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2 Teoría de la globalización y filosofía de la historia

La idea de la identidad global

Johannes Rohbeck[1]

Resumen

En las teorías actuales de la globalización la historia ocupa un papel marginal. Esto no deja de ser sorprendente en tanto en cuanto “globalización” es en esencia un concepto histórico, puesto que se encarga de describir un proceso de la historia. Menos aún se habla de la filosofía de la historia a causa, sobre todo, de haber caído en descrédito. Mas si se analizan con detenimiento esas teorías, se comprobará que casi todas las argumentaciones operan, de manera más o menos explícita, con modelos de interpretación que son propios de la filosofía de la historia, conjeturando sobre si a la globalización le es inherente un “progreso” o, por el contrario, una “decadencia” de la civilización humana, tendencias que parecen poder reconocerse en el proceso de globalización. Además, la pregunta por el momento histórico a partir del cual se podría hablar ya de globalización, por lo “nuevo” en el estado actual de la globalidad que se ha alcanzado, así como los desarrollos que se han de esperar en el futuro, es imposible de responder sin una reflexión sobre la historia. Por último, el problema ético de la justicia global –que precisa medidas compensatorias para la reparación de daños históricos que se han ido causando– debe tomar en consideración el desarrollo de la historia hasta ahora acontecida. Estos temas dejan claro que el recurso a la historia con implicaciones específicas de la filosofía de la historia es imprescindible para resolver los problemas que resultan de la globalización.

Texto

Si se analiza el fenómeno de la globalización desde una perspectiva filosófica, hay que constatar, en primer lugar, que lo global siempre ha sido un tema del que se ha ocupado la filosofía. Pertenece a su tradición el buscar los conceptos y principios universales que podían reclamar validez para la humanidad en su conjunto. Desde la modernidad, los derechos humanos fundamentados filosóficamente tenían que valer de la misma manera para todos los habitantes de la Tierra. De un modo especial la filosofía de la historia que se fue constituyendo a partir de la Ilustración reclamaba para sí el derecho a una historia universal o historia del mundo en la que participan todos los pueblos y culturas. Esto se aplica también a las filosofías de la historia posteriores, aunque se fueran distanciando de la idea del progreso y la teleología; e incluso a la posición ya más tardía de la posthistoria, en la que se apreciaba un “final” de la historia en su conjunto. En el contexto del congreso se puede considerar la globalización como una tendencia hacia una identidad global.

En las teorías actuales de la globalización la historia no se tematiza más que en raras ocasiones. Menos aún se habla de la filosofía de la historia a causa, sobre todo, de haber caído en descrédito. Mas si se analizan con detenimiento esas teorías, se comprobará que casi todas las argumentaciones operan, de manera más o menos explícita, con modelos de interpretación que son propios de la filosofía de la historia, conjeturando sobre si a la globalización le es inherente un “progreso” o, por el contrario, una “decadencia” de la civilización humana, tendencias que parecen poder reconocerse en el proceso de globalización. Además, la pregunta por el momento histórico a partir del cual se podría hablar ya de globalización, por lo “nuevo” en el estado actual de la globalidad que se ha alcanzado, así como los desarrollos que se han de esperar en el futuro, es imposible de responder sin una reflexión sobre la historia.

Con esta perspectiva histórica global se transforma de nuevo la imagen de la historia. En las teorías tradicionales de la historia se le daba prioridad al tiempo histórico, del cual investigaban sus conceptos y estructuras. Se equiparaba la historia con la “temporalización”. Con este fin, se han realizado investigaciones sobre los tiempos históricos, con sus continuidades y rupturas, además de los tiempos cambiantes como estancamiento y aceleración. En el contexto de la globalización van adquiriendo una importancia creciente los espacios históricos, de tal manera que la historia no solo se “temporaliza”, sino que también se “espacializa”. Analizando cómo se han ido creando con el paso del tiempo diferentes espacios económicos, políticos, sociales y culturales, aparece la historia como una configuración espacio-temporal.

Si se analiza más de cerca el contenido de las tendencias de la globalización, surge la pregunta por las fuerzas motrices esenciales y cómo se relacionan entre sí. Según la interpretación materialista de la historia, son especialmente determinantes los factores económicos, técnicos y políticos. La variante idealista, por su parte, da primacía a los factores culturales y comunicativos. Asimismo, se cuestiona si son actores individuales o, más bien, colectivos los que desempeñan el papel principal. Finalmente, si se presupone la globalización como una formación histórica, surge la pregunta contraria, a saber: qué consecuencias tiene este proceso sobre la situación social, política y cultural de mujeres y hombres. Junto a la crisis ecológica, la pobreza a escala mundial es el problema más grave. Y con ello llegamos a la cuestión ética de la justicia global.

