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17 La Universidad. Misión, responsabilidad y protagonistas

La propuesta de Leonardo Polo

Silvia Carolina Martino[1]

Resumen

La universidad es una manifestación humana, social. En un mundo en crisis, es esperable que sus instituciones también lo estén. Por eso actualmente más que uni-versidad, tenemos un fenómeno de pluri-versidades, desgajamiento y ruptura. Tras la familia, lo más importante en el orden de las manifestaciones humanas es la educación. La educación es engendrar intelectualmente. Y la cumbre de la educación es la universidad, la cual no se agota en educar, pues en ella educar es segundo respecto de descubrir más verdades superiores (Cfr,Polo, 1971).

En esta propuesta, se describen la Misión y funciones de la Universidad. Polo señala claves para esta manifestación humana que –como todo lo humano- es complejo. Se plantean los problemas de fondo y frente a las múltiples cuestiones de una universidad en crisis se logra luz, perspectiva y alternativas diversas de solución.

La crisis de la universidad, es en definitiva la crisis de sus protagonistas, los docentes universitarios. Ellos no logran atravesar esta institución de sentido humano y personal – vinculante, libre y unitivo-. El crecimiento de la familia se da cuando cada uno de sus miembros crece. Así si los docentes tienen crecimiento personal, y cada vez lo hacen con más libertad, en búsqueda de verdades superiores en unidad vinculante, con un crecimiento irrestricto, podrán dotar de sentido personal libre su actividad y la universidad. La Universidad como

“cultura superior en su despliegue mismo (podrá lograr así) que ese despliegue forme parte de modo principal del bien común” (Polo, 1979, 6).

Palabras claves:

Universidad, Misión y Responsabilidad, Docentes protagonistas.


Introducción

La universidad es una manifestación humana de primera magnitud y -en su acepción esencial y unitaria- tiene una misión y tres funciones. La misión es incrementar el bien común (Polo, 1970, 5), las funciones: la investigación, la transmisión del saber y la extensión del mismo (Polo, 1970, 9). Podemos decir que este planteamiento poliano es correcto debido a su hondura. Además, autores representativos están en concordancia con esta tesis poliana.

La universidad es una manifestación debida a la esencia humana. Conviene recordar, pues, que el “hombre es complejo” (cfr. Polo, 1997). Polo nos explica que

“el ser humano está compuesto de dimensiones, casi todas ellas dinámicas; está sumamente interrelacionado hacia fuera y por dentro. A diferencia de lo que ocurre con otros sistemas, en los cuales, si se modifica alguna de sus variables, a las restantes no les pasa nada (incluso teóricamente pueden omitirse), en el caso del hombre ocurre todo lo contrario”(Polo, 1997, 15).

Esto significa que no sería acertado tratar al hombre o comprender la realidad humana analíticamente. Por lo demás, y como es sabido, las diversas dimensiones se engarzan, según Polo, formando dualidades. La universidad, como manifestación humana que es, también está conformada por dualidades: universidad-investigación, universidad-sociedad, universidad-empresa, universidad-extensión del saber, universidad-docentes, universidad-alumnado, etc.

1. La naturaleza de la universidad

La universidad –indica Polo- es una de las tres instituciones -junto con la familia y la empresa– que

“concentra la energía social, pues la iniciativa humana se pone en marcha en la medida en que tales instituciones dan de sí” (Polo, 1996, 68).

Parece apropiado indicar que tras la familia, lo más importante en el orden de las manifestaciones humanas es la educación. Ésta consiste en engendrar intelectualmente lo que se ha generado biológicamente (cfr. Sellés, 2014, 28). Y la cumbre de la educación es la universidad, la cual no se agota en educar, pues en ella educar es segundo respecto de descubrir más verdades superiores (Polo, 1979, 3).

El primer escrito publicado en el que Polo aborda de un modo directo la problemática de la universidad y su eventual solución corresponde a una conferencia que leyó en el año 1968 en el Colegio Mayor Guadaira, Sevilla (Polo, 1970). Aquí plantea lo que se entiende por universidad con un interrogante: “¿Qué tenemos ante la vista cuando empleamos esta palabra?” (Polo, 1970), 3). Aquí plantea los supuestos para enfocar los problemas de la Universidad[2].

El término ‘universidad’ se podría tomar en dos sentidos distintos: macrosociológico o microsociológico[3]. Así, Polo explica que hay:

“a) Universidad en su acepción esencial y unitaria. En este sentido, la universidad abarca las universidades, pero no se confunde con ninguna de ellas y tampoco con su suma. Así considerada, la universidad es uno de los factores de la vida social, o si se prefiere, una categoría sociológica que habrá de definir por sus funciones en orden a la construcción de lo que se llama, con terminología clásica, el bien común. b) La palabra universidad puede emplearse en sentido distributivo, es decir, refiriéndola a cada una de las universidades concretas. A esta concepción podemos denominarla microsociológica. Según ella, la universidad es el centro universitario” (Polo, 1970, 5).

Esto significa que hay un modo macrosocial de entender la universidad, desde lo esencial, unitario y vinculante, y un modo microsocial que es más cercano a lo que él denomina distributivo, las universidades concretas. La distinción es importante porque es real.

La concepción unitaria de la universidad no se resuelve en el ámbito de la realidad social –en el conjunto de los centros universitarios o universidades en particular o en conjunto- entre otras razones porque la universidad no se reduce a ellas. Atender a los problemas de las universidades podría desorientarnos de lo que es la universidad y sus fines específicos (cfr. Polo, 1970):

“La universidad es una realidad social que no se agota en las universidades. El valor y la estructura de estas últimas depende de aquélla” (Polo, 1970, 6).

Este es un supuesto básico que otorga la dimensión adecuada para encarar las posibles soluciones a los problemas de los centros universitarios. Porque cuando se la entiende según su propia unidad, Polo indica que la universidad es

“la cultura superior en su despliegue mismo y en tanto que ese despliegue forma parte de modo principal del bien común” (Polo, 1970, 6).

El análisis de las tres funciones de la universidad que hace Polo muestra como cada función favorece a las otras y las tres son necesarias para nuestra sociedad:

“Si la cultura superior no afecta a la vida de la sociedad, es marginal a ella, o patrimonio de minorías no funcionales, la universidad no existe. Si la cultura superior se desarrolla fuera de las instituciones universitarias, o existe una cultura degradada, de masas, en la que la cultura superior no influye, las instituciones universitarias sólo lo son nominalmente” (Polo, 1970, 6).

2. Las tres funciones de la universidad

La universidad

“consiste en esas funciones, y su problemática estriba en el grado de suficiencia con que dichas funciones se cumplen” (Polo, 1970, 6).

