Guadalupe Huerta[1] y Luciana Dezzotti[2]
Mujeres rurales es un concepto para cuya elaboración los feminismos latinoamericanos ofrecen un marco político y epistémico adecuado. Desde esta perspectiva, se parte de una comprensión del hábitat rural que no lo concibe como una mera categoría espacial, ni como la simple suma de infraestructuras y servicios, sino como un entramado complejo de relaciones sociales, económicas, culturales y ecológicas que sostienen la vida cotidiana en los territorios rurales. Es decir, un entramado de vínculos entre cuerpos, territorios, saberes, bienes comunes, formas de vida históricamente situadas y atravesadas por matrices que se amalgaman: colonialistas, patriarcales, racistas, capitalistas, extractivistas y otras posibles. En esta trama, las mujeres son hebras medulares: lo producen, sostienen, cuidan y transforman cotidianamente. Se reconoce que la categoría mujeres rurales no puede ser comprendida como una identidad unívoca, homogénea ni cerrada. Sin embargo, en este texto se propone una mirada abierta construida desde las voces, experiencias y estudios de mujeres rurales que, al organizarse con otras, cuestionan los sentidos universales y androcéntricos que niegan, invisibilizan y borran sus vidas y sentipensares. En este sentido, las mujeres rurales son quienes, desde sus prácticas cotidianas, construyen modos de habitar, espacios de vida, de lucha y reexistencia, espacios de trabajos y de reproducción ampliada, donde lo productivo y lo reproductivo se entretejen. Las mujeres cocinan, cosechan, cultivan, siembran y cuidan mientras crean comunidad desde sus organizaciones, luchas y celebraciones. Lo hacen junto a otras personas, mujeres y demás identidades de género, así como en vínculo con los animales, los montes, las huertas, las semillas y los alimentos. Hacen esto, y mucho más, incluso en contextos marcados por la desigualdad en el acceso a bienes y recursos, por el avance extractivista y por la desvalorización de sus labores y saberes.
Genealogía
Es posible identificar antecedentes relevantes sobre la categoría de mujeres rurales, abordados desde diversas perspectivas analíticas, especialmente desde los estudios de género, los feminismos latinoamericanos, y los estudios críticos agrarios y del desarrollo rural. Desde la década de 1980, autoras como Deere (1986), León (2007), Farah y Pérez (2003) comenzaron a analizar las desigualdades en el acceso y control de la tierra por parte de mujeres rurales y campesinas, visibilizando un campo históricamente marginado por las ciencias sociales tradicionales. Estos enfoques se profundizaron al articularse con los feminismos marxistas en relación con el trabajo reproductivo (Federici, 2004; James y Dalla Costa, 1975), dando lugar a nuevas interpretaciones sobre el rol central de las mujeres en la sostenibilidad de la vida. Asimismo, los feminismos comunitarios y decoloniales (Cabnal, 2019; Gutiérrez et al., 2016) han profundizado la comprensión de estas experiencias desde enfoques interseccionales, incorporando dimensiones como clase, generación, racialización y acceso a recursos, junto con una perspectiva relacional centrada en la interdependencia, el vínculo cuerpo-territorio y la afectividad.
No obstante, estos estudios reconocen cómo las mujeres rurales, especialmente en contextos del sur global, enfrentan una doble o múltiple invisibilización, dada su pertenencia a sociedades patriarcales y a territorios históricamente marginados. Un subregistro, borramiento, naturalización y despolitización de sus vidas y de los procesos productivos, reproductivos, de cuidado y socio-organizacionales que sostienen (Biaggi y Knopff, 2021; Herrero, 2017; Korol, 2016). Asimismo, se evidencia un notorio sesgo urbano-céntrico que permea los distintos ámbitos sociales, instituciones públicas, privadas y corporalidades, que universalizan la figura femenina urbana, blanca, de clase media, alfabetizada (Logiovine y Bianqui, 2024). Más notoria aún es la potencia con la cual investigadoras, extensionistas y militantes feministas, junto a organizaciones de mujeres rurales, campesinas e indígenas, aportan a contrarrestar esta universalización. Una trayectoria clave para descentrar miradas esencialistas y avanzar hacia una concepción situada, diversa y política, que reconozca sus luchas por la autonomía, el acceso a los medios de vida y la defensa de los territorios.
