Cecilia M. Quevedo[1] y Nicolás A. Trivi[2]
Turismo es una actividad socioeconómica que presenta múltiples facetas, incluyendo desde el turismo masivo gestionado por grandes empresas hasta iniciativas comunitarias a pequeña escala. Su impacto está determinado tanto por quiénes lo promueven como por el territorio en el que se lleva a cabo. Es una práctica social que involucra diferentes sectores de producción económica como la gastronomía, la hotelería, el transporte y el entretenimiento. Opera a diferentes escalas, reorganizando el espacio en función de la necesidad de circulación de los diferentes factores de producción (capital, trabajo, insumos y consumidores), y por ende conformando territorios con una lógica específica en la que la contemplación y consumo del paisaje es un rasgo clave. Dentro de estas escalas heterogéneas, el turismo rural es una modalidad turística que se desarrolla en espacios rurales y que implica la valorización de sus paisajes, culturas, formas de vida y economías locales. Más allá de su dimensión económica, el turismo rural es también un fenómeno social y político atravesado por procesos de turistificación que generan tensiones, resistencias y negociaciones, especialmente entre los actores locales encargados de implementar las políticas públicas en el territorio. Estas políticas, lejos de ser lineales, siguen trayectorias multidireccionales que reflejan disputas y adaptaciones constantes en la forma en que algunos rasgos selectivos de lo rural son transformados en producto turístico o experiencia turística. En este contexto, el turismo rural no solo promueve estrategias de desarrollo local, sino que también visibiliza las complejidades inherentes a distintas problemáticas, como la gestión del territorio, la valorización de las identidades, la participación comunitaria y la disputa por los bienes comunes.
Genealogía
Los viajes, migraciones o desplazamientos por diferentes motivos (guerras, procesos de colonización, intercambio comercial, peregrinaciones religiosas, entre otros) han existido a lo largo de la historia de la humanidad, con diferentes significados. Lo mismo puede decirse de la alternancia entre tiempo de trabajo y tiempo libre, desde las sociedades de cazadores-recolectores hasta la actualidad. Sin embargo, la práctica de utilizar el tiempo libre para viajar es relativamente reciente, con sólo algunos siglos de historia. El Grand Tour, la costumbre de jóvenes adinerados del norte de Europa (durante los siglos XVII y XVIII) de tomarse varios meses o años para recorrer las ciudades francesas e italianas con fines formativos, es el antecedente más claro de lo que hoy conocemos como turismo (Hiernaux, 2002).
Más adelante, con los cambios sociales que impulsó la Revolución Industrial, el turismo se difunde como actividad complementaria de los tiempos reglamentados de la vida urbana. Al calor de las corrientes higienistas, el descanso en balnearios sería planteado como una actividad reparadora para los trabajadores. Pero el turismo era todavía una práctica reservada para las clases altas. Es a fines del siglo XIX, durante el auge del turismo de élites, que se consolidó una mirada bucólica sobre los espacios rurales, heredada del romanticismo, como objetos de contemplación y reaseguro de la tranquilidad. Será en el contexto del Estado de bienestar del siglo XX, y como fruto de las luchas obreras por mejores condiciones de trabajo y de vida, que las vacaciones pagas se convertirán en el plafón para que el turismo masivo se consolide como práctica extendida, sector de producción económica cada vez más relevante y objeto de política pública (Pastoriza, 2011).
Durante este período, los espacios rurales serán incorporados al turismo principalmente a través de la explotación comercial de cuerpos de agua y la visita de áreas protegidas. La creación de parques nacionales cumplía la función de resguardar lugares extraordinarios para el disfrute de lo sublime, al mismo tiempo que apuntalaba la afirmación de la identidad nacional. Finalmente, los cambios económicos, políticos y culturales de la globalización significaron una desestructuración del turismo masivo estandarizado, que no desaparece como tal (así como tampoco desaparecen las prácticas exclusivas de las clases altas) pero resigna protagonismo frente al turismo de nichos. Esta etapa se caracteriza por la multiplicación de productos turísticos para públicos cada vez más segmentados y acotados.
En este contexto, el turismo rural emerge como una variante de creciente relevancia, con productos que van desde la contemplación paisajística tradicional hasta experiencias inmersivas con poblaciones originarias y campesinas, pasando por el contacto con la naturaleza y el interés por tradiciones populares o nuevas prácticas espirituales.
Con mayor fuerza luego de la pandemia por covid-19, el turismo rural es valorado por ofrecer destinos con baja densidad demográfica, contacto con la naturaleza y experiencias con estructuras sociales y formas de vida tradicionales. La novedad respecto a las etapas anteriores de la historia del turismo es el interés por conocer procesos productivos, expresiones culturales y formas de habitar el ámbito rural que habían sido ignoradas y/o despreciadas previamente, en tanto signos de atraso. En la actualidad, son revalorizadas por un público urbano ávido por reestablecer un vínculo con el pasado ancestral y preocupado por la sostenibilidad de sus prácticas de consumo (Paz Montaiuti et al., 2024).
