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1 La narración histórica y la pregunta por la identidad colectiva

Daniel Brauer[1]

Resumen

En el presente trabajo me propongo responder a la pregunta acerca del papel de los relatos históricos en la formación y transformación de las identidades colectivas. Al menos desde el siglo XVIII el eje primario de las narraciones históricas está constituido por el Estado-Nación y sus avatares. Pero desde su instauración como disciplina académica y su papel en la enseñanza escolar la descripción y explicación de los acontecimientos venía unida en forma más o menos implícita a una dimensión normativo-identitaria para la formación del ciudadano y su sentido de pertenencia. Se trata de dar cuenta aquí de las transformaciones internas de la historiografía en el marco externo de un mundo globalizado en el que los Estados Nacionales pierden una parte significativa de su soberanía y mostrar su contribución al debate en la esfera pública acerca del conflictivo proceso de redefinición del modo en que entendemos el pasado “propio”.

Texto

La relación entre historia e identidad colectiva es un tema complejo que presenta múltiples aspectos que deben aún ser dilucidados, puesto que tanto la palabra historia como la noción de identidad necesitan ser previamente aclaradas.

Es sabido que la palabra historia se refiere en idiomas como el español, francés o portugués tanto a lo que en inglés se denomina history como a story. Pero, en el caso de la primera acepción, ¿de qué acontecimientos se trata? Creo que es necesario distinguir un sentido primario con el que entendemos el objeto de los relatos históricos que suele darse por sobreentendido, de un uso más amplio del término. La historia siempre viene acompañada de un genitivo: “la historia de…”. El sentido primario a que me refiero tiene que ver con su objeto, en la modernidad ante todo el Estado-Nación y en menos medida en todo caso a un ente colectivo que puede ser “la ciudad-Estado”, la “civilización”, etc., pero ¿es la historia del arte o de la matemática en el siglo XVIII, o de la religión por ej. menos historia que la de Suecia o la de la Argentina? Y, por otra parte, ¿debe ser el Estado-Nación necesariamente el eje central para la reconstrucción de los acontecimientos significativos de la acción colectiva?

Lo cierto es que desde su instauración definitiva como un campo del saber secular en el ámbito académico en el siglo XVIII-XIX la historia como disciplina, así como la creación de archivos nacionales y su participación en la escuela como materia obligatoria, no sólo tenía por objetivo describir los avatares de las formación y transformación de los Estados Nacionales sino también participar de la misión de configurar los prototipos de ciudadanía y por lo tanto de los modelos de identificación con un país que se considera “propio” (junto con la bandera, el himno y la serie de rituales y conmemoraciones simbólicas).

No es necesario compartir el punto de vista del posmodernismo, del constructivismo social o del nuevo historicismo que ven a los Estados-Nación como meras “comunidades imaginadas” (Benedict Anderson, 1993) o el resultado de narraciones históricas consideradas canónicas para admitir por un lado, que en todo caso éstas constituyen una parte esencial del modo en que las naciones se entienden a sí mismas y que por el otro, el discurso histórico no puede separarse de un marco normativo en el que se inscribe y contribuye por otra parte a establecer.

Difícilmente un historiador actual considere que su campo de estudios contiene una función de legitimación del poder político o del establecimiento de las cartas de acreditación de la formación de las naciones, esto ha pasado a manos de la historia “vulgar” o en todo caso “escolar”. La historia académica se asume más bien de acuerdo al canon de imparcialidad y objetividad al menos desde el siglo XVIII como una disciplina autónoma y crítica frente a los mitos de origen y los intentos de manipulación ideológica del pasado por parte del poder político.

La escritura histórica se ha vuelto ahora más que nunca precisamente peligrosa para el poder y sus mecanismos de legitimación, en la medida en que cuestiona los relatos genealógicos así como las omisiones de las “historias oficiales”.

Con todo, como veremos, esta dimensión normativo-identitaria no puede separarse del todo, tanto de las expectativas del lector como del narrador mismo de un texto histórico particularmente en lo que se refiere a la historia reciente.

Si pasamos ahora al otro término mencionado al comienzo, la noción de “identidad” nos enfrentamos a un concepto también multívoco a pesar de tratarse de una noción clásica de la historia de la metafísica occidental. Si dejamos de lado el sentido categorial de la expresión, es decir la contraposición identidad/diferencia que sin duda resultará también relevante para lo que sigue, de lo que se trata aquí es ante todo de la cuestión de hasta qué punto puede utilizarse la expresión identidad ‒referida primariamente a individuos humanos o personas – a entes colectivos, organizaciones sociales o estatales‒ sin por ello abordar aquí más que marginalmente la compleja y extensa historia de la discusión filosófica y psicológica acerca de la identidad personal.

