaboración interdisciplinar y una creciente mentalidad de trabajo en equipo.

Como una consecuencia de lo que venimos planteando, se entiende relevante para las universidades, y también para sus diversas facultades y departamentos, la implementación de dos disciplinas –la antropología y la ética–, a cargo de profesores de filosofía y teología, que puedan explicar las distinciones entre las ciencias y su engarce, pues parece coherente que cada docente adquiera una formación que facilite conocer los modos de vinculación o engarce entre las ciencias particulares en orden jerárquico y así lograr ese vínculo unitivo de los saberes. Si los docentes en las diversas facultades carecen de esta formación, no será extraño encontrarnos en la universidad ante un relativismo antropológico y ético, enemigo letal del verdadero espíritu universitario. Esta incorporación busca el entronque con las humanidades, y reencauzar con la raíz y lo más digno: la persona humana.

Notese que las disciplinas más prácticas están más inclinadas al ejercicio de la casuística. Son menos teóricas o sapienciales, y también por esto menos universitarias. Es más verdad lo universal y necesario que lo particular y contingente, que tiene como propio la verosimilitud. Si las disciplinas prácticas, sus temas, sus métodos dominan sobre las teóricas, sería bastante más difícil encontrar esa raíz unificante o reunitiva. Estas carencias antropológicas se verifican también en muchos de los problemas de la vida social y familiar. Polo, ya en 1993, indicaba que:

“Tecnología unida a humanismo y humanismo unido a tecnología, es una fórmula válida… Si los ingenieros no integran las humanidades, lo harán muy mal; y si los humanistas no saben de ingeniería, se quedan en las nubes. Hay que conseguir la unidad. Es lo que se llama interdisciplinariedad. Los filósofos y los humanistas en general han de ser capaces de entenderse con los empresarios y con los científicos. Realizar ese lema no es nada fácil. Son muchos los problemas de comprensión mutua; hay también muchos intereses creados, incomprensiones y deserciones (o desilusiones por el fracaso, un fracaso que era de esperar)”. (p. 44).

Según esto, son dos los temas a tratar: por un lado, el de subordinar las ciencias inferiores a las superiores, las que versan sobre la persona humana; pero, por otro, también subordinar el saber que trata del hombre al que habla de su fin último. Como ya se ha indicado, la primera tarea la lleva a cabo la Filosofía, de modo que

“las ciencias –escribe Polo (1992)–, desvinculadas de la filosofía a partir de Galileo, contienen muchos conocimientos sobre el hombre, pero si se las deja solas, se deshumanizan: pierden su propio significado, el cual depende por completo de su entronque con el sentido de la existencia humana. Por eso, hace falta sostener el ideal de interdisciplinariedad” (p. 27).

Paralelamente, la sociedad moderna es enormemente compleja. Solucionar esas complicaciones es tarea que desborda a las diversas ciencias particulares, pues cuando éstas se enfrentan a ellas su vinculación es incierta o aleatoria.  

Sanguinetti (2016, p. 9) expone este asunto al explicar cómo pueden dialogar dos disciplinas como la neurociencia y la antropología. Así comenta que la mutua ayuda de estos saberes puede ser ejemplo y clave para comprender con hondura la interdisciplinariedad. Así argumenta una ciencia enriquece a otra (la neurociencia a la antropología) y cómo la antropología al ponerse en relación con la neurociencia o también la neuroética, la neuroeducación, la neurosiquiatría, etc.

Se comprende así que hay distintos saberes y se da una mutua ayuda y colaboración entre ellos. Unos iluminan a otros. Y efectivamente, advierte Sanguinetti (2016):

“Suele resultar difícil comprender que hay interrogantes fundamentales que no pueden responderse sólo desde la ciencia o la neurociencia pues corresponden a un modo de entender originario superior al científico” (p. 7).

Todo esto nunca va en detrimento de las ciencias sino que queda resaltado el bien mayor, unas se enriquecen y las otras estimulan en niveles distintos. Y más en particular, es posible de este modo plantearse y resolver cuestiones de fondo. Con palabras de Sanguinetti (2016)

“la existencia de una dimensión personal trascendente al cuerpo y su precisa conexión con el cerebro, la naturaleza del ser personal, etc.”(p. 7).

