Cecilia Michelazzo[1] y Cecilia Quevedo[2]
Capitalismo refiere a un modo de producción, organización social y sistema de convivencia dominante a nivel global. Se basa en el intercambio de mercancías y la orientación de las actividades humanas a la acumulación incesante de capital. Así, la separación del valor de uso y valor de cambio, y la subsunción del primero al segundo, implican también la subsunción del trabajo vivo (la actividad humana) al trabajo abstracto (fuente del valor). En la sociedad capitalista los vínculos, mediados por la mercancía, están marcados por separación, la violencia y la desposesión, ya que la lógica del valor convierte a las demás personas en medios para un fin, y subsume todo lo vital a esa lógica abstracta. Obturando la interdependencia entre los seres, el capitalismo genera formas de sociabilidad individualizantes expresadas en ideologías e instituciones liberales. Los bienes comunes se disponen para la apropiación privada, y la habitabilidad y demás necesidades quedan subordinadas a la rentabilidad.
Genealogía
La complejidad de la genealogía y trayectorias posibles para el análisis sobre el capitalismo exceden el alcance de esta entrada. Se partirá entonces desde un abordaje materialista, desde el que se puede señalar que, aunque los escritos de Marx (1970, 1980) indican que el despojo de la tierra y la división del trabajo rural y urbano son procesos fundantes del modo de producción capitalista, los análisis marxistas predominantes en el siglo XX han invisibilizado la cuestión de la ruralidad al focalizar en los procesos de industrialización y la contradicción capital-trabajo (burguesía-proletariado), tal como se da en la producción fabril. Como punto de partida cabe destacar que tanto el campo como la ciudad constituyen espacios co-constitutivos del desarrollo histórico del capitalismo (Williams, 2001), como se verá a continuación.
Marx (2008), en el capítulo XXIV de El Capital, describe el proceso histórico de constitución de las clases en el capitalismo. Allí la llamada acumulación originaria refiere, en primer lugar, al despojo del campesinado de la tierra como condición y fundamento del largo proceso histórico de separación de los trabajadores de sus medios de subsistencia, y su conformación como proletariado. Esto es, sujetos formalmente libres forzados a vender su fuerza de trabajo (Marx, 2008). Así, se genera una desigualdad constitutiva en el interior de las sociedades donde la mayoría de los sujetos carecen de los medios para producir y reproducir su vida y se ven en la obligación de vender su fuerza de trabajo para subsistir. A partir de entonces, Marx describe el origen del capital acumulado que, lejos de ser fruto del esfuerzo y el trabajo, como pretendían sostener los economistas clásicos como Smith o Ricardo, surge de la violencia más cruda: esclavización, expulsión y expropiación de la población rural, cercamiento y privatización de tierras comunales, exterminio, soterramiento, saqueo, colonización y leyes sanguinarias para forzar el trabajo asalariado bajo penas de cárcel, tortura o muerte. Desmiente así las supuestas libertades e igualdades dentro de las nuevas relaciones en el capitalismo que invocaban sus defensores, mostrando que la abolición de las relaciones feudales no implicaba más que un cambio de forma, más velada, en la dominación (Marx, 2008).
Este carácter netamente originario de los métodos explícitamente violentos de la acumulación capitalista fue cuestionado por Luxemburgo (2011 [1913]), señalando su avance cíclico y recurrente. Este enfoque permite comprender que la expropiación de la tierra a comunidades campesinas e indígenas no es un vestigio histórico, sino una condición permanente y necesaria para la expansión capitalista, la cual requiere constantemente de sectores no capitalistas (como la economía rural tradicional) para obtener materias primas, fuerza de trabajo y nuevos mercados.
Más cercano en el tiempo, Harvey (2005) refirió a este proceso como acumulación por despojo o acumulación por desposesión, explicando los reajustes espacio temporales en la dinámica necesaria para el sostenimiento del sistema capitalista más allá de la plusvalía. Esto implica la continuidad de los procesos de privatización de los hábitats rurales y fuentes de agua, desalojos, expulsiones y privación de sus medios de vida a familias campesinas, concentración de tierras y otros medios de producción, mercantilización de bienes comunes naturales, materiales y culturales, entre otros. Tal como analizó Marx (2008) en su momento histórico, el Estado garantiza con la fuerza de sus leyes la acumulación de los medios de producción y el trabajo obligado de las mayorías, aunque formalmente libre.
Así, el capital llega al mundo “chorreando sangre y lodo” (Marx, 2008, p. 950) y, como destaca Boito (2014), hace que la violencia y la crueldad sean propias del capitalismo en sí y no una particularidad de cierto momento o territorio. El derramamiento de sangre persiste y el agro es frecuentemente escenario de esa violencia (Domínguez y Barbetta, 2022), puesto que su lógica intrínseca es expansiva e ilimitada.
