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21 Historia contemporánea e identidad partidista en la prensa de la Ciudad de México, 1848-1853

Miguel Ángel Hernández Fuentes[1]

Resumen

En los periódicos de la Ciudad de México de mediados del siglo XIX era común la discusión sobre eventos del escenario internacional; las incidencias por las que pasaban las naciones eran consideradas como parte de un mismo proceso histórico universal. Esta lectura del tiempo presente se puede apreciar en una serie de editoriales publicados por el periódico El Siglo XIX (de tendencia liberal moderada) y por El Universal (órgano del partido conservador) con respecto a las revoluciones europeas de 1848. Tomando estos textos como objeto de estudio, en esta ponencia se propone realizar una revisión sobre el modo en que esos periódicos emprendieron, entre los años de 1848 y 1853, un debate sobre el sentido de dichos acontecimientos. Éstos se interpretaban desde la concepción moderna de la historia: como proceso unitario en el que participaban todas las naciones, que aglutinaba las realizaciones de los diversos campos de la actividad social, que estaba direccionado hacia el progreso, con mayor interés hacia la historia contemporánea que a la de otras épocas del pasado. Como veremos, los intereses políticos expresados en cada una de los periódicos, supo vincularse con este discurso historiográfico predominante en la época.

Texto

A lo largo del siglo XIX fue común que en el debate político en México se recurriera al uso de imágenes e interpretaciones del pasado para dar fundamento a las posturas de quienes participaban en él; tanto así que las concepciones de la historia que esgrimieron los principales partidos políticos no sólo resultan muy características de su discurso político, sino que forman parte de dos de las principales tendencias en la cultura histórica del país que incluso sobreviven en la actualidad. Así, por un lado, el discurso historiográfico del partido liberal se distingue por el rechazo al pasado colonial, un persistente anticlericalismo, la consagración de los insurgentes como padres fundadores de la patria y la insistencia en ofrecer pruebas de la vocación liberal mexicana en todas las épocas de la historia nacional. Por su parte, la versión conservadora de la historia se propuso rescatar lo mejor y más compatible de la tradición, es decir, la reivindicación de los elementos de orden del pasado novohispano; defendió al catolicismo; censuró fuertemente los excesos de los insurgentes y les negó el reconocimiento de fundadores de la nación para reservárselo a Agustín de Iturbide. A la larga, estos modos de interpretar el pasado mexicano nutrieron otros posicionamientos en la cultura histórica nacional de los siglos XIX y XX, a la vez que contribuyeron a delinear las respectivas identidades de quienes se adscribieron, por un lado, a las distintas formas de liberalismo (positivista, revolucionario, indigenista, nacionalista, etc.), y por otro a los varios tipos de conservadurismos o “derechas” con su evidente impronta hispanista y católica.

Para comprender de manera más completa las concepciones de lo histórico que ambas tendencias pronunciaron en su momento, así como el uso que le dieron en el debate político, resulta necesario emprender una lectura contextual de las realizaciones discursivas en las que tales concepciones aparecieron. Además, es pertinente observar la manera en la que tematizaron y le dieron el estatuto de “histórico” a diversos aspectos del devenir nacional e internacional. En esta ponencia se propone una revisión de un tema particular que estaba presente en el discurso historiográfico de liberales y conservadores, la noción de “historia contemporánea”, con la cual escritores de ambos bandos hacían referencia tanto al pasado inmediato como al mismo presente, ya se tratara de México o del orden internacional en su conjunto. De ese modo dotaban de sentido a los acontecimientos y a los procesos que cabían dentro de esa categoría; se trataba de un modo de historizarlos al establecer vínculos entre ellos y otros sucesos anteriores, y al proyectar sus consecuencias hacia el futuro. Esta noción, como se verá, se hallaba inserta en una concepción procesual y lineal de la historia que tuvo mucha fuerza en la cultura política decimonónica.

