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Categorías inéditas
para conflictos originales

Una renovada ciencia política para una realidad internacional original

Víctor Dante Aloé [1]

Palabras clave: ciencia, poder, subjetividad, conflictos, tecnocracia, neocapitalismo, planetarización.

1. Introducción. Las nuevas condiciones para la ciencia política en el campo de las relaciones internacionales

Un dato primario para el interesado en el análisis de la política internacional es cierta inconsistencia teórica que se percibe desde hace décadas para explicitar fenómenos en extremo originales y diferentes a los tradicionalmente estudiados por la ciencia política en tal ámbito. Una de las causas decisivas de esta contrariedad es la insistencia por aplicar categorías o tesis que esa ciencia concibió en marcos teóricos definidos en contextos políticos, económicos y culturales muy distintos a las características y alcances a los vigentes a partir de las últimas décadas de siglo XX. El costo de tal reticencia es la pérdida de carácter científico de los enunciados de esta disciplina y su confusión con otras variantes discursivas, incluida la ideología misma. La ciencia política no es filosofía política, ni es ideología política. Tal resultado confuso persiste determinado por la inefectividad o falta de capacidad de esta ciencia para dar cuenta de la realidad, cuyas dimensiones nacionales, internacionales y mundiales se han integrado en un “objeto único” pero complejo, que persiste atravesado por fenómenos disruptivos antes inexistentes.

Precisamente, la distinción conceptual y las interdependencias relativas entre lo nacional, lo internacional y lo mundial son parte elemental de la nueva forma que debe asumir la ciencia política para poder alcanzar una descripción inteligible e integral de la realidad compleja que le compete. La distinción es la primera estrategia de un análisis con fundamento objetivo, pero la síntesis combinatoria es el colofón racional para explicitar correctamente los casos de objetos complejos sustentados en múltiples procesos que se combinan entre sí e interactúan alterando mutuamente sus posiciones y entidades relativas.

Los entes políticos, que constituyen una instancia primaria del “objeto” de investigación de la ciencia política tradicional, ejercen y reivindican su existencia según la dinámica de capacidades adaptativas de resistencia y evoluciones de producción de poder, que les posibilitan afirmar y preservar su entidad y neutralizar adversidades o ataques contrarios a su vigencia, en un sistema que les reconoce tales potencialidades. Un problema trascendente es que en el siglo XX se observa la emergencia de procesos originales disruptivos en la producción de poder, desplazando y sustituyendo el monopolio público ejercido por los Estados nacionales en la constitución y el desarrollo de este. En esta dirección, el investigador confirma que la realidad en las últimas décadas torna compleja su vigencia, con una multiplicación de los fenómenos de interés en la producción y circulación de poder, y de la correspondiente capacidad de estos de potenciar o afianzar la entidad y relevancia de las subjetividades alternativas, frente a los sujetos históricos y políticos tradicionales. Ante la falta de tratamiento adecuado de las principales coordenadas de este proceso, el investigador de la política verifica ciertas carencias conceptuales (y errores prescriptivos) que afectan el carácter científico o al menos la consistencia de las teorías generadas que intentan reivindicar tal jerarquía enunciativa.

Superar esta restricción implica reformular la extensión y la profundidad de la ciencia en la explicitación de los fenómenos internacionales y mundiales, dotándola de un bagaje conceptual que posibilite la comprensión de las novedosas formas y modos de organizar la existencia, general y política, en un mundo unificado tecnológicamente, aunque divergente en sus valores de sentido y concepciones fundacionales. Tal escisión dispara una serie de secuencias políticas, económicas y culturales que afectan ostensiblemente a los Estados nacionales y al sistema internacional surgido de la Paz de Westfalia (1648), por lo cual alteran las combinaciones proactivas entre sentido y poder que habían caracterizado hasta el siglo XX a la organización de los sistemas de convivencia colectiva.

Por una parte, el investigador de la ciencia política reconoce desde hace siglos la vigencia del sistema internacional, que consagra procesos de producción singular de poder organizados y ejecutados por sus integrantes excluyentes hasta el siglo pasado. Asimismo, en el ámbito “interno” de los Estados, la ciencia estudia los fenómenos de producción y conservación del poder “local o nacional”. El hecho es que tales procesos “internos” y “externos” de producción de poder pueden distribuirse en dos subconjuntos básicos comunes: agonales y consensuales.

Un proceso de producción de poder es, en forma primaria, una secuencia de prácticas y actividades que le genera a su titular la capacidad de imposición sobre las poblaciones o potencia de transformación sobre la realidad. Esos procesos presentan dimensiones reales, especulativas, simbólicas e intencionales, que resuelven los desafíos y contrariedades que se presentan para la existencia colectiva y la convivencia política.