Perspectivas
La evolución del turismo rural es parte de la emergencia de las nuevas ruralidades, un conjunto de prácticas sociales apuntaladas por políticas públicas (Pérez Winter, 2024). Este fenómeno genera nuevos usos para los espacios rurales, no circunscritos a la producción agropecuaria y forestal tradicional. La Política Agrícola Común europea es un ejemplo, dado que en sus inicios se centraba en una política de precios para sostener la producción y lograr el autoabastecimiento, y más adelante incorporó criterios ligados a la conservación ambiental y el sostenimiento de la población rural.
De la matriz de intervención de los organismos internacionales surgen los programas de desarrollo territorial rural, que tendrán un despliegue relevante en América Latina en el marco del neoliberalismo. El turismo es incluido en estos programas como alternativa de desarrollo para la población rural, que aprovecha un renovado interés por sus prácticas productivas, culturales y habitacionales tradicionales por parte de alguno de los nichos de consumidores del mercado contemporáneo (Scalise, 2012).
Además, son los propios movimientos campesinos y las organizaciones indígenas los que toman la actividad turística como parte de sus estrategias de resistencia y permanencia en el territorio, desarrollando productos turísticos a partir de sus saberes ancestrales como recursos y valores. La discusión sobre la pluriactividad campesina o diversificación económica se renueva con esta perspectiva, donde el turismo rural se encuadra dentro del sector de los servicios (Diez, 2014).
En este sentido, el turismo se incorpora directa o indirectamente a la dinámica productiva de las unidades domésticas, ya sea como actividad complementaria durante el tiempo libre, como canal de comercialización de la producción, o como actividad central para la economía familiar, en los casos más involucrados a circuitos turísticos consolidados.
Además, el turismo se vincula de manera contradictoria con el calendario de festividades y otras actividades que hacen al tiempo de ocio de las comunidades rurales. El esquema de vacaciones acotadas, temporadas altas y bajas del sector turístico, atado al ritmo del trabajo asalariado del mundo urbano, no siempre coincide con los tiempos del mundo rural y su vínculo con la naturaleza, generando tensiones que atraviesan la gestión y difusión de eventos culturales y su consumo en tanto productos turísticos por parte del público de origen urbano.
Pero ese interés por el mundo rural incluye también fenómenos como la migración por estilos de vida, protagonizada por sectores de ingresos medios y altos que buscan mejorar su calidad de vida yéndose a vivir lejos de las grandes ciudades (Moss, 2006). Esta pretensión es canalizada por desarrolladores inmobiliarios que apelan a imaginarios de contacto con la naturaleza, nuevamente, basada en la contemplación pasiva del paisaje, que le debe mucho a la promoción turística. La consecuencia es una nueva presión sobre los espacios rurales por parte del negocio inmobiliario, que se traduce en la aparición de barreras físicas y sociales (muros, cercos, garitas de seguridad), el aumento del costo de vida, del precio de la tierra y de los alquileres, o el riesgo de los incendios intencionales (Trimano y Mattioli, 2023).
En estas discusiones, no es posible pensar el impacto del turismo rural sin la dimensión territorial. Del mismo modo, no es posible escindir el turismo rural del hábitat rural puesto que están estrechamente relacionados: el turismo rural se desarrolla en el hábitat rural y depende de él para su existencia. No obstante, a grandes rasgos, podemos identificar dos perspectivas dominantes para interpretar ese vínculo.
Por una parte, algunas perspectivas sostienen que el turismo rural depende del hábitat rural para su existencia y, a su vez, puede contribuir a su conservación y desarrollo sostenible. Al promover un turismo responsable, es posible generar beneficios y oportunidades tanto para los turistas como para las comunidades locales y el medioambiente (ecoturismo). El hábitat rural es el principal atractivo para los turistas que buscan experiencias rurales alejadas de los centros urbanos. Los paisajes, las áreas protegidas, la agricultura y las tradiciones locales son los elementos distintivos que atraen a los visitantes.
Desde este punto de vista, el turismo rural es una variante que puede contribuir a la conservación del hábitat rural, sus recursos naturales y sus medios de existencia. En efecto, las actividades turísticas se comprenden como un instrumento de desarrollo territorial. Al generar ingresos para las comunidades locales, este turismo puede incentivar la conservación del monte nativo, contribuir a las luchas territoriales o promover las estrategias productivas y reproductivas de las familias campesinas (Quevedo et al., 2023; Catalano et al., 2024). Además, esta actividad puede impactar en los espacios arquitectónicos y la infraestructura comunitaria derivando en inversiones eventuales para satisfacer las nuevas necesidades derivadas de esa diversificación productiva (Ramos Calonge, 2024).
Por otro lado, desde otro punto de vista es posible analizar el vínculo entre turismo y hábitat rural dentro de un creciente proceso de mercantilización y valorización económica de los destinos rurales en el capitalismo actual. Si se parte de considerar al hábitat rural como el conjunto de elementos naturales y socialmente construidos que posibilitan la sostenibilidad de la vida en las áreas rurales (paisajes, ecosistemas, arquitecturas tradicionales, actividades agrícolas y ganaderas, así como saberes tradicionales y prácticas culturales de las poblaciones locales), es posible advertir el interés paulatino en las plusvalías novedosas emergentes a partir de procesos de turistificación, patrimonialización, explotación o extractivismo en esos entornos (Pastrana et al., 2022).
