Hospital Área Programa Adolfo Feintuch,
Sierra Colorada, provincia de Río Negro
Emilse Luiz
Introducción
La estepa patagónica impone distancias. Sus habitantes viven en parajes dispersos, y el trabajo en salud mental se enfrenta al desafío de construir y sostener vínculos que permitan intervenir de manera oportuna en estos escenarios. Este capítulo presenta la experiencia del servicio de Salud Mental de un hospital de baja complejidad que, a lo largo de los años, ha desarrollado intervenciones significativas, tanto en el ámbito comunitario como en el contexto de internación en el hospital general.
La experiencia que aquí se comparte se inscribe en el marco del modelo rionegrino de salud mental comunitaria, orientado por una perspectiva de derechos humanos. Este modelo se sostiene en un entramado normativo que incluye las leyes provinciales n.º 2440 (1991) y n.º 5349 (2018), y la Ley Nacional de Salud Mental n.º 26.657 (2010), que consagran principios de desmanicomialización, inclusión social y atención integral en territorio.
El hospital
El hospital Dr. Adolfo Feintuch está ubicado en el departamento 9 de Julio, en el centro de la provincia de Río Negro. Es uno de los cinco hospitales de la V Zona Sanitaria, denominada Línea Sur, siendo de dependencia provincial. Específicamente, se ubica en la localidad de Sierra Colorada, ubicada a 490 kilómetros de Viedma y a 390 kilómetros de San Carlos de Bariloche. El hospital lleva el nombre del Dr. Adolfo Feintuch, el primer médico que atendió el nosocomio cuando se fundó, el 11 de septiembre de 1948. Durante los primeros años, se formaron las primeras enfermeras empíricas, mujeres que fueron parte sustancial en la asistencia de la comunidad.
De acuerdo con el Reglamento Área Programa (1986), el hospital presenta un nivel de complejidad III, brinda servicios que incluyen consultas médicas generales, vacunación y educación sanitaria. En este nivel, los centros de salud y los hospitales de área programa ofrecen servicios de salud mental, incluyendo consultas ambulatorias y actividades comunitarias. Este nivel se considera operativo en áreas rurales con malas vías de comunicación, por la necesidad de contar con servicios de internación que puedan solucionar un gran porcentaje de patologías comunes, incluidos los padecimientos mentales en una situación de crisis si fuera necesario.
La estructura edilicia no tuvo grandes modificaciones estructurales a lo largo del tiempo, pero sí ampliaciones y reordenamientos de algunos sectores, como el vacunatorio y el consultorio de kinesiología. Las salas de internación fueron reacondicionadas en el 2021, luego de la pandemia por COVID-19, aunque se conserva el mismo número de camas: cuatro en sala de hombres, tres en sala de mujeres y una única cama en sala individual.
En casos en que se requiera de intervenciones de mayor complejidad que las que puede ofrecer el hospital, se asegura el traslado al hospital de cabecera Rogelio Cortizo, ubicado a 280 kilómetros, en la localidad de Ingeniero Jacobacci. En su defecto, si la red de derivación presenta obstáculos, los traslados se realizan al hospital Francisco López Lima, ubicado en Fiske Menuco-General Roca a 280 kilómetros. Una de las características más representativas de vivir en la Línea Sur es que lo inhóspito de su geografía convoca a vínculos más cercanos entre sus habitantes, la solidaridad y los efectos-afectos humanos se materializan en encuentros genuinos, donde la pausa y la lejanía del “ruido” de las grandes urbes permiten escuchar y pensar a las personas desde su singularidad.
Según el último censo, el departamento 9 de Julio cuenta con 3719 habitantes (INDEC, 2022), de los cuales corresponden a Sierra Colorada un total de 2000 habitantes aproximadamente, distribuidos en zona urbana y rural. Con los datos relevados de los agentes sanitarios, se puede concluir que 1976 son habitantes de la zona urbana, y el resto de ellos está disperso en zona rural. Las características étnicas de la población son diversas, incluyendo descendientes de árabes y de pueblos originarios (mapuches). Dentro de las actividades productivas de la región, se destaca la ganadería de ovinos, el trabajo en la administración pública (salud, educación, municipio), changas y emprendimientos sociolaborales como la cooperativa de artesanías mapuches.