Esas funciones de la universidad nos dirá que son:

a) La investigación, es decir, el incremento del saber, el progreso del saber. Polo sostiene que la primera función en la universidad es la investigación:

“De la investigación dependen, en último término, todas las demás funciones de la Universidad. Si falta, la Universidad se esclerotiza, la transmisión del saber pierde horizontes y actualidad y fácilmente desciende a la repetición retórica o dogmática de datos no asimilados. Si no se investiga, la extensión universitaria pierde también gran parte de su sentido, porque la sociedad no percibe su necesidad” (Polo, 1970, 8).

b) La transmisión, o sea, la conservación y comunicación del saber ya elaborado y que no ha perdido vigencia o valor actual. Esta función exige, ante todo, estudio, esto es, asimilación e información de saberes ya logrados y acumulados, mientras la investigación intenta alumbrar saberes inéditos. Si esta distinción no se tiene en cuenta, se oscurece la pluralidad de funciones de la universidad. La transmisión del saber se vierte especialmente en la enseñanza, pero no se reduce a ella. Por lo explicado se comprende que, por muy necesarias que sean las funciones que hay que cumplir, lo importante es la mejora en los procesos productivos. La primera consecuencia es que el profesor, hablando en singular, es la dimensión de la Universidad que ha de estar más integrada en ella: “El profesor es el protagonista de la universidad. El empresario de la universidad es el profesor” (Sellés, 2013,154). Por eso es posible decir que

“la universidad vale lo que valen sus profesores. Al concebir la universidad como una empresa, se debe entender que el conocimiento es el recurso por excelencia, y que éste caracteriza al profesor. Por eso, en la universidad el empresario es él, que es quién más connaturalizado está con el conocimiento. Son los profesores las personas que más deben hacer suya la universidad” (Sellés, 2013, 154).

Polo indica al respecto que

“no sirve para nada contar con grandes y bien dotadas instalaciones, cuidar las relaciones con otras entidades condicionantes, si con eso se olvida o no se pone en primer término la actividad del productor y el productor en una Universidad es exclusivamente el profesor. O como decimos los filósofos, el profesor es universitario simpliciter todo lo demás es auxiliar” (Polo, 1997, 14).

En una universidad, los empresarios, los que saben ofrecer y brindan lo que verdaderamente vale la pena, son pues los buenos profesores. En este punto es de importancia radical centrar y enfocar la cuestión, pues de un buen planteo del problema la solución es posible que se alumbre. Si afirmamos que las universidades también son empresas. Es claro que una universidad excelente es aquella que funciona a alto ritmo humano, aceptando los valores. Entonces es cuando esa organización se hace productiva, forma buenos alumnos y hace investigación. Lo más importante a desarrollar no son los alumnos, sino los profesores.

La universidad es una poderosa ayuda para abordar las cuestiones de la formación humana. El fin de la universidad es el descubrir más verdad, en concreto, las verdades superiores, y éste fin sólo se hace realidad con el estudio constante (Sellés, 2013, 164). Cuando en la universidad se aborda la formación humanística –el ser propiamente universitarios-, se les proporciona a los alumnos, un sustrato común, una lógica, un afán de saber y una apertura humana y personal que pretende configurar esa personalidad para la que nada humano es ajeno. Los alumnos pueden –de este modo- disponer de resortes intelectuales y afectivos desarrollados y arraigados que les permitan hacerse idea de las cuestiones ajenas.

c) La extensión, esto es, “la implantación del saber superior en todos los órdenes de las actividades sociales” (Polo, 1970 pp. 6 y 7). La extensión universitaria promueve el bien común por su comunicabilidad de los bienes superiores que los hombres han logrado, pero que originariamente sólo algunos descubren o comprenden. Para Polo, esta función es muy clara, pues indica la importancia de que los ciudadanos que acceden a la universidad tomen conciencia de que están en deuda con la sociedad, ya que gozan del privilegio de acceder a lo que él describe como lugar en donde se imparte el poder social. Polo explica en otro lugar este mismo tema, pero desde la perspectiva de la libertad y el perfeccionamiento de la persona sosteniendo que

“el bien común humano exige que nadie esté definitivamente privado de la oportunidad de influir. La disciplina moral del poder se mide por la intención de establecer y de extender la convivencia. La convivencia humana se define como comunicabilidad, esto es, como concurso personal. Por eso la unilateralidad, la parcialidad de las iniciativas, acarrea la corrupción de lo personal, pues lo aporético de la libertad trascendental es la inhibición. El plano de las decisiones ha de quedar siempre abierto, de manera que el poder social no se ejerza, aunque sea con una intención benevolente, frente a sujetos pasivos. La participación en los procesos creadores de futuro es una exigencia de la altura de la persona” (Polo, 2012, 91).

Lo que precede implica una grave responsabilidad o respuesta personal. Los universitarios no pueden constituir un grupo cerrado. Los bienes de índole superior pueden ser participados por los demás. Más aún, una de las claves de la formación universitaria es la generosidad como deber social[4]. Es preciso que se dé esa participación en los procesos creadores de futuro como una exigencia de la altura de la persona.

“Esto significa socializar la decisión, en el sentido de que nadie quede excluido de ella. Socializar significa, entonces, extender el concurso; es una tarea de promoción y de respeto encaminada a incrementar el comportamiento personal de los hombres” (Polo, 2012, 91).

Polo prosigue explicando que

“el bien común –repito lo que he dicho en otras ocasiones- consiste en la comunicabilidad de los bienes superiores que los hombres han logrado, pero que originariamente sólo algunos descubren o comprenden” (Polo, 1970, 22).

Aquí explica en qué consiste el bien común.[5]

Actualmente en las sociedades del conocimiento impera una de las asimetrías más notorias: la del conocimiento. Esto es preocupante pues gravita en el interior de las sociedades como característica de las relaciones sociales.

Claramente se comprende por qué para Polo esta función es integrante del sentido unitario de la universidad, pues ésta es un

“factor primario de vida social y, por lo tanto, no puede desligarse del resto. Si la universidad se aísla, no hace partícipe a la sociedad de los bienes superiores que detenta, se agota en sí misma y pierde su justificación; correlativamente la sociedad experimenta un grave quebranto” (Polo, 1970, 22).

Estas tres funciones no son independientes entre sí. Son distintas –como todo en la realidad, según su índole y jerarquía- (cfr. Sellés, 2013), y guardan una estrecha relación. Por eso, “la postergación o eliminación de alguna de ellas afecta al perfil completo de la universidad” (Polo, 1970, 7). No es extraño que este tema –como todas las realidades humanas manifestativas- sea planteado de modo sistémico o reunitivo[6]. La triple función no debe perderse de vista porque en ella reside la esencia de la universidad.

