Macarena Maguna[1]
Vernáculo refiere a aquello que es originario y, en consecuencia, propio de un hábitat particular o de un grupo social determinado, por haber surgido a partir de sus características y condicionantes específicas. Su existencia es a la vez parte integral y definitoria de dicho hábitat o grupo social. En la actualidad, su uso no es coloquial en español, sino que encuentra mayor relevancia en ámbitos académicos como la antropología, la lingüística, la sociología, la ecología y la arquitectura, entre otros. Etimológicamente, proviene del latín vernacŭlus, que a su vez deriva de verna, término que en la Antigua Roma designaba a la persona esclavizada nacida en la casa de su amo. El sufijo -culus indica relación o pertenencia, por lo que el significado original alude a lo doméstico o lo nativo, en oposición a lo foráneo. Según la Real Academia Española, vernáculo/a es aquello propio del lugar, región o país de que se trata, y se considera sinónimo de autóctono, local, indígena o nativo. No obstante, el concepto ha sido objeto de múltiples resignificaciones en diversos campos disciplinarios, por lo que en la actualidad implica dimensiones materiales, simbólicas, sociales y territoriales que exceden una definición esencialista o meramente geográfica.
Genealogía
La evolución semántica del término puede organizarse en tres momentos clave. El primero se situó en la Roma clásica, donde vernacŭlus surgió vinculado a la condición de la persona esclavizada nacida en el hogar del amo. Un segundo momento se evidenció en autores romanos como Plinio el Viejo (siglo I d.C.), que ampliaron su uso para referirse a plantas, animales u objetos originarios de un territorio, en contraste con los importados. El tercer momento correspondió a su incorporación a las lenguas modernas a partir del siglo XVI, especialmente en contextos lingüísticos vinculados al humanismo renacentista y su valorización de las lenguas locales frente al latín, para luego extenderse progresivamente a otras disciplinas.
A partir de allí, la trayectoria académica del concepto evidenció una progresiva complejización de su sentido. En el campo de la lingüística, el término se consolidó como categoría analítica desde el siglo XVIII para designar las lenguas locales en oposición a las dominantes o supranacionales, cargando desde sus inicios una dimensión política vinculada a la legitimidad de las expresiones culturales subalternas (Herder, 1959 [1784]). En el siglo XIX, la lingüística histórica y comparativa profundizó este interés al incorporar los dialectos regionales y las formas del habla cotidiana como objetos de estudio sistemático, sentando las bases de la sociolingüística. Fue esta perspectiva la que Labov (1972) retomó y radicalizó en el siglo XX al acuñar el concepto de inglés vernáculo afroamericano, empleándolo no solo como categoría descriptiva, sino como argumento contra la patologización lingüística de los grupos subalternos.
Desde una dirección disciplinar diferente pero convergente en su preocupación por los procesos de apropiación cultural, Merry (1996, 2006) introdujo, desde la Antropología Jurídica, la noción de vernacularización legal para referirse a los modos en que actores locales traducen y adaptan normas, discursos e instituciones de origen global (en particular los derechos humanos) a contextos culturales específicos. Este uso desplazó el sentido lingüístico original hacia una teoría de la mediación cultural y la apropiación situada, que Levitt y Merry (2009) extenderían luego al análisis de movimientos sociales transnacionales, consolidando así la productividad analítica del concepto más allá de sus usos iniciales.
El salto al campo disciplinar del hábitat se sitúa con el primer reconocimiento institucional de la arquitectura vernácula como objeto de estudio a partir de la exposición Architecture Without Architects, organizada por Rudofsky en el MoMA de Nueva York en 1964. La muestra desafiaba los límites de la disciplina al presentar producciones del hábitat construidas al margen de la tradición académica occidental, poniendo en primer plano la dimensión colectiva, anónima y territorializada del hacer arquitectónico, y legitimando por primera vez institucionalmente aquello que hasta entonces había sido ignorado o subsumido en categorías etnográficas o folclóricas.
Poco después, Rapoport (1969) publicó House Form and Culture, demostrando que ante condiciones ambientales similares existen formas de vivienda vastamente diferentes, y que la cultura actúa como filtro a través del cual una comunidad selecciona la forma de habitar que mejor expresa su identidad. Así, sentó las bases teóricas para entender la arquitectura vernácula como proceso sociocultural, y no solo como catálogo de técnicas o tipos formales. En la tradición académica argentina, ese mismo año, Di Lullo y Garay (1969) publicaron La Vivienda Popular de Santiago del Estero, argumentando que el rancho santiagueño (construido con adobe, quincha, quebracho y jarilla) constituye una respuesta racional y estética al medio ambiente, cuya evolución natural fue interrumpida por el mercado industrial y la explotación forestal, procesos que desarticularon el tejido productivo y social del hábitat rural y agravaron el déficit habitacional provincial.
