Juan Lagarejo[1]
Heterocisexismo refiere a una matriz que organiza, clasifica, define y jerarquiza a la población y los territorios, según modelos hegemónicos de sujetos y ciudadanía, anclados en la oposición binaria hombre-mujer (cisexual) y una idea generizada y heterosexual del espacio, la vivienda y el hábitat que implica el aval a un orden sociosexual determinado. Dicho orden incluye prácticas, diseños, ambientes, objetos y equipamientos que prefiguran y performan roles de género asociados a ideas hegemónicas de ser varón y ser mujer, y a determinados modelos de familia, excluyentes de otras identidades, orientaciones y conformaciones posibles.
Genealogía
Los debates en relación con el género, las políticas, la sexualidad y la espacialidad asociados al hábitat forman parte de un largo recorrido al interior de los activismos, las ciencias sociales y los estudios habitacionales. Si bien estas relaciones poseen un énfasis urbano, pueden trazarse varios paralelismos con situaciones o fenómenos sociales que se expresan en el hábitat rural, como por ejemplo el análisis de los componentes, alcances y sentidos de las políticas públicas. La relación entre sexualidad, espacio y ciudad ha sido ampliamente estudiada considerando al género y las sexualidades como instituciones que producen sentidos que se territorializan a partir de una construcción simbólica y específica del espacio (Boy, 2018; Falú, 2020; Dani y Carrillo, 2024).
Fernández Romero (2019a) considera que las experiencias espaciales de las personas en el desarrollo de su vida cotidiana influyen en la construcción del género, sus expresiones y la configuración de las identidades, en una interacción espacialmente situada. Es decir, los espacios dialogan con los procesos sociales y forman parte constitutiva de los mismos transformándose ésta en una relación dialéctica. En ese sentido, los espacios se encuentran generizados y son parte del proceso de construcción y reproducción de cuerpos y experiencias normativamente sexuadas, las que a su vez contribuyen a la creación de espacialidad.
Leticia Sabsay (2011) refiere a determinadas políticas espaciales como políticas sexuales, dado que construyen nociones de género y ciudadanía específicas. En su estudio sobre la sexualización diferenciada de la trama urbana y los imaginarios espaciales, la autora propone la categoría de imaginario sociosexual, aludiendo al poder de organizar, clasificar y jerarquizar las prácticas sociales. De esa manera, hay una implicación mutua entre sexualidad, espacialidad e identidad.
Sabsay (2011) entiende que la espacialización es crucial para la constitución de determinadas nociones imaginarias centrales a los modos de subjetivación hegemónicos como el espacio público, la familia o la nación. Por tal motivo, habla de fronteras imaginarias y lógicas de espacialización que están presentes en los constructos sociales como la familia, a partir de un imaginario sociosexual hegemónico que se traduce en una concepción normativa del espacio público y una idea de sujeto o ciudadano adecuado a él. En este planteo encontramos la materialización de modelos de subjetivación ideales, ejemplares y excluyentes que utilizan marcadores espaciales, como por ejemplo la familia nuclear y el hogar privatizado, entendiendo por tal a un conjunto de personas que conviven en una vivienda, consumen y/o comparten alimentos, bienes y/o servicios con un mismo presupuesto.
Por su parte, Fernández Romero (2019b) plantea el desafío de pensar cómo el espacio contribuye a la construcción de la cisexualidad, entendiendo el desarrollo cotidiano de las conductas, los comportamientos y estilos de vida que se encuentran normatizados en modelos de identidad genérica masculinos y femeninos. El concepto o la noción de lo cis, en una primera instancia, hace alusión a aquellas personas que se identifican con el género que les fue asignado en el momento de su nacimiento. Es decir, son identidades y corporalidades normatizadas social e históricamente (Boy, 2018). El concepto cis tiene su origen en activistas e intelectuales trans que lo acuñaron para referirse a aquellas personas que no son travestis, transexuales ni transgénero. Posee variantes como la de cisexual o cisgénero y su empleo comienza en la década de 1990, principalmente en países angloparlantes, con la intención de cuestionar la apelación de normalidad de la identidad cis y visibilizar las asimetrías con la población trans. Describe un sistema de exclusiones y privilegios materiales y simbólicos que expresa relaciones entre sexo, género, cuerpo, identidad y espacio, y coloca a las personas cis por sobre las trans, configurando un eje de opresión (Fernández Romero, 2019ª, 2019b).
Stryker (2008) y Stone (1991) son dos referentes centrales en los estudios trans que abordan la visibilización de las jerarquías cis/trans y los regímenes normativos de género desde perspectivas complementarias. Stryker (2008), a través de la historiografía trans, muestra cómo las personas trans han sido sistemáticamente borradas o patologizadas, reforzando una narrativa en la que la cisgeneridad aparece como lo normal y lo natural. Por su parte, Stone (1991) señala cómo el sistema que regula las transiciones no es neutral: obliga a las personas trans a performar una narrativa lineal, basada en la idea de corregir un error para integrarse en la cisnorma. Esto reproduce una jerarquía cis/trans, donde la validación depende de ajustarse a los criterios del régimen binario.