Desde esta perspectiva, dentro de la etapa posfordista del turismo a escala planetaria, el hábitat rural se reduce a la construcción de nuevos entornos y circuitos diferenciales (Torres, 2021). Los mismos son caracterizados por la producción selectiva de autenticidades vinculadas a lugares e identidades rurales, así como, a menudo, por el acaparamiento de los bienes comunes. Más que orientar el desarrollo territorial o sustentable y potenciar horizontes locales de transformación social de los habitantes rurales y sus condiciones de existencia, el turismo rural en ciertos hábitats rurales (marcados como mágicos, misteriosos, auténticos, etc.) encarnaría mecanismos de acumulación del capital de la mano de programas turísticos y planificaciones estatales para regiones marginales. Esos programas y planificaciones suelen ofrecer una visión esencializada, folklorizada y estática del mundo rural que indudablemente invisibiliza las tramas de conflictos, desigualdades y relaciones de poder (Trivi, 2016; Giordano et al., 2025).
En conclusión, la expansión del turismo rural en la actualidad arroja una serie de interrogantes sobre el impacto concreto en el hábitat rural, así como el grado de la redefinición de prácticas y problemáticas que involucra: ¿es realmente un recurso para la lucha de las comunidades locales o una nueva forma de extractivismo que reduce el hábitat rural a un simple producto de consumo? ¿Cómo pueden los actores locales y las políticas públicas asegurar que los beneficios económicos del turismo no se traduzcan en la pérdida de la autenticidad cultural y el acceso a los bienes comunes? ¿En qué medida el turismo rural contribuye a evitar la folclorización de las tradiciones y el desplazamiento de las poblaciones locales? ¿Es posible un turismo rural que promueva una verdadera relación de respeto y reciprocidad con el ambiente y sus pobladores, en lugar de una simple transacción económica centrada en el consumo de una experiencia?
Entradas relacionadas
Territorio; Paisaje; Tradición; Saberes locales ancestrales; Lugar.
Referencias
Catalano, B., Trivi, N., Hissa Pepe, S. y Sosa, E. (2024). Realidades campesinas y narrativas sobre el turismo en Chancaní (Córdoba, Argentina). Aportes y Transferencias, 22(1), 27-43.
Diez, A. (2014). Cambios en la ruralidad y en las estrategias de vida en el mundo rural. Una relectura de antiguas y nuevas definiciones. En A. Diez, E. Raez y R. Fort (Comps.) Sepia XV: Perú: el problema agrario en debate (pp. 19-85). Sepia.
Giordano, M., Carpio, M. B. y Quevedo, C. (Comps.) (2025). El Impenetrable chaqueño como construcción etnocartográfica. Rumbo Sur-IIGHI.
Hiernaux, N. (2002). ¿Cómo definir al turismo? Un repaso disciplinario. Aportes y Transferencias, 6(2), 11-27.
Moss, L. (2006). The amenity migrants. Seeking and sustaining mountains and their cultures. Cromwell Press.
Pastoriza, E. (2011). La conquista de las vacaciones: breve historia del turismo en la Argentina. Edhasa.
Pastrana, J., Jofré, C., Díaz, M. y Ortiz, M. (2022). Una crítica desencantada de los procesos de turistificación y extractivismo en Argentina: el caso de los Pueblos con Encanto. En C. Jofré y C. Gnecco (eds.) Políticas patrimoniales y procesos de despojo y violencia en Latinoamérica (pp. 147-170). Editorial UNICEN.
Paz Montaiuti, M., Quevedo, C. y Trivi, N. (2024). Presentación del dossier Turismo, trabajo y territorios: abordajes críticos sobre las consecuencias del desarrollo turístico en América Latina. Revista de Antropología del Trabajo, (18), 1-11.
Pérez Winter, C. (2024). Turismo rural y territorio: conceptos, estrategias y tensiones desde el INTA (Argentina). Antropología Americana, 9(17), 67-91.
Quevedo, C., Paz, M., Sosa, M. y Belelli, E. (27-29 de septiembre de 2023). El turismo comunitario como emergente de la organización campesina en el noroeste cordobés [Ponencia]. XI Simposio Internacional y XVII Jornadas de Investigación Acción en Turismo – CONDET 2023, La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Ramos Calonge, H. (2024). Asociatividad, adaptabilidad y pluriactividad en el hábitat campesino colombiano. Revista Proyección, Estudios Geográficos y de Ordenamiento Territorial, 18(35), 105-123.
Scalise, J. (2012). Herramientas técnicas y conceptos claves para el desarrollo del turismo rural. PROSAP.
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Trimano, L. y Mattioli, D. (2023). Resistencias situadas, incendios forestales y extractivismo inmobiliario. El movimiento de brigadas forestales en las Sierras de Córdoba (Argentina). Pilquen. Sección Ciencias Sociales, 26(4), 58-84.
Trivi, N. (2016). Turismo, políticas de desarrollo y territorio en la Argentina neodesarrollista. Cardinalis, 4(7), 68-91.