La demanda exigida por la “extensión-mutación” de la realidad, debido a la evolución de los procesos de producción de poder, sobre todo en el campo privado, y a las nuevas dinámicas de relación entre las subjetividades públicas y otras de carácter alternativo, implica la necesaria ampliación del “campo de investigación”, hecho solo posible de concretarse a partir de nuevas categorías que no únicamente amplíen el escenario o conjunto de fenómenos a estudiar (mutándolo de “internacional” en “planetario”), sino que perfeccionen el método de investigación, dotándolo de eficiencia y profundidad según las nociones de proceso dinámico y comprensión sistémica de esas diversas formas en que el poder es generado, acumulado y conservado. La ciencia política debe retomar su carácter de disciplina descriptiva causal de fenómenos reales y consumar su explicitación racional de la facticidad, liberándose de las “invasiones-contaminación” que durante el siglo XX la ideología intentó imponer sobre ella, al confundir la dimensión fenomenológica de esa ciencia con la eidética normativa del idealismo y de tendencias propias de ámbitos especulativos y aspiraciones transformadoras no científicas. Revertir el proceso de “deformación” de la ciencia política es parte de la necesidad de recuperar su jerarquía y proyección científicas, exigencia que solo puede lograr satisfacción mediante la reformulación de su objeto, siempre un quantum o magnitud material a recorrer en términos materiales, y de su método realista, descriptivo y crítico de esa materialidad, en los términos enunciados.

2. Las nuevas categorías ante los nuevos fenómenos: ciencia y deseo

Como se ha mencionado, la ciencia no es filosofía, ni es ideología. El discurso científico dispone de su propia condicionalidad, y, si bien existen diversas modalidades a las que conviene tal denominación, la consideración de este trabajo toma la designación definida a partir del paradigma de objetividad fenomenológica, acto que implica la asunción solo relativa de la tesis del “fundamentalismo pragmático”. La ciencia no es filosofía porque esta tiene por cometido resolver el problema de la existencia y no la descripción causal inteligible de los fenómenos a través de los cuales esa existencia se realiza y presenta ante el científico. La ciencia no es ideología porque sus enunciados no están determinados por aspiraciones de transformación de la realidad sin consideración a una explicitación previa causal fundada racionalmente de los procesos reales, sino según una modificación interesada y subjetivamente legitimada de estos.

El paradigma de ciencia exige el reconocimiento de “presencias” inconvenientes cuando la intención es explicitar la realidad en términos de secuencias demostrativas inteligibles, ordenadas a partir de las tesis aplicadas, hecho que afecta sensiblemente a las denominadas “ciencias sociales”, donde las intromisiones desiderativas del científico alteran en múltiples ocasiones la consistencia de la teoría enunciada. El primer aspecto persiste vinculado al hecho de que la relación de causalidad en las ciencias “sociales” entre una acción y una reacción humana individual, grupal o colectiva tiene carácter eventual, potencial o probable. Esta característica traduce ciertas limitaciones cuando, a pesar de declararse el abandono explícito de las posiciones idealistas o utópicas, el científico no puede “abstraerse” por completo del contexto existencial en el que vive, donde se ha educado, trabaja y asume pertenencias de distintos órdenes.

Esa propensión a introducir el interés personal, grupal o corporativo en la explicitación de “lo real” tiene su máxima expresión en el idealismo propositivo, que intentó desplazar los enunciados de la ciencia política hacia consideraciones de orden moral o afirmaciones avaladas desde la ideología o ámbitos precientíficos.

3. Las producciones de poder y los sistemas de relaciones políticas

El conjunto binario que divide entre producciones agonales y consensuales de poder admite distinciones especificadoras fundadas en dinámicas diferentes y procesos alternativos. En la historia humana la ciencia política reconoce en la guerra el más eficiente y extraordinario proceso de producción de poder, debido a que ella neutraliza y suprime las resistencias externas al sujeto vencedor y determina por completo las condiciones de relación en el nuevo orden que inaugura o consagra. Por otra parte, la ciencia política destaca en el sistema capitalista de producción de bienes y servicios un muy eficiente y exponencial procedimiento de producción de poder. Los aspectos agonales del capitalismo están determinados por su dinámica de competencia y el alcance sustitutivo de su acumulación, que termina “convirtiendo” a la realidad en dinero, y al dinero en conflicto.

Un sistema de producción de poder vinculado a los dos anteriores ha sido el comercio internacional, que presenta ambigüedades propias de un procedimiento que puede surgir de enfrentamientos agonales o consagrarse por vías de consenso. Otro proceso relevante de producción de poder en el escenario mundial es la emisión de la moneda hegemónica, que cumple las funciones de unidad de cuenta, reserva de valor y medio de pago, de “curso legal” entre los miembros del sistema internacional, condicionando sus comportamientos y relaciones posibles.

En el escenario internacional persisten, por ende, múltiples procedimientos de producción de poder, desde relaciones de señorío hasta el espionaje y la negociación, pero la experiencia de la ciencia política en esta materia se ha visto superada por la velocidad de acontecimientos que sublimaron algunas modalidades específicas de esa producción y, sobre todo, aquellas generadoras de poder privado extraordinario en términos de influencia mundial y existencia real.