Como punto de llegada, se podría decir que el hábitat rural contemporáneo se manifiesta como resultante de procesos históricos vinculados a la concentración de la tierra, al despojo de las comunidades campesinas, la desposesión y la destrucción de los bienes naturales en función de la acumulación del capital y a la reproducción del valor abstracto, especialmente, la producción de commodities mediante la expansión del agronegocio y otras actividades extractivistas. En el ámbito rural, esto se traduce en la mercantilización actual de los bienes naturales y los territorios. En el contexto agrario contemporáneo, esta dinámica capitalista tiende además a la concentración de la tierra y la riqueza en pocas manos, mediante procesos que pueden ser más o menos violentos y más o menos legitimados por los Estados.
Perspectivas
El capitalismo es un sistema socioeconómico que se caracteriza por la separación fundamental de los productores respecto a sus medios de producción para su apropiación privada. Dicha propiedad privada determina que todos los bienes sean apropiados como capital: la tierra, el agua, las semillas, la naturaleza transformada, el conocimiento ya producido, las máquinas y herramientas que objetivan ese conocimiento y el trabajo de las generaciones anteriores. Bajo este orden, la naturaleza se considera únicamente una fuente de recursos que debe ser explotada al máximo para la acumulación y el crecimiento de valor sin límites. Esta explotación ignora los ciclos naturales de recuperación, siendo impulsada por la ciencia y la tecnología puestas al servicio de la productividad y la expansión. Para mantenerse operativo, el sistema capitalista exige un incremento constante de la producción, la expansión territorial y la mercantilización de nuevos aspectos de la vida.
Esta dinámica conduce a un consumo ilimitado de recursos naturales y energía humana en un entorno material que es inherentemente limitado. Por esta razón, Jappe (2019) ha descrito a la sociedad capitalista como autófaga, es decir, una sociedad que se devora a sí misma al consumir los fundamentos de su propia existencia.
Para Marx (1970, 1980, 2008), el ser humano como ser orgánico satisface sus necesidades en su entorno natural, de donde obtiene alimento, abrigo y todo lo demás. Para esto pone en movimiento sus músculos, su cerebro, su energía y transforma ese entorno, a la vez que es transformado por él. A este trabajo, Marx lo llama naturaleza externa. Transformando la naturaleza, la especie humana se transforma a sí misma. Este proceso es definido por Marx (1980) como metabolismo social y no lo realiza cada individuo, sino que en cada sociedad se organiza de una manera particular. En consecuencia, la idea de hábitat rural puede ser asociada al entorno socioespacial donde se da este metabolismo social primario, pues es allí donde el ser humano, a través del trabajo, pone en movimiento su energía para transformar la naturaleza externa (tierra, recursos, ecosistemas) y satisfacer directamente las necesidades de alimento y abrigo, reconfigurando continuamente el entorno y la propia sociedad rural.
Dentro de los debates más actuales, además de la contradicción capital-trabajo en la que se ha puesto el acento desde las lecturas marxistas más difundidas en el siglo XX, la Ecología política marxista focaliza en la segunda contradicción del capital: destrucción de la tierra que es a su vez su fuente de riqueza, así como la fuerza de trabajo que explota. Como explica Sánchez Marengo (2023), retomando desarrollos de la Ecología política marxista (Foster, 2000; Moore, 2020; Navarro y Gutiérrez, 2018), el capitalismo provoca una fractura socio-metabólica por las separaciones que introduce entre las sociedades y sus medios de vida a partir de la explotación y enajenación, tanto de la naturaleza como de la energía vital puesta en el trabajo. Esta explotación genera impactos ambientales irreversibles en el planeta, como el calentamiento global, la pérdida de suelo y de biodiversidad, entre otros. La intensa magnitud de las transformaciones en los procesos físicos, químicos y biológicos del planeta ha llevado a algunos a proponer la caracterización de una nueva era geológica: el Antropoceno, debido a su origen antropogénico, es decir, causado por la humanidad. Sin embargo, estos impactos ambientales no son causados por la humanidad en su totalidad o en abstracto, sino por la forma sociohistórica específica del sistema-mundo capitalista. Por esta razón, resulta mucho más preciso referirse a esta era como el Capitaloceno (Moore, 2020).
Por otro lado, el señalamiento al modo de organización social, económica y cultural, que en el hábitat rural se caracteriza por la apropiación de los bienes naturales y la explotación, se inserta en la particularidad colonial de Latinoamérica. El carácter global del capitalismo está inscripto en sus orígenes históricos vinculados a los regímenes coloniales y a su dinámica expansiva a partir del carácter intrínseco de las conexiones entre capitalismo, colonialismo y depredación imperialista de la Naturaleza.
Como desarrolla Machado Aráoz (2015), el extractivismo sobre los territorios colonizados es estructural y constitutivo del capitalismo, y la extracción de los llamados recursos naturales para su exportación, con el consecuente daño ambiental, en función de la acumulación ampliada del capital, son expresiones de la continuidad del despojo y la violencia colonial, lejos de las propuestas de los gobiernos progresistas de salir del capitalismo y de la colonialidad por medio de políticas extractivistas supuestamente tendientes a generar bienestar en las mayorías. Para la crítica del valor de autores como Jappe (2016), este tipo de contradicciones son expresiones de la lógica de la mercancía que es identificada como el corazón del capitalismo, su célula germinal. Por eso no pueden ser superadas la desigualdad, la injusticia, la explotación ni el daño ecológico, si no se supera la forma mercancía, que es la que invierte los medios y los fines, sometiendo la vida al capital.