La salud mental en el hospital
El servicio de Salud Mental Comunitaria se inauguró en el año 2005, bajo la responsabilidad de la licenciada en Psicología Dionisia Lausada, única trabajadora del servicio durante los primeros seis años. La vacante para su incorporación al equipo de salud fue gestionada en respuesta a varios intentos de suicidio que se cometieron en una localidad vecina a 45 kilómetros. En este sentido, la incorporación de una psicóloga al equipo de salud buscaba crear el servicio de Salud Mental Comunitaria para llevar a cabo todas las actividades que comprende el programa provincial, incluyendo visitas domiciliarias, actividades grupales, atención en crisis, entre otras.
Llevar a cabo esa diversidad de actividades en soledad era poco viable. Por ello se involucraron otros agentes de salud como enfermeros, agentes sanitarios, médicos, trabajadora social y otras personas del equipo de salud hospitalario que hicieron lugar a las prácticas desmanicomializadoras. Como toda práctica interdisciplinaria, requirió de un proceso de revisión permanente, sostener debates y revisar modos de pensar para transformar el modelo de atención hegemónico. De a poco iba tomando forma este tipo de trabajo, como acción cooperativa de los sujetos (Stolkiner, 2005).
Sin embargo, esta no fue la primera experiencia en salud mental. Con anterioridad, la localidad había recibido atención en salud mental por parte de los “equipos móviles multipropósitos de intervención a distancia”. Dichos equipos, tradicionalmente denominados “patrullas”, constituyeron una estrategia valiosa para sostener actividades de asistencia y acompañamiento de las personas con padecimientos mentales, lo que posibilita el acercamiento del sistema sanitario a aquellos contextos en los que se carece de tales recursos específicos (Ministerio de Salud, provincia de Río Negro, 2025). Esta modalidad tuvo algunos cambios en los treinta años de historia del modelo rionegrino, y actualmente funciona como se describe a continuación. El equipo de salud local recibe al personal médico especialista en salud mental comunitaria o psiquiatra, que concurre desde alguna de las localidades vecinas con hospital de mayor complejidad. Estos profesionales se suman a las actividades programadas de los equipos locales, como, por ejemplo, atención o visita domiciliaria, atención en consultorios, reuniones interinstitucionales, revisión de estrategias terapéuticas y capacitación del personal médico. Estas son algunas de las actividades destacadas de la “patrulla”, que es otro modo de definir el acompañamiento y la asistencia de las personas con padecimientos mentales y sobre todo a los equipos de salud en territorio. La frecuencia de esta modalidad debería ser por lo menos trimestral, pero, sin embargo, la demanda en otras zonas sanitarias hace que la frecuencia posible sea más espaciada (Lausada, Baffo, 2016).
En 2010, luego del reconocimiento del Hospital Área Programa como institución asociada a la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue (ordenanza 0352/03), se dio la apertura de la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental Comunitaria (RISaMC). En ese momento desde el programa provincial se evaluó que existían las condiciones para que el hospital fuera sede de esa formación de posgrado. Así, la RISaMC se constituyó en un espacio privilegiado para la transmisión de los principios del modelo rionegrino. La formación de especialistas a partir de la capacitación en servicio permitió y permite el aprendizaje de contenidos y competencias que hacen al modelo de trabajo interdisciplinario y comunitario (Ministerio de Salud, provincia de Río Negro, 2025).
A lo largo de los años, se trabajó con diversos dispositivos, entre ellos los grupales, orientados a personas con problemas de consumo de alcohol y sus familiares, talleres de cocina, emprendimientos sociolaborales, y otras actividades diseñadas con el fin de la inclusión social de las personas con padecimientos mentales. Fueron largos años en que la práctica también se acompañó de la construcción de sentidos, dado que muchas veces fue necesario explicar el rol de un profesional de la psicología haciendo con la comunidad y siendo comunidad. En el recorrido hacia los barrios, surgen los encuentros callejeros y se trazan las coordenadas de una consulta que puede derivar en un turno por consultorio, una visita domiciliaria o inclusive la invitación a algún evento comunitario como una feria. Todas acciones posibles dentro del campo de la salud mental que busca “ganar referencias sociales” y trabajar la “identidad comunitaria” como hacedores de salud mental (Schiappa Pietra, 2008).