Todo esto refuerza la conveniencia de una teoría del conocimiento que sea sistemática y axiomática, para evitar intentos erráticos. También la ética y la antropología, por ser axiomáticas, pueden atender al tema y método de las demás ciencias, pero para ello requieren de la teoría del conocimiento, para subordinarlas al saber personal. Sobre ellas, se requiere de la teología, porque estudia el fin del hombre.

c) La interdisciplinariedad.

El aislamiento y la falta de relación personal entre docentes de la universidad impiden o dificultan la interdisciplinariedad. Los profesores suelen carecer de tiempo para lograr este trato colaborativo, pues se sienten increpados a dedicar cada vez más tiempo a su especialidad. En esa tesitura es evidente que consideran que lograrán más rendimiento principalmente al trabajar en solitario y no en equipo, y menos aún en equipos interdisciplinarios. Pero esta falta de interdisciplinariedad es un problema por la visión parcial, incompleta y carente de entronque. Con todo, Polo ha indicado que toda dificultad debe verse como un reto, puesto que ninguna carece de solución. Lo que interesa es plantear bien el problema, pues un problema bien planteado es un problema resuelto. Por tanto, intentemos no sólo denunciar el problema, sino intentar sugerir la solución poliana. 

Cómo plantear el diálogo interdisciplinar para lograr ese saber de mayor amplitud. Algunos lo expresan con mucha claridad, como Falgueras (2015, a):

“El modo de establecer el diálogo interdisciplinar debe hacerse como una dualización activa de saberes. Dualizarse no es invadir con el propio método campos ajenos, ni reducir un saber a otro, sino abrirse respectivamente (incluida la filosofía) a los principios que cada saber ha descubierto, no para negar los del saber propio, sino para integrarlos junto con los otros en referencia al fundamento y a la destinación, que son las ultimidades, o puntos cardinales del saber, y dos de los temas últimos de la filosofía”.

No pretendemos –en esta comunicación- establecer los niveles del conocimiento humano, ni presentar el elenco de las ciencias en los que Polo plantea el método noético adecuado para cada disciplina. Pero sí comentar que al final cada ciencia tiene su lugar, su estatuto y eso tiene relación con los niveles cognoscitivos que se emplean en ellas y que son distintos. Cada ciencia tiene su estatuto y el estatuto de la ciencia se basa en el tema distintivo y en el nivel cognoscitivo distintivo de cada una de ellas y eso es jerárquico. Unas ciencias son superiores a otras[7] o también podríamos decir que unas ciencias “suponen” el conocimiento de otras. Por eso es posible hablar de la posible ayuda y colaboración entre unas y otras.

De igual modo podríamos vincular las distintas ciencias si entendemos que cada una es un modo distinto de conducta humana –del investigador– frente a la realidad con la que se halla más o menos comprometido, pueden vincularse según tengan más compromiso humano y personal. O considerar cómo se ha de subordinar el saber que trata del hombre al que habla de su fin último. Como ninguna ciencia teórica o práctica son fines en sí mismas, sino medios. Verlas como medios indica que lo son en orden a un fin superior. Todas las ciencias indican una referencia, dicen remitencia. Si se estudia esa remitencia, llegamos a un modo de aunar las ciencias entre sí que es también jerárquico y dualizado[8].

Por lo tanto, es posible la interdisciplinariedad. Lograrla es lograr la sistematicidad. Lograr la sistematicidad es factible, porque el hombre es sistémico, lo es su organismo, sus funciones, sus acciones, sus movimientos, sus facultades; y también lo son los actos, hábitos y virtudes de sus potencias superiores. El universo mismo es sistémico. Por eso, si las realidades físicas y humanas son sistémicas, es entendible que la comprensión científica de ellas también lo sea. Más aún, podríamos considerar que si esta comprensión científica no es sistémica sino aislada, tal vez falta un saber sistémico, porque desde lo analítico se tiene muchísima ciencia sobre lo real, pero mucho sobre poco.