La noción de “historia contemporánea”

Si bien a mediados del siglo XIX se expresaba con cierta frecuencia en los círculos de letrados y en los periódicos mexicanos el deseo de establecer academias dedicadas al estudios sistemático de la historia –quienes expresaban tal demanda consideraban que el país se estaba quedando muy rezagado en el conocimiento de dicha materia– es la misma prensa periódica uno de los indicadores de que nos permite constatar que en ese momento existía una vigorosa cultura histórica entre los participantes en la producción de medios impresos, es decir, impresores y publicistas, así como entre los políticos de la época. En todos los periódicos aparecían con regularidad notas sobre eventos del pasado, notas “biográficas” e “históricas” elaboradas por escritores locales o reproducciones de la prensa extranjera. Más importante aún, el discurso político estaba permeado por referencias históricas de distinta índole y por el lenguaje temporalizado característico de la modernidad decimonónica. Por otra parte, el análisis, la crítica y el debate sobre la vida política se enunciaban, también con frecuencia, a partir de consideraciones de tipo historiográfico. Comparaciones entre la conducta de personajes de la actualidad con la de personajes del pasado; lectura del escenario político mexicano a la luz de experiencias registradas en otros lugares y épocas; y la idea de que las circunstancias presentes tenían que ser comprendidas y juzgadas a partir de los parámetros de una razón histórica que atravesaba las épocas y que guiaba a las naciones a través de la senda del progreso.

Por otra parte, la producción de textos políticos nos permite apreciar la convivencia de distintas concepciones sobre la historia y el conocimiento histórico. El autor anónimo de un texto publicado en 1849 con el título “Importancia de la historia. La historia en México” presentaba un panorama de la producción historiográfica registrada hasta el momento, señalando los huecos que quedaban, las tareas por cumplir y los objetivos por alcanzar en dicha materia. Para empezar, asentaba el hecho, ya observado por otros publicistas, de que el conocimiento histórico se había constituido a mediados del siglo XIX como una ciencia cuya utilidad resultaba cada vez más evidente, y que existían ciertas modalidades básicas para escribirla:

La historia en el presente siglo se nos presenta bajo muy diversas formas; los métodos y sistemas de escribirla se han multiplicado, y junto a una descarnada crónica se encuentra una historia filosófica, una historia pintoresca o descriptiva o aun una historia fatalista, pero todas ellas tienen un objeto, reconocen un fin primordial, y es enseñar a las futuras generaciones refiriéndolas de los hechos de las pasadas. (El Siglo XIX, “Importancia de la Historia”, Ciudad de México, 25/I/1849).

Con la noción de “historia filosófica” se hacía referencia a un tipo de relato en el que los vínculos y relaciones entre acontecimientos adquirían un sentido que era descubierto por la inteligencia, más allá de su apariencia caótica y desordenada, y que proyectaba un trayecto hacia el futuro. Nuestro autor consideraba que también este tipo de historia ofrecía enseñanzas y prescribía lecciones a los actores de la época, a la manera de la historia moral. Por otra parte, a lo largo del texto aparecen otras consideraciones que propias de la historia filosófica: las naciones se encuentran sujetas a leyes de las que no se pueden desprender, la marcha de la humanidad entera está dirigida hacia el progreso, y esta marcha requiere del concurso de los actores sociales y de las reformas institucionales.

La historia nos enseña también que la marcha constante del género humano exige una mejora gradual de las instituciones, una mejora que conduzca a los pueblos a la perfección social, pero que sin esto se quiera ir más allá de lo que exigen las tendencias de la época, ni menos retrogradar o permanecer estacionarios, pues lo primero es una tendencia exagerada y difícil, y lo segundo un intento vano, porque no hay poder sobre la tierra que pueda oponerse al transcurso de los siglos ni a los progresos de la civilización. (El Siglo XIX, “Importancia de la Historia”, Ciudad de México, 25/I/1849).

