María Ordoñez[1]
Identidades son comprendidas, narrativamente, como prácticas significantes relacionales atravesadas por discursos, construidas en y mediante la representación del lenguaje. Esta construcción es realizada en ámbitos sociales, históricos e institucionales específicos, así como en relación con formaciones y prácticas discursivas, mediante estrategias enunciativas específicas. Por ello, son posicionamientos sociales significantes, situados y coyunturales atravesados por relaciones desiguales de poder entre sujetos que tienen mayor o menor incidencia sobre la producción y puesta en circulación en el espacio público de narrativas sobre sus experiencias: las de los Otros y las de sí mismos. Por lo tanto, integran un campo de disputas por la hegemonía sobre la representación de los sujetos y del espacio social del que forman parte, es decir, por los criterios de delimitación identitarios. Estos posicionamientos proponen identificaciones que no son llanas ni lineales, más bien expresan pliegues y puntos de sutura a partir de diálogos, tensiones y contradicciones entre el adentro y el afuera constitutivo. Las identidades son un campo de disputa relevante en el marco de procesos de avance del extractivismo sobre la ruralidad en sus renovadas formas de acumulación primitiva y de desposesión que transforman los territorios. Estos, a su vez, tienen una relación dialéctica constitutiva con las identidades de los sujetos que los habitan y que luchan por el derecho de existir y narrar(se). Esta lucha es central para comprender los procesos de despojo y resistencia, permite abordar relacionalmente las narrativas identitarias de los sujetos que asumen posicionamientos que se acercan o alejan, cuestionan o se articulan con las narrativas del afuera constitutivo generando puntos de sutura.
Genealogía
Las identidades ya no responden a la pregunta sobre quiénes somos, sino sobre cómo nos representamos (Hall, 2003; Arfuch, 2005), sobre el uso de recursos del lenguaje, culturales e históricos en la construcción de representaciones del Yo, el Nosotros, los Otros y el espacio social. Esta es la clave de lectura de la definición planteada, ya que, como se anticipó, son comprendidas narrativamente en tanto prácticas significantes atravesadas por discursos, construidas en y mediante la representación. Al concebir la “comunicación como constitutiva de identidades” (Abatedaga, 2012, p.51), de lo que se trata, afirma Arfuch (2005), es de registrar la dimensión narrativa/discursiva del lenguaje que configura las identidades en tanto apuestas identitarias expresadas en la práctica significante del relato. En concordancia con esta autora, esto no significa que haya una transparencia del lenguaje, por lo que tampoco se trata de entenderlo como reflejo o soporte de las identidades.
La definición planteada se sustenta en la idea de identidad narrativa desarrollada por Ricoeur (1986), noción que permite comprender que el relato es constitutivo de las mismas, ya que es en la trama narrativa del propio relato que se construyen las identidades del sujeto. Este aporte es fundamental para vislumbrar la centralidad de la narración como mediación y del relato como dimensión lingüística proporcionada a la dimensión temporal de la vida que convierte a las historias de vida en historias contadas, narradas. Como afirma Rincón (2006), “somos las historias que contamos” (p. 89), ya que es en ese relato que nos posicionamos identitariamente.
Este proceso de integración de eventos considerados relevantes por el sujeto y organizados a través del tiempo implica un proceso social de explicación de acontecimientos con el fin de lograr presencia en el espacio público para obtener alguna forma de reconocimiento social positivo (Gergen, 2007). En este sentido, testimoniar, silenciar, olvidar o recordar “son acciones que los individuos y grupos usan para comunicar y posicionarse socialmente” (da Silva Catela, 2006, p. 13). Por ello, la narración es una forma de intercambio de experiencias (Benjamin, 2008) en la que los sujetos ordenan, relacionan, significan y articulan acontecimientos con el pasado y el futuro (Rincón, 2006) y se posicionan identitariamente. La definición planteada se sustenta en un proceso de deconstrucción bajo borradura del concepto de identidad que realiza Hall (2003) a partir de críticas teóricas que ponen en cuestión el modo de entender esta noción como algo unificado, estable y referente a la esencia. El autor considera necesario actualizar una noción de identidad, ya que con ella no es posible dar cuenta del carácter cada vez más fragmentado y fracturado de las identidades, en lo que denomina la modernidad tardía. Ello implica que las identidades “nunca son singulares, sino construidas de múltiples maneras a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes, a menudo cruzados y antagónicos” (Hall, 2003, p. 17).
