Pablo Dorado[1]
Tecnología, refiere a los medios a través de los cuales las personas transforman su entorno para satisfacer sus necesidades. Si bien todas las sociedades han adaptado su medio, cada una ha implementado estrategias distintas para lograrlo, desarrollando respuestas tecnológicas mediante acciones cognitivas, artefactuales y prácticas. Las tecnologías deben interpretarse en tres niveles ontológicos: como productos o artefactos, que incluyen dispositivos físicos diseñados para cumplir funciones técnicas (maquinarias, herramientas y utensilios); como procesos que abarcan habilidades, métodos y procedimientos técnicos; y como formas de organización, entendidas como estructuras sociales integradas por personas. A estos niveles puede añadirse explícitamente la interacción entre actores sociales y tecnologías, reconociendo que estas últimas no existen de manera aislada, sino en un vínculo dinámico: los usuarios influyen en la configuración y funcionamiento de las tecnologías, mientras que estas, a su vez, transforman las prácticas, las relaciones y las estructuras sociales. Además, cada tecnología comprende varias dimensiones internas: material, de conocimientos integrados por combinaciones de conocimientos consuetudinarios, ancestrales, formales y científicos, tanto tácitos como explícitos, y de práctica, que se refiere a las actividades habituales en el desarrollo de las acciones humanas. Al tratarse de una construcción humana y social, existe una relación de interdependencia entre tecnologías y sociedades: las sociedades se configuran tecnológicamente y, de manera recíproca, las tecnologías se moldean socialmente. Estas relaciones evidencian una dimensión sociotécnica que enfatiza la co-construcción entre sociedad y tecnología.
Genealogía
Partiendo de la premisa de que las tecnologías se configuran socialmente y, a su vez, las sociedades se construyen a partir de ellas, es posible afirmar que la tecnología es, en esencia, un producto social. Esta perspectiva no siempre fue comprendida de esta manera, sino que comenzó a desarrollarse en el siglo XIX, cuando Marx introdujo un cambio radical en el análisis de los desarrollos tecnológicos, cuestionando las visiones deterministas y meramente artefactuales que predominaban hasta entonces (Marx, 2010). Según esta visión, el cambio tecnológico imponía inevitablemente cambios sociales, culturales y económicos: una nueva máquina sustituía trabajadores, impactaba en la producción (mejorándola o empeorándola) y generaba mayores ingresos con una distribución desigual de esos recursos. En este modelo, se asumía que la tecnología, por sí misma, daba forma a la sociedad, siendo que en realidad se trata de un producto del diseño humano. Como señala Rosenberg (1982), Marx cuestionó la interpretación tradicional de la tecnología, centrada en los artefactos y sus creadores, y propuso en su lugar un análisis social, situando a las tecnologías como un factor clave en la explicación histórica del cambio social.
Si bien se plantea esta primera innovación conceptual, la relación entre tecnología y sociedad continuó explicándose mediante visiones deterministas. Por un lado, se encontraba la causalidad tecnológica (Winner, 1980; Hughes, 1983), que sostenía que los avances tecnológicos impulsaban transformaciones sociales (por ejemplo, la introducción del tractor en la producción agrícola); por el otro, la causalidad social, que interpretaba el cambio tecnológico como consecuencia de factores sociales, tal como puede observarse en la implementación de un sistema de gestión de riego comunitario por acequias, impulsado por una organización comunitaria (Thomas, 2000).
En la década de 1960, la creciente preocupación por los riesgos asociados a las tecnologías emergentes impulsó un cambio en el estudio sociológico de la tecnología. En este contexto, el Programa Fuerte de Edimburgo, desarrollado por Bloor, Barnes y otros miembros de la Escuela de Edimburgo en la década de 1970, surgió como una reacción crítica y sostenía que los aspectos tecnológicos, sociales, económicos y científicos están profundamente interconectados y no deben analizarse de manera aislada.
Merton (1938) fue un importante precursor de la sociología del conocimiento y su enfoque crítico sirvió de base para el surgimiento de esta propuesta. La metáfora del tejido sin costuras ilustra la complejidad de este nuevo enfoque: el desarrollo de una tecnología no sigue un curso lineal, ni es exclusivamente técnico o social, sino un proceso dinámico en el que interactúan artefactos, normas, conocimientos, instituciones y diversos actores en un entramado complejo. Bijker (1993) propuso el concepto sociotécnico como un ensamblaje en el que los agentes sociales y tecnológicos se integran. Desde esta perspectiva, las unidades de análisis no son los actores sociales, ni los artefactos tecnológicos por separado, sino los ensambles que resultan de su interacción.