A partir de la década de 1970, la arquitectura vernácula se convirtió en objeto de declaratorias del ICOMOS, culminando en la Carta del Patrimonio Vernáculo Construido (ICOMOS, 1999), que consolidó su definición como patrimonio y estableció principios para su estudio, difusión y conservación. Este marco dio sustento a una producción académica creciente: Pastor (2000) analizó la vivienda vernácula rural del Valle de Tafí demostrando su continuidad histórica entre tradiciones indígenas y coloniales; Tomasi (2012) identificó dos momentos de auge del interés disciplinar argentino (1930-1940 y 1960-1970) y señaló que en muchos casos se constituyeron discursos que asociaban este tipo de arquitectura con el atraso, por la imposibilidad de comprenderla fuera del imaginario de progreso occidental; y Tillería González (2017) advirtió que su progresivo estado de extinción exige políticas de protección que reconozcan en ella no solo un valor formal, sino también un modelo sostenible de habitar.
Frente a esas tensiones, otros autores ampliaron el marco interpretativo. Vicario y Tortosa (2014) argumentaron que lo vernáculo presenta valores universales que trascienden fronteras culturales, cobrando renovada vigencia en la globalización como portador de identidad territorial. Pérez Gil (2018) propuso entenderlo como patrimonio vivo, cuyo valor reside en el uso social y el proceso constructivo más que en la forma final, postulando una metodología interdisciplinar que prioriza el factor humano. Vargas Febres (2021) reafirmó esta perspectiva al definirlo como fenómeno cultural en que el habitante planifica su vivienda integrando materiales locales, saberes heredados y relación directa con el entorno.
La genealogía del concepto revela así un recorrido desde su origen latino hasta su consolidación como categoría analítica transversal, desplazándose desde una noción descriptiva y geográfica hacia una perspectiva procesual, relacional y política. En el campo del hábitat y la arquitectura, esto implicó reconocer que las formas de construir y habitar no pueden comprenderse por fuera de las relaciones sociales, los saberes colectivos y los territorios que las producen, convirtiendo a lo vernáculo en una categoría indispensable para el análisis crítico del hábitat.
Perspectivas
En un contexto caracterizado por la globalización socioeconómica y la homogeneización cultural, surge la pregunta por el lugar y la persistencia de lo vernáculo. En este sentido, puede afirmarse que el impacto homogeneizador de la globalización es absorbido de manera más inmediata y profunda en los contextos urbanos, debido a su mayor exposición a flujos globales (Appadurai, 1996) y mercados, así como a una acción estatal que históricamente ha concentrado en ellos la infraestructura, la inversión y las políticas de planificación territorial (Scott, 1998). Esto crea un escenario ideal para la aceleración de estas dinámicas.
Por el contrario, en los ámbitos rurales se identifica una menor densidad de dichos flujos y, por lo general, una presencia estatal más débil o diferencial que incluso refuerza la migración hacia entornos urbanos (Garay y Gómez López, 2021). Esta situación se suma al hecho de que en los ámbitos rurales se gestan y sostienen saberes y prácticas tradicionales o populares (Escobar, 2014) que dan lugar a estrategias de resistencia en su defensa (Cáceres, 2015), y se traduce en una ralentización y mediación (o filtrado) en la adopción de modelos culturales y económicos globalizados.
Precisamente en este margen de acción, en este espacio de relativa autonomía que se abre por las razones previamente expuestas, el hábitat rural se erige como sustento material y simbólico de las formas vernáculas de habitar (lo que no implica que no existan otros contextos posibles donde lo vernáculo se exprese). El hábitat rural opera así como soporte físico y trama ecológica que, siguiendo a Leff (1998), impone determinaciones al acto de habitar, pero a la vez funciona como referente de simbolizaciones donde se configuran las identidades culturales que se expresan en lo vernáculo.
Las formas vernáculas de habitar encuentran su expresión de múltiples maneras en el hábitat rural. En el plano productivo y territorial, prácticas como la agricultura campesina e indígena, los sistemas agroforestales, el cuidado de semillas nativas, el manejo comunitario del agua o la producción artesanal representan un saber ambiental vernáculo (Leff, 1998). En el plano social y organizativo, el habitar se entrelaza con prácticas comunitarias ancestrales tales como la minga, la faena o el trueque; y con agrupaciones sociales como las organizaciones campesinas y/o indígenas, las asociaciones civiles rurales, las cooperativas de producción, etc., basadas en la reciprocidad y la toma de decisiones colectivas, que configuran una espacialidad particular (Lefebvre, 1991) y constituyen a las comunidades como sujetos activos en la producción de lo común (Trujillo, 2016). Finalmente, como ya se nombró previamente en la genealogía, lo vernáculo también encuentra su forma de expresión en la arquitectura.
