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10 ¿Qué significa “experimentar el tiempo”?

Crítica de una categoría analítica

José Javier Blanco Rivero[1]

Resumen

El auge de los estudios sobre el tiempo y la temporalidad dentro de la historiografía ha traído consigo inevitablemente un conjunto de categorías analíticas de mayor o menor grado de abstracción, entre las que destaca la de “experiencias del tiempo”. Un problema con esta categoría es que distinguiendo al tiempo de su experiencia, se concentra en esta última relegando a un segundo plano el problema de la emergencia del tiempo mismo. Aunque la epistemología suele ser dejada de lado a favor de la “investigación empírica”, una crítica a la tesis de la experiencia del tiempo resulta pertinente a la hora de responder cruciales preguntas historiográficas, como la naturaleza del tiempo y las formas de entrecruzamiento entre pasado, presente y futuro. Partiendo del concepto sistémico de observación de segundo orden y de algunos otros dentro del paradigma de los sistemas complejos, sostendremos que la temporalidad es un recurso sistémico para reducir la complejidad, mientras que el tiempo es el espacio desmarcado de la distinción cuando se observan temporalidades. En este orden de ideas, la distinción entre operación y observación nos permitirá examinar tanto el tiempo del sistema, como el empleo de distinciones temporales para diferenciar entre su auto- y heterorreferencia.

Texto

En el panorama historiográfico contemporáneo la categoría de “experiencia del tiempo” juega un rol central, pues se halla presente entre los principales autores y debates. Uno de los principales responsables de que el tema de la temporalidad se haya puesto sobre la palestra en el debate historiográfico es, sin duda, Reinhart Koselleck (1993). De igual modo, François Hartog (2015) con su influyente tesis de los regímenes de historicidad, también sigue a Koselleck en su tesis de que la génesis de los tiempos históricos depende de la diferenciación entre “espacios de experiencia” y “horizontes de expectativa”. En el mundo iberoamericano el grupo de Iberconceptos ha reunido un equipo internacional de investigadores que se encuentran trabajando en el tema de la temporalidad desde la perspectiva de la historia conceptual. Y también aquí los lineamientos del grupo se han aferrado a la categoría de “experiencia del tiempo” como un punto de partida y como una forma de circunscribir el objeto de sus investigaciones (Wasserman y Pimenta, 2015).

La tesis del Sattelzeit, que explica el origen de la modernidad como el producto de la retirada del espacio de experiencia a favor del horizonte de expectativas en el léxico sociopolítico occidental, ha sido fuertemente debatida. Hartog (2015, p. 18) toma prestadas las categorías de Koselleck pero se propone descubrir la variedad en el distanciamiento y los modos de tensión entre el espacio de experiencia y los horizontes de expectativas. En una línea similar, A. Assmann (2013, p. 55) investiga la posible emergencia de una nueva estructura temporal que Hartog llamó “presentismo” y que está dominada por la presencia del pasado y la memoria. Por otro lado, P. Osborne (2013, p. 69; 2011) critica el carácter trascendental de las categorías koselleckianas, mientras que P. Fritzsche (2013, pp. 67-68) señala que el pasado no se equipara con el espacio de experiencia y que la violencia del presente abre paso a otro tipo de experiencias, como las identidades nacionales. Todos estos trabajos que, críticas aparte, emplean casi todos ellos la categoría de “experiencias del tiempo” para describir lo que quieren describir.

Sin embargo, pocos se han cuestionado la razón de ser de la categoría en sí –excepción hecha de quienes como H. U. Gumbrecht (2008, p. 12), se remiten a la fenomenología husserliana para pensar el tiempo. Pareciera tratarse en ocasiones de un giro expresivo, en otras de un comodín; en todo caso tal falta de reflexividad es un fenómeno común cuando una expresión, dado su éxito comunicativo, se difunde en una “comunidad epistémica”. El problema consiste en que el descuido de las implicaciones epistemológicas que tiene la categoría permite alojar tensas contradicciones dentro de nuestras teorías de la historia y el tiempo, e incluso podría llevar a asunciones y planteamientos de problema errados.

Atendiendo al bagaje intelectual de algunos autores principales y a las formas de uso de la categoría en cuestión, podemos identificar tres tradiciones filosóficas que la sustentan: el empirismo, el transcendentalismo kantiano y la fenomenología husserliana. Aunque no es fácil identificar los presupuestos epistemológicos de los usos de la categoría, dada la versatilidad con la que aparecen enunciados, lo recomendable es partir de allí donde estos presupuestos están presentes con mayor claridad; y tal lugar no es otro que la historia conceptual de Reinhart Koselleck –abiertamente identificado con la filosofía kantiana.