Las mujeres rurales sostienen la vida, proceso que implica una variedad de actividades: desde el cuidado de otras personas, espacios y vínculos, tanto en lo doméstico como en lo comunitario, pasando por la producción de huertas y cría de animales menores para el autoconsumo y la comercialización, continuando con la recolección de leña y el acarreo de agua, mientras organizan eventos comunitarios, religiosos y de lucha (Huerta et al., 2024; Alberti, 2022; Dezzotti, 2025a). Entre ese sostén está el propio, diversos autocuidados mezclados y subordinados a otras tantas actividades: se cuidan a ellas mismas y entre mujeres (Dezzotti, 2025b). Asimismo, muchas mujeres rurales realizan trabajos extra-prediales, tanto en relación de dependencia como por cuenta propia: producción artesanal de chacinados, conservas, quesos y dulces y/o trabajo asalariado en producciones agrícolas cercanas (Linardelli y Pessolano, 2021).
Todo esto sucede en un hábitat en el cual los procesos reproductivos y productivos se superponen ya sea por las distancias entre la llamada unidad doméstica y de producción, por el entrecruzamiento entre funciones productivas, domésticas y socio-organizacionales (Mandrini y Cejas, 2022), como por las características de cada uno de estos procesos. Al observar estos modos de habitar, surgen interrogantes: ¿En qué categoría entra el cuidado de animales para su posterior consumo y/o mercantilización? ¿Qué sucede con la recolección de agua que hidrata a las propias mujeres, a sus familias, comunidades, animales y hortalizas que luego se comercializan? ¿Cómo separar trabajos si mientras las mujeres realizan el carpido de las hortalizas, también cuidan a las infancias y, entre tanto, les transmiten los saberes sobre el trabajo en el campo? La noción de trabajos de re-producción es la propuesta que Bocco y Huerta (2022) han elaborado para referirse a tareas que forman parte de un mismo proceso productivo y reproductivo que en el hábitat mencionado suelen desarrollarse en la misma unidad doméstica o espacio predial.
A pesar de las largas jornadas de trabajo, persiste su invisibilización, naturalización y despolitización, mecanismos que recaen sobre sus cuerpos y trabajos. Por un lado, los registros nacionales borran trabajos productivos y a las mujeres rurales que los realizan (Biaggi y Knopoff, 2021). Por el otro, la feminización del cuidado naturaliza a las mujeres como cuidadoras, arrebatando a su vez el carácter político de ese ser y hacer con otro (Alberti, 2022; Herrero, 2017; Gutiérrez Aguilar et al., 2016). Junto a lo dicho, la superposición entre procesos y unidades contribuye a que el trabajo comúnmente entendido como productivo, agrícola, campesino y/o rural, tanto para autoconsumo como para su intercambio monetario, sea percibido como una extensión de su útero reproductor, y así su posterior invisibilización, desvalorización y borramiento social y económico (Logiovine y Bianqui, 2020), “las mujeres aportan más de lo que reciben” (Anzorena, 2008, s/n). Asimismo, las condiciones ambientales, sociales y materiales aumentan aún más la carga de trabajos (Cabnal, 2019; Puleo, 2017). La escasez de leña, el acceso desigual a la red eléctrica y transporte público, la dificultad de acceso a sistemas de acopio de agua, entre otras, aumentan el tiempo que cada mujer rural debe destinar a las distintas tareas (Huerta et al., 2024). Hablar de re-producción y sostén de la vida en un contexto en donde prevalece y se renueva la invisibilización, subregistro-borramiento de lo femenino-feminizado, de lo agrícola- rural, junto a una noción esencialista del ser mujer: gestar, parir y amamantar como formas de cuidado, resulta la primera pista para avanzar en una conceptualización bien porosa.
Perspectivas
En el hábitat rural es aún más evidente la convivencia con las distintas formas del régimen extractivista, como por ejemplo el agrícola, minero e inmobiliario (Machado Aráoz, 2015; Ojeda, 2011). Mientras que los territorios se vuelven susceptibles al saqueo y la expropiación, los cuerpos son sometidos a las dinámicas de explotación que exigen los regímenes de acumulación vigentes (Merlinsky, 2017; Svampa y Viale, 2014). En estas dinámicas, las mujeres rurales como sujetas femeninas-feminizadas vivencian particularmente los sometimientos.
Por un lado, ellas transitan entre campos de soja, maíz, girasol, trigo y otros cultivos extensivos, por debajo o al costado de avionetas y/o mosquitos fumigadores, entre fruti-horticultura de producción intensiva con aplicación de plaguicidas (agroquímicos, agrotóxicos o biocidas) o con la mochila sobre la espalda. Las mujeres conviven, pero en una convivencia incómoda, la cual particulariza los trabajos de re-producción o de cuidado: son ellas las que perciben mayormente los riesgos vinculados a la exposición de plaguicidas (Kunin y Lucero, 2020). Al mismo tiempo, contribuyen a mitigar dichos riesgos mediante prácticas cotidianas (Dezzotti et al., 2021). Estas incluyen retirarse de las viviendas durante la aplicación, lavar por separado la ropa y el calzado contaminados, entre otras. Se trata de una doble afectación, tanto por el contacto con estos productos y sus manifestaciones corporales (Butinof et al., 2014), como por la sobrecarga del cuidar de otras personas en contextos de desgaste/exposición.