El cisexismo se produce y reproduce en y a través del espacio, resultando ser geográficamente útil mediante diversos efectos en torno a los cuerpos, los géneros cis, al vínculo entre ambos y a las maneras en las cuales se asocian determinados privilegios a ellos. En correlato, se produce una heterosexualización del espacio que contribuye a la reproducción de la heterosexualidad y la naturalización de la misma en las prácticas, políticas e instituciones sociales. Podemos afirmar que hay una cisexualización del espacio y una espacialización del cisexismo con efectos concretos como, por ejemplo, la exclusión social de las personas trans (Fernández Romero, 2019a, 2019b).
Paul B. Preciado (2011) es muy útil para pensar la producción del espacio porque muestra cómo los cuerpos, los géneros y las prácticas corporales cotidianas (como orinar y defecar) están regulados por normas sociales, arquitectónicas y políticas, revelando que el espacio nunca es neutral, sino que está atravesado por relaciones de poder. A propósito del tema, Sabsay (2011) reconoce una matriz heterosexual en el ordenamiento de las orientaciones sexuales y la configuración de un orden sociosexual imperante, con mecanismos que hacen a la reproducción de lo que la autora da a conocer como heterocentrismo. Esta noción la podemos relacionar con la categoría de cisexualidad ya que identifica el régimen normativo y obligatorio de la heterosexualidad sobre la base del binarismo de género, masculino y femenino, que constituyen las identidades cis. Hay una jerarquía sociosexual que genera (cis)homonormatividades en las que la familia y la pareja son modelos hegemónicos de organización social (Sabsay, 2011).
Desde otro campo, podemos relacionar la categoría de cisexualidad con el diseño, los interiores y los artefactos. Boy (2018) reconoce que la representación de lo que culturalmente se define como masculino y femenino se manifiesta no sólo en el espacio sino también en su ornamentación. En ese sentido, Fernández Romero (2019a) habla de lógicas cisexistas ya que los objetos que existen en el espacio son materializaciones de las relaciones sociales y la correlación de fuerzas.
Hay una relación entre diseño, espacio y poder, que Ribeiro Dos Santos entrevistada por Retana (2023) se encarga de analizar articulada con la categoría de género, pero también con la de sexualidad, raza/etnia y clase social. Parte de la idea de que el género organiza la vida cotidiana mediante el empleo de posiciones binarias y la práctica de diseño se construye en base a la circulación de los estereotipos de feminidades y masculinidades que se materializan en productos determinados. La construcción de los cuerpos cis tiene su apoyatura a partir de determinados artefactos. Estos pueden pensarse como tecnologías de género, es decir, como códigos de identificación social que producen cuerpos masculinos y femeninos (Retana, 2023). Ribeiro Dos Santos reconoce que los interiores domésticos inciden de manera significativa en nuestra subjetividad y hay una construcción de representaciones normativas relacionadas con la noción de hogar. Además, se expresa un tipo de organización espacial con patrones ideales en torno a las formas de habitar que se basa en un modelo de familia nuclear y heterosexual, con un fuerte componente racial, que jerarquiza a las personas blancas.
Entonces el entorno material opera en la constitución de las corporalidades, por lo que la relación entre artefactos, espacios y cuerpos es mutuamente constitutiva. Se trata de una verdadera política corporal que sustenta el ideal de la heterosexualidad como norma a partir de la clasificación de las materialidades con un esquema binario y la construcción de mujeres-femeninas y hombres-masculinos (Retana, 2023).
Esta política corporal, que es sexual y espacial, posee un componente narrativo constituido por tramas de sentido que apelan a valores morales para construir representaciones alrededor de las sexualidades reconocibles como legítimas. Tal operatoria se produce con la construcción de modelos ideales de sujeto y de vivienda constituyendo cadenas representacionales que implican asociaciones identificatorias en las que un ciudadano imaginario ideal es definido en base a la hegemonía de la (cis)heterosexualidad (Sabsay, 2011; Boy, 2018; Retana, 2023).
Perspectivas
Considerar el término heterocisexismo en el campo de los estudios del hábitat rural permite pensar la relación entre políticas públicas habitacionales y sus componentes espaciales, sexuales y corporales que inciden en la configuración de los territorios y la construcción de las identidades genéricas.
Existen denominadores comunes en las políticas públicas vigentes en Argentina, relativas a la vivienda y el hábitat, que representan un modelo de familia occidental y moderna de clase media: nuclear, heterosexual, neolocal, corresidente y monógama. Con un patrón cisexual de ordenamiento social que prefigura roles de género al interior de la familia asignando al varón-masculino el rol de padre-marido-proveedor y a la mujer-femenina el rol de esposa-madre-ama de casa y cuidadora de los hijos e hijas. Es decir, para la mujer las tareas de cuidado y para el hombre las actividades públicas o de ejercicio de la ciudadanía (Lagarejo, 2024).