4. La extrapolación fatídica: el sistema planetario y los conflictos originales

Hasta mediados del siglo XX, el objeto de investigación de la ciencia política en el campo internacional estaba concentrado en evaluar y explicitar los conflictos y la evolución de estos en un contexto de relaciones impositivas o consensuadas entre los sujetos del sistema internacional. La evolución de nuevos procesos de producción, acumulación y conservación del poder permitieron en las últimas décadas la emergencia y consolidación de subjetividades alternativas a los Estados nacionales, resultantes de la vigencia del neocapitalismo mundial y la tecnocracia globalizadora.

Las subjetividades alternativas, tanto en el orden corporativo privado, como en la conformación de grupos o colectivos virtuales gracias a las “redes sociales”, que actúan por “fuera” y “al margen” del Estado, modificaron el escenario internacional disponiendo, junto a los actores o sujetos históricos (nacionales, étnicos, religiosos, etc.) y políticos (Estados y organismos internacionales), a otros agentes novedosos con dinámicas o comportamientos disruptivos sobre las modalidades tradicionales de producción, acumulación y conservación del poder.

El poder privado extraordinario, un emergente radicalmente traumático de las relaciones internacionales, es para la ciencia política el dato contemporáneo elemental en ese campo, que le obliga explicitar las evoluciones de tal capacidad y su imposición sobre el mismo poder público que antes se imponía, lideraba o contenía al primero. Este dato constituye la extrapolación fatídica del siglo XXI, cuando el mundialismo económico y la tecnocracia globalizadora irrumpen en su carácter de dinámicas privadas productoras de secuencias complejas de poder alternativo que sustituyen, o progresivamente reducen, las dimensiones y el alcance del poder ciudadano y del Estado que lo sustenta.

El sistema internacional es, en estos términos, una parte de un escenario mayor donde, a los conflictos sistémicos entre sujetos políticos colectivos, se agregan conflictos asistémicos provocados por las subjetividades alternativas, tanto corporativas privadas como virtuales o “digitalizadas”. Un conflicto es asistémico en el campo de la política internacional cuando tiene su origen en subjetividades alternativas a las instancias públicas, y asimismo implica formas no estatales o institucionales de producción de poder, pero con capacidad para alterar o sustituirlas. El original escenario actual dispone, por ende, de una nueva extensión, no internacional sino planetaria, única “geografía” apta para contener y comprender, junto a los procesos tradicionales de autoridad e imposición, a los radicales procedimientos de producción de poder del siglo XXI, los conflictos asistémicos que estos provocan sobre los Estados y las subjetividades originales que aquellos consolidan y viabilizan.

5. La producción de poder internacional y la producción de poder global

La ciencia política, según se ha enunciado, puede identificar que ha existido históricamente un conjunto de procesos de producción, acumulación y conservación del poder, en los cuales debe distinguirse entre dos grandes categorías: agonalidad y consenso. Históricamente las relaciones internacionales estuvieron signadas por la agonalidad, donde la guerra, la invasión, la ocupación, el sometimiento, la dominación, etc., forjaron los vínculos más relevantes entre los sujetos que demostraron disposición a predominar y expandirse ante otros conjuntos poblacionales o entidades similares.

En este ámbito pueden identificarse tres subconjuntos: (1) el de la agonalidad “horizontal”, donde se enfrentaban las potencias dominantes con capacidades semejantes para dirimir conflictos de hegemonía, (2) el de la agonalidad “vertical”, cuando una etnia o grupo nacional organizaba un sistema de poder dirigido a someter o dominar a otro más débil o inferior en su capacidad político-militar, y (3) el de la agonalidad “latente”, que comprendía a los grupos o colectividades humanas organizadas políticamente que, por indiferencia o exclusión, no implicaban relevancia presente para los agentes involucrados en los otros dos casos, pero contenían amenazas potenciales con evoluciones peligrosas para sus eventuales “contrapartes”.

También en esa historia existieron, aunque en forma menos persistente, procesos de asociación, cuando las alianzas, el comercio y la cooperación posibilitaron la convergencia no traumática de grupos o entidades políticas, a través de procesos de integración, acuerdos operativos, actividades compartidas, etc. Desde el siglo XIX, algunas potencias, primero europeas y luego de otro origen, intentaron postular la necesidad de organizar las relaciones internacionales según registros de cooperación y asociaciones virtuosas para el conjunto de los sujetos participantes. Las grandes conflagraciones sufridas por hombres de todo el orbe, la conflictividad integral y la organización de la capacidad de destrucción masiva desmintieron a los profetas del progreso indefinido y las concordias respetuosas del hombre.

En la parte final del siglo XX, las tecnologías revolucionarias en los campos de la informática, las telecomunicaciones, los nuevos materiales, la nanoefectividad o las energías alternativas, han provocado un resultado de cambio y transformación radical de las relaciones intersubjetivas, no solo en el ámbito de lo individual, sino y principalmente en el mundo de lo colectivo.