Dicha deconstrucción es necesaria para abordar problemáticas actuales reconociendo que los procesos identitarios se encuentran cada vez más fragmentados a partir de las transformaciones de las identidades que, tal como señala Martin Barbero (1989 y 2002), están vinculadas a la modernidad, la globalización y el desarrollo de la comunicación digital. Como advierte este autor, la constitución de un nuevo espacio público implica nuevas formas de participación atravesadas por nuevas formas de percepción, lenguaje y sensibilidades que radicalizan las deslocalizaciones y desanclajes de la modernidad al borrar límites. Arfuch (2005) y Rincón (2006) también señalan la cuestión de la fragmentación, fractura y debilidad de las identidades como un elemento necesario de ser considerado para su estudio. En base a ello, se toman las advertencias que realizan al respecto para no caer en la apología de la fragmentación, promoviendo la construcción de un concepto que permita comprender las identidades como múltiples y cambiantes. Se abre la pregunta por sus procesos de construcción, los posicionamientos que los sujetos asumen o de los que se distancian y las disputas que forman parte de la constitución identitaria en un contexto de creciente dislocamiento de referencias identitarias. En este sentido, Hall (2003) propone desarrollar teorías que ayuden a comprender los mecanismos mediante los cuales los sujetos se identifican, o no, “con las ‘posiciones’ a las cuales se los convoca; y que indique cómo modelan, estilizan, producen y ‘actúan’ esas posiciones, y por qué nunca lo hacen completamente (…)” (p. 32).
Volviendo a la idea de borradura, Hall la toma de Derrida (1981, como se citó en Hall, 2003), quien plantea una doble lectura que hace posible leer debajo de la línea que tacha el concepto, aunque a partir de nuevas significaciones. Hall (2003) cuestiona las significaciones previas de la noción de identidad como lo vinculado a sí mismo, inmutable y esencial, ya que esta concepción deja de ser útil para pensar las problemáticas que buscan comprenderse. Sin embargo, advierte que, al no haber sido superado dialécticamente, no se ha logrado construir un nuevo término para dar cuenta de una nueva definición. Por lo tanto, se sostiene el uso de identidades, pero haciendo un uso crítico y aportando al desarrollo de una deconstrucción del concepto que permita cuestionar aquello que la identidad dejó de significar. Es decir, aquellas significaciones que pueden leerse debajo de la línea que tacha el concepto permiten recordar que la identidad no es esencialista, no es posible definirla como aquello idéntico a sí mismo o vinculado al origen que permanece inalterable; no es coherente ni estable; no se unifican ni representan procesos acabados o totalitarios; tampoco son un conjunto de atributos o características únicas (Hall, 2003).
Los aportes de Ricoeur (1986) también contribuyen a superar las nociones de identidad asociadas a lo esencial, idéntico a sí mismo o propio a partir del supuesto de inmutabilidad o perdurabilidad de un núcleo identitario, lo que nos lleva a afirmar el carácter cambiante e inestable de las identidades. A su vez, ayuda a reconocer que no opera en relación con la semejanza, sino más bien con la diferencia, siempre en relación a otros. Es decir, las identidades pueden vislumbrarse sólo en relación a su afuera constitutivo implicando siempre un trabajo discursivo de demarcación de límites simbólicos que establecen fronteras respecto a lo diferente que constituye las identidades (Hall, 2003). Estas delimitaciones implican formas de relación entre el afuera y el adentro que se comprenden a partir de Deleuze (2015), quien, retomando las ideas foucaultianas de exterioridad e interioridad, sostiene que existen pliegues constitutivos del adentro en la constitución de subjetividades colectivas a partir de movimientos del afuera. Las narrativas identitarias están atravesadas por relaciones de fuerzas que, en vinculación con otras fuerzas, se articulan o desarticulan y, al plegarse, producen y reproducen configuraciones identitarias.
Por ello, las identidades no son llanas, lineales, ni cerradas sobre sí mismas, pues están atravesadas por luchas, tensiones y contradicciones siempre en relación con un otro constitutivo. Hall (2003) se refiere a este proceso de articulación entre discursos como puntos de sutura entre “discursos y prácticas que intentan ‘interpelarnos’, hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de discursos particulares y, por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de ‘decirse’” (p. 20). Si se asume al discurso como trama o entramado, puede comprenderse esta idea a partir de la metáfora textil, de acuerdo con la cual los puntos de sutura son momentos de cierre entre la trama de las auto y hetero- narrativas identitarias.
