Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Vivienda

Fernando Vanoli[1]

Vivienda, en la ruralidad, se refiere a los espacios de residencia y trabajo que poseen un fuerte valor tradicional y arraigo territorial. Son un conjunto de espacialidades que dan lugar a los modos de vida rurales y campesinos, y configuran un sistema de lugares más allá del espacio construido. Tienen la particularidad de articular espacios domésticos, de trabajo, organizativos y comunitarios. Se distinguen por la autosuficiencia y por la integración a entornos productivos, la utilización de materiales locales y la autoconstrucción, la implantación en relación con bienes naturales, la co-habitación con animales, entre otros. La integralidad de estas particularidades es fundamental para el sostenimiento de la vida rural. Además de su relevancia arquitectónica, tipológica y tecnológica, la vivienda rural posee valores simbólicos asociados a saberes, creencias y ritos.

Genealogía

Uno de los aspectos recurrentes en la definición de vivienda es la tensión entre su dimensión material y su dimensión simbólica, así como entre una concepción territorial situada y una definición moderna y urbana. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la diferencia entre las definiciones censales y las perspectivas multidimensionales del hábitat.

En Argentina, el glosario censal define inicialmente la vivienda como un espacio habitado por personas, y luego la describe a partir de criterios materiales, como la delimitación por paredes y la cobertura mediante un techo (INDEC, 2010). Además, establece distinciones entre tipos de vivienda: casa, rancho y casilla. Mientras que la definición de casa no posee ninguna particularidad más que la salida directa al exterior, al rancho se lo caracteriza por la presencia de paredes de adobe, piso de tierra y techo de chapa o paja. Esta clasificación responde a una lógica pragmática, orientada a la recolección de datos demográficos, sociales y económicos que sirvan de base para el diseño de políticas públicas. Sin embargo, estas definiciones, si bien orientativas, resultan limitadas para el desarrollo de políticas con un enfoque situado, ya que contienen juicios de valor en la jerarquización implícita entre las distintas categorías de vivienda.

Si nos remontamos a los primeros estudios del tema, como señala Tomasi (2021), se centraron en cómo la vivienda rural estaba ambientalmente determinada por el origen de los materiales utilizados, obtenidos del entorno inmediato. En una mirada desde la Geografía Humana francesa, Demangeon (1956) define la vivienda rural como una expresión del medio geográfico. El autor observa que, si bien desde la Arquitectura se han descrito sus formas y materiales y desde la Sociología se han analizado tradiciones y costumbres, la Geografía hace su propio aporte: “los medios geográficos son tan diferentes unos de otros por el suelo y clima, por la agricultura, modos de vida y civilización, que no pueden haber producido los mismos tipos de casas” (Demangeon, 1956, p. 148). Según el autor, la vivienda rural revela mucho de la geografía de un país; según cada lugar, adquiere una fisonomía que se manifiesta en la naturaleza de los materiales.

La noción de rancho se consolida para referirse a la vivienda rural construida con tierra. Si bien esto puede suponer armonía con la naturaleza, “el rancho se asoció rápidamente con la idea de lo rústico, la improvisación y la precariedad, que daría pie a los prejuicios y los discursos higienistas orientados a su erradicación” (Tomasi, 2021, p. 1100). Bajo esa perspectiva, al asociar la materialidad del rancho con la propagación de la enfermedad de Chagas (o Chagas-Mazza), su erradicación supone combatir a la vinchuca como insecto transmisor de la patología. Desde hace algunos años, numerosos estudios dan cuenta de que el problema no radica en el tipo de material con el que se construye la vivienda, sino en la calidad y resolución de la construcción. Las perspectivas reduccionistas no hacen más que estigmatizar prácticas culturales de algunas comunidades, generando transformaciones irreversibles en modos de vida y paisajes históricos (Rotondaro, 1999; Rolón et al., 2016; Mandrini et al., 2018).

Desde comienzos del siglo XX se desarrollan las primeras políticas públicas orientadas a la problemática de la vivienda, pero siempre bajo una mirada predominantemente urbana. Las concepciones sobre la vivienda rural se encuentran atravesadas por un imaginario urbano y discursos que refuerzan la idea de atraso. Incluso en la actualidad, los escasos programas habitacionales orientados al sector rural poseen un sesgo urbanocéntrico (Vanoli y Cejas, 2022). Diversos paradigmas han reforzado la oposición entre lo urbano y lo rural. La sociedad urbano-industrial se consolida como el espacio de la cultura y el progreso, mientras que el campo queda asociado al atraso, reducido a su función de proveedor de alimentos, a la vez que se desdibuja como espacio habitado y, en consecuencia, la importancia de sus viviendas.