Hacia el año 2019, se incorporó el primer operador en salud mental, una figura reconocida dentro del modelo rionegrino, caracterizada por el conocimiento de su comunidad y los aportes a las estrategias terapéuticas. Su incorporación trajo desafíos, dado que fue necesario construir su rol dentro de la institución hospitalaria y explicar muchas veces esa inespecificidad que acarreamos en el campo de lo comunitario. También tuvimos que enfrentar la confusión que se genera con respecto a la figura del acompañante terapéutico, el operador socioespiritual u otros actores del ámbito comunitario. Para el Programa de Salud Mental Comunitaria (PSMC), el operador en salud mental comunitaria surge en los inicios del proceso de desmanicomialización y brinda un nivel de cuidado promocional-social que puede complementarse con otros cuidados.
En la actualidad, el servicio cuenta con dos trabajadores de planta permanente: operador en Salud Mental y psicóloga. Ambos tienen una dedicación de 44 horas semanales, y llevan a cabo la función de supervisar y acompañar a dos residentes de 3.º y 2.º año de la RISaMC. Algunos de los espacios que actualmente se sostienen desde el equipo de Salud Mental son taller semanal de usuarios, taller de cocina, caminatas saludables, acompañamiento en cuidados personalizados, gestión de trámites, salidas rurales, atención en crisis, atención domiciliaria, reuniones intersectoriales y actividad física integrada.
Además, según la referencia del calendario, se acompañan procesos comunitarios que son parte de la organización sociocultural de la comunidad, como la “semana del estudiante”, con un dispositivo que fue pensado con los aportes de los jóvenes y en respuesta a intoxicaciones leves por la ingesta de sustancias psicoactivas. Así, se creó el espacio denominado “Punto de Rescate” durante las noches de fiesta, que es una intervención que nos llevó a pensar las adolescencias y la nocturnidad y el modo de acercarnos como equipo de salud a este grupo etario, donde transitan durante las seis noches de fiesta unos cien estudiantes de entre 13 y 18 años. Por supuesto, dicha actividad, como otras que fueron mencionadas, no la desarrollan solamente las cuatro personas del equipo de Salud Mental, sino que se involucra a los 48 trabajadores del hospital local, sumando la participación de cada uno de los servicios y sectores del hospital.
Como en la mayoría de los hospitales de baja complejidad, las guardias médicas son pasivas, y se activan con el llamado telefónico del personal de enfermería que se encuentra veinticuatro horas los 365 días del año. Esto impone la necesidad de una comunicación muy precisa, para que el profesional médico comprenda el tipo de demanda y pueda decidir a su vez si activar o no la guardia de Salud Mental. Una vez que se realiza el llamado, hay un tiempo normado para llegar a realizar la asistencia, que es de veinte minutos. Este tipo de guardias requiere de un flujograma de atención efectivo y de la coordinación del equipo interdisciplinario conformado para decidir la estrategia de atención en la situación de crisis.
Sobre el rol del efector de Salud Mental, José “Pepe” Schiappa Pietra (2008) explica que el miembro de pasiva convocado a una guardia debe integrar todos los saberes intervinientes, entonces se incluye lo que sabe el sufriente sobre su propio padecimiento, los aportes de sus familiares, referentes comunitarios e inclusive el diálogo entre los distintos profesionales presentes, con el objetivo de orientar estrategias que conduzcan a la reinserción social. Algunas intervenciones inmediatas, como las intervenciones psicofarmacológicas, pueden considerarse como intermedias en la estrategia de reinserción social. Por otro lado, la atención de problemáticas complejas involucra varias acciones coordinadas entre los integrantes del equipo de salud, apelando a la interdisciplina (Stolkiner, 1987).