Mi tesis es que la ética de la globalización necesita de una reflexión propia de la historiografía y de la filosofía de la historia. Puesto que no cabe duda que las catástrofes climáticas y la pobreza global, que en parte guardan relación entre ellas, la han “provocado” los hombres. De ahí hay que extraer una consecuencia ética: que los daños provocados han de ser reparados con medidas compensatorias. El debate actual sobre estas medidas muestra el papel central que en él desempeña la vinculación a la historia. Aquellos que por lo general no aceptan un deber de los países industrializados para con los países pobres, consideran que el contexto histórico es irrelevante. Pero también aquellos que son conscientes de la obligación de ayudar que tienen los países ricos fundamentan este deber de auxilio sin recurrir a la historia. Sin embargo, una responsabilidad de largo alcance sobre este asunto, que incluya una compensación de las consecuencias de un comportamiento dañino, solo se puede fundamentar recurriendo a la historia hasta ahora acontecida. De ahí que yo llame a este tipo de deber “responsabilidad histórica”. De aquí se sigue que, una vez más, el recurso a la historia con implicaciones específicas de la filosofía de la historia es imprescindible para resolver los problemas que resultan de la globalización.

Globalización e historia

La globalización y la filosofía están relacionadas en tanto en cuanto la filosofía hace uso ya desde sus orígenes de la perspectiva global. Fue especialmente en el siglo XVII cuando la filosofía, con sus diferentes sistemas metafísicos, se centraba en el mundo en su totalidad. Mientras en la cosmología se mesuraba la totalidad del universo, en la filosofía política se fundamentaba un derecho natural de validez universal. En la teoría general del conocimiento se creía estar en posesión de la verdad universal. También en el siglo XVIII estaba extendida la perspectiva global, acompañada de una cosmología que tendía al materialismo, y una antropología que se iba haciendo cada vez más relevante, llegando incluso a determinar ciertas características aplicables a todos los hombres. A estas disciplinas hay que sumarles una nueva: la filosofía de la historia, que desde un principio fue concebida como la historia del género humano. En este sentido, se puede observar que la filosofía ha contribuido con su pretensión de universalidad al surgimiento de la idea de globalización. (Figuera, 2004, p. 9; cfr. Negt, 2001, pp. 42 y ss.; Toulmin, 1994, p. 281).

Con todo, es necesario hacer distinciones más precisas, ya que con la filosofía de la historia que se constituyó allá por las medianías del siglo XVIII surge un paradigma completamente nuevo. Como consecuencia de la historización del hombre y de su mundo también lo global se concibió como un proceso histórico que comenzó en el pasado, continúa en el presente y del que se puede esperar que también prosiga en el futuro, si bien su final queda abierto. La unidad o identidad de la humanidad ya no se presuponía de manera abstracta, sino que se entendía como un desarrollo de la interacción creciente entre los diferentes pueblos y culturas. Y en la medida que, del mismo modo que se descubrieron culturas lejanas, se reconocieron en líneas generales la diversidad de culturas del mundo que interactúan las unas con las otras. En definitiva, si globalización es en esencia un concepto histórico, la filosofía de la historia representa el primer desarrollo teórico de la globalización.

En esta tradición se encontraba también Hegel, quien solo reconocía la historia como “filosófica” cuando era concebida como “historia del mundo” (Hegel, Vol. 12, p. 14). Dado que, en última instancia, Hegel omite el tiempo en su modelo de desarrollo, es el espacio geográfico el que adquiere la mayor relevancia. Los presupuestos empíricos se orientan principalmente a países y continentes, como la división en un “mundo” oriental, griego, romano y germánico. Al igual que Raynal y Diderot (Raynal / Diderot, 1988), Hegel leyó el “espíritu del mundo” como si caminase por lugares y épocas, y asignó una posición de liderazgo a los pueblos correspondientes, de manera que la “antorcha del progreso” se iba pasando de una nación a otra en el transcurso de los ascensos y decadencias que iban atravesando cada una de ellas. Sin embargo, mientras que los representantes de la ilustración hacia el final del siglo XVIII ya tenían la mirada puesta en Norteamérica como la nueva cima, Hegel, a pesar de tener un presentimiento similar, se aferraba a la supremacía de Europa.