El dato inquietante es que a la revolución en el campo del poder material para la civilización le ha sido correlativa una pérdida de sentido y de intencionalidad dotada de significados y valores pertinentes para organizar la convivencia virtuosa. Obviamente que el planteo de esta cuestión remite a consideraciones precientíficas, pero desde la ciencia se destaca la alta conflictividad de una expansión material sin referencias de sentido y la intensidad destructiva de los efectos que su lógica impone. El entusiasmo inicial devocionario de la dinámica en consolidación había apurado los trazos de una “ideología del progreso excepcional”, en autores como Alvin Toffler (La tercera ola) y Zbigniew Brzezinski (La era tecnotrónica), creyentes en las virtudes irrestrictas del proceso en desarrollo material.

Sin embargo, después de los años 60 del siglo XX, el mundo había comenzado a moverse en términos disímiles a los consensuados durante el bienio 1944-1945, y las nuevas tecnologías irrumpían en una “evolución” no deseada, que desviaba el proceso de convivencia hacia coordenadas de egotismo, conflictividad creciente de intensidades variables e insectificación social aguda. Durante esa década, la implosión de la cultura saturnal de los WASP (White, Anglo-Saxon Protestant) en los Estados Unidos implicó cambios decisivos en la estrategia de Washington para mantener la supremacía mundial, insistiendo en revertir las contrariedades reservadas por la historia a los poderosos.

El error de cálculo de la estrategia Nixon-Kissinger de mantener la supremacía de EE. UU. a partir del proceso de transnacionalización del capital era consecuencia de evaluar a este en términos de procedimiento de producción de poder según las coordenadas de criterios económicos nacionales, sin comprender que esa proyección y el dimensionamiento consecuente serían la condición necesaria para la autonomización del capitalismo. Esa autonomía persistiría basada en el despliegue de estrategias corporativas concentradas en el excluyente interés privado y la consolidación de las subjetividades que las aplicaban, con magnitudes y complejidades en sus capacidades nunca imaginadas en el pasado. Con las primeras décadas del siglo XXI, los políticos contemplaron la consolidación, y en algunos casos sin comprender cabalmente, de un “orden híbrido mundial”, donde la irrupción de las nuevas dinámicas de producir poder corporativo privado alteraron sustancialmente aquellos procesos públicos de producción, acumulación y conservación del poder, que habían permitido la vigencia del sistema internacional durante el siglo anterior.

6. Las fuerzas disruptivas creadoras y la mutación de las producciones de poder

El neocapitalismo, también denominado “tecnocapitalismo” o “capitalismo irrestricto”, es un proceso de producción de poder exponencial determinado por estrategias privadas o corporativas no públicas, que entrega a quien lo organiza capacidades extraordinarias de transformación de la realidad y de imposición de sus intereses sobre otras instancias, incluidas las propias del poder estatal.

Este proceso revolucionario de producción capitalista presenta la efectividad de una singular dinámica que deconstituye a los sujetos nacionales, en la medida en que genera poder corporativo privado de alta intensidad, cuya lógica está fundada en la organización autónoma de secuencias “técnicas” para producciones reales y financieras, con alcance “universal” y “necesario”, imponiendo sus vigencias, comportamientos y prácticas homogéneas y unívocas para todos los seres humanos, sin distinciones religiosas, étnicas o culturales. El tecnocapitalismo es la forma de producción capitalista que más influye en la estandarización reductiva de las conductas humanas, contrariando la singularidad identitaria o de pertenencia de las comunidades locales, nacionales o regionales. La resistencia o posición contraria en términos convencionales de los sujetos públicos resulta irrelevante ante la dinámica devastadora de la tecnología y del capitalismo asociados en la nueva lógica de la efectividad ilimitada. Esta realidad demuestra que el problema no es el capitalismo, sino la deformación extrema de su versión irrestricta, surgida de la convergencia entre la ingeniería corporativa, la expectativa de beneficios extraordinarios y las nuevas tecnologías de construcción de “realidades alternativas”.

La deslocalización y automatización técnica de las producciones de bienes y servicios reales, que distribuyen secuencias económicas por todo el mundo, es el correlato de la alta virtualización de los servicios financieros, que realizan operaciones multiplicadas sobre mercados de futuro y “procesos ficcionalizados”, configurando ambas dimensiones los fundamentos básicos de ese capitalismo tan flexible como incongruente y final.

A las tensiones entre los Estados nacionales, proclives a organizar procesos de producción de poder, según coordenadas de conflictos sistémicos y soluciones político-militares, la ciencia política debe agregar las contrariedades provocadas por las subjetividades alternativas a los sujetos históricos y políticos, manteniendo un relativo equilibrio a partir de la contradicción entre producciones de bienes reales y producciones de servicios financieros, desdoblándose estos últimos (y creando nuevas contradicciones) entre inversiones reales y derivados fictos. En ese capitalismo es tan relevante la innovación tecnológica como la generación de expectativas o deseos según derivados financieros, formalmente concebidos y “virtualmente realizados”.