Como indica Selles (2011, p. 493) el hombre como persona, en lo distintivo y neurálgico, está vinculado, es decir, es coexistencia con personas distintas. En el mismo sentido lo afirma Benedicto XVI (2011)

“Persona denota apertura o relación personal. No cabe que exista una persona sola, no sería comprensible. Derivadamente, no cabe comprender a la universidad, una de las dimensiones unitivas básicas de lo social, en solitario; por ejemplo, que un investigador esté aislado. Si la unión es lo que caracteriza a todo lo humano y a lo personal, es esperable que cuando las ciencias se aíslan favorezcan la deshumanización y la despersonalización”.

El énfasis que Polo atribuye a la interdisciplinariedad y a los departamentos interdisciplinares, es de capital importancia. La interdisciplinariedad, más que como un problema, debe ser considerado como un reto, un desafío, con el que lograr un beneficio: un saber de más altura; pues, por lo indicado, se manifiesta que es susceptible de solución. Tal vez ésta no sea fácil de conquistar, pero es alcanzable. Para ello debe descubrirse la superior o inferior hegemonía de las ciencias y su consecuente subordinación.

Para lograr la interdisciplinariedad hemos de evitar la igualación, que a veces no se enfrenta por no herir susceptibilidades, y se pretende homogeneizar todo saber y toda opinión. Sin duda, es crucial vencer el miedo a descubrir y manifestar que las verdades no valen todas lo mismo ni todas están en el mismo plano.

3. Los Departamentos Interdisciplinarios

Es conveniente que existan departamentos. Según Polo (1970) el adscribir a los

“investigadores a la universidad se requiere una mayor fluidez y matización en la composición del profesorado; así como en su organización” (p. 15).

En 1993 Polo insistió en este punto, pues lo considera un factor crítico:

“Hay que crear departamentos interdisciplinares; como no es nada fácil, tampoco se puede hacer de la noche a la mañana. No propongo ninguna revolución inmediata, que se acaben las facultades y que vivan los departamentos interdisciplinarios, porque no es fácil encontrar el clima adecuado. Dicho clima no es más que uno: la relación de formación recíproca de los profesores maduros con los jóvenes” (p. 45).

El Prof. Múgica recuerda que Polo daba una enorme importancia y ponía mucho cuidado y dedicación personal a la formación de los profesores jóvenes[9].

Cuando Polo (1970) tiene que describir “las virtualidades de la organización en departamentos”[10] insiste “en su sentido integrador y en la concentración que permiten” (p. 16). ¿Qué ventajas se siguen de estas virtualidades? Polo (1970) responde que “La primera (obvia) ventaja que de esto se sigue es el aumento numérico del personal universitario; la segunda, es la conjugación de los criterios de especialización y coordinación de las actividades” (p. 16). Considera asimismo como conditio sine qua non para el desarrollo de la universidad “el aumento numérico del personal universitario” (p. 15). La explicación es clara, aunque no sea un asunto fácil de resolver, sí es aconsejable que siempre se encara desde esta perspectiva para que pueda solucionarse. Se entiende que cualquier otra propuesta de solución no sería tal, pues el problema estaría mal planteado. Polo (1970) dice que es necesaria la “construcción y el complejo juego de los núcleos funcionales universitarios” (p. 15) que

“son posibles a partir de una cierta abundancia de personal por eso una facultad que cuente con un catedrático y un adjunto por asignatura es inoperante” (p.17).

Por lo indicado, Polo en el mismo texto explicita que

“la concepción atomista de las asignaturas no es funcional y no tiene nada que ver con la especialización del saber sino que es una consecuencia del equívoco acerca de la docencia que ya he señalado. Hay que romper la ecuación profesor-enseñanza que es contraria a la organización del profesorado y al interés mismo de los alumnos, también para esto sirven los departamentos” (p. 16).

3.1. Los Vicios

Los dos vicios extremos que podrían presentarse en la organización interna de los departamentos a juicio de Leonardo Polo (1970) son:

1º) La planificación centralizada: Con sabiduría y sentido realista comenta que

“los genios son escasos; además las condiciones organizadoras y especulativas no suelen concurrir en alto en una misma persona; no se puede entregar la marcha de una organización a la iniciativa de un individuo, siempre contingente; y la época del sabio enciclopédico ha pasado. El desarrollo de las ideas surgidas de mentes excepcionales se agota pronto” (p. 16).