El concepto de identidad referido a personas se nos presenta como un término con significados opuestos, dado que se refiere por un lado, (1) a los criterios por los cuales podemos establecer la unidad y continuidad en el tiempo de un individuo, es decir aquello que caracteriza su ser singular, sin embargo por el otro, (2) desde el punto de vista social cuando se utiliza el concepto de identidad por ej. en relación a un documento de lo que se trata es más bien de tipificar esa singularidad y clasificarla como miembro de o una más clases. Saber por ej. de la persona en cuestión cuál es su nacionalidad, su género, su edad, etc.. A un inspector de un cruce fronterizo le interesa si un individuo pertenece al grupo de personas habilitadas para pasar. Aquí “identidad” está relacionada con “identificar” y con ser “idéntico con” otros de un mismo tipo.

Cuando hablamos en cambio de identidad personal estamos pensando en rasgos que caracterizan la vida anímica de los individuos a través del tiempo, algo que por cierto al aduanero no le concierne. Pero si tenemos en cuenta los usos de la expresión en el lenguaje cotidiano “identidad” es una noción que asociamos a aquello no solamente por lo que nos identifican los otros, sino también a aquello con lo que “nos identificamos”, o sea desde la perspectiva interna del sujeto. En este caso el término alude a una doble perspectiva: aquello en lo que nos reconocemos por lo que somos y fuimos pero también un aspecto normativo que tiene que ver con valores y normas mediante las cuales evaluamos nuestros episodios de vida.

Con la expresión “identidad colectiva” nos topamos con un término compuesto que es necesario precisar a pesar de su extensa difusión en la disciplina histórica y en las Ciencias Sociales. Del mismo modo que la expresión “conciencia colectiva” o “mentalidad colectiva” o “identidad política” puede entenderse de diversas maneras y a primera vista como una transposición analógica de competencias psicológicas y cognitivas propias de los individuos a entidades sociales entendidas como teniendo una existencia propia independiente de ellos. Como ha mostrado Lutz Niethammer el término surge en el período de entreguerras del siglo XX (Niethammer, 2000).

La expresión “identidad colectiva” a diferencia de conceptos como por ej. “inconsciente colectivo” (de Gustav Jung) o “memoria colectiva” (acuñada por Maurice Halbwachs) no proviene de una teoría particular aunque es utilizada por varias.

La noción de “identidad colectiva” puede entenderse como: un conjunto de creencias y objetivos compartidos por una comunidad de individuos, que contienen una serie de pautas y patrones de conducta social que ellos en forma deliberada o inconsciente hacen suya como tradiciones, costumbres, creencias religiosas, etc. en la medida en que forman parte de una institución histórica y culturalmente determinada. Otro aspecto decisivo de la noción es que forma parte del modo en que los individuos se entienden a sí mismos y el significado de sus acciones pasadas y futuras. Por último, la idea de “identidad colectiva” concierne a aquello con lo que los individuos mismos “se identifican”, ya sea porque se reconocen en su pertenencia o hacen suyos los valores implicados en ella.

La pregunta que intento responder a continuación –aunque de modo fragmentario y provisorio– es entonces: ¿cuál es el papel de los relatos históricos en la formación y transformación de las identidades colectivas? Aunque también a la inversa y en relación con ello resulta igualmente legítimo preguntarse acerca del papel de la “identidad colectiva” en la conformación del discurso histórico. La discusión reciente en torno al papel de la historia en la construcción de las naciones ha estado enfocada en el examen crítico de las “historias oficiales” y las posibles formas de manipulación de las imágenes del pasado, ya sea por su tergiversación o por la omisión de hechos decisivos. Tanto el historicismo, como la noción Nietzscheana-Foucaltiana de genealogía, del mismo modo que el narrativismo radical han contribuido a establecer una legítima mirada irónica o escéptica frente a todo intento de ofrecernos una versión “definitiva” o “imparcial” de la historia del presente. Más recientemente los trabajos de Lorenz en los que combina la historia conceptual con el constructivismo social han mostrado cómo conceptos tales como raza, etnicidad, clase, género e incluso religión operan como cuestionables criterios de identidades que en mayor o menor grado, excluyen y segregan a los que consideran diferentes (Lorenz, 2015).