Consideramos oportuno citar aquí un comentario que Sellés hace sobre el modo de entender la universidad, porque puede darnos luz sobre la actualidad y vigencia de los escritos del autor en estudio. Así, plantea que

“el desarrollo humano debe ser armónico o sistémico; también el de la universidad. La universidad manifiesta bien la índole del crecimiento humano. El hombre es un ser de proyectos porque él mismo es un proyecto como hombre, el cual nunca está concluso mientras vive. La universidad es un gran proyecto muy a largo plazo, de centurias. Por eso tanto el hombre como la universidad deben mirar más al futuro lejano que a las tendencias actuales. El hombre siempre es perfectible; la universidad también. El hombre se perfecciona en diversos niveles, sobre todo en la intimidad y en sus facultades superiores” (Sellés, 2012, 184).

3. Los protagonistas más relevantes y la clave

También en el carácter sistémico de la universidad se puede observar la interrelación entre cada uno de los que intervienen en la institución y quién es el actor más relevante. En concreto, si atendemos a la división del trabajo de sus componentes: profesores, alumnos, directivos, administrativos, servicios (…) Unos están al servicio de otros, es decir, la clave de unos radica en servir a los otros. Así se emplean no sólo los servicios y el personal administrativo, sino también los directivos, si es que gobernar es servir. Todos ellos están al servicio de los profesores. Se podría pensar que los profesores deben estar al servicio de los alumnos. Al menos así es como se considera en muchos casos en la actualidad. Pero de ser eso así, los protagonistas de una universidad serían los alumnos. ¿Lo son? Para responder conviene preguntar si cabe la posibilidad de que exista una universidad sin alumnos. La respuesta es afirmativa, aunque no es lo usual. En cambio, no cabe universidad sin profesores, si por éstos se entiende investigadores que colaboran entre sí en orden a descubrir más verdad. Los profesores son los que más sirven al fin de la universidad: la verdad. El fin primario de la universidad es la búsqueda de la verdad, no la docencia, que es siempre segunda respecto del descubrimiento de aquélla. Por eso los profesores deben dedicar la mayor parte de su tiempo al estudio, no a impartir clases (cfr. Sellés, 2012, cap. 6).

Un importante número de autores que coinciden con la mirada de Polo; unos tienen una mirada de largo alcance, otros consideran que los fines de la universidad están más vinculados con el segundo y tercer fin que plantea Polo. En este sentido, parece que el siguiente párrafo de Ana Marta González vuelve el tema al centro del análisis:

“Actualmente, la institución universitaria está vertebrada en torno a tres polos (Polo los llamaría funciones) –docencia, investigación, transferencia– en recíproca tensión, fecunda pero también frágil, cuya fractura conduciría al reemplazo histórico de la universidad por un conglomerado de academias, centros de investigación, observatorios culturales, apéndices empresariales, etc. Si ha de evitarse tal fractura, esto dependerá de potenciar la actividad en torno a la cual gira constitutivamente la vida universitaria –el conocimiento–, la cual marca en último término el ritmo temporal de esta institución; un ritmo que la sitúa simultáneamente, por así decir, en el mundo y fuera del mundo. Pues, aunque algunas de las ciencias que en ella se cultivan tengan una orientación más práctica y participen lógicamente en mayor medida de los tiempos del mundo, la vida universitaria se caracteriza por un tiempo social lento” (Gonzáles, 2010, 2).

De las tres funciones indicadas, la primera, la investigación es la más importante, y esta la llevan a cabo los profesores. Éstos son los verdaderos empresarios, emprendedores o actores relevantes de la universidad. Por tanto, podemos repensar la universidad si logramos repensar a los docentes. Sin perjuicio de los demás actores, autoridades, servicios, alumnos, etc., los profesores son neurálgicos.

El saber superior es el producto –primario y esencial- y los profesores universitarios están a cargo de él. Son los productores en la Universidad. Esta es una tesis muy precisa que plantea Polo, porque si no hay una búsqueda de verdades superiores, no hay Universidad. Y los profesores universitarios no funcionan “sólo con un saber adquirido, no se limita a administrar el saber, a impartirlo” (Polo, 1997, 14). Si no se diera de este modo lo que estaría frente a nuestros ojos es una Escuela Superior pero no la Universidad.

Y así se entiende que alumno universitario no es el que pasa por la universidad, sino el que se prepara en esta sede para serlo de por vida. Ser universitario es aprender a pensar, conformar hábitos intelectuales, no aprender resultados logrados por otros, y en menor medida, tener intereses extrauniversitarios. Polo ha escrito sobre esto una frase muy singular y sugestiva: “no te limites a aprovecharte de la universidad; decídete a serla tú mismo” (Polo, 1990, 3). El fin de la universidad es el descubrir más verdad, en concreto, las verdades superiores, y éste fin sólo se hace realidad con el estudio constante (Sellés, 2012, 164). Cuando en la universidad se aborda la formación humanística –el ser propiamente universitarios-, se les proporciona a los alumnos, un sustrato común, una lógica, un afán de saber y una apertura humana y personal que pretende configurar esa personalidad para la que nada humano es ajeno. Los alumnos pueden –de este modo- disponer de resortes intelectuales y afectivos desarrollados y arraigados que les permitan hacerse idea de las cuestiones ajenas.

Sin embargo, actualmente la universidad se encuentra sobrecargada de miles de datos, de exigencias pragmáticas que se vinculan con rankings y competitividad, demandas del mercado laboral, presupuestos que no cierran, masificación en las aulas, certificaciones internacionales, etc. Todos ellos parecen asfixiarla[7]. La universidad, envuelta en esta especie de maraña, se aleja paulatinamente de su esencia. De este modo, los intereses de la sociedad han pasado a encontrar un eco mayor en la vida interna de la universidad; la frontera entre la universidad y la sociedad se ha hecho más tenue y el espectro de bienes a los que resulta preciso atender en el gobierno universitario son múltiples y secundarios a su misión de búsqueda de la verdad. La gestión de las universidades está centrada en los stakeholders, es decir, en todos los vinculados a la universidad, pertenezcan o no a ella. Esto ha complejizado la situación porque es necesario responder a demandas de innumerables actores sociales. El centro de la actividad universitaria ha dejado de ser, lo esencial.

