Julieta Krapovickas[1]
Pobreza se define como la expresión y el resultado de un régimen de opresión capitalista donde las clases subordinadas se ven privadas de libertades y oportunidades de llevar adelante una vida digna. Se materializa en la incapacidad para alcanzar una vida saludable, participar de la comunidad, acceder a educación, disfrutar de libertades políticas y económicas y vivir con dignidad, llevando adelante un estilo de vida de libre elección. Es la privación, en suma, de la posibilidad de conducir la propia vida de un modo libre en el marco de una comunidad con valores emancipatorios. La definición propuesta incluye particularmente las tensiones y resultados en términos de exclusión y despojo que se evidencian en las áreas rurales. Los resultados en términos de bajos ingresos, baja escolaridad, falta de acceso a servicios y a asistencia social o ciertas condiciones de la vivienda se asocian al fenómeno, pero no lo condicionan ni lo definen. En este sentido, la propuesta conceptual pone el énfasis en los factores de producción de la pobreza más que en sus resultados y expresiones, colocando en el centro la atención hacia la producción de pobreza dentro de un sistema capitalista que oprime a las clases más vulnerables imposibilitando llevar adelante estilos de vida simples, vernáculos. El sistema opresor es el mismo, pero opera de diferente manera en diferentes territorios, por lo que es esperable que la expresión de la pobreza rural sea diferente a la pobreza urbana, más aún si consideramos que el hábitat rural funciona como proveedor de ciertos recursos estratégicos cuyo acceso cada vez más limitado puede provocar situaciones de escasez.
Genealogía
Rahnema (1996) realiza un análisis del concepto y de sus transformaciones y mutaciones de sentido a lo largo de la historia y en diferentes sociedades, desde las vernáculas a las industriales y modernas. El autor enfatiza el desplazamiento semántico producido tras la expansión de la economía mercantil y los procesos de urbanización, cuando la pobreza pasó a significar aquello opuesto a la riqueza y a ser definido negativamente, como carencia o falta. Villarespe Reyes (2002) llega a conclusiones similares, señalando como bisagra el fin del siglo XV, cuando se establece un nuevo marco intelectual para enfocar las discusiones y atención hacia los pobres, a partir de la distinción entre la dignidad y la indignidad de la pobreza, aspecto que no aparece hasta entonces.
Para Robert y Rahnema (2008), durante miles de años, la pobreza era un modo de vida simple y convivial que permitía precisamente vivir con dignidad y escapar de la miseria. Sin embargo, estos modos de vida simples, asociados a la vida campesina, desde la modernidad en adelante han sido combatidos y se ha buscado reemplazarlos justificándose en la idea de su indignidad. La inserción plena en los mercados permitiría a los campesinos huir de la pobreza. El resultado, empero, “ha acabado por condenar a la inmensa mayoría de los humanos a una miseria sin precedentes” (Robert y Rahnema, 2008, p. 15). En nombre de la lucha contra la pobreza, dicen los autores, se ha impedido toda reflexión sobre los modos de vida vernáculos, imponiendo un pensamiento único que justifica el reemplazo de estos múltiples modos de ser, de vivir y de producir. El modo de producción hegemónico en los ambientes rurales se propone como la única alternativa para superar el diagnóstico de pobreza, atraso e ineficiencia productiva, conduciendo en la mayoría de los casos a la quiebra y desarraigo de las mayorías campesinas.
En los centros de producción de conocimiento, en los organismos multilaterales y en los gobiernos, durante buena parte del siglo XX, se han estado discutiendo ampliamente los aspectos más metodológicos sobre las técnicas más apropiadas para captar la pobreza, ajustados a una agenda que raramente incluyó el análisis histórico de las causas de la pobreza.
Perspectivas
El debate sobre el concepto, arduo y extenso, está lejos de haber alcanzado algún nivel de consenso. Seveso (2014) da cuenta de la existencia de un campo de producción científico-hegemónico que ha orientado el campo de estudios y, concomitantemente, las políticas públicas en las últimas décadas. Pero incluso dentro de lo que podríamos considerar el campo hegemónico de producción de conocimiento, se observan desacuerdos ya que las definiciones y las posibilidades de medición cuantitativa siguen siendo muy discutidas. Según Øyen (2005), el concepto de pobreza tiene más de doscientas definiciones académicas y Spicker (2009) analiza 12 categorías de definiciones según diferencias en las interpretaciones y énfasis (según juicio moral, necesidad, patrón de privaciones, limitación de recursos, nivel de vida, clase social, entre otros). Paradójicamente, uno de los aspectos que más complejidad genera a la hora de proponer una definición conceptual de la pobreza es lo abarcador e intuitivo que resulta este término. Como noción, la pobreza es ampliamente reconocida; como concepto, su discusión en el campo de la Economía, de la Sociología, la Antropología y las Ciencias Políticas (entre otras disciplinas) es ardua y difícil.