Por su parte, la revolución tecnológica de las últimas décadas fue de tal magnitud que su vigencia disparó un proceso “globalizador” que posibilitó la autorreferencialidad de la técnica, “liberada” de la carga de soportar significados o sentidos “externos” a ella, hasta transformarse finalmente en tecnocracia.

Un dato más que relevante es la confusión entre estos dos procesos cuando en el propio ámbito de la ciencia política no se distingue entre la dinámica proyectiva del capitalismo y la dinámica funcional de la tecnocracia. La globalización es un fenómeno tecnocrático, no un proceso económico. La expansión del capitalismo irrestricto es por otra parte un fenómeno con alcance mundial debido a la reorganización de las secuencias productivas reales o financieras fundada en una “transnacionalización” de la economía. Pero ambos procesos, que finalmente coinciden en “capturar” las prácticas de convivencia humana y determinarlas en forma “universal” y “heterodoxa”, también sufren de las tensiones y contrariedades que tal diferencia de “legalidad” implica para cada uno de ellos.

La tecnocracia es, por ende, el factor condicional porque ambos procesos, la globalización tecnológica y el mundialismo económico, persisten determinados por su influencia decisiva e ineludible. La tecnocracia otorga eficiencia a la economía hasta dimensionarla con alcance mundial y entrega efectividad a la política en tanto esta intenta conservar su capacidad pragmática de influir sobre la realidad a pesar de todo. En cualquier caso, ambas atribuciones demuestran cómo la totalidad del proceso de interrelaciones entre los entes involucrados persiste determinada por la tecnología, que debido a tal fenómeno ha desplazado y sustituido a las instancias tradicionales de producción de poder político, como lo eran la religión, la historia, la filosofía, y hasta la ciencia misma, cuya importancia depende en el presente de la posibilidad de servir y regenerar a la tecnología y perfeccionar su efectividad.

7. Nuevos sujetos, nuevos procesos y nuevos conflictos

El poder producido por las corporaciones supranacionales (con formas de empresas o de fondos de inversión), y acumulado en activos reales o financieros, implica una proyección autorreproductora excepcional de la energía-capacidad privada, que multiplica exponencialmente su efectividad sobre el poder público y exige retrocesos relevantes para el Estado, tanto en su sistema institucional de gobierno ciudadano, como en sus aspiraciones normativas de consensos sociales y equilibrios internos.

Un hecho decisivo del siglo XXI para la ciencia política es la emergencia y consolidación de originales subjetividades “heterodoxas” en consonancia con tales formas de producción de poder privado, que ejercen sus capacidades al margen y hasta en contra del poder público. Este dato no sería demasiado relevante si no fuera por el efecto que tal emergencia proyecta sobre el sistema internacional y las instituciones y los procedimientos nacionales de producción de poder. Una nueva dinámica en la producción de poder relativamente importante y hasta decisiva para comprender la evolución de las relaciones internacionales atraviesa todo el campo de la política y del poder en el presente, de forma que genera nuevos fenómenos y conflictos antes inexistentes para tal ciencia.

Esos conflictos, a los que conviene la designación de “asistémicos”, son tales porque pueden distinguirse de los conflictos propios del sistema internacional, que suceden en coordenadas de lógica relacional entre los Estados miembros. Los conflictos asistémicos responden a la lógica proyectiva del capitalismo corporativo transnacional y a la lógica funcional de la tecnología revolucionaria globalizada, transformada en tecnocracia hegemónica. La ciencia política descubre asimismo conflictos intermedios cuando determinados hechos o fenómenos ilícitos ocurridos en el ámbito internacional presentan dinámicas con rasgos que remiten a los otros dos tipos de conflictos. Las secuencias del narcoterrorismo, los procesos del terrorismo fundamentalista islámico, la trata de personas, la esclavitud encubierta y ciertas actividades criminales asimilables a ellos tienen sus propias características y deben ser analizados en sus alcances y efectos pertinentes.

8. La ciencia política y los ejemplos concretos: casos de conflictividad asistémica

Un caso interesante de conflictividad asistémica estuvo representado por el denominado “default argentino” durante los últimos años del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (2011-2015). Este fenómeno de incorrecto encuadramiento del problema sufrido por el Gobierno argentino de entonces fue producto de una percepción equivocada sobre su carácter, debido precisamente a la aplicación de categorías impertinentes, hecho que provocó serias dificultades para alcanzar su resolución satisfactoria en términos de poder público, es decir, para encontrar una solución que evitara daños sustantivos al sistema de existencia y de relaciones de la Argentina. La incorrecta comprensión de la naturaleza irregular del conflicto involucrado es un dato elemental de la cuestión, y haberlo tratado en términos de conflicto bilateral o internacional no permitió asumir la intensidad ni la complejidad del problema en sus justos términos. El enfrentamiento provocado por los fondos tenedores de bonos defaulteados de la Argentina, adquiridos en el mercado secundario a precios irrisorios, no constituía un conflicto sistémico entre la República Argentina y los Estados Unidos de América, sino un conflicto entre un grupo de esos fondos privados y el Gobierno argentino.