4. Breve historia de la universidad

Polo recuerda que la universidad es un invento cristiano[8] iniciado en el s. XIII y concebido como ‘unión universal de profesores y alumnos’ para ser la punta de lanza en el descubrimiento de las verdades superiores. Esto indica que quienes pertenecían a ella vivían de modo natural la interdisciplinariedad, porque sabían subordinar los saberes inferiores a los superiores, a la par que desde los superiores arrojaban luz sobre los inferiores. Pero, al parecer, Polo considera que este gran invento duró poco, pues un siglo después se perciben rasgos de la pérdida de su identidad. Y así, desde el s. XIII se ha procedido de tal manera al astillamiento e independencia de los saberes hasta el punto que, más que de universidades, hoy es pertinente hablar de ‘pluridiversidades’ (cfr. Sellés, 2014). En efecto, la crisis de la universidad, se da al romper su universalidad y desembocar en una pluridiversidad, porque en esta tesitura ya no es buscadora de la verdad o de las verdades superiores. Nuestro autor hace respecto de los antecedentes de esta crisis actual una síntesis que consideramos adecuada (cfr. Polo, 1997).

Siguiendo lo que Polo plantea y de un modo sintético destacaremos como precedente de la universidad, las escuelas de pensamiento de la Grecia clásica -la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles, en el S IV a. C.-. Lo que resalta es en estas primeras instituciones investigadoras la búsqueda de la verdad es considerada como la actividad valiosa por sí misma (…). La verdad es el conocimiento de la solidez de lo real, el cual concede consistencia al existir humano.

En la Edad Media cristiana podemos situarnos frente a una reorientación global de la existencia y se aborda a una fórmula intelectual que busca ser lo más precisa posible (fides quaerens intellectum). Así, la teología especulativa fue considerada la cima alcanzada por la inteligencia, pues se encontró urgida por un estímulo trascendente, el más alto. En este momento se logró la experiencia de la agudeza y el rigor de nuestra capacidad de conocer. Se encuentra una interconexión entre ciencias y teología, que coincide con el nacimiento de las universidades.

A partir de estos precedentes surgió la ciencia occidental. Desde los inicios de la Edad Moderna y más aún con la consolidación en la Ilustración, saber superior y dinámica social se buscan en aquella parte de aquel saber susceptible de plasmarse en las actividades técnicas.

“Se encauzan el desarrollo de las ciencias de la naturaleza y la gestión de los recursos descubiertos. De hecho hay un despegue económico de los países occidentales, consecuencia de esta primera simbiosis del saber y la dinámica social” (Polo, 1997, 5).

Ahora bien, no todo el saber que se cultiva en la universidad debe ser tecnología y ciencias de la naturaleza. La pretensión de imponer un solo método -el de la cosmología- y entender el progreso desde una perspectiva sesgada, explica la escisión profunda que se da en la institución universitaria. Entre los saberes, una parte de ellos es aprovechable en forma directa o más directa en el mercado social. Los otros saberes se constituyen de un modo poco firme quizás en ese conjunto de valores que, aunque no tienen utilidad práctica, son necesarios para un asunto de suma importancia, la formación de los seres humanos.

5. La actual situación de crisis de la universidad

Leonardo Polo, como muchos autores e intelectuales de los S. XX y XXI[9], diagnostica el estado actual de la universidad como de crisis (cfr. Polo, 1970); como el mundo en el que ella está inmersa[10]. Por lo tanto, sus tres funciones: investigación; transmisión del saber: docentes y alumnos; y extensión – necesaria pues la universidad tiene sus raíces en la entraña de la sociedad, es una realidad social (cfr. Polo, 1970), también tienen aspectos que están en crisis[11]. Sin embargo, Polo indica que es posible superar la crisis de la universidad, de la misma manera que

“los clásicos… los grandes socráticos, Platón y Aristóteles… aparecieron como los primeros pensadores que remontaron una crisis, y cuyas fórmulas de solución son ampliamente aplicables a nuestra situación, que también es de crisis” (Polo, 1993, 8).

Por eso se ha suscitado un debate internacional (cfr. BIS, 2013) sobre la misión y futuro de la educación superior (cfr. Bowen, 2013).

Es esperable que nos encontremos con un mundo en crisis, y con sus instituciones más relevantes en crisis pues la crisis de la sociedad es una crisis de la persona. Se trata de la persona que sólo busca insaciablemente los bienes útiles como fin y no como medios para ser y crecer como persona[12]. Por eso consideramos de singular importancia atender a los supuestos y claves que ofrece Polo para resolver los problemas de la universidad. Son supuestos y claves coherentes con su planteo antropológico. Y así se entiende que si la clave está en los docentes, que son los actores principales en la universidad (Sellés, 2012, cap. 6) la crisis se podría remontar, si ellos comienzan a trabajar nuevos planteamientos de hondura, y particularmente si en sus planteos logran el engarce con la raíz, con lo más digno, la persona (cfr. Martinez Echeverría, 2014)

Polo insiste en que al otorgar prioridad a la tecnología y a la ciencia -por su utilidad- sobre las ciencias del espíritu,

“con esto se rompe la estructura unitaria de la universidad. La universidad en su origen era una institución en la que todos los saberes tenían que ver entre sí. Es el ideal del árbol del saber o de las ciencias, admitía la jerarquía ordenada de las ciencias. (…). La situación (…) que hemos heredado, es justamente ésta: la universidad se ha transformado en una pluriversidad. (…) Construir la cultura, hacer al hombre justo, no se considera rentable, ni tampoco un impulso efectivo para el progreso. Por eso el progreso es también unilateral. Al respecto podemos sentar esta tesis: la unilateralidad del progreso se corresponde con la desaparición de la unidad de la universidad (…)”. Se trata del “divorcio de las ciencias del espíritu, de la filosofía, de la literatura, etc. respecto de las ciencias de la naturaleza” (Polo, 1993, 39).

6. Algunas consecuencias derivadas de la ruptura de la unidad

¿Cuál es, entonces, la situación actual de la universidad? Si las ramas se han desgajado del árbol, la unidad del árbol de las ciencias se va paulatinamente rompiendo. La universidad va perdiendo su carácter unitario. Las ramas desgajadas podrán obtener frutos, cada vez de menor calidad, menos atravesados por la savia que vitaliza, es decir, desprovistos de fundamentación. Y es esperable que esas ramas y esos frutos vayan a menos, algo destinado a extinguirse por sus propias características de desgajamiento:

“la universidad ha perdido su unidad, precisamente porque el rendimiento social de los saberes universitarios es parcial. Sólo es aprovechable una parte de ellos, la otra no. Construir la cultura, hacer al hombre justo, no se considera rentable, ni tampoco como un impulso efectivo para el progreso” (Polo, 1997, 54).