La rapidez del progreso obliga a revisiones fundamentales en los planteamientos y en los métodos. “Si los departamentos responden al criterio de concentración, es decir, si no son entidades pequeñas, sus tareas son muy complejas. Por eso su diferenciación interna no debe ser rígida, porque ha de permitir la adaptación orgánica a las diferentes fases y aspectos de los trabajos en curso”(p. 16).

2º) La pluralidad dispersa de iniciativas. Éste es el otro extremo, que se puede explicar diciendo que, si

“a un miembro del departamento se le ocurre un plan de trabajo a desarrollar por él solo pero ajeno a la labor conjunta ya emprendida… ello es incompatible con la unidad del departamento. El sistema de ayudas a la investigación personal es distinto de la organización departamental” (p. 16).

Libertad en unidad, apertura a la pluralidad de iniciativas, pero en vinculación que puede dar vida; no aceptar la rigidez, sino lo fluido, pero con coordinación,

“entre otras razones porque el departamento no es un núcleo autónomo sino que debe integrarse, a su vez, en una organización más amplia de la investigación y de la transmisión del saber” (p. 16).

3.2 Criterios para la organización del departamento

A continuación, en el texto que se viene comentando, por indica cuál debe ser la base de la organización departamental en la universidad:

La organización del departamento debe basarse –escribe Polo– en criterios objetivos, que vendrán dados por la parcela del saber que se cultiva y sobre todo por el desarrollo interno del trabajo (cuyas necesidades debe dirigir la orientación mental del personal) y por las diversas funciones esenciales de la universidad. Toda ello impone, como ya he dicho, una cierta fluidez de la creación de los equipos o secciones que deben modificarse o remodelarse según lo aconseja el estado de las tareas acometidas. Sobre criterios objetivos puede montarse una fuerte solidaridad en el personal, que impida las decisiones unilaterales y establezca una fundamental igualdad, basada en la diversidad complementaria de los cometidos. Ello hará posible la colaboración eficaz, la concurrencia de esfuerzos al diálogo fructífero; en definitiva, el cambio en la mentalidad del profesorado que ha de ser más abierta, más ágil, más profesional. (p. 17).

4. La condición imprescindible

Como consecuencia y una de las conclusiones de lo planteado, antropología y ética han de ser parte de la formación de todo docente universitario. Con esta formación se le facilitará conocer los modos de vinculación o engarce entre las ciencias particulares en orden jerárquico para lograr el vínculo unitivo de los saberes, y en particular de su disciplina. Esto apunta a fomentar el verdadero espíritu universitario y a facilitar el entronque son las humanidades y -como ya hemos dicho- a reencauzar con la raíz y lo más digno: la persona humana.

El hombre como persona, en lo distintivo y neurálgico, está vinculado, es decir, es coexistencia con personas distintas (Sellés, 2011, p. 493). Persona denota apertura o relación personal (Benedicto XVI, 2011). No cabe que exista una persona sola, no sería comprensible. Derivadamente, no cabe comprender a la universidad, una de las dimensiones unitivas básicas de lo social, en solitario; por ejemplo, que un investigador esté aislado. Si la unión es lo que caracteriza a todo lo humano y a lo personal, es esperable que cuando las ciencias se aíslan favorezcan la deshumanización y la despersonalización.

De acuerdo a lo indicado por Polo (1970):

“El espíritu universitario: enseñar, investigar, la propia formación de los hábitos intelectuales y morales de los profesores universitarios es lo que realmente logra que la actividad de cada docente, que está en la universidad, facilite la floración de la gente y facilita el ser universitario. Porque el saber es efusivo” (p. 20).

Este planteamiento es coherente, porque si lo ‘empresarios’ de la universidad, los profesores, pueden dar “cauce a la diversidad de pareceres, engranar la tensión entre posiciones distintas, y evitar a la vez, que estalle la enemistad” (p. 20), es posible que se dé la condición del crecimiento de esas personas, que lógicamente favorecerá la interdisciplinariedad y el crecimiento de la universidad.