La idea de una historia universal ha adquirido una actualidad inesperada gracias a la tendencia contemporánea de la globalización. Del mismo modo que el campo de acción de los seres humanos se ensancha y se vuelve cada vez más amplio, la idea de “un mundo”, de la identidad global y de la historia universal ha ido tomando una forma concreta; de ahí que esté a punto de convertirse en una realidad histórica.

Ante este estado de cosas no faltan voces escépticas que, por razones crítico-ideológicas, ponen bajo sospecha el concepto de globalización, pues parece rehabilitar la antigua filosofía de la historia y, por consiguiente, el “espíritu del mundo” hegeliano – una filosofía de la historia a la cual se le han formulado conocidos reproches: que no es más que una historia salvífica secularizada; que opera con presupuestos metafísicos dudosos; que no ha sido demostrada científicamente o que va difundiendo un universalismo, un eurocentrismo y una creencia en el progreso que son inadmisibles (Brauer, 2012, p. 19 y ss.). De este modo se entiende también el argumento para distinguir terminológicamente entre “historia universal” e “historia global”: mientras que la antigua filosofía de la historia del mundo era considerada teleológica y determinista, el concepto de historia global ofrece la oportunidad de ocuparse de un proceso tan complejo como el de la globalización de una manera empírica y diferenciada (Belvedresi, 2012, pp. 63 y ss.; Acha, 2012, pp. 31 y ss.). Dado que yo no comparto ninguno de estos prejuicios que acabo de mencionar, como puse de manifiesto en un breve bosquejo (cfr. Rohbeck 2000, p. 25), considero preferible (también Roldán, 2012, pp. 83 y s.; D’Aprile, 2012, p. 123) analizar el proceso de la globalización partiendo de la filosofía “clásica” de la historia, desde la Ilustración europea hasta Marx.

La globalización como proceso histórico

Si se concibe la globalización como un proceso histórico, surge primeramente la pregunta sobre su inicio y sus transformaciones. Formulado de otro modo: ¿qué es lo realmente nuevo en la globalización? De la respuesta a esta pregunta dependerá qué es lo que hay que entender por globalización. Aquí se muestra que a la caracterización de la globalización le es esencial la perspectiva histórica. Y si se trata de las categorías aplicadas, la filosofía de la historia también puede sernos aquí útil, ya que es capaz de analizar los modelos de interpretación más o menos explícitos en los discursos sobre la globalización.

Las respuestas a la pregunta “¿Qué es nuevo?” son de lo más diversas: desde la negación radical hasta la afirmación enfática. A grandes rasgos se pueden distinguir tres posiciones.

La primera posición niega lo novedoso de la globalización, afirmando que lo que se describe con este concepto se desarrolló hace ya largo tiempo. De aquí se desprende que los imperios de carácter global, los mercados y el comercio internacional han existido desde la Antigüedad y la Edad Media. Mas asumiendo que la globalización es, en el fondo, un fenómeno atemporal, sin historia, se sigue que su existencia no es en modo alguno la de una formación histórica específica. Si esto fuera realmente así, del concepto de globalización no quedaría más que una expresión de moda, una mera ideología o un mito moderno (Jameson, 1998, p. 55; Hirst, 2005, p. 98; Groß, 2007, p. 11).

La segunda posición concede al proceso de la globalización el haber producido algo nuevo. Sin embargo, lo innovador consistiría únicamente en un crecimiento cuantitativo, esto es, en una condensación gradual de interdependencias económicas y comunicativas. Con la transición del mercado al espacio global, el capitalismo alcanza su último y más alto estadio. En este caso sí que tiene lugar la historia, pero solo como un continuo homogéneo. Y puesto que la historia ya no produce nada nuevo, lo que se avecina es un supuesto “final de la historia”, transformándose así la teoría de la globalización en posthistoria (Jameson, 1998, p. 55; Kohler, 2005, p. 165).

La tercera posición considera que la globalización es un estadio cualitativamente nuevo de la historia. Aunque la globalización no ha surgido de la nada y tiene efectivamente raíces históricas, puede plantear algo realmente nuevo. Por ejemplo, el estadio multinacional del capitalismo, los sistemas globales y una política transnacional. En este caso se trata de un proceso histórico de transformaciones técnicas, económicas, políticas y culturales que contiene tanto continuidades como discontinuidades y que en modo alguno puede darse por cerrado (Keohane/Joseph, 2005, p. 75).

Merece la pena detenerse en esta tercera posición. En un primer momento, se debe diferenciar aquellos elementos de la globalización que pueden ser considerados ya como antiguos e identificar cuál ha sido la base para construir su nueva forma. Posteriormente, hay que poner el foco de atención en los cambios que ha sufrido la globalización para determinar el fenómeno en su sentido actual. Hasta que no se lleven a cabo estas diferenciaciones históricas no va a ser posible dar una forma actual y sustanciosa al concepto de globalización.

Si se revisa la historia de la globalización, se ha de reconocer la observación de algunos autores según la cual la interdependencia global en los ámbitos económico, militar, social y cultural existía ya con anterioridad. Como consecuencia de los viajes de exploración y las colonizaciones que tuvieron lugar entre los siglos XVI y XVIII se fue extendiendo la idea de una humanidad global (Figuera, 2004, p. 12, Antweiler, 2011, p. 122). Al surgir relaciones que iban más allá de fronteras establecidas, hubo que darles una forma jurídica y trazar un orden jurídico global (Höffe, 1999, pp. 58 y ss.). En el terreno económico la globalización se fue desarrollando sobre todo desde la mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial (Keohane/Joseph, 2005, p. 75). Al mismo tiempo comenzó la globalización de la comunicación con la invención del telégrafo y del teléfono, algo que se puso de manifiesto con la instalación de cables telegráficos transatlánticos entre Europa y América.

Sin embargo, aquellos autores que enfatizan los potenciales innovadores de la globalización, conceden valor al hecho de que este proceso no apareció como tal hasta el siglo XX. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando apareció por primera vez una red global que posibilitase la interacción directa a distancias multicontinentales sin barreras ni controles (Negt, 2001, p. 36; Lübbe, 2005, p. 122; Giddens, 2005, p. 60). De este modo, la comunicación se densifica y acelera a la vez que se vuelve más intensa y profunda. Esto no afecta únicamente a las noticias, sino también a la densidad, velocidad e intensidad con las que interaccionan las instituciones (Keohane/Joseph, 2005, p. 78). Es así como cooperan las organizaciones transnacionales y supraterritoriales que van formando un sistema político a nivel mundial que excede el tejido de las relaciones internacionales. A esto hay que añadir las migraciones, incluyendo aquí el lado negativo del terrorismo global (Negt, 2001, p. 87; Giddens, 2005, p. 62; Cheneval, 2005, p. 187). Lo nuevo en la economía es la creación de un mercado financiero global que se va desarrollando con relativa independencia de la circulación de mercancía y que ha conducido a sus respectivas crisis. Recientemente, la producción global está sobrepasando la división internacional del trabajo en tanto en cuanto se producen productos comunes en lugares bien distantes (Hardt/Negri 2003, pp. 300 y s.; Scholte 2005, pp. 159 y ss.).

En la comparación establecida entre las posiciones que se han citado queda de manifiesto que una determinación de aquello que hoy en día pueda constituir la globalización solo puede lograrse desde una perspectiva histórica. Una perspectiva como ésta salvaguarda también de un error al que a menudo se le ha de prestar más atención, a saber: resaltar y absolutizar aspectos o acontecimientos individuales. Un ejemplo de ello es internet. Tiene más sentido si, por el contrario, se concibe la globalización como una novedosa y compleja época histórica.

Modelos de las fases históricas de la globalización

En el contexto de estos planteamientos se pueden observar modelos de las fases históricas de la globalización en algunos autores. El modelo “clásico” plantea cuatro etapas. La primera de ellas hace referencia a la existencia imperios parciales en la Antigüedad y la Edad Media, la segunda al comienzo de los viajes de exploración y de las colonizaciones que tuvieron lugar entre los siglos XVI y XVIII, la tercera al surgimiento en el siglo XVIII de un mercado mundial con la sistematización de la colonización y el imperialismo, y la cuarta etapa se refiere a la compresión del espacio y el tiempo mediante las redes electrónicas (Figuera, 2004, p. 13; cfr. Scholte, 2005, p. 85).

Otro modelo opera de manera ejemplar, distinguiendo determinados tipos de globalización en la secuencia temporal. De ahí que la primera fase consista en la construcción de lo nacional tomando a Francia como ejemplo, la segunda en el surgimiento de lo global gracias al capitalismo industrial británico y al colonialismo, y la tercera y última fase en la formación de lo global como un sistema trasnacional (Sassen, 2008, p. 35 y ss.). Para Latinoamérica se bosqueja la siguiente periodización: 1. Poblamiento originario de América; 2. Imperialismo y colonización; 3. Lucha por la independencia y fundación de los Estados nacionales; 4. Surgimiento de las dictaduras militares; 5. Tendencia al turbocapitalismo (Acha, 2012, p. 350).

Estos modelos graduales, que recuerdan a la filosofía de la historia de la época ilustrada, plantean la pregunta por la progresión general de la historia. ¿Consisten estas etapas en un continuo o son las rupturas históricas las que caracterizan esta secuencia?

Tomando como ejemplo la historia de la Comunidad Europea, puede apreciarse que desde la formación de los Estados nacionales hasta la pretendida integración política es susceptible de representarse como un desarrollo continuo. Bajo este presupuesto, de esa integración resulta un fracaso en tanto “error de la historia” (Cheneval, 2005, p. 199; Habermas, 2011, p. 39). Esto presupone una vez más que, además la historia que ha conducido al “error”, podría existir un camino regular o predeterminado de la historia. También el desarrollo de los Estados nacionales hacia una república mundial de carácter federal, que ha de ser claramente diferenciada de un Estado mundial homogéneo, se deja analizar como una tendencia lineal de ese tipo que potencialmente puede realizarse (Höffe, 1999, pp. 267 y ss.; Habermas, 2011, p. 82). Por último, la expansión del mercado mundial y el intercambio de datos cada vez más hermético y acelerado también se pueden interpretar como un incremento continuo de lo global.

Pero también en estos modelos lineares queda patente la crítica. Frente a las supuestas continuidades, la globalización ha quedado marcada como la ruptura histórica con la cultura occidental (Touraine, 2007, p. 246). Mediante la tecnificación y economización total se van destruyendo culturas tradicionales sin que se ponga una nueva cultura en el lugar que va quedando vacío (Kehoane/Joseqh, 2005, p. 76). Fundamentalmente se posicionan contra aquella teoría de la globalización que se apoya demasiado en la teoría de la modernización (Hardt/Negri 2003, p. 296; Giddens, 2005, p. 60; en la posición contraria Pohlmann, 2006, p. 166; Jameson, 1998, p. 61). Mientras que a las teorías de la modernización se les ha de reprochar que en última instancia vayan difundiendo el proceso de civilización como un desarrollo exitoso, una teoría de la globalización que se distancie de este extremo tiene la oportunidad, y también la fuerza destructiva, de considerar las turbulencias sociales y los daños culturales. En este sentido la teoría de la globalización podría cumplir una función crítica.

Más allá de las teorías de continuidades y discontinuidades, la teoría de las trasformaciones históricas desempeña un papel mediador ( Sassen, 2008, pp. 17 y ss.). Al concebirse el proceso de la globalización como una transformación, se hace posible caracterizar las transiciones de las fases más primitivas hasta la situación actual como una secuencia de cambios profundos en los que lo pasado se transforma en lo presente. El concepto de lo potencial y del cambio repentino son las categorías que permiten una descripción de este tipo. De ahí que lo nuevo surja no simplemente de la aniquilación del orden precedente, sino que, por el contrario, son los viejos potenciales tales como los tradicionales Estados nacionales los que abren nuevos horizontes para la producción de nuevos órdenes (Sassen, 2008, p. 28). Los llamados puntos de cambio radical existen, por ejemplo, cuando una época que está caracterizada por el Estado nacional desemboca en un periodo en el que los órdenes políticos van multiplicándose y diferenciándose (Sassen, 2008, p. 30). Lo importante en este contexto es que los antiguos Estados nacionales no desaparecen sin más, sino que establecen nuevos órdenes políticos junto a sí mismos, e incluso dentro de ellos. Las categorías de lo potencial y del cambio repentino significan también que las formas antiguas y nuevas existen al mismo tiempo, constituyendo ensamblajes o formas híbridas (Sassen, 2008, p. 642). Expresado en términos de la filosofía de la historia, nos encontramos aquí con contemporaneidad de lo no contemporáneo.

Referencias

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  1. Technische Universität Dresden Johannes. Email: Rohbeck@tu-dresden.de.


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