Y esa visión unilateral comporta una visión reduccionista del hombre. Y

“un ser humano reducido a sí mismo es, simple y llanamente, un individuo vuelto de espaldas a su especie, que orbita en torno al egoísmo” (Polo, 1993, 8).

Leonardo Polo afirma que es un contrasentido que el progreso conduzca al hombre al egoísmo.

Por eso se hace más necesario enfocarse en una visión más amplia de la conexión del saber con la dinámica social, atenta a todos los factores humanos que se ponen en juego:

“un ser humano reducido a sí mismo, paralizado respecto de su especie, es un residuo. El hombre residual, desuniversalizado, encapsulado, padece un déficit de comunicabilidad y (…) es sólo capaz de relaciones funcionales, sin densidad. Al cortar su radio de interés, se inhabilita para la vida colectiva, es decir, para las tareas comunes” (Polo, 1993, 9). “Cuando la universidad se encuentra sin unidad, segmentada, acaba siendo una institución ‘clasista’, desconcertante, inútil para un pueblo” (Polo, 1993, 192), es una universidad que ignora al pueblo, no dialoga, no es universal ni expansiona la cultura del pueblo, sino que la angosta.

7. Propuesta de solución de la crisis

Polo se expresa al respecto en términos claros y esperanzadores:

“Si recupera la unidad perdida, si deja de ser un pilar agrietado, la universidad será una institución que, junto con aquella en la que el hombre concentra su trabajo, la empresa, y aquella otra en la que él se desarrolla, que es la familia, formará una trilogía de instituciones bien trabadas y centrales para un nuevo ideal social no utópico sino actuante” (Polo, 1997, 58). Se requiere “tecnología unida a humanismo y humanismo unido a tecnología…Por lo tanto una modificación de la universidad que la mejora, es asimismo una mejora de la empresa y también una recuperación de la unidad familiar” (Polo, 1997, 58).

8. Testigos del problema

Este dictamen de la situación actual de la universidad, tal como lo ha planteado Polo, en el que se ve la fractura entre tecnología, ciencias de la naturaleza y humanidades, ha sido esbozado asimismo por otros autores procedentes de lugares y tiempos diferentes, que expresan su pensamiento en idiomas distintos, con concepciones antropológicas diversas, con análisis, estudios, percepciones y experiencias traspasadas por convicciones profundas y auténticas.

Jaspers advertía sobre lo imprescindible que se tornaba lograr una concepción del mundo ajustada a la filosofía (cfr. Jaspers, 1959). De este autor conviene incluir un pequeño párrafo que puede servirnos para entender cómo –este médico y filósofo– comprende la unidad necesaria en la universidad. Lo expone cuando habla de la diferencia radical que distingue a las ciencias de la filosofía:

“En las ciencias alcanzamos un saber reconocido de hechos, de carácter impositivo y general validez, pero a costa de ser siempre un conocimiento particular, dirigido a objetos especiales, bajo determinados supuestos. La filosofía, en cambio, aclara el fundamento de la vida que yo mismo soy y quiero, y aquello otro que se hace perceptible en los límites, pero al precio de no aportar en las enunciaciones ningún conocimiento impositivo, de validez general, referente a la verdad esencial, en realidad la única esencial” (Jaspers, 1959, 425).

También Newman confiaba en la restitución del ser del hombre por la vía de la ‘educación liberal’ que la universidad brindaría (cfr. Newman, 1946). Lo indicaba de un modo magistral:

“he procurado demostrar que todas las ciencias se nos presentan como una sola, que todas ellas se refieren tan sólo a una y la misma materia integral, que cada una de ellas, separadamente, es más o menos una abstracción, verdad y cierta como hipótesis, pero no completamente real en lo concreto, tratando más bien de relaciones que de hechos, de principios que de factores agentes, necesitando el apoyo y garantía de sus ciencias hermanas, y dándose, a su vez, a éstas: de lo cual se deduce que ninguna de ellas puede ser excluida, si queremos obtener el más exacto conocimiento de las cosas, tal como son, y que la omisión es más o menos importante, en relación a la esfera que abarca cada ciencia, la intensidad de la misma y el orden al que pertenece; pues su pérdida es verse privado de la influencia positiva que ejerce en la corrección y perfeccionamiento de las restantes” (Newman, 1996, 113).

Por su parte, Ortega y Gasset requirió como compromiso vital para la universidad el que se salvara a sí misma (cfr. Ortega y Gasset, 1983), reclamando a sus miembros la dignificación de su presencia histórica y social como intelectuales comprometidos con su tiempo. Su preocupación inicial se ubica en la condición del hombre europeo de su tiempo, al cual describe como fragmentado y disperso. El profesionalismo y la especialización, al no ser debidamente compensados, han roto en pedazos este hombre, que por lo mismo está ausente de todos los puntos donde pretende y necesita estar. Este autor ha tenido la virtud de poner de relieve los riesgos de una especialización excesiva en los estudios universitarios y el preclaro concepto de distinguir a la universidad como eje de síntesis cultural (cfr. Ortega y Gasset, 1983).

Por su parte, Alasdair MacIntyre también vuelca en sus textos sobre la universidad las principales conclusiones que se refieren a este tema: la importancia de la búsqueda de la unidad del saber, encontrando cada disciplina particular su puesto en la relación con otras disciplinas; la importancia de la filosofía y, sobre todo, de la teología, en el logro de una unidad sapiencial que forme de manera integral y supere la fragmentación vital que viven las personas y la entera sociedad. Así, en este breve párrafo nos ofrece su posición respecto del tema de la unidad:

“La investigación había acabado por fragmentarse en una serie de actividades independientes, especializadas y profesionales, cuyos resultados, al parecer, no podían encontrar un lugar como partes de un todo” (MacIntyre, 1992, 267).

Parece asimismo que la idea de la autonomía del crear humano que expresa Guardini refuerza la idea que expone Polo:

“ha llegado a un punto en el que cada una de sus distintas formas de trabajo se ha desarrollado a partir de sí misma preocupándose poco de las otras… Se trata de un proceso análogo a como si en un organismo los órganos particulares se desarrollaran en exceso sin entrar en relación con los otros” (Romano Guardini, 2012, 53), provocando, como todos sabemos, el cáncer.

Cada uno de estos autores reafirma lo que Polo expone sobre el estado actual de la universidad, el cual se resume –como se ha reiterado– en su pérdida de unidad. La crítica de la universidad, cuando desea ser auténtica, reconoce que le es imposible renunciar a buscar la verdad, pero ésta pasa por la unidad. Sólo así logrará protegerse contra las desviaciones y exageraciones que la sociedad, la ciencia o el estado le proponen; salvará su integridad humana, verdadera autonomía ante los poderes externos que amenazan desintegrarla o sepultarla.