La mirada sobre lo urbano y lo rural ha recibido lecturas divergentes. No obstante, la conceptualización dicotómica entre ambos ámbitos continúa presente en numerosos enfoques, especialmente en el diseño de políticas públicas vinculadas a la vivienda. Hacia finales del siglo XX y comienzos del XXI, esta perspectiva se tradujo en intervenciones en el medio rural que privilegiaron la erradicación de los denominados ranchos (Tomasi, 2021). Tales políticas, al poner el acento en la sustitución de formas de habitar consideradas precarias, tendieron a invisibilizar la densidad cultural, histórica y material de esas viviendas, reproduciendo una lógica modernizadora que buscaba homogeneizar el territorio bajo parámetros urbanos y estatales.

A lo largo del siglo XX, junto con el auge de las políticas estatales orientadas a la vivienda, cobró fuerza también el debate en torno al desarrollo rural. En ese marco, la noción de vivienda comenzó a adquirir connotaciones más estructuradas y vinculadas a una mirada integral del territorio. No se trataba únicamente de resolver la necesidad de techo, sino de inscribir la vivienda en procesos más amplios de planificación territorial, que incorporaban la provisión de infraestructuras y servicios básicos como condición para mejorar la calidad de vida de las poblaciones rurales. De esta manera, el concepto de vivienda se transformó en un eje articulador entre políticas habitacionales, desarrollo productivo y ordenamiento territorial.

Perspectivas

En la actualidad existe un amplio consenso respecto de la distinción entre vivienda y hábitat. Mientras la vivienda se define principalmente desde una perspectiva objetual, el hábitat remite a un entramado más amplio de relaciones entre la vivienda y la reproducción de la vida (Gutiérrez y Salazar, 2015). En este sentido, resulta necesario concebir la vivienda más allá de un espacio físico estandarizado, incorporando un conjunto de condiciones que garanticen calidad de vida. El Consenso Nacional por un Hábitat Digno (CELS, 2017) propone una aproximación centrada en la noción de dignidad, señalando que una vivienda digna no solo debe ofrecer un espacio físico adecuado, sino también insertarse en un hábitat que asegure el acceso a infraestructura básica, servicios públicos, equipamientos sociales y espacios para el trabajo y la producción. Todo ello en un marco de respeto por las particularidades culturales y ambientales de cada comunidad, tanto en ámbitos urbanos como rurales.

Esta complejidad se refleja en definiciones como la de Garay (2019), quien caracteriza al hábitat rural como un conjunto de manifestaciones tanto materiales como inmateriales que dan soporte a las actividades humanas, entre las que se encuentra la vivienda. Lo distintivo es que se trata de espacios dinámicos, cuya configuración resulta de la interacción entre las intervenciones de los propios habitantes, las políticas del Estado y las lógicas del mercado. En esa misma línea, Tomasi (2014) enfatiza el carácter dinámico de la vivienda al vincularlo con los cambios en la organización de los grupos domésticos y en las formas de producción campesina. De este modo, la vivienda rural no puede entenderse como una entidad fija o estática, sino como un proceso en permanente transformación, atravesado por múltiples escalas de decisión y por la tensión entre prácticas locales, regulaciones estatales y condicionamientos económicos más amplios.

Es importante, para construir definiciones acordes y evitar dicotomías, poner en crisis la temporalidad que se desprende de la epistemología moderna, estructurada en torno a un tiempo lineal: aquello que pertenece al pasado se asocia a lo atrasado, mientras que el presente se vincula con el futuro bajo la noción de progreso (Benjamin, 2008). En el contexto latinoamericano, la modernidad puede operar como una noción totalizadora, invisibilizando la coexistencia de capas de naturaleza contradictoria y heterogénea. En lugar de abordar los procesos en términos dicotómicos (tales como indígena o europeo, tradicional o moderno, entre otros), resulta necesario reconocerlos como intersecciones de historias, culturas y prácticas diversas (Rivera Cusicanqui, 2015). Las temporalidades son múltiples y coexisten, de modo que la vida en la ruralidad forma parte simultáneamente del pasado, del presente y del futuro.

El pasado, en términos históricos, constituye un componente fundamental de la vivienda rural, al dotarla de una memoria viva y de tradición. De ninguna manera, lo tradicional configura una dimensión estática, sino que se transforma en cada época. A diferencia de lo clásico, muchas veces considerado atemporal o que puede quedar fijo en el tiempo por determinadas características, lo tradicional tiene que ver con lo que se transmite del pasado en función del presente. Esto lo hace altamente significativo para la memoria y la identidad. La tipología arquitectónica no puede disociarse de su territorialidad. En un territorio rural específico, la tipología de la vivienda, junto con su materialidad, técnica constructiva, espacios y relaciones, no está constituida por elementos indiferentes o intercambiables, sino que responde a condiciones particulares. Por lo tanto, la vivienda, además de su función habitacional, constituye un hecho cultural (Vanoli, 2022a).