Otra discusión que la economía feminista ha planteado es la escisión de una esfera de la actividad social referida a la producción e intercambio de mercancías, generando un ámbito separado y autónomo: la economía capitalista. Las tareas y actividades que quedan por fuera de la reproducción del valor, como las tareas de cuidado orientadas a la reproducción de la vida, se invisibilizan y subordinan a las productivas. Este ámbito se configura históricamente como privado y femenino, requiriendo el capitalismo para funcionar de la explotación y disciplinamiento de sus cuerpos, por lo que es un sistema patriarcal (Navarro y Gutiérrez, 2018; Federici, 2010). Esto impacta de manera particular en el ámbito rural, donde las mujeres se encargan de múltiples y diversas tareas necesarias para el sostén de la vida familiar y comunitaria, tareas re-productivas en términos de Bocco y Huerta (2022), ya que estas esferas no se distinguen claramente. En este sentido, la división capitalista de la economía invisibiliza y subordina el trabajo de las mujeres campesinas.
En el mismo sentido, esta forma de economía se presenta como único criterio válido de distribución de bienes, espacios y trabajos, avanzando sobre economías comunales. Esta esfera autonomizada regula el acceso al alimento y lo separa de la comunidad (Rossi, 2023). Los lazos sociales están rotos y negados por el fetichismo de la mercancía. Entonces el Estado funciona como representación de individuos, sólo puede garantizar las condiciones para la valorización, desde las obras a la represión. Pero no se trata de un exceso, sino de la lógica misma de la mercancía. Todo intento de morigerar la explotación dentro del capitalismo o sustraer de la mercantilización algún bien o derecho dentro del capitalismo, se enfrenta a la lógica del valor. Superar este enfrentamiento, implicaría concebir otras formas comunales de apropiación y convivencia, reinventar los modos dominantes desde los cuales hoy se imagina, habita y produce en el hábitat rural y, principalmente, subvertir las separaciones y fracturas metabólicas de la sociedad capitalista en general.
Entradas relacionadas
Economía; Despojo; Naturaleza; Límite; Violencia.
Referencias
Bocco, R. y Huerta, G. (2022). Relatos encarnados. Reflexiones sobre prácticas re-productivas pecuarias en el habitar rural-campesino de la pampa de Pocho en clave de interdependencia. En F. Vanoli, M. I. Sesma, A. Garay y R. Bocco (Comps.) Hábitat rural-campesino: tensiones y disputas en la producción del territorio (pp. 153-174). Café de las Ciudades.
Boito, M. E. (2014). Capitalismo/sensibilidad/violencia: forma mercancía y sensibilidad snuff. Fundamentos en Humanidades, XV(29), 19-44.
Boito, M. E. (2024). Los cuatro vértices de un cuadrado de ideologemas (y un intento para que fracase). Revista Argonautas, 14(22), 27-41.
Domínguez, D. y Barbetta, P. (2022). Apropiación y violencia en el agro argentino actual: un análisis crítico del agronegocio. Trabajo y sociedad, 23(38), 467-486.
Federici, S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños.
Foster, J. (2000). La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. El Viejo Topo.
Harvey, D. (2005). El nuevo imperialismo: acumulación por desposesión. En Socialist register. CLACSO.
Jappe, A. (2016). Las aventuras de la mercancía. Ed. Pepitas de calabaza.
Jappe, A. (2019). La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción. Ed. Pepitas de calabaza.
Luxemburgo, R. (2011). La acumulación del capital. Ediciones Internacionales Sedov. (Trabajo original publicado en 1913).
Navarro M. y Gutiérrez, R. (2018). Claves para pensar la interdependencia desde la ecología y los feminismos. Bajo El Volcán, 18 (28), 45-57.
Machado Aráoz, H. (2015). Ecología política de los regímenes extractivistas. De reconfiguraciones imperiales y re-existencias decoloniales en nuestra América. Bajo El Volcán, 15(23), 11-51.
Marx, K. (1970). Contribución a la crítica de la economía política. Alberto Corazón Editor.
Marx, K. (1980). Manuscritos: Economía y filosofía (Francisco Rubio Llorente, Trad.). Alianza Editorial.
Marx, K. (2008). El Capital. El proceso de producción del capital. Siglo XXI.
Moore, J. (2020). El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital. Traficante de sueños.
Rossi, L. (2023). Teoría política de la comida. Una crítica ecológico-comunal en tiempos de colapso. Muchos Mundos.
Sánchez Marengo, P. A. (2023). Territorios en encrucijada. Malvinas Argentinas, periurbano del Este cordobés, antes y después de Monsanto. Cuadernos del CIPeCo, 3(5), 55-80.
Williams, R. (2001). El campo y la ciudad. Paidós.