Está claro que lo que

“justifica al hombre en su dedicación son las metas que ha de alcanzar, pero también, los obstáculos que tiene que vencer. Y el avance en la conquista de la verdad sólo puede efectuarse reconociendo la diversidad” (p. 20).

Así, cada profesor crecerá personalmente de un modo irrestricto, pero cada uno, al ser distinto, aportará su novedad a la universidad, y ahí radica la iniciativa, el emprender, el desarrollo y la interdisciplinariedad.

Por eso, enfatizamos que la falta de interdisciplinariedad, más que un problema teórico, de jerarquía de las ciencias –que indudablemente lo es–, es una cuestión de orden superior: de aceptación personal. Ya que las personas que investigan en las diversas ciencias son superiores a tales saberes, unir a las personas entre sí es un asunto de amor personal. ¿Cuál es el mejor método para lograr la interdisciplinariedad, para que el grupo social de personas que conforman la universidad descubra las verdades teóricas más altas y, sobre todo, la personal? La solución está en la dimensión superior que conforma a la persona humana: el amor personal. Éste es creciente (a menos que libre y culpablemente la persona inhiba su crecimiento). Crecer más significa ser mayor apertura personal.


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  1. The problem of interdisciplinarity university teaching and training.
  2. The balance of the crisis by L. Polo.
  3. Universidad Austral – smartino@austral.edu.ar.
  4. Nos interesa advertir –por si es de interés de algún lector ampliar sobre el tema- que uno de los autores de esta comunicación ha desarrollado este punto en una ponencia del año 2015 y que se ha publicado online. Cfr. Martino, Silvia C., 2016, “La Universidad: Misión, responsabilidad y protagonistas. La propuesta de Leonardo Polo”. On line: https://www.teseopress.com/gestioneducativaresponsable/chapter/la-universidad-mision-responsabilidad-y-protagonistas-la-propuesta-de-leonardo-polo/.
  5. No se ofrecerá un recorrido histórico de la evolución del concepto de universidad, porque entendemos que excede el objetivo de este trabajo.
  6. Abordar la entera teoría del conocimiento poliana excede el objetivo de este trabajo. El autor se ha dedicado ampliamente a este tema durante años. Cfr. Obras Completas de Leonardo Polo, 2015/16, Curso de teoría del conocimiento I, vol. IV, Curso de teoría del conocimiento II, vol. V, Curso de Teoría del Conocimiento III, vol. VI, y Curso del Teoría del conocimiento IV, vol. VII, Eunsa, Pamplona. Para una introducción al tema recomendamos estos libros del Prof. Sellés J.F., 2016, Hallazgos y dificultades en la teoría del Conocimiento de Leonardo Polo, Servicios de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona; En Defensa de la verdad. Clarificaciones en teoría del conocimiento, 2010, Ed. Universidad de Piura, Piura y Curso breve de Teoría del conocimiento, 1997, Ed. Universidad de La Sabana, Bogotá.
  7. Como ha quedado constatado por la cita de Sanguinetti, 2016. Pero también se puede ampliar este punto si se accede al artículo de Martino, Ref. 1 en el que se citan al mismo Polo y a otros autores como Newman, Lain Entralgo, MacIntyre, Jaspers, Millán Puelles, Guardini, Lorda, J.L., Barrio, J.M., Sánchez Migallón, S., etc.
  8. Cfr. Piá-Tarazona, S., El hombre como ser dual. Estudio de las dualidades radicales según la Antropología de Leonardo Polo, Pamplona, Eunsa, 2001; Corazón, R., El pensamiento de Leonardo Polo, Rialp, Madrid, 2011, 188; Sellés, J.F., Antropología para inconformes, Rialp, Madrid, 128, 194 y 259.
  9. Entrevista a Múgica, F. realizada por Silvia Martino el día 13 de febrero de 2015 en Pamplona.
  10. Polo, L., “La crisis”, cit., 16.


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