Los pliegues generan posicionamientos identitarios, es decir, lugares que los sujetos asumen, en los que se ubican respecto a la representación de sí mismos y de los otros. Un posicionamiento de un nosotros que momentáneamente representa una unidad no es el resultado de “una totalidad natural e inevitable o primordial, sino del proceso naturalizado y sobredeterminado de ‘cierre’” (Hall, 2003, p.19). Se trata de pensar en la cualidad relacional y contingente de las identidades, así como en “su posicionalidad en una trama social de determinaciones e indeterminaciones, su desajuste –en exceso o en falta– respecto de cualquier intento totalizador” (Arfuch, 2005, p. 14). El término usado en singular para la autora es un momento identificatorio dentro de un trayecto inconcluso, en el que pueden producirse otros momentos o posiciones. Así entendidas, las identidades son estratégicas y posicionales, representan posicionamientos narrativos no determinados que expresan rupturas, pliegues y suturas respecto de la diferencia constitutiva.
Las identidades implican diálogos con otros discursos y con el afuera que lo constituye, por lo que no es posible hablar de una identidad autónoma, sino de narrativas siempre articuladas con otros discursos. Están siempre en una relación social significante dialógica entre discursos que no intervienen armónicamente, pues están atravesados por relaciones de poder y correlaciones de fuerza (Arfuch, 2005) desiguales desde las cuales los sujetos producen fronteras simbólicas y jerarquizaciones respecto a la diferencia constitutiva. Siguiendo a Bourdieu (2011), las identidades son campos de disputas entendidos como luchas desiguales de nominación mediante el lenguaje entre sujetos que pugnan por el poder de representación de las construcciones sociales de sí mismos y de los otros, así como del mundo social que tienen en común. Implican contiendas por imponer la representación del mundo social de acuerdo con los intereses de cada grupo que cuenta con diferentes dominios de los instrumentos de producción y reproducción de ese mundo y de sí mismos. No pueden aislarse los espacios discursivos de los efectos de las desigualdades sociales (Fraser, 1999), es necesario comprenderlos relacionalmente de acuerdo a las relaciones de fuerza y las posiciones que ocupan los sujetos en sus territorios.
Perspectivas
Las identidades son una dimensión fundamental para entender las disputas que acontecen en el hábitat rural enmarcadas en procesos de transformación territorial a partir de estrategias de acumulación por despojo (Harvey, 2005) del sistema capitalista. Implican el avance de modelos de desarrollo que tensionan las relaciones sociales y ecosistémicas que producen cada hábitat rural, por lo tanto, las condiciones que posibilitan o ponen en riesgo la reproducción de sujetos económicos, sociales y políticos (Cáceres et al., 2010). Se entiende que “el despojo también destruye sujetos, identidades, grupos sociales y clases sociales” (Mançano Fernandes, 2009, p. 13), ya que existe una relación constitutiva dialéctica entre territorios e identidades. A partir de estos aportes teóricos, en el presente escrito se propone un análisis sobre los vínculos entre las narrativas identitarias, las disputas territoriales y la lucha por la subsistencia de quienes son afectados por el despojo.
Las narraciones identitarias son modos de incidir en la visibilización de los propios asuntos desde los intereses de estos sujetos (Abatedaga y Ordóñez, 2017), estrategias en el campo de la lucha por el reconocimiento que se articula con las arenas por la redistribución de los recursos (Fraser, 2006). Los sujetos luchan por ser representados, por ser reconocidos, por el derecho de existir y narrar(se) socialmente (Martin Barbero, 2002), así como por el acceso a derechos y a mejoras en sus condiciones materiales de reproducción social. Esto implica, en algunos casos, el desarrollo de estrategias comunicativas para contrarrestar hetero-identificaciones asignadas por actores sociales dominantes (Ordóñez, 2019) y proponer auto-narrativas. En otros casos, los sujetos asumen posicionamientos propuestos por discursos dominantes, se identifican con ellos y se generan plegamientos y puntos de sutura a partir de ese afuera constitutivo.
Estos movimientos pueden reconocerse en el caso de familias pequeñas productoras organizadas comunitariamente que viven y trabajan en el territorio rural extrapampeano del noroeste de la provincia de Córdoba, la Pampa de Pocho (Traslasierra). Se trata de un territorio que lleva tres décadas de agriculturización producto del avance del agronegocio, lo que implicó un proceso de transformación de las formas de vida (Ordoñez, 2019; Ordóñez, 2023; Ordóñez y Huerta, 2023). Maggi (2015) observó “la desaparición de muchos campesinos y agricultores familiares de la zona con un fuerte proceso de concentración de tierras” (p. 7). Es en este contexto que se pueden reconocer plegamientos vinculados a las hetero-narrativas propuestas por el Estado en políticas públicas como la sanción de la Ley de Reparación Histórica de la Agricultura Familiar para la Construcción de una Nueva Ruralidad [conocida públicamente como Ley de Agricultura Familiar], la creación del Registro Nacional de la Agricultura Familiar [ReNAF] y el Monotributo Social Agropecuario [MSA]. En estas narrativas el Estado delimita identitariamente a quienes forman parte de la Agricultura Familiar y Campesina, propone un reconocimiento explícito, demarcando un adentro y un afuera en el que los propios actores locales se posicionan dentro de esta delimitación para acceder a la formalización de su trabajo. Lo que les permite acceder a políticas de financiamiento para mejorar sus condiciones de vida. Es en estos procesos que se desarrolla, a su vez, otro reconocimiento encarnado no por el Estado como entidad abstracta sino desde el trabajo en territorio de sus agentes, quienes reconocen a la organización comunitaria como interlocutor válido para implementar políticas públicas de financiamiento de proyectos (Ordóñez, 2022). Desde la organización local, se asume el desafío de sostener autonomía respecto a estos financiamientos, por lo que se propone, con mayor o menor éxito, sostener una modalidad de trabajo comunitario que no esté atada a los recursos económicos estatales.
Sin embargo, esto no implica la supresión de otros posicionamientos, de otros modos de nombrarse a sí mismos, tomando distancia de las definiciones y categorías oficiales, tales como las que ofrece la Ley de Agricultura Familiar. La forma de nominar predominante en la narrativa de las organizaciones campesinas es la de los grupos de trabajo comunitario formados por familias de pequeños y pequeñas productoras. Un posicionamiento que puede asociarse a los impactos del avance del agronegocio que se propone como tipo ideal, tal que, por un lado, la persistencia del trabajo comunitario se distancia del individualismo propio del modelo de acumulación capitalista. Por el otro, este modelo dominante reconoce como productivos a quienes se adecuan a la aplicación del paquete tecnológico y al monocultivo, marcando un afuera improductivo de quienes sostienen formas de vida y producción campesinas y familiares. La disputa de las familias está vinculada al reconocimiento de su valor productivo, es decir, a ser reconocidas como productoras y productores. Y, al mismo tiempo, existe el deseo de alcanzar rendimientos, ganancias y hasta la estética del agronegocio. El modo de nombrarse a sí mismos como productores pequeños está vinculado al afuera constitutivo formado por los grandes, modelo que funciona como un espejo con el cual compararse. La identificación se construye en relación con un ideal construido por el modelo productivo sostenido por el mercado y el Estado (Ordoñez, 2022).
Por último, las condiciones impuestas por las transformaciones productivas introducidas por el modelo dominante requieren el despliegue de múltiples estrategias de subsistencia en los territorios. Además de la producción familiar diversificada agrícola y ganadera que llevan adelante como actividad principal, algunas personas también venden su fuerza de trabajo como peones asalariados de grandes emprendimientos, empleados temporales de la industria turística, cuentapropistas que realizan tareas de albañilería, alambrados, gastronomía, entre otras tareas. Sólo en términos laborales existe una fragmentación de las referencias identitarias que da cuenta de las dislocaciones de las que se habló antes.
Lejos de una perspectiva romántica o esencialista, la mirada sobre el territorio permite reconocer, esquemáticamente, momentos en los cuales los posicionamientos se acercan y se alejan de las narrativas dominantes de acuerdo con el proceso de resistencia que llevan adelante familias campesinas, pequeñas productoras organizadas que habitan la ruralidad. Se trata de familias que se organizan para mejorar sus condiciones de vida y trabajo, y que en ese proceso construyen sus propias narrativas sobre sí mismos, el colectivo, su territorio y quienes lo conforman.
Entradas relacionadas
Capitalismo; Despojo; Territorio; Resistencia; Heterocisexismo.
Referencias
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- Instituto de Estudios en Comunicación, Expresión y Tecnologías, CONICET-UNC. maria.ordonez@mi.unc.edu.ar.↵