Estos aspectos constituyen asociaciones simbólicas respecto al género y son normas que se transmiten a través del lenguaje, las narrativas y otros símbolos, como las representaciones gráficas, los componentes y las denominaciones de las políticas públicas, que reproducen estereotipos de género (Lagarejo, 2024). Se asignan a hombres y mujeres determinados roles sociales, no en un plan de igualdad, sino en un orden jerárquico cisexual. Un orden social masculino y heterosexual que es naturalizado mediante la organización social del espacio y el tiempo, la división sexual del trabajo y de estructuras cognitivas inscritas en cuerpos y creencias (Conway et al., 2013).
Este fenómeno contribuye a la configuración del capitalismo agrario y los usos del género. Meillassoux (1989) da cuenta de que en las relaciones domésticas de producción agrícola las mujeres son buscadas como reproductoras y que, pese a ser irremplazables en dicha función, no intervienen como vector de organización social. El motivo es que se encuentran doblemente subordinadas por la explotación de su trabajo y por la explotación de sus capacidades de procreación (Lagarejo, 2024).
Por ello, el heterocisexismo habitacional es un campo en el que se articula el poder. La planificación habitacional no es un proceso técnico y lineal. Por el contrario, se trata de una arena política de definición de los espacios en la que se disputan sentidos, identidades y formas de habitar. En este marco, las políticas de vivienda y desarrollo rural no solo distribuyen recursos materiales, sino que también producen sujetos y territorios a través de la oposición binaria hombre-mujer, que excluye otras identidades y orientaciones. Por ese motivo no son menores las implicancias de los imaginarios que construyen las políticas públicas heterocisexistas a partir de sus denominaciones y representaciones. Además, los alcances, requisitos, componentes y cobertura de las políticas legitiman y reproducen un orden sociosexual hegemónico en los territorios.
El heterocisexismo habitacional se inscribe materialmente en los territorios rurales por medio de dispositivos específicos de planificación, diseño y representación del hábitat, lo que revela que no se trata únicamente de una consecuencia colateral de marcos normativos previos. En síntesis, las formas de habitar rurales son producidas activamente por políticas que encarnan un modelo de sociedad y de género.
Entradas relacionadas
Identidades; Mujeres rurales; Vivienda; Territorio; Capitalismo.
Referencias
Boy, M. (2018). El otro espacio público en los estudios urbanos de la Argentina actual: el género y las sexualidades también construyen ciudad. Quid, 16, (9), 153-167.
Conway, J. K., Bourque, S. C. y Scott, J. W. (2013). El concepto de género. En M. Lamas (Comp.), El Género. La construcción cultural de la diferencia sexual (pp. 21-33). Universidad Nacional Autónoma de México.
Dani, A. y Carrilo, E. (2024). Hábitat y género. Mujeres construyendo un hábitat sostenible e inclusivo. Universidad del Medio Ambiente
Falú, A. (2020). La vida de las mujeres en confinamiento en las ciudades fragmentadas. Un análisis feminista de los temas críticos. Astrolabio, (25), 22-45.
Fernández Romero, F. (2019a). La productividad geográfica del cisexismo: diálogos entre los estudios trans y la geografía. En A. F. Neer, A. González, M. Greco y V. Le Borgne de Boisriou (Eds.) Las ciencias sociales en tiempos de ajuste: artículos seleccionados de las IX Jornadas de Jóvenes Investigadores del Instituto de Investigaciones Gino Germani (pp. 267-285). CLACSO.
Fernández Romero, F. (2019b). Poniendo el cisexismo en el mapa. Una experiencia de cartografía transmasculina. Boletín Geocrítica Latinoamericana, (2), 23-32.
Lagarejo, J. (2024). Hábitat rural en el noroeste de Córdoba. Intersecciones entre capitalismo, políticas públicas y vivienda en la comuna de Olivares de San Nicolás (2009-2023) [Tesis de maestría, Universidad Nacional de Córdoba]. Repositorio digital UNC. https://rdu.unc.edu.ar/handle/11086/554466
Meillassoux, C. (1989). Mujeres, graneros y capitales. Economía doméstica y capitalismo. Siglo XXI Editores.
Preciado, P. B. (2011). Basura y género. Mear/Cagar. Masculino/Femenino. En P. B. Preciado, Pornotopía: Arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la guerra fría (pp. 19-27). Anagrama.
Retana, C. (2023). Diseño, domesticidad y género. Diálogo con Marinês Ribeiro dos Santos. En J. Butler, M. L. Femenías, M. Sagot, S. Valencia, D. Halperin y M. Ribeiro dos Santos, Cartografías de género (pp. 89-99). CLACSO.
Sabsay, L. (2011). Fronteras sexuales. Espacio urbano, cuerpos y ciudadanía. Paidós.
Stone, S. (1991). The empire strikes back: A posttranssexual manifesto [El imperio contraataca: Un manifiesto posttranssexual]. En J. Epstein y K. Straub (Eds.), Body guards: The cultural politics of gender ambiguity (pp. 280-304). Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203700734
Stryker, S. (2008). Transgender history [Historia transgénero]. Seal Press.
- Instituto de Estudios en Comunicación, Expresión y Tecnologías, CONICET-UNC. juan.lagarejo@unc.edu.ar.↵