Pero eso no debe hacernos pasar por alto que no solo no podemos prescindir de la búsqueda de conocimiento del pasado aún partiendo del hecho que todo relato histórico es provisorio y potencialmente controversial, sino que el aporte de las narraciones históricas resulta imprescindible para el debate contemporáneo acerca de la reconfiguración de las instituciones presentes y futuras y del mismo modo que lo es para la re-definición de identidades colectivas en un mundo en transición. En este sentido este trabajo debe entenderse como una rehabilitación de la función práctico-política de la historia particularmente en lo que se refiere a la historia contemporánea –aunque no por cierto como una serie de ejemplos a seguir o evitar o como una guía para la acción partidista.

La pregunta acerca de la identidad colectiva no consiste en una cuestión puramente metafísica acerca del modo de existencia de un “hecho social” en el lenguaje de Durkheim sino que concierne directamente a cuestiones políticas y jurídicas. Así por ej. ¿debe hacerse cargo la Alemania actual de su pasado nacional-socialista? ¿Francia del Régimen de Vichy? ¿Turquía del genocidio armenio? ¿La Argentina democrática de los desaparecidos? ¿Forma parte de la Ucrania actual su pasado soviético? ¿El pasado reciente de Cataluña es diferente del de España?

La respuesta a estas preguntas concierne no solo a la identidad política de un ente colectivo sino también a la responsabilidad jurídica, al llamado deber de memoria o a una deuda frente a un pasado que puede considerarse propio y no en última instancia a la responsabilidad frente a generaciones actuales y futuras.

Si la narración histórica tal como la entendemos en la acepción que he denominado primaria, tiene que ver en forma directa o indirecta con los avatares del Estado-Nación y con formas de organización social y política asociadas a él –y lo mismo sucede con la historia mundial o con las historias de guerras que tienen a los Estados como protagonistas– conviene que nos detengamos en esta expresión compuesta.

En efecto, si bien los orígenes de la noción de Estado y los de Nación son diferentes, en parte sus sentidos se han ido superponiendo y en parte resultan antagónicos, de modo que la expresión Estado-Nación indica aspectos complementarios pero también una serie de tensiones. En efecto, como es sabido, en la historia del pensamiento político ambos conceptos corresponden a corrientes de pensamiento contrapuestas, si bien los significados de ambos términos se confunden y varían geográfica e históricamente.

Por un lado, la palabra Estado designa ante todo estructuras gubernamentales y jurídicas que son el producto artificial de la voluntad racional de los individuos para establecer un poder legítimo de acuerdo a sus ideas de justicia. El concepto de Estado así concebido está en la base de las teorías contractualistas desde Hobbes a Rawls. Por el otro, la idea de Nación, que corresponde a una tradición conservadora, pone el énfasis en sus diversas versiones en el enraizamiento del individuo en las costumbres, el lenguaje, las tradiciones, el espacio geográfico local, en que se desarrolla su vida, la religión, etc. para no mencionar aquí nociones controversiales como la “raza” o el presunto origen común en un acontecimiento fundacional, pero que va más allá de los proyectos e intenciones de los individuos o que en todo caso se haría necesario restablecer. Este antagonismo –que presento aquí por cierto en forma muy simplificada a modo de los tipos ideales de Max Weber– sigue presente en las luchas políticas contemporáneas aún cuando se sirva de una nueva terminología.

Ahora bien, si el objeto primario de las narraciones históricas hasta hace relativamente pocos años ha sido del Estado-Nación, ¿de qué modo las narraciones históricas impactan sobre los protocolos identitarios con los que un pueblo se entiende a sí mismo y por lo tanto un individuo en tanto miembro del mismo?

Para responder a esta pregunta en la situación contemporánea es necesario tener en cuenta al menos cuatro factores convergentes que implican transformaciones importantes y que han tenido lugar en las últimas décadas.

A] En primer lugar, en el interior de la disciplina histórica misma y con esto me refiero al abandono principalmente de cuatro dogmas del canon historiográfico decimonónico: por un lado (1) del mencionado modelo del Estado-Nación como tema central de las narraciones históricas, por el otro (2) de la norma académica de “distancia histórica” (Salber Philipps 2013) como condición necesaria de un relato que pueda ser considerado “objetivo” y en concomitancia con esto del surgimiento de la “historia del presente” o contemporánea como un ámbito del saber legitimado y en tercer lugar, (3) del surgimiento de múltiples nuevos campos temáticos como por ej. la historia de las mujeres, la ecohistoria o historia ambiental, la historia conceptual y al mismo tiempo (4) el cambio en escalas tradicional tal como se manifiesta tanto en la microhistoria como en la historia global. La historia se presenta así coma una disciplina fragmentada en la que no hay una perspectiva privilegiada. Pero lo que estos diversos enfoques tienen en común es algo que ya se presentaba en la historia comparada, a saber, un descentramiento de un encuadre etnocéntrico y una visión transversal para la cual el propio punto de vista regional resulta relativizado.