Internación por Salud Mental en el hospital
Las internaciones en Salud Mental en nuestro hospital se realizan desde el surgimiento del servicio. Tanto la guardia pasiva como el recurso de la internación han dado respuesta, no solo a las necesidades locales, sino también a las de otros hospitales de la zona sanitaria que, en muchos casos, no contaban con servicio de salud mental ni con la infraestructura adecuada. En los primeros años, se hizo evidente la necesidad de diferenciar entre las intervenciones que requerían las personas con padecimientos mentales durante la internación y aquellas correspondientes a internaciones por razones médicas. Esta diferencia implicó revisar las condiciones de cuidado, los permisos, los tiempos y los vínculos, con el objetivo de garantizar una atención integral sin recurrir a prácticas restrictivas ni expulsivas.
Las internaciones se realizan en salas generales, asignando una cama por habitación para las personas internadas por motivos de salud mental. También se cuenta con una habitación individual, que suele utilizarse en casos de internaciones de adolescentes. Cada sala posee un baño amplio de uso común, y existe un único baño con ducha, compartido con el personal hospitalario. Estas habitaciones se ubican en un sector cercano a la cocina. Durante la internación, las personas pueden acceder a otros espacios, como la huerta hospitalaria y un área de estar contigua a un horno de barro, que se aprovecha especialmente cuando el clima lo permite. La organización cotidiana está a cargo del equipo de Enfermería, con la inclusión de un operador en Salud Mental. Para todas las salas, se designa entre uno y dos enfermeros, según la disponibilidad de recurso humano.
El equipo de Salud Mental ingresa a las salas a las 8:00 horas, coincidiendo con el momento del desayuno. Ese primer intercambio del día permite una evaluación cotidiana de la evolución de cada persona, así como la organización de actividades. Estas pueden incluir propuestas grupales dentro o fuera del hospital, salidas con acompañamiento para realizar trámites o tareas laborales, entre otras acciones. Estas prácticas, orientadas a favorecer la autonomía incluso durante el periodo de internación, han generado en ocasiones resistencias por parte de algunos sectores del equipo de salud o de la comunidad.
Como señala Schiappa Pietra (2008), la internación es un momento del tratamiento y no el tratamiento en sí, por lo que todas las intervenciones durante este periodo están orientadas a la reinserción social. En este marco, se combinan abordajes psicofarmacológicos con entrevistas individuales y actividades grupales, según las características de cada caso. Además, se articula con el área de medicina general y, cuando es necesario, con otras especialidades médicas para abordar comorbilidades físicas.
Preferentemente, se solicita que las personas internadas estén acompañadas por familiares o personas significativas. Las salidas también forman parte del proceso de internación. Se habilitan cuando las condiciones lo permiten, y pueden tener como destino el hogar y su acondicionamiento, la realización de una actividad laboral o recreativa, o trámites personales, siempre con evaluación y acompañamiento del equipo.
En cuanto a la articulación institucional, se destaca el vínculo sostenido con el municipio, especialmente con las áreas de Desarrollo Humano y Articulación Solidaria. Esta relación permite gestionar recursos materiales básicos: alimentos, calefacción, colchones, traslados y acompañamiento en otras gestiones como el acceso a subsidios.
En los casos de internación involuntaria (que han sido muy poco frecuentes, y ninguna ha superado los seis meses), se articula con el Poder Judicial y con el Órgano de Revisión. Estas instituciones intervienen para garantizar el cumplimiento de derechos, recibir notificaciones, evaluar la pertinencia de la internación y realizar el seguimiento de los casos. Esta articulación ha permitido, en algunos casos, revisar prácticas institucionales y fortalecer las condiciones de cuidado. Las instituciones antes mencionadas se encuentran a más de trescientos kilómetros, y la comunicación es vía telefónica y, en algunos casos, con citación en el juzgado de paz local.
Durante el año 2024, se registraron cuatro internaciones, con un promedio de cinco días de duración. La mayoría correspondió a varones mayores de 40 años, cuyas internaciones estuvieron vinculadas a descompensaciones asociadas al consumo de sustancias psicoactivas, como estrategia para atravesar el malestar físico y emocional del periodo de abstinencia.