Este texto nos parece representativo de las tendencias más nítidas en materia de reflexión historiográfica, así como del uso del discurso historiográfico para los fines de la discusión política, que se presentaban en la cultura letrada mexicana a mediados del siglo XIX. Tales tendencias consisten en: coexistencia de la historia moral tradicional de carácter ejemplar con una historia filosófica (también llamada natural) regulada por leyes; persistencia de menciones providencialistas del devenir temporal que colocan el sentido de los acontecimientos fuera de la historia; y por otro lado, expresiones que dan cuenta de una concepción de la temporalidad inmanente a los sujetos históricos (naciones e individuos). Es decir, la historia guiada por un conjunto de leyes que están inscritas en su propia naturaleza y que se van desarrollando de manera cada vez más evidente. Énfasis en que las mejoras y el progreso sólo se alcanzarán mediante la acción decidida de los actores políticos y sociales (necesidad de intervenir en el proceso). En medio de esta convivencia de concepciones sobre el sentido de lo histórico aparece de manera constante la preocupación por asentar, conocer y discutir los hechos del pasado más próximo, tanto los registrados en el país como en otras naciones. La exposición y el análisis de los acontecimientos recientes, así como de procesos políticos y sociales que incluso estarían aun vigentes, frecuentemente eran denominados como “historia contemporánea”.

Con esta categoría se destacaba la continuidad de los sucesos recientes con procesos históricos de mayor duración. Aparecía de manera explícita en algunos textos como artículos de opinión o en los títulos de algunas secciones noticiosas. Cuando se presentaban reseñas de acontecimientos recientes, viéndolos en su conjunto, entonces el sintagma adquiría mayor sentido: pasar de la noticia aislada a establecer sus antecedentes y sus nexos causales implicaba, necesariamente, escribir una historia. “Los pueblos pueden sacar ejemplos de la historia de las demás naciones.”

Además, se puede apreciar que el convenir en que los hechos recientes debían conceptuarse como un tipo de historia obedecía a concepciones de fondo sobre la historia misma y sobre las relaciones del tiempo presente sobre el futuro. Como explica Guillermo Zermeño (2011) con respecto de su propuesta de definición de una concepción moderna de la historia para el caso del México independiente (ejercicio basado en las categorías de Koselleck), en las formas modernas de la historia “la dimensión sincrónica tendió a prevalecer sobre las diacronías del tiempo anterior”. Como es sabido, Koselleck señaló que en la modernidad la conciencia de temporalidad de los actores sociales tiende a considerar al presente como un tiempo nuevo, lleno de características inéditas y cualitativamente superiores a las del pasado. De tal manera, los individuos desconocen en el pasado la misma capacidad de enseñanza que se le tenía bajo otros conceptos de historia, como el tradicional o la historia moral, de capacidad de orientación para la toma de decisiones en el presente. Por tanto, señala Zermeño (2011), “La historia como un saber del pasado apropiado para ilustrar al presente se fusionó con el acontecer mismo, de modo tal que el futuro tendió a nutrirse del presente, más que del pasado distante” (p. 1738).

Así los expresaban ya algunos publicistas de la década de 1820 en México, quienes, atribuyendo un sentido de aceleración y de condensación de experiencias significativas a los años recientes, consideraban que “la primera cuarta parte del siglo XIX” era probablemente la “época más fecunda en acontecimientos extraordinarios y lecciones terribles para la posteridad” (citado en Zermeño, 2011, p. 1740). Forma de concebir al pasado inmediato que era compartida por publicistas de otras naciones. Así, en la conciencia de temporalidad moderna, que proyecta los vínculos del presente con el futuro en menoscabo del pasado más remoto, se levanta “el predominio del presente orientado hacia el futuro” (Zermeño, 2011, p. 1797). Ante la percepción de que se venían produciendo cambios e innovaciones sustantivas en la vida política y social, así como ante la generación de nuevas experiencias cuyo sentido resultaba difícil de interpretar, serían precisamente las experiencias más recientes las que tendrían mayor capacidad de transmitir enseñanzas a los contemporáneos, por el sólo hecho de que lo más inmediato guardaba mayor semejanza con el presente, e incluso con el futuro más próximo, sobre el cual se deberían tomar decisiones puntuales.