En todos estos pensadores se percibe una intención idéntica: es necesario que se recupere el sentido unitivo de universidad, de la unidad del saber, en dónde cada disciplina concreta tenga un puesto en relación con las demás disciplinas. En orden a ello, hay que atender a la importancia de la filosofía y de la teología, las cuales lideran esa unidad y llevan a la formación integral y multidisciplinaria. La alusión a estos autores se justifica en varios sentidos. En primer término, porque ellos representan un alto nivel reflexivo en torno a nuestro tema. Esta afirmación no tiene que ver sólo con nuestro parecer e interés, sino que se halla debidamente documentada en la bibliografía especializada.

Wyatt señala que el texto de Newman acerca de la universidad es el más consultado cuando se analiza la universidad moderna, al tiempo que declara que las obras de Jaspers, Ortega y Gasset y otros, tuvieron clara influencia sobre la enseñanza superior hacia los años 50 y 60 (cfr, Wyatt, 1990). También hemos encontrado referencias explícitas a este tema a autores como R. Mondolfo (cfr. Mondolfo, 1966), O. N. Derisi (cfr. Derisi, 1980), A. Montenegro (cfr. Montenegro, 1986), F. De Houvre (cfr. De Houvre, 1990), J. Maritain (cfr. Maritain, 1981), A. Latorre (cfr. Latorre, 1964) y, más recientemente, en los documentos de Juan Pablo II (cfr. S. Juan Pablo II, 1990). Por su parte, en el discurso previsto para leer en la Universidad de La Sapienza, Benedicto XVI, escribió:

“Dicho desde el punto de vista de la estructura de la universidad, existe ‘hoy’ el peligro de que la filosofía, al no sentirse ya capaz de cumplir su verdadera tarea, degenere en positivismo; y que la teología, con su mensaje dirigido a la razón, quede confinada a la esfera privada de un grupo ‘humano’ más o menos grande” (cfr. Benedicto XVI, 2008).

Y es allí en donde se centra en los dos adverbios: la filosofía y la teología deben relacionarse sin confusión, pero también sin separación.

En suma, en la unidad –que en definitiva tienen o no las personas que están en la universidad y en cada manifestación humana– radica la cuestión fundamental de la identidad universitaria. Es decir, aquello que la caracteriza es la consecuencia de que confluyan en su seno la persona que piensa y medita en alianza con el ‘saber’ derivado de la ciencia que estudia. Por eso, es misión de la universidad entregar a la sociedad ese saber superior al que llegan quienes están en ella, y al mismo tiempo, penetrar y esclarecerse a sí misma.

9. Los medios para implementar la solución

Para Polo

“la misión de la universidad consiste en recuperar su unidad, es decir volver a ser universidad, algo que insisto, progresivamente ha dejado de ser. Pero si no renunciamos a que el saber (la búsqueda conduzca a la vida social, hace falta abrir la vida social a las ciencias superiores. De esta manera la sociedad no estará dominada por motivaciones excesivamente materialistas” (Polo, 1993, 40).

¿Qué implica esto? Polo, en una Conferencia impartida en Piura en el año 1993 (cfr. Polo, 1997), indicó que es imprescindible romper moldes:

“lo primero que tiene que hacer (la universidad) es desburocratizarse ella misma. Es incoherente que una institución que unitariamente no es tecnocrática esté gobernada según un régimen burocrático” (Polo, 1997, 59). Y sigue abundando: “la burocratización de la universidad se nota en el carácter recortado, estático, de las disciplinas y de las facultades. Se nota también en que el único objetivo del curso académico sean los exámenes en reemplazo del diálogo. Se nota en que hay una especie de ‘idolatría de las titulaciones’” (Polo, 1997, 60).

Nótese esto último: si –como es sabido- la cumbre de lo real para Polo es la persona, lo más alto que puede aportar la universidad tiene que ser el rendimiento novedoso y personal de cada quien. Es justamente en el punto vinculado a las aportaciones personales, al crecimiento irrestricto en la esencia, en dónde radica una de las claves de la universidad. Esas aportaciones personales sólo son posibles en un ámbito del diálogo, de búsqueda de la verdad con otros, de generosidad y amistad. Ese incremento personal en el saber es el valor añadido de una universidad, que como ya explicamos se ha de dar en los docentes. Y para favorecer este progresivo mejoramiento – centrado en la capacidad investigadora, de aprendizaje y de transmisión del saber-es imprescindible un ámbito de libertad que supere el encorsetamiento de las burocracias.

Por eso, la correlación de las tres funciones de la universidad nunca excluyen la autonomía, característica que Polo recalca:

“La universidad es autónoma en tanto que es una instancia suprema; tiene autonomía porque representa la cumbre de la cultura, y la pierde en cuanto deja de atender las necesidades del despliegue integral de la cultura superior. Dado el rango eminente que a la cultura corresponde en la edificación del bien común[13], la libertad universitaria tiene su razón de ser en la hegemonía de la universidad… La libertad es propia de la universidad como consecuencia del valor irreemplazable de sus funciones” (Polo, 1970, 7). “El que adquiere el espíritu universitario no lo pierde jamás, no piensa que enseñar es repetir las clases del año pasado o que estudiar es un almacenaje de datos; sino que es algo más vital, es crecer en saber. Desburocratizar la Universidad es fundamental porque en otro caso este clima no sale” (Polo, 1997, 63).

Esto parece congruente con las descripciones que Polo hace de la universidad,

“comunidad de personas, no un simple convivir, sino estar todos de acuerdo en un mismo proyecto, en el cual todos ponen su esfuerzo, y así sale adelante. Ser universitario es incrementar el saber. Insisto, si la universidad tiene que cumplir una función social y tiene que hacerlo, gallardamente, ese aporte tiene que ser interdisciplinario: Ciencias del Espíritu y Ciencias de la Naturaleza sin divorcio, sin separación” (Polo, 1997, 64).

Conclusión

Para concluir recordamos la tesis de Polo:

“Saber, sociedad, universidad, apertura de tiempo histórico: todo ello es congruente y solidario, se despliega en un esfuerzo recíproco, en un crecimiento aunado, y se estropea del mismo modo. Por eso también la Universidad tiene sus raíces en la entraña de la sociedad que se llama pueblo. El pueblo no es una entidad meramente folklórica, sino el sistema de convicciones profundas que anida en los miembros de la sociedad, los une y busca continuar su vigencia en la expresión cultural, en la construcción de un mundo humano” (Polo, 1993, 2).