B] El segundo factor importante para la comprensión de la incidencia de las nuevas formas de narrativa histórica en la identidad colectiva es el impacto en la disciplina histórica del llamado “memory boom” (Winters, 1995). La irrupción de un fenómeno cultural que abarca distintos campos del saber y que impacta en las políticas de la memoria que van desde la configuración del calendario a la fundación de museos, conmemoraciones y homenajes. Surgida en una primera fase en confrontación con el discurso impersonal del relato histórico tradicional el paradigma memoria ha pasado a integrarse como parte de una narración que incorpora la perspectiva en primera persona del protagonista y testigo. Más allá de la discusión acerca de la relación entre ambas, la historia redescubre en la memoria a la experiencia de los agentes y sus motivaciones, mientras que es precisamente en su puesta en contexto que el recuerdo individual se vuelve testimonio histórico. El “memory boom” y el surgimiento de la historia del presente deben considerarse más allá de su aparente oposición al comienzo como fenómenos concomitantes.

C] El tercer factor decisivo para responder a la pregunta planteada en el contexto contemporáneo tiene que ver con la situación histórica de la historia misma. Me refiero al complejo proceso de globalización y a la pérdida de hecho del poder de soberanía del Estado nacional en un mundo en el que la interdependencia de los mercados, política, militar y tecnológica es cada vez mayor. A esto se agrega a nivel externo el advenimiento de un mundo capitalista poscolonial y la caída del imperio soviético, una situación en el que numerosos países redefinen su pasado en busca de nuevas identidades y a nivel interno el fenómeno de la marginalización y desigualdad de amplios estratos de la población y de zonas del país, las migraciones, así como la recepción de refugiados, etc. A nivel internacional esto se ve reflejado en el surgimiento de organismos supranacionales tanto gubernamentales como civiles. El establecimiento de una red de comunicaciones y de información que hacen posible el acceso en tiempo real a lugares remotos del planeta.

En este contexto la historia ha dejado de ser local en varios sentidos. Ya lo había sido por la paradoja de que el formato “Estado-Nación” no era otra cosa que un producto importado en la mayoría de los países no-europeos o que emergieron luego de un período colonial a pesar de las reivindicaciones “nacionales”, del mismo modo que lo ha sido el inventario conceptual del canon de la narrativa histórica. Pero ha se ha producido en las últimas décadas un giro decisivo en esta situación, que se caracteriza por la mencionada fragmentación de la disciplina histórica que remite a perspectivas transversales más allá de las fronteras como se ve claramente por ej. con la historia de las mujeres, o la ejes temáticos como “el Mediterráneo”. A esto debe añadirse la emergencia de una opinión pública cada vez más globalizada cuya mirada se rige por estándares internacionales para la evaluación de transformaciones históricas locales. De hecho, el alto interés que despiertan por ej. los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y en particular el mal llamado “Holocausto” no se limita a la población de los países involucrados. Con el establecimiento de la historia contemporánea o del presente la perspectiva es la de la simultaneidad más que la de la localidad y esto se agudiza aún en el caso de la historia global como un género nuevo. A la globalización como etapa del capitalismo avanzado se une la globalización del saber y de los estándares para la evaluación de los acontecimientos. La emancipación femenina, la lucha por los Derechos Humanos, el Poscolonialismo, el multiculturalismo, el nacimiento de internet, el surgimiento acelerado de ONG, etc. no pueden estar ausentes del horizonte del historiador y atañen tanto a su objeto de estudio como a su modo de abordarlo.

D] Por último, cabe mencionar una serie de transformaciones tecnológicas que hacen posible una ampliación del horizonte de contemporaneidad del pasado y que nos permiten como nunca antes nuevas formas si bien indirectas de testimonio. Me refiero a lo que para usar el lenguaje de Benjamin podríamos llamar la “reproductibilidad técnica” de las imágenes y sus secuencias (Benjamin (1989)). En efecto, formamos parte de las primeras generaciones que tienen acceso a imágenes del pasado reciente y casi simultáneo a través de la fotografía, grabaciones, el cine, el video, etc. y los medios de comunicación masivos y personales, aunque hemos perdido ya la sorpresa que nos convierten en testigos de los testigos y protagonistas en el marco de una esfera pública planetaria.