Como señalan Vicario y Tortosa (2014), el primer condicionante a nivel formal de lo vernáculo es el uso que las personas hacen del espacio. La arquitectura es, en efecto, la disciplina que materializa las diversas formas de habitar y, por ello, muchas de las prácticas culturales y saberes locales originarios de un hábitat particular pueden verse plasmados de manera tangible en sus edificaciones.
Los trabajos mencionados en el apartado anterior visibilizan y reafirman el valor de la arquitectura vernácula, abordando su complejidad sin soslayar los desafíos que enfrenta en la actualidad. La mayoría trabaja con casos situados en la ruralidad, lo que respalda el hecho de que en el hábitat rural se observa una mayor persistencia de lo vernáculo, vinculada a la menor exposición a flujos globales, la presencia inestable del Estado y las estrategias de resistencia de las comunidades en defensa de sus saberes y prácticas locales frente al avance de la homogeneización cultural. Sin embargo, es necesario advertir que esa persistencia no es exclusivamente un indicador de interés por la preservación de las prácticas y saberes locales: en muchos casos se sostiene sobre condiciones de pobreza estructural que restringen el acceso a una vivienda adecuada y limitan severamente las posibilidades de transformación de las edificaciones. Todas las variables nombradas confluyen en un proceso de precarización que empuja a las construcciones vernáculas hacia dos destinos igualmente problemáticos: su congelamiento como objetos museificados con escasa funcionalidad para el habitar cotidiano, o la incorporación rústica de materiales y técnicas industriales de manera subordinada, dando lugar a construcciones híbridas cuya lógica responde más a la urgencia que a la elección.
En este sentido, el hábitat rural, lejos de ser un escenario estático, constituye a la vez soporte físico, referente de simbolizaciones (Leff, 1998) y arena de hibridaciones culturales (García Canclini, 1990). Las comunidades rurales no reciben pasivamente los elementos globales, sino que los apropian, adaptan y reelaboran, produciendo nuevas formas de habitar que transforman visiblemente sus expresiones vernáculas. Un claro ejemplo de esto es la incorporación de materiales industriales como la chapa, plástico o cemento, entre otros, en las viviendas rancho que históricamente combinaban jarilla, barro y paja en las zonas rurales de Santiago del Estero. Lejos de representar una degradación cultural, se trata de una respuesta activa a condiciones materiales y simbólicas cambiantes. Hoy en día, la vivienda rural santiagueña se caracteriza más por tratarse de una construcción híbrida que de una vivienda rancho como la que describían Di Lullo y Garay (1969). Por ello, entender la arquitectura vernácula hoy exige superar la definición que ICOMOS formuló sobre el patrimonio vernáculo construido (CIAV-ICOMOS, 1993), centrada en la adecuación al entorno local y los materiales tradicionales, para reconocerla como una práctica viva, dinámica e irremediablemente inscripta en un mundo globalizado y profundamente desigual.
El principal desafío para gobiernos, planificadores y equipos multidisciplinares reside, entonces, en cómo articular la reivindicación de lo vernáculo con una mirada prospectiva que evite tanto su museificación como su romanticización. Esto supone tensionar las visiones patrimonialistas, que tienden a congelar las formas de habitar como objetos de contemplación, con las transformaciones que emergen del uso cotidiano de las propias comunidades y la comprensión de la desigualdad estructural que atraviesa al hábitat rural en el contexto actual. En este marco, resulta imperativo revisar el rol del Estado y de los agentes especializados en la protección de saberes locales, reconociéndolos no como guardianes de una autenticidad inmutable, sino como facilitadores de procesos de desarrollo sostenible, culturalmente situados y sensibles a la emergencia climática. En definitiva, la arquitectura vernácula rural requiere enfoques que asuman su naturaleza compleja, híbrida y porosa frente a los flujos globales, sin por ello renunciar a la defensa de los saberes y las prácticas que la hacen singular.
Entradas relacionadas
Saberes locales ancestrales; Lugar; Tradición; Arquitectura; Tecnología.
Referencias
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Vicario, P. M. J., y Tortosa, A. C. (2014). Arquitectura vernácula: entre lo local y lo global. Anuario de Jóvenes Investigadores, (7), 120–122.
- Instituto de Estudios para el Desarrollo Social, FHCSyS, UNSE – CONICET. macarenamaguna@gmail.com.↵