Otros autores, como Thomas (2000) y Hughes (2008), han explorado recientemente la relación entre tecnología y sociedad en términos de co-construcción sociotécnica, lo que permite comprenderla como un proceso en el que el foco se desplaza de visiones deterministas hacia una perspectiva que considera tanto los procesos de creación de tecnología como los actores sociales involucrados en su producción. Desde esta perspectiva, se enfatiza que las tecnologías son parte de una construcción colectiva que resulta de la interacción de factores sociales, económicos y políticos. Actualmente, se propone entender a las tecnologías como,
todos los artefactos, procesos y formas de organización que se despliegan en acciones (cognitivas, artefactuales y prácticas) realizadas conscientemente por los humanos para alterar o prolongar el estado de las cosas (naturales o sociales) con el objetivo de que desempeñen un uso y una función (Thomas y Santos, 2016, p. 16).
Pinch y Bijker (2008), desde la perspectiva sociotécnica, se centran en la trayectoria de la tecnología como un proceso no lineal, pero acumulativo. En este sentido, proponen que “el éxito de un artefacto no es lo que explica su existencia, sino que es precisamente lo que necesita ser explicado” (Pinch y Bijker, 2008, p. 29). Esta afirmación debe extenderse al conjunto de las tecnologías, y no únicamente a los artefactos. Estos ensambles generan una dinámica en la construcción del sentido y el funcionamiento de las tecnologías (Vercelli y Thomas, 2007; Thomas et al., 2015).
Perspectivas
Los desarrollos anteriormente expuestos se enmarcan en el enfoque del constructivismo social de las tecnologías desarrollado en las últimas décadas (Pinch y Bijker, 2008), que busca reconstruir las trayectorias de las tecnologías, en lugar de centrarse en los aspectos técnicos de su desarrollo. Para ello, se proponen varias conceptualizaciones: los agentes que intervienen en el desarrollo de una tecnología se denominan Grupos Sociales Relevantes (GSR), y se refieren a los actores sociales que construyen significados distintos sobre las tecnologías. De aquí se desprende que las tecnologías no poseen un único significado. Para un grupo, puede tratarse de la solución a un problema mientras que, para otro, la implementación de esa misma tecnología puede resultar problemática. Así, aparecen tantas tecnologías como visiones existan sobre ellas, lo que se denomina flexibilidad interpretativa (Aibar, 1996). Cuando un GSR acuerda sobre el sentido de una tecnología, su significado se estabiliza; este proceso es el resultado de múltiples negociaciones e imposiciones de significados (Bijker, 1995).
Las tecnologías poseen significados dinámicos que varían entre actores y a través del espacio y el tiempo, lo que las hace situadas. Es decir, su percepción se adapta a un contexto específico. Pueden funcionar como solución a un problema en un momento dado y no en otro, e incluso presentarse como una solución en un lugar y no serlo para un problema similar en otro. Así es como se construye y se debe entender que la noción de funcionamiento de las tecnologías no se refiere a un aspecto técnico o intrínseco del artefacto, proceso u organización. El funcionamiento es determinado por los usuarios a través de los significados que le atribuyen. En este sentido, una tecnología se considera funcional cuando proporciona una solución a un problema reconocido por los grupos sociales (Bijker, 1993). Aunque el funcionamiento no es una cualidad intrínseca a las tecnologías, puede construirse en función de su capacidad para resolver un problema. También es posible construir su no funcionamiento en aquellos casos donde no existe consenso entre los grupos sociales, cuando la tecnología no responde adecuadamente a los problemas que dicho grupo considera relevantes (Thomas, 2000, 2008).
Las tecnologías, además, no son universales, sino que tienen un fuerte vínculo con el escenario socio-histórico en el que se desarrollan (Thomas et al., 2019; Thomas et al., 2015). De hecho, tampoco se las puede considerar como autónomas: no pueden evolucionar según su propia lógica, sino que están influenciadas por las personas y los contextos sociales. Esta y otras características se relacionan con lo que Orlikowski y Gash (1994) denominan marcos tecnológicos, refiriéndose al conjunto de interacciones entre individuos, tecnologías y contexto.
Los marcos tecnológicos se construyen a partir de la interacción de los sujetos con las tecnologías y entre las tecnologías mismas en un ámbito específico, considerando problemáticas locales, potencialidades, instituciones, marcos regulatorios, entre otros factores (Dagnino, 2010; Thomas et al., 1996). Esto define enfoques cognitivos que permiten a los individuos comprender y explicar el mundo de una manera específica (González Bravo y Valdivia Peralta, 2015). Por lo tanto, es fundamental comprender los procesos cognitivos subyacentes, en la medida que estos influyen en la aceptación o rechazo de una tecnología (Orlikowski y Gash, 1994). Esto refuerza la idea que las tecnologías no operan de la misma manera en todos los contextos y momentos, ya que se desarrollan en territorios específicos que las influyen y usuarios con una idiosincrasia particular (Hughes, 2008).