La historia conceptual y las categorías transcendentales de Kant

La historia conceptual de Koselleck se encuentra atravesada por supuestos kantianos que conducen a una aporía dentro de la teoría de los tiempos históricos del historiador alemán. Se trata de la asunción de dos supuestos que en la formulación de la historia conceptual resultan incompatibles. El primero se refiere a la capacidad de los conceptos de aglutinar experiencias, mientras que el segundo se refiere al supuesto apriorístico que postula que no se puede adquirir ninguna experiencia sin conceptos (Guyer, 1992). A primera vista parecería no existir ninguna contradicción, pues se podría pensar en una relación de complementariedad en la que no hay experiencias sin conceptos, ni conceptos sin experiencia. Sin embargo, el problema se halla en que las experiencias sociales, colectivas (y no las meras impresiones subjetivas), son solo asequibles –como lo admite Koselleck (1993b; 2006) en repetidas ocasiones– a través del lenguaje, por tanto, si los conceptos constituyesen un a priori pre-lingüístico no se podrían historizar y, por otro lado, ¿cómo podrían llegar a ser colectivas las experiencias –pues es un hecho aceptado hoy día que las estructuras mentales no son un dato antropológico constante y universal, sino variable de cultura a cultura? De modo que si se admite que la historicidad del lenguaje es la que permite observar registros de experiencias en los cambios conceptuales, no se puede recurrir a ningún fundamento transcendental para explicar cómo es que esto ocurre, ni cuáles son las condiciones de su posibilidad; y si se admite el carácter transcendental de los conceptos, no existiría diferencia alguna entre la historia conceptual y la historia de las ideas (Palti, 2011).

En última instancia uno se podría preguntar: ¿qué es lo que distingue verdaderamente a la experiencia de su lingüistización? ¿Cómo, sino a través del lenguaje, “se tiene acceso” a las experiencias? Yendo más allá –y expandiendo la tesis de T. Taylor (1997)– podríamos argumentar que los usos lingüísticos de la expresión “tengo una/la experiencia de” constituyen un metadiscurso cuya función consiste en proteger a un enunciado frente a la negación. Cuando digo que vi alguna cosa o experimenté una situación determinada, el valor de verdad del enunciado se transforma en un juicio sobre la credibilidad de la persona. En el caso del historiador, sobre la credibilidad de los testimonios a cuya valoración se llega ponderando la pluralidad de los que estén disponibles y su cercanía con los acontecimientos. Así que cuando Koselleck (2001, p. 50) dice que toda historia está hecha de experiencias, propias o ajenas, en realidad estaríamos hablando de que el material de toda historia pasa por un metadiscurso que hace equivalente el valor de verdad de un enunciado a la credibilidad (siempre dependiendo de quién y bajo qué condiciones y criterios se juzgue) de quien lo emite. Lo que nos llevaría a concluir que el material con el que trabaja el historiador es, casi con exclusividad, el lenguaje: discursos sobre el lenguaje y metadiscursos sobre el lenguaje–conclusión a la que, en cierta manera, llega el mismo Koselleck (2006; 1993c, pp. 333-334).

Esto nos conduce a cuestionar la necesidad de una fundamentación antropológica, basada en categorías como “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativas”, como condición de la posibilidad de una teoría de los tiempos históricos –es decir, la insistencia koselleckiana en que las condiciones de posibilidad de la experiencia histórica (o de la historia real) sean las mismas que las de su conocimiento (Koselleck, 1993c, p. 336), o que “Los modos de la experiencia humana preceden formalmente a todas las adquisiciones concretas de experiencia”, lo que haría articularse “antropológicamente” a la historia de los métodos con la historia de la experiencia (Koselleck, 2001, p. 81).

De igual modo, como han subrayado algunos críticos (Osborne, 2011), la asimetría entre experiencia y expectativa no es un dato a priori que constituya una condición humana universal (Koselleck, 1993c, p. 336), sino un desarrollo histórico que demanda una explicación satisfactoria. A menos que se quiera aceptar que sólo existen tiempos históricos desde el Sattelzeit

¿Cuál sería entonces el punto de partida más adecuado para construir una teoría de los tiempos históricos?

¿Cómo emergen la temporalidad y el tiempo? Un vistazo desde el paradigma de la complejidad

Dentro de lo que llamamos “paradigma de la complejidad” se albergan desarrollos inter- y transdisciplinares (Luhmann, 1992, pp. 457-459) que se han ido acumulando y madurando principalmente después de la Segunda Guerra Mundial, hasta constituir hoy en día el núcleo de las principales teorías en disciplinas clásicas como la física, la química y la biología, al tiempo que han dado auge a nuevas disciplinas como la ciencia cognitiva, la inteligencia artificial, entre otras. Tales desarrollos teóricos han sido la cibernética, la computación, la teoría de los sistemas, la teoría matemática de la información, la teoría del caos, la termodinámica no lineal y de no equilibrio, entre otros.