Dos elementos quedan pendientes para desarrollarse: la afirmación hecha por los autores de la época de que la historia contemporánea era posible gracias al ejercicio de la opinión pública; segundo, que esta forma de historia respondía a la necesidad de conocer las “tendencias de la época”, el “espíritu del siglo”. Conociendo el sentido que asumía la evolución general de las naciones, mediante una representación bien fundada de los acontecimientos contemporáneos, se tendría también conocimiento de la medida o el criterio para establecer qué era lo que se tenía que alcanzar o cumplir en materia de cambios políticos y sociales en México. Se trataría, a fin de cuentas, de un medio para lidiar con la incertidumbre que producen los eventos del tiempo presente, con la contingencia propia de ellos.

Un caso para analizar el sentido de la historia contemporánea: las revoluciones de 1848

Las discusiones sobre el sentido de las revoluciones de 1848 que sostuvieron liberales y conservadores a través de la prensa, tuvieron una evidente función instrumental en el contexto de la competencia entre partidos políticos. Por otra parte, los conservadores, a partir de lo publicado en su periódico El Universal, proponían abrir la discusión sobre la posibilidad de establecer una monarquía en México (Pani, 2012). Las referencias a las luchas en Europa servían para exaltar el sistema de gobierno político que cada uno de ellos defendía y para denostar al contrario, en la medida en que se quería mostrar que la civilizada Europa ya se había decidido por la democracia, como afirmaban los liberales, o por la reacción conservadora, como querían mostrar los recientemente denominados a sí mismos, conservadores mexicanos. En este sentido, el tema europeo también produjo interesantes reflexiones sobre la política moderna y la nueva temporalidad en las cuales se pueden observar coincidencias en el modo en que los autores pensaban estas cuestiones y de los criterios que utilizaban para conformar su análisis, independientemente de los compromisos ideológicos de sus respectivas publicaciones. Uno de los primeros aspectos en los que todos estaban de acuerdo, era que –en alguna medida y mediante mecanismos que aún no estaban del todo claros– el resultado de la revolución europea tendría influencia sobre el modo de concebir a la política en el mundo entero, como lo planteó el autor de un artículo de El Universal:

Los acontecimientos del viejo continente nos interesan por más de un motivo: esa tremenda revolución que hace más de año y medio tiene agitados y conmovidos a los pueblos de Europa, encierran grandes lecciones y grandes escarmientos que nosotros debemos aprovechar; y bien sea que la política triunfadora nos haya servir de norma para arreglar la nuestra como pretenden algunos, bien sea que para nada influyan en nuestros cálculos las modificaciones que resulten de la lucha actual, como quieren otros, lo cierto es que a nosotros nos interesa investigar qué principios triunfan, qué doctrinas prevalecen, porque de algo nos ha de valer esto para reconstruir nuestra sociedad debilitada, sobre cimientos sólidos y estables. (“Ojeada sobre la situación actual de Europa”, El Universal, Ciudad de México), 19/X/ 1849).

Los conservadores se oponían al argumento liberal de que el triunfo de la república en Francia debería tomarse como muestra incontrovertible de que era el sistema político destinado a imponerse en el tiempo presente de la humanidad. Para neutralizar esta interpretación de los acontecimientos, el autor del texto proponía una lectura a fondo del fenómeno en su conjunto, menos inmediata y acomodada a los intereses de los partidos, para que se pudiera profundizar en el conocimiento de sus causas y de sus mecanismos más profundos. De cualquier forma, el renombre y la autoridad de la política europea estaban fuera de toda discusión, y no estaba de más recordarlo, para así tomar conciencia de que la poderosa fascinación que ejercía sobre los actores políticos del país podía conducirlos a una imitación irreflexiva. En ese sentido se pronunciaba otra editorial de El Universal: “Hace mucho tiempo que la vieja Europa extiende su influencia sobre el resto del mundo. Siendo la parte más adelantada del globo por su cultura y civilización, ha hecho sentir a todas las demás el prestigio de su posición aventajada”.