A su vez, a los extractivismos ya mencionados se les suman otros que siguen canibalizando territorios y bienes comunes como el agua, el aire, la tierra, los montes, los alimentos, los animales, la energía, los, caminos, y otros. En el hábitat rural campesino, las tareas cotidianas como cocinar, calentar agua, calefaccionar o acceder al agua requieren tanto recursos energéticos como esfuerzo físico. Esto implica el uso de tecnologías específicas, muchas veces autoconstruidas o adaptadas al entorno, para su extracción y almacenamiento. Estas condiciones son notablemente desiguales frente al acceso urbano a servicios básicos, generalmente más disponibles y a menor costo. Como señalan Huerta et al. (2024), lavar ropa a mano puede llevar tres o cuatro veces más tiempo, sumado al acarreo de agua por largas distancias.
Así, entre suelos erosionados, temperaturas extremas y otros eventos meteorológicos extremos (lluvias torrenciales y sequías prolongadas), el acaparamiento de territorio y de bienes naturales, y un Estado que se entrelaza con empresas transnacionales, la re-producción y sostén de la vida en el hábitat rural implica, para las mujeres rurales, mayor carga de trabajo (productivo y de cuidado) y menor disponibilidad de tiempo para el cuidado propio y las actividades sociocomunitarias (Huerta et al., 2024; Chávez Rodríguez, 2014). Sin embargo, en este contexto de capitalismo extractivista y (hetero) patriarcal, son ellas quienes, a partir de saberes y prácticas situadas y colectivas, continúan siendo, haciendo, defendiendo, sosteniendo y revitalizando los territorios.
Así, en un contexto extractivista, racista y (hetero) patriarcal, entre bienes naturales erosionados y acaparados, eventos meteorológicos extremos y una organización del trabajo que sobrecarga a las mujeres rurales, ellas continúan habitando, defendiendo, sosteniendo y revitalizando los territorios. ¿De qué manera? Con ellas mismas, junto a otras personas y entre mujeres. Al pensar en el hábitat rural, resulta muy esclarecedor hablar de un entre mujeres. De acuerdo con Gutiérrez Aguilar et al. (2018), son prácticas cotidianas de relación entre nosotras, de apoyo mutuo inscritas en redes de parentesco, amistad, tramas asociativas comunitarias, conformadas o no como movimientos políticos sociales populares y experiencias explícitamente feministas que en su permanencia construyen orden simbólico, un desafío continuo a las estructuras impuestas por el patriarcado y el modelo de desarrollo hegemónico (Espejo et al., 2023).
Por un lado, ellas crean espacios de encuentro y participación: armado de bolsones de alimentos, ferias productivas, jornadas de lucha, feriazos, compra colectiva de semillas, torneos deportivos, fiestas, eventos religiosos, viajes, entre otros eventos. Por el otro, se alivianan dolores, son las mujeres quienes cuidan a otras mujeres a partir de la recuperación física y emocional, a través de la presencia, la escucha, la preparación del alimento, el acondicionamiento de los espacios de vida y la sobrecarga a costa de alivianar el cuerpo de la otra, y más (Dezzotti y Butinof, 2021).
Las alianzas, el diálogo, la escucha y la presencia entre mujeres permiten el intercambio de experiencias y potencias, promoviendo formas alternativas de saberse y sentirse; un proceso de reconocimiento en el que las dificultades individuales se revelan como problemas compartidos: se fortalece la comunidad en desmedro de las formas individualistas (Gutiérrez, 2017). Sea donde sea que se encuentren es posible afirmar que en ese hacer hay “despliegue defensivo” (Gago, 2019, p. 93), resistencia, creación y sostén de alternativas económicas y sociales, economías locales, redes de cooperación y formas de trabajo mutuo, que priorizan la sustentabilidad y la defensa de los bienes comunes. En este sentido, la soberanía sobre los territorios es también la soberanía sobre los cuerpos de las mujeres, sus saberes y sus formas de habitar.
Entradas relacionadas
Violencia; Territorio; Resistencia; Despojo; Heterocisexismo.
Referencias
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