Uno de los obstáculos durante la internación es la insuficiente cantidad de recurso humano –es importante recordar que el equipo trabaja en todas las acciones de salud mental comunitaria, y no solo en la internación–, lo que genera tensiones en la atención cotidiana de las personas internadas. Esta limitación afecta la calidad del acompañamiento, especialmente en horarios de menor disponibilidad de personal, y dificulta sostener intervenciones continuas y personalizadas. La infraestructura, a pesar de los mantenimientos realizados, continúa siendo deficiente para las necesidades del dispositivo. Las salas generales y los espacios comunes limitados dificultan garantizar la privacidad, la seguridad y una circulación adecuada para las personas internadas.
Cuidar sin desarraigar
Queupu Niyeu en mapuzungun, lengua originaria mapuche, significa ‘lugar de piedra’. Le dio el nombre al paraje ubicado a 55 kilómetros de Sierra Colorada, un asentamiento que, entrados los años noventa, contaba con cien habitantes y, en la pandemia por COVID-19, contaba con diez, que pocas veces visitaban la zona urbana. Clemente era uno de esos pocos habitantes que solo llegaba al pueblo para cobrar la jubilación que había conseguido a sus 68 años, peón rural de oficio y de vocación con sentimiento y corazón.
La sequía en la estepa patagónica rionegrina lo había despojado de las pocas ovejas que le quedaban, heredadas de su familia, pero él no se resignaba a dejar el lugar que le había dado sentido a su vida. Durante las rondas rurales que se realizaban desde el hospital, se lo observaba con buen estado de salud, con ciertos “achaques” esperables a su edad, con buena tolerancia a los fríos patagónicos, que, según decía, él casi no sentía, como si tuviese un termostato singular y algo fallado para el resto.
Las distancias en las zonas rurales se miden en leguas en ubicación de este a oeste, y una legua era lo que lo separaba –o bien lo aproximaba– del vecino Prudencio. Por eso sus visitas eran semanales o quincenales, según la época de esquila o la actividad de juntada de animales.
Un mediodía caluroso, Clemente apareció en la casa de Prudencio hablando “incoherencias”, asustado porque los chilenos venían a buscarlo. Según le dijo a su vecino, se lo habían avisado por la radio provincial (la misma que avisaba diariamente a cada hora en punto los avisos al poblador rural) y por eso estaba seguro de que ese día lo vendrían a buscar.
Algo incoherente alertó a Prudencio… Ambos escuchaban la misma radio, y ese día durante la emisión no habían dicho nada sobre matar a nadie. No había amenazas que pudiera reconocer… Prudencio se preguntó: ¿se habría vuelto loco Clemente? Decidió darle la tranquilidad de que en su campo no ingresarían “esos chilenos”, y, aunque no fue fácil contenerlo, con mates y tortas fritas lo logró, hasta la llegada de su único hijo, a quien le pidió que diera aviso (mediante una señal a dos leguas) al hospital local. La comunicación transmitió lo necesario para entender que había que ir hasta el paraje para evaluar la situación, y emprendimos el viaje con un agente sanitario y el chofer.
Para el equipo de salud, la apertura a una escucha culturalmente sensible y situada sobre el malestar de Clemente implicó un tiempo que posibilitó que comprendiera que estábamos para cuidarlo. Esto fue posible por la confianza que depositó Clemente en el agente sanitario, quien, además de conocer a sus pacientes tanto como la estepa, supo que iba a acceder a trasladarse hasta la guardia del hospital.
La única sobrina de Clemente sabía que su tío había sido trasladado al hospital local y ese mismo día se acercó para conversar sobre su situación con el equipo de salud. Comentó que hacía unos días lo notaba preocupado, algo no lo dejaba descansar y le había alterado el sueño y su alimentación. Al respecto, ella había conjeturado que su estado podría ser efecto de la discusión con un vecino del campo aledaño por culpa del “Corbata”, su perro, que había lastimado a unos animales.
La sobrina no podía explicar la aparición de rastros en su campo, a los que hacía referencia Clemente como prueba de sus temores, y no pudo descartar que fuesen provocados por exploradores contratados por las mineras. Nosotros tampoco descartamos esta posibilidad y, en las salidas rurales, el equipo de salud visibilizó esto como una problemática en el paraje Quepu Niyeu.