En ese sentido, las viviendas rurales son tradicionales, son parte de la cultura y poseen una constante reelaboración. En este punto toma relevancia pensar su definición desde una perspectiva situada: la vivienda rural es forma de producción de hábitat estrechamente vinculada al territorio donde se erige, desde donde se recuperan prácticas, saberes y técnicas, y a partir del cual se definen espacios y funciones (Vanoli, 2022b). La noción de hábitat nos permite amplificar la definición de vivienda, puesto que permite señalar el conjunto de espacialidades que dan lugar a los modos de vida rurales y campesinas, a diferencia de la noción más reducida de vivienda, mayormente asociada a la ciudad.

Su carácter situado constituye una respuesta funcional a los modos de vida arraigados en el territorio, pero también a las posibilidades tecnológicas y materiales disponibles. Las resoluciones constructivas condensan un saber-hacer campesino que se transmite de generación en generación, no solo como una técnica, sino como una práctica cultural que refuerza la pertenencia al lugar. De este modo, la autoconstrucción aparece como una forma habitual de producción del hábitat, en la que el conocimiento colectivo y la experiencia cotidiana juegan un rol central. Los materiales utilizados, generalmente obtenidos en el entorno inmediato, son locales y expresan una relación directa con el paisaje, a la vez que garantizan cierta adecuación a las condiciones climáticas, productivas y sociales del lugar. Es vital reconocer una racionalidad ambiental en las prácticas campesinas y en sus formas de construir, dado que los materiales utilizados y las estrategias climáticas en el diseño de las viviendas son criterios ambientales.

Además de su valor arquitectónico, tipológico y tecnológico, la vivienda rural constituye un espacio donde se reproduce y actualiza el diálogo con la tierra. Allí se entretejen valores, saberes, creencias y ritos que sostienen la vida cotidiana y refuerzan la pertenencia al territorio. La vivienda construida no es solo un refugio material, sino un elemento constitutivo de cada paisaje: se inserta en él y al mismo tiempo lo transforma. El cerro, el río o el monte son partes inseparables del hábitat humano y, a la vez, son dimensiones que lo desbordan, revelando la profunda relación entre lo humano y lo más-que-humano en la configuración del habitar.

Entradas relacionadas

Doméstico; Agricultura; Comunidad; Arquitectura; Tradición.

Referencias

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Ítaca.

Centro de Estudios Legales y Sociales [CELS] (2017). Hábitat digno: diez propuestas de políticas públicas. Centro de Estudios Legales y Sociales.

Demangeon, A. (1956). Problemas de la geografía humana. Ediciones Omega

Garay, A. (2019). Configuración del hábitat rural y condiciones de vida: Modelo conceptual para un abordaje relacional. Estudios del hábitat, 17(1), e064. https://doi.org/10.24215/24226483e064

Gutiérrez, R. y Salazar, H. (2015), Reproducción comunitaria de la vida. Pensando la transformación social en el presente. El Apantle. Revista de estudios comunitarios, núm. 1, 17-50.

INDEC. (2010). Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

Mandrini, M. R., Cejas, N., y Bazán, A. (2018). Erradicación de ranchos, ¿Erradicación de saberes?: Reflexiones sobre la región noroeste de la provincia de Córdoba, Argentina. Anales del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas. Mario J. Buschiazzo, 48(1), 83-94.

Rivera Cusicanqui, S. (2015). Sociología de la imagen. Miradas Ch’ixi desde la historia andina. Tinta limón.

Rolón, G., Olivarez, J., Dorado, P. y Varela Freire, G. (2016). Las construcciones del espacio domiciliar y peridomiciliar rural como factores de riesgo de la enfermedad de Chagas. Revista Construcción con Tierra, 1(7), 57-68.

Rotondaro, R. (1999). Componentes y diseños para mejorar la vivienda en zonas afectadas por el mal de Chagas, Santiago del Estero, Argentina. Revista INVI, 14(36), 119-130.

Tomasi, J. (2014). De los pastoreos a la casa. Espacialidades y arquitecturas domésticas entre los pastores altoandinos (Susques, provincia de Jujuy). En A. Benedetti y J. Tomasi (Coords.), Espacialidades altoandinas. Nuevos aportes desde la Argentina (pp. 257-299). Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Tomasi, J. (2021). Vivienda rural campesino-indígena (Argentina, siglos XX y XXI). En A. Salomón y J. Muzlera (Eds.) Diccionario del Agro Iberoamericano (pp. 1099-1105). Teseopress.

Vanoli, F. (2022a). Arquitectura rural. El hábitat campesino como patrimonio vigente. Revista de Sociología, 1(34), 55-68. https://doi.org/10.15381/rsoc.n34.24221

Vanoli, F. (2022b). Hábitat rural campesino. Catálogo de espacialidades. Asociación de Vivienda Económica [AVE].

Vanoli, F. y Cejas, N. (2022). Una trampa moderna para el hábitat rural. Desarrollo y procesos de (des/re) territorialización en Córdoba, Argentina. Economía Sociedad y Territorio, 22(70), 1039–1066. https://doi.org/10.22136/est20221909


  1. Centro Experimental de la Vivienda Económica, AVE-CONICET – FAUD, UNC. ferna.vanoli@gmail.com.


Deja un comentario