La confluencia de la universidad con la dinámica social ha de ser una constante: el horizonte de la Universitas scientiarum se dilata siempre más y más para responder a las nuevas necesidades y exigencias de la realidad social.

Hay que esforzarse por dar respuesta positiva a los imperativos de nuestro tiempo, porque la universidad también está el servicio a los hombres, y, por tanto, tiene que ser fermento de la sociedad en que vive; por eso se debe investigar en todos los campos. Por eso hay que enfatizar que la función de extensión es una función integrante de su sentido unitario, pues

“la misión de la Universidad consiste en recuperar su unidad, es decir en volver a ser, Universidad, cosa, insisto, que progresivamente ha dejado de ser. Pero si no renunciamos a que el saber conduzca a la vida social, hace falta abrir la vida social a las ciencias superiores. De esta manera la sociedad no estará dominada por motivaciones excesivamente materialistas. No se trata de una mera declaración de buenos deseos, utópica. Se puede demostrar que la dinámica social guiada tan sólo por las ciencias de la naturaleza o por la tecnología se encuentra con problemas insolubles. De manera que para que la Universidad cumpla con su función directora; para que la Universidad cumpla su misión con respecto de la sociedad futura, es preciso que las humanidades muestren su rendimiento social” (Polo, 1993, 40).

También el profesorado completa su sentido profesional en las relaciones externas a la universidad, y cabe decir que esta función de extensión siempre se cumple de un modo mínimo porque el porcentaje mayor de su alumnado se emplea en distintas funciones de la sociedad. Pero Polo recuerda que esta tarea mínima, nunca es “suficiente y produce automáticamente una diferencia, un nivel decisivo, entre los que han recibido formación universitaria y el resto de la población” (Polo, 1970, 23). Por los límites propios de este trabajo hay dos aspectos interesantes que no podrán desarrollarse y que refieren a esta Función de extensión y la cultura superior y cultura de masas y la Función de extensión y la desproletarización. Si mencionaremos algunas de las propuestas de Polo para solucionar los problemas derivados de una incorrecta comprensión de la función de Extensión.

1º) Ampliar los cuadros y las metas de la universidad para que pueda acogerse a las personas que llegan a la universidad de tal modo que puedan incorporar los hábitos mentales que no poseen (Polo, 1970, 23).

2º) Polo aclara que reformas de orden interno en las Facultades ya resultarían eficaces para la extensión universitaria. Menciona como posibilidades aumentar la gama de especializaciones profesionales para “contribuir decisivamente a la mejora cualitativa de las actividades sociales” (Polo, 1970, 23).

3º) En tercer lugar Polo menciona de un modo directo lo que llama Ateneos Populares, aunque sin denominarlos de este modo (cfr. Millán Puelles, 1995). Aquí ofrece otro cauce para llevar a “la práctica la extensión universitaria. Se trata “de hacer llegar a quienes no han pasado por la Universidad los saberes que esta cultiva” (Polo, 1970, 26).

Para cerrar sus recomendaciones hay que decir que enfatiza que, en cualquier caso, es una función que necesita estar institucionalizada y, por lo tanto, ha de tener objetivos, medios, método, personas que dediquen trabajo a esto y el correspondiente presupuesto. Caso contrario corre el riesgo de ser “una mera actuación benéfica, esporádica, o planteada a nivel de divulgación” (Polo, 1970, 26).

Es necesario descender a la incorporación de estos temas en proyectos de investigación; en transferencias relevantes para la comunidad, en actividades sociales de interés e intercambio. La enseñanza superior –cuando los estudiantes son mayores de edad– es también un momento decisivo para enseñarles a reflexionar, a comprometerse, a tomar posiciones ponderadas en diálogos maduros.

Se trata de trabajar de forma vinculada entre universidad–comunidad–sociedad civil–empresa; generar un desarrollo social, en el que consideramos en nuestros procesos de decisión y de gestión las implicaciones de nuestras acciones, también pensando en el ‘mundo que viviremos’ y en el que toda acción tiene un trasfondo moral, es decir, que la concepción que cada uno tiene de la vida buena o justa está presente en el origen de nuestro actuar personal y profesional, nuestro actuar en sociedad. No hay acciones ni contextos de la vida humana que sean moralmente neutros[14]. Una sociedad sostenible es una sociedad en la que sus ciudadanos han crecido en virtudes, y esas virtudes les conducen a saberse protagonistas -con su trabajo, con su hacer- del logro de una sociedad más justa (principalmente en términos de justicia distributiva) y más solidaria; una sociedad sostenible y una sociedad en la que cada persona puede desarrollar una vida digna de ser vivida.

El sentido y el aspecto esencial de la misión de la universidad se refieren, sin duda, a la responsabilidad de incrementar el saber superior y lograr que quienes estén en ella sean universitarios. Esto implica que la educación universitaria ilumina las mentes y los corazones de los jóvenes. No es una mera acumulación de conocimientos y habilidades, sino una formación humana y personal que se nutre de las riquezas de una tradición intelectual orientada a una vida virtuosa y a un crecimiento irrestricto de la persona humana. Una vida virtuosa que les haga capaces de contribuir realmente a la vida en una sociedad abierta.

“Sin duda es necesario, en primer lugar, ayudar a reconstruir a la persona humana para empezar a reconstruir la sociedad y liberarla del dominio del mercado global y el consumo que actualmente rigen y condenan las vidas de los pueblos” (Mifsud, 2009, 8).

En últimas, si la misión de la universidad logra recuperarse en su interdisciplinariedad y vinculación unitaria será capaz de atravesar cada una de sus funciones de sentido humano y de sentido personal. Y efectivamente, sí podemos decir que amar con todo nuestro ser es el mejor modo de curar la enfermedad del espíritu, de remediar las necesidades personales, de dar vida, de enseñar al que no sabe, de ser agradecido, pues, en rigor, ‘amar al mundo apasionadamente’[15] es el mejor modo de ser universitario…