Aunque el objeto de estos avances teóricos no haya sido en todo caso el problema del tiempo y la temporalidad, la aceptación de sus premisas tiene consecuencias para nuestras concepciones del tiempo. Algunas de ellas han sido subrayadas por sus autores, pero las implicaciones de estas concepciones más allá del mundo físico (es decir, para una comprensión de lo social) han sido por lo general poco tratadas. De esta manera ha tendido a prevalecer una división, a veces implícita otras explícitamente, entre el tiempo “natural” y el tiempo “social”, cuando en realidad lo que puede decirse de la temporalidad aplica por igual a cualquier tipo de sistema complejo.

En este espíritu nos proponemos extraer algunos argumentos de la historia del paradigma de los sistemas complejos, que servirán para explicar cómo emerge el tiempo como problema y solución dentro de la formación de sistemas naturales y sociales. Sostendremos que en sistemas abiertos o máquinas triviales no existe tiempo ni temporalidad; el tiempo, en todo caso, es sólo una variable que introduce un observador para mensurar una dimensión de la conducta del sistema. Desde este punto de vista el tiempo sería reversible, pues no existe diferencia entre pasado y futuro. La temporalidad es una propiedad de los sistemas complejos usada para reducir su propia complejidad o lidiar con su indeterminación autogenerada. El tiempo aparece en instancias superiores de reflexividad como un esquema de observación de la temporalidad –propia o de otros sistemas en su entorno– dentro de la temporalidad operativa del sistema en cuestión.

Heinz von Foerster (2003) define una máquina trivial como un sistema caracterizado por una relación uno-a-uno entre input y output; es un sistema determinista, ya que sus relaciones están pre-fijadas de una vez por todas; y es predecible ya que el mismo input tendrá como resultado el mismo output. Las máquinas triviales se encuentran en marcado contraste frente a las máquinas no triviales, en las que: el output previo determina la relación input-output, es decir, se retroalimenta; y esto tiene una consecuencia importante, pues el sistema “tiene historia” dado que su estado presente está determinado por sus estados previos; aunque son sistemas deterministas su conducta es impredecible, ya que un mismo input no arroja como resultado un mismo output.

La palabra clave para comprender cómo surgen los sistemas complejos a partir de sistemas más simples es justamente “emergencia” (Bedau y Humphreys, 2008). La idea principal tras el concepto de emergencia es muy cara al paradigma de la complejidad, a saber: que las propiedades o conductas de un sistema no dependen de la naturaleza de sus elementos, sino de las relaciones que se entablan entre ellos, de los patrones en función de los cuáles tales elementos se auto-organizan. Existen múltiples teorías que explican esta propiedad emergente que hace de un sistema, un “sistema complejo”.

En la teoría de los sistemas autorreferenciales y clausurados operativamente se parte del supuesto que cuando un sistema posee un abanico de alternativas para elegir en la próxima operación a ejecutar, se ve obligado a proceder selectivamente (Watzlawick, 1985, pp. 34-35; Luhmann, 1998); tales selecciones hacen las veces de estructura pues el sistema opera recursivamente, esto es, partiendo del resultado de sus operaciones previas, de esta forma las selecciones pasadas hechas por el sistema condicionan el horizonte de posibilidades sobre las que podrá decidir en el futuro (Luhmann, 1998; Nassehi, 2004); la selectividad o estructuración del sistema genera redundancia, lo cual mejora el desempeño del sistema para procesar información. De esta manera, al enfrentarse a problemas similares no tendrá que inventar de nuevo la solución. Esto quiere decir que el sistema es capaz de aprender.

Luhmann (1998, pp. 77-112; 1997, pp. 44-60; 1980; 1976; 1997b; 1996; 1991) ha abordado el problema de la temporalidad desde cuatro perspectivas interrelacionadas: a) el tiempo como dimensión de sentido; b) la temporalidad como forma de reducción de la complejidad; c) la temporalidad como resultado de las funciones de memoria y oscilación; y d) la relación entre las semánticas del tiempo, las transformaciones de las estructuras temporales y las formas de diferenciación social.