Los periódicos liberales se declararon a favor del movimiento revolucionario no obstante, su recelo ante las demandas obreras, el socialismo y todos los aspectos de democracia social que tenía. El Siglo XIX fue la publicación liberal que expuso de manera más clara su apoyo a la revolución y además explicó sus motivos

(…) siempre hemos tenido simpatías por todas las revoluciones que han tendido a la libertad. Por eso hemos visto con profunda tristeza que abortaran la de España en 1820, las de Polonia e Italia, después de la francesa de 1830. Y hoy, que de nuevo han entrado los pueblos en esa obstinadísima lucha, hacemos votos al cielo por el triunfo de la causa de los húngaros, de los alemanes y de los italianos.[2]

Posteriormente, el periódico confirmó en varias ocasiones esta simpatía por las causas revolucionarias, no obstante que éstas se identificaran, al menos entre un sector de la opinión pública, con el desbordamiento de las pasiones humanas que llevaba a las sociedades a escenarios de desprecio por los valores sociales, destrucción de las instituciones y derramamiento de sangre. Si bien, los publicistas de El Siglo XIX no podían dejar de reconocer estos excesos, sostenían que las revoluciones expresaban las justas demandas de los pueblos por incrementar su libertad y los conducían a mejores condiciones de existencia. En ese sentido hacían notar que la Revolución Francesa de 1789 “está considerada generalmente por los hombres pensadores y liberales, como uno de los pasos más agigantados que han dado las naciones hacia la civilización y la libertad, o lo que es lo mismo, hacia la perfectibilidad social”.[3] En esta forma de caracterizar al evento revolucionario se aprecian los rasgos de la imagen construida en la modernidad decimonónica sobre sí misma: las naciones marchando por la senda de un proceso civilizatorio que las erradicará de todas las imperfecciones y problemas que había aquejado a las sociedades hasta entonces.

Las crisis temporales que producían las revoluciones no sólo se justificaban porque éstas expresaran las necesidades de los pueblos, sino que aceleraban el ritmo evolutivo general, como se había observado en el pasado: “A cada paso encontramos pruebas en la historia de esta verdad (…) pues estos grandes movimientos han cambiado enteramente el aspecto del mundo”. Siendo consecuentes con esta concepción del progreso universal y del papel de las revoluciones en él, los editorialistas del Siglo XIX no cesaron en su elogio de estos movimientos, siempre resaltando que se trataba del esfuerzo de los pueblos por vivir en libertad y que, por otra parte, los desastres que en ellos se registraban eran sólo pasajeros, así como los excesos de las posturas demagógicas, las cuales siempre tendían a moderarse después de su euforia inicial.

Esta valoración tan positiva de las revoluciones y su función en el cambio histórico estaba muy lejos del juicio que tenían los liberales sobre las reivindicaciones sociales de las revoluciones del año 48; como también lo estaba de su percepción sobre los sectores subalternos del país, cuya inclusión en los asuntos de la política nacional sería algo simplemente impensable.

Referencias

Koselleck, Reinhart (1993), Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós.

Palti, José Elías (1998), “Introducción”, en La política del disenso. La “polémica en torno al monarquismo” (México, 1848-1850)… y las aporías del liberalismo. Compilación e introducción de Elías José Palti. México: Fondo de Cultura Económica.

Pani, Erika (2012), “Entre la espada y la pared: el partido conservador (1848-1853)”, en Ávila y Salmerón (coords.), Partidos, facciones y otras calamidades. Debates y propuestas acerca de los partidos políticos en México, siglo XIX. México: Fondo de Cultura Económica.

Zermeño Padilla, Guillermo (2011), “Historia/Historia en Nueva España/México (1750-1850)”, en Historia Mexicana, LX:3, 2011, pp. 1733-1806.


  1. Universidad de Guanajuato, México. Email: hefm101@gmail.com.
  2. “Le Trait D’union”, El Siglo XIX, 12 de agosto de 1849.
  3. “La Libertad”, El Siglo XIX, 6 de agosto de 1849.


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