En la historia de las relaciones internacionales, este conflicto representa un hito debido a la trascendencia de los efectos procesales y normativos que, a partir de lo actuado por los agentes públicos y privados involucrados, han persistido para el futuro como “paradigma de resolución” de problemas similares. En ese proceso, la ciencia política puede detectar los siguientes componentes problemáticos desde las posiciones de poder y según el eventual potencial para producirlo:

La neutralización del intento ejecutado desde el poder público por Estados soberanos a través de la ONU para regular el problema de la reprogramación de sus deudas no tuvo éxito, y esto implicó un serio revés en la puja entre ambas instancias.

  • La consolidación de la posición corporativa al demostrar y consagrar la especificidad contractual sobre los requerimientos públicos es un elemento decisivo para el poder privado y su capacidad de imponerse como instancia autónoma ante el poder público de los Estados.
  • La imposibilidad de intervención de la potencia estadounidense para influir o morigerar las decisiones jurisdiccionales de sus órganos judiciales con respecto a cuestiones como la planteada confirma la capacidad de acción autónoma de las corporaciones privadas en materias no sometidas al arbitrio de la autoridad pública.

La decisión final y la imposición de su voluntad por parte de los fondos “buitres” define la relación de fuerzas por “fuera” del sistema internacional a favor de subjetividades colectivas privadas con respecto a los Estados, demostrando la capacidad de acumular y conservar poder por las corporaciones privadas, gran parte de la cuales manejan y controlan más potencia efectiva para influir sobre los procesos políticos reales que la mayoría de los países del mundo.

Uno de los datos que más sorprende a muchos observadores es la apelación a instancias públicas por parte de las subjetividades corporativas privadas para poder alcanzar sus objetivos. Esta superestructura jurídica y judicial responde al proceso de transnacionalización del capital, donde el espacio público ha “receptado” instituciones y normas requeridas por el capitalismo irrestricto para salvaguardar sus intereses, ante eventuales amparos alegables bajo la cobertura de la “soberanía” por parte de los Estados, o personas físicas o jurídicas nacionales, en el cumplimiento de los compromisos asumidos “ante el mercado”.

Esa superestructura jurídica y judicial es en sí misma un procedimiento de producción de poder que opera, junto a otros, sobre los Estados nacionales y las instancias públicas, incluido el propio Gobierno del que forman parte, con criterio de reconocimiento y aplicación del principio de “extraña jurisdicción consensuada” y “garantías contractuales especiales”. Todas estas concesiones otorgadas por el Estado a los “mercados” fueron autolimitaciones que este se impuso para operar en términos de demandante “virtuoso” necesitado de dinero, que, si bien en una parte sustantiva es emitido públicamente, en otra es creada por los propios agentes privados, acumulándose y perseverando disponible en cantidades ingentes por las corporaciones y las nuevas formas de producción de poder. Parte del proceso de autorrestricciones aplicado por los Estados ha consistido en dejar en manos de las corporaciones complejas transnacionales dedicadas a las producciones financieras actuar conforme al “control interno” (Acuerdos de Basilea II y III), confirmando la autonomía del capital ante las ciudadanía y los Gobiernos. La ciencia política confirma que, en términos económicos, la descripción de los fenómenos de los últimos tiempos denuncian la vigencia de un proceso de producción de poder privado según la lógica del “autocontrol” corporativo, combinada con la ausencia de riesgo, finalmente solventada por dinero público a través de la denominada “expansión cuantitativa” y las operaciones de “salvataje” sistémico pergeñadas por los políticos, hechos que confirman la existencia de una versión paradójica del capitalismo, fundada en la desaparición de conflictos de competencia y la reducción mínima de imprevistos.

Un segundo ejemplo interesante de conflictividad asistémica está vinculado con el desarrollo del otro gran proceso alterador del sistema internacional, encarnado en la globalización tecnocrática. Este proceso presenta dificultades evidentes de conocimiento y organización al estar dinamizado por una lógica funcional, donde los servicios tecnológicos y las dimensiones virtuales de su efectividad atraviesan las relaciones humanas al margen del Estado y lejanos al interés público.

En la historia de las relaciones internacionales, siempre que un logro tecnológico o un instrumento técnico demostraban efectividad suficiente como para “perforar” las fronteras de los Estados, los miembros del sistema internacional organizaban alguna conferencia específica para acordar un convenio que regulara su aplicación y sus efectos. Esto sucedió en numerosos casos, de los cuales los más recordados son la invención de la radiotransmisión, la construcción de aeronaves o la organización de las telecomunicaciones.

Sin embargo, los Estados miembros del sistema internacional han fracasado en este sentido ante la aparición de las tecnologías de la comunicación digital y la organización de redes ejecutivas transnacionales a través de instrumentos informáticos, el proceso más traumático aunque silente para las poblaciones nacionales y sus identidades, formas de vida e intereses colectivos.