Los sistemas sociales se caracterizan por reproducir un tipo particular de operación, la comunicación, y por desplegar sus potencialidades dentro de un tipo particular de medio, el sentido. Sobre todo en las traducciones inglesas de la obra de Luhmann, se hace equivaler el sentido con el significado por lo que los sistemas sociales serían en cierto sentido grandes sistemas semióticos. Aunque para obtener mayor ventaja del planteamiento teórico preferimos distinguir entre ambos conceptos. Y es que el sentido, definido por Luhmann como la diferencia entre la actualidad de acciones y vivencias y la potencialidad de las mismas, abarca por igual lo lingüístico y lo extralingüístico, lo aprehendido conceptual y lingüísticamente y los “excedentes de sentido” (Ricoeur) o lo inconceptual (Blumenberg). El sentido es autorreferencial, pues incluso el sinsentido tiene sentido; esta autorreferencialidad se destautologiza y se hace informativa al diferenciar y poner en relación tres dimensiones, una social (alter/ego), una objetiva (esto/aquello) y una temporal (la cual, al menos en una forma muy primaria, está signada por la distinción antes/después).

Si sintetizamos las complejas reflexiones de Luhmann, podemos alcanzar la conclusión de que el tiempo es un esquema para la observación de las temporalidades y que los sistemas sociales engendran varias temporalidades interconectadas y autorreferenciales que se pueden observar (esto es, distinguir) unas a otras. Distinguiendo entre operación y observación podemos identificar, por un lado, una temporalidad operativa que se refiere al enlace consecutivo de selecciones que lleva a cabo el sistema para poder reproducirse y, por el otro, la observación que realiza el sistema de su operar. En cuanto a la observación podemos distinguir tres niveles. En primer lugar, el sistema emplea esquemas de observación temporales como antes y después. En segundo lugar, emplea esquemas de observación temporal como el que se basa en la distinción pasado/presente/futuro. Y en tercer lugar, el sistema puede utilizar tal esquema (a partir de una re-introducción, es decir, distinguiendo por ejemplo el pasado dentro del pasado –digamos, pasado-pasado, pasado-presente, futuro-pasado y así) para distinguirse de nuevo a sí mismo dentro de sí mismo (por tanto, observando sus propios subsistemas) y/o para observar otros sistemas en su entorno. Esto quiere decir: el sistema observa sus propias observaciones y observa que observa (observación de segundo orden). En este punto la indeterminación autogenerada por el sistema se hace palmaria, por lo que necesita aferrarse a algún punto fijo. Es aquí donde las semánticas o conceptualizaciones del tiempo, que por lo general tienden a dar por sentado un “fluir”, un discurrir o un “estar en el tiempo”, cumplen su función de brindar un asidero invariable (en el caso del concepto de eternidad) o al menos uniforme (en el caso del tiempo natural), que sirva de baremo para comparar temporalidades distintas y lograr de este modo establecer una diferencia que marque una diferencia para el sistema, es decir, que sea informativa.

Conclusión

La sofisticación y sutilezas envueltas en torno al tiempo y la temporalidad no pueden ser explicadas adecuadamente argumentando a favor de las “experiencias del tiempo” como fuente epistemológica apriorística de una teoría de la historia. No queremos negar que el hombre tenga experiencias “temporales” y/o del tiempo social. El punto es que desde allí no se puede llegar a una teoría de los tiempos históricos, así como tampoco se puede desenrollar el nudo gordiano que se esconde tras los conceptos temporales y los que tematizan el tiempo.

El paradigma de los sistemas complejos, particularmente en su elaboración luhmanniana, puede ofrecer planteamientos alternativos que arrojen luz sobre algunos de los atolladeros en que se encuentra la teoría de los tiempos históricos, especialmente en la formulación que le dio Reinhart Koselleck. Y esto se haría, como lo hemos intentado demostrar, replanteando esos problemas a partir de nuevos conceptos que nos permitan concebir al tiempo y la temporalidad alejados de la filosofía del conocimiento y del presupuesto de un tiempo natural “verdadero”, que serviría de referencia para el tiempo histórico aprehendido vivencialmente por el hombre.

El problema que nos quedaría por resolver sería: ¿qué distinción puede ocupar el lugar de la “experiencia del tiempo” en la teoría de los tiempos históricos? Esta no tiene que ser una respuesta original. Después de todo el sistema social moderno tiene una larga historia de observaciones del tiempo. La condición que debe cumplir es que debe poder sintetizar observaciones de observaciones de observaciones (…) con un sentido más o menos explícitamente temporal. Es decir, ligadas lo menos posible (o con el potencial de serlo) a metáforas del movimiento –aunque como ha indicado Koselleck no es posible pensar en el tiempo sin recurrir a ninguna metáfora en absoluto.

Referencias

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  1. Universidad Simón Bolívar/ Centro de Historia Intelectual-UNQ, CONICET. Email: joseblanco@usb.ve


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