Como hemos visto el término “identidad colectiva” es muy vago y debe ser precisado. “Identidad” designa aquí un modo de devenir temporal y a la vez un proceso en curso. Por un lado, se refiere a las ideas dominantes que definen la forma en que tanto las personas como una sociedad se entienden a sí mismas y las normas que rigen sus vidas. Por el otro, designa aspectos con los que las personas son identificadas por otras y también aspectos, ideales y fragmentos de la trayectoria de su pasado con los que voluntariamente “se identifican” a sí mismas como formando parte de un grupo que puede ser familiar, social, religioso, político, etc. con el que asocian un sentido de pertenencia.

El camino del yo al nosotros no es un pasaje del individuo autónomo a su inmersión en un mundo social sino que atañe a distintos estratos de autoadscripción y autocomprensión del sujeto en conformidad con roles sociales en el marco de instituciones y valores preestablecidos con ritmos de cambio y permanencia diferentes.

Si volvemos ahora a los componentes de la expresión Estado-Nación ambos términos corresponden no solamente a dos tradiciones políticas en tensión sino también a lo que podemos considerar dos formas complementarias de la libertad humana. La primera concierne al ejercicio de los derechos, la segunda a las formas de pertenencia vinculadas al lugar de origen, religión, etc. Ambos sentidos no se cubren aunque están indisolublemente vinculados y sus procesos de cambio obedecen a tiempos de diferente duración.

Ahora bien, en un mundo globalizado las nociones de Estado y Nación se encuentran en crisis y transformación. La primera porque el Estado ya no puede concebirse como un ente autárquico y aislado sino que depende cada vez más de procesos económicos, innovación tecnológica, medios de comunicación y procesos ecológicos a nivel mundial; al mismo tiempo que de organizaciones supra-gubernamentales y no-gubernamentales (ONG) que condicionan sus legislaciones. El concepto de Nación por otra parte, resulta cada vez más difícil de precisar en un contexto en que los criterios de territorialidad y etnicidad resultan cada vez más cuestionados en vista a emigraciones e inmigraciones masivas, refugiados de zonas marginadas, procesos de secularización, emancipación femenina, etc.

Por un lado, crisis, escepticismo y desorientación frente a un mundo que se vuelve menos familiar y pleno de incertidumbre, al mismo tiempo que resentimiento de amplias capas de la población que no se sienten “reconocidas” y que no encuentran su “lugar”, presentan un escenario propicio para los populismos e intentos de regresar a un imaginario territorio y tiempo inmaculados. Por el otro el intento de definir nuevas formas de cosmopolitismo o de un “patriotismo constitucional” (Habermas, 1981) frente a la reconfiguración de instituciones en un plano global. Es en este contexto que el discurso histórico adquiere una función práctica que va más allá de la curiosidad acerca del modo de vida de otras épocas, en la medida en que constituye una parte esencial del debate contemporáneo en una esfera pública globalizada en torno al sentido de las instituciones políticas al mostrar: (a) la relación entre las pretensiones de validez de los ideales y proyectos que encarnan y su puesta en realidad a lo largo del tiempo. El relevamiento histórico de las acciones colectivas en el tiempo (b) hace posible una revisión de los supuestos básicos de las formas de organización de la vida colectiva. Las narraciones históricas (c) forman parte así de procesos de reflexión retrospectiva que permiten situar y orientarnos en el presente en vista a expectativas y acciones futuras.

Referencias

Anderson, Benedict (1993), Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México: F. C. E.

Benjamin, Walter (1989), La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Discursos interrumpidos 1. Filosofía del arte y de la historia. Madrid: Taurus.

Habermas, Jürgen (1989), Identidades nacionales y posnacionales. Madrid: Tecnos.

Lorenz, Chris (2015), “Representaciones de la identidad, raza, clase, género y religión. Una introducción a la historia conceptual”, en Entre filosofía e historia. (2) Exploraciones en historiografía. Buenos Aires: Prometeo.

Niethammer, Lutz, (2000), Kollektive Identität. Heimliche Quellen einer unheimlichen Konjuktur. Hamburgo: Rowohlt.

Salber Philipps, Mark (2013), On Historical Distance. New Haven-London: Yale University Press.

Winter, Jay (1995), Sites of Memory, Sites of Mourning. The Great War in European Cultural History. Cambridge: Cambridge University Press.


  1. Universidad de Buenos Aires; Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas; Centro de Investigaciones Filosóficas.
    Email: danielbrauer@hotmail.com.


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