Sobre una ficción que exacerba los atributos virtuosos de la tecnología, las nuevas herramientas posibilitan en el mundo real violar la capacidades soberanas de los Estados, operar en contra de las decisiones de los Gobiernos, afectar los derechos de los ciudadanos, cometer delitos aberrantes, facilitar el crimen organizado, y un extenso etcétera que pone entre paréntesis todas las virtudes elocuentes que pueden ofrecer esas instancias tecnológicas para el desarrollo humano y el bienestar colectivo. Todo intento de legislar sobre esta cuestión fracasó, porque los actores privados, tanto los que producen el poder tecnológico, como aquellos usuarios sobre los cuales se ejerce ese poder, demuestran una extraña simbiosis con algunos Estados, cuya superioridad tecnológica les permite administrar gran parte del proceso a su favor.

De todos modos, ante los aspectos negativos del fenómeno, se han presentado intentos aislados por legislar en los países desarrollados sobre las dimensiones y actividades de las corporaciones organizadas a partir de servicios virtuales y producciones relacionadas con ellos. Uno de los temas preocupantes consiste en la actividad de los gigantes monopolios infodigitales, que no sufren ninguna clase de competencia dado el tipo de servicio que ofrecen y la capacidad tecnológica de que disponen. Gigantes como Google o Facebook provocan serios trastornos a los Estados y los procesos de producción de poder público. Posiciones hegemónicas al estilo de Apple o Amazon resultan a todas luces incongruentes con un sistema que establece en la libre competencia su norma fundacional.

Ante esas realidades, el viejo problema de aplicar la Ley Antitrust por parte de la Comisión Federal de Comercio de EE. UU. para desarticular posiciones dominantes o monopólicas no hace sino obligar a reorganizar en un holding diversas empresas que antes eran una sola, sin resolver efectivamente la cuestión disruptiva de la concentración y el desarrollo de estrategias corporativas traumáticas para el interés público.

En los últimos tiempos, un proyecto de ley del senador Josh Hawley (Misuri) ha intentado reducir las adicciones de los usuarios a los servicios y programas ofrecidos por internet, a partir de la imposición de límites y horarios a cumplir por los adolescentes ante las pantallas de sus computadoras, así como restricciones para la participación de los usuarios en las redes sociales. La denominada “Social Media Addiction Reduction Technology Act” (Ley de Tecnología de Reducción de la Adicción a las Redes Sociales), y conocida por sus siglas como “Smart Act”, es un extraño producto normativo que intenta resolver “desde abajo” un problema que exige una resolución estratégica por parte de los Estados. Cuando muchos de estos problemas asistémicos se presentan, los afectados observan con atención ciertas “respuestas” de la administración surgidas en entornos políticos y culturales muy diferentes a los definidos como “occidentales”. La ciencia política analiza si ambas posiciones extremas, la prescindente y la controladora, podrán superar el conflicto encontrando un punto donde el interés de los ciudadanos, y de los Estados que los representan, obtenga el equilibrio entre una debida protección y respeto y el acceso responsable a los efectos virtuosos de la tecnología.

9. Las tendencias predominantes y las “reacciones nacionales”

Ante las características disruptivas del capitalismo mundial y de la globalización tecnocrática, la ciencia política observa la emergencia de movimientos o fuerzas políticas en el continente europeo que reivindican valores o capacidades para sus respectivas comunidades nacionales, en términos no compatibles con la lógica de producción de poder de tales vías extremas de efectividad, que intentan mantenerse al margen y en adversidad del interés público y la subjetividad colectiva. Este fenómeno también plantea la intención de reformular el proceso de producción de poder público y requiere nuevas categorías para su debida comprensión.

Los partidos y políticos profesionales intentan defender sus posiciones de compromiso con los procesos de producción de poder privado calificando a las “reacciones nacionales” de engendros populistas o engaños disfuncionales con nostalgias del pasado soberanista. La realidad de esos procesos, cuando es abordada por la ciencia política, evidencia las derivas ideológicas de tales imputaciones descalificadoras.

La ciencia política destaca tal carácter cuando comprueba que el antecedente más exitoso en el tratamiento del desafío que implicó la expansión de la nueva dinámica productora de poder corporativo privado estuvo representado por la estrategia de la República Popular China, que, debido a su esquema de “democracia popular”, tuvo la posibilidad de planificar un sistema eficiente en términos políticos, combinando las dimensiones proactivas de los tres mercados: el mercado nacional, el mercado internacional y el mercado mundial.

También el Brexit puede comprenderse, en la lógica de las reacciones nacionales, como un esfuerzo por reivindicar dimensiones soberanas que no pueden ser transferidas a otras instancias, a menos que se renuncie a la subjetividad colectiva fundada en el Estado nacional y el sistema creado según su lógica. El Brexit es una retracción sobre sí mismo de un reino que intenta la recuperación de la integridad estatal, proyecto de interés para las aspiraciones de las corporaciones y los fondos de inversión “británicos”, urgidos por la necesidad de consolidar su supremacía y sortear la excesiva condicionalidad de las normas de la Unión Europea, sobre todo en el ámbito de los servicios financieros.