Aquí se desprende un aspecto clave, que es el poder inherente a las tecnologías a través de su capacidad de agencia, en tanto no son neutrales, sino que se encuentran atravesadas por relaciones de poder y disputas sociales (Feenberg, 2012). Ya que no son neutrales; cada tecnología modifica el entorno en el que se introduce, para bien o para mal, y transforma a los agentes involucrados (Vaccari, 2019). La agencia de las tecnologías permite regular espacios y comportamientos de los actores, condicionando la estructura de distribución social, los costos de producción y el acceso a bienes y servicios. A través de esta capacidad, las tecnologías pueden contribuir a la resolución de problemas sociales y ambientales, e incluso convertirse en elementos de identidad colectiva. En este sentido, pueden actuar como participantes activos en el cambio de dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales (Thomas y Santos, 2016).
Es clave comprender el poder transformador que las tecnologías pueden tener en el ámbito rural, siempre que sean diseñadas y aplicadas estratégicamente. Las Tecnologías para la Inclusión Social (TIS) son aquellas orientadas a resolver problemas sociales y ambientales, promoviendo la inclusión y el desarrollo sustentable. Estas tecnologías abarcan una amplia variedad de áreas, como la producción de alimentos, vivienda, energía, agua potable, transporte y comunicaciones. Su enfoque no se limita a la creación de productos o procesos técnicos, sino que la solución tecnológica para un problema observado es co-construida con la comunidad involucrada y considera la organización social que facilita su implementación. Así, su propósito no es paliativo, sino profundamente transformador, promoviendo la equidad social y económica mediante soluciones tecnológicas adaptadas a contextos locales y desarrolladas con la participación activa de las comunidades, movimientos sociales, cooperativas, ONGs y unidades públicas de investigación y desarrollo (Thomas, 2012).
Se debe entender la producción del hábitat como el resultado de procesos de índole tecnológica integral, donde los artefactos, procesos y formas de organización se articulan en sus dimensiones prácticas y cognitivas y se entrelazan con las relaciones sociales, culturales y económicas de las comunidades (Thomas y Santos, 2016; Thomas, 2008). Reconocer la relevancia de las tecnologías en estos procesos implica superar enfoques simplistas, centrados únicamente en los artefactos, y adoptar una perspectiva que considere a las tecnologías en toda su amplitud, integrando aspectos cognitivos, prácticos, técnicos y, fundamentalmente, su dimensión socio-técnica: los usuarios influyen en la configuración y funcionamiento de las tecnologías, mientras que estas transforman las prácticas, relaciones y estructuras sociales.
La articulación entre estas dimensiones se manifiesta de manera concreta en distintas prácticas del ámbito rural. Las tecnologías agrícolas requieren conocimientos locales sobre riego y cultivo, así como coordinación comunitaria para gestionar los recursos de manera equitativa, como el agua; por su parte, los sistemas constructivos locales, como el uso de adobe, la piedra o la madera, integran habilidades aprendidas y heredadas, junto con estrategias de adaptación al clima y a los recursos disponibles; y las formas de organizar el espacio doméstico y comunitario reflejan decisiones técnicas, culturales y ambientales. En el caso de la producción artesanal con recursos locales, se combinan técnicas tradicionales, creatividad y organización social, al tiempo que se fortalece la identidad comunitaria y se generan oportunidades económicas. En este sentido, el diseño de tecnologías para contextos rurales debe orientarse mediante estrategias de co-construcción, entendiéndolas no como soluciones técnicas funcionales, sino como respuestas participativas y situadas, lo que permite reconocer la agencia de las tecnologías y su capacidad de influir en las relaciones dentro de las comunidades rurales.
La introducción de tecnologías en el hábitat rural no es un proceso neutral, sino que se encuentra atravesado por relaciones de poder y disputas sociales: puede reforzar, desafiar, empoderar o debilitar las estructuras sociales existentes, y conlleva, en todos los casos, el riesgo de reproducir desigualdades. En este sentido, los procesos de estudio, diseño, implementación e innovación tecnológica deben trascender la mera funcionalidad técnica. Las tecnologías no son únicamente artefactos eficientes ni respuestas inmediatas a demandas aparentes, sino dispositivos complejos de co-construcción sociotécnica. Desde esta perspectiva, resulta fundamental abordar críticamente las tensiones entre desarrollo y sostenibilidad en el hábitat rural, promoviendo tecnologías que contribuyan a la inclusión y la equidad, en lugar de reproducir o profundizar las desigualdades sociales.
Entradas relacionadas
Identidades; Saberes locales ancestrales; Políticas Públicas; Vivienda; Economía.
Referencias
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- Instituto de Investigaciones Territoriales y Tecnológicas para la Producción del Hábitat, CONICET-UNT. pablodoradoctca@gmail.com.↵