En el campo de los estudios sobre la pobreza se encuentran entonces diferenciaciones y propuestas conceptuales diversas. Algunas distinciones conceptuales, especialmente en el campo de la Economía, resaltan la diferencia entre una pobreza por ingresos (pobreza coyuntural) y una pobreza de tipo estructural, así como también la distinción entre indigencia y pobreza. Otra discusión que ha generado mucho debate y análisis académico tiene que ver con las propuestas conceptuales que diferencian entre pobreza absoluta y pobreza relativa. Como fenómeno absoluto, la pobreza se asoció a una idea universalista de las necesidades humanas, estableciendo un núcleo irreductible de privaciones que generan consecuencias sobre el bienestar de las personas (Doyal y Gough, 1994; Altimir, 1979). Los estudios desde este enfoque se han centrado en analizar privaciones severas (hambre e inseguridad alimentaria, desnutrición, mortalidad infantil) identificando situaciones donde la pobreza afecta fundamentalmente las condiciones físicas de las personas generando consecuencias incluso fatales. El enfoque de la pobreza relativa, por su parte, refiere a la idea de que las necesidades básicas varían en el tiempo y entre regiones, de acuerdo con los patrones culturales que expresan el nivel de vida de las diferentes sociedades. Este enfoque, defendido entre otros por Townsend (1979), concibe la pobreza como una situación determinada en un grupo de personas que, comparativamente con la situación general de esa sociedad, se hallan pauperizadas.
Desde la perspectiva de Sen (1992, 2002), ambos enfoques presentan limitaciones. El aporte de Sen fue trasladar el debate sobre el acceso a ciertos recursos hacia el análisis de las posibilidades o capacidades que las personas tienen de convertir esos recursos en realizaciones que les permitan llevar una vida digna. Según este enfoque, los bienes y servicios son satisfactores o medios para alcanzar ciertos funcionamientos fundamentales (Sen, 2002). En diálogo con él Nussbaum (1988) ha desarrollado un enfoque aristotélico basado en las capacidades y Doyal y Gough (1994) han desarrollado una teoría de las necesidades humanas, aportando al debate sobre el carácter universal de las mismas.
En América Latina se encuentran importantes desarrollos, en particular en las obras de Max-Neef et al. (1986) con su teoría del desarrollo a escala humana y de Boltvinik (2005) sobre el florecimiento humano. El enorme conjunto de perspectivas sobre el tema ha permitido consolidar la idea de que la pobreza debe medirse utilizando múltiples dimensiones, pasando de los primeros indicadores indirectos que capturaban la falta de recursos (como el ingreso per cápita, la línea de pobreza, o la cantidad de personas que vive con menos de un dólar al día) al diseño de indicadores como el índice de desarrollo humano o, el más reciente, índice de pobreza multidimensional. El Índice de Pobreza Multidimensional Global (Global MPI) y los múltiples Índices de Pobreza Multidimensional (IPM) Nacionales basados en la metodología Alkire-Foster (Alkire, 2014) han sido adoptados por el PNUD, agencias internacionales como el Banco Mundial y la CEPAL, entre otras.
Este conjunto de perspectivas reseñado, en su mayoría, forma parte de las discusiones académicas dominantes dentro de los estudios sobre la pobreza, fuertemente financiadas desde los organismos multilaterales como el Banco Mundial (Seveso, 2014). En la región latinoamericana, no obstante, se han desarrollado enfoques interpretativos alternativos, como los estudios postcoloniales desarrollados, entre otros, por Lander (2000), Mignolo (2000), Quijano (2000) y Escobar (1996, 2014), que instalan la necesidad de desnaturalizar las categorías impuestas desde el norte global, descolonizando el conocimiento. En ese sentido, importa mencionar la recuperación de cosmovisiones indígenas que han participado del debate sobre la pobreza desde una perspectiva decolonial. Es el caso del concepto de Buen Vivir (Sumak Kawsay) de las comunidades indígenas andinas. El principio estructurador de esta noción es el reconocimiento de las concepciones de sustentabilidad y respeto a la naturaleza de las sociedades indígenas y es un llamado a la necesidad de construir colectivamente un nuevo régimen de desarrollo basado en una economía solidaria (Acosta, 2008).
En cuanto al vínculo entre pobreza y ruralidad, se observa que, en la larga tradición de discusión, ha persistido un vínculo estrecho entre ambas. La imagen construida del campo se realizó en oposición a la ciudad, en donde se desarrollan las sociedades urbanas, representadas como modernas y dinámicas, basadas en actividades industriales y comerciales. Las dicotomías rural-urbano y campo-ciudad planteadas de este modo tendrían su origen en una concepción lineal del desarrollo, donde se considera el proceso de modernización como el paso de una forma de vida rural, sinónimo de atraso, a una forma de vida urbana, dinámica y heterogénea, tanto social como culturalmente (Llambí y Pérez Correa, 2007). Este pensamiento dicotómico continúa vigente, aunque cada vez más disputado, ya sea desde los aportes de la nueva ruralidad (Pérez Correa, 2001) a los llamados a reconocer a los espacios rurales como espacios de crisis, de conflicto y de esperanza (Wang, 2023).