La internación, para Clemente, implicó un abandono forzado de su campo, una ruptura de su cotidianidad y, en consecuencia, cierta desorganización subjetiva. A la expresión repetida del miedo de que los chilenos viniesen a matarlo, subyacía descuidar su territorio, su sentido de pertenencia. La internación fue breve, duró tres días. El tiempo suficiente para apagar las voces y reubicar la escucha en aquello que se había presentado como amenaza. Al tercer día de internación, previamente a la evaluación del alta hospitalaria, Clemente quiso acercarse al correo del pueblo para cobrar la jubilación. Lo acompañó su sobrina y, posteriormente, hicieron las compras mensuales para abastecerse.
Ajustar el dispositivo de internación a los pedidos de Clemente fue uno de los trabajos más simples del caso: vimos que la radio estuviera apagada hasta que sintiera que era momento de encenderla, encontrarse acompañado de su sobrina en las noches mientras dormía y volver a Quepu Niyeu, a pesar de las contradicciones que le generaba a su sobrina. Clemente eligió volver a su campo y seguir habitando su lugar.
La internación de Clemente en nuestro hospital hizo posible sostener e incluso fortalecer el lazo con su sobrina. La distancia a otras instituciones de salud hubiera sido un enorme obstáculo para ello. La necesidad de expresar un malestar anudado al territorio, ante la sospecha y el temor al despojo, además de presentarse como alteraciones sensoperceptivas, condujo al equipo de salud a pensar el territorio, la extensión de la ruralidad y sus conflictos.
Cierre
La internación como último recurso terapéutico se presenta como una medida de contención, un resguardo transitorio, preventivo, con miras a la reinserción social. Tal como se presenta en nuestro hospital, no es un dispositivo acabado ni homogéneo. Está atravesado por la historia del servicio, por los marcos legales que la orientan, por las tensiones entre los ideales de cuidado y las condiciones reales de trabajo, por la geografía del aislamiento, y por la manera singular en que el equipo decide habitar ese hacer en el campo de la salud mental. A veces pareciera que sostenemos lo insostenible y, sin embargo, lo hacemos: con la escucha, con las visitas, con la ternura profesional que nos permite cuidar cerca de casa.
El marco de la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 y de la Ley Provincial 2440 nos brinda el horizonte ético-político: el de garantizar derechos, evitar el encierro prolongado, promover la inclusión y pensar lo comunitario como eje. En el hacer cotidiano, esas leyes se traducen en decisiones concretas: como apagar una radio, permitir una visita, tramitar una internación en la sala de clínica general. El modelo rionegrino, pionero en desmanicomialización, se sostiene en esa tensión constante entre lo ideal y lo posible.
Referencias bibliográficas
Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) (2022). Censo nacional de población, hogares y viviendas 2022. INDEC.
Lausada, D. y Baffo, C. (2016). Singular y colectivo. Reflexiones sobre el trabajo en salud mental comunitaria en Sierra Colorada. En La Brancaleone. Teoría y práctica desmanicomializadora. Editorial Kuruf.
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Provincia de Río Negro, Ley Provincial 2440 (1991). De promoción sanitaria y social de las personas que padecen sufrimiento mental.
Provincia de Río Negro, Ley Provincial 5349 (2018). Regulación del Derecho a la Protección de la Salud Mental.
República Argentina (2010). Ley Nacional de Salud Mental (Ley n.º 26.657). Boletín Oficial de la República Argentina.
Schiappa Pietra, J. (2008). Desmanicomialización. Modo rionegrino de trabajo en salud mental. Fondo Editorial Rionegrino.
Stolkiner, A. (1987). De interdisciplinas e indisciplinas. En Elichiry, N. (Comp.). El niño y la escuela. Reflexiones desde lo obvio. Nueva Visión.
Stolkiner, A. (2005). Interdisciplina y Salud Mental. Conferencia presentada en las IX Jornadas Nacionales de Salud Mental. I Jornadas Provinciales de Psicología Salud Mental y Mundialización: Estrategias posibles en la Argentina de hoy, Posadas.