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  1. Universidad Austral, Facultad de Ciencias Empresariales, smartino@austral.edu.ar.
  2. Cfr. Polo, L., “Supuestos básicos para enfocar los problemas de la universidad”, texto sin fecha, pero se entiende, por su contenido, cercano a 1968, pro manuscrito.
  3. “Un problema bien planteado es un problema resuelto”, Sellés, J.F., “Familia y empresa”, Complejidad y organizaciones, Edit. Fundación Universidad de San Juan, San Juan, Argentina, 2010, p. 219.
  4. En este sentido resulta apropiado mencionar un artículo para quien pueda interesarle ampliar este punto: Ibañez-Martín, J. A., La Universidad y su compromiso con la educación moral”, 2005, Estudios, Revista del ITAM (México), nº 75, pp. 117-138. Obtenido online el 10 de febrero de 2012. http://goo.gl/N9YgHH
  5. Polo, L., La esencia, 12: “Por eso, los hombres se socializan típicamente. Si no hay tipos humanos no hay sociedad humana. Los tipos se complementan; se puede dividir y organizar el trabajo, si no hay tipos no se puede organizar una convivencia; pero el fin de la sociedad no es simplemente una coordinación de tipos, sino que la sociedad tiene ella misma una finalidad, un bien común. Aristóteles pregunta ¿para qué los hombres constituyen sociedades? La respuesta es inmediata: para el zein, para vivir bien, para ejercer la virtud. El fin de la polis es la vida virtuosa, la virtud, el zein, el vivir de la manera más perfecta. De manera que si los tipos posibilitan la sociabilidad, el fin de la sociedad es la ‘esencialización’, por eso las virtudes tienen que tener un cierto carácter social”. Y en pag. 181 “Si la sociedad es natural, la sociedad puede ser perfecta, y eso quiere decir que es el bien común de todos”. Polo, l., Ética, cit., p. 75 “El hombre debe emplear una gran gama de sus energías en el mantenimiento de su mundo, que es un mundo común porque consta de muchas instrumentalidades relacionadas. Estas instrumentalidades interrelacionadas se corresponden con las actividades de una multitud de personas humanas, para las cuales ese mundo es común. Esta es una parte del bien común”.
  6. La clave del enfoque antropológico poliano reside en el planteamiento dual que es sistémico, por ofrecer sus descubrimientos jerárquicamente ordenados, armónico, entre los diversos niveles de lo humano –como lo es la Universidad-. Las realidades superiores iluminan a las inferiores y las inferiores sirven a las superiores. Cfr. Piá-Tarazona, S., El hombre como ser dual. Estudio de las dualidades radicales según la Antropología de Leonardo Polo, Pamplona, Eunsa, 2001; Corazón, R., El pensamiento de Leonardo Polo, Madrid, Rialp, 2011, 188; Sellés, J.F., Antropología para inconformes, Madrid, Rialp, pp. 128, 194 y 259.
  7. Cfr. mi trabajo: “La formación ética y cívica en la universidad. El papel de los docentes”, Edetania, Estudios y propuestas socioeducativas, 43, julio 2013, p. 165.
  8. “Esa convicción (la de unir los saberes) –que en gran parte debemos a los griegos– ha sido asumida enteramente por la civilización cristiana, hasta el punto incluso de haberla institucionalizado. En rigor, la única civilización que cultiva el saber institucionalmente, la única para la cual el saber es, por tanto, uno de los factores de su misma trayectoria histórica, es justamente la civilización occidental. Las universidades son la institucionalización de esta idea clásica, fermento de la única cultura en donde rige el lema: debemos aumentar el caudal de nuestros conocimientos, en la forma de tarea colectiva, como uno de los factores más importante de la dinámica social. La alta estima por las ideas han dado lugar a la ciencia. De ella ha surgido y se ha alimentado esa gran tarea de investigación sin la cual Occidente es incomprensible. Y como la teoría enriquece la práctica, también Occidente es una gran civilización pragmática”. Polo, L., Filosofía y economía, Pamplona, Eunsa, 2012, p. 234.
  9. Cfr. Sanz, R., (comp.), La Universidad se reforma (tomos I al III). UNESCOORUS-UCV. Caracas. Pugliese, J.C. (ed.), Educación superior: ¿bien público o bien de mercado? Ministerio de Educación, Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 2005. Ribeiro, D., La Universidad nueva. Un proyecto, Buenos Aires, Editorial Ciencia Nueva, 1973. Observatorio de la Educación Superior en América Latina IESALC-UNESCO http://goo.gl/ZQommJ Iniciativa Interamericana de Capital Social, Ética y Desarrollo BID http://goo.gl/nGEXoO Higher Education in a State of Crisis Hardcover – Jun 1 2011; Roccio, M.T., The Real Crisis in Higher Education, Joseph Loconte, 2014. American Higher Education in Crisis?: What Everyone Needs to Know – October 13, 2014, Blumenstyk G., “The University in Ruins”, Readings (1996), Harvard University Press, Cambridge; Ortega y Gasset, J., Misión de la universidad, Alianza, Madrid, 2002.
  10. Sellés comenta que “la universidad es la cúspide del saber superior y de su transmisión. Si ésta no estuviera en crisis en una sociedad que está aquejada de ella sería asunto admirable… raíz del declive social”. Riesgos Actuales de la universidad, cómo librarse de ellos, Eiunsa, colección Tribuna Siglo XXI, Madrid, 2010, p. 9.
  11. Cfr. Bell, D., The End of Ideology: On the Exhaustion of Political Ideas in the Fifties, Harvard University Press, Cambridge, 1988; Crozier, M., Huntington, S, Watanuki, J., Crisis of democracy, New York University Press, USA, 1975; The Crisis of Capitalist Democracy, Harvard University Press, Cambridge, 2010.
  12. Este tema ha sido expresado en distintos escritos del autor, por ejemplo, en “La muerte de los imbéciles”, http://goo.gl/dqetah.
  13. El bien común, Polo ha planteado que “consiste en la comunicabilidad de los bienes superiores que los hombres han logrado, pero que originariamente sólo algunos descubren o comprenden” Cfr. Polo, L., “La crisis”, cit., 22.
  14. Sellés, J.F., Antropología para inconformes, Madrid, Rialp, 2006, 384. A este fin recordamos lo que ya se ha mencionado de Polo Cfr. Polo, L., Filosofía y economía, Madrid, Rialp, 2012, 273. Pues los resultados no mejoran intrínsecamente al hombre. La acción, en cambio, sí. EL hombre al actuar no puede dejar de mejorar (virtud) o empeorar (vicio). Esa es la distinción mayor entre la acción humana y la de los animales. Tema que ha desarrollado ampliamente Polo en Ética: hacia una versión moderna de temas clásicos, ed. cit. Y Sellés en Antropología para inconformes, ed. cit., 383.
  15. Esta expresión se debe a San Josemaría Escrivá de Balaguer, en concreto es el título de su homilía pronunciada en medio el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967, Amar al Mundo Apasionadamente.


1 comentario

  1. Ana María Amarante 23/07/2017 5:53 pm

    Muchas gracias Silvia, excelente reflexión y aporte sobre la Misión hoy de la Universidad.
    Tenemos que volver a lo esencial
    Un abrazo
    Ana María

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