Paradójicamente, la presidencia de Donald Trump representa otro ejemplo de una “reacción nacional” en la placenta misma desde donde el capitalismo inició su proceso de transnacionalización en la creencia de que tal proyección permitiría a los Estados Unidos mantener la supremacía mundial. Con más de cuatro décadas desde que comenzara el proceso, una mayoría de la ciudadanía y no pocos dirigentes de la potencia del norte perciben que su derrotero no conduce a la defensa de sus derechos y al mantenimiento de su sistema de vida y, al mismo tiempo, confirma que China avanza, gracias a una estrategia de administración virtuosa de los conflictos asistémicos, hacia la consolidación de una posición favorable en la resolución del conflicto de hegemonía explícito que protagoniza contra Washington.

Por último, el ejemplo de que la idea de un “capitalismo europeo con proyección mundial” derivado del esquema de Bruselas después de Maastricht es en la actualidad cuestionada por nuevas fuerzas políticas que se oponen a repetir el periplo de otras poblaciones y abandonar sus pertenencias culturales y modos de vida, y resulta también una versión de las reacciones nacionales tan temidas por los políticos profesionales.

En este contexto, la ciencia política comprueba que las reacciones nacionales van generando una “conciencia alternativa” (¿otro proceso de producción de poder?) a la de un mundo normalizado y definitivo, así como respuestas no convencionales ante la emergencia de los nuevos conflictos. Esa ciencia susurra al oído de las nuevas generaciones que la historia no se ha resignado a la condena de Fukuyama, ni ha perdido la vocación por insistir en afirmar la existencia en lugar de degradarla o soportar su ruina, como insinúa la política postmoderna.

10. Conclusiones

El investigador-analista de la ciencia política, en su versión de mayor intensidad, debe asumir la tarea de describir fenómenos colectivos que, en su expresión elemental, comprenden procesos decisivos de producción de poder.

El poder político en los últimos tiempos ha decantado su existencia principalmente sobre coordenadas materiales, alejándose de las secuencias simbólicas y de sentido que actuaban en carácter de su núcleo decisivo, y se ha transformado en capacidad efectiva de imposición sobre los seres humanos o de transformación de entornos naturales y sociales.

El poder político persiste en el presente organizado en secuencias y entramados que sustentan relativamente la existencia colectiva y ordenan los sistemas de convivencia humana, pero ha sufrido alteraciones en su naturaleza y alcance desde el momento en que tiene en la producción privada corporativa su principal fuente de antagonismo, tanto en su generación, como en su acumulación y conservación.

El conjunto de fenómenos de interés para el político contemporáneo es que el poder de producción privada ha desplazado y en muchos casos sustituido el poder de producción pública, donde el Estado era la instancia decisiva que en nombre de los ciudadanos o súbditos generaba las secuencias y entramados que sostenían la convivencia colectiva.

El poder de producción privada ha progresado de modo tal que su efectividad se ha tornado decisiva para la vigencia de los sistemas contemporáneos de convivencia y para la existencia misma del Estado, aun al costo del debilitamiento y la crisis de este.

El poder privado ha multiplicado la capacidad de imposición y de transformación de las subjetividades corporativas que surgen bajo su amparo y disponen de efectividad similar o superior a la mayoría de los Estados del sistema internacional.

Las subjetividades heterodoxas que ejercen sus efectividades y son constituidas por el poder privado generan conflictos asistémicos a los sujetos históricos y políticos que integran el sistema internacional, convirtiéndose en instancias de disputa y competencia por la capacidad de imposición y transformación del mundo.

El escenario internacional debe ser considerado por el investigador-analista de la ciencia política como un escenario planetario que no solo contiene producciones y conflictos sistémicos de poder interestatal, sino que también comprende conflictos y procesos de producción asistémicos entre ese poder y el poder privado corporativo.

La consecuencia virtuosa del correcto encuadramiento de los conflictos y los procesos de producción de poder dependerá de la descripción científica objetiva y de la resolución práctica acertada de los fenómenos que estos implican.

El problema real para la comunidad consiste en revertir el proceso de progresión asimétrica de expansión del poder privado sobre el poder público, para evitar la crisis de la representación de los intereses y derechos de los ciudadanos por parte del Estado, convirtiendo tal fenómeno disruptivo en una convergencia virtuosa donde aquel poder recupere el sentido de servicio e integración de la convivencia colectiva.

Si la historia es experiencia colectiva acumulada, la conciencia dicta que la resolución de este problema no es sino la superación estratégica de las contrariedades potenciales que existen y existieron entre democracia, capitalismo, tecnología e interés nacional.

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  1. Abogado, licenciado en Ciencias Políticas, licenciado en Relaciones Internacionales, licenciado en Filosofía, Diploma D.E.A. en Historia Contemporánea, doctor en Estudios Europeos. Diplomático (J). Autor de La agonía de occidente, El futuro imposible, Europeos y americanos: conflictos y armonías, El cristianismo y el fin, y El peronismo original y las originalidades posperonistas. Correo electrónico: rojense@gmail.com.


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