En esta concepción donde el medio rural pasa a ser el polo de atraso, escasez y de extendida insatisfacción de necesidades, la relación entre pobreza y ruralidad se corporiza en los campesinos y pequeños propietarios. Así, por ejemplo, algunos autores describen la marcada tendencia en buena parte de los estudios sobre el campesinado a relacionar campesinos con minifundistas y a ambos con pobreza rural (Mathey, 2007; Posada, 1997). Bengoa (2003) evidencia un desplazamiento, en el ámbito académico latinoamericano, desde la cuestión campesina hacia el tema de la pobreza rural, invisibilizando al sujeto campesino.
Así, por ejemplo, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) se focalizó durante décadas en contar la cantidad de pobres rurales en América Latina, sin mencionar a los campesinos (Bengoa, 2003). En su análisis sobre las visiones históricas del bienestar rural, producidas fundamentalmente desde organismos internacionales y su impacto en la elaboración de políticas públicas en la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX, Arceo y Salomón (2020) enfatizan cómo las políticas se orientaron específicamente a modernizar el sector agropecuario para así elevar el nivel de vida de las poblaciones rurales. En diferentes momentos del siglo XX las discusiones sobre el estancamiento agrícola, la reforma agraria y la tenencia de la tierra, la promoción de la tecnología, la eficiencia y el desarrollo social de la comunidad signaron las políticas públicas en consonancia con las recomendaciones de los organismos internacionales y el apoyo norteamericano a América Latina (Arce y Salomón, 2020).
Hacia fines del siglo XX se observa una ruptura y se comienza a refutar el diagnóstico de alta pobreza rural, cuestionando el uso de indicadores clásicos (Murmis, 2001), a la vez que se señalan los efectos que la modernización agraria ha generado desarraigando a las poblaciones rurales (Teubal, 2001). Estos antecedentes dan cuenta, por un lado, de cómo los indicadores como la línea de pobreza y las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) han penalizado a la población rural a partir de la presencia de un sesgo urbano en su concepción. Las condiciones de carencia medidas con estos indicadores no serían aplicables a las zonas rurales, ya que estas privaciones en los hogares rurales responden a prácticas culturales y modos de vida campesino.
Murmis (2001), Forni y Neiman (1994), Krapovickas y Garay (2017), Martínez Coenda (2021), entre otros, señalan que la construcción de los indicadores de vivienda y servicios, así como los criterios higienistas que asocian la vivienda rural a insalubridad, desconocen las características del hábitat rural y los modos de vida campesinos, y llevan a una sobreestimación de la pobreza rural. La existencia de pisos de tierra y la presencia de viviendas tipo rancho no deberían asociarse a la noción de pobreza en el ámbito rural, ya que se encuentran más asociados a aspectos culturales que a condiciones de privación.
Por otro lado, el análisis de los resultados de la revolución agraria en los diferentes países de la región ha permitido evidenciar los efectos en términos de concentración, acaparamientos y expulsión de los pequeños productores y campesinos del medio rural (Cardeillac, 2022; Soto Baquero y Gómez, 2014; Borras et al., 2012). En el marco de un modelo productivo donde los mercados demandan cada vez más producción por unidad de superficie, mayor homogeneidad de los productos (más genética), más insumos y más inversión, las unidades productivas familiares (las oikonomías campesinas, al decir de Prada Alcoreza (2014)) se debaten entre dos opciones (las mismas que ya señalara Kautsky): o proletarizarse o agrandar la escala y capitalizarse. El abordaje de la pobreza y en particular de la pobreza en el hábitat rural no puede desconocer estas tensiones, este impulso colonial de tecnificar, racionalizar, hacer eficientes y más productivos los modos que no son solo modos de producir sino modos de habitar (y ser en) el mundo, modos de vida.
La pobreza sigue siendo, no obstante, un concepto de interés para el análisis de las tensiones y conflictos en los mundos rurales. A partir de un abordaje que centre la atención en las dinámicas generadoras de desigualdades y a partir de un punto de vista postcolonial y latinoamericano, la potencia descriptiva del concepto resulta valiosa para analizar los impactos ambientales, el acceso a tierras, las desigualdades de género y generacionales, la construcción de redes y tejido comunitario, entre otras dimensiones. Las intervenciones sobre la pobreza rural también deben considerar las implicancias en términos de soberanía y seguridad alimentaria, ya que el desplazamiento y despojo de las poblaciones campesinas que producen alimentos puede significar la pérdida de acceso a alimentos sanos y seguros para grandes porciones de la población. En última instancia, importa realizar una serie de preguntas a los objetivos de las políticas agrarias: ¿qué se busca? ¿Qué se persigue? ¿Producir alimentos baratos o producir las condiciones para asegurar bienestar en el medio rural y soberanía alimentaria?
Entradas relacionadas
Capitalismo; Despojo; Vivienda; Infraestructura; Tenencia.
Referencias
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- Departamento de Sociología, FCS, Udelar.
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