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17 Usos historiográficos del testimonio en un contexto presentista

Una mirada desde La memoria, la historia, el olvido, de Paul Ricoeur

Gonzalo Urteneche[1]

Resumen

En este trabajo sostendremos que la definición de Paul Ricoeur, presente en La memoria, la historia, el olvido, del testimonio entendido como diálogo fiable responde a un cambio general en las condiciones de realización de la historiografía. En este sentido, la situación dialogal presenta un carácter ético que se relaciona con la novedad que implica la aparición de la historia reciente y su relación con los vivos, contemporáneos al historiador y testigos de los acontecimientos que se busca representar. Partiendo de la definición ricoeuriana, intentaremos analizar la incorporación de testimonios en obras referidas al pasado reciente argentino. Analizaremos los usos testimoniales en tres trabajos referidos a los años setenta de aparición relativamente reciente: Los combatientes de Vera Carnovale, Las revolucionaria de Alejandra Oberti y Los años setenta de la gente común: la naturalización de la violencia de Sebastián Carassai. A través del estudio de estas tres obras intentaremos desentrañar cuál es el uso que se hace de los testimonios y si, a la manera ricoueriana, estos pueden fungir como estructura de transición entre memoria e historia en el contexto de una historiografía del presente.

Texto

En este trabajo intento utilizar el concepto de Paul Ricoeur de testimonio entendido como diálogo fiable para analizar la producción e incorporación de testimonios en algunas obras de historia enfocadas en el pasado reciente argentino, particularmente referidas a los años 70: Los combatientes (2011) de Vera Carnovale, Las revolucionarias (2015) de Alejandra Oberti y Los años setenta de la gente común (2014) de Sebastián Carassai. Creo que esta conceptualización de Ricoeur, presente en La memoria, la historia, el olvido es útil para el análisis de los usos testimoniales en tanto presenta una alternativa a la mirada tradicional de la historiografía que está ligada a la idea de testimonio entendido como evidencia o “prueba de”. Esta concepción implica la imposibilidad de obtener conocimiento a partir de lo que otros dicen ya que el historiador debe ser autónomamente responsable por lo que conoce, pudiendo alcanzar verdadero conocimiento solo a partir de medios inferenciales (Mudrovcic, 2002, pp. 123-125). Esta postura epistemológica tiene implicancias éticas que problematizan la presencia del testimonio sobre todo de testigos de contextos de guerras, genocidios, violencia o terrorismo de estado.

En relación al testimonio de “lo injustificable” justamente es que Ricoeur va a proponer esta forma de entender al testimonio. En el marco de las discusiones sobre la representación de los genocidios del siglo XX, el filósofo francés presenta en La memoria, la historia, el olvido al testimonio como “la estructura fundamental de transición entre la memoria y la historia” (Ricœur, 2013, p. 47). En esta obra, Ricoeur define al testimonio a partir de su fiabilidad, en relación a la noción de atestación[2]. Esta noción implica un alejamiento del concepto tradicional de conocimiento ligado a la verdad y, en cambio, plantea un componente ético inseparable del testimonio. Al alejarse de la noción clásica de verdad, el testimonio pasa de ser considerado “declaración” a ser entendido como “diálogo” (Lythgoe, 2008, pp. 42-45). En este trabajo sostengo que esta definición por parte de Ricoeur responde a un cambio general en las condiciones de realización de la historiografía en marco del ascenso del régimen de historicidad presentista. En este sentido, el testimonio presenta un carácter ético que se relaciona con la novedad que implica la aparición de testigos de crímenes de carácter imprescriptible para la realización de una historia reciente o del presente.

El análisis del testimonio en La memoria, la historia, el olvido comienza por brindarnos una definición del concepto. Esta definición se dirige hacia el uso corriente del testimonio, entendido como práctica cotidiana en oposición al uso jurídico e histórico del mismo; se trata de un análisis del testimonio “en cuanto tal, dentro del respeto por su potencialidad de múltiples usos” (Ricoeur, 2013, p. 209). Mientras los usos históricos y judiciales están determinados por la idea de prueba y sentencia respectivamente, el testimonio en sí mismo, reconoce Ricoeur, presenta la misma amplitud que la actividad de narrar, a la que está emparentada (p. 210). Define, entonces, seis componentes esenciales de la operación testimonial. El testimonio se produce en la articulación entre la aseveración de la realidad factual y la autenticación de la declaración por la experiencia de su autor. En este sentido, la autodesignación del sujeto, que se sitúa en los acontecimientos, inscribe al testimonio en una situación dialogal. Como segunda cuestión a destacar está el hecho de que Ricoeur le otorga una dimensión moral al testimonio que busca reforzar su credibilidad. Entonces, a partir de esta estructura, convierte al testimonio en un factor de garantía en el conjunto de las relaciones del vínculo social, lo que lleva a caracterizarlo como “institución natural”. Lo que crea esta institución es, entonces, la confianza en la palabra del otro (pp. 211-214). Frente al modelo inferencial tradicional de la historiografía que hace hincapié en el testimonio entendido como evidencia, Ricoeur insiste en la idea de fiabilidad por sobre la verdad entendida como correspondencia. Esto lo lleva a rechazar la idea de “observador no comprometido” al que asocia al “paradigma de la grabación” (p. 210). La fase documental de la operación historiográfica[3], para Ricoeur, es justamente en la que el testimonio se equipara con las demás marcas del pasado al pasar por el archivo, volviéndose contrastable en un sentido popperiano. Al respecto, Ricoeur afirma que los testimonios orales grabados abandonan la esfera de la conversación ordinaria y se transforman en documentos. Con lo cual, la idea del testimonio como institución natural dialógica se ve interrumpida por la aparición del archivo. Se produce una tensión entre testimonio y archivo que desarrollaré a continuación.

Ahora bien, ¿qué es lo que lleva a Ricoeur a considerar al testimonio como una institución natural dialógica? Como mencioné anteriormente, su reflexión está motivada, en particular, por el testimonio de los sobrevivientes de lo injustificable. El contexto es el de la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad. Como afirma Henry Rousso (2003), la percepción del pasado y la escritura de la historia han cambiado desde 1945, en particular en los últimos 30 años: la novedad que introducen los juicios celebrados casi inmediatamente a la salida de los grandes conflictos es que proponen una primera interpretación de los hechos que influye en los relatos de la historiografía. La aplicación del principio de imprescriptibilidad de los crímenes implica un entrecruzamiento del tiempo de la historia y el tiempo de la justicia: este régimen “hace a todos contemporáneos de los crímenes pasados cuyos culpables sigan con vida” (p. 79). Ricoeur establece una vinculación estrecha entre el carácter prescriptible de los crímenes y la irreversibilidad del tiempo: “es la negativa, después de un lapso de años definido arbitrariamente, a recorrer el tiempo hacia atrás hasta el acto y sus huellas ilegales o irregulares” (Ricoeur, 2013, p. 601). Son, entonces, las condiciones de realización de la historiografía las que han cambiado. La Historia Reciente, como expresión de estos cambios, busca dar cuenta de procesos o acontecimientos cuyo soporte biológico son los recuerdos de los miembros de una de las generaciones contemporáneas al historiador (Mudrovcic, 2002, p. 115), muchos de ellos marcados por crímenes imprescriptibles y por la experiencia de la violencia, que se presentifican. En nuestro caso, conocer las experiencias de la militancia revolucionaria de los 70 a través del testimonio implica un diálogo con aquellos que atravesaron no solo las dificultades propias de la participación en las organizaciones armadas sino también la experiencia de la represión y el terrorismo de estado, sumadas a los cambiantes climas de rememoración desde principios de los 80 hasta el presente (Lvovich y Bisquert, 2008).

La historia del tiempo presente es, como consecuencia, ideal para comprender las dificultades que surgen entre interpretación y verdad en historia (Ricoeur, 2013, p. 438). La interpretación, a diferencia de la representación, no es una fase de la operación historiográfica sino que es una “reflexión segunda” sobre el conjunto de la operación que reúne todas sus fases. Como operación que se incorpora a los enunciados objetivadores del discurso histórico, la interpretación implica una serie de componentes, entre ellos, el reconocimiento de que detrás de esta “subjetividad buena” hay un fondo de motivaciones personales y culturales (p. 440). La intervención de este nivel subjetivo en la comprensión histórica no es, sin embargo, lo que genera dificultades en la historia del presente sino que estas se deben a su posición temporal particular, de cercanía entre el momento del acontecimiento y el del relato: “el trabajo de archivo debe hacerse frente al testimonio de los vivos, muchos de ellos supervivientes del acontecimiento considerado” (p. 438). La persistencia del pasado en el presente abre interrogantes sobre el trabajo de memoria. Este borramiento de la frontera entre pasado y presente implica, entonces, dos cuestiones: por un lado, el diálogo entre vivos y, en segundo lugar y como consecuencia de esto, la difuminación de la frontera que separa el archivo del testimonio (p. 439). En una historia del presente, creo entonces, la presencia de los testigos lleva al modelo del testimonio archivado a su límite. El reto que implica un diálogo entre vivos se hace presente en un sentido interpretativo en la fase de crítica de testimonios a partir del problema de cómo administrar la confianza y la desconfianza en la palabra de los otros, cuya huella está en los documentos (p. 440).

Esta tensión entre testimonio y archivo puede explorarse en obras dedicadas al pasado reciente argentino, que nos permitirán comprender y dar cuenta de los usos testimoniales. Entiendo que un uso ligado a una mirada inferencial tenderá a reponer la distancia entre testimonio y archivo mientras que una incorporación de testimonios más cercana a la situación dialógica intentará dar cuenta de la figura del testigo en la construcción del relato, será más atenta a situaciones que involucren cuestiones éticas e implicará un mayor nivel de conciencia en lo que respecta a las continuidades y persistencias del pasado cercano.

En las tres obras analizadas, encuentro algunas cuestiones que permiten problematizar esta relación tensionada entre archivo y testimonio. En dos de ellas, Los años setenta de la gente común de Sebastián Carassai y Los combatientes de Vera Carnovale, la interpretación de los testimonios se encuentra marcada por hipótesis fuertes: en el caso de Carassai, la idea de que las clases medias no protagonizaron un giro a la izquierda y una peronización en los años 70 (Carassai, 2014, p. 22.) y, en el caso de Carnovale, la hipótesis de que la subjetividad partidaria del PRT-ERP[4] estuvo fuertemente atravesada por el ideal de la militancia sacrificial. Al partir de estas hipótesis, la interpretación se ve sobredeterminada por estas marcas y el análisis de testimonios parece implicar una utilización fuertemente evidencial. En el caso de Los años setenta… los testimonios fueron tomados por el autor, que afirma haber realizado más de doscientas entrevistas. En la obra aparecen diecisiete testimoniantes, cuyos dichos se utilizan de manera diversa. En primer lugar, los testimonios se utilizan a partir de una matriz evidencial y fuertemente clasificatoria: los agrupa según criterios de comportamientos, actitudes, formas de pensarse o bien como ejemplos de una situación particular (pp. 24, 25)[5]. Entiende al testimonio, además, como una forma de acceder de forma directa al pasado sin tener en cuenta la situación de enunciación presente[6]. Junto con esta forma puramente inferencial aparece otra, en apariencia más atenta. Carassai dedica todo el “Excurso II” al análisis del testimonio de “Beatriz”, que le presenta algunas dificultades y del cual solo a partir de un diálogo extendido en el tiempo logra comprender su significado (pp. 217-233).Vemos cómo es la confianza la que le permite conocer la trama profunda de las reflexiones de su entrevistada y lo obliga a recuperar sentidos que exceden algunas de sus hipótesis iniciales (Carnovale, 2011, p. 177).

Encontramos también en Los combatientes un uso ligado al modelo inferencial del testimonio. El trabajo de esta historiadora combina la historia oral con el uso de fuentes documentales para reconstruir el imaginario de los militantes de la organización. Carnovale cita un total de veinticuatro testimonios, de los cuales once han sido registrados por ella, diez obtenidos del archivo Memoria Abierta[7] y tres de ellos de otras fuentes. En tanto la autora formó parte del equipo de trabajo de este archivo entre 2001 y 2009 podemos suponer que fue ella también quien realizó algunas de las entrevistas citadas. A lo largo del trabajo encontramos un uso testimonial que parece redundar en una indiferenciación entre documento y testimonio: la palabra de los entrevistados aparece intervenida a través de cortes, fragmentos y citas sin aclaraciones (Ricoeur, 2013, p. 299). Además, la inclusión de fragmentos de testimonios en reiteradas ocasiones no implica el análisis sino que funciona a modo de ejemplo, evidencia o incluso glosa, reforzando las aseveraciones que la autora realizó a partir de la utilización de otras fuentes de información (Carnovale, 2011, pp. 130, 133, 177, 178, 181, 192, 193, 200, 203, 204, 209, 217, 257). Finalmente, el anonimato de los testigos es otra variable repetida a lo largo de la obra, impidiendo a los sujetos situarse en la situación de enunciación y asumir su papel en el intercambio dialógico con la historiadora[8].

Las revolucionarias de Alejandra Oberti, presenta algunas cuestiones interesantes para pensar el testimonio a partir del modelo del diálogo. Se trata el problema de la dimensión de género de la militancia revolucionaria en los años 70. El corte transversal que implica la mirada de género hace que no se enfoque específicamente en una agrupación determinada sino en cómo la afectividad y la vida cotidiana convivían con el mundo de la política y la lucha armada para las jóvenes militantes. Oberti utiliza alrededor de veinte testimonios, todos registrados y archivados en Memoria Abierta, institución que la autora integra como coordinadora, por lo que es plausible suponer que las entrevistas fueron realizadas por ella misma. La utilización de testimonios es fragmentaria pero sin embargo se logra dar cuenta de quiénes son los sujetos que testimonian. Se nos provee un contexto para los testimonios, no solo acerca del pasado sino también acerca de su vida con posterioridad a los hechos que se narran (Oberti, 2015, pp. 168, 169, 170-172, 190-191, 220-223). El recorte, además, se acompaña de un análisis, produciéndose así un diálogo entre la autora y el testimonio (pp. 136, 137, 138, 140, 146, 148-149, 152, 154, 156, 157, 158, 164-165, 168-169, 170-172, 190-191, 195, 197, 201-202, 204-205, 220-223, 226-227). A partir de este análisis, la autora genera un entrecruzamiento entre las reflexiones, recuerdos e interpretaciones de las mujeres testimoniantes, generando una “polifonía” que redunda en una suerte de dispersión temática: en lugar de una lectura guiada por una hipótesis fuerte, encontramos sentidos, en todo caso, anclados en contextos delimitados por las temáticas desarrolladas a partir de lo que los testigos dicen. Esta escucha atenta redunda en un trabajo en el que las mujeres que dan su testimonio puedan reafirmarse como sujetos e incorporar sus palabras a la investigación de manera significativa.

En el contexto de la Historia Reciente se hacen presentes algunos problemas que involucran diversas temporalidades y formas de coetaneidad que difuminan la frontera entre testimonio y archivo. Emerge entonces la pregunta por el lugar que debe ocupar la palabra de estos protagonistas. La consideración del testimonio como diálogo fiable permite comprender el carácter ético de la práctica de una historiografía de este tipo al mismo tiempo que permite problematizar la utilización del testimonio archivado. Articular memoria e historia, fiabilidad y verdad implica la representación de la memoria de testigos aún vivos. Encontramos en Ricoeur nuevamente una pista para esbozar una respuesta al interrogante de representación. El filósofo francés propone superar la ambigüedad del concepto de “representación” a partir de la unión de los dos significados del término: el de representación-objeto, entendida como el objeto del discurso historiador, con el de representación-operación, que hace referencia a la tarea literaria involucrada en la operación historiográfica (Ricoeur, 2013, p. 299). Como ha señalado Lythgoe en relación a este tema, la solución se da por el lado de la mímesis: “la reunión de “representación-objeto” y “representación-operación” solo es posible si se abandona la tesis de que el historiador inventa la puesta en intriga y, en su lugar, se sostiene que ellos la toman de los propios actores que vivieron el acontecimiento” (Lythgoe, 2008, p. 54). En este sentido, pasajes importantes de la obra de Carassai o propuestas como la de Carnovale en Los combatientes conllevan no solo una ruptura entre representación-objeto y representación-operación, sino también la imposición a los testigos de la trama de las historias que se buscan contar.

En términos epistemológicos y éticos, romper el diálogo implica no escuchar a aquellos que están haciéndose cargo y haciendo cargo al investigador por las palabras proferidas en el contexto de una entrevista: la construcción dialógica implica la coautoría del testimonio. Por supuesto, negar la presencia del historiador en la construcción del relato sería recaer en una visión que entiende al testimonio como vía de acceso privilegiado a la experiencia pasada y, por lo tanto, negar el rol interpretativo de la historia. El desafío está en incorporar las voces de los testigos, dotarlos de autoridad epistémica y superar el modelo del testimonio archivado. En este sentido, pensar al testimonio como institución natural dialógica nos permite considerar y ser conscientes de las implicancias éticas y epistémicas de la utilización de la palabra de otros en una obra de historia.

Referencias

Carassai, S. (2014), Los años setenta de la gente común: la naturalización de la violencia. Buenos Aires: Siglo XXI.

Carnovale, V. (2011), Los combatientes (Historias del PRT-ERP). Buenos Aires: Siglo XXI.

Lythgoe, E. (2008), “El desarrollo del concepto de testimonio en Paul Ricoeur”, Eidos, 9, pp. 32-57.

Lvovich, D. y Bisquert, J. (2008), La cambiante memoria de la dictadura. Discursos sociales y legitimidad democrática. Buenos Aires: Biblioteca Nacional/UNGS.

Masiá Clavel, J., Moratalla, T., & Ochaíta, A. (1998), Lecturas de Paul Ricoeur. Madrid: Comillas.

Mudrovcic, M. I. (2002), Historia, narración y memoria. Los debates actuales en filosofía de la historia. Madrid: Akal.

Oberti, A. (2015). Las revolucionarias: militancia, vida cotidiana y afectividad en los setenta. Buenos Aires: Edhasa.

Ricœur, P. (1996), Sí mismo como otro. Madrid: Siglo XXI.

Ricœur, P. (2013), La memoria, la historia, el olvido. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Rousso, H. (2003), “¿Juzgar el pasado? Justicia e historia en Francia”, Pasajes: Revista de Pensamiento Contemporáneo, 11, pp. 77-91.


  1. UNCo-CONICET. Email: g_urteneche@yahoo.com.ar.
  2. En los años 90, Ricoeur introduce la categoría de atestación para dar cuenta del tipo de certeza de su hermenéutica (Ricœur, 1996, pp. XXXIV-XXXVI). La atestación es una especie de creencia que se opone al criterio de verificación de los saberes objetivos: antes que un “yo creo que…” se trata de un “yo creo en…”; se trata de una filosofía del testimonio y la confianza (Masiá Clavel, Moratalla y Ochaíta, 1998, p. 157).
  3. La operación historiográfica para Ricoeur consta de tres momentos no sucesivos: la fase documental, la fase de explicación/comprensión y la fase de representación.
  4. El Partido Revolucionario de los Trabajadores fue un partido político marxista que existió en Argentina entre 1965 y 1977, siendo fuerte sobre todo en la zona norte del país. Su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo implementó la lucha armada como vía para tomar el poder. Fue definitivamente desarticulado por la represión estatal en 1977.
  5. Ejemplifica con estos testimonios la memoria antiperonista, que clasificó en cuatro categorías: fascista, dictatorial, inmoral y anticultural (Carassai, 2014, pp. 28, 29), o bien analiza los modos en que asumió la clase media antiperonista el tercer gobierno de Perón enfocándose en tres: ensimismamiento, cinismo o ironía y el orgullo de ser minoría (pp. 50, 51).
  6. Por ejemplo, pregunta: “Mi pregunta es cómo veía usted la vuelta de Perón en aquél momento. No la reflexión que tiene ahora, sino en aquél momento” (Carassai, 2014: p. 24).
  7. Memoria Abierta es una alianza de organizaciones de derechos humanos argentinas que promueve la memoria sobre las violaciones a los derechos humanos del pasado reciente, las acciones de resistencia y las luchas por la verdad y la justicia, para reflexionar sobre el presente y fortalecer la democracia. Para ello, Memoria Abierta cataloga y da acceso a diversos archivos institucionales y personales; produce entrevistas audiovisuales que conforman un Archivo Oral; contribuye a dar visibilidad a los sitios utilizados en la represión a través de diversas herramientas y registros; elabora recursos temáticos para difusión y con fines educativos a partir de investigaciones, buscando promover debates sobre las formas de narrar lo sucedido y colabora, desde la especificidad de sus tareas, con la actuación de la justicia, http://www.memoriaabierta.org.ar/wp/sobre-memoria-abierta/.
  8. Casos en los que se nos suministra algunos datos extra son los de Raúl y Luis (pp. 135-137 y E.M (p. 133). En el resto de los casos la información es fragmentaria y a veces